Perder
Raquel no ahorra descripciones. Su manera de escribir sobre el dolor no es propia del que no lo ha experimentado. Sus palabras son sal gruesa en la herida infectada. Las imágenes son crudas hasta las náuseas, los sentimientos son propios de alguien perturbado en su esencia.
Justo ayer escuché que cuando un hijo pierde a un padre se llama huérfano, y cuando un conyugue pierde a su amor se llama viudo, pero no existe la palabra que describa a la madre que pierde a un hijo. No me sorprende.
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Mientras Raquel escribe no sólo se tajea ella, hace que al lector no le queda otra que sentirse roto, herido de muerte, que se desangre en el camino, esperando que el tiempo sea el aliciente amigo que cambie algo. Pero el tiempo tarda, tarda tanto. “Perder” no se lee con placer. No se descansa en una sola página. No ofrece consuelo en una sola línea.
Terminé de leer esta novela de 250 páginas de Raquel Robles, y me siento espiada en mis temores más íntimos. La leí alienada mientras caminaba por al calle y lo leí llorando en el colectivo. La leí enojada por las decisiones de ella y por la indeferencia al amor infinito de su marido y la leí con una mano sobre la espalda de mi hijo con un miedo imposible de escribir.
Lo que puede pasar cuando se lee un libro, todavía me cuesta creerlo. Ahora tengo la desazón de mirarlo y ya no poder volver a leerlo por primera vez. Ya no estoy más en Ucrania, ya no siento más el frío de -30 de las calles, ya no siento los brazos y manos huesudas, ya no golpeo la cabeza contra la pared con tal de hacerme el mayor daño posible. Ahora sólo queda un hilo de dolor que nace justo donde termina mi lengua y me recorre y se tensa contra la línea de la cesárea. Ahora estoy huérfana de historia. No, mejor no. Abro dos o tres libros, esperando que alguien me atrape, me salve.
Enero 2009


lectura densa te mandaste.