Si bien Sebastián acepta contar cómo fue, se sienta un poco duro y con gestos armados, queriendo agradar. Sus manos de guitarrista no dejan de tocar el camino de pelo de llama traído de Jujuy que envuelve su mesa de pino teñido. Se emociona ni bien empieza a relatar cómo fue el cronograma exacto del 13 de Noviembre de 2005, que ofició de antesala a la llegada de su primer hijo, Francisco, que por 24 minutos apareció el 14.
Se acuerda y comparte cómo la noticia de la rotura de bolsa fue tranquila y alegre, cuenta que junto a su mujer pensaron en la música que querían escuchar hasta la clínica y cómo fue ese viaje tan singular por Juan B Justo escuchando a Drexler, viviendo los últimos momentos de a dos, para empezar a vivir los tres.
Su gesto se endurece cuando recuerda los penares del trabajo de parto de su mujer que terminó en un intento fallido de parto normal con vómitos y tactos reiterados incluídos. Habla de los desorientado e impotente que se sentía en su mameluco amarillo y su barbijo de papel de filtro de café. Su mujer apenas entendía y solo le decía – Me muero de frío o de miedo no sé, la cuestión es que ella no paraba de temblar. Sí, en la teoría les habían enseñado que la anestesia hacía eso, pero en la práctica era medianoche, había una mujer re dopada, un esposo desorientado y un bebé sin bolsa.
Después de dos pujos casi actuados, su mujer hinchada lo miró y escuchó a su médico que le decía – Vamos a cesárea. Sebastián la miró y dijo –Y si él lo dice.
Ahora la lengua apurada de Sebastián se choca con sus paletas encimadas porque se acerca el nacimiento, entonces todo es rápido y nuevo. Sebi, como le dicen los que lo quieren, ya no es el mismo del comienzo de la entrevista, ahora es más como una masa blanda de 95 kilos con ojos profundos y celestes que se ríe fácil y disfruta cada segundo de la crónica.
Ahí nomás llegó Francisco, que a ambos padres les pareció horrible, pero solo la madre se animó a decirlo. Sebastián siguió a los médicos y a la bolita esa gris de 3 kilos, con ojos de ratita y pelo revuelto y viscoso, mientras su mujer trataba de despabilarse un poco.
Entrada la madrugada, ya en la cálida habitación del sanatorio, Sebastián ayudaba a su mujer a erguirse un poco cuando la “nurse” golpeó la puerta y entró un carrito con el ser minúsculo arropado y apretado al extremo. Su mujer se puso a llorar, más del miedo que de la alegría, y Sebastián se tragó el nudo, tomó el teléfono y despertó a los que más pudo al grito de “Estamos acá con Francisco”.
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Un timbrazo hace que saltemos de la silla y salgamos de la sala de parto y del llamado de la Buena Nueva y nos encontremos de nuevo acariciando el tapiz norteño. Llegaron Francisco y su mamá. Sebastián por poco se transforma en una caricatura. Sus pies de canoa, talla 45, empiezan a saltar y hacer movimientos dignos de mono. Sin dudas Francisco lo cambia, lo engrandece.
Laura dice: …. si en el medio de la charla rompo en llanto no te asustes
martu dice: no me asusto, ya me doy cuenta como estás, va …..no me doy cuenta, pero hay algo intenso ….que te tiene rota ….
Laura dice: a ver si entendés, nunca conocí esta sensación, me siento rara, no se que es, ni como se maneja ni que hago con esto, estoy per di da
martu dice: ay la concha
martu dice: yo no puedo creer que te hayas enamorado. asi sin previo aviso,
Laura dice: no no no, no me enamoré
martu dice: si si si
Laura dice: no me lo tenias que decir
martu dice: Querida …es como que te falta el aire….amiga…sorry …que te cagás muriendo…
Laura dice: Siiiiiiii, te aprieta algo en la garganta
martu dice: en la garganta siempre …. a veces te pega en el estómago, hasta da mareos porque te olvidas de comer, te reís mirando una pared blanca, te relamés con la lengua los labios …
martu dice: te invade en todos los putos minutos
Laura dice: y ? … me opero ?
martu dice: nono, ya sabés la respuesta
Laura dice: qué?
martu dice: no se opera nena, se PADECE
del latin PASIONNNNNNNN
Laura dice: nooooooooo quieroooooooo
martu dice: (me parece que tengo que guardar esta conversación porque va directo a un posteo, jua, sorry que lo vea en clave literaria, no puedo evitarlo)
Laura dice: ?
martu dice: claro, leo nuestra conversación y veo una historia….. y ya sabés que escasean en mi presente
Laura dice: yo me quiero morir igual … me rio mucho de todo esto , es rarisimo , shoro boluda
martu dice: por qué lloras?
Laura dice: no se, no se por que
martu dice: por lo que fue? porque no lo podes contactar? o porque sentiste algo UNICO?
Laura dice: todo eso … pero junto
martu dice: y si mamita…….. es así
Laura dice: que garrón
martu dice: si. pero perdón que diga esto. pero verte llorar por amor, siga como siga esto no te voy a decir que me alegra…pero me parece que es un buen momento , va…era hora
Laura dice: basta que mi hermana me dijo lo mismo
martu dice: encima paso en el finde Manu Chao…..obvio tu hermana esta en carne viva nena
Laura dice: manu me pasó por encima, me voló el corazón otra vez
martu dice: realmente quisiera darte un mínimo de paz…pero sé que no puedo querida. Ésta la pasás vos solita. yo te acompaño de costadito …y de todo corazón
Laura dice: guaaaaaaaaaaaaaa
martu dice: si nena. guaaaaaaaaaaaaaaaaaa.si te agarra un bajón muy bajonero llamame que voy mañana después de la radio
Laura dice: naaaaaaaaa sobrevivo
martu dice: si yo creo que si.querida. bienvenida. AMOR le dicen …, “ya he dejado que se empañe la ilusión de que vivir es indoloro” dice mi amigo drexler.
Yo no se por qué esta piba guardó estos recuerdos y encima me los vino a contar a mí. Si la psicóloga me dijo que la gente tiende a suprimir lo que le hizo mal o le dolió. ¿Funcionará al revés ésta? Sí, funciona medio al revés ahora que pienso. Quisiera no haberla escuchado y ahora ya no hay vuelta atrás. Trató de arreglarla, de decirme que en realidad no era tan tan como parece, que en todas las familias pasa, pero eso ya no importa. Yo entiendo que le pintó el bajón y le dio por hablar, pero ¿sabés qué querida?, hablá con tu psicóloga o de última con tu pareja para la próxima. Eso es lo que tendría que haberle dicho. Pero no le dije nada.
La Cantábrica. Los sábados se turnaban entre los tres hermanos para acompañar al padre. Cuando le tocaba a Laura siempre hacían igual. Ella esperaba en el Peugeot 404, su papá bajaba y tocaba la puerta de una casa cuando había puerta. Otras veces aplaudía y salía entonces un camionero. La charla amable duraba 3 minutos y se ponía áspera enseguida. El camionero gritaba y le pedía a su papá más plata de la acordada. El padre de Laura le mostraba la billetera, los bolsillos, también gritaba. Entonces salían de la casa o casilla los incontables hijos del camionero y su mujer gorda pasada de pan casero. Entonces el papá de Laura se acercaba a la guantera del auto destartalado y sacaba un billete más. Cuando Laura le preguntaba por qué no había comprado el asado que encargó su mamá, él decía que se le había ocurrido una comida mucho más divertida con un paquete de fideos.
La galería. Esa semana disfrazaron el mismo pedazo de carne con 4 salsas. Tanto Laura como sus hermanos festejaron la mano del cheff apasionado, pero años más tarde volvió a pensar en ese momento y se le cagó el recuerdo. Lo que ella vivió como un festín de comidas adornadas, fueron huesos cocidos hasta desaparecer y untados con caldo. Hacía ocho días que se había terminado hasta el último centavo en su casa. Su papá terminó de cocinar y fue hacia el comedor al que todos en la casa le decían la galería y marcó un número de larga distancia. Se agarraba la cabeza con las dos manos y lloriqueaba como nene – No voy a poder pagar el colegio de los chicos ni sucurso de Inglés, yo te lo pido por favor -, escuchó a su papá suplicar. Siete años puede ser poco, pero a Laura le sobraron para grabar esa imagen desesperada para siempre.
Lo inevitable. – Tres van en la ambulancia y dos en el remis - dijo el médico ecuatoriano que mandó Vittal a las 4 am.- y para entonces nadie tenía fuerzas para contradecirlo. Una hora antes había comenzado el infierno. Laura escuchaba a su papá vomitar en el baño. Mientras se tapaba la cabeza con una almohada para no escuchar sintió como se abría la puerta y el tambalear de su padre contra las paredes. No le quedó otra que ofrecerle su ayuda y descubrir un charco de coágulos de sangre y a un hombre semi-inconciente. – ¿Tiene alguna adicción el señor?-, soltó la rubia desteñida de la guardia, y bastaron las miradas esquivas de la madre y la hermana mayor de Laura para que la médica le pusiera nombre solita: – Cirrosis hepática severa, entra a terapia. Andá a hacer el trámite mami. -
- Y esto no es nada, está támbién lo de La Estufa, La Navidad y lo de La Pecera– me dijo la desubicada y me tiraba títulos como repasando la cartelera del Hoyts. Atiné a decirle que por favor la seguíamos otro día, que tenía dos escritos por terminar y que mi hija salía de danzas en cinco. Me dedicó su cara de orto de exportación y siguió con sus cosas. Todo tiene un límite, pensé. Y ella en cinco minutos destrozó el mío. Me comentó al pasar lo que ella estuvo desentrañando 10 años en terapia. Me habló del Dolor mientras se hacía las uñas, me calzó una mochila rellena de piedras que yo no quería. Eso es lo que tendría que haberle dicho. Pero no le dije nada.
faltan veinte minutos para que empiece la clase. la única puta consigna es llenar un cuadernito, sin importar la calidad ni nada de lo que se escribe en él. mentiría si dijera que este es uno de los pocos momentos míos. mi vida de free lance me da muchas horas sola. quizás demasiadas. el silencio me ha aturdido mucho este año. la cabeza no me paró un solo día, que manera de carburar pelotudeces por favor, imaginando veinte mundos distintos y yo en ellos siendo un personaje distinto en cada uno. Camino difícil este del silencio. me escuché quizás por primera vez. no puedo concentrarme un carajo. tengo a una descerebrada gritando en la mesa de al lado. tiene un neverending escote, las tetas apoyadas en la mesa. corpiño fucsia, voz que me da mucha violencia mal, el pibe que está con ella le juega de amigo intentando lograr una cogida. no va a ser muy difícil, pero primero a escuchar los males de amores que le cuenta la trola. el mozo que me atendió es muy atento, no solo conmigo lo vi atender muchas mesas. no deja de sorprenderme cuando atienden bien, siempre atienden para el orto. como la colorada que me sirve el desayuno los jueves a las 8 en la continental de callao que mientras mira crónica tv, y sin sacar los ojos delineados de violeta de la pantalla me dice, qué tomás nena?. como la cagaría a trompadas. vuelvo a escuchar a la infeliz de la mesa de al lado. me está ganando la pulseada por mi concentración y es un bajón. no puedo entender su charla pelotuda. discuten sin son floggers, me bloquearon la cabeza. pobrecita dice: el otro día que me vestí de chetita, es más negra que el negro Flores, llegué cuarenta minutos antes y me pedí una cerveza que me dieron especialmente helada, son contadas las cosas que me dan este placer tan simplito y tan mio. en la otra punta del bar está el pendejo que solo escribe cuando le rompen el corazón, chiquito pillo así cualquiera, me aburre mirar al pendejo, es lindo pero me aburre. afuera 7.50 llega la vendedora de propiedades gato y el que le escribe los discursos a los dirigentes. quisiera putear como rozitchner me da gracia. le vi el cuaderno al chino y me enterneció, se escribió como 40 páginas sobre su vida, se pegó un viaje del que no vuelve más éste, la psicóloga es muy interesante. las dos de siempre llegan tarde como siempre para que les miren el culo. la historia de la guituda me duerme mal. tengo que creer, hay que atarse al plan pero no agarrarse del todo, materializar este espacio mental. usar la flor de loto. La médica no se censura más, hasta parece más linda que la primera clase. debo continuar sin musas. voy a continuar sin musas.
Desde que Laura volvió de Rosario de ver a Los Piojos que se la veía distinta. Por eso, y aunque era día de semana, la invité a venir a casa un rato con el pretexto de ponernos un poco al día. La noche siempre fue la que atesoró nuestras charlas, lo intentamos un par de veces de día, pero salía mal.
Fue un miércoles, un Sabina respetuoso se coló bajito en la conversación y cuando me levanté para sacar la cuarta cerveza del freezer, ya habíamos hablado de música, de hombres, de Frida, de libros, de Dios y dios, y de que se yo cuantas cosas más. Ya empezaba a perder la esperanza de que soltara algo cuando empezó …
Laura: - Sonaba “Bicho de Ciudad”, cuando me salió una carcajada sarcástica mientras escuchaba la letra porque parecía que me la habían escrito para mí…
Yo: – ¿De qué me estás hablando? – le pregunté conociendo exactamente que se refería al viaje a Rosario.
Laura: – ¿Toy hablando con vos o con quién? – soltó con sus habituales pocas pulgas.
Yo: – Perdón, es que estábamos hablando del color de tu pared y me …..nada, contá dale…
Laura comenzó a recordar lo que pasó en el recital y fue como un flashback de Citizen Ken, donde un mundo nuevo acontece y el otro muere. El relato se tiñó de sepia y se desvaneció nuestro encuentro, las cervezas y yo.
Juan El Pequeño medía 1 metro 90 y tenía una espalda grandísima. Ojos celestes punzantes, barba desarreglada, cara de bueno y de pirata todo al mismo tiempo. Él ya había advertido la presencia de Laura. Sus escasos 50 kilos y los huesitos de su clavícula apretados por el bretel de su corpiño rojo que asomaba por debajo de una musculosa gris de morley, le habían hecho girar la cabeza varias veces. Pero cuando ella se rió y se apretó los labios con los dientes por la canción, él soltó:
Juan El Pequeño: No es acá.
Laura lo miró en silencio con una linda cara de culo, hasta que le vio la mirada y se le cambió la mueca de golpe.
Laura: ¿Qué cosa?
Juan El pequeño se acercó lo suficiente a la oreja de ella para no gritar en el medio del bullicio. Laura se sintió inquieta por la cercanía de los cuerpos y pensó que era grandote tal cual le gustaban a ella y se dejó acaparar y marear por el abrazo del desconocido.
Juan El Pequeño: - “En el sur están los que emigraron, acá en el centro estamos las almas perdidas. Lo que vos buscás lo vas a encontrar en el Norte. Allí te espera tu respuesta”.
Laura se sintió desnuda, se miró para asegurarse que así no fuera y pensó que había estado hablando sola sin darse cuenta. Pero no. Ella no había abierto la boca desde que había empezado el recital y éste le estaba contando lo que ella necesitaba escuchar desde hacía mucho tiempo.
Se despegó, un poco nomás, como para poder mirarlo a los ojos y sintió un impulso casi animal por comerle la boca. Juan El Pequeño adivinó a Laura y se mataron en un beso que duró hasta que terminó el tema y se apagó definitivamente con el aplauso del público.
Juan El Pequeño se perdió rápido en la marea piojosa y Laura, medio abombada, pensó que se le había revelado una verdad de la que no había vuelta atrás. Ahora elegir no ir al Norte, era optar por quedarse girando sobre su propio puto eje, aferrarse a la mediocridad de su zona de confort y no estirar la pata más allá de la línea de NO PASAR. Estaba cagada.
Terminó el recital, y por más que lo buscó por todos lados no encontró ni un solo rastro. El micro de vuelta salía en 30 minutos y tenía casi 20 cuadras a la terminal. No tuvo otra que acelerar el paso para alcanzar su regreso.
Entrada la madrugada, ya de nuevo en Buenos Aires, llegó a su departamento de Sucre al 600 y se desplomó en el sillón. El domingo se despertó con una desazón incomparable a otra que haya sentido. Se fumó 60 pesos de marihuana entre las 10 de la mañana y las 7 de la tarde. A esa hora, encaró su caminata habitual por Villa Luzuriaga que ya no le pareció un momento mágico, sino un errático zigzagueo por un barrio de mierda. Volvió a su casa, miró su sillón de princesa pagana y vio un colchón gastado con sexo sin sabor.
Hoy hacen 3 semanas que estoy intentando encontrarla y nada. Estoy preocupada y me molesta que haya elegido ir. Porque antes la tenía a un remis de 7 pesos y ahora tengo miedo de que ella solita no pueda. Acá la veía fuerte defendiendo sus búsquedas, pero allá la veo pequeña y necesitada.
Me niego a imaginarla soportando las historias que le contarán los charangos salteños, o descubriendo la mirada dolorida de las bagualeras, o escuchando el silencio cerrado de las estrellas mudas, mientras ella busca por fin su Verdad.
Como salió con tiempo de su casa no miró el reloj en todo el viaje, el taller empezaba recién a las 8. Una vez más, un recorrido en colectivo que le recordó a otros, como la vez que conoció al vendedor de perfumes del que se declaró enamorada y del que tanto le habló a sus amigas inventando una historia que nunca pasó.
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Bajó mal en la parada, esta vez no por distraída, sino porque el chofer le dijo cualquier cosa y cuando preguntó por el bar, quedaba a 16 cuadras. Miró el reloj y había tiempo. Comenzó su caminata por Palermo. Procuró ir despacio porque el calor apretaba y quería mantener la frescura de su piel recién bañada e intacto el aroma de su perfume de primavera que se había echado sin escatimar. Mientras avanzaba miraba los locales y las casas con un poco de resentimiento y otro poco de realismo pensó que jamás podría vivir por esas calles. No tenía ni la guita ni la ropa de las minas con las que se cruzaba, ni nada que la conectara a ese barrio.
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Media desorientada le preguntó a un carnicero por la plaza Serrano y el hombre, que no le quitó la vista de las tetas, señaló hacia la derecha y dijo que faltaban 4 cuadras. Al final faltaban 7.
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Por fin llegó, apenas 5 minutos antes de las 8. Conociendo de antemano la respuesta preguntó: – ¿El taller de escritura de Rozitchner es arriba? Subió. Habían dos personas esperando y ya era la hora. Pensó que se había anotada en un curso de mierda que iban a ser dos gatos locos. Al primero que vio era un tipo con rasgos orientales y luego a una mujer un tanto vulgar. Los hicieron pasar: El aula, pintada de un naranja furioso, olía a sahumerios y a verano. Una ronda de sillas destartaladas le recordó a terapias de grupo a las que tuvo que asistir en su adolescencia por una adicción, se rió sola y trató de borrar rápido ese recuerdo que la angustió un poco.
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Ya sentada sintió el latido de sus piernas que se desparramaron en la silla enclenque. Acomodó su remera de morley para que se notara su escote, pero no tanto. Fueron 10 minutos de incomodidad absoluta en los que se cruzó y descruzó de piernas, tomó del pico de su coca light, sacó su cuaderno y se puso a escribir sobre la primera impresión que le causaba cada persona que pasaba por la puerta. No era un relato, sino palabras sueltas para luego no olvidar lo que quería contar. Había mucho a tener en cuenta. Mientras tanto, el aula se siguió llenando y no quedó libre ni una sola de las 28 sillas. Laura anotaba:
. Tipo oriental/ pensará q es un taller de lengua castellana?/ bajito pinta de tintorero/ bien vestido / buenos zapatos. / mujer grandota / musculosa negra, borzegos negros / gay? / está incómoda / se sienta en la silla como pidiendo permiso / gordita con vergüenza / q hará? /
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Todavía me laten las piernas / no da para estar en havaianas / mucha gente bien / hacerme las uñas de los pies /
. rozitchner capo, me cagó, no pude hacer que me caiga mal / mujer híper producida a la cacería total / oro / ropa cara / maquillaje exquisito / de que vivirá? /
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lleno de abogados, ya van como 5 / mujer cara agotada / golpeada? / un loco re loco/
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sesentón perfil muy interesante / cagado en guita / quiere escribir sobre él y ya no sobre los demás / buenísimo / mujer con hija enferma / no quiero saber más/ un par de pendejos con el corazón roto / TODO muy groso en general / pasión a full / búsqueda / respeto / entusiasmo ….
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En la breve presentación todos quedaron al descubierto. Laura pensó que solo hacen falta un par de oraciones para mostrarse como uno es. Se sintió dichosa de estar sentada ahí. Todas sus conjeturas primarias, o casi todas, eran estériles y las personas presentes destilaban pasión y eran más interesantes de lo que le había parecido. Como siempre, las historias de los hombres le parecían más interesantes. El solo hecho de que fueran hombres y se animaran a decir por qué querían escribir le pareció por demás seductor.
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Cuando llegó su turno habló, mezcló un poco lo que quiso decir, transpiró, sintió como su piel se ponía caliente y su corazón se colaba en su garganta y por fin le pasó la posta al de al lado, aunque tardó largos minutos en lograr la calma.
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Siguió la ronda, salvo dos o tres excepciones, cada historia le parecía fascinante y pensó que podría escribir sobre varias de ellas. El tiempo pasaba y nadie miraba el reloj, nadie traicionaba al de al lado mostrándose desinteresado. Dejó de existir el calor, y ni siquiera el tango triste que se colaba en el aula improvisada empañaba el encuentro. Cuando por fin el filósofo fue cerrando la noche, Laura pispeó la hora y se habían pasado 40 minutos de lo establecido en la hojita de inscripción. El anfitrión propuso leer algo para despedirlos, algo que resumía la idea, algo que les de ganas de pensar en el encuentro de la próxima semana. Y leyó:
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“Debemos escribir porque la escritura aporta claridad y pasión al acto de vivir. La escritura es sensual, experimental, sustancial. Debemos escribir porque es bueno para el alma, porque escribir nos permite ir creando una obra, un sendero alfombrado…”. Julia Cameron
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Laura suspiró, no pudo evitar hablarle al hombre que tenía a la derecha y le soltó – Que hermoso!!– Y volvió a su cuaderno y agregó: La escritura es visceral, la escritura me enamora, la escritura me libera, la escritura es VITAL. Volvió a suspirar, cerró el cuaderno y se levantó para irse.
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Cuando dejaba el aula vio como las de 40 o 50 se pisoteaban para lograr el beso del seductor filósofo. A ella le pareció una grasada y los esquivó a todos ellos fingiendo un llamado por celular. Todos se desparramaron en la puerta, Laura hubiera querido que se arme una ronda de cervezas para hablar de la experiencia, pero le pareció muy de terapia grupal barata el solo hecho de pensarlo.
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En la puerta del bar volvió a escuchar el tango llorón y la invadió una desazón que anunciaba el retorno a la cotidianidad. Sintió angustia y entendió que era por abandonar un lugar del que no quería salir. Pero el consuelo llegó rápido, cuando pasó por su lado el más lindo de los abogados que le dijo: – “Nos vemos el martes que viene. Todavía nos quedan 3 encuentros más”. Laura sintió alivio al escucharl, lo saludó con una mano y frenó un taxi para acercarse hasta Juan B Justo. Y repitió para ella: “3 martes más”
Casi no tiene que esperar el 166 en Pacífico. Todos los ramales que salen de ahí pasan por la plaza de Ramos. Son las 11 de la mañana, el sol noble inunda los asientos, que de a poco se van ocupando con gente menos malhumorada que la que viaja a las 18.30. Aún quedan tres lugares libres cuando ella mira su reloj que dice 11.04. Piensa en leer un rato o manotear el ipod, pero elige acomodarse y cerrar los ojos. En su casa la espera el parlante del televisor clavado en Discovery Kids y los gritos del vecino dictador contra su empleada de voz chillona, es la última chance del día para elegir el silencio. Desde que es mamá, Laura desarrolló un súper poder que le permite disfrutar como un día de SPA la soledad de un viaje en colectivo, una espera en un consultorio o una caminata hasta el tren.
Ya con los ojos cerrados, escucha los chistes de rigor entre el chofer y el inspector y el cerrar brusco de las puertas. Acomoda sus piernas, hace tope con sus tacos chinos contra el asiento de adelante y acomoda su jean para que no le apriete la entrepierna. Y en el mismo momento que suspira, entregándose al descanso, huele un perfume exquisito, muy masculino que le hace abrir los ojos como por inercia.
Tuerce la mirada sin mover el cuello y siente el roce del traje de un hombre que elige uno de los últimos asientos, 2 atrás del de ella. No mira para atrás para no quedar en evidencia, pero se esfuerza por escuchar una conversación que él comienza por su teléfono celular. Tiene una voz muy sexy, grave pero dulce. Suficiente para que Laura empiece a armar una película de amor con lo poco que le cuesta.
Cambia su pose desplomada para parecer atractiva casi flotando en su asiento de colectivo, saca su celular, hace que chequea mensajes, hasta simula un llamado con risas fuertes para atraer la mirada de él. Juega con su pelo y por fin se anima a mirar para atrás esperando encontrarlo distraído. Pero se encuentra con un tipo de unos 45 años, bronceado de sonrisa blanca y confiada que la mira y no le quita la mirada. Ella se hace la linda con una sonrisa que quiere parecer tímida y vuelve a mirar para adelante y dedica el viaje a pensar cómo hacer para lograr una cita con el desconocido del colectivo.
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Llegando a Liniers, en la cuadra que enfrenta el Outlet de zapatillas con Velez Sarfield, el enigmático hombre se para. Camina hasta la máquina de boletos y apoya una bolsa de cartón ostentosa de ARMANI. Se agacha y saca 4 cajitas blancas y sin previo aviso comienza a vender réplicas de perfumes conocidos.
Laura no lo puede creer. Mira para todos lados para buscar cómplices en la sorpresa, pero la verdad es que nadie más aparte de ella estaba deseando ser raptada por el hombre de traje. El “ahora” vendedor capta la atención de todos, de todas. No hay mujer que no se haya acomodado para escuchar la ensayada venta. Él pasa por cada asiento y deja un frasquito y una sonrisa difícil de olvidar. Pasa por todos los asientos y saltea con clara alevosía el de Laura que contempla la situación desconcertada.
El colectivo hace la última curva por Gaona, esa que anticipa el final del viaje y que abraza la manzana de los dos colegios y la iglesia para por fin alcanzar la plaza. Laura, que no entiende nada, se prepara para bajar molesta El vendedor de traje se apura a concretar la tercera venta y se acomoda ocupando la puerta, gesto que ella encuentra muy descortés y grosero y piensa que es un loco más.
Él baja primero y se queda prendido de la baranda de metal, mientras mira bajar a cinco personas. Entonces baja Laura y se topa con la mano extendida del vendedor que como su caballero soñado le dice – Por favor permitime -. La toma de la mano y se la besa mientras se la huele y dice: – Vos no necesitás ningún perfume -.
Laura incómoda, derretida y roja hasta el pelo, escabulle sus dedos, lo esquiva y piensa: – Éste está recontra pirado y yo más que él porque me encanta esto. Corre hacia los puestos artesanales de la plaza para perderse entre los pantalones batik y los títeres de gomaespuma, pero no puede dejar de sentir una atracción que la perturba y que no le permite dejar de buscarlo en la plaza.
Él parece olvidarla en el momento y camina con la calma que solo pueden tener personas sin rumbo. Encara mujeres y vende. Vende sin parar. Mujeres gordas, flacas, feas con ganas y lindas sin gracia. Todas compran, todas lo miran, se enamoran y gastan 8 pesos en un alcohol de mierda que van a tener que tirar ni bien lleguen a la casa. Laura no soporta más no ser buscada por el aromático hombre. Gasta 20 minutos fingiendo mirar sahumerios y rompecabezas y trata de razonar la situación: ¿Qué mierda me pasa? piensa – ¿Me calienta? Me calienta -, descubre y no lo puede creer.
Por fin él se sienta. Comienza a contar billetes y sonriente los guarda, se peina y busca monedas. Laura adivina su partida y se desespera y piensa en barbaridades como ir y darle un beso o pedirle cuatro perfumes para regalar para el Día de la Madre o pasar por enfrente para que se produzca un milagro. Antes de que se de cuenta sus piernas se dirigen hacia la punta de la plaza donde está él que parece seguir sin advertir el torbellino que arrastra Laura. Cuando la sombra de ella le tapa el sol levanta la vista:
El: ¿No te dije ya que vos no necesitás perfumes?
Ella: – No, pero vos necesitás mi número de teléfono – , le dice y se siente una puta hecha y derecha.
El: – No, gracias, yo ya tengo el teléfono que quiero tener - dice él sin que se le mueva un músculo de la cara, baja la mirada, repasa sus monedas y se dirige una vez más al 166 de vuelta a Palermo.
Laura pasa del rojo al blanco inmediato, se siente morir. No está acostumbrada a perder. Ni con los hombres ni con nada, entonces no sabe qué hacer. Mira para todos lados para ver si alguien más advirtió esta locura. Se acaba de ofrecer como un corte de oferta y eligieron no tomarla y eso es insoportable. Comienza a caminar y antes de dejar la plaza ya tiene otro final en el que ella es acosada por un loco con perfumes y se lo repite a su psicóloga y a sus amigas y lo cree de punta a punta. Salvo por la extraña necesidad con gusto a vicio de tomar todos los jueves el 166 a las 11.05 desde Pacífico hasta la plaza de Ramos.
Ayer fue la presentación de Francisco al que será su colegio por mucho tiempo. Y no es cualquier colegio. El Santo Domingo educó a tres generaciones de mi familia, la última fuimos mi hermana y yo.
Ya cuando me anuncié y esperé en el hall me sentía desubicada. Me veía alumna, pero con un carrito de paseo con un nene adentro. El portero amable me mostró los sillones que miré como si no hubiera estado sentada decenas de veces esperando mi turno en la biblioteca o simplemente que me pasen a buscar después de las actividades de la tarde. Francisco corría y amenazaba a revolear almohadones y hasta tirar una lámpara, pero yo estaba con la mirada fija sin mirar contra una pared y no lograba salir de ese estado mezcla de melancolía y excitación por estar viviendo ese momento.
Me sobresaltó el golpe de una puerta, y para seguir alimentando la catarata de recuerdos que me estaban inundando, salieron todas las profesoras para ingresar a las aulas luego del recreo. Habían pasado más de 14 años, pero no tardaron nada en saludar a coro: Hola Rua cómo le va? ¿Qué anda haciendo por acá? Media parca, como suelo comportarme en estas situaciones, les señalé a mi hijo y me sonreí y siguieron su camino.
Enseguida llegaron las Hermanas dominicas que luego de sobornar a Francisco con una golosina lograron llevarnos a la sala donde haríamos la admisión. Me impresionó mucho ver lo “profesional” del encuentro. Dos psicopedagogas se llevaron a Fran y yo me quedé leyendo algunos formularios en otra sala junto a una de las hermanas. Ella hablaba y yo sólo pensaba “No me tenés que convencer, ni vender nada, yo a este lugar lo quiero de corazón, para mi es un privilegio estar sentada acá”. Pensé en decírselo, pero me pareció muy empalagoso. En ese momento entraron para avisarle que tenía teléfono de Chile y me pidió que la esperara.
Me quedé sola. Respiré hondo y cerré los ojos. Al principio lo escuchaba a Francisco jugando en la sala de al lado. Pero de a poco se fue apagando ese sonido y comenzaron a aparecer otros Sonidos, olores y sensaciones, sobre todo olores que no eran de este 2008, sino de1986.
Empecé a oler el jazmín del aire del patio descubierto, escuché la campana que estipulaba nuestros horarios, olí el formol del laboratorio, sentí el miedo de ir a la capilla para ver si era verdad que la Virgen lloraba, olí la tinta de la Parquer, la lavandina del borratinta con el pirata dibujado. Saboreé las salchichas envueltas en masa, sufrí por la pelea con alguna, sentí la corbata dándome arcadas contra la garganta. Olí la biblioteca y escuché su silencio y al fin, me quedé repasando Carrozas De Fuego con la flauta dulce.
Entonces volvió la hermana. Me erguí en el asiento y antes de que diga nada la tomé de un brazo y le dije:
“Quiero decirte que para mí es una enorme felicidad que mi hijo se vaya a formar acá. Yo siento a este lugar como mi casa, de verdad. Esto es parte de mi familia”
La Hermana me abrazó, y me recordó lo mucho querían a todos “los Rua”y que extrañaban mucho a mi papá que había sido un incansable trabajador del colegio.
Todo el clima se rompió en un segundo cuando Fran entró llorando que “extrañaba a su mamá”. Agradecí por todo, le pedí a Fran que haga algunas de sus monerías y nos fuimos.
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Ayer volví a visitar al Santo. Pero no como la hija de Juan o la hermana de la monjita, o sí, pero principalmente volví como la mamá de Francisco Ismael. Una nueva familia, quizás la más opuesta que pude formar, comienza una nueva vida institucional, y yo bien sé de todo lo que me dieron esas aulas y de todo lo que sentí durante esos 11 años. No puedo más que desear que mi chiquito se sienta a refugio ahí, pero sobre todo que se sienta a refugio en casa.
En Julio 08 abrí este blog que considero, si me permiten, de corte literario y le di una sección que se llama “mi trabajo en los medios“.
Con el correr de los posteos me di cuenta que me estaba autocensurando en las historias que escribía por si alguien entraba solamente a ver esa sección y se encontraba con una catarata de textos vomitados por una autora un tanto explícita y desiquilibrada. Y ese alguien podía ser mi próximo empleador…
Varias veces corté y edité partes de las historias que me parecían divinas, pero demasiado jugadas que tengo ganas de no censurar más…
Entonces hoy creé mi nuevo bloguito. Más tontón, más sanito, menos pasional, creo que es un reflejo de lo que estoy necesitando yo en general. No sé si será extrictamente profesional, no creo, pero seguro no será tan visceral y meloso como éste.
La Ventana? La Ventana sigue ….. cómo pararla? ni loca la paro….
Si hay algo que no me gusta son los blogs de poemas. Esos que por lo general tienen fotos de comics de chicas chinas llorando, que les ponen música de fondo y toda esa sarta de cursilerías que me revuelven el estómago. Cada vez que me topo con uno de ese tipo busco desesperada la tecla ESC y la aprieto como una loca. Hoy me veo muy tentada a colgar esta canción y no decir más nada, pero temo parecerme demasiado a esos blogs. Así que voy a tratar de buscarle la vuelta.
Lo que pasa es que no tengo mucho para decir. O quizás si. Tengo para decir que hoy siento que se me terminaron las historias. Que estoy muy vulnerable. Quiero poner un cartel que diga OUT OF ORDER. Quiero vivir con menos pasión. Quiero tirar el blog a la mierda. Quiero ser del rebaño y ya no ser la polvorita loca esta. Es demasiado desgastante y me encuentro muy cansada.
Tuve la excelente idea de comenzar terapia por segunda vez en mi vida. Es una virtud que tengo, que se que no le pasa a todo el mundo. Cuando veo que estoy tocando fondo con algún mambo, de alguna manera pido ayuda. Es un instinto de autoconservación que fui desarrollando con los años y que me ha rescatado de más de un quilombo grande.
Fue un encuentro muy intenso y la verdad es que me había olvidado a la desnudez a la que uno se expone en esa horita. Ella me dijo muchas cosas, anotó como 6 hojas y escuchó mi verborragia teñida de un llanto tímido. Cuando terminábamos me remarcó, entre otras cosas, la cantidad de veces que le dije la palabra adolescencia y me preguntó que estaría haciendo yo por esos años de mi vida. Llegué a casa y lloré por horas, con el agregado de un hijo preguntándome que me pasaba mientras yo fingía un dolor de panza y mi marido que hacía malabares de payaso para sacarme una sonrisa.
Es increíble. Supuestamente yo ya había mirado mi historia, sanado heridas, aceptado realidades, pero parece que los sucesos que me constituyen por mas trabajados que estén, están ahí. Y todavía tienen mucho para decirme sobre mí. Sobre la Martina actual.
Por eso hoy me regalo esta canción y se las acerco a ustedes. Fíjense como quieren oírla. Perdón, pero hoy no tengo grandes remates para el posteo, ni un punto de tensión en la historia, ni mucho menos ganas de releerla 800 veces como hago con cada entrada para que quede lo mejor posible.
Si pudiera me iría a la cama a taparme hasta la cabeza. Pero tengo trabajo de mamá, de profesional y de hija por hacer. Entonces me quedo acá sentadita. Me calzo la coraza una vez más, lo pongo a Lenine y largo mi día. Dos horas mas tarde que lo habitual, con las párpados un toque hinchados y el pecho un poco estrujado. Pero largo, que no es poco.
A diario, siento que conviven muchas personas dentro de mí.
Esto me generó la necesidad imperiosa de empezar a escribir, así de manera torpe, pero con profundas ganas de sacar y compartir un poco esto.
Los invito a asomarse por La Ventana a mi cotidianidad. A mis encuentros y desencuentros. A mis historias y a las que me voy a apropiar. A cambio les ofrezco mi más bruta sinceridad y empeño en escribir de manera decente. Pretendo compartir mis trabajos como periodista, pensamientos, narraciones de aprendiz y textos, que más que escribirlos, tuve que vomitarlos antes de que me asfixien.
Aquí estoy. Mamá, periodista, esposa, hija, hermana, amiga, mujer, martina.
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