Lisístrata

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Lisístrata (cuyo nombre significa “la que disuelve los ejércitos”), es la mujer de un soldado ateniense que cansada de las continuas guerras entre Atenas y Esparta, reúne a las mujeres de ambos mandos y les propone iniciar una huelga de tipo sexual.

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La idea no gusta en principio, pero ella logra convencer a todas las mujeres de Grecia de que no copulen con sus esposos hasta que estos se comprometan a terminar con los enfrentamientos y firmen los acuerdos.
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Al final de la obra, los hombres, faltos de sexo, deciden dejar de luchar, firman la paz y ponen fin a la huelga de piernas cruzadas de sus mujeres.
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Al escribir Lisístrata, Aristófanes tuvo presente la Guerra del Peloponeso que ensangrentó a Grecia enfrentando, la oligarquía de Esparta con la Liga de Delos, de la democrática Atenas, durando 30 años, del 441 al 411 (antes de Cristo) y sumando posteriores secuelas de una peste prolongada que costó la vida de mucha gente, entre ellas, la del propio Pericles, comandante del ejército. Si bien la finalidad del autor acá es denigrar el horrendo acontecimiento de la guerra, no puede dejarse de ver el papel central que confiere al sexo para el logro de la paz, mostrando que sexo y poder aparecen siempre entrelazados, porque brindan una fuerza sin par a la hora de alcanzar fines políticos.
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En la primer reunión que tienen las mujeres, Cleonice, una dama ateniense, pregunta: –“¿Y qué plan sensato podríamos realizar las mujeres, si lo nuestro es permanecer sentadas, bien pintaditas, luciendo la túnica azafranada y adornadas con el vestido recto y las zapatillas de moda?”

Lisístrata responde inmediatamente: –“Pues bien. ¡Tenemos que abstenernos del cipote!”
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Más adelante, Lisístrata les toma un juramento inicial a todas las mujeres: –“Todas las mujeres vengan, toquen esta copa, y juren después de mí lo siguiente: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante. Aunque venga a mí en condiciones lamentables, permaneceré intocable en mi casa, con mi más sutil seda azafranada. Y haré que me desee. No me entregaré. Y si él me obliga, seré tan fría como el hielo y no me moveré.”

Luego Lisístrata pregunta a las miles de mujeres: “¿Todas han jurado?”

El conjunto por aclamación dice: “Sí… ¡Todas!”

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Atacameños

Nunca se sabrá el origen del extraño hechizo que tiene el pueblito de Susque en la puna jujeña. Sus jóvenes no quieren emigrar y rinden honores a sus ancestros aborígenes. La abrumadora mayoría de ellos desea estudiar astronomía, matemáticas. Curiosa unanimidad. Algunos llegan a hablar del vínculo entre la física con la música: “¿Hay alguna carrera en Buenos Aires que las abarque en toqllay?, quiero ir a estudiarlas y volver a mi tierra”.

(Viene a mi memoria el amor de A. Einstein por su violín).

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Fortunata Luzco me invita a comer un culapari con tistincho y chataska que cocina sobre los leños y al que agrega mote y una cucharada de ceniza ushpa que retira de las mismas brasas. ¡Tuy! Exquisito sumaq. Mientras sentados frente al fogón comemos de la misma cazuela, tinkuyo la verba preguntándole si ella puede enseñarme algo de quechua y, encantada, dice que le gustaría canjearlo por conocer el sentido mítico que ocultan ciertas metáforas del castellano urbano y pampayaq. Está convencida que debajo de cada palabra se esconde otra y otra… y otra. Enseguida me di cuenta que Fortunata está buscando lo connotativo de cada expresión. Un segundo, un tercer sentido sobre la denotación. La andina reiteración del número 3, ¡el asombroso uku del runa-simi!, tantas veces investigados por la ciencia occidental, sin ningún resultado.

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En tren de tapur qaachiy, le pregunto sobre Susque y me contesta en quechua (primera lección). 2400 mts sobre el nivel del cachi-mayú. Creo entender que ese lugar, que el trópico de Capricornio corta en dos, es el punto justo del armónico. Más arriba, en el saa, se congela todo; más abajo, las salinas del uranta, la expatriación, lo innombrable, la crisis.

Primero creímos que este lugar pertenecía a España. Esa iglesia pesebre tiene 460 años. Luego nos dijeron que era de Bolivia y luego, que nosotros somos argentinos. Pero me siento Atacameña desde mis raíces indígenas. Este pueblo hizo una marcha malón a Buenos Aires en el unay de 1946 para reivindicar nuestras tierras. No lo logramos pero supimos esperar. Alkay. Los originarios no somos nada sin el allpa tierra. La trabajamos sólo para nuestro sustento. Hoy logramos la posesión de nuestro territorio. Y se nos ofrecía parcelarlas para darnos títulos individuales, pero no lo aceptamos, porque de ese modo nos irían a desposeer nuevamente comprándolas luego una por una. Nuestro grito fue: ¡No al rantikuy! Así que decidimos hacernos de una única propiedad colectiva en donde compartimos todo, desde la producción hasta el consumo. Festejamos a “mamita” que nos supo guiar. Bajamos a Purmamarca en los carnavales. (Otra vez la connotación sobre lo denotativo).

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¿Qué hay bajo esa seductora pátina que cubre las grandes ciudades? ¿Pakakuy o Taniku? ¿Por qué los shusku jóvenes susqueños no quieren abandonar la grava de su semántica kunza? ¿Acaso añoran el suniyay de su lenguaje universal? Algún lejano día… quizá… lo sepamos.
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Sí, Fortunata, en este viaje aprendí a escribir sobre los límites de las fronteras. Intercambiemos nuestros idiomas para recuperar los orígenes, la memoria de la rebelión. Que recorra nuestra piel los mitos que no pueden nombrarse. Sepultemos los silencios del desarraigo para poner las cartas boca arriba y hacer de la Madre Tierra un lugar de símbolos. (¡Viva lo connotativo!)

Me paso la lengua por el sipriy de mis labios y siento el gusto salado del challar subiendo por las colinas de Pachamama. A lo lejos un pequeño ututak es llevado por su padre a horcajadas en un alegre turu-kutu hacia las orillas mágicas del patanpí de huellas profundas.

Un colibrí se detiene en el aire.

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