Escribir con el cuerpo
“El mundo, desgraciadamente es real.
Yo, desgraciadamente soy Borges”
Jorge Luis Borges
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Aquello que comenzó tímidamente, sin saber siquiera si continuaría.
Que se presentaba sin premeditadas certezas.
Si bien nuestra intuición nos traía un hálito de voces desde el pasado.
Voces…
voces.
Aquello que comenzó encarnado, pero receloso. Antediluviano, con la anegación que obligaba a nadar océano adentro.
Sin saber bien si se trataba de participar empujados por resonancias verbales llegando del canto de alguna sirena atlante, deseo de plasmar algún escozor.
Aquel del primer beso.
Hay que terminar de aceptarlo: la vida sigue.
Quizá la búsqueda de nuestra propia identidad confundida.
O tal vez necesidad de caricias.
La hierba se presenta aguda.
La vida continúa en los platos tristes del obrero.
En la eterna espera de Penélope.
Mientras armábamos intentos por reconstruir presentimientos
alejarnos del desarraigo;
en la realidad de las transitadas ilusiones ocurría lo de siempre: inequidades, burlas, guerras.
Las muecas de la expatriación forzada insistían en ocupar la primera plana de los diarios
expulsar la palabra hacia las fronteras.
Hay una mueca en un turista que toma sol desapercibido.
Hay una mueca en un presidiario que se muerde el labio.
Igual que en nuestros orígenes.
El Alto Perú irradió desde Coquimbo hasta Araucaria todo su predicado
convertido en ser.
Y toda esta elegida tierra de promisión,
territorio de palabras.
Donde los guerreros no tenían poder ni privilegios, sólo el vocablo desnudo.
Decidir que Viracocha no siga siendo Yahuar Huácac
por guerrero.
Cuando su propio hijo Yupanqui es elegido para el trono, que era quien hablaba, quien tenía la palabra.
Las armas se relegaban.
Ese fue el signo.
Hacer de la tierra autóctona un lugar de paz y significados,
sin dueños
quien si
quien no
por sobre el canto, por sobre el grito, por sobre el verbo.
Una llave para la libertad.
Recuerdos, sonidos, golpes de espada.
Como personas que chocan en el camino
Y ya no pueden separarse.
Yupanqui quiso llamarse Viracocha,
pero España decidió que dejara de escribir “toda la ambición del universo cabe en un grano de maíz”.
Las masas aman el mito.
El pensamiento se arredró y al encogerse, devino el repliegue de la conciencia. Y la amenaza a nuestra lengua original.
Atahualpa: “Se roban el oro… se roban nuestras palabras”.
¿Quién quiere cantos de dioses perseguidos?
Por eso la escritura.
Quien quiera escribir debe trasladarse a las fronteras del lenguaje. Lugar al que estamos conminados.
Esa frontera donde el poder nos impone su desafío.
Por eso escribir. Para recuperar nuestra memoria. Orígenes y mitos.
Recorre nuestra piel escalofríos: hablamos mucho,
pero estamos hechos de silencios; el silencio de aquellas cosas que no pueden nombrarse, por las dudas.
Pretéritas, anchurosas marcas.
Por eso.
Escribir puentes entre acuerdos insonoros y la petición del desembuche.
Escribir para hacer nacer otra mirada capaz de convertir la escritura en confirmación de una presencia rebelde.
Escribir para volver al origen de secuestradas palabras.
Para desandar la deuda desbocada de la duda,
Descubrir las cartas boca arriba.
Escribir para rastrear nuestros deseos perdidos.
Propio de las sombras
Ocultar los sueños
Es típico del silencio
Acaudalar sentidos
Abunda tanto la inmensidad
Que la nada se oculta y reina
Escribir para enamorarse en noches de cuarto creciente.
En cada caída caen muchas cosas al suelo: el tejado,
Los olivos
Las petunias. Los abrigos.
Hay fatalidades. Dulces. La vida, incluso en las caídas,
luce bella.
Acicate a nuestra ingravidez.
La verba conserva en su marca heredera el trono de la frente ancha.
La verde simbiosis entre lo denotativo y lo connotativo de cada signo entintado en la piel felina,
es el montaraz afrodisíaco contra la vanidad.
mientras la agria máscara del tráfico actúe.
Siempre actúa.
Pero, levanten vivas que la palabra está llegando para quedarse.
Escribimos con el cuerpo.
¿Quién entre los mortales quiere ver su huella?
El cuerpo busca siempre cómplices. Y sin cómplices es imposible renacer.
Uno que escribe, uno que narra, uno que lee.
Lo vimos sin mover un solo músculo del rostro:
Imperativamente se preguntó a quién hablar,
para qué hablar si nada cambiará, todo seguirá igual.
Una impavidez.
Ese sujeto sintió que estaba obligado a ir poco a poco, acostumbrándose al cansancio.
Fatiga de la palabra lo llamó.
Entonces, por aquel momento grito: ¡no! Corrió a ponerse la máscara y se zambulló en el deseo, en tanto éste seguía siendo ingobernable por la razón.
Narró… narró y narró.
Donde el holocausto estuvo, está de nuevo.
Arañamos la hoja en blanco.
“La figura del cuerpo que presido es mi pasado social + mis deseos inalcanzados + los arrullos olvidados + este amasijo de postergaciones que soy”*.
Todo está a la vista en el ropero. Y en el botiquín.
Se puede ver y leer.
De ahí un texto no es más que el resultado de un reclamo perentorio,
una urgencia jadeante,
un vómito para exhibir en la sustancia escrita, la traza de un sometimiento ante la del otro,
espectro persecutorio de nuestra vida, que sólo sirvió de espejismo de nuestra propia identidad.
¿Quién desea ser poeta en tiempos grises? La orquesta sigue tocando sobre la cubierta del Titanic.
Pertenecernos: pertenencias de pertenencias.
Nuestros poros refluyen de tinta bruna.
El fracaso conciente de nuestra identidad, nos pone en el umbral de la escritura,
como un desenlace grotesco que nos pregunta si elegimos seguir en los silencios.
cuantos más silencios existan en la hoja
más destacará su trazo.
Y es en ésa decisión que espera la libertad. Contradicciones que aparecen cuando los caminos se bifurcan y nos obligan a un modo de existencia.
Discrepancia que está en la fuente de lo Otro.
La sangre no tiene otro destino que la palabra.
sangre interrogativa, abarcadora del universo.
Poesía… ficción…
siempre reconstruyen los mitos para que éstos sobrevivan. Y mientras el realismo de los necios plasma certezas que se convierten en mentiras, los poetas, escriben esos mitos convertidos en verdades.
La escritura exhibe siempre un impulso que alienta el desciframiento, reclama una mirada que engendre el advenimiento de lo ausente.
¿Cuántas monedas ofrecen por el Cristo de las tabernas?
¿Quién puede decirnos cuántos camellos pasarán por el ojo de la agüja?
La escritura afirma la luminosidad que siempre esta contra el caos.
La escritura empaña la idea de que la muerte es el fin irreverente de lo viviente y, subraya, que es parte indisoluble de la vida.
Del verbo ser.
El olvido de los muertos quiere ser parte de los muertos.
Es eterna transición hacia otra cosa.
La vida tiene la memoria del lenguaje sonrojado.
La escritura es acaso el tiempo de esa vacilación, ante la presencia inminente de la desaparición.
Brota.
Discurre.
La escritura puebla el sentimiento con los signos irreconocibles de la duda y el cansancio,
pero ofrece artilugios para superarlos.
Ejercita la mano, lubrica la mente y olvida la inercia muscular de nuestros deseos.
La escritura conjura aquellos anónimos fantasmas de la mudez.
Aunque fluya, en cada frase hay un escondrijo.
La escritura, cuando asoma, deja huellas profundas, sin borrar ninguna.
Hiere.
Ensalza.
La escritura, cuando avanza, se presenta como un recurso desesperado de salvación. Es un testimonio crítico de la devastada tristeza y el terror.
Es refundación permanente de nuestro cuerpo.
Nuestra fiereza nos impone la mención de esto: la vida continúa.
En la sangre y en las lágrimas
En las aceras empetroladas.
En el desatino de los noticiarios
En las cenizas de lo quemado.
La escritura, cuando se hace luz,
es consuelo y sonrisa permanente.
Aquello que comenzó tímidamente nos dio el porqué definitivo.
Para que el poeta diga lo último.
¿Por qué no iríamos a verbalizar esto?
Ahí, el tsunami.
Aquí, la escritura, que cuando se corporiza, termina descostillada de risa.
Esto.
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