fridas
Pasan los posteos y no puedo escribir sobre otra cosa. No lo busco, no lo intento, no lo provoco de manera conciente. Pero acá están. Hay un otro y estoy yo. O está ella y está él. Cambian los personajes, los tiempos y los acontecimientos. Pero es siempre lo mismo. Son todos encuentros. Son todos desencuentros. Y no puedo negar que me gusta que se esté dando así.
Cada vez que intento otro tipo de escritura me encuentro traicionándome. Descubro algo forzado que no me llega. Tengo varias cosas hechas que no van a prosperar, porque las leo y no me pasa nada. Les meto palabras supuestamente conmovedoras y no se me mueve un pelo. Les invento un momento de tensión y tienen tanto sabor como una galleta de arroz light. Es así de simple: Si no tocó una fibra íntima mía, no tengo nada para decir. Y no lo digo como virtud, eh.
Entonces vuelvo una vez más a repasar lo cotidiano y ya no me sorprende encontrar lo bello ahí. Los encuentros de los que quiero, y los que no van a tener y ya estoy escribiendo agitada de nuevo. Otra vez se borra el tiempo tal cual lo conozco y se transforma en este tiempo de crear una historia que suele tener muchas horas encima, horas que me hacen flotar entre la escena y mi pc. Entre mi día y mi ilusión. Entre lo que debería y entre lo que necesito escribir.
Me niego a pensar que es casualidad que desde hace dos semanas estoy leyendo “Kahlo”, el libro de la vida de la sufrida y singular Frida y que el trabajo me haya llevado a tener tres entrevistas mano a mano con mujeres. Mujeres que esta sociedad señala sin duda como poderosas y exitosas. Las tres son las nro 1 de las principales empresas de tecnología del país, las tres ostentan cuentas bancarias más que holgadas, las tres tienen decenas de personas a cargo y responsabilidades de gestión impactantes.
Las vi tan hermosas y femeninas. Las vi tan mujeres. En sus movimientos calculados, en su maquillaje, en sus elecciones de vestimenta, pero por sobre todo en la pasión en sus palabras. Una terminó despeinada de cómo me explicaba las cosas, la segunda toda ruborizada y la tercera terminó llorando. ¿Yo? Yo terminé las tres entrevistas sintiéndome muy plena y cansada. Agradecida de tener un trabajo en el que me tengo que sentar a prestar atención con lo difícil que me resulta ese simple ejercicio, que no puedo dejar de encontrarlo tan íntimo.
Fueron tres mujeres respetuosas que no bajaron la vista para mirar mi ropa ni mis notas en el cuaderno. Cada una desnudando ese mágico equilibrio, o no, entre la ejecutiva y la madraza, entre la cabeza de una corporación y una esposa amorosa. No hubo ni una de ellas que cuando hablaba de su vida personal no se emocionara. Cuando decían “mi marido”, “mis nenes”, “mi pareja”, “mis opciones”, tuvieron que hacer mucho esfuerzo para no llorar, alguna no lo logró. ¿Acaso no es hermoso eso?
Nos separaban grandes mundos, pero en la pregunta y en la repregunta los achicábamos y nos hacíamos amigas por un rato. Con un gesto cómplice, una sonrisa oportuna. Cuando las notaba muy emocionadas o nerviosas las rescataba con preguntas frías del mercado tecnológico y las dos nos reíamos y salíamos airosas.
Mientras hacía las entrevistadas y después, en estas caminatas solitarias que se me hicieron vicio, me venía como un mantra todo el tiempo la frase de Frida: “Pies para que los quiero, si tengo alas para volar”. Ellas me hicieron sentir así. Fuerte en mi fragilidad, plena desde mi torpeza y mujer, muy mujer desde mí y a través de ellas.
