Música contemporánea y Marcelo Delgado

MÚSICA CONTEMPORÁNEA Y MARCELO DELGADO
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El primer shock que uno recibe es la vinculación que tiene la música de Marcelo Delgado con la palabra.
Lo literario está atravesando cada uno de los sonidos, y señalo que la tarea meridiana de aquel que trabaja con palabras es interpretar. Y el hilo conductor del Cancionero Regional, es interpretar con notas musicales las experiencias vitales.
Viene a mi mente que
Si aceptamos esto, no es extraño deducir que el escritor y el músico contemporáneo buscan, con una candela pudorosa, aquellas palabras-sonidos que representen verdaderos símbolos del sentir para sacarlos de la profunda oscuridad. Marcelo Delgado, en sus viajes por el norte de nuestro País, se encontró con un pequeño libro de coplas cuyo título lo impresionó: Colibríes encendidos. Esa llave de dos palabras, cayeron sobre él como un trueno. No hizo falta más nada. Compuso este ciclo de canciones para voz y ensamble sobre esos textos de sencilla tradición terruña.
Ahí surge esta creación donde saltan por el aire los tradicionales ritos y convencionalismos, y las nuevas expresiones del decir musical se largan a una quebradura de la melodía, la armonía y el ritmo para descubrir caminos insospechados que transmiten infinidad de imágenes y obliga, a aquel que escucha, a participar como parte de la ejecución. La pieza remite a recuerdos infantiles, a sonidos cotidianos, a estados oníricos, y también a fuertes sentimientos. Sin exagerar, se puede decir que el género se emparenta con una estética poética, por su forma de llegada directa y sin dilaciones, Pero esta literatura incorpora un léxico muy distinto del estándar. Registros donde afortunadamente volvemos a escuchar barbarismos de los habitantes callejeros, aún utilizados. Hay figuras más fecundas en las voces y ruidos de los mercados que los que provienen de las academias. Allí no existen arcaísmos. Se escuchan los catorce momentos breves y todo conspira a caracterizar la emisión como un conjunto de catorce dosis radicalmente distintas del ordinario, hasta el punto de poderse afirmar que sus rasgos son irreductibles. Quizá las preferidas sean la 3, 6, 8 y 10. Pero el broche festivo de la noche se encontró indudablemente en el epílogo 12, donde un aire de carnavalito contemporáneo envolvió todo lo que nos quedaba por decir.
La experiencia deja en el escucha varias tentaciones: a algunos, una disposición de girar en redondo; a otros, unas ganas de levantarse para traer un barómetro y efectuar deducciones científicas; a mí personalmente, el sabor de un extraño despertar del deseo que me incomodó en la butaca, sabiendo que el deseo nunca engaña. Hay otros etcéteras que son turbadores y de los cuales mejor hablar en el futuro. Tal vez nos haga pensar en un barroquismo actual por la cantidad de formas fractales contenidas. Sin embargo prefiero quedarme con la idea de símbolos. Símbolos que nos remiten a las pinturas de Joaquin Torres García, de Adolfo Nigro, y a lo que Jaques Lacan acertaba en denominar significantes.
Pero insistimos que en todo lo que expresa esta composición, no hay otra cosa que escritura. Todo el proceso es descrito por una gramática autónoma, pero no independiente de la historia de la música. En la butaca a mi lado, se acomodaron dos señoras mayores que habían escuchado sobre “la presentación de un concierto” (artículo indefinido), pero no sabían muy bien de qué se trataba. Al rato, una de ellas viendo los instrumentos, dijo: “No. Sospecho que si en la orquesta hay una batería, esto no va a tratarse de Bach. Así que mejor nos vamos”. Es una pena que se hayan ido. Porque podían haber comprobado que también en las partituras de Marcelo Delgado y, tras la música contemporánea con instrumentos de percusión, está escondido Juan Sebastián Bach… espiando.