H.

Escenas del infierno, y cada tanto un milagro. Antes del martes eran pobres hasta el extremo. Hoy … hoy ya no saben ni como llamarse. ¿Afortunados? ¿Por haber sobrevivido para vivir en un país que tendrá a más de 80% de la población en la pobreza absoluta? ¿Por seguir viviendo escuchando el llanto eterno de las historias que iban a ser? ¿de las madres sin bebés y los hombres sin mujer?
Los cuerpos brotan como carnes obscenas entre los fierros y los que toda la vida fueron negros se mueren blancos y rojos hasta el pelo y con gusto a concreto en la lengua y con arenilla incrustada debajo de las uñas. Veo el momento cuando tembló la puta tierra y la gente se baja del auto, y corre y para y corre y mira y no hay a donde correr.
“Centenares de miles”, gritan las noticias con voz de castellano neutro que podrían estar hablando de un nuevo shampoo para perro y sonaría igual. “Nos nos olvidaremos de ustedes”, promete el presidente del mundo. “Estoy aquí abajo” escribe alguien por SMS y se salva.
Está cayendo la tercera noche en la que, como si montara una colorida carpa de circo, las sábanas se clavan a dos palos y se transforman en casas. Las que tienen leche en las tetas la racionan entre sus hijos y los de las que ya no están. Ya casi nadie siente la yema de los dedos ni los dedos. Miles descansan un poco con piedras como almohadas y vuelven a quitar escombros, ahora en la oscuridad. Hago la transferencia pelotuda e inevitable de sentir la muerte del hijo, del amado, de la madre, de la esperanza. Y pienso en todos ellos. Y pienso en ellos dos
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