SAD CITY – CONCURSO DE CUENTOS.

Su figura resaltaba entre las sombras, se movía tanteando el vacío para no tropezar entre los fantasmas de las baldosas flojas, y el hastío de sus pasos, solo se alumbraba con la luz del día, a la noche, los destellos que sobraban de las luces de los faroles en calle, era su tenue sustento en su pobreza, en su decadente vida. Las paredes, nostálgicas y arrogantes, desplomaban su revoque como lágrimas pesadas conformando millones de grietas…. Su nombre era Demetrio.
Caminaba por las noches, rengueando con su pierna derecha en busca de su alimento, en busca de su sustentación. Un vago recuerdo lo azoraba, recuerdo de su niñez, tan inmensamente triste como su adulta y fracasada vida. La avenida, silenciosa y solitaria, se presenta junto al manto acróstico del otoño y las displicencias del verano húmedo que quedó a la deriva justo ese día. Es el otoño. Todos las noches pasa por aquel viejo restaurante para que el mozo le tire las migajas que sobraron del día, mordisquea un poco de pan y un trozo de carne mullida, sobras de algún satisfecho glotón que desperdició su abundancia…Un perro aguardaba también allí afuera, era como su amigo silencioso y ocasional, él, siempre generoso, le arroja una mitad de su obsequio, el perro mueve la cola contento, parece sonreír, parece exaltar de júbilo…es que su delgadez le resalta los huesos y le agranda los ojos tanto que parecen salírsele, dando esa sensación gesticulosa, esa sensación falsa. El perro también está triste aunque su cara diga otra cosa.
Entre tinieblas, entre la tierra, entre la mugre y el hedor, una sutil luz, vacilante por momentos deja entrever el reflejo del hombre desnudo frente al espejo rasgado y desteñido, deteriorado como esa, su casa, su desnudez no lo inquieta, las costillas parecían un relieve macabro en su piel, y las arrugas la corteza de un árbol milenario y se preguntaba “cuando llegará el momento…”entonces dos lagrimas se deslizan por sus mejillas, indecisas y precisas en su certeza…ya no quería seguir…
Sólo le quedaba una vela, que, al son del viento, la sombra de su cuerpo desnudo parecía danzar sin música, sin sonidos mas que el de su estomago casi vacío, proyectaba en la pared una fantasmagórica forma.
Alguien toca la puerta; es Pedro.
-Hay otro cuerpo –Le dice Pedro.
-Pero estoy cansado hoy –Responde Demetrio
-Sabes que tenes que venir, sino el jefe se enoja, dale que te llevamos –Prosiguió Pedro.
El carruaje chirriaba sus ruedas al andar por las calles de la empedrada ciudad, era de madrugada, y el galope de los caballos, juntos, armonizaban una melodía noctámbula en el silente dormir de los ciudadanos. El perro iba a su costado. La cara demacrada de Demetrio atenuaba con la niebla de la venidera mañana y en su andar parecía una caravana macabra.
Al llegar, el cadáver ensangrentado y polvoriento yacía en el medio de una zanja, a su alrededor, unos hombres armados vigilaban que nadie se acerque, para no dar aviso a las autoridades, así encubrir ese crimen cometido hacía pocas horas.
El jefe, hombre de rostro fornido y hoyuelos en la mayor parte de éste, apoyaba su cabeza en sus manos, y las cejas se fruncían de enojo.
-¿Por qué tardaron tanto? –Dijo con tono reluctante el jefe.
-Es que éste viejo no quería venir…dice que está cansado –Espetó Pedro.
-Pedro, sos mi mano derecha, y sabes que mis órdenes son incuestionables. Y vos viejo, ya vas a tener tiempo de descansar cuando te mueras. Ahora hace lo que te corresponde, antes de que el fiambre se endurezca más.
Dentro de una bolsita de supermercado, Demetrio sacó un pequeño martillo y un punzón algo oxidado, se paró frente al cadáver, luego se arrodilló, apoyó el elemento punzante en la pera del muerto y con un golpe preciso en el mentón del difunto, hundió unos centímetros la quijada provocando en ese accionar una sonrisa.
Hacia tiempo que la policía encontraba cadáveres “alegres”, no podían atrapar a los autores, lo llamaban los crímenes sonrientes. Las victimas siempre eran personas de mucho dinero o comerciantes de la zona.
El Inspector Principal, jefe de la Comisaría caminaba de un lado al otro, preocupado, ya que de no esclarecer los asesinatos le podría costar el puesto. Sacó un cigarro del bolsillo de su sobretodo e introdujo (una vez encendido éste), la mano izquierda en el bolsillo de su pantalón y con la mano que sostenía el cigarro, se rascaba la pelada, cayendo sobre su calva restos de cenizas.
Demetrio, entró a su helada morada, se recostó en su cama ruidosa y se durmió, parecía muerto, pero no, su forma de dormir era muy particular, pues él decía que nunca soñaba porque no tenía motivos, es así que dormitaba con los ojos abiertos y él completamente inmóvil sin dar una sola vuelta en la cama.
Al despertarse, sólo un vaso de agua desayunaba con un trozo de pan viejo y duro, observaba por la ventana el ir y venir de la gente…siempre se preguntó a dónde iban y de donde venían, quizás de sus trabajos, de ver a un familiar, una novia, un amante, pero todos iban y venían, con su cara de desdicha, sin embargo él nunca tubo un destino, un lugar donde ir y ser aceptado, tal vez el rostro por demás de inexpresivo, o la cojera ahuyentaba a las personas y sólo lo llamaban para hacer el trabajo postmortem que bien le salía.
Llegó la noche y su rutina para poder comer fue como siempre, como todas las noches, con la misma actitud y el mismo deseo irrefrenable de morir y terminar con esa vida triste que llevaba. Al cruzar la avenida para volver a su casa, se rebasa con el carruaje donde Pedro y sus matones lo trasladan (cuando es convocado) hasta donde yacen los cuerpos asesinados por esa extraña cofradía criminal.
-Demetrio, te andábamos buscando, el jefe te necesita, es urgente porque el cuerpo está muy cerca de la Comisaría y tiene miedo que lleguen los policías –Susurró Pedro luego de detenerse el carruaje desde el lado izquierdo del viejo.
Demetrio se subió sin protestar, y se sentó en el piso, con la mirada perdida.
-¿Qué haces con la plata que te damos Demetrio? Porque vivís en la miseria, como un croto, y eso que te pagamos bien, mejor dicho el jefe te paga bien –Uno de los matones preguntó.
Demetrio no respondió su silencio fue áspero y la mirada desconectada, como que no le interesaba responder esa pregunta. Siguieron su camino, la media noche se acercaba y las ánimas salían a corretear por la sucia ciudad, y los sonidos urbanos se alejaban como ecos de un día típico.
Esta vez el cuerpo era de una mujer, vestía muy elegante en la parte inferior, una falda violeta con encajes plateados, en la parte superior, no llevaba nada, su torso estaba desnudo y parecía un retrato impudoroso en una escena siniestra. Tenía el cuerpo torcido a la derecha y la cabeza hacia el lado contrario, los ojos grandes bien abiertos, los cuales estaban contorneados con un delineador negro profundo, con la mirada perdida hacia el lado contrario de la cabeza.
-Hacelo rápido Demetrio, antes de que vengan los azules, esa zorra no me va a engañar más, era mi esposa –Disimulaba tristeza, pero sus ojos decían otra cosa, su malvada vida como jefe de esa mafiosa institución, ni remotamente expresaba compasión, ni si quiere con alguien amado.
Las manos de Demetrio comenzaron a temblar de una forma intempestiva, desenfrenada y descontrolable…el martillo cae al suelo, junto al punzón, casi sucumbe en el suelo, pero los demás lograron sostenerlo y situarlo en el carruaje. El quedó sentado en el asiendo de madera resquebrajado, su cabeza gacha, quizás con temor, o con entusiasmo, pensaba que sus días tortuosos al final se acabarían, pero qué le depararía el futuro…no le importaba mucho.
-Vámonos –Dijo el capo, y se alejaron sin lograr el propósito.
-Quiero que le enseñes al joven Nemesio todo lo que sabes, y quiero que lo hagas desde ahora, tengo otros trabajos en mente –Ordenó el hombre.
-Es rápido mi secreto para contarlo, es sencillo, sólo el lo sabrá –Refirió Demetrio y haciendo un gesto con la mano, para que el joven se acerque…cuando hubo acercado, éste, murmuró en el oído de Nemesio, mientras lo hacía, el muchacho abrió los ojos sobremanera, fue sólo un segundo, un susurro fugaz, pero suficiente para que el joven entendiera como funcionaba todo y así continuar con su legado maldito.
Los demás se miraban entre sí, expectantes, curiosos, seguramente querían enterarse ese secreto, que Nemesio jamás reveló, quizás le transmitió un hechizo, un conjuro maligno…
Fue entonces, que un día, en la puerta de Demetrio, la policía y el gentío se habían amontonado allí, pues luego de unos días y un olor espantoso, el cuerpo de Demetrio yacía sobre su cama, y unos curiosos niños lo habían encontrado muerto.
Los niños durante meses sufrieron pesadillas y no podían dormir, en sus recuerdos rondaba el cadáver del hombre, con sus ojos abiertos, su pierna encogida, y esbozando una sonrisa tan exagerada que hubiesen preferido verlo degollado. Habían dicho que el asesino de la cara sonriente había actuado en ese hecho, estaban medianamente en lo cierto, lo que nadie sospechaba que él en su agonía, en ese segundo antes de morir, en ese instante, fue feliz y al fin pudo sonreír. En la ciudad, a veces, en la calle, los niños cantaban Demetrio, Demetrio que hombre tan serio, al fin se murió y la sonrisa le salió.
Durante algún tiempo más, siguieron apareciendo cuerpos, con dibujadas sonrisas, hasta que lentamente ya no sucedieron más, por más empeño que ponían en atraparlos, fracasaban. Nunca se supo el motivo del accionar de estos individuos.
Hoy día, cuando alguien muere sonriente, se dice que un hado ronda junto a su espíritu, para alegrar su transición hacia el más allá, aunque nunca sabremos si es verdad, o si esta verdad sólo ocurre, en esta ciudad que olvidé nombrar a la cual se la llama Sad City, la ciudad de las caras tristes, una ciudad donde la sonrisa estaba prohibida por decreto.
MR. X.

