EL HOMBRE QUE DECIDIÓ VIVIR SIN TECHO

Es el religioso al que acuden los indigentes de plaza Once. Duerme sobre tablas de madera y pasa los viernes cartoneando o conversando con las mujeres que entregan su cuerpo por menos de diez pesos. Vida, obra y desbordes de un varón que alguna vez estudió odontología, fantaseó con lujo y dinero y hoy construye casas junto a los pobres de algunas de las zonas más golpeadas de Buenos Aires.

Por Martina Rua

Son las nueve y media de la noche del once de noviembre de 2011. Hace seis días que Martín vive y duerme en la calle en el barrio porteño de Once, en el centro de la Ciudad de Buenos Aires. Huele y luce sucio: la uñas negras delineadas con tierra, el pelo graso y la barba ahumada encajan justo en la maqueta eterna de la Plaza Miserere. Acá, las escupidas son siempre frescas y nunca falta el chori paty birra vino en caja. El combustible quemado de los colectivos y el hedor del pis seco de días rigen en el centro de la Capital Federal. Y en el medio de eso, la gente: las prostitutas y travestis, los trabajadores en negro, los indigentes, los bebés y los niños de la calle. Y en medio de ellos, Martín.

—¿Fue duro? ¿Dormiste? ¿Comiste?- , pregunto y choco con un muro místico.
—Fue hermoso- , dice.

Martín Caserta – El Hermano Martín- , es desde hace once años fraile en la Orden Franciscana que pertenece a la iglesia católica y es el hombre al que acuden los indigentes y prostitutas de Once cuando necesitan hablar y armar un relato de su propia desgracia. Nació hace treinta tres años en Palomar a cuatro cuadras de la villa Carlos Gardel y en tres semanas viajará a Salta a un pueblo de aborígenes donde se hará sacerdote. Su decisión de vivir una semana en la calle es el final de un recorrido que empezó hace mucho. Porque antes, Martín estudió para ser odontólogo y se iba a casar con Emilse y se iba a ir de vacaciones al Caribe y su perfume fetiche era el Calvin Klein. Pero todo eso se desvaneció una mañana de invierno.

***

“José Caserta & Hijos” se llama el corralón de la familia. Allí, Martín aprendió todo lo relacionado a materiales para la construcción, la vida de comerciante y la cultura del trabajo que en su familia, asegura, es ley. El que no trabajaba simplemente no podía “meter mano en la caja”. Y a Martín le gustaba la ropa de marca, entonces trabajaba. En su casa convivían creencias de todo tipo y sin mucho análisis: iban a la iglesia una o dos veces año, por lo general a buscar el ramito del Domingo de Ramos o a algún casamiento, pero también confiaban en la tarotista a la que consultaban en el caso de tener que hacer algún negocio y era la curandera del barrio la que primero atendía a los chicos –son cinco hermanos– si alguno se enfermaba. Un día, su mamá Ethel –Gigi– le dio hospedaje por un par de días a un fraile que conoció en un curso de Catequesis. Era el hermano franciscano Federico Rodríguez. El hombre llegó con su sayal –la túnica marrón que usan esos religiosos- , y forjó en pocos días una amistad fuerte con Martín. Unos meses más tarde, cuando la novia de Martín tenía algún programa con amigas, él se iba a dormir a la casa que los frailes tienen en Moreno –su casa actual– a charlar hasta altas horas con su amigo. Allí comenzó a rumiar, sin querer, una pregunta: ¿Quién había sido San Francisco? Entonces mechó los apuntes de odontología con el libro el “Pobre de Asís” y se sintió imantado inmediatamente hacia este santo católico.

—Me enganché mucho con la vida de Francisco. Hasta el punto que a veces me metía en una iglesia y le decía: Hola amigo mío, cómo va todo. Y trataba de entender: ¿Por qué te enganchabas con los leprosos, hijo de puta… o con los más pobres por qué, por qué?

La orden franciscana fue creada en 1209 por San Francisco de Asís. Francisco era el hijo de un mercader de telas adinerado de esa ciudad medieval. En su juventud licenciosa no faltaron mujeres, ni alcohol, ni ropas caras. Hasta que sufrió una conversión que lo arrojó al extremo de la pobreza y dedicó su vida a intentar vivir el evangelio al pie de la letra: sin posesiones, en oración y contemplación de la naturaleza y, sobre todo, en alegría en la pobreza total y con quienes la padecían.

El pobre de Asís. Las putas de Once. Los aborígenes de Salta. Para Martín iba a sonar todo igual.

***

Un excelente odontólogo. Un novio amoroso. Un pibe de clase media con una vida acomodada. Todo eso iba a ser Martín. En la facultad sacaba buenas notas, un médico cirujano le había ofrecido trabajo como ayudante y con Emilse ya llevaban tres años de un noviazgo en el que se querían y la pasaban bien. Y estaba todo eso, pero también estaba la pregunta que todavía no se animaba a pronunciar pero que lo llevaba a hacer cosas que desconcertaban a los que estaban con él. Un día, por ejemplo, Emilse se sorprendió ante su pedido.

—¿Me acompañás a misa a Fuerte Apache?
—¿A la villa? replicó ella-. ¿Qué te pasa a vos con los frailes?

Martín desestimó la pregunta y cambió de tema. Pero hubo otra ocasión en la que fueron juntos a la ordenación sacerdotal de dos franciscanos y el obispo dijo entonces en su homilía que el seguimiento de Jesús pasaba por dar la vida. En ese momento Martín soltó despacio la cintura de su novia y se quedó tieso:

—¡¿Qué pasa?! Vos te querés hacer fraile- gritó Emilse angustiada.

Martín la tomó de los hombros, serio y firme y le dijo:

—Te pido por favor que no me rompas más las pelotas. Es la última vez que se habla de este tema.

Y fue la última vez que se habló de ese tema. A fines del año 1999 se separaron pero ninguno de los dos entendió muy bien por qué. Martín, ya sin Emilse, empezó a pensarse para adelante: arreglar caries, PARA SIEMPRE, vacaciones y auto, PARA SIEMPRE, intentar volver con Emilse y seguir y PARA SIEMPRE y no, no le cerraba por ningún lado.

Hasta que una mañana cambió todo.

Martín había cumplido veinte años y estaba cursando la materia Anatomía en la Universidad de Buenos Aires. Se levantó a las cinco y se preparó para tomar el tren al centro. Era invierno y, dice, uno de los días más fríos del año. Salió de su casa en Palomar, tomó la línea del ferrocarril Sarmiento y combinó subterráneos hasta la estación Facultad de Medicina. Todavía recuerda su campera de rombos de doble cordero y un gorro de cuero abrigadísimo. Aún así se estaba congelando. Entonces, cuando salió del subte los vio:

—Dos años haciendo el mismo camino y en la puta vida me había percatado de que siempre estaban ahí.

Tirados en la plaza Hussein, sacándose de encima unos cartones y diarios, había dos hombres temblando. Martín se angustió al verlos y se acercó, como si una mano invisible le moviera las piernas en dirección a los dos indigentes:

—¿Necesitan algo?–preguntó.

Uno de los hombres lo miró, torció el labio, abrió los brazos y arqueó las cejas. Martín vació su billetera. Se quedó con la moneda para el subte de regreso y con el boleto del tren. Ese encuentro le produjo una sensación que no supo nombrar pero que adivinó irreversible. Las señales se precipitaron y quedó poco margen para no hacer algo con lo que estaba sintiendo.

Entonces Martín se fue al otro extremo.

No usó una gota más de perfume. Regaló toda su ropa buena. Dejó de usar camisas y zapatos que cambió por alpargatas y remeras. Dejó la facultad y se entregó a un año entero de discernimiento vocacional. En el año 2001 entró a la Orden de los franciscanos. Emilse se siguió viendo a escondidas con Gigi –su ex suegra- y un día mientras la visitaba juntó coraje y le preguntó:

—¿Martín se hizo puto?
—No, fraile.

Y así empezó un raid de nueve años. Martín vivió un año en Bahía Blanca, otro en Tartagal, tres en La Teja en Moreno, otro año en Pichanal en Salta y los últimos cuatro en Buenos Aires. En el barrio Lomas de Mariló, en Moreno, desde donde parte los viernes a pasar la noche en Plaza Once.

***

Hace seis años que Martín visita la plaza. Llega cerca de las nueve de la noche acompañado de algún otro fraile y varios jóvenes que se suman a la propuesta. En invierno lleva un termo con café para convidar y hacer más fácil el primer acercamiento.  Las primeras en advertir su presencia habitual fueron las prostitutas que un día, de tanto verlos dar vueltas, les dijeron:

—¿Van a seguir caminando en círculos o nos vas a preguntar qué necesitamos?

La mayoría de las prostitutas jóvenes –Martín nunca las llama así, sino trabajadoras-, son de República Dominicana. Él dice que ninguna de ellas decide libremente estar ahí. Que son inducidas, a veces obligadas y otras llegan ellas desesperadas por el dinero para sus hijos.

—Yo vi cuando una mujer que no tenía para los pañales le cambiaba una bolsa de nylon a su bebé y le curaba las heridas que le había generado la paspadura. Esa noche, desesperada, ella se quedó a trabajar en la plaza-cuenta. Luego repasa el nombre y la historia de cada una de las mujeres:

—Mirá… esa es Silvia y es traductora de inglés – dice y señala a una mujer en sus cincuenta, vestida con un jean y un pulóver rojo sosteniendo un paraguas-. Esa es Norma y no nos podemos acercar porque nos saca cagando porque tiene un tipo que no la deja hablarnos. Y esa, esa es Antonia.-dice Martín y se dirige al encuentro.

Antonia es una mujer de más de sesenta años. Está apoyada contra unas rejas de la plaza. Tiene varias capas de ropa, polainas y gorro y su aliento se adivina en el vapor que se ve en el aire por la noche fría. Lleva rimel en las pestañas y huele a pis. Martín la abraza y le pide permiso para sentarse. Saca el termo y le ofrece un café. Pasan minutos en silencio que son el precio para ganar su confianza. Entonces Antonia empieza a hablar. Habla de su problema en la vista que la está dejando ciega, del policía que se la llevó de la plaza, de sus hijos, del dolor en el cuerpo. Martín le sostiene la mirada todo el tiempo, dice poco, asiente con la cabeza. El encuentro se extiende con frases cortas que cada tanto Antonia balbucea. Entonces Martín se despide hasta cualquier otro viernes, le pide que se cuide, la besa y abraza.

Cuando nos alejamos le pregunto a Martín por el olor fuerte que había. Él dice que lo sintió sólo al principio y que es algo que pasa siempre, que es un momento y que luego desaparece.

Verla a Antonia en ese estado de abandono lo amarga –dice- y entonces busca en su memoria una de las historias “felices” y se acuerda de Lucía y se ríe con toda la cara. Señala una esquina vacía y cuenta que ahí era donde paraba Lucía y que luego de años de visitarla lograron convencerla y le ayudaron a conseguir un trabajo cuidando chicos.

—No sabés lo bien que se siente no verla más acá.
—¿Nunca tuviste una proposición de ellas? ¿Que te pasó con eso?

Y sí. Martín tuvo varias invitaciones para pasar la noche con ellas. La última vez una de las mujeres le dijo:

—Vamos a seguir rezando en el hotel, padrecito. ¿Sabés todos los curitas como vos que me cogí? La semana pasada vino uno re buenito y me dejó 300 pesos.
—Con las trabajadoras nunca me calenté-dice ahora Martín-. El acercamiento es desde otro lado, están muy indefensas y jamás se me cruzó por la cabeza. Nunca estuve con una cuando era un pibe, no voy a estar ahora. Pero con otras mujeres obvio que me calenté.

***
Martín es un hombre. Un hombre joven que tuvo dos noviazgos largos y que al entrar a la Orden religiosa tuvo que “encausar una sexualidad con mucha polenta”, como él lo sintetiza. Pero hubo -hay- desbordes. El que ocurrió durante el primer año como fraile con una mujer del barrio que lo buscaba, Martín lo recuerda así:

—Tenía un culooooo, tenía unas tetaaaaas. Y la muy guacha me decía Cachorro, así como te digo: Cachorrrrro. Un día estábamos pegando no se que cosa en una cartelera y la agarré de atrás y le mordí la oreja.

Cuando ocurrió esto empezó a ser más conciente de la fantasía que podía generar su imagen de “Padre” en lugares donde el hombre de la familia muchas veces falta y él con su presencia entre los hijos de las mujeres o ayudándolas a construir sus casa estaba en una posición asimétrica y poco justa.

Martín se sabe lindo. Él lo dice mientras despliega seductor una sonrisa blanca y derecha, resabio quizás de sus años de odontología. Y desdramatiza, y dice que sí, que hay situaciones en las que se calienta, y que a veces eso termina en una polución nocturna o en una masturbación y que a veces puede poner límites rápido a un coqueteo y que a veces no.

—Y ahí está el límite y está el pecado y es algo que se juega todos los días. Yo me acuerdo de mi mejor polvo y sé que duró media hora. Y no, no te cambio todo este proyecto por eso. El proyecto que yo tengo es muy bueno.

Cuando habla de su proyecto, recuerdo uno de las noches en Plaza Once. Eran las once y caminábamos hacia la zona del Abasto en busca de unas personas que habían tomado una calle. Martín quería ver qué necesitaban. Llovía y mientras avanzábamos explicaba:

—Mi proyecto, mi hijo sería,  tiene que ver con la villa, con la gente de la calle y con los aborígenes de Salta. Yo cuando estaba en Pichanal estaba en Cancún nadando en el mejor mar y me sacaron y me metieron en una pecera acá en Buenos Aires. Ponele que ahora me las rebusqué para salir a la calle igual y ponele que estoy en un… en Temaikén – reía-, pero si hablamos de lo que yo quiero, de mi Cancún… eso es la calle y los aborígenes.
—Entonces quedate a vivir en la calle.
—Cuando vivís en la calle se produce un quiebre psicológico. Para dormir en donde te pueden violar en cualquier momento, robar o matar algo de la psiquis de las personas se rompe y es irrecuperable. Yo lo estudié y es un tema que sigo y si bien hubo intentos de hermanos en el mundo de hacerlo por un tiempo prolongado, luego siempre debían volver a sus casas…vivir en la calle es algo que me gustaría hacer.

Mientras Martín hablaba aparecían, saludaban y se iban los personajes de sus relatos. Como Renzo, un cartonero de 25 años. Martín paró a saludarlo y le pidió permiso para ayudarlo a cartonear. Se quedó con él una hora completa. Y ahí aprendió que el cartón en Once se paga sesenta centavos el kilo y que si se lo lleva al conurbano lo pagan setenta y cinco y que hay cajas más difíciles que desarmar que otras y que Renzo tiene un bebé de tres meses con su mujer que conoció cartoneando y que la familia de Renzo tiene internas.
—Gracias por frenar loco –se despidió el cartonero-, acá si frenan es para cagarnos a puteadas.

***

La agenda de papel de Martín tiene todas las tardes marcadas de actividades. Por ejemplo, el fin de semana del quince y dieciséis de octubre de 2011 fue así. Sábado: juntó a un grupo de jóvenes y se metió en el corazón del barrio de Lomas de Mariló en Moreno a construir cinco casas. En cada una había algo que hacer: levantar un techo, pintar, conectar electricidad, desinfectar. De una de las paredes bajaban garrapatas como hormigas, los colchones olían a pis y en todos los casos estaba lleno de niños. Martín pivoteaba de obra en obra. Ese día trabajó hasta las diez de la noche. Domingo: se levantó a las siete de la mañana para pensar y repasar la lectura que tenía que leer y comentar en el que sería su primer casamiento. En ojotas, con los pies todavía negros de la jornada anterior y aferrado al librito que decía el paso a paso, casó a una pareja por primera vez. De allí corrió a un entierro a abrazar a una chica de la comunidad que lloraba a su madre muerta. Volvió a la fiesta, brindó con los novios y se fue al barrio a continuar con las construcciones.

—Martín no para. Él no mide su entrega. Tiene una generosidad, existencialmente hablando, que también puede legar a entenderse como omnipotencia. A veces hay que dejar que el otro dé su propio paso –dice uno de los hermanos franciscanos que vive con él en la casa de Moreno.

***

El cuarto de Martín es escueto y húmedo. Se mezclan en un placard destartalado libros, algo de ropa, souvenirs de bautismos, un desodorante, papeles. Su ropa es poca y está remendada o descosida. A primera vista la cama luce rara, flaca. Al tocarla es posible darse cuenta: duerme sobre maderas. Hace siete años que descansa sobre esas tablas.

—En mis experiencias en la calle con la gente me di cuenta que me resultaba muy incómodo dormir en el piso entonces me pareció bueno  ir preparándome el resto del año -dice y muestra tres lonjas de madera, cartón y frazada.

En su escritorio hay libros sobre violencia de género, abuso y niñez y pilas de hojas, planillas, facturas. Es que Martín también es el ecónomo de la casa de Jóvenes, el que se encarga de todas las compras y de administrar los gastos, oficio que aún recuerda de los años en el corralón. Y tiene cuadros. Cuadros pintados para él o por él. En uno está San Francisco y formando un triángulo aparecen las prostitutas y los pobres de Once.

***

Son las diez y media de la noche del once de noviembre de 2011. Hoy, Martín termina sus siete días de vida en la calle. Hasta la plaza llegaron una docena de franciscanos y un puñado de jóvenes para cerrar esta semana de itinerancia. Se ven y se abrazan y conversan sin apuro.

Martín luce dos o tres kilos más flaco y no para de sonreír. Saca cuatro hojas repletas de nombres y las pone sobre una frazada que hace de Altar en una misa que se improvisa ahora en el medio de Plaza Once. Empieza a celebrar y ofrece cada uno de esos nombres, cada uno de esos encuentros de la semana. La imagen en la plaza es, por lo menos, no la habitual: cerca de la esquina de Pueyrredón y Avenida Rivadavia una ronda de hombres con túnicas marrones rezan sentados, cantan, se toman de las manos, se dan la Paz. Una prostituta pasa, se persigna y se va. Un hombre con los ojos rojísimos se tambalea, levanta el pulgar y mira a Martín. Tres niñas –dos nacieron en la calle a metros de la plaza– se sientan en la falda de Martín y de otro fraile y hacen bromas con las capuchas de sus sayales. Y en el medio, la misa sigue.

—¿Qué son ustedes?-, grita uno que pasa.
—Somos franciscanos– dice el más viejo de la ronda y se ríen todos, cómplices.

El nueve de diciembre Martín será por fin el Padre Martín. Se ordenará a sacerdote en Pichanal, en la frontera salteña con Bolivia, donde lo esperan los aborígenes de los que habla cada vez que puede. Ahí, en un paraje abandonado donde muchos sólo ven abuso, pobreza y la desidia de los aborígenes del norte argentino, él ve –al igual que en esta plaza- otra cosa.

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