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Alejandra Pizarnik me vino a ver por primera vez la noche encrespada de un viernes de Septiembre de 1983 en donde la tormenta de Santa Rosa asomaba tardía, pero con toda su furia. El perfil del rostro de Alejandra era indefinido y sorteaba detalles. En aquella época ella seguía luciendo su figura descuidada y opaca y no pude ver en sus movimientos otra cosa que una actitud de suelto desenfado. Lo que más me extrañaba era que no alcanzaba a ver los rasgos de sus grandes ojos, su boca sensitiva y las pobladas cejas que había conocido en las fotos. Pero, yo sabía que era Alejandra Pizarnik. Sí, era Alejandra, no podía ser otra. Tal vez por sus cabellos enredados, o por su mirada infantil. “¡Qué raro! –pensé– no puedo ver sus ojos, pero sí puedo intuir esa mirada”. Su rostro era de una dimensión oval en un rosado parejo y enternecedor semejante a un pañuelo de seda. En determinado momento noté que por debajo comenzaba a crecer su pequeña nariz y tomaba forma.

Alejandra era de una presencia difuminada, vagorosa, y por un momento, creí que estaba sola. Pero no, estaba conversando con otra persona. Tamaña sorpresa me llevé cuando descubrí que el otro acompañante que estaba frente a ella era yo mismo, desdoblado. Pero ese individuo tenía mi aspecto y le decía que era yo, porque había embutido en su piel, mi ego mismo, vertebrado, vagabundo. Siendo testigo no invitado de la escena, noté que aquél que estilaba mi estampa, exhibía demasiado más de mi propia desnudez. Escuché que, lanzado, le preguntaba a ella algo que se me había cruzado, pero que yo no me hubiera animado a preguntarle: “¿por qué me elegiste a mí… por qué viniste a verme?”. Y escuché que ella le decía: “Porque en definitiva, en unas cuantas páginas, te he hecho vivir una experiencia única e indeleble”. Y él le respondió con una audacia fuera de lugar: “Alejandra, somos nómadas, todo esto es un pretexto para hablar de nosotros, no lo niegues”. Ella se llevó las manos al rostro y fue descubriéndoselo, como si fuera un tul que develaba un misterio. Aparecieron sus preciosos ojos sin adornos, mientras su tristeza acompañaban sus labios, que sentenciosos aventuraron: “Todas nuestras voluntades están cargadas de equivocadas memorias y son heraldos de un sentido que nos esforzamos patéticamente en mostrar… después que todo ha sucedido antes… ¿Por qué siempre después, querido mío? ¿Por qué después que todo ocurre?”. El Otro que estaba frente a ella, con mi figura desautorizada y hecha cenizas, destapó su instinto y abrazándola, estampó un beso atropellado sobre sus labios, mientras Alejandra susurraba: “La pasión del amor no deja de tener cierta audacia: sirve para definir los confines de la verdad de cuanto escribimos”.

Sentí cierto celo. No pude aguantar el desparpajo de ese intrépido que besó a Alejandra Pizarnik, pero que de alguna manera, se convirtió en el propio lector que hay dentro de mí, aprovechándose de los meandros de mis limitaciones. Así que di un paso atrás y preferí volver a escuchar los truenos de la tormenta eléctrica, para regresar a la noche oscura, realista, enlutada, que transformó la íntima interlocución conmigo mismo en un laberinto de espejos descentrados.

Sin embargo, cada comienzo de septiembre, antes del sueño, sigo esperando la tormenta, para volver a tener un encuentro allegado a mis deseos de ella, sin que ningún desbocado lector quiera ser personaje, sin que mi desbordante personaje quiera ser autor.

Hasta el momento no logré buenos resultados. El impertinente sigue allí.


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