TRISTEZA – CONCURSO DE CUENTOS.

tristeza

Tristeza

Las sombras del atardecer se deslizaban sobre las tumbas; apenas hacían resaltar algunas flores como queriendo tapar esa nota de aparente alegría.
El silencio dolía.

Sentada sobre un banco, una mujer miraba sin ver la tierra removida que recién había cubierto el féretro de su hijo Ramón.
Ramón Miranda, hijo de Enrique, un humilde campesino y Juana Altamira una de las tantas costureras del pueblo.
La causa de la muerte del niño, sólo el pecado de nacer,
Crecer, jugar, reír y vivir a orillas del río Uruguay.

La cara apergaminada de la mujer reflejaba un infinito dolor.
Como otras mujeres del lugar ya no podía llorar más. Sólo rezar. Las cuentas verdes del rosario se deslizaban una a una por la piel irritada de sus manos, pero sus labios no se movían, fijos en ese montículo de tierra fresca.

La mujer no se movía. No quería dejar a su hijo ni volver a su hogar.
Allá la esperaban los otros niños y su esposo. La pobreza la esperaba.

El hombre sería su próxima pérdida.
Lo sabía en su corazón. El cáncer hacía estragos en su cuerpo rápidamente. Los médicos  habían diagnosticado la intoxicación por la inhalación de sulfuro de sodio y la muerte inminente.

Enrique había trabajado siempre en la huerta que los abastecía de alimentos, la contaminación del aire dañaba también  frutas y verduras. Los peces que diariamente pescaban para el consumo familiar también estaban contaminados, el agua había perdido su potabilidad.

Ellos durante mucho tiempo habían ingerido estos productos, incluso los habían vendido  a sus vecinos para comprar otros elementos diarios para la familia.
Todo esto había ocurrido de pronto; en Puerto Piray la vida había sido distinta. Pero un día, un mal día, llegaron muchos hombres para talar pinos y eucaliptus.

El destino de esos árboles era para unas modernas fábricas de pasta celulosa.
Ellos no sabían de esto pero les dijeron que no era bueno. La desolación cubrió las poblaciones, las aguas de los ríos y el aire.

La mujer se incorporó lentamente y arrastrando sus pies inició el camino hacia su casa, a enfrentar la noche oscura llena de miedo y esperar un nuevo día, una nueva esperanza.

Una hoja de diario se enredó en sus ropas; con un gesto automático la desprendió y siguió su camino.
El titular de ese diario informaba en grandes letras:

Una nueva frustración, el reciente presidente de Uruguay, José Pepe Múgica no recibió a los miembros de la asamblea de Gualeguaychú.”

Alicia.