Septiembre 10, 2008 | Por juan-disante | # Enlace permanente
Rajatabla ha llegado a ser tan figurado y tan familiarmente empachante, que la a no le agrega ni le quita nada.
La pasión por el estilo concentra el discurso en lo indoblegable: “Vamos a aplicarlo…”
Cuando el tipo escuchó lo que iban a hacer con la ley, con las medidas, o con cualquier otra cosa, se le ahuecó el pensamiento y sólo atinó a respingarse.
Existen desbandadas que quiebran la tarde placentera. “A rajatabla…”. Más cerca de producir el raje que la rajeta.
Si me paro en el justo medio de condescender y no contemplar, se me viene el barullo del mal ayuno, me coloco entre el bien y el más o menos.
Las bravuconadas encuentran el contento de ir viviendo según el ritmo descampado de los que mandan. Mientras se presiente un vapor de sudores transparentes y hondos que se eleva desde la masa rústica. Perder la chaveta, devaneo –para que sea más aceitosa la palabra—de gentes inconfesas que miran desde arriba; y allá en la mengua, un medio acuoso de adolescencias perdidosas, entre los que nunca quisieron dejar de ser lo que son.
La lóbrega rajatabla sigue siendo una intentona de oficiosidad del tejemaneje, se nota el empeño por tirar los hígados.
Estamos malheridos. La a anuncia, dirige, alphatiza. Pero así y todo, no nos evita el encono gratuito de sentirnos al borde del abismo. La a le quiebra el ojo al diablo –subordinante– pero lo que le rompe a uno los cascos es ese estorbo de la rajatabla.
A vueltas con el tiempo ¿quién abrirá las ventanas de un discurso uniforme que acuse las cuarenta a cada hora?
Septiembre 2, 2008 | Por juan-disante | # Enlace permanente
“Rara vez pienso sólo con palabras”.
Albert Einstein
Los mitos y leyendas originarios nos hablan con mucha mayor claridad que la razón de los hombres.
Saga es la Diosa de la Historia y también es una senda. Si avanzamos en el camino hacia el pasado, encontramos que el de Tupá es la saga mitológica guaraní más interesante del continente, porque acertó en predecir el desastre ecológico incubado en el mundo actual.
Tupá, también conocido por Oreyerá o Ñamandurueté, es hacedor del bien, siendo el espíritu supremo del trueno, porque éste es Arasunú, en el cual Ara es el cielo, el alto firmamento por excelencia, y Sunú la onomatopeya del terrible retumbo del trueno. Osunú es el trueno bueno, pero la sabiduría guaraní entendía que todo ente tiene su contrario-asociado. Las dos mitades “necesarias”. ¡Que extrañamente zen y dialéctico! El concepto de nuestros primeros dioses apoyaban su pluma en una realidad divergente y, a la vez, concordante; en donde se necesitaban de las dos fuerzas para acrecentar la propia identidad: lo malo y lo bueno.
Entonces, de modo análogo y por oposición, existía Añá el dios del mal –asociado al mismo diablo– que se dedicaba a confrontar con su enemigo Tupá y a hacerle la vida imposible, queriendo imponer las calamidades. Por eso el bueno de Tupá, apoyado en las fuerzas naturales, salía a pelear contra la lógica de la linealidad y la villanía de Mandinga.
Entre los primitivos tupíes y los botocudos, el relámpago Ara-Berá o Tupá Berá, era el Dios Tupí que se confundía con el cielo infinito y, usando el lenguaje de su brillo eléctrico, enseñaba a los humanos que debían cuidar la tierra como a sus propias vidas y les recomendaba no alterar la armonía vegetal, animal y mineral que los dioses habían otorgado en préstamo a los habitantes. El equilibrio natural era la mayor herencia a respetar y la depredación era sancionada con la respuesta de las fuerzas naturales. Además, debían de hacer oídos sordos a los ofrecimientos desleales de Añá, la deidad que sólo les ofrecería ignominia y “macanas”.
De todos los dioses americanos Tupá fue el que reinó sobre los territorios más vastos. Su imperio se extendía desde lo que hoy es la península de Florida, abarcando todo el litoral del Atlántico hasta el Río de la Plata. Su influencia era tan preponderante que los pueblos querandíes, caribes, tupíes, guaraníes y charrúas eran adoradores fervorosos del Tupá. Ellos sabían que veneraban a un dios que, morando en las alturas montañosas, les había dado sobradas muestras de su altruismo y que (¡atención!), no sólo producía rayos, lluvias y vendavales, sino que en su furia ante las transgresiones de los hombres al medio ambiente, podía generar también terremotos.
Ninguna divinidad europea ni asiática ejerció un poderío más extenso que Tupá, pero los viejos sabios de las tribus habían escrito para las futuras generaciones que cuando llegara el santo sacerdote blanco desde muy lejos –y que haría alianza con Añá- comenzaría el crepúsculo del afable dios guaraní.
Y la profecía se cumplió: de más allá del océano vinieron los nuevos ocupantes y el dios del trueno fue vencido en muchas batallas por el soberbio Añangá Memby, la nueva personificación del desastre.
Curiosamente, los primeros jesuitas, que intentaron dirigir el culto a Tupá (porque significaba el Principio del Bien), se encontraron a lo largo de sus catequesis, que no sólo significaba una superstición literaria del mito de Jaraparí, sino que el poder de las fuerzas naturales del bien estaba convocado, en cada cita, por singulares ritos y danzas que los originarios pobladores ejercían en los momentos de crisis.
Los evangelizadores ya en Europa tampoco habían dado crédito a la existencia de Júpiter Tonante, el arremolinador de nubes de la Grecia de Zeus.
¡Qué error!
Hoy, siglo XXI, la más avanzada ciencia ha descubierto el papel fundamental que cumplen los relámpagos en el medio ambiente planetario. A su parecer, los huracanes son impulsados por la tala de bosques y actúan normando el eco sistema. Mientras que los rayos trabajan en forma directa sobre la ionización del magma, creando de esa manera nueva vida –llamada plasmacélulas- en su titánica y eterna lucha contra la devastación perseguida por el diabólico Añá.
Ese malmandado de Añá, que a veces gana batallas y a veces las pierde.
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( “… pero, Tupá supo internarse en ese futuro amenazante, y entonces esparció sobre el caribe generosas semillas de Tabanuco, varios huevos de Iguanas verdes de papada hinchada y una ignota a-materia mineral que, un próximo premio Nobel, anunciará como pilares en la lucha contra el calentamiento global… y rayos, muchos rayos” ).
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Septiembre 1, 2008 | Por juan-disante | # Enlace permanente

Hablo sin tapujos.
Desde aquella peliaguda apertura admito no haber podido cumplir con las expectativas que deparaba mi engorrosa llegada.
Asomar y mostrarse al mundo en tales condiciones no es alentador para nadie y nunca sabré si, antes de comenzar, ya me lo tenía ganado. Pero con semejante irrupción cubierta de patetismo y de tal maciza gravidez, por parte de los que fisgoneaban detrás de los vidrios de la nursery, mi reacción no pudo ser otra que largarme a llorar. Un berreo por causas no comunes a las de mis catalíticos compañeritos de sala, sino por otras bien fundadas.
Mi querida madre, la profesora de música litoraleña María del Pilar de Ozono, esbozó una mueca boquiabierta con su carrillo inferior vencido. Mientras que mi padre, el famoso industrial, creador de los salamines picado fino “Jangadero”, se rascaba la barbilla sin afeitar y se le escuchaba desconcertado: “Y ahora… ¿qué hacemos?”.
Es conveniente que acepte ciertos reparos y aclare que en mi espalda aparecía una protuberancia algo más que nudosa, mis piernas exhibían una comba de barrilete y mi torso escueto y desmirriado, no parecía lo más apropiado como para no extenuar a los curiosos que me observaban sin dar crédito de lo que veían.
También es de reseñar que mi rostro no era, vamos a decir, lo más usual de lo acostumbrado en aquél momento. Un ojo apuntaba disparado hacia zonas sesgadas y mi mandíbula carrilluda carecía de una centralidad que tuviera que ver con una estética acorde con los buenos diseños en danza.
El arca serpenteado de mi organización vertebrada bordeaba el desorden de un crimen. Aunque ya si se pensara en un filicidio.
Pero, debo esforzarme en aclarar que, en los primeros tullidos meses de vida, fui mecido en cuna de oro, si bien desairada y nada aleccionadora. Que andando el tiempo tuve motivos de penuria ante la cantidad de espejos cuyo uso se me negaba. Y que ante el desconcierto de saberme nugatorio y abolido, no pude conocer, hasta avanzada edad, el rostro de mi identidad empantanada.
Esta es la historia de mi cifra constante que quiero contarles: Igual a Cero.
Cuando termine de ordenar en un solo estuche todas las memorias, van a recibir noticias mías… sobre todo aquello que no sea la hechura…
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