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La subida más gratificante


Llegamos a la estación de Viena luego de 11 horas de tren con la calefacción rota proveniente de la pintoresca Verona. Esperábamos contraste en el clima, pero no 20 grados menos. – 4 marcaban los relojes de las calles y recién promediaba el otoño. Nadie nos advirtió del tiempo, después nos enteramos que eran nieves tempranas, ¡Qué suerte la nuestra que visitábamos la ciudad para cantar! Es que nuestro coro, logró viajar a Europa con el Euro 4 a 1 para concursar en el “24 Concurso Internacional Franz Schubert” luego de dos años de ahorro y ruegos de sponsoreo.

Pero volvamos a la estación vienesa, que ahí empezó todo. Preguntando en inglés congelado logramos entender que el albergue de la juventud que nos había tocado quedaba “solo” a seis cuadras, unos 15 minutos caminando. Sin tener muchas opciones, emprendimos viaje. Cada una llevaba una valija de 30 kilos, el bolso de mano y el traje impecable en la mano. Cada coreuta se calzó sus guantes, miró para adelante, vio la pendiente, respiró hondo y arrancó.

Pero mi caso era un poco diferente. Éramos 3. Mi marido, instrumentista del coro, y mi hijo a punto de cumplir 2 años y 12 kilos. Los dos me miraron como diciendo, ¿Cómo hacemos con todo? Claro, el “todo” incluía llevar a upa al nene, entonces probamos varias modalidades: la valija delante de uno, la guitarra atrás y el nene a la cadera, la valija atrás y el nene a cocochito, uno con las dos valijas y otro con el nene y los bolsos de mano y la guitarra.

No sé cuánto tiempo nos llevó alcanzar el hotel, pero tuve que parar varias veces y me pregunté en voz alta – Quién me manda a meterme en estas cosas-. Miraba para atrás y veía a más chicas del coro entre la risa histérica y el puchero irrefrenable del cansancio. Mis manos estaban rojas, mi marido reventado con el crío envuelto en un poncho y con dos gorros que sólo dejaban asomar sus ojitos que miraban sin mirar. Cuando llegamos a la esquina del albergue; y créanme que ver que faltaba media cuadra era demasiado para lo que yo podía soportar, nos topamos con una pesadilla despierta.

De un ómnibus divino, comenzaron a bajar criaturas celestiales vestidas impecables, limpitas, de ojos celestes y trenzas amarillas. Lo máximo que acarreaban eran bolsos de mano de un exquisito cuero y su traje multicolor que lucía en sus perchas. Derechitas, rígidas, pasaron enfrente nuestro. No se leer la mente, pero seguro se preguntaron por esas mujeres jadeantes y amontonadas en una esquina, que tomaban de sus botellitas de agua desesperadas. Nosotros puteábamos por lo descansadas que estarían las lituanas para su ensayo de la tarde, que a nosotras nos encontraría mudas por la helada subida.

Y así empezó el concurso. Estuvimos 3 días ensayando, concentrando, durmiendo, ensayando, concursando, ensayando y concursando. Éramos el único coro que había llegado desde América, lo que nos valió un agradecimiento especial de los organizadores, al igual que a nuestros colegas chinos. Entonces…(El Microsoft Word tendría que ofrecerme una aplicación que diga “insertar fuegos artificiales” en este momento). ¿Cómo seguir escribiendo sin saltar arriba de la silla de sólo recordar?. Entonces ganamos la Medalla de Oro en las dos categorías en las que participamos imponiéndonos a los coros de China, Polonia, Austria, Italia, Estonia, Grecia, Rumania y Alemania.

En la ceremonia de premiación casi casi se viene abajo la iglesia franciscana del 1200. En menos de 10 segundos, 30 mujeres recatadas de traje largo de seda verde, se trasformaron en la barra brava más brava. Cantamos el tango Buenos Aires –que es cábala- gritando como marranas, llorando y manchando los vestidos que nos acompañaron por los escenarios austriacos. Mi nene agitaba la bandera China, mi marido -con toda la camisa y la faja de gaucho desalineadas- casi rompe el charango por los saltos, la gente de los coros de toda Europa diciéndonos -You are te best!-, y nosotras, flotando nos abrazábamos entre todas.

Nos fuimos como llegamos. Empujando las valijotas dentro de los colectivos de línea, empapadas por la nieve. Yo con el crío a cuestas, más grande, más bueno, y soportando más de un insulto en alemán por el lío que provocan 30 mujeres acarreando 40 valijas por las finitas veredas de Austria; pero con el alma ensanchada y la tranquilidad de volver a casa habiendo dejado el alma en cada acorde.