Música contemporánea y Marcelo Delgado

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MÚSICA CONTEMPORÁNEA Y MARCELO DELGADO

En la Biblioteca Nacional asistimos el 26/8/09 al estreno de “Cancionero Regional” un ciclo para voz y ensamble sobre textos de tradición oral de América. La autoría y dirección de Compañía Oblicua, fue de Marcelo Delgado quien también es autor de varias obras camarísticas, ciclos de canciones y cuatro óperas de cámara estrenadas en el Teatro Colón y en el Centro Cultural Rojas.

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El primer shock que uno recibe es la vinculación que tiene la música de Marcelo Delgado con la palabra.

Lo literario está atravesando cada uno de los sonidos, y señalo que la tarea meridiana de aquel que trabaja con palabras es interpretar. Y el hilo conductor del Cancionero Regional, es interpretar con notas musicales las experiencias vitales.

Viene a mi mente que la Universidad de Letras de Granada, España, lleva como titulación principal “Facultad de Interpretación”. Nada extraño para la patria de García Lorca. Parece que en arte, interpretar se lleva las loas, y no así “traducir”, que es otra cuestión.

Si aceptamos esto, no es extraño deducir que el escritor y el músico contemporáneo buscan, con una candela pudorosa, aquellas palabras-sonidos que representen verdaderos símbolos del sentir para sacarlos de la profunda oscuridad.

Marcelo Delgado, en sus viajes por el norte de nuestro País, se encontró con un pequeño libro de coplas cuyo título lo impresionó: Colibríes encendidos. Esa llave de dos palabras, cayeron sobre él como un trueno. No hizo falta más nada. Compuso este ciclo de canciones para voz y ensamble sobre esos textos de sencilla tradición terruña.

Ahí surge esta creación donde saltan por el aire los tradicionales ritos y convencionalismos, y las nuevas expresiones del decir musical se largan a una quebradura de la melodía, la armonía y el ritmo para descubrir caminos insospechados que transmiten infinidad de imágenes y obliga, a aquel que escucha, a participar como parte de la ejecución.

La pieza remite a recuerdos infantiles, a sonidos cotidianos, a estados oníricos, y también a fuertes sentimientos. Sin exagerar, se puede decir que el género se emparenta con una estética poética, por su forma de llegada directa y sin dilaciones, Pero esta literatura incorpora un léxico muy distinto del estándar. Registros donde afortunadamente volvemos a escuchar barbarismos de los habitantes callejeros, aún utilizados. Hay figuras más fecundas en las voces y ruidos de los mercados que los que provienen de las academias. Allí no existen arcaísmos.

Se escuchan los catorce momentos breves y todo conspira a caracterizar la emisión como un conjunto de catorce dosis radicalmente distintas del ordinario, hasta el punto de poderse afirmar que sus rasgos son irreductibles. Quizá las preferidas sean la 3, 6, 8 y 10. Pero el broche festivo de la noche se encontró indudablemente en el epílogo 12, donde un aire de carnavalito contemporáneo envolvió todo lo que nos quedaba por decir.

La experiencia deja en el escucha varias tentaciones: a algunos, una disposición de girar en redondo; a otros, unas ganas de levantarse para traer un barómetro y efectuar deducciones científicas; a mí personalmente, el sabor de un extraño despertar del deseo que me incomodó en la butaca, sabiendo que el deseo nunca engaña.

Hay otros etcéteras que son turbadores y de los cuales mejor hablar en el futuro.

Tal vez nos haga pensar en un barroquismo actual por la cantidad de formas fractales contenidas. Sin embargo prefiero quedarme con la idea de símbolos. Símbolos que nos remiten a las pinturas de Joaquin Torres García, de Adolfo Nigro, y a lo que Jaques Lacan acertaba en denominar significantes.

Pero insistimos que en todo lo que expresa esta composición, no hay otra cosa que escritura. Todo el proceso es descrito por una gramática autónoma, pero no independiente de la historia de la música.

En la butaca a mi lado, se acomodaron dos señoras mayores que habían escuchado sobre “la presentación de un concierto” (artículo indefinido), pero no sabían muy bien de qué se trataba. Al rato, una de ellas viendo los instrumentos, dijo: “No. Sospecho que si en la orquesta hay una batería, esto no va a tratarse de Bach. Así que mejor nos vamos”. Es una pena que se hayan ido. Porque podían haber comprobado que también en las partituras de Marcelo Delgado y, tras la música contemporánea con instrumentos de percusión, está escondido Juan Sebastián Bach… espiando.

Hemos de hacernos cómplices de Cecilia Pastorino, que con su vocalidad, tiñe de connotaciones subjetivas las poesías y transmite la idea que está en permanente averiguación de lo que está diciendo y ocurriendo.

El reportaje más sentido

“En Argentina, ya seas el malo o el bueno, no te cobran los taxis”. El actor fue entrevistado por el diario español El País.

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¿Es el rey Lear? Es Alfredo Alcón; alto, vestido de negro, parece que fuera a volar en medio de la calle frente al Valle Inclán, donde representa El rey Lear, de Shakespeare, versión de Juan Mayorga, dirección de Gerardo Vera. Tiene 79 años. Es uno de los grandes de la escena; en su país, Argentina, lo aplauden por la calle.

En España fue actor predilecto de José Luis Alonso (El zapato de raso, de Claudel) y de Lluís Pasqual (El público , de Lorca). El 20 de abril acaba las funciones en Madrid; el 1 de mayo estrena en Sevilla, y acaba en Cataluña en junio.

Pregunta: Dentro de nada, 80 años. ¿Qué le hace el tiempo a un actor?

Respuesta: Lo estropea. La experiencia sirve para muy poco. Vales lo que haces ahora. Y en teatro más, qué sabes tú cómo te va a salir la función de hoy, aunque la de ayer haya sido espectacular.

P. ¿Y sirve el teatro?

R. Es como una nostalgia. Sirve porque nos gusta que nos cuenten cuentos, como cuando éramos pequeños. El teatro es de mirada libre, te permite una interpretación libre de la realidad.

P. Por eso tiene tanto éxito Shakespeare, habla de la vida.

R. Era la teoría de Lorca cuando llevaba La Barraca a los pueblos de España. Les llevaba las grandes obras del Siglo de Oro: decía que era el lenguaje del pueblo, que le había sido arrebatado.

P. ¿Y qué has ido aprendiendo, qué te ha dado la vida?

R. Ni hago balances ni creo en ellos. Los demás dicen que soy un hombre grande, pero yo soy el mismo chico que jugaba al teatro en la azotea de mi casa. Poner un rótulo a cada cosa nos da la sensación de que dominamos ese desorden que es estar vivo.

P. Y no dominamos nada.

R. Y cuando uno cree que domina está perdiendo la vida. Si quiero poner mi experiencia de ayer en el día de hoy, me pierdo el día de hoy. Todas las funciones son distintas. Y eso hace que los actores de teatro seamos tan inseguros.

P. Y del teatro, de lo que dicen las obras, ¿qué has aprendido?

R. Uno tiene la sensación de estar en vísperas de una revelación que nunca llega. Hay días en que el espectador y el actor respiran al mismo ritmo, se comparte la pasión, y cuando llega ese momento se produce en escena un compañerismo pudoroso, una camaradería con los actores… Déjeme que le diga esto: España no se porta muy bien con sus actores…

P. ¿No?

R. No. En Argentina, ya seas el malo o el bueno, no te cobran los taxis, muchas veces te invitan en los restaurantes. Me lo dijo un actor español: ‘Sois mejores actores porque la gente os mira con afecto, y el afecto hace crecer’.

P. Eso revela una manera de relacionarse con la cultura.

R. Hasta hace poco a los cómicos no nos enterraban en sagrado; la Iglesia nos consideraba seres demoníacos: ¡queríamos ser otros! Pero la gente va al teatro; en Buenos Aires tardamos horas los actores en dejar el teatro cuando hicimos Eduardo II. ¡Nos esperaban, mis compañeros españoles no daban crédito! Allí nos sentimos necesarios.

P. No te pararán en la calle, pero aquí te quieren mucho…

R. Eso empieza con José Luis Alonso, que fue el primero que confió en mí. Ahora, Gerardo es muy generoso. Siento por este país un afecto pudoroso, y he sentido que me quieren, como quieren los españoles. Recuerdo una representación de Edipo rey; hablaba en el escenario, y siempre veía a Vicky Peña con un vaso de agua, en las bambalinas; me acercaba, le pedía y bebía. Y siempre había alguien con un vaso de agua. Hasta que supe que era para mí, siempre era para mí. ‘Claro, como hablas tanto, cómo no vamos a tenerte un vaso dispuesto’, me dijo Vicky.

P. ¿Qué te ha parecido este país ahora?

R. Hay un movimiento muy interesante de teatro, mucha gente que estudia muy seriamente. Y hay un público mejor que el de antes.

P. Y si los españoles son juveniles, ¿los argentinos qué somos?

R. Adolescentes… Argentina está ahora como toda Latinoamérica. Hay que destruir tanto para construir algo nuevo… Hay tanto sometimiento a las multinacionales. No somos países, somos colonias. Pero lo que me gusta de mi país es que está muy vivo.

P. ¿Para tí las heridas se cicatrizaron?

R. Hay recuerdos indelebles. Si te refieres a la dictadura militar, recién están empezando a hacer algo. Hubo mucho tiempo de silencio, de injusticia, y allí no se puede contar la historia sin pensar en las mujeres de la plaza de Mayo… Ellas son el ejemplo de la lucha constante, las han masacrado y han seguido.

P. ¿Aún tienes una herida de ese tiempo?

R. Sí, hay gente que no volví a ver más. Más allá de las cosas que me prohibieron a mí. Yo no me fui del país a pesar de estar en las listas. La acusación era propagar ideas judeo marxistas y todo porque había hecho La muerte de un viajante , de Arthur Miller. Si no te ibas en 48 horas del país te mataban. El miedo que te daba era terrible, terrible.

P. El teatro te habrá servido en esa época.

R. Si, fíjate que estábamos haciendo Hamlet. Pero decías: ‘Algo huele a podrido en Dinamarca’ y la gente decía: ‘¡Fijate, ha dicho podrido!’.

P. ¿Qué nos diría hoy el rey Lear sobre lo que nos pasa?

R. La obra habla más allá de lo que pasa. Habla de la dificultad del amor. Si con el amor bastara… Del hecho de que el amor no basta nace todo el mal del mundo. Porque si bastara…

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El botón

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Ocurrió como les cuento.

Un verano abrasador.

Vivían puerta por puerta, en la retirada torre frente al río, en el puerto de Olivos, y disfrutaban de la localidad de Vicente López como un dormitorio íntimo, pero sin secretos. El hábito de recorrer los tranquilos barrios y plazas de Florida o La Lucila los conmovía a ambos. Estaban convencidos que todo ese paisaje, que para muchos era de rutina, ellos debían llevarlo a flor de piel, apenas rozarlo. No comprometerse en profundidad con la vida urbana. La certitud de vivir en una ciudad dormitorio estaba asumida totalmente y no deseaban otra cosa que ese hábitat verde los contuviera y acariciara como la vida erótica que ofrece la alcoba de los amantes.

En esa época, después de atravesado sus divorcios, disfrutaban del arterial placer de estar solos, sin ya pensar en un pasado allanado por cierta propensión.

Así.

Se habían propuesto relacionarse de manera que el amor no los volviera locos, ni estar a merced de apéndices. Lo posible de la tentativa era no fundirse en “una sola persona”, en un solo sentimiento.

Eso. Seguir siendo dos.

El ensayo era amarse entrañablemente. Intentar mantener el equilibrio de sostener la feliz pegadura de estar juntos y alternar esa unidad con la libertad de la propia autonomía.

Él la recibía en su casa como un huésped muy amado y de igual modo ella. Pero sus viviendas expresaban el toque personal de sus impares identidades. Allí nunca se ponía el sol dorado de la suelta emancipación.

En los días de calor preferían andar sin prendas por la casa, como si estuvieran solos. Cuando salían de paseo, se esperaban mutuamente, sin apuros. Y al cruzarse con algún pensamiento enredado, sus ojos transparentes pedían hablar de la cuestión.

Con sinceridad todo era comunicado.

Tal cual.

Cierto sábado, ella deseó recorrer las inmediaciones de la Torre Ader en Carapachay. Vieja leyenda.

Leyó.

– “Es un lugar encantado en el que se producen extraños juegos de luces al caer el sol. Cualquier pareja de amantes que la rodeara varias veces, lograría un eterno compromiso amoroso. No podría quebrarse por siglos”.

El reparo de una larga pausa la sostuvo.

– ¿Vamos, amor?

– ¿Te parece? Algo me dice que no debemos ir. No me gusta demasiado ese lugar. Pero, bueno… si quieres ir…vamos. Antes voy a bañarme.

Comenzó a desvestirse y, de repente, saltó un botón de su camisa. El botón cayó al parquet del piso y comenzó a rodar sin juicio en dirección a la ventana soleada de cara al Río de la Plata. Espontáneamente, los dos, gateando por el suelo, siguieron su recorrido. En una de esas, el botón inició un juego de escapadas, girando y huyendo de sus seguidores. Dio vueltas y vueltas hasta finalmente ser atrapado y depositado en el borde de una repisa.

Arrodillados en el suelo, se miraron.

Un penetrante rayo de sol llegaba de la totalidad y atravesaba la blancura del botón.

Así fue.

El entró a la ducha y ella, extendida, observaba su figura enjabonada en la bañera. Ese momento se hizo eterno al intentar desentrañar su vacilación. Giro su cabeza para mirar el cristalino botón, reflexionó un interminable momento. Volvió a mirar a su amante, envuelto en una espuma tan sustanciosa que activó sus deseos. Sentía que esos momentos se derramaban, que el tiempo se congelaría si no adoptaba una decisión.

Volvió a clavar sus ojos en el botón.

De prisa buscó el costurero y enhebrando una aguja, comenzó a coser el botón en la camisa de él, sabiendo que de ese modo, estaba forzando el destino de ambos. Debía apurarse para tapar su duda antes que terminase su ducha.

Era empujada a un temerario salto por el instintivo mandato del amor.

Si.

Desde la ventana, la tarde se mostraba expectante. Llegaban acordes. Desde lo lejos, Piazzola. Más allá, Malher.

El brillo parecía coincidir con la ternura. Y la pasión, una vez más, volvía a confundirse con la sed.

Cuando él salió del baño, paralizó su mirada con estupor, entre hechizado y confundido. Su corazón irrumpió con latidos quejosos y su mirada se entristeció.

– ¿No lo he cosido bien? Preguntó ella con afección.

Él se inclinó, le acarició las manos, y dijo acongojado:

– ¡Ay! Tesoro mío, no debiste hacerlo… no debiste hacerlo… ¿por qué lo has hecho? ¡Ay dios mío! Con cada una de esas puntadas has cocido mi piel a tu piel. ¿Por qué? Son pinchazos que duelen. ¿Por qué? Si aprecias nuestro amor, no deberías intentar el juego de esposa. Tu solicitud femenina me aterroriza. Destruye todo.

– No puedo entender…

– Hoy se trata del botón, mañana de zurcir los agujeros de mi carácter, pasado de mis decisiones privativas. Y finalmente querrás coser mi persona y mi alma. Si empiezas a ocuparte de mi indumentaria, te ocuparás más tarde de mi libertad… y la perderé… sin motivo… sin razón… sin…

– Eres un ángel–, dijo ella, dejando deslizar una lágrima.

Pero ya era tarde.

Las luces arrebatantes, perturbadoras del verano porteño… caían.

Fue como les cuento… tal cual.

Pudieron ver que, a partir de aquel día, el paisaje iniciaba una transformación de color. Las casas parecían derrumbadas. Los bares y plazas habían perdido su alegría. No existía un solo lugar donde la libertad tuviera su rincón hospitalario. Ya no habría puentes hacia el Paraíso.

Pudieron sentir que la paz se transformó en monotonía y el madrugador zorzal no cantó nunca más en aquel alerce ocre. Desde las alcantarillas se elevaban densas columnas de vapor que convertían en bruma la irrupción del otoño inmoderado y fatal.

Pudieron comprender que la dicha perfecta, nuevamente, semejaba un fugaz resplandor en las grises aguas del río.

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Juan Disante

Buenos Aires / Otoño

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Volvió una noche

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Hace ya tiempo que el público de Vicente López no disfrutaba tanto de una obra de teatro como “Volvió una noche” de Eduardo Rovner que actualmente se exhibe en el Teatro de Repertorio, en Vte. López. Y pocas veces tuvimos la oportunidad de salir de una sala con tan pleno entusiasmo y satisfechos de haber apreciado a un elenco excepcional, afianzado en años de práctica vocacional que vuelca todos sus esfuerzos para transmitir una de las obras de teatro más plena de humor y amor de la última década. Esta conjunción de factores es imponderable y se nos presenta la oportunidad de no dejar de registrar en nuestro recuerdo esta brillante comedia. Hay en la obra situaciones cómicas ensambladas con otras que convocan a la reflexión, pero si existe un instrumento para medir la eficacia de la puesta en escena del desopilante vodevil, es la cantidad de risas que inunda la sala del comienzo al fin y la fervorosa recepción del público. El autor supo entretejer una trama de tan refinada seda emocional, que le permitió hablar de las idische mame judías y, a su vez, universalizar las tradiciones y los conflictos familiares y culturales entre generaciones.

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Manuel visita todas las semanas la tumba de su madre Fanny Stern, diez años antes fallecida y, mientras deposita las flores, le cuenta los avatares y la tiene al corriente de todos sus supuestos éxitos. La conforma con algunas “mentiritas”, como que es el primer violinista de la orquesta nacional, que se recibió de médico (cuando en realidad es pedicuro), que todo está muy bien, etc. Pero ese día, después de dar muchas vueltas, le confiesa que se casa. Entonces, en un estallido, se abre la tapa de la tumba y aparece la madre a los gritos: “¿Cómo no me avisaste antes Manuel? ¿Quién es la chica?”.

Manuel huye espantado, pero la madre se corporiza en su departamento para conocer a su futura nuera y ayudarlo a que no cometa errores, dado que la pecaminosa “goy” es madre soltera y profesa otra religión.

A partir de allí comienza a confrontarse el mundo de los vivos con el de los muertos, el de las tradiciones familiares con un presente libre de convencionalismos. Varios personajes de la iconografía judía surgen ligados a otros (como el delirante sargento Chirino, matador de Juan Moreira), que salen de las tumbas para acompañar a Fanny, o los atorrantes músicos, amigos de Manuel, con quienes comparte un cuarteto de tango arrabalero y sin destino.

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La obra nos recuerda que, en esta entrecruza de valores, los hijos de inmigrantes sufrimos una mezcla de mandatos ancestrales. Pero la respuesta es que el hombre no tiene otra salida que incorporarse a la realidad cultural en la cual vive. Mámele Fanny, finalmente tiene que aceptar que la felicidad, en este mundo o en el más allá, se encuentra en un diálogo entre los mandatos y el deseo.

La discepoliana “Volvió una noche” termina siendo más porteña que la muzzarela con fainá.

Nos preguntamos: ¿para qué puede servir el teatro sino para gozar de nuestra propia arcilla?

Esta divertida, tierna y entrañable historia recorrió decenas de escenarios de todo el mundo y volvió cargada de premios en festivales importantes. Es emocionante que hoy podamos apreciarla en nuestra zona norte con un elenco finamente pulido de nueve actores dirigidos hábilmente por Roberto Aguirre en una sala que ya hace años que está luchando con un enorme respeto por el público y que merecería el más grande apoyo de las autoridades municipales.

Teatro de Repertorio, Melo 1756, Florida, sábados a las 21 hs. 4797-8515


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