DON AGUSTÍN Y SU PERRO – CONCURSO DE CUENTOS.

magical-night-medium-300x297

Tenía D. Agustín las botas un tanto rotas… Que sin quitarse las botas, se sacaba el calcetín ¡Pardiéz! ¡Retuertos! Dijo éste muy resuelto. Tendré que taparme mucho mejor estos pies, o se me verán los callos por doquier.

¡Caray con el dedo gordo! Que pelma, carchenoso, e insistente es. Siempre que me miro, le veo ¡Diantres! ¡Moños! ¡Cáspita! ¡Por las barbas de D.Lucio! Le taparé con un guante, así estará más cálido y elegante. Y si viene al caso, le compraré una bufanda a rayas, para que no me dé más la plasta.

Tenía un amigo por perro, mucho más flaco y más feo, que nuestro señor D. Quijote. Siendo también un buen saco de pulgas. Aunque éste, se lavara todas los días como un dandy, en la fuente más cercana. Para el, o sea para D. Agustín, no había otro amigo mejor ni más fiel, que su perro Baldomero. Jamás, nunca lo puso en duda.

Pero a D. Agustín… le gustaba, quería, protegía, no le importaba. Él siempre le cuidaba con amor, y mucho esmero. Los dos eran buenos amigos, compañeros de muchas fatigas, compartiendo siempre hasta la comida.

Cuando llegaba la noche, se resguardaban en un coche. Allí contaban estrellas, repartiéndose las penas.

Después calentaban sé juntos, dormían abrazados, y así se consolaban, hasta los albores del día.

Cada mañana… D. Agustín tenía por costumbre, de pedir a la puerta de una iglesia. ¡Señora… señor… señorita… por favor! Una limosnita para el pobre. Por el amor divino de Dios. Decía con humildad a los fieles, que de aquella puerta salían. En tanto en cuanto que al escucharle éstos, una caridad le concedían.

Cierto día por allí pasó, una linda, la más bella criatura, que se pueda cualquiera imaginar. Y dándole una ofrenda, que ni tú, ni yo, podemos adivinar. ¿Cuál sería su sorpresa? ¿Ese su regalo? Os preguntaréis muy curiosos, e intrigados.

D. Agustín, abrió mucho los ojos. Increíble, pero verdad. Lo que dentro de su raído sombrero… surgía. ¿Cómo es posible… sé decía? ¿Qué he podido hacer yo, para merecer esto? Y se pellizcaba incrédulo, para ver si de verdad era cierto. Ilusionado, receloso, tembloroso, vacilante, y algo mosca. ¿No sería una fantasía, de su mente? ¿O una simple burla, del destino? Diciéndose escamado, y aún más reticente. ¡Pero no! ¿Eso brillaba demasiado? Para ser simplemente, una ilusión. Con delicado y sumo cuidado, metió la mano. Sacando aquella cosa… cosita… cosina… tan brillante y re bonita, para aseverarse mejor.

Su sorpresa fue grata, y aún más grande. Tanto, que casi se cae de espaldas. ¡Vaya regalo! Para sí se dijo, que me han hecho esta mañana. ¿Qué debo hacer yo ahora, con esta preciosidad? Pobrecita. Qué linda es. Me da penita la pobre. Está muy solita. Que chiquita es, y qué carita tan rica me pone. Todos estaréis pensando. ¿Qué cosita puede ser? Pues… veréis. Era una estrella pequeñita y dormidita. Recién cogidita del cielo, y de las más pezqueñitas. Que aún medio dormida, bostezaba con sueño. Nuestra señora Doña Alba muy decidida, que por allí pasaba aquella mañana. Habíalas metido todas una a una, dentro de un capacho muy amplio. Y las tenía guardadas durante el día. Para espolvorearlas durante la noche, en el inmenso y misterioso firmamento. Esta preciosísima señora al pasar, y ver a nuestro amigo D. Agustín, sentado en el suelo con su perro Baldomero, pidiendo limosna, paró. Y con pena, se conmovió. Como no tenía otra cosa más a punto que entregarle, pensó. Le daré de entre todas las estrellas que llevo, la más pícara, juguetona, y vivaracha. Pequeña revoltosa, y sobre todo, la más traviesa. Para que le alegrara la vida, además de darle suerte. A tan buen y gran colega. Así sucedió. Y así pasó. Ya mismito, desde aquel día. Las cosas cambiaron para D. Agustín, y su perro Baldomero. La vida les sonrió. La suerte apareció. Ocurriéndole de todo, mucho más, y mejor. Ya nunca jamás amén, tuvieron que pedir a la puerta de la iglesia. Ni esperar a que alguna tintineante moneda, cayera bailando por dentro de su descolorido y raído sombrero.

Pero nuestra estrellita… estaba triste. ¡Muy triste! Apática, desconsolada, acongojada, lacia, y apesadumbrada. Ya que sus otras hermanitas, lucían en la inmensidad del cielo. Retozando, apareciendo en él durante las noches, y con la Luna por centinela. Mientras, a la par, entretanto, tan solo, en tal caso. Ella solo podía dar suerte, luz, y calor, a nuestros queridos e inseparables amigos. Un día D. Agustín decidido, consideró, que aquella podía irse cuando quisiera. No estaba presa. Y mucho menos, quería verla desolada. También no le importaba, ni poco, ni mucho, volver a pedir limosna a la puerta de su antigua iglesia. Vete preciosa amiga. Dijo con mucho tiento, y cariño. No queremos verte pachucha o triste. Nosotros ya nos las apañaremos solos. Como lo hacíamos antes de conocerte. Sé feliz, mi querida princesita. Ve con tus refulgentes compañeras, o antiguas hermanitas de nubes o firmamento. Disfruta como antes con ellas, alumbrando por todo el cielo. Esta diminuta niña estrella, en agradecimiento, les invitó a marcharse con ella. Para que así, por siempre, durante toda la eternidad, resplandecieran como los luceros. De los más grandes, relucientes, y también de los más bellos. Por eso… si miráis al firmamento cada noche. Veréis tres maravillosas estrellas. Rutilantes, fulgentes, y tan brillantes como soles.
Muy juntas.
Eternamente unidas.
Que son las de los tres amigos y fieles compañeros, estrellita, D. Agustín y el perrito Baldomero.
Que unidos por y para siempre están. Perpetuamente fulgurando, en el plexo del Infinito. Con y para la mayor felicidad permanente, que se pueda desear.
Porque así amiguitos míos, se llega o se está mucho y más cerca, de nuestro ente el “Omnipotente” creador.


FIN.

MORIMÓ

MERCEDES MARTÍNEZ RUBIO