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Caras de cuarzo

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Hay un misterio en las brevedades y en la minúscula partícula de los instantes. El arquitecto que las construyó, plasmó un mandala de roseta con cada una de sus hieráticas ramas representando los números de un gran reloj. También de los arcanos de las edades, nos llega el rostro del Reloj.

¿Vendrá al caso? Veamos.

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Con los tradicionales relojes analógicos uno percibía que el tiempo se deslizaba con suavidad, sin darnos cuenta.

Las manecillas rotaban calmosas y no se lograba distinguir entre pasado y presente. Con las personas ocurría lo mismo, porque de algún modo, la gente era como los relojes. Se las veía cambiar desapercibidamente y siempre en una dirección circular.

Uno encontraba a un amigo después de un tiempo y le decía: “Ché, ¡vos siempre estás igual!”. Entonces el otro se animaba: “Y¿qué querés? Sigo haciendo la vida de siempre, sigo casado con María, voy al mismo club y sigo siendo radical”. Todo transcurría así. ¡Hasta que llegaron los relojes digitales! A partir de allí, el tiempo comenzó a marcarse minuto por minuto y con números. La pantallita nos muestra 18.59 y allá como al rato 19.00. Ya no hay aquél latido de contracción y dilatación que empujaba el ritmo de nuestra sangre, en una sístole y diástole silabaria. No, ahora es tic… afasia… tac… afasia…

(Los momentos se nos embotan como las palabras).

Entonces –dado que el concreto pasaje del tiempo lo simboliza el reloj– la pregunta es: ¿Qué ocurre durante la suma de toda esa silente pausa en blanco en donde parecería que todo está congelado? ¿Qué, con esos minutos fatales en los que quedamos desatendidos por Hermes? Antes el tiempo era pausado y pachorriento, ahora tanto los relojes de cuarzo como la gente, parecen manifestarse de a saltos y con apremio. ¿Ha cambiado el Clan Humano o el Transcurso con sus lapsos abandonó el sosiego?

Hoy, si nos cruzamos en la calle con algún vecino que no veíamos en meses, notamos que es otro tipo: se marcaron sus arrugas, se tiñó los cabellos de amarillo, se dejó la “colita”, usa lentes de contacto, se hizo la cirugía estética, cambió de partido político y de psicoanalista varias veces; además nos confiesa que, sus viejas convicciones de ultraderecha las abandonó por las de “centro”. En fin, la canción que dice: “El tiempo pasa…nos vamos poniendo viejos”, está excluida por bajoneante.

Por eso, se usan definitivamente los relojes digitales, porque entre los intervalos del tiempo vacío que marcan, tenemos la posibilidad de estirarnos la cara, iniciar una vida nueva, y hasta de cambiar de religión. En este caso la metamorfosis se parece a una cirugía social, más que a una corporal.

En la era del cuarzo, es muy difícil que las máscaras terminen cayendo. Es más posible sí, que esta versatilidad de los rostros espléndidos llegue a hacerse una costumbre cotidiana. Es posible que en el futuro, el flotante semblante ya no luzca nunca más los trazos de sus ancestros o la huella de su propia biografía. Que resulte iluso intentar averiguar en los rasgos de alguien como piensa o si recuerda algo de su niñez.

El cuadrante circular del cu-cu de los abuelos, dejaban la impronta de volver a empezar siempre. La prisa lineal del digital no nos deja pensar qué cosas tenemos que alcanzar y para qué.

Perdamos la esperanza de intentar hacernos alguna idea singular de la clase de individuos que tenemos ante nosotros, a fin de aproximarnos o huir despavoridos. Tendremos que figurarnos que los rostros, como los relojes, se han agarrotado como el cuarzo. Ya no se escucha el cachaciento “tic-tac”, porque te dan la hora cuando quieren y de a saltitos.


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