La peña menos pensada
Era la primera vez que ella pisaba la casa de su novio. El cumpleaños de su papá resultó una buena excusa para introducirla en su mundo. El dúplex era chico y tenía una decoración que delataba a un hombre solo con dos hijos varones, sin un solo toque de buen gusto. Había olor a perro y a empanadas en el horno.
Ella jugó el papel de tímida un rato, mucho más no le iba a salir. Intentó hablar poco y aferrarse como tortolita al brazo de su flamante pareja, pero pronto le iban a sacar la ficha. Muchos antes de lo que ella esperaba.
El cumpleañero se levantó y se acercó a la cocina despintada y sacó una damajuana de
Cada vaso de vino aumentaba la emoción. Cada zamba encendía un recuerdo. Cada solo de guitarra calaba hondo y generaban un silencio reverencial que solo se animaban a quebrar los mismos cantores con una nueva estrofa.
Ella se acercó a su novio y le susurró: – “Por favor decí que tengo angina, no voy a cantar una sola nota” – “¿Y que tiene que ver la angina con poder cantar? Mirá que acá son todos cantores, no se comen cualquier verso”– le advirtió él. “Ay la puta, tenés razón. Bue… vamos viendo” – dijo ella que tenía tantas ganas de cantar como de bajarse lo que quedaba de la damajuana, pero no le parecía prudente mostrar la hilacha esa noche. Estaba muy emocionada por la situación y los efectos del vino dulce la dejarían al descubierto demasiado pronto delante del novio que le estaba curando el corazón.
Pero la sangre tira, y en menos de cinco minutos ya estaba haciendo la primera voz de “Oración del Remanso” de Fandermole y los viejos le hacían los coros. Él la contemplaba embobado, le echaba miradas fulminantes que ella apenas captaba por los efectos de seis vasos de tinto vaciados en media hora. Así pasaron dos chacareras y un chamamé disfrazado de zamba.
Entonces, el papá de él se animó a recitar un poema de Cortázar que los dejó a todos con la empanada atravesada. Ella se dio cuenta de que su novio se secó una lágrima rebelde y pensó – Yo con éste me caso – , y se declaró enamorada en ese mismo instante. Se paró para darle un beso y entonces pasó lo obvio. El living empezó a girar, las caras a agrandarse, el equilibrio a desvanecerse y lo inevitable a comenzar.
Corrió despavorida al baño que estaba al alcance de la mano por suerte y por desgracia. Vomitó rápido, tratando de no hacer ruido. Mientras se secaba la cara con una toalla oía como se divertían afuera con la situación. Pensó en hacerse la desmayada o decir que las empanadas estaban en mal estado pero solo atinó a abrir la puerta. Salió blanca, mirando para abajo saludó apenas moviendo los dedos de una mano y corrió a la calle en busca de aire y de un pozo donde meterse y no volver a salir jamás. Entonces el papá de él lo llamó aparte:
Papá: Me gusta la petisa.
El: A mi más papá.
Papá: Me gusta mucho, viste la cara que puso cuando cantamos
El: Es en lo único en lo que pienso, quedate tranquilo que esta vez no la voy a cagar. Gracias viejo.
Se alejó, tomó a su novia de la mano. Caminaron la primera cuadra. Ella tarareaba una cuequita. Él miraba para abajo. Antes de llegar a la segunda esquina, la frenó como perturbado. Y con gesto duro la encaró:
Ella: ¿Qué? – preguntó ella sabiéndose en falta.
El: Mirá perdoná que te lo diga así, pero yo no puedo más. Tendría que esperar hasta mañana
Ella: ¿Qué? Carajo hablá …
El: Mirá, es que….yo…yo te amo.
