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No es lo mismo

Dicen que ponerle nombre a los cosas, nombrarlas apenas, las cosifica, las hace concientes. Bueno, entonces nombro esto, lo escribo acá, en este papelito que es sólo para mí y que engrosará mi caja verde con pintitas violetas de papeluchos y me lo saco un poquito de encima.

Siempre digo igual cuando me preguntan- Se murió en su ley. Su murió como vivió. Me encojo de hombros y arqueo un poco las cejas y la boca y justifico rápidamente la ausencia honda.

En casa siempre tuvimos que llegar a los extremos para recordar que nos importamos los unos a los otros. Las internaciones fueron siempre grandes momentos de comunicación, porque cuando en una familia está internado alguien por un largo tiempo, ponele, 4 o 5 meses es como si todos fueran un poco pacientes.

No es el enfermo el que se desmejora, por el contrario, mientras él come, se nivela en sus valores de azúcar, caga a diario con chata y todo, el resto se enferma.

Se empobrecen en el intento fallido de darle una “alegría” comprando revistas o regalos que no va a usar. Fallan a sus citas cotidianas que siempre coinciden con los horarios de visita del hospital y cuando el enfermo pregunta por “tu vida” asegurás que tenés el día completamente despejado y que te quedás en el hospital porque no hay nada mejor que hacer.

Capítulo aparte para las noches. El enfermo no duerme porque tiene culpa del que lo vino a cuidar y duerme en el piso. El que duerme en el piso no duerme por cuestiones obvias. Y el compañero de pieza no duerme porque no puede tirarse un pedo en paz porque hay un familiar cuidando a su compañero de cuarto.

Vale la pena, igual. Digo, esto de quedarse, de permanecer hasta que el enfermo o se cure o se muera. ¿A donde más se puede estar si la persona querida está internada esperando una operación de “esas”? He intentado estar en otro lado, pero te arde el cuerpo por estar oliendo los restos de la comida del hospital o la lavandina que recién higienizó la habitación.

Entonces, sólo después de estar, de permanecer, el milagro puede pasar. Entonces lo que no se logró en 24 años puede pasar en 5 meses. Podés recibir una caricia de una mano congelada por la falta de circulación, pero que te queme la piel. Podés gastar horas riéndote de chistes y anécdotas que pensaste oxidadas pero que estaban empolvadas nomás. Podés compartir tiempo. Horas. Horas largas, de contemplación y compasión que curan el corazón sin muchas palabras, porque en el gesto de cambiar una venda a un pie podrido con olor a podrido y color podrido, y en la mirada del que recibe los cuidados se dice lo indecible.

Y pasa. Y saludás sin lágrimas en el velatorio, y te ahogás en llanto en la intimidad de la pareja, y respirás hondo y le das para adelante. No es lo mismo. Es mejor así. Entonces te encontrás agradeciendo una enfermedad y todo pasa a ser relativo. Hasta la muerte, que de algún modo y quizás como única manera posible dio Vida.



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