Últimamente existen muchas solicitudes para la fabricación de molinos de viento. Revisamos los archivos y acá mandamos lo que hay. 1º) En primer lugar, el interesado tiene que determinar qué uso quiere otorgarle: si es para producir electricidad, mover una muela, o simplemente para concebir fantasías. No siendo para ninguno de esos usos, mejor olvidarse de fabricar un molino de viento y pensar en alguna máquina de soplidos.
2º) En segundo lugar es necesario elegir el lugar donde se va a instalar el molino. Ahí hay que chuparse el dedo, levantarlo al aire sobre la cabeza y percibir la dirección de la brisa. Determinar de donde sopla el viento es decisivo, dado que si lo hace desde oriente o desde occidente, puede cambiar la mirada.
3º) Una vez hecha esta elección, entonces hay que empezar a hacerse de los materiales. Ahí hay varias posibilidades, si usted quiere un molino fuerte que funcione al viento, tendrá que hacerlo de algún metal duro, algún robaviento que le dicen, pero que no dejará lugar para ninguna discusión. Ahora, si quiere algo más modesto puede hacerlo de cartón corrugado, lo que abrirá las puertas a eso que se denomina “pragmatismo”. Pero si usted lo quiere de ilusiones perdidas, entonces la recomendación es hacerlo de mazapán. Ahí va a tener la posibilidad de emular al caballero Don Quijote que, montado en Rocinante y con su lanza siempre presta, va a poder hacer de tripas corazón cualquier ilusión desmedida de que algo cambie en este mundo.
4º) Lo que muchos recomiendan es asegurar el Molino con buenos cabestrantes para impedir que los temporales lo derriben. La gente vive equivocada y nunca otorga suficiente importancia al anclaje a tierra. Cualquier proyecto humano debe tener lingaduras para no terminar en chusco, como lucubró el escudero Sancho, que dijo no entenderse de otra manera. No va a ser la primera vez que un molino de viento caiga sobre la cabeza de quien lo construyó. Lo mejor es levantar primero el pedestal y recién después colocar el molino arriba. Nunca al revés, por favor. Uno tiene derecho a soñar, pero con la cabeza sobre la hierba. Siempre habrá un viento norte que enloquezca la razón, una sudestada que destruya todo y un pampero que traiga paz y armonía.
5º) Al final, lo que queda es levantar la torre. Ahí se precisa el esfuerzo de varios convecinos que ayuden. A la vez que unos sujetan la torre, otros tiran de los cables para fijarla en posición de no vértigo hasta que esté perfectamente aferrada. Mientras algunos van sosteniendo la gigantesca estructura, otros la montan, la martillan, la remachan y sueldan. La Academia de Ciencias Exactas aún no ha sabido explicar por qué, para levantar un molino de viento, es necesario el esfuerzo de un agolpamiento comunitario. Los coeficientes de resistencia de materiales que indican los manuales de ingeniería nunca pueden ser divisibles por las mediciones áureas del imaginario popular.
6º) Más allá de optar por el Ingenioso Hidalgo o por Sancho, si seguís tomando en serio el tema de la ventosa energía eólica, deberéis decidirte sin más vueltas por la utopía, que siempre es más prometedora que todo lo sólido, y además, no se deshace en el aire.
Cuando la palabra no existía en la tierra, todo eran signos.
Reinaban las leyes del universo, y el hombre, sin entenderlas, se avenía a ellas.
El sosiego, el silencio y las equivalencias destacaban.
Entonces el hombre quiso…
Quiso…
Apareció la palabra.
Irrumpió el arado, las medidas, el tarifario, la espada.
El hombre se hizo poderoso, pero ya no podía convivir con la naturaleza sin torcerla.
La consonancia se interrumpió.
La palabra copuló con el silencio, la desazón con el sosiego, lo dispar con la probidad.
El silabario se bifurcó.
Hoy, el hombre reemprende la búsqueda de lo perdido allá lejos.
El silencio, las señales, la alegoría, el sino.
Allá lejos, la imagen acústica del laconismo.
No hubo nunca otra cosa que balbuceos… representando el germen.
Debemos reconocer cuánto aprendimos de la Lic. Rosa Mary Marrone, especialista en autismo.
Y de mi hijo Hugo.
Debemos reconocer cuan equivocado estábamos accediendo a terapias equivocadas, que terminaban de ocultar los síntomas de Hugo y, a la larga, lo retrotraía a un origen aún más complicado.
Dejar de confiar en las soluciones rápidas y comenzar a aceptar los buenos resultados que nos dieron el tiempo.
La dedicada investigación del caso de Hugo, combinada con el tratamiento psicoanalítico personalizado. No invasivo.
Tomando al de Hugo como el de una persona con un caso singular y único.
Escuchando cada signo de su verbosidad.
Devolviéndole el papel de sujeto de la oración.
Dueño supremo de su oralidad.
Ante la falta de reciprocidad social y emocional, buscamos compartir los gozos y placeres.
La imaginación.
El despertar de su interés.
El asomo a su muro.
El ruido del celofán que envuelve los caramelos.
El tin de la campanita.
El lápiz “faber” golpeando sus dientes y sacando sonidos.
La letra A gritada al compás del vibrar más grave del chelo.
Hace ya dos mil años, en la comunidad de los Chibchas, meseta central de lo que sería Colombia, supo nacer Goranchacha “Chyty” cuyo nombre significaba hijo del sol, y fue parido (¡Bxisqua!) por una doncella virgen del dulce poblado de Guachetá, del cual aun existen algunos rastros ocultos e inhallables.
Con toda propiedad se dejó sentado que fue concebido de los rayos del sol. Y para eso, todos los días, al romper la aurora, la doncella subía al cerro Gallinsani y se acostaba de tal suerte que los primeros rayos penetraran su intimidad.
Al nacer el robusto Goranchacha con una marca similar a una esmeralda en su mejilla izquierda, el poder de su atractivo era tan grande que fue criado por toda la comunidad hasta los veinticuatro años como el bien recibido hijo del sol y del pueblo muisca. A esa edad el joven decide recorrer todos los poblados para unificarlos en un solo haz solar y es entonces que se convierte en rey de Yubecayguagua, asumiendo como totalizador otro de los nombres de Chía, deidad de los muikitas de mesoamérica.
Durante su reinado tuvo que soportar la arrasadora llegada desde el norte de los yohualtonatiuh, nombre precolombino que se daba a los “nueve señores de la noche” que intentaban mal manejar los destinos de los hombres, procediendo por estricto turno en un plan que correspondía a cada uno de los nueve escalones del inframundo Mictlan.
La presencia de la diosa Ah Chuykak (guerra), conectada con los ciclos lunares, llegaba para influenciar furtivamente a gobernantes y gobernados.
Y como consecuencia de esos apremios, Goranchacha, que hasta allí gobernaba con señorío, comenzó a aplicar inclementes métodos hacia sus enemigos y edificó un templo en homenaje a su padre el Sol, en donde se realizaban frecuentes sacrificios humanos.
Un día toma conciencia que la deidad maléfica Guahuoque era quien lo había influenciado para aplicar los rituales del sacrificio. Y entonces, decide iniciar un retiro al cerro Gallinsani donde había sido concebido y esperar las primeras luces del alba. Al regreso, informa a su pueblo que vendrían forasteros muchos más fuertes que los yohualtonatiuhses y que habrían de maltratar por igual a ambas partes en disputa.
Goranchacha no quiso ser testigo de tanta desgracia y, entrando a su palacio, no se lo volvió a ver nunca más.
A su llegada, los conquistadores españoles encontraron a las Guayrur o Vírgenes del Sol que vivían en edificios que llamaron “conventos paganos” pero que los Incas designaban con el nombre de Acllahuasi. Estas jóvenes “mamacunas” se llamaban a sí mismas Intip Chinan, y como servidoras del sol, vestían hábitos de colores y llevaban sobre sus cabezas un pampacune como signo de consagración y gratitud al astro rey. Las corivincha (coronas de oro) que rodeaban sus frentes, y que eran el gualicho símbolo heredado de Goranchacha, les fueron arrebatadas por los conquistadores para ser enviadas en forma de lingotes a aquella otra corona de España.
Hoy aun se venera, subrepticiamente, tras los cultos católicos y sin que nadie se dé por molesto o agredido, el recuerdo a Goranchacha. Y hay quienes dicen que, cercano a un eclipsado poblado chibcha, se encuentra un cerro donde, en cada amanecer, peregrinas figuras femeninas con largas túnicas de siete colores, llegan con cuencos de ofrendas sobre sus cabezas y esperan los primeros rayos solares para intentar ser preñadas.
En el Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda funciona un programa de alta, donde algunos pacientes trabajan el tema de su externación.
Se hacen distintas actividades y una de ellas es la de los ‘Molineros del Borda’.
Aquí fabrican papel artesanal con el cual hacen tarjetas de casamiento, de cumpleaños, personales, diplomas y varias cosas más. Tienen muy buena calidad de papel y buenos precios.
La propuesta es que hagamos entre todos una cadena de mail para que este emprendimiento pueda hacerse conocer cada vez más. Ellos necesitan trabajar, y cada producción que hacen y venden es un ingreso y esto, como para cualquier persona, es necesario y gratificante para ellos..
Estamos enviando la dirección de mail y el teléfono para que cualquiera que necesite alguna tarjeta pueda comunicarse:
molinerosdelborda@ yahoo.com. ar
o al teléfono: 4304-5546
Buenos Aires, Argentina.
En la Biblioteca Nacional asistimos el 26/8/09 al estreno de “Cancionero Regional” un ciclo para voz y ensamble sobre textos de tradición oral de América. La autoría y dirección de Compañía Oblicua, fue de Marcelo Delgado quien también es autor de varias obras camarísticas, ciclos de canciones y cuatro óperas de cámara estrenadas en el Teatro Colón y en el Centro Cultural Rojas.
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El primer shock que uno recibe es la vinculación que tiene la música de Marcelo Delgado con la palabra.
Lo literario está atravesando cada uno de los sonidos, y señalo que la tarea meridiana de aquel que trabaja con palabras es interpretar. Y el hilo conductor del Cancionero Regional, es interpretar con notas musicales las experiencias vitales.
Viene a mi mente que la Universidad de Letras de Granada, España, lleva como titulación principal “Facultad de Interpretación”. Nada extraño para la patria de García Lorca. Parece que en arte, interpretar se lleva las loas, y no así “traducir”, que es otra cuestión.
Si aceptamos esto, no es extraño deducir que el escritor y el músico contemporáneo buscan, con una candela pudorosa, aquellas palabras-sonidos que representen verdaderos símbolos del sentir para sacarlos de la profunda oscuridad.
Marcelo Delgado, en sus viajes por el norte de nuestro País, se encontró con un pequeño libro de coplas cuyo título lo impresionó: Colibríes encendidos. Esa llave de dos palabras, cayeron sobre él como un trueno. No hizo falta más nada. Compuso este ciclo de canciones para voz y ensamble sobre esos textos de sencilla tradición terruña.
Ahí surge esta creación donde saltan por el aire los tradicionales ritos y convencionalismos, y las nuevas expresiones del decir musical se largan a una quebradura de la melodía, la armonía y el ritmo para descubrir caminos insospechados que transmiten infinidad de imágenes y obliga, a aquel que escucha, a participar como parte de la ejecución.
La pieza remite a recuerdos infantiles, a sonidos cotidianos, a estados oníricos, y también a fuertes sentimientos. Sin exagerar, se puede decir que el género se emparenta con una estética poética, por su forma de llegada directa y sin dilaciones, Pero esta literatura incorpora un léxico muy distinto del estándar. Registros donde afortunadamente volvemos a escuchar barbarismos de los habitantes callejeros, aún utilizados. Hay figuras más fecundas en las voces y ruidos de los mercados que los que provienen de las academias. Allí no existen arcaísmos.
Se escuchan los catorce momentos breves y todo conspira a caracterizar la emisión como un conjunto de catorce dosis radicalmente distintas del ordinario, hasta el punto de poderse afirmar que sus rasgos son irreductibles. Quizá las preferidas sean la 3, 6, 8 y 10. Pero el broche festivo de la noche se encontró indudablemente en el epílogo 12, donde un aire de carnavalito contemporáneo envolvió todo lo que nos quedaba por decir.
La experiencia deja en el escucha varias tentaciones: a algunos, una disposición de girar en redondo; a otros, unas ganas de levantarse para traer un barómetro y efectuar deducciones científicas; a mí personalmente, el sabor de un extraño despertar del deseo que me incomodó en la butaca, sabiendo que el deseo nunca engaña.
Hay otros etcéteras que son turbadores y de los cuales mejor hablar en el futuro.
Tal vez nos haga pensar en un barroquismo actual por la cantidad de formas fractales contenidas. Sin embargo prefiero quedarme con la idea de símbolos. Símbolos que nos remiten a las pinturas de Joaquin Torres García, de Adolfo Nigro, y a lo que Jaques Lacan acertaba en denominar significantes.
Pero insistimos que en todo lo que expresa esta composición, no hay otra cosa que escritura. Todo el proceso es descrito por una gramática autónoma, pero no independiente de la historia de la música.
En la butaca a mi lado, se acomodaron dos señoras mayores que habían escuchado sobre “la presentación de un concierto” (artículo indefinido), pero no sabían muy bien de qué se trataba. Al rato, una de ellas viendo los instrumentos, dijo: “No. Sospecho que si en la orquesta hay una batería, esto no va a tratarse de Bach. Así que mejor nos vamos”. Es una pena que se hayan ido. Porque podían haber comprobado que también en las partituras de Marcelo Delgado y, tras la música contemporánea con instrumentos de percusión, está escondido Juan Sebastián Bach… espiando.