Acerca del mate y el orden de los factores

Hay personas que se despiertan valorando el hecho y agradecen a Dios. Otras salen volando de sus casas a medio vestir porque se les vencen las cuentas y tienen que pagarlas antes del horario de oficina. Otras simplemente duermen y hasta resuelven los grandes problemas de la humanidad entre el alfa y el omega, pero luego lo olvidan… Quiero decir, que el momento del despegue es el que pesa y marca el estado de ánimo de la mayor parte del día. No es cosa menor.  Fíjense que hay gente que tiene una rutina y gente que no se ata a nada. Por lo que me acaba de pasar, debo suponer que quedo en el medio, boyando, como un híbrido…y conste que no me gusta reconocerlo, pero en honor a la verdad, lo hago.

El problema mío no es la rutina porque sencillamente, mi trabajo es crear y aunque eso implique sentarme todos los días en la misma silla, bajar y subir cuatrocientas veces la misma escalera y tomar mate, el entorno se esfuma en el momento que veo mis dedos teclear y activo la máquina mental.  Es un momento exclusivo, ciertamente, en el cual quedo haciendo todo lo demás en automático, para no dejar de hacerlo ni derivar o cargar a nadie más con las tareas que me corresponden. Sin embargo hay algo que se materializa de otro modo, que tiene espíritu y es –por lo mismo- poderosamente llamativo: el mate.

Resulta que ayer, llevé a mi hijo menor a la casa de un amigo; sus padres a su vez, son amigos míos. El día estaba mucho más que gris, yo diría violáceo, viscoso, aglutinado nubarrones encima de los techos como para asustar a los mortales y marcar la dierencia entre lo terreno y lo inmanejable. Eran las tres y pico de la tarde y parecía que el mundo se iba a venir abajo. Igualmente y por lo mismo, los chicos decidieron reunirse. Me pareció excelente.

Tocamos el timbre, Juan bajó del auto con sus níveas nuevas zapatillas y no pude más que avistar un rayo, aún más blanco, que atravesaba el panorama. Remarqué densamente: -¡no pises el barro!-. El sólo me dirigió una mirada al sesgo, que sé perfectamente lo que significa…jaja!.  Salió Lilian, -mi amiga- a recibirlo y nos pusimos a hablar de bueyes perdidos un ratito. Sentí un silbido y pensé que era algún pájaro advirtiéndome: -¡rajá que graniza!-, pero no, era Hugo –el marido de Lilian-  que le pasaba un mate por arriba del muro. Era para mí. El me lo estaba regalando… -ah! qué lindo matecito!- pensé. Se lo agradecí menos de lo que en realidad debí, no por el gesto meramente, sino por lo que significa el mate para mí.

He recibido incontables mails con archivos pps que describen cuán argentino es el mate, los tipos de mate por región, la definición de mate, Oda al mate, la leyenda de la Yerba Mate, etc, etc… Y si bien es cierto que el momento de compartir, para cualquier argentino va acompañado de mate, el de silencio, de concentración, también. Entonces la relación con ese mate es otra. Uno se vuelve celoso en cierto modo, hasta jodido y molesto. Escucha el agua al cebar, cuando hace el alto, en el punto seguido, en la coma. Uno ve la espuma, los yuyos y nota el cambio en el ánimo. La presteza es otra,  se siente uno despierto sin importar la hora. ¿Es importante ese compañero? lo es, sin duda.

Será por esto de valorar particularmente este mate y “mi” bombilla, que recordé una situación que no pasó hace mucho. Estábamos en un círculo de mujeres discurriendo (qué hermosa manera de decirlo…ja)  y degustando un budín de mandarina bañado en chocolate que hizo una de las virtuosas, cuando pintó el mate, en tiempo y forma. Era un mate recubierto en cuero creo, lindo, lindo. Carolina lo preparó con el ritual ese de sacarle el polvillo boca abajo, con palmaditas y sacudidas suaves, con el cariño que merece para que salga rico.  Supongo que  le puso azúcar sólo por inercia, porque lo prepara así, pero para mi gusto, habiendo visto todo el proceso, no era necesario. Empezamos a tomarlo, nos reíamos a carcajadas, los chicos jugaban a nuestro alrededor… hasta que, un hombre irrumpió en el salón, con los ojos incendiados, puestos en “ese” mate. Vino directo a él con cara de pocos amigos, la miró fijamente a Carolina y le dijo: -¡le pusiste azúcar a mi mate!-. Todas quedamos sin asunto, con la sonrisita pétrea por décimas de segundos y nos esfumamos. En el momento me pareció un exceso. Pero anoche, viendo el mate que me regaló Hugo, rememoré esa escena tanto como hace un rato, cuando lo preparé con yuyos, sólo como a mí me gusta, como me sale, sin mucha vuelta. Pensé que, después de todo,  es cierto esto de darse pequeños gustos y no por eso pecamos de quisquillosos o egocéntricos. Reconocí que me pone los pelos de punta que presten mi mate y mi bombilla, porque tienen historia, mi historia afectiva. Reconocí que a pesar de ser desaprensiva con muchísimas cosas y con el pasar de los años, más, eso no me pasa con el mate y no es un mal síntoma.

Lin Yutang decía muchas cosas en torno a la austeridad con las que concuerdo. Decía que él necesitaba sólo algunas, como una silla y una mesa o una habitación pequeña con una ventana, para escribir. Y añadía humilmente: “amigos con los que no haya necesidad de ser cortés… una buena cocinera que sepa hacer sopas deliciosas y un viejo sirviente que piense que yo soy un gran hombre, pero no sepa en qué reside mi grandeza… y una mujer que me comprenda y me deje libertad para hacer mi trabajo.”. Ni me aproximo a su grandeza, claro…pero osaría agregarle mis mismos amigos, esos que me quieren a pesar de mi parquedad y mi atención dispersa – part time…y un mate, una lap…ah ah! y una conexión wi fi.  ¿Es muy pretencioso?  =)

P.D.1: Granizó. Llegué a casa sana y salva, sin magullones en el auto.

P.D.2: ¡Gracias Hugo!, ya ves cuánto me hiciste reflexionar.

Deseo: ¡Buena primavera para todos!


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lilian
Septiembre 23, 2010, 1:00 pm, Reportar este Comentario lilian dijo

la magia de lo cotidiano.. Q bien lo hacés!!

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