“DUHALDE, YO SE QUE CLASE DE HOMBRE ES UD.”
“Es por ello sugestivo que, en tanto a los cuatro vientos clama por la puesta en marcha de un verdadero aparato de persecución y castigo a los narcotraficantes, mientras dicta conferencias y escribe artículos sobre el tema, haya designado en la Aduana, mediante el decreto 682, a un coronel sirio con escasos conocimientos no sólo del idioma español sino también de los bemoles del control aduanero. Es doblemente sugestivo si se tiene en cuenta que, en ese lapso, los favores que le solicitará a Ibrahim serán muchos; Bujía y Lence, en nombre de Duhalde, visitarán al sirio por lo menos seis veces en cuatro meses; a hurtadillas, a salvo de cualquier control aduanero, retirarán valijas y paquetes que de inmediato le harán llegar a su jefe; recibirán misteriosos pasajeros que el sirio, a esa altura diplomado en el arte del ademán, hará ingresar al país a través de puertas oficiales desprovistas de inspección alguna; Bujía y Lence podrán trepar a un avión y regresar al país como dos diplomáticos de veras, con valijas y bultos a cuestas que Ibrahim observará apenas de soslayo; Bujía y Lence, desde el Hotel-Casino Sasso, de Mar del Plata, propiedad del Ronco Lence y Duhalde, llamarán al coronel sirio en tres oportunidades y le pedirán que reciba a unos amigos del vicepresidente que llegan desde los Estados Unidos. Todo eso, claro está, sin tener que dar explicaciones de ningún tipo. Alberto Pierri, presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, convertido ahora en inseparable compinche de Duhalde, también llamará al coronel sirio y le solicitará mil favores. E Ibrahim, afable y diligente, a todos sonreirá y mirará hacia otra parte y sellará pasaportes y dirá, siempre dirá: “Muchos gracios…yo tener ojo…y entonces, yo mira. Mira radio, mira bultos…”
Pero el festín en la Aduana habrá de durar poco tiempo. No serán las fuerzas de seguridad argentinas ni los organismos pertinentes los que dirán basta a semejante desbarajuste aduanero. Será una revista española, Cambio 16, en marzo de 1991, la que pondrá al descubierto el sutil mecanismo del lavado de narcodólares que, desde la asunción del coronel sirio en la Aduana de Ezeiza, habría sido llevado a cabo por un triunvirato de notables: Ibrahim, Amira y Mario Caserta, director de Agua Potable y fiel amigo de Duhalde. El pánico se apoderará de la familia presidencial y, desde luego, de Duhalde y sus hombres. Zulema Yoma estimará conveniente eludir el uso de cualquier elipsis: “Si quieren saber sobre drogas, pregúntenle a Menem o a Duhalde”. Amira renunciará. Caserta será detenido y procesado por el delito. Duhalde argüirá que jamás ha visto a Ibrahim, y el sirio solicitará a la Justicia que se cite a declarar al Ronco Lence y a Bujía, que no concurrirán al juzgado: Lence, porque a la jueza Servini de Cubría se le antojará un despropósito hacerle perder el tiempo a un empresario tan atareado; y Bujía, el infortunado Bujía, porque ha muerto de manera inesperada: el 16 de marzo de 1991 (diez días después de haberse tornado público el Narcogate), embestido por una camioneta mientras él avanzaba a contramano a bordo de una moto por la mismísima calle donde se alza la intendencia de Lomas de Zamora.
Sin embargo, presa de íntimos temores, Duhalde tomará el teléfono y llamará al juez español Baltazar Garzón, a cargo de la investigación, y esgrimiendo excusas inverosímiles procurará conocer su situación en el expediente. Fastidiado ya de las intromisiones de los políticos argentinos, el juez sólo replicará:
“-Duhalde, yo sé qué clase de hombre es usted.”
Y cortará la comunicación. Lleno de angustia, el vicepresidente de los argentinos imaginará que sobre el escritorio de Garzón descansa ese fantasmagórico dossier que la DEA (Drug Enforcement Administration) habría preparado acerca de sus presuntas vinculaciones con el narcotráfico”
-.Hernán López Echagüe, “El Otro”, Editorial Planeta, marzo de 1996; Grupo Editorial Norma, abril de 2002

