El reportaje más sentido

“En Argentina, ya seas el malo o el bueno, no te cobran los taxis”. El actor fue entrevistado por el diario español El País.

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¿Es el rey Lear? Es Alfredo Alcón; alto, vestido de negro, parece que fuera a volar en medio de la calle frente al Valle Inclán, donde representa El rey Lear, de Shakespeare, versión de Juan Mayorga, dirección de Gerardo Vera. Tiene 79 años. Es uno de los grandes de la escena; en su país, Argentina, lo aplauden por la calle.

En España fue actor predilecto de José Luis Alonso (El zapato de raso, de Claudel) y de Lluís Pasqual (El público , de Lorca). El 20 de abril acaba las funciones en Madrid; el 1 de mayo estrena en Sevilla, y acaba en Cataluña en junio.

Pregunta: Dentro de nada, 80 años. ¿Qué le hace el tiempo a un actor?

Respuesta: Lo estropea. La experiencia sirve para muy poco. Vales lo que haces ahora. Y en teatro más, qué sabes tú cómo te va a salir la función de hoy, aunque la de ayer haya sido espectacular.

P. ¿Y sirve el teatro?

R. Es como una nostalgia. Sirve porque nos gusta que nos cuenten cuentos, como cuando éramos pequeños. El teatro es de mirada libre, te permite una interpretación libre de la realidad.

P. Por eso tiene tanto éxito Shakespeare, habla de la vida.

R. Era la teoría de Lorca cuando llevaba La Barraca a los pueblos de España. Les llevaba las grandes obras del Siglo de Oro: decía que era el lenguaje del pueblo, que le había sido arrebatado.

P. ¿Y qué has ido aprendiendo, qué te ha dado la vida?

R. Ni hago balances ni creo en ellos. Los demás dicen que soy un hombre grande, pero yo soy el mismo chico que jugaba al teatro en la azotea de mi casa. Poner un rótulo a cada cosa nos da la sensación de que dominamos ese desorden que es estar vivo.

P. Y no dominamos nada.

R. Y cuando uno cree que domina está perdiendo la vida. Si quiero poner mi experiencia de ayer en el día de hoy, me pierdo el día de hoy. Todas las funciones son distintas. Y eso hace que los actores de teatro seamos tan inseguros.

P. Y del teatro, de lo que dicen las obras, ¿qué has aprendido?

R. Uno tiene la sensación de estar en vísperas de una revelación que nunca llega. Hay días en que el espectador y el actor respiran al mismo ritmo, se comparte la pasión, y cuando llega ese momento se produce en escena un compañerismo pudoroso, una camaradería con los actores… Déjeme que le diga esto: España no se porta muy bien con sus actores…

P. ¿No?

R. No. En Argentina, ya seas el malo o el bueno, no te cobran los taxis, muchas veces te invitan en los restaurantes. Me lo dijo un actor español: ‘Sois mejores actores porque la gente os mira con afecto, y el afecto hace crecer’.

P. Eso revela una manera de relacionarse con la cultura.

R. Hasta hace poco a los cómicos no nos enterraban en sagrado; la Iglesia nos consideraba seres demoníacos: ¡queríamos ser otros! Pero la gente va al teatro; en Buenos Aires tardamos horas los actores en dejar el teatro cuando hicimos Eduardo II. ¡Nos esperaban, mis compañeros españoles no daban crédito! Allí nos sentimos necesarios.

P. No te pararán en la calle, pero aquí te quieren mucho…

R. Eso empieza con José Luis Alonso, que fue el primero que confió en mí. Ahora, Gerardo es muy generoso. Siento por este país un afecto pudoroso, y he sentido que me quieren, como quieren los españoles. Recuerdo una representación de Edipo rey; hablaba en el escenario, y siempre veía a Vicky Peña con un vaso de agua, en las bambalinas; me acercaba, le pedía y bebía. Y siempre había alguien con un vaso de agua. Hasta que supe que era para mí, siempre era para mí. ‘Claro, como hablas tanto, cómo no vamos a tenerte un vaso dispuesto’, me dijo Vicky.

P. ¿Qué te ha parecido este país ahora?

R. Hay un movimiento muy interesante de teatro, mucha gente que estudia muy seriamente. Y hay un público mejor que el de antes.

P. Y si los españoles son juveniles, ¿los argentinos qué somos?

R. Adolescentes… Argentina está ahora como toda Latinoamérica. Hay que destruir tanto para construir algo nuevo… Hay tanto sometimiento a las multinacionales. No somos países, somos colonias. Pero lo que me gusta de mi país es que está muy vivo.

P. ¿Para tí las heridas se cicatrizaron?

R. Hay recuerdos indelebles. Si te refieres a la dictadura militar, recién están empezando a hacer algo. Hubo mucho tiempo de silencio, de injusticia, y allí no se puede contar la historia sin pensar en las mujeres de la plaza de Mayo… Ellas son el ejemplo de la lucha constante, las han masacrado y han seguido.

P. ¿Aún tienes una herida de ese tiempo?

R. Sí, hay gente que no volví a ver más. Más allá de las cosas que me prohibieron a mí. Yo no me fui del país a pesar de estar en las listas. La acusación era propagar ideas judeo marxistas y todo porque había hecho La muerte de un viajante , de Arthur Miller. Si no te ibas en 48 horas del país te mataban. El miedo que te daba era terrible, terrible.

P. El teatro te habrá servido en esa época.

R. Si, fíjate que estábamos haciendo Hamlet. Pero decías: ‘Algo huele a podrido en Dinamarca’ y la gente decía: ‘¡Fijate, ha dicho podrido!’.

P. ¿Qué nos diría hoy el rey Lear sobre lo que nos pasa?

R. La obra habla más allá de lo que pasa. Habla de la dificultad del amor. Si con el amor bastara… Del hecho de que el amor no basta nace todo el mal del mundo. Porque si bastara…

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El botón

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Ocurrió como les cuento.

Un verano abrasador.

Vivían puerta por puerta, en la retirada torre frente al río, en el puerto de Olivos, y disfrutaban de la localidad de Vicente López como un dormitorio íntimo, pero sin secretos. El hábito de recorrer los tranquilos barrios y plazas de Florida o La Lucila los conmovía a ambos. Estaban convencidos que todo ese paisaje, que para muchos era de rutina, ellos debían llevarlo a flor de piel, apenas rozarlo. No comprometerse en profundidad con la vida urbana. La certitud de vivir en una ciudad dormitorio estaba asumida totalmente y no deseaban otra cosa que ese hábitat verde los contuviera y acariciara como la vida erótica que ofrece la alcoba de los amantes.

En esa época, después de atravesado sus divorcios, disfrutaban del arterial placer de estar solos, sin ya pensar en un pasado allanado por cierta propensión.

Así.

Se habían propuesto relacionarse de manera que el amor no los volviera locos, ni estar a merced de apéndices. Lo posible de la tentativa era no fundirse en “una sola persona”, en un solo sentimiento.

Eso. Seguir siendo dos.

El ensayo era amarse entrañablemente. Intentar mantener el equilibrio de sostener la feliz pegadura de estar juntos y alternar esa unidad con la libertad de la propia autonomía.

Él la recibía en su casa como un huésped muy amado y de igual modo ella. Pero sus viviendas expresaban el toque personal de sus impares identidades. Allí nunca se ponía el sol dorado de la suelta emancipación.

En los días de calor preferían andar sin prendas por la casa, como si estuvieran solos. Cuando salían de paseo, se esperaban mutuamente, sin apuros. Y al cruzarse con algún pensamiento enredado, sus ojos transparentes pedían hablar de la cuestión.

Con sinceridad todo era comunicado.

Tal cual.

Cierto sábado, ella deseó recorrer las inmediaciones de la Torre Ader en Carapachay. Vieja leyenda.

Leyó.

– “Es un lugar encantado en el que se producen extraños juegos de luces al caer el sol. Cualquier pareja de amantes que la rodeara varias veces, lograría un eterno compromiso amoroso. No podría quebrarse por siglos”.

El reparo de una larga pausa la sostuvo.

– ¿Vamos, amor?

– ¿Te parece? Algo me dice que no debemos ir. No me gusta demasiado ese lugar. Pero, bueno… si quieres ir…vamos. Antes voy a bañarme.

Comenzó a desvestirse y, de repente, saltó un botón de su camisa. El botón cayó al parquet del piso y comenzó a rodar sin juicio en dirección a la ventana soleada de cara al Río de la Plata. Espontáneamente, los dos, gateando por el suelo, siguieron su recorrido. En una de esas, el botón inició un juego de escapadas, girando y huyendo de sus seguidores. Dio vueltas y vueltas hasta finalmente ser atrapado y depositado en el borde de una repisa.

Arrodillados en el suelo, se miraron.

Un penetrante rayo de sol llegaba de la totalidad y atravesaba la blancura del botón.

Así fue.

El entró a la ducha y ella, extendida, observaba su figura enjabonada en la bañera. Ese momento se hizo eterno al intentar desentrañar su vacilación. Giro su cabeza para mirar el cristalino botón, reflexionó un interminable momento. Volvió a mirar a su amante, envuelto en una espuma tan sustanciosa que activó sus deseos. Sentía que esos momentos se derramaban, que el tiempo se congelaría si no adoptaba una decisión.

Volvió a clavar sus ojos en el botón.

De prisa buscó el costurero y enhebrando una aguja, comenzó a coser el botón en la camisa de él, sabiendo que de ese modo, estaba forzando el destino de ambos. Debía apurarse para tapar su duda antes que terminase su ducha.

Era empujada a un temerario salto por el instintivo mandato del amor.

Si.

Desde la ventana, la tarde se mostraba expectante. Llegaban acordes. Desde lo lejos, Piazzola. Más allá, Malher.

El brillo parecía coincidir con la ternura. Y la pasión, una vez más, volvía a confundirse con la sed.

Cuando él salió del baño, paralizó su mirada con estupor, entre hechizado y confundido. Su corazón irrumpió con latidos quejosos y su mirada se entristeció.

– ¿No lo he cosido bien? Preguntó ella con afección.

Él se inclinó, le acarició las manos, y dijo acongojado:

– ¡Ay! Tesoro mío, no debiste hacerlo… no debiste hacerlo… ¿por qué lo has hecho? ¡Ay dios mío! Con cada una de esas puntadas has cocido mi piel a tu piel. ¿Por qué? Son pinchazos que duelen. ¿Por qué? Si aprecias nuestro amor, no deberías intentar el juego de esposa. Tu solicitud femenina me aterroriza. Destruye todo.

– No puedo entender…

– Hoy se trata del botón, mañana de zurcir los agujeros de mi carácter, pasado de mis decisiones privativas. Y finalmente querrás coser mi persona y mi alma. Si empiezas a ocuparte de mi indumentaria, te ocuparás más tarde de mi libertad… y la perderé… sin motivo… sin razón… sin…

– Eres un ángel–, dijo ella, dejando deslizar una lágrima.

Pero ya era tarde.

Las luces arrebatantes, perturbadoras del verano porteño… caían.

Fue como les cuento… tal cual.

Pudieron ver que, a partir de aquel día, el paisaje iniciaba una transformación de color. Las casas parecían derrumbadas. Los bares y plazas habían perdido su alegría. No existía un solo lugar donde la libertad tuviera su rincón hospitalario. Ya no habría puentes hacia el Paraíso.

Pudieron sentir que la paz se transformó en monotonía y el madrugador zorzal no cantó nunca más en aquel alerce ocre. Desde las alcantarillas se elevaban densas columnas de vapor que convertían en bruma la irrupción del otoño inmoderado y fatal.

Pudieron comprender que la dicha perfecta, nuevamente, semejaba un fugaz resplandor en las grises aguas del río.

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Juan Disante

Buenos Aires / Otoño

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Volvió una noche

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Hace ya tiempo que el público de Vicente López no disfrutaba tanto de una obra de teatro como “Volvió una noche” de Eduardo Rovner que actualmente se exhibe en el Teatro de Repertorio, en Vte. López. Y pocas veces tuvimos la oportunidad de salir de una sala con tan pleno entusiasmo y satisfechos de haber apreciado a un elenco excepcional, afianzado en años de práctica vocacional que vuelca todos sus esfuerzos para transmitir una de las obras de teatro más plena de humor y amor de la última década. Esta conjunción de factores es imponderable y se nos presenta la oportunidad de no dejar de registrar en nuestro recuerdo esta brillante comedia. Hay en la obra situaciones cómicas ensambladas con otras que convocan a la reflexión, pero si existe un instrumento para medir la eficacia de la puesta en escena del desopilante vodevil, es la cantidad de risas que inunda la sala del comienzo al fin y la fervorosa recepción del público. El autor supo entretejer una trama de tan refinada seda emocional, que le permitió hablar de las idische mame judías y, a su vez, universalizar las tradiciones y los conflictos familiares y culturales entre generaciones.

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Manuel visita todas las semanas la tumba de su madre Fanny Stern, diez años antes fallecida y, mientras deposita las flores, le cuenta los avatares y la tiene al corriente de todos sus supuestos éxitos. La conforma con algunas “mentiritas”, como que es el primer violinista de la orquesta nacional, que se recibió de médico (cuando en realidad es pedicuro), que todo está muy bien, etc. Pero ese día, después de dar muchas vueltas, le confiesa que se casa. Entonces, en un estallido, se abre la tapa de la tumba y aparece la madre a los gritos: “¿Cómo no me avisaste antes Manuel? ¿Quién es la chica?”.

Manuel huye espantado, pero la madre se corporiza en su departamento para conocer a su futura nuera y ayudarlo a que no cometa errores, dado que la pecaminosa “goy” es madre soltera y profesa otra religión.

A partir de allí comienza a confrontarse el mundo de los vivos con el de los muertos, el de las tradiciones familiares con un presente libre de convencionalismos. Varios personajes de la iconografía judía surgen ligados a otros (como el delirante sargento Chirino, matador de Juan Moreira), que salen de las tumbas para acompañar a Fanny, o los atorrantes músicos, amigos de Manuel, con quienes comparte un cuarteto de tango arrabalero y sin destino.

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La obra nos recuerda que, en esta entrecruza de valores, los hijos de inmigrantes sufrimos una mezcla de mandatos ancestrales. Pero la respuesta es que el hombre no tiene otra salida que incorporarse a la realidad cultural en la cual vive. Mámele Fanny, finalmente tiene que aceptar que la felicidad, en este mundo o en el más allá, se encuentra en un diálogo entre los mandatos y el deseo.

La discepoliana “Volvió una noche” termina siendo más porteña que la muzzarela con fainá.

Nos preguntamos: ¿para qué puede servir el teatro sino para gozar de nuestra propia arcilla?

Esta divertida, tierna y entrañable historia recorrió decenas de escenarios de todo el mundo y volvió cargada de premios en festivales importantes. Es emocionante que hoy podamos apreciarla en nuestra zona norte con un elenco finamente pulido de nueve actores dirigidos hábilmente por Roberto Aguirre en una sala que ya hace años que está luchando con un enorme respeto por el público y que merecería el más grande apoyo de las autoridades municipales.

Teatro de Repertorio, Melo 1756, Florida, sábados a las 21 hs. 4797-8515

El Rey Lear es el Rey Alcón

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“Los hombres han de tener paciencia para salir de este mundo,,,

tanto como para entrar en él: todo es estar maduros. ”.
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William Shakespeare escribió íntimamente convencido de que debía poner cartas arriba todas las crudas pasiones humanas. Era alérgico a todos aquellos antígenos que no tuvieran que ver con las relaciones de los personajes, con los conflictos en carne viva.

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Nuestro querido Alfredo Alcón va en ese camino. Tal vez, nos quiera poner en alerta con un Rey Lear que nos muestra la multiplicidad del ser, de cómo los seres humanos se desdoblan y sus situaciones vividas (y buscadas) modifican su comportamiento.
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De toda la obra de Shakespeare, Lear es el personaje más complicado y el que contiene los elementos más densos acerca de la condición humana. El más sibilino y contradictorio de todos. Nadie pudo aún decir cuál es la propiedad esencial de su talante. Es casi inclasificable. Si nos fijamos de cerca, el Rey Lear puede expresar una reflexión sobre la vanidad, sobre el poder, sobre la codicia, sobre la lealtad, sobre la piedad, sobre la vejez, etc. Sin embargo hay una ponderación sobre cada una de ellas y sobre todas a la vez. Es un personaje con un sino plural.
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Y éste es el desafío más grande que tendrá Alfredo Alcón sobre la escena: resolver en un mismo escenario la diversidad de sentimientos y turbulencias de los seres, que a medida que avanza la obra, van surgiendo como desde la profundidad de una caja china para enturbiar el raciocinio.
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La genialidad de Shakespeare es haberse parado en un punto equidistante, pero a su vez unificador, de todas las pasiones del hombre.
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¿De qué trata la obra? No lo sabemos.
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La humanidad se ha mirado a sí misma infinidad de veces y aún no sabe de qué materia está hecha ella misma.
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Quizá Alcón también esté a la búsqueda de esa alegoría.
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No es cosa menor ayudarlo.

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El Rey Choclo

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En Argentina, el conflicto referido “al campo”, que tanto nos contaminó de humo político, en todo caso no se trataba de un choque entre Campo Vs. Gobierno, sino que, en definitiva, es algo mucho más profundo: una contradicción visceral entre trabajadores Vs. viejas estructuras agrarias. En nuestro país, la enorme concentración agrícola y la crisis de alimentos que se vive en todo el mundo, junto a la producción de biodisel, pone en mano de los grandes dueños de las tierras y de los granos de siembra una desproporcionada renta agraria que no permite valorar una justa redistribución del ingreso nacional.
La escasez es lo que el mercantilismo valoriza.

Uno no puede dejar de pensar en el contraste de opuestos que ofrecen estas condiciones de explotación agraria, con las que existían en el viejo y mal llamado Imperio Inca.

En el pueblo de los incas sólo bastaban tres mandamientos para inducir el respeto por las normas de conducta y sortear la codicia: Ama Kjella (No mientas), Ama Suwa (no robes), Ama Quilla (no haraganees). La mayoría de los ciudadanos eran agricultores, porque el estado les garantizaba las condiciones necesarias. A las tierras de labranza se las consideraba como un bien común y, por lo tanto indivisible. El ámbito de un ayllu era propiedad de todos los integrantes de éste y cada familia recibía un pedazo de tierra proporcional a sus necesidades y no como propiedad. El resultado del cultivo era dividido en tres partes. La primera, la recibía el soberano y acumulaba el producto de esa siembra como fondo de reserva para ser repartida entre quienes no participaban de la cosecha. El resultado de la segunda parte era de los sacerdotes, quienes también decidían en términos sociales, almacenando el chuño en depósitos que, en tiempo de clima desfavorable, se repartía entre el pueblo. Y la tercera parte de lo producido, era para los trabajadores de la aldea.

Allí no existía el hambre, porque en un territorio poco propicio, los Incas lograron una agricultura intensiva con las célebres terrazas de cultivo en las laderas de las montañas, logrando así 27 variedades de maíces y 260 especies de papas que se distribuían a lo largo de todo el Imperio. Todo un ejemplo.
Con los mismos resultados de la labranza, se alimentaban a los animales, a quienes se respetaba como parte del conjunto de la comunidad concertada.
No existían ahí enfermedades contagiosas como la gripe aviar, bovina o porcina. Pero, el secreto de toda la armonía lo encontraban en la profundidad del maíz.
Atahualpa decía: “En un grano de maíz, está contenido el universo”.
Un día aciago, esa época de justicia distributiva y desarrollo pausado, fue interrumpida abruptamente por los trabucazos de los conquistadores, que vinieron a descubrir que la más grande riqueza que existía en la América India no era para nada los alimentos, como afirmaban los nativos, sino precisamente el oro.
Y menos atractivos aún para ellos eran esos exóticos dientes dulzones, que el jefe Viracocha bautizó en quechua: el Rey Choclo.
Se llevaron el oro, dejaron el sarampión y otras plagas aún peores.
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El artista

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El artista

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La idea es más poderosa que aquél que la crea.
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La primer imagen del film nos muestra un muro descascarado, en donde el paso del tiempo imprimió unas manchas que pueden concebirse como de arte conceptual. Ahí no se haya artista alguno, existe sí una obra de arte. Es inútil preguntarse sobre su origen. El valor reside en la permanencia de esa imagen que se prolonga… se extiende por varios minutos… y ¡sorpresa!, finalmente termina imprimiéndonos un gusto por ella.

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En la siguiente imagen aparece Jorge arrumbado en una silla, ocultando su rostro entre sus manos.

Luego, un primerísimo plano sobre la mitad de su cara. Escuchando de un funebrero la tarifa de los coches que pueden acompañar el entierro de su madre. “No. Soy solo”.

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Sólo la mitad de su cara.

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Vive en un nublado departamento desde cuya ventana ingresa el vivo esplendor de la vida que transcurre afuera. Es enfermero en un hospital geriátrico en donde cuida a Romano, un parco anciano que lo único que se le escucha decir es “Pucho” para pedir un cigarrillo.

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Romano está llegando al fin de sus días en una silla de ruedas, empastillado y con un trastorno psíquico que lo hace cerrarse sobre sí mismo, desconectado de toda realidad y distante de todo vínculo humano.

“Él es como una planta… no habla”.

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Existe una simpatía entre sus vidas. Son conjugables por lo disímiles, por lo encontradas. Mientras tanto, la palabra de ambos está segmentada, hay dificultad, no aparece.

Romano, está callado porque en su inconformismo, está ensimismado en el nuevo mundo que descubre día a día. El enfermero, está callado porque el contacto con el arte le trajo nuevas reflexiones.

Jorge avanza, deshaciéndose en incomodidades crecientes con la vida real. Romano, cada vez más, se refugia entre los pliegues de su inconciente, intentando descifrarse, queriendo interpretar su alma.

En lo minúsculo, los malentendidos se suceden entre aquél que busca el brillo exterior y el otro que busca en la caverna.

Delicado equilibrio entre oportunismo y ternura.

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Un buen día, Jorge retira viejos dibujos de un estante y los presenta en una galería de arte moderno. Ese es el primer paso en una frenética carrera que en poco tiempo lo convierte en uno de lo más importantes plásticos del momento.

Los marchand, coleccionistas, críticos y curadores lo persiguen como la figura de la cual ellos vivirán holgadamente. Fama, dinero y amor acuden a su interpolada vida y lo convierten en un destacado artista.

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Pero él no es el artista.

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Sólo la mitad de la cara de Jorge:

“Si yo tomo un objeto y lo pongo en un museo… ¿soy un artista?”.

“El arte está en el que mira. Lo importante está en la obra, no en el artista”.

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El viejo Romano mueve las manos sobre el papel. En frenética concentración tiembla y dibuja. Un primerísimo plano muestra sus uñas, sus arrugas, sus infinitos resuellos. Consume infinidad de hojas. Dibuja y dibuja.

“Pucho”.

Jorge le quita las obras antes que las termine. Le dice que se apure y que haga muchas más. Sale corriendo para llevarlas a la galería. El marchand le entrega cheques y más cheques, pero le exige más obras. “Se están vendiendo bien los Jorge Ramirez”.

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Jorge medio rostro lee:

“El hecho importante no es quien haya realizado el cuadro, sino quien lo eligió. Quien eligió mostrarlo. El público que elige verla, hace la obra”.

Duchamp: “Esto exige una nueva mirada sobre el objeto”.

“Aunque la hubiera realizado otro, el entorno es lo que vale”.

“Un mingitorio es recogido de la calle y exhibido como una obra de arte. La creación está en el migitorio y en el valor que deposita en él, el observador”.

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Un analista cruzado dice: “Cuando las obras profundas en conceptos son compradas, se convierten en lo contrario”.

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La galería se llena de cientos de admiradores que recorren sus salas con cierto cinismo farandulero. “El arte está lleno de cosas inútiles, pero necesarias”.

Una época consumista, plena de snobs diletantes y argots de los años noventa, está por ser sustituida por el nacimiento de un arte fóbico, pero visceral.

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Jorge aprende a manejar, a jugar al golf, a ser mimado. Lo invita la galería más importante de Europa para que participe junto a los 16 pintores mejor cotizados del mundo.

Pero tiene que ir a vivir a Roma.

Entonces lo prepara a Romano para viajar juntos a Italia.

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Romano apura el andar hacia su recóndito autismo.

La última noche pega un salto a su etapa “negra” de creación y embadurna papeles para trabajarlos con sus dedos impregnados de pintura. Su creatividad está pegando un salto a la fuente esencial. Su pintura rompe críticamente con toda su etapa anterior y la niega. Pero a su vez, la rescata.

El limitado Jorge le arranca el papel violentamente, diciéndole: “¡Pero mire el enchastre que está haciendo!”.

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( En el film nunca se muestran las pinturas realizadas por el artista. Tal vez como un signo de cautelosa picardía de los directores (Mariano Cohn y Gastón Duprat) que, de esta forma y por la misma razón que los asiste, no quieren que los espectadores se apropien del film ).

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Más tarde, el curador dirá : “Esas últimas obras “negras” que Jorge Ramirez ha hecho, son geniales e increíblemente avanzadas. No quiero decir que Jorge esté loco pero comparo a toda su obra con el movimiento de “Art Noir”, que hacían los enfermos mentales para trasladar señales del inconciente y plasmarlas en el papel”.

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El artista torció el timón de un arte vacío de contenido, lleno de tedio, apatía y olvido de toda pasión, para llevarlo a expresar el Verbo del Hombre. Acá la pintura y la literatura se tocan con el índice del mismo drama.

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Pero Jorge no es el artista.

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Romano (Alberto Laiseca) está sentado en su silla de ruedas. Prosigue su marcha hacia su interioridad. Vio más y quiere ver más. Sus gesticulaciones se van apagando paulatinamente en medio de una paz total.

Pensativo, espaciado, denso… quieto… nos muestra su muerte (tal vez el regreso a la substancia).

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La más hermosa muerte de todo el cine argentino.

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Jorge en Roma, inaugurando un departamento lujosísimo, muy oscuro, sorprendido por el esplendor brillante del mundo que entra por la ventana.

Perdido. Sin saber qué hará sin el artista a su lado.

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Quizá, Jorge (Sergio Pángaro), deprimido, mirando los techos de Roma, esté pensando que la película que acaba de interpretar ya no le pertenece.

El arte está en los espectadores que han apreciado “El artista”, por lo tanto al propio film ya nos lo hemos adjudicado.

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Juan Disante

La crisis


Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir…

César Vallejo

Ich bleibe dennoch. Es gibt immer
Zuschaun.

Rainer María Rilke

……………

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Viene la crisis
ojo
guardabajo
un pan te costará como tres panes
tres panes costarán como tres hijos
y que barbaridad
todos iremos
a las nubes en busca de un profeta
que nos hable de paz
como quien lava.

Viene la crisis
ojo
quizá te esté subiendo
por la manga
quizá la tengas
ahora
enroscada sin más en el pescuezo
o esté votando con tu credencial
o comprando tu fe con tu dinero.

Oh cuánto cuánto
costará el escrúpulo
y la vergüenza buena
la importada
la que no encoge a la primera lluvia
la vergüenza de nylon
cienporciento.

Oh cuánto cuánto
costará el amor
en la noche sin dólares ni luna
con los perros afónicos
y el sueño
firmando los conformes con rocío.

Oh cuánto cuánto
costará la muerte
ahora que no hay divisas
ni perdón
y no hay repuestos para la conciencia
ni ganas de morir
ni afán
ni nada.

Viene la crisis
ojo
guardabajo
no habrá vino ni azúcar ni zapatos
ni quinielas ni sol ni Dios ni abrigo
ni diputados ni estupefacientes
ni manteca ni frutas ni rameras.

Viene la crisis
Ojo.
Guardarriba.

MARIO BENEDETTI

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Guaraní

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Guaraníes de Misiones denuncian que les siguen quitando sus tierras

La comunidad Yryapú, situada a pocos kilómetros de la ciudad de Puerto Iguazú, Misiones, se queja de que ya en 2004 el gobierno les sacó 340 hectáreas de selva y piden que se respeten las 265 que les quedaron. “Los millonarios proyectos hoteleros avanzan y cada día tenemos menos”, dice Karay Ricardo, representante de la Comunidad Mbyá Guaraní Yryapú

VIDEO
“Queremos vivir en paz, tranquilos, bajo el respeto de los blancos”, dice Clemencia, abuela de la Comunidad.

Pregunta

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Le preguntaron al Premio Nóbel
en Literatura José Saramago:

¿ Está usted a favor de la liberación de la droga ?

Respondió:

Empecemos primero con la liberación del pan… que está sujeto a un prohibicionismo feroz en todo el mundo.

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…………………………………( Una niña en un puente sobre un basural con aguas

…………………………………contaminadas, en el barrio de Kibera, ubicado en la

…………………………………ciudad de Nairobi (Kenia). Dicha localidad, alberga

…………………………………actualmente a casi un millón de personas, y es uno de

…………………………………los más marginales y pobres de África ).

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Marat – Sade

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En el teatro Gral. San Martín de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pude ver la obra MARAT-SADE de Peter Weiss, dirigida por Villanueva Cosse.

Y la recomiendo.

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Se desarrolla dentro del Hospicio de Charenton, en el París de 1808, simbolizando a la alienación como fenómeno constitutivo del sistema mercantilista.

Los supuestos “locos” se rebelan y dicen grandes verdades, pero son duramente reprimidos. Cuando alguno dice: “¿Qué más quieren los dueños del trigo? Sólo queremos comer”, es llevado inmediatamente bajo la ducha fría para someterlo. La demencia y la razón surgen como dos estados inseparables de aquel momento post-revolucionario. Se presenta la chifladura, no sólo como madre de todas las pasiones, sino a las instituciones psiquiátricas como verdaderos mecanismos de control social.

Y se presenta el criterio de racionalidad como una verdadera “razón de estado” que todo lo justifica.

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El fondo de la obra trata del debate entre dos concepciones enfrentadas del análisis social y político de la época posterior a la toma de la Bastilla en Francia, por activistas antimonárquicos: el de Jean Paul Marat y el de Marqués de Sade.

En el manicomio, Marat, líder de las masas populares, reposa dentro de una bañera con agua, como forma de contrarrestar la espantosa picazón que invade su cuerpo, desarreglo a todas luces auto-inmune y psicosomático. Proclama: “Los fracasos no nos obligan a abandonar la lucha; aún equivocada la lucha es vital” `[…] “Más que de libertades, debemos hablar de desigualdades.” […] “El Clero dice que no le demos importancia al sufrimiento en la tierra, que el reino feliz de los cielos está más allá. Pero nos cobra onerosos impuestos acá.”

De Sade, vestido de impecable traje blanco y con zapatos de altos tacones, le contesta: “El pescador desea la revolución porque no obtiene pica. El hambriento pide una “baguette” todos los días . El que tiene un zapato chico desea una horma más cómoda. La población quiere pequeñas mejoras. Pero, como la revolución no puede ofrecerle esas minucias, la abandonan”. […] “La revolución se vuelve falsa cuando se transforma en terror”. […] “Retírate de la ideología e incorpórate al mundo real”.

Sade sale de la prisión de La Bastilla en la revuelta de 1789 y milita junto a Marat en los primeros años de la Revolución. Francesa. Es miembro de la Convención Nacional Francesa representando a la extrema izquierda, pero tiempo después se distancia del compromiso radical y termina en un nihilismo descreído e individualista, incorporándose al pensamiento de la aristocracia liberal. Aunque como viejo participante de la gesta de 1789, maneja una mirada sumamente crítica, ingeniosa y penetrante, aunque despechada, de la sociedad. “La solución final es la desaparición de todos los seres humanos”.

La discusión entre los dos cobra la forma de un debate entre el ideal revolucionario que sostiene Marat contra viento y marea y la libertad individual que persigue Sade.

Marat es autonomía; Robespierre, institución; Dantón es pura pasión; de Sade ideólogo del hedonismo libertario. Saint Just, leal antitermidoriano. En Marat no se trata solamente de Libertad, sino de un crecimiento antropológico y colectivo que provoque acumulación de deseos, necesidades, voluntades. Es esencialmente solidario, cooperativo y materialista.

Marat tiene el apoyo popular, pero prontamente sus seguidores lo abandonan para ir tras la mística defensiva de la patria francesa. Se consolida la revolución de los artesanos y comerciantes, pero los obreros no aparecen organizados y con la firmeza sostenida en La Comuna de 1848. Los triunfos de Napoleón en el exterior son el trampolín que le permite producir el golpe de estado del 18 brumario, en donde se autoproclama emperador “republicano”.

El proceso termina tragándose a todos los hijos de la revolución: Robespierre guillotina a Dantón, luego le toca el turno al primero y a Saint Just; finalmente, Charlotte Cordey, figura destacada de la alta sociedad parisina, termina asesinando a Marat en su propia bañera.

La burguesía termina asustada de los mismos espíritus que ella misma liberó.

Teniendo bien presente que en la Francia previa del siglo XVIII, más de la mitad de la población ganaba su sustento con ingresos de la agricultura, entonces puede decirse que las causas de la Revolución Francesa puede encontrarse en las siguientes premisas: La incapacidad de las clases gobernantes para hacer frente a los problemas de Estado, los excesivos impuestos a los campesinos, el empobrecimiento de los trabajadores de la ciudad, la agitación intelectual alentada por el “Siglo de las Luces” y el ejemplo de la guerra de independencia estadounidense.

“La incipiente clase obrera encabezaba las luchas para conquistar sólo el terreno y las mejores condiciones para su propia emancipación, pero no, ni mucho menos, la emancipación misma” (1).

Pero paulatinamente las banderas transformadoras van cayendo, y se termina consolidando la revolución burguesa y liberal con el definitivo apoyo popular y campesino.

En 1794 se prohíbe la organización gremial de los trabajadores.

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No se la pierdan. El entusiasmo que transmite la obra “Marat-Sade” es un aire de rescate –si bien sesentista– de La Revolución como concepto que fija el fin de una época y abre un comienzo esperanzador de otra. ¿Por qué digo de los sesenta? Porque los sesenta fueron años de discusión ideológica, del desarrollo de los sueños y las utopías. Mientras los setenta fueron su consecuencia lógica: la bronca organizada tras el asalto al cielo. Los ochenta son los años del desasosiego y la derrota. Los noventa del desencanto y la impotencia popular que traen aparejados la nueva coronación del liberalismo neo conservador.

¿Quién puede decir dónde estamos hoy parados?

Experimentados banqueros y doctores de Harvard, desde un barrio de diez manzanas a la redonda, llamado Wall Street, han arrastrado al mundo actual a una catástrofe cuya escala y duración aún no visualizamos.

Todo el mundo observa, espera, se miran entre sí.

Por eso, es magnífico que una obra teatral, en menos de dos horas, nos recuerde que siempre existirán algunos, los Marat, que defiendan una sabiduría tan antigua y permanente como la noción de equidad.

Sobre el fracaso, al final de la obra, desde lo alto del escenario, comienzan a descender enormes barrotes que configuran los que rodean a una cárcel. Dentro de ellos quedan todos encerrados: los internados, los custodios, los funcionarios oficiales, las monjas, los políticos, los represores, los médicos, los empresarios, los trabajadores. Es decir, toda la sociedad. Cautiva. El único que queda fuera de las rejas, y del lado del público, es el revulsivo escéptico Marqués de Sade (Lorenzo Quinteros), que observa la escena… espera… nos mira…

La apariencia incorpórea de la década del sesenta, siempre puede volver.

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(1) “El 18 Brumario de Napoleón Bonaparte”. Carlos Marx.

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 Jacques-Louis David: La muerte de Marat.

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Juan Disante

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