Marat – Sade

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En el teatro Gral. San Martín de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pude ver la obra MARAT-SADE de Peter Weiss, dirigida por Villanueva Cosse.

Y la recomiendo.

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Se desarrolla dentro del Hospicio de Charenton, en el París de 1808, simbolizando a la alienación como fenómeno constitutivo del sistema mercantilista.

Los supuestos “locos” se rebelan y dicen grandes verdades, pero son duramente reprimidos. Cuando alguno dice: “¿Qué más quieren los dueños del trigo? Sólo queremos comer”, es llevado inmediatamente bajo la ducha fría para someterlo. La demencia y la razón surgen como dos estados inseparables de aquel momento post-revolucionario. Se presenta la chifladura, no sólo como madre de todas las pasiones, sino a las instituciones psiquiátricas como verdaderos mecanismos de control social.

Y se presenta el criterio de racionalidad como una verdadera “razón de estado” que todo lo justifica.

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El fondo de la obra trata del debate entre dos concepciones enfrentadas del análisis social y político de la época posterior a la toma de la Bastilla en Francia, por activistas antimonárquicos: el de Jean Paul Marat y el de Marqués de Sade.

En el manicomio, Marat, líder de las masas populares, reposa dentro de una bañera con agua, como forma de contrarrestar la espantosa picazón que invade su cuerpo, desarreglo a todas luces auto-inmune y psicosomático. Proclama: “Los fracasos no nos obligan a abandonar la lucha; aún equivocada la lucha es vital” `[…] “Más que de libertades, debemos hablar de desigualdades.” […] “El Clero dice que no le demos importancia al sufrimiento en la tierra, que el reino feliz de los cielos está más allá. Pero nos cobra onerosos impuestos acá.”

De Sade, vestido de impecable traje blanco y con zapatos de altos tacones, le contesta: “El pescador desea la revolución porque no obtiene pica. El hambriento pide una “baguette” todos los días . El que tiene un zapato chico desea una horma más cómoda. La población quiere pequeñas mejoras. Pero, como la revolución no puede ofrecerle esas minucias, la abandonan”. […] “La revolución se vuelve falsa cuando se transforma en terror”. […] “Retírate de la ideología e incorpórate al mundo real”.

Sade sale de la prisión de La Bastilla en la revuelta de 1789 y milita junto a Marat en los primeros años de la Revolución. Francesa. Es miembro de la Convención Nacional Francesa representando a la extrema izquierda, pero tiempo después se distancia del compromiso radical y termina en un nihilismo descreído e individualista, incorporándose al pensamiento de la aristocracia liberal. Aunque como viejo participante de la gesta de 1789, maneja una mirada sumamente crítica, ingeniosa y penetrante, aunque despechada, de la sociedad. “La solución final es la desaparición de todos los seres humanos”.

La discusión entre los dos cobra la forma de un debate entre el ideal revolucionario que sostiene Marat contra viento y marea y la libertad individual que persigue Sade.

Marat es autonomía; Robespierre, institución; Dantón es pura pasión; de Sade ideólogo del hedonismo libertario. Saint Just, leal antitermidoriano. En Marat no se trata solamente de Libertad, sino de un crecimiento antropológico y colectivo que provoque acumulación de deseos, necesidades, voluntades. Es esencialmente solidario, cooperativo y materialista.

Marat tiene el apoyo popular, pero prontamente sus seguidores lo abandonan para ir tras la mística defensiva de la patria francesa. Se consolida la revolución de los artesanos y comerciantes, pero los obreros no aparecen organizados y con la firmeza sostenida en La Comuna de 1848. Los triunfos de Napoleón en el exterior son el trampolín que le permite producir el golpe de estado del 18 brumario, en donde se autoproclama emperador “republicano”.

El proceso termina tragándose a todos los hijos de la revolución: Robespierre guillotina a Dantón, luego le toca el turno al primero y a Saint Just; finalmente, Charlotte Cordey, figura destacada de la alta sociedad parisina, termina asesinando a Marat en su propia bañera.

La burguesía termina asustada de los mismos espíritus que ella misma liberó.

Teniendo bien presente que en la Francia previa del siglo XVIII, más de la mitad de la población ganaba su sustento con ingresos de la agricultura, entonces puede decirse que las causas de la Revolución Francesa puede encontrarse en las siguientes premisas: La incapacidad de las clases gobernantes para hacer frente a los problemas de Estado, los excesivos impuestos a los campesinos, el empobrecimiento de los trabajadores de la ciudad, la agitación intelectual alentada por el “Siglo de las Luces” y el ejemplo de la guerra de independencia estadounidense.

“La incipiente clase obrera encabezaba las luchas para conquistar sólo el terreno y las mejores condiciones para su propia emancipación, pero no, ni mucho menos, la emancipación misma” (1).

Pero paulatinamente las banderas transformadoras van cayendo, y se termina consolidando la revolución burguesa y liberal con el definitivo apoyo popular y campesino.

En 1794 se prohíbe la organización gremial de los trabajadores.

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No se la pierdan. El entusiasmo que transmite la obra “Marat-Sade” es un aire de rescate –si bien sesentista– de La Revolución como concepto que fija el fin de una época y abre un comienzo esperanzador de otra. ¿Por qué digo de los sesenta? Porque los sesenta fueron años de discusión ideológica, del desarrollo de los sueños y las utopías. Mientras los setenta fueron su consecuencia lógica: la bronca organizada tras el asalto al cielo. Los ochenta son los años del desasosiego y la derrota. Los noventa del desencanto y la impotencia popular que traen aparejados la nueva coronación del liberalismo neo conservador.

¿Quién puede decir dónde estamos hoy parados?

Experimentados banqueros y doctores de Harvard, desde un barrio de diez manzanas a la redonda, llamado Wall Street, han arrastrado al mundo actual a una catástrofe cuya escala y duración aún no visualizamos.

Todo el mundo observa, espera, se miran entre sí.

Por eso, es magnífico que una obra teatral, en menos de dos horas, nos recuerde que siempre existirán algunos, los Marat, que defiendan una sabiduría tan antigua y permanente como la noción de equidad.

Sobre el fracaso, al final de la obra, desde lo alto del escenario, comienzan a descender enormes barrotes que configuran los que rodean a una cárcel. Dentro de ellos quedan todos encerrados: los internados, los custodios, los funcionarios oficiales, las monjas, los políticos, los represores, los médicos, los empresarios, los trabajadores. Es decir, toda la sociedad. Cautiva. El único que queda fuera de las rejas, y del lado del público, es el revulsivo escéptico Marqués de Sade (Lorenzo Quinteros), que observa la escena… espera… nos mira…

La apariencia incorpórea de la década del sesenta, siempre puede volver.

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(1) “El 18 Brumario de Napoleón Bonaparte”. Carlos Marx.

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 Jacques-Louis David: La muerte de Marat.

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Juan Disante

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Ese distante Bonald

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José Manuel Caballero Bonald es español, pero no lo reconozco. Lo configuro argentino. Merecería serlo. Más aún, lo creería mi propio padre.

Insiste que siempre ha sido una persona bastante depresiva, que ha estado abatido por rachas. Pero ha salido de esos baches sin otra ayuda que la de su propia voluntad.

Quiero que sea argentino, porque también Roberto Arlt creía que escribir puede ser un imperativo para mantener la salud mental y no encontrarse con los demonios interiores.

Y quisiera que fuera mi padre porque también la objetivación es una de mis fijaciones mentales. Padres e hijos se libran de sus fantasmas por medio de la escritura. Eso de contar las cosas es una terapia para no andar por la vida con las mismas manías.

Dice Pepe que: “Después de esbozar una poema donde se acomoda una emoción profundamente vivida, uno se queda de lo más tranquilo, aunque sepa que ha usado las trampas del oficio”.

Pero Pepe Bonald no quiere ser mi padre. Y mucho menos argentino. Me ha dicho que ha tenido cuatro o cinco patrias, muy repentinas, muy transitorias.

“Lo que nunca he tenido es una patria en sentido estricto, entre otras cosas porque todas las patrias tienen como un sello derechizante, retrógrado, de resonancias castrenses, que las hace muy poco transitables”.

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Estás irritado Pepe. Y creo que con el tiempo te vuelves más exasperado. Como yo. Como nosotros. ¿No serán los años Pepe?

“No me conformo. Por ahí siguen haciendo de las suyas los gerifaltes de turno y por ahí se generaliza el desprecio por los derechos humanos, la insolidaridad, las mentiras colaterales, las guerras inicuas, las hambrunas…”.

No lo sabemos, a pesar de haberlo sufrido, nunca hemos pensado en una solución posible a este berenjenal. Alfonsina se suicidó presa de un literario amor no referenciado, Leopoldo Lugones acudió a la derecha, desesperado por tanta licencia.

“Todos los nacionalismos son restrictivos”.

Pues entonces, Pepe, seamos hispano hablantes. Aunque la corrupción del lenguaje nos haga decadentes. ¿No es la lengua nuestra verdadera patria?

“Desde que empecé a escribir he sido fiel a esa defensa del lenguaje como herramienta de trabajo. Siendo escritores ¿cómo no vamos a cuidar y mantener en el mejor estado posible ese caudal léxico? Cuando oigo por ahí hablar con cierto desdén del papel del estilo en un texto literario, se me acentúa el instinto de conservación de la literatura como obra de arte. Los críticos suelen alargarse en sus reseñas contando la historia de un libro determinado. ¡Y a mí qué me importa lo que se cuenta en ese libro! Lo que me importa es cómo se cuenta, la calidad del texto, su seducción artística. El escritor que olvide que el estilo es el sostén, el factor desencadenante de toda auténtica literatura, es que se ha equivocado de oficio, es que confunde la literatura con la crónica periodística”.

Después de todo, los temas que se cuentan son siempre los mismos: el amor, el odio, el nacimiento, la muerte, los siete pecados y algunas cosas más.

Acá en Argentina tuvimos a Arturo Cerretani, un escritor que manejaba el exquisito instrumento de la escritura, la sutil transparencia humana, pero cruelmente olvidado por los fuegos de artificios del comercio editorial.

Y acá en La Pampa solemos decir que el ternero que llega último al bebedero, encuentra el agua turbia.

“No me parece que la transparencia sea un mérito. Lo que en ningún caso tiene sentido es la carencia de estilo, porque el estilo es un estado de ánimo. Insisto un escritor sin estilo es un amanuense”.

¿La escritura es un músculo que hay que ejercitar a diario?

“No. Yo soy un escritor discontinuo, intermitente, que sólo trabaja a tiempo incompleto. A lo mejor es que mi afición por la literatura es relativa. No tengo nada que ver con esos colegas que trabajan a destajo, cada día, desde las ocho de la mañana hasta las trece. Dicen que si no escriben a diario sienten remordimientos, y luego se reúnen y parlotean todo el tiempo de literatura. Vaya un aburrimiento. A mí sólo me interesa la literatura mientras escribo un libro, pero cuando lo termino me puedo pasar meses y años alejado de todo ese mundillo profesional. Quizá tenga algo que ver con esa actitud el hecho de que siempre he sido un poco depresivo, un ciclotímico que muda rápidamente de cierta euforia al abatimiento. Cuando estoy deprimido la literatura me parece un estorbo, una actividad ingrata, algo así”.

Pero tu debes saber que el mundo editorial obliga a escribir por necesidad.

Acá tenemos otro dicho campero que dice: “Hasta la hacienda baguala cae al jaguel con la seca”.

“Yo en ningún caso escribo por obligación o por encargo. Yo escribo cuando me siento absolutamente necesitado de hacerlo. Si me sale bien, sigo adelante, y si no me sale bien, lo dejo y en paz. Por eso, cuando pasan varios meses y me siento incapaz de escribir a mi gusto, pienso muy en serio en librarme de todos esos quebraderos de cabeza y dejar de escribir”.

¡ Lo veo tan argentino, Pepe !

“Lo que también me haría dejar de escribir definitivamente es cuando no creyera que el fundamento de un texto literario es su articulación artística.”

Pepe, por último… ¿Querrías ser mi padre?

“¡…! ”

Tan siquiera distante… ¿ postizamente…? Vamos, decídete. Pepe.

“ ¡…¡!“

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Agradezco a Anna Caballé y a “Letra Internacional”

Juan Disante


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