Diciembre 30, 2009 | Por juan-disante | # Enlace permanente

Cuando la palabra no existía en la tierra, todo eran signos.
Reinaban las leyes del universo, y el hombre, sin entenderlas, se avenía a ellas.
El sosiego, el silencio y las equivalencias destacaban.
Entonces el hombre quiso…
Quiso…
Apareció la palabra.
Irrumpió el arado, las medidas, el tarifario, la espada.
El hombre se hizo poderoso, pero ya no podía convivir con la naturaleza sin torcerla.
La consonancia se interrumpió.
La palabra copuló con el silencio, la desazón con el sosiego, lo dispar con la probidad.
El silabario se bifurcó.
Hoy, el hombre reemprende la búsqueda de lo perdido allá lejos.
El silencio, las señales, la alegoría, el sino.
Allá lejos, la imagen acústica del laconismo.
No hubo nunca otra cosa que balbuceos… representando el germen.
Diciembre 24, 2009 | Por juan-disante | # Enlace permanente
Debemos reconocer cuánto aprendimos de la Lic. Rosa Mary Marrone, especialista en autismo.
Y de mi hijo Hugo.
Debemos reconocer cuan equivocado estábamos accediendo a terapias equivocadas, que terminaban de ocultar los síntomas de Hugo y, a la larga, lo retrotraía a un origen aún más complicado.
Dejar de confiar en las soluciones rápidas y comenzar a aceptar los buenos resultados que nos dieron el tiempo.
La dedicada investigación del caso de Hugo, combinada con el tratamiento psicoanalítico personalizado. No invasivo.
Tomando al de Hugo como el de una persona con un caso singular y único.
Escuchando cada signo de su verbosidad.
Devolviéndole el papel de sujeto de la oración.
Dueño supremo de su oralidad.
Ante la falta de reciprocidad social y emocional, buscamos compartir los gozos y placeres.
La imaginación.
El despertar de su interés.
El asomo a su muro.
El ruido del celofán que envuelve los caramelos.
El tin de la campanita.
El lápiz “faber” golpeando sus dientes y sacando sonidos.
La letra A gritada al compás del vibrar más grave del chelo.
La palabra… la palabra por todos lados.
La atención puesta en la palabra.
El signo.
El significante.
Diciembre 2, 2009 | Por juan-disante | # Enlace permanente
Hace ya dos mil años, en la comunidad de los Chibchas, meseta central de lo que sería Colombia, supo nacer Goranchacha “Chyty” cuyo nombre significaba hijo del sol, y fue parido (¡Bxisqua!) por una doncella virgen del dulce poblado de Guachetá, del cual aun existen algunos rastros ocultos e inhallables.
Con toda propiedad se dejó sentado que fue concebido de los rayos del sol. Y para eso, todos los días, al romper la aurora, la doncella subía al cerro Gallinsani y se acostaba de tal suerte que los primeros rayos penetraran su intimidad.
Al nacer el robusto Goranchacha con una marca similar a una esmeralda en su mejilla izquierda, el poder de su atractivo era tan grande que fue criado por toda la comunidad hasta los veinticuatro años como el bien recibido hijo del sol y del pueblo muisca. A esa edad el joven decide recorrer todos los poblados para unificarlos en un solo haz solar y es entonces que se convierte en rey de Yubecayguagua, asumiendo como totalizador otro de los nombres de Chía, deidad de los muikitas de mesoamérica.
Durante su reinado tuvo que soportar la arrasadora llegada desde el norte de los yohualtonatiuh, nombre precolombino que se daba a los “nueve señores de la noche” que intentaban mal manejar los destinos de los hombres, procediendo por estricto turno en un plan que correspondía a cada uno de los nueve escalones del inframundo Mictlan.
La presencia de la diosa Ah Chuykak (guerra), conectada con los ciclos lunares, llegaba para influenciar furtivamente a gobernantes y gobernados.
Y como consecuencia de esos apremios, Goranchacha, que hasta allí gobernaba con señorío, comenzó a aplicar inclementes métodos hacia sus enemigos y edificó un templo en homenaje a su padre el Sol, en donde se realizaban frecuentes sacrificios humanos.
Un día toma conciencia que la deidad maléfica Guahuoque era quien lo había influenciado para aplicar los rituales del sacrificio. Y entonces, decide iniciar un retiro al cerro Gallinsani donde había sido concebido y esperar las primeras luces del alba. Al regreso, informa a su pueblo que vendrían forasteros muchos más fuertes que los yohualtonatiuhses y que habrían de maltratar por igual a ambas partes en disputa.
Goranchacha no quiso ser testigo de tanta desgracia y, entrando a su palacio, no se lo volvió a ver nunca más.
A su llegada, los conquistadores españoles encontraron a las Guayrur o Vírgenes del Sol que vivían en edificios que llamaron “conventos paganos” pero que los Incas designaban con el nombre de Acllahuasi. Estas jóvenes “mamacunas” se llamaban a sí mismas Intip Chinan, y como servidoras del sol, vestían hábitos de colores y llevaban sobre sus cabezas un pampacune como signo de consagración y gratitud al astro rey. Las corivincha (coronas de oro) que rodeaban sus frentes, y que eran el gualicho símbolo heredado de Goranchacha, les fueron arrebatadas por los conquistadores para ser enviadas en forma de lingotes a aquella otra corona de España.
Hoy aun se venera, subrepticiamente, tras los cultos católicos y sin que nadie se dé por molesto o agredido, el recuerdo a Goranchacha. Y hay quienes dicen que, cercano a un eclipsado poblado chibcha, se encuentra un cerro donde, en cada amanecer, peregrinas figuras femeninas con largas túnicas de siete colores, llegan con cuencos de ofrendas sobre sus cabezas y esperan los primeros rayos solares para intentar ser preñadas.

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” Guasquyn. Me bchisqua tu Inti.
¡ Muysca aiec suza ! ”
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