Hacia rutas salvajes II
Desde que empezó esto, cada vez que se ven procuran vivirla como si fuera la última. Porque en cualquier momento es la última, entonces no hay que reservar nada para el próximo encuentro. No dejan un centímetro de sus cuerpos sin recorrer, sin oler, sin disfrutar. Gozan recibiendo cada caricia pero más todavía dándola. Porque de eso se trata.
Laura carga energías y se va riendo. Y el buen humor le dura horas largas, casi tantas como el temblor que le queda en las piernas de moverse tanto arriba de semejante mole. Juan El Pequeño desconecta rápido, el muy hijo de puta es encantador y con eso le alcanza para llegar al final del día sin hacer mucho trabajo. Le bastan dos frases, entre inteligentes y desalmadas, para convencer a cualquier cliente y venderle todo el humo del mundo junto.
Laura está flasheada con la montaña. Se quiere ir a vivir allá. Salta de la cama y se empieza a vestir con la naturalidad de alguien que acaba de terminar una visita a la depiladora y le comparte a su amigo las ganas de irse de una vez. Juan El Pequeño apenas la escucha y le escanea el cuerpo y dice – Que lindo lomito que tenés – mientras le acaricia la mejilla. Ella sigue con su monólogo pero se regocija en el piropo. Quien no.
Juan El Pequeño le ofrece una seca que a Laura la tienta pero que rechaza en pos de su compostura. En 15 minutos va a estar detrás del mostrador de la farmacia donde trabaja hace 10 años. Le gusta el laburo, la gente, poder dar algunos jabones gratis por día a las decenas de chicos que piden, disfruta del consejo de que remedio si, de que remedio no.
Laura camina hacia el baño horrible de Juan, se mira en el espejo, se peina, se lava la cara como intentando sacarse dos horas de sexo de encima. No, no de sacarse sino de esconderlas. Él no filtra lo que le pasa por la cabeza y dice guarangadas que a Laura le divierten porque las dice él, pero son una reverenda catarata de guarangadas.
Se echan una mirada de amigos. Se agradecen el momento. Y se despiden sin saber si es hasta dentro de 6 días o hasta siempre. Es que en realidad no importa.
Laura viaja en bondi. Tiene 10 pesos en la billetera hasta el viernes. Piensa en cómo dividirlos y calcula dos paquetes de puchos y dos barritas de cereal. Canta para adentro Manu Chao, asoma su cabeza por la ventanilla roñosa del bondi y no necesita nada más para declararse Libre.
Juan El Pequeño viaja en taxi y propinea siempre. Boludea con su teléfono inteligente, le juega una pulseada a un par de fantasmas y se la gana. Se alegra de la amistad que tiene con Laura y apunta un par de frases graciosas de ella y se vuelca de lleno a la charla evangelizadora PRO con el tachero modelo Radio 10.


Me encanta, me gusta leerte, ya es casi una aventura, ver como mezclas las cosas, como entras y salis de las historias, el acercamiento casi minucioso a una historia y la rapidez para condimentarlo, es un placer leerte, siempre.
“Tu ventana” por la que me asomo cada tanto a mirar se ha transformado en una celebracion.
No te tardes tanto que me gusta leer tus historias.