noche Buena
Juan tiene 22 años y hace 3 lo encontraron con la mandíbula rota contra un cordón. Estaba drogado y se había peleado con su grupo de amigos. Desde ese día, él sufre una depresión que le impide cruzar la puerta de alambre que separa su casa del resto del barrio de Lomas de Mariló en Moreno. Sus últimos 900 días fueron idénticos. Duerme de día y ve televisión hasta las 6 de la mañana. Nunca más salió a la calle.
Todo esto lo sabemos porque nos lo contó Marina, su mamá. Y hasta el 22 de diciembre pasado parecía una pesadilla que no era verdad. Ni lo que pasó, ni la existencia de Juan. Es que de las tantas veces que fuimos a pasar una tarde de domingo con ellos nunca lo oímos, nunca lo vimos, ni tampoco percibimos su presencia a dos metros nuestro. Durante 10 meses nos separó una pared de madera y una puerta con cintas multicolor de plástico como las de los viejos almacenes. Él nos escuchó siempre.
Su mamá, Marina, es una mujer sin edad. De rostro salteño, piel curtida llena de líneas, con ropa que jamás combina. Tiene los pechos caídos de alimentar a 9, pelo negro espeso siempre sobre la cara. Su vergüenza se adivina en su mirada esquiva. Ella maneja el rancho, al ejército de hijos y amasa el pan que Hugo vende en su bicicleta por el mismo barrio.
Una tarde, cuando ya nos despedíamos y nos preparaban la vianda habitual de pan y churros, se nos ocurrió decirles por qué no organizábamos una cena para despedir juntos el año. Sorprendida aceptó y acordamos el 22 de diciembre. Ellos ponían el patio y las ensaladas, nosotros la comida.
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Esa noche la arrancamos desganados. Con todo el mambo de los trabajos encima, llegamos a casa pasados de brindis de fin de año, fuimos a Coto y compramos todo lo que nos pareció apropiado para la cena. Sacamos cuentas y como mínimo íbamos a ser 12 así que compramos 3 pollos y 4 gaseosas.
La casa de los Rodríguez queda en el corazón del barrio de Mariló. Es un terreno con 3 casillas. Dos de chapa y madera y la tercera de material donde duermen la mayoría de los chicos. Cuando llegamos, como de costumbre, salieron los pibes a los gritos con los perros corriendo atrás. Nunca vienen a recibirnos, sino a arrebatarnos su chiche predilecto: nuestro nene.
Los demás nos sentamos a la mesa. Fue raro de entrada. Además de estar la parte de la familia con la que compartimos casi un año de charlas regadas de mate y pan recién horneado, estaban los otros 2 hijos del matrimonio que nos trataban con mucha tosquedad y desconfianza. No pude dejar de pensar que nos veían como gente con plata haciendo caridad comiendo con asco con unos negros. Fue agotador tratar de lograr su aprobación y mostrarnos cercanos.
Más allá de esa tensión constante, el encuentro fue inolvidable. El calor apretaba fuerte e hizo que nos terminemos toda la gaseosa. Cuando Marina se dio cuenta hurgó un par de billetes de $2 y la mandó a la hija a comprar dos Cocas, aclarándole que sean marca Coca. Le pedí por favor que no lo haga que con el agua estábamos bien, pero no hubo caso. Me contestó que estábamos celebrando.
Mi marido propuso un brindis. Entonces, cuando menos lo esperábamos, se asomó Juan. Salió del encierro eterno y lo primero que hizo fue hacerle upa a nuestro hijo. Me quedé muda, ni siquiera me animé a mirar a mi marido o a Marina, a quien habíamos visto llorar incontables veces a causa de la tristeza de ese pibe. Él se acercó, nos saludó con una sonrisa generosa. Portaba una cara con acné, cuerpo desgarbado y una mirada muy aguda. Tratamos de no ser demasiado efusivos para no espantarlo.
Y ahí si. Brindamos por Nuestra Noche Buena. Les dijimos que haberlos conocido nos alegraba la vida. Espero que nos hayan creído. En ese momento Hugo cuchichiando la mandó a Belén, la nena de 8, a buscar algo. Ella volvió con una tarjeta de cartulina azul repleta de brillantina firmada por los 4 más chiquitos y por sus dos papás que decía: Ustedes son nuestros amigos y los necesitamos.
A esa altura se me hacía imposible contener el nudo en la garganta que necesitaba transformarse en llanto. Era demasiado intenso lo que estábamos viviendo. Con la excusa de que el nene estaba fastidioso del sueño decidimos volver a casa. Nos saludamos, nos agradecimos mutuamente, nos deseamos Feliz Navidad, y prometimos vernos a las 3 semanas.
Subimos al auto. Ellos siempre salen a la puerta y se quedan ahí hasta que desaparecemos. Esta vez salió Juan también. Hicimos las 20 cuadras que hay hasta el Acceso Oeste en silencio. El nene se desplomó en el asiento de atrás. Mi marido suspiraba y movía la cabeza cada un minuto. Con un gesto conmovido manejaba y me hacía mimos en la nuca tratando de calmar mi llanto entrecortado.
Cuando llegamos a casa le pedí que me disculpara pero que no iba a hablar hasta el otro día, que necesitaba procesar esa noche. Apagamos el velador. Dimos vueltas en la cama. Prendimos el velador.
Hablamos hasta las 4 de la mañana. Hablamos de nuestras opciones, de nuestra fragilidad, de lo que tenemos, de la alegría de los Rodríguez en la pobreza, de lo que elegimos tener, de Marina, de Juan, de Hugo, de Belén y de nuestro hijo.
Por fin apagamos la luz. Le pedí que me acurruque fuerte, le agradecí a Dios por tanta Vida y me dormí.
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Mientras me seco la cara, no sólo revivo las tantas conversaciones que hemos tenido en la primera fila del coro al respecto del amor y el brindarse a otro, sino que me remonta 2 años atrás cuando llegué a casa feliz con una esponja que me había comprado con la ilusión de que realmente fuese exfoliante, y la empleada que limpia en mi casa me dijo “que lindas esas cosas no?? a una la hacen sentir mujer, pero mujer bien. Hasta te olvidas que cuando salis del baño hay 7 esperando para ver si hay comida”. Me quedó tan grabado eso, que todavía hoy, cuando voy a comprar chucherías para el baño saco el ya desusado “dame dos”. Y tendrías que ver como se le ilumina la cara!!! Despues de devolverle la sonrisa y dejarle la esponja “exfoliante”, sentis como el corazon se te hace un bollo adentro del cuerpo y seguís caminando rápido para que no se note…
Como las cosas que nos resultan cotidianas, pueden hacer tan feliz a alguien que no puede destinar 10 pesos de su sueldo a eso… y que mierda se siente uno, cuando no puede ayudar más que con esas pequeñeces y unos tantos abrazos..
Gracias Martu por esto tan lindo!
Besotes!