EL HOMBRE QUE DECIDIÓ VIVIR SIN TECHO

Es el religioso al que acuden los indigentes de plaza Once. Duerme sobre tablas de madera y pasa los viernes cartoneando o conversando con las mujeres que entregan su cuerpo por menos de diez pesos. Vida, obra y desbordes de un varón que alguna vez estudió odontología, fantaseó con lujo y dinero y hoy construye casas junto a los pobres de algunas de las zonas más golpeadas de Buenos Aires.

Por Martina Rua

Son las nueve y media de la noche del once de noviembre de 2011. Hace seis días que Martín vive y duerme en la calle en el barrio porteño de Once, en el centro de la Ciudad de Buenos Aires. Huele y luce sucio: la uñas negras delineadas con tierra, el pelo graso y la barba ahumada encajan justo en la maqueta eterna de la Plaza Miserere. Acá, las escupidas son siempre frescas y nunca falta el chori paty birra vino en caja. El combustible quemado de los colectivos y el hedor del pis seco de días rigen en el centro de la Capital Federal. Y en el medio de eso, la gente: las prostitutas y travestis, los trabajadores en negro, los indigentes, los bebés y los niños de la calle. Y en medio de ellos, Martín.

—¿Fue duro? ¿Dormiste? ¿Comiste?- , pregunto y choco con un muro místico.
—Fue hermoso- , dice.

Martín Caserta – El Hermano Martín- , es desde hace once años fraile en la Orden Franciscana que pertenece a la iglesia católica y es el hombre al que acuden los indigentes y prostitutas de Once cuando necesitan hablar y armar un relato de su propia desgracia. Nació hace treinta tres años en Palomar a cuatro cuadras de la villa Carlos Gardel y en tres semanas viajará a Salta a un pueblo de aborígenes donde se hará sacerdote. Su decisión de vivir una semana en la calle es el final de un recorrido que empezó hace mucho. Porque antes, Martín estudió para ser odontólogo y se iba a casar con Emilse y se iba a ir de vacaciones al Caribe y su perfume fetiche era el Calvin Klein. Pero todo eso se desvaneció una mañana de invierno.

***

“José Caserta & Hijos” se llama el corralón de la familia. Allí, Martín aprendió todo lo relacionado a materiales para la construcción, la vida de comerciante y la cultura del trabajo que en su familia, asegura, es ley. El que no trabajaba simplemente no podía “meter mano en la caja”. Y a Martín le gustaba la ropa de marca, entonces trabajaba. En su casa convivían creencias de todo tipo y sin mucho análisis: iban a la iglesia una o dos veces año, por lo general a buscar el ramito del Domingo de Ramos o a algún casamiento, pero también confiaban en la tarotista a la que consultaban en el caso de tener que hacer algún negocio y era la curandera del barrio la que primero atendía a los chicos –son cinco hermanos– si alguno se enfermaba. Un día, su mamá Ethel –Gigi– le dio hospedaje por un par de días a un fraile que conoció en un curso de Catequesis. Era el hermano franciscano Federico Rodríguez. El hombre llegó con su sayal –la túnica marrón que usan esos religiosos- , y forjó en pocos días una amistad fuerte con Martín. Unos meses más tarde, cuando la novia de Martín tenía algún programa con amigas, él se iba a dormir a la casa que los frailes tienen en Moreno –su casa actual– a charlar hasta altas horas con su amigo. Allí comenzó a rumiar, sin querer, una pregunta: ¿Quién había sido San Francisco? Entonces mechó los apuntes de odontología con el libro el “Pobre de Asís” y se sintió imantado inmediatamente hacia este santo católico.

—Me enganché mucho con la vida de Francisco. Hasta el punto que a veces me metía en una iglesia y le decía: Hola amigo mío, cómo va todo. Y trataba de entender: ¿Por qué te enganchabas con los leprosos, hijo de puta… o con los más pobres por qué, por qué?

La orden franciscana fue creada en 1209 por San Francisco de Asís. Francisco era el hijo de un mercader de telas adinerado de esa ciudad medieval. En su juventud licenciosa no faltaron mujeres, ni alcohol, ni ropas caras. Hasta que sufrió una conversión que lo arrojó al extremo de la pobreza y dedicó su vida a intentar vivir el evangelio al pie de la letra: sin posesiones, en oración y contemplación de la naturaleza y, sobre todo, en alegría en la pobreza total y con quienes la padecían.

El pobre de Asís. Las putas de Once. Los aborígenes de Salta. Para Martín iba a sonar todo igual.

***

Un excelente odontólogo. Un novio amoroso. Un pibe de clase media con una vida acomodada. Todo eso iba a ser Martín. En la facultad sacaba buenas notas, un médico cirujano le había ofrecido trabajo como ayudante y con Emilse ya llevaban tres años de un noviazgo en el que se querían y la pasaban bien. Y estaba todo eso, pero también estaba la pregunta que todavía no se animaba a pronunciar pero que lo llevaba a hacer cosas que desconcertaban a los que estaban con él. Un día, por ejemplo, Emilse se sorprendió ante su pedido.

—¿Me acompañás a misa a Fuerte Apache?
—¿A la villa? replicó ella-. ¿Qué te pasa a vos con los frailes?

Martín desestimó la pregunta y cambió de tema. Pero hubo otra ocasión en la que fueron juntos a la ordenación sacerdotal de dos franciscanos y el obispo dijo entonces en su homilía que el seguimiento de Jesús pasaba por dar la vida. En ese momento Martín soltó despacio la cintura de su novia y se quedó tieso:

—¡¿Qué pasa?! Vos te querés hacer fraile- gritó Emilse angustiada.

Martín la tomó de los hombros, serio y firme y le dijo:

—Te pido por favor que no me rompas más las pelotas. Es la última vez que se habla de este tema.

Y fue la última vez que se habló de ese tema. A fines del año 1999 se separaron pero ninguno de los dos entendió muy bien por qué. Martín, ya sin Emilse, empezó a pensarse para adelante: arreglar caries, PARA SIEMPRE, vacaciones y auto, PARA SIEMPRE, intentar volver con Emilse y seguir y PARA SIEMPRE y no, no le cerraba por ningún lado.

Hasta que una mañana cambió todo.

Martín había cumplido veinte años y estaba cursando la materia Anatomía en la Universidad de Buenos Aires. Se levantó a las cinco y se preparó para tomar el tren al centro. Era invierno y, dice, uno de los días más fríos del año. Salió de su casa en Palomar, tomó la línea del ferrocarril Sarmiento y combinó subterráneos hasta la estación Facultad de Medicina. Todavía recuerda su campera de rombos de doble cordero y un gorro de cuero abrigadísimo. Aún así se estaba congelando. Entonces, cuando salió del subte los vio:

—Dos años haciendo el mismo camino y en la puta vida me había percatado de que siempre estaban ahí.

Tirados en la plaza Hussein, sacándose de encima unos cartones y diarios, había dos hombres temblando. Martín se angustió al verlos y se acercó, como si una mano invisible le moviera las piernas en dirección a los dos indigentes:

—¿Necesitan algo?–preguntó.

Uno de los hombres lo miró, torció el labio, abrió los brazos y arqueó las cejas. Martín vació su billetera. Se quedó con la moneda para el subte de regreso y con el boleto del tren. Ese encuentro le produjo una sensación que no supo nombrar pero que adivinó irreversible. Las señales se precipitaron y quedó poco margen para no hacer algo con lo que estaba sintiendo.

Entonces Martín se fue al otro extremo.

No usó una gota más de perfume. Regaló toda su ropa buena. Dejó de usar camisas y zapatos que cambió por alpargatas y remeras. Dejó la facultad y se entregó a un año entero de discernimiento vocacional. En el año 2001 entró a la Orden de los franciscanos. Emilse se siguió viendo a escondidas con Gigi –su ex suegra- y un día mientras la visitaba juntó coraje y le preguntó:

—¿Martín se hizo puto?
—No, fraile.

Y así empezó un raid de nueve años. Martín vivió un año en Bahía Blanca, otro en Tartagal, tres en La Teja en Moreno, otro año en Pichanal en Salta y los últimos cuatro en Buenos Aires. En el barrio Lomas de Mariló, en Moreno, desde donde parte los viernes a pasar la noche en Plaza Once.

***

Hace seis años que Martín visita la plaza. Llega cerca de las nueve de la noche acompañado de algún otro fraile y varios jóvenes que se suman a la propuesta. En invierno lleva un termo con café para convidar y hacer más fácil el primer acercamiento.  Las primeras en advertir su presencia habitual fueron las prostitutas que un día, de tanto verlos dar vueltas, les dijeron:

—¿Van a seguir caminando en círculos o nos vas a preguntar qué necesitamos?

La mayoría de las prostitutas jóvenes –Martín nunca las llama así, sino trabajadoras-, son de República Dominicana. Él dice que ninguna de ellas decide libremente estar ahí. Que son inducidas, a veces obligadas y otras llegan ellas desesperadas por el dinero para sus hijos.

—Yo vi cuando una mujer que no tenía para los pañales le cambiaba una bolsa de nylon a su bebé y le curaba las heridas que le había generado la paspadura. Esa noche, desesperada, ella se quedó a trabajar en la plaza-cuenta. Luego repasa el nombre y la historia de cada una de las mujeres:

—Mirá… esa es Silvia y es traductora de inglés – dice y señala a una mujer en sus cincuenta, vestida con un jean y un pulóver rojo sosteniendo un paraguas-. Esa es Norma y no nos podemos acercar porque nos saca cagando porque tiene un tipo que no la deja hablarnos. Y esa, esa es Antonia.-dice Martín y se dirige al encuentro.

Antonia es una mujer de más de sesenta años. Está apoyada contra unas rejas de la plaza. Tiene varias capas de ropa, polainas y gorro y su aliento se adivina en el vapor que se ve en el aire por la noche fría. Lleva rimel en las pestañas y huele a pis. Martín la abraza y le pide permiso para sentarse. Saca el termo y le ofrece un café. Pasan minutos en silencio que son el precio para ganar su confianza. Entonces Antonia empieza a hablar. Habla de su problema en la vista que la está dejando ciega, del policía que se la llevó de la plaza, de sus hijos, del dolor en el cuerpo. Martín le sostiene la mirada todo el tiempo, dice poco, asiente con la cabeza. El encuentro se extiende con frases cortas que cada tanto Antonia balbucea. Entonces Martín se despide hasta cualquier otro viernes, le pide que se cuide, la besa y abraza.

Cuando nos alejamos le pregunto a Martín por el olor fuerte que había. Él dice que lo sintió sólo al principio y que es algo que pasa siempre, que es un momento y que luego desaparece.

Verla a Antonia en ese estado de abandono lo amarga –dice- y entonces busca en su memoria una de las historias “felices” y se acuerda de Lucía y se ríe con toda la cara. Señala una esquina vacía y cuenta que ahí era donde paraba Lucía y que luego de años de visitarla lograron convencerla y le ayudaron a conseguir un trabajo cuidando chicos.

—No sabés lo bien que se siente no verla más acá.
—¿Nunca tuviste una proposición de ellas? ¿Que te pasó con eso?

Y sí. Martín tuvo varias invitaciones para pasar la noche con ellas. La última vez una de las mujeres le dijo:

—Vamos a seguir rezando en el hotel, padrecito. ¿Sabés todos los curitas como vos que me cogí? La semana pasada vino uno re buenito y me dejó 300 pesos.
—Con las trabajadoras nunca me calenté-dice ahora Martín-. El acercamiento es desde otro lado, están muy indefensas y jamás se me cruzó por la cabeza. Nunca estuve con una cuando era un pibe, no voy a estar ahora. Pero con otras mujeres obvio que me calenté.

***
Martín es un hombre. Un hombre joven que tuvo dos noviazgos largos y que al entrar a la Orden religiosa tuvo que “encausar una sexualidad con mucha polenta”, como él lo sintetiza. Pero hubo -hay- desbordes. El que ocurrió durante el primer año como fraile con una mujer del barrio que lo buscaba, Martín lo recuerda así:

—Tenía un culooooo, tenía unas tetaaaaas. Y la muy guacha me decía Cachorro, así como te digo: Cachorrrrro. Un día estábamos pegando no se que cosa en una cartelera y la agarré de atrás y le mordí la oreja.

Cuando ocurrió esto empezó a ser más conciente de la fantasía que podía generar su imagen de “Padre” en lugares donde el hombre de la familia muchas veces falta y él con su presencia entre los hijos de las mujeres o ayudándolas a construir sus casa estaba en una posición asimétrica y poco justa.

Martín se sabe lindo. Él lo dice mientras despliega seductor una sonrisa blanca y derecha, resabio quizás de sus años de odontología. Y desdramatiza, y dice que sí, que hay situaciones en las que se calienta, y que a veces eso termina en una polución nocturna o en una masturbación y que a veces puede poner límites rápido a un coqueteo y que a veces no.

—Y ahí está el límite y está el pecado y es algo que se juega todos los días. Yo me acuerdo de mi mejor polvo y sé que duró media hora. Y no, no te cambio todo este proyecto por eso. El proyecto que yo tengo es muy bueno.

Cuando habla de su proyecto, recuerdo uno de las noches en Plaza Once. Eran las once y caminábamos hacia la zona del Abasto en busca de unas personas que habían tomado una calle. Martín quería ver qué necesitaban. Llovía y mientras avanzábamos explicaba:

—Mi proyecto, mi hijo sería,  tiene que ver con la villa, con la gente de la calle y con los aborígenes de Salta. Yo cuando estaba en Pichanal estaba en Cancún nadando en el mejor mar y me sacaron y me metieron en una pecera acá en Buenos Aires. Ponele que ahora me las rebusqué para salir a la calle igual y ponele que estoy en un… en Temaikén – reía-, pero si hablamos de lo que yo quiero, de mi Cancún… eso es la calle y los aborígenes.
—Entonces quedate a vivir en la calle.
—Cuando vivís en la calle se produce un quiebre psicológico. Para dormir en donde te pueden violar en cualquier momento, robar o matar algo de la psiquis de las personas se rompe y es irrecuperable. Yo lo estudié y es un tema que sigo y si bien hubo intentos de hermanos en el mundo de hacerlo por un tiempo prolongado, luego siempre debían volver a sus casas…vivir en la calle es algo que me gustaría hacer.

Mientras Martín hablaba aparecían, saludaban y se iban los personajes de sus relatos. Como Renzo, un cartonero de 25 años. Martín paró a saludarlo y le pidió permiso para ayudarlo a cartonear. Se quedó con él una hora completa. Y ahí aprendió que el cartón en Once se paga sesenta centavos el kilo y que si se lo lleva al conurbano lo pagan setenta y cinco y que hay cajas más difíciles que desarmar que otras y que Renzo tiene un bebé de tres meses con su mujer que conoció cartoneando y que la familia de Renzo tiene internas.
—Gracias por frenar loco –se despidió el cartonero-, acá si frenan es para cagarnos a puteadas.

***

La agenda de papel de Martín tiene todas las tardes marcadas de actividades. Por ejemplo, el fin de semana del quince y dieciséis de octubre de 2011 fue así. Sábado: juntó a un grupo de jóvenes y se metió en el corazón del barrio de Lomas de Mariló en Moreno a construir cinco casas. En cada una había algo que hacer: levantar un techo, pintar, conectar electricidad, desinfectar. De una de las paredes bajaban garrapatas como hormigas, los colchones olían a pis y en todos los casos estaba lleno de niños. Martín pivoteaba de obra en obra. Ese día trabajó hasta las diez de la noche. Domingo: se levantó a las siete de la mañana para pensar y repasar la lectura que tenía que leer y comentar en el que sería su primer casamiento. En ojotas, con los pies todavía negros de la jornada anterior y aferrado al librito que decía el paso a paso, casó a una pareja por primera vez. De allí corrió a un entierro a abrazar a una chica de la comunidad que lloraba a su madre muerta. Volvió a la fiesta, brindó con los novios y se fue al barrio a continuar con las construcciones.

—Martín no para. Él no mide su entrega. Tiene una generosidad, existencialmente hablando, que también puede legar a entenderse como omnipotencia. A veces hay que dejar que el otro dé su propio paso –dice uno de los hermanos franciscanos que vive con él en la casa de Moreno.

***

El cuarto de Martín es escueto y húmedo. Se mezclan en un placard destartalado libros, algo de ropa, souvenirs de bautismos, un desodorante, papeles. Su ropa es poca y está remendada o descosida. A primera vista la cama luce rara, flaca. Al tocarla es posible darse cuenta: duerme sobre maderas. Hace siete años que descansa sobre esas tablas.

—En mis experiencias en la calle con la gente me di cuenta que me resultaba muy incómodo dormir en el piso entonces me pareció bueno  ir preparándome el resto del año -dice y muestra tres lonjas de madera, cartón y frazada.

En su escritorio hay libros sobre violencia de género, abuso y niñez y pilas de hojas, planillas, facturas. Es que Martín también es el ecónomo de la casa de Jóvenes, el que se encarga de todas las compras y de administrar los gastos, oficio que aún recuerda de los años en el corralón. Y tiene cuadros. Cuadros pintados para él o por él. En uno está San Francisco y formando un triángulo aparecen las prostitutas y los pobres de Once.

***

Son las diez y media de la noche del once de noviembre de 2011. Hoy, Martín termina sus siete días de vida en la calle. Hasta la plaza llegaron una docena de franciscanos y un puñado de jóvenes para cerrar esta semana de itinerancia. Se ven y se abrazan y conversan sin apuro.

Martín luce dos o tres kilos más flaco y no para de sonreír. Saca cuatro hojas repletas de nombres y las pone sobre una frazada que hace de Altar en una misa que se improvisa ahora en el medio de Plaza Once. Empieza a celebrar y ofrece cada uno de esos nombres, cada uno de esos encuentros de la semana. La imagen en la plaza es, por lo menos, no la habitual: cerca de la esquina de Pueyrredón y Avenida Rivadavia una ronda de hombres con túnicas marrones rezan sentados, cantan, se toman de las manos, se dan la Paz. Una prostituta pasa, se persigna y se va. Un hombre con los ojos rojísimos se tambalea, levanta el pulgar y mira a Martín. Tres niñas –dos nacieron en la calle a metros de la plaza– se sientan en la falda de Martín y de otro fraile y hacen bromas con las capuchas de sus sayales. Y en el medio, la misa sigue.

—¿Qué son ustedes?-, grita uno que pasa.
—Somos franciscanos– dice el más viejo de la ronda y se ríen todos, cómplices.

El nueve de diciembre Martín será por fin el Padre Martín. Se ordenará a sacerdote en Pichanal, en la frontera salteña con Bolivia, donde lo esperan los aborígenes de los que habla cada vez que puede. Ahí, en un paraje abandonado donde muchos sólo ven abuso, pobreza y la desidia de los aborígenes del norte argentino, él ve –al igual que en esta plaza- otra cosa.

H.

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Escenas del infierno, y cada tanto un milagro. Antes del martes eran pobres hasta el extremo. Hoy … hoy ya no saben ni como llamarse. ¿Afortunados? ¿Por haber sobrevivido para vivir en un país que tendrá a más de 80% de la población en la pobreza absoluta? ¿Por seguir viviendo escuchando el llanto eterno de las historias que iban a ser? ¿de las madres sin bebés y los hombres sin mujer?

Los cuerpos brotan como carnes obscenas entre los fierros y los que toda la vida fueron negros se mueren blancos y rojos hasta el pelo y con gusto a concreto en la lengua y con arenilla incrustada debajo de las uñas. Veo el momento cuando tembló la puta tierra y la gente se baja del auto, y corre y para y corre y mira y no hay a donde correr.

“Centenares de miles”, gritan las noticias con voz de castellano neutro que podrían estar hablando de un nuevo shampoo para perro y sonaría igual. “Nos nos olvidaremos de ustedes”, promete el presidente del mundo. “Estoy aquí abajo” escribe alguien por SMS y se salva.

Está cayendo la tercera noche en la que,  como si montara una colorida carpa de circo, las sábanas se clavan a dos palos y se transforman en casas. Las que tienen leche en las tetas la racionan entre sus hijos y los de las que ya no están. Ya casi nadie siente la yema de los dedos ni los dedos. Miles descansan un poco con piedras como almohadas y vuelven a quitar escombros, ahora en la oscuridad. Hago la transferencia pelotuda e inevitable de sentir la muerte del hijo, del amado, de la madre, de la esperanza. Y pienso en todos ellos. Y pienso en ellos dos

Perder

Raquel no ahorra descripciones. Su manera de escribir sobre el dolor no es propia del que no lo ha experimentado. Sus palabras son sal gruesa en la herida infectada. Las imágenes son crudas hasta las náuseas, los sentimientos son propios de alguien perturbado en su esencia.

Justo ayer escuché que cuando un hijo pierde a un padre se llama huérfano, y cuando un conyugue pierde a su amor se llama viudo, pero no existe la palabra que describa a la madre que pierde a un hijo. No me sorprende.

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Mientras Raquel escribe no sólo se tajea ella, hace que al lector no le queda otra que sentirse roto, herido de muerte, que se desangre en el camino, esperando que el tiempo sea el aliciente amigo que cambie algo. Pero el tiempo tarda, tarda tanto. “Perder” no se lee con placer. No se descansa en una sola página. No ofrece consuelo en una sola línea.

Terminé de leer esta novela de 250 páginas de Raquel Robles, y me siento espiada en mis temores más íntimos. La leí alienada mientras caminaba por al calle y lo leí llorando en el colectivo. La leí enojada por las decisiones de ella y por la indeferencia al amor infinito de su marido y la leí con una mano sobre la espalda de mi hijo con un miedo imposible de escribir.

Lo que puede pasar cuando se lee un libro, todavía me cuesta creerlo. Ahora tengo la desazón de mirarlo y ya no poder volver a leerlo por primera vez. Ya no estoy más en Ucrania, ya no siento más el frío de -30 de las calles, ya no siento los brazos y manos huesudas, ya no golpeo la cabeza contra la pared con tal de hacerme el mayor daño posible. Ahora sólo queda un hilo de dolor que nace justo donde termina mi lengua y me recorre y se tensa contra la línea de la cesárea. Ahora estoy huérfana de historia. No, mejor no. Abro dos o tres libros, esperando que alguien me atrape, me salve.

Enero 2009

demasiado SILENCIO HOSPITAL

Si pasás sin prestar mucha atención por Paraguay y Bustamante parece el festejo del Día del Niño, porque el griterío y la cantidad de chicos es realmente increíble. Pero si mirás de nuevo, y te detenés un momento la marea de gente tiene características repetidas. Muchos padres llevan radiografías en la mano. Todos miran alguan receta, algunos cargan hijos con barbijo o con yeso, otros con prótesis, otros deformes. Todos entran y salen del gigante edificio descolorido y en eterna remodelación.

Alcanza con escalar 8 escalones y doblar a la izquierda para sumergirse en un nuevo mundo. Un mundo en el que no saben si hoy es el día hermoso de sol que es, un mundo en el que los padres no tienen apuro por volver al trabajo porque no tienen uno, un mundo en el que se mueven los pobres, esos que están de moda en los diarios y en la boca de políticos, y que tan pocos conocen. Gente sin rostro, que se acostumbró a ser la sombra de lo que proyectó ser, que no se queja y simplemente espera.

Mientras los bebés devoran pezones cansados, se mojan y se cagan, las madres, varias de ellas niñas recién desarrolladas, desbordan las sillas de espera. Amamantan con tetas flácidas alargadas como moluscos y hacen malabares para controlar al resto de los chicos que juegan y gritan en una sala sin lugar, pero todavía se conmueven al balbuceo de sus bebes que cuentan días y todavía ningún mes. Me siento una pelotuda recordando mi obsesión por la marcas de la mamadera y de los chupetes.

No se escucha un llanto de un niño. Se escucha un ruido sostenido generado por decenas de llantos que llegan de todas las direcciones posibles. Por momentos sobresalen algunos desgarradores, otros que sienten el exterior del útero por vez primera, otros de capricho, otros que parecen adivinar los próximos años.

La enfermera hiper-estatal me trata demasiado bien porque me adivina clase media porque me pinté y me puse taco y hasta me pone una silla para esperar a la Dra. que vengo a ver. Al instante atiende a la mujer que hacía fila atrás mío como si emanara olor a mierda y le da un número y le muestra el mar de madres con nenes levantado las cejas.

Cuatro residentes caminan inmunizados al llanto y a todo. Sólo escuchan silencio. Una de ellas le traspasa el jean de marca a la otra con la mirada y se sonríen con toda la falsedad posible. Sentada veo como un médico pelotudo de 22 años se burla junto a una compañera de una madre andrajosa y ahí mismo me quiero morir.

De golpe, una mujer linda, en sus cincuenta, me recuerda que llegué hasta allí por trabajo y se presenta y la saludo y me presento y trato de dejar en la sala de espera mi angustia aunque abro la charla diciendo – Qué cantidad de gente, por Dios -. Su mueca me aclara que es lo cotidiano y me dice que todos los días, hasta los que parecen tranquilos, aparecen dos o tres “casos” que revolucionan a cuanto cristiano vista el delantal blanco.

Cuando la doctora, que es eminencia acá, en Latinoamérica y calculo que en la China también, me habla de sus “pacientitos” le agradezco a Dios su calidez porque no habría soportado alguien que me hable de la enfermedad en la niñez sin una mueca de dolor. Le digo gracias por su tiempo y sin que ella sepa le estoy agradeciendo por lo que eligió hacer con su vida y me pierdo entre las mamás, sabiéndome una con todo lo que eso significa.

Me trepo a mi tren de vuelta y mastico esto y me distraigo en la lectura de mi novela de turno que me tiene volando un poquito. La inercia me lleva hasta casa, espero que encienda la compu y hago pis y mate con segundos de diferencia. Paseo obligada por las noticias y resoplo y me indigno y puteo en voz alta como si cambiara algo y me desquito con un par de líneas en la Web que todos ven. Pero nada de eso es suficiente. Adentro del Ricardo Gutiérrez todo sigue. Adentro, cientos esperan sin queja por las 6 horas de demora. Adentro, algunos médicos honran la profesión. Adentro la mayoría aceptó ser su propia sombra.

Mientras, afuera, gritamos Gol !

Tengo una idea

Tuve una idea. Hace rato la tuve, no se bien cuando pero fue hace unos cuantos meses …. a cierto ya me acordé. Fue en una charla con una persona inesperada que me dijo un par de cosas inesperadas y me dejó, por lo menos, inquieta.

Esta idea me hace sonreír mientras escribo. Es una idea que tiene muchas formas o, para no mentir, es un poco deforme.

A mi idea ya le di muchas de mis horas y hasta generé lo que podría llamar “la antesala de mi idea”. Ni loca le digo Proyecto, mirá si se la cree y se me escapa de las manos. Es una idea, mi ideita.

Creo querer concretarla con mucha intensidad, pero también creo que me siento incapaz por momentos. Tengo un sinfín de excusas para no seguir moldeando su barro y dos razones para perseguirla. Creo en ella. Y además me acelera los latidos.

Tiene los condimentos picantes para tenerme bien erguidita sobre mi silla. Me interesa tanto que me tuvo 8 minutos mirando los azulejos pintados de la cocina quieta como un palo. Mi idea tiene tantas partes que me exceden que no quiero pensarlo.

Mi idea me apasiona y me da pavura. Me apasiona porque quiere contar historias. ¿Acaso no es eso lo que quiero hacer desde siempre? Mi idea tiene una excusa, una buena excusa que me permitiría contar esas historias.

Realmente creo que es una buena idea. Conlleva una serie de decisiones, de renuncias, de encuentros y desencuentros que estoy empezando a escribir para evaluar. En calma. ¿En calma? Como si supiera lo que es eso.

Hoy me arde mi idea. Me emociona. Me hace agitar las manos como una loca mientras escribo y agradezco que nadie me vea.

Creo que llegó el momento. Me da cosa en la panza. Quiero hacer lo necesario para que ella Sea.

No es lo mismo

Dicen que ponerle nombre a los cosas, nombrarlas apenas, las cosifica, las hace concientes. Bueno, entonces nombro esto, lo escribo acá, en este papelito que es sólo para mí y que engrosará mi caja verde con pintitas violetas de papeluchos y me lo saco un poquito de encima.

Siempre digo igual cuando me preguntan- Se murió en su ley. Su murió como vivió. Me encojo de hombros y arqueo un poco las cejas y la boca y justifico rápidamente la ausencia honda.

En casa siempre tuvimos que llegar a los extremos para recordar que nos importamos los unos a los otros. Las internaciones fueron siempre grandes momentos de comunicación, porque cuando en una familia está internado alguien por un largo tiempo, ponele, 4 o 5 meses es como si todos fueran un poco pacientes.

No es el enfermo el que se desmejora, por el contrario, mientras él come, se nivela en sus valores de azúcar, caga a diario con chata y todo, el resto se enferma.

Se empobrecen en el intento fallido de darle una “alegría” comprando revistas o regalos que no va a usar. Fallan a sus citas cotidianas que siempre coinciden con los horarios de visita del hospital y cuando el enfermo pregunta por “tu vida” asegurás que tenés el día completamente despejado y que te quedás en el hospital porque no hay nada mejor que hacer.

Capítulo aparte para las noches. El enfermo no duerme porque tiene culpa del que lo vino a cuidar y duerme en el piso. El que duerme en el piso no duerme por cuestiones obvias. Y el compañero de pieza no duerme porque no puede tirarse un pedo en paz porque hay un familiar cuidando a su compañero de cuarto.

Vale la pena, igual. Digo, esto de quedarse, de permanecer hasta que el enfermo o se cure o se muera. ¿A donde más se puede estar si la persona querida está internada esperando una operación de “esas”? He intentado estar en otro lado, pero te arde el cuerpo por estar oliendo los restos de la comida del hospital o la lavandina que recién higienizó la habitación.

Entonces, sólo después de estar, de permanecer, el milagro puede pasar. Entonces lo que no se logró en 24 años puede pasar en 5 meses. Podés recibir una caricia de una mano congelada por la falta de circulación, pero que te queme la piel. Podés gastar horas riéndote de chistes y anécdotas que pensaste oxidadas pero que estaban empolvadas nomás. Podés compartir tiempo. Horas. Horas largas, de contemplación y compasión que curan el corazón sin muchas palabras, porque en el gesto de cambiar una venda a un pie podrido con olor a podrido y color podrido, y en la mirada del que recibe los cuidados se dice lo indecible.

Y pasa. Y saludás sin lágrimas en el velatorio, y te ahogás en llanto en la intimidad de la pareja, y respirás hondo y le das para adelante. No es lo mismo. Es mejor así. Entonces te encontrás agradeciendo una enfermedad y todo pasa a ser relativo. Hasta la muerte, que de algún modo y quizás como única manera posible dio Vida.


Heading to rosario

Son las 12 y quedan 4. La emoción me dura 6 minutos hasta que veo 3 sandwiches de miga a 15 pesos. No cené y no hay opción. La opción 2 es de mila y a 19, de lomo de exportación debe ser. La opción 3 no es opción porque como o como. Acá las teles se alimentan con monedas y te devuelven a Tinelli. Todos se rien. Los cirujas que viven en ese asiento y los dos nenes de campo que se sientan por medio segundo en ese asiento. Como, trago bruta y nadie me mira. Porque nadie mira acá.

Es la 1 y quedan 3. I wish a had the world wide web. Mi compañero tiene 68 y huele a 75.Viste deportivo de pe a pa. Si viviera en buenos aires iría al gimnasio de la YMCA y hablaría de viagra. Pero vive en córdoba calculo. Leo por primera vez lo que debo cubrir y leo palabras como nitrato, fósforo, fertilizantes y soja y me aburro hasta el infinito y lo guardo. Mañana veo.

Es la 1.15 y se desempañan por fin los vidrios, se acaban las luces de los costados y la pantalla de lcd se zarpa de blanca. Cada 5 levanto la vista y respiro hondo. Y disfruto que no puedo hacer mucho más que esto. Bostezo varias veces con la certeza terrible de que nunca en 29 años dormí en un micro. Pienso en muchas cosas que no puedo escribir. Mejor freno. Y pienso.

Son las 3.39. Algo pasó. Porque mucho no pensé y ya estamos. Dormí. Cogoteo ansiosa entre las fundas amarillas y veo un boulevard hermoso y cientos de faroles que iluminan una calle que no termina. Casitas y árboles como los de cualquier otro pueblo. Un monumento como el de ningún otro pueblo. Ahora un monoblock que podría ser Dock Sud pero es acá. Otro boulevard y decenas de árboles sin otoño.

Son las 4.30 y en vez de dormir leo lo que subió un amigo a su blog sobre su hijo y quiero abrazar al mío hasta que tosa como le hago siempre y me dice “una vez más” cinco veces seguidas. La bañera me tienta a baño larguito, pero la cama gana hoy. En 3 horas es mañana y yo soy periodista de agro, con grabadorcito y tacos incluídos. Posteo desde la cama para dos sin vos en vez de dormir. Estoy sonriendo desde hace media hora.

en plaza once esperamos el 129

En plaza once somos todos feos. No tenemos dentaduras blancas, ni calzados de cuero. En plaza once hablamos solos y es lo normal y el que pela una blackberry es un demente. En plaza once juntamos hijos y los distribuimos entre la cadera, las dos manos y el vientre. En plaza once la fecha de vencimiento está siempre vencida, las calzas negras nos ajustan y las monedas son pepitas de oro. En plaza once lloramos solos, y leemos los carteles de lo que no podemos comprar, y compramos un Barney deforme a13 pesos que valía 18. En plaza once estamos seguros que pasarla mal es ley y ya casi no nos quejamos. En plaza once los valientes clavamos paty y los desquiciados chori. En plaza once todos ganamos 1400 pesos de los que 500 vienen en negro. En plaza once nos tomamos el 129 y vemos que los de plaza constitución están peor. En plaza once tenemos las manos ásperas, el bolso lleno de herramientas y nos acomodamos el corpiño sin disimulo. En esta plaza a los nenes los arrastramos cuando se apura el rápido a La Plata y pateamos a los perros sobrados de huesos. En plaza once estamos a más de una hora de casa. En esta plaza estamos resentidos y no necesitamos excusas para mirarte así Qué fuleros somos en esta plaza. En plaza once nunca pisamos pasto pero siempre escupidas frescas. En nuestra plaza llevamos la mochila adelante y cantamos Aleluya hermano. En nuestra plaza el olor es el pis seco y de días. En la plaza estamos siempre pasados de pan y de ojos inyectados. En plaza once somos todos feos.

La noche de lo de alfonsín.


Había pasado la última hora en un barcito de Avenida de Mayo con una Quilmes chiquita y la compu anotando las palabras claves para hablar sobre el Virus Confliker, sobre un Hotel Helicóptero y sobre unos talleres de internet para ONG´s muy interesantes, entre otras cosas. A las 20.35 llegué a la radio y una vez en el estudio volví a mirar mis temas, me senté, me calcé los auriculares y escuché el final de “Competencia”. Mientras fueron llegando uno a uno mis compañeros.

10 minutos antes de salir al aire llegó la noticia. El conductor entró al estudio y todos discutimos brevemente cómo se desarrollaría el programa que por supuesto tendría como eje al ex presidente. Lo que todavía no sabíamos era que el programa nos iba a hacer a nosotros y no nosotros al programa. Sonó el pito ese típico de radio AM indicando las 9 de la noche.

Saludamos con todo aplomado, así estábamos. Sin preparar nada y sin ninguna indicación previa estábamos todos en sintonía. Empezaron a sonar los discursos del 83, llegaron los primeros mensajes de oyentes y nos sumergimos de lleno en una noche con las emociones sobre la mesa.


Entonces salieron al aire, De la Rua, Solá, Gil Lavedra, Laguna, y un montón más. Habló Cristina, Cobos, Néstor y por algunos segundos parecía que el diálogo era patrimonio de los argentinos y eso también me emocionó. Llegó el invitado del día Juan Manuel Tenuta, que con grandeza y respeto se sumó al recuerdo y dejó las risas para otra visita.

Las columnas de Medio Ambiente, Política, Humor, Tecnología, Espectáculos e Historias de Vida se desvanecieron una a una y en vez de ellas llegaron los recuerdos que cada uno dijo como pudo. Uno se animó a escribir un poema y lo leyó al aire y nos dejó a todos atragantados. Otro se fue a la calle a buscar lo que le decía la gente ahí en la avenida Santa Fe, otro se dedicó a asistir a cada uno del equipo y enriquecer la información que iba llegando. Otros nos volcamos a bucear que pasaba en internet. Yo me di el gusto de nombrar a mi papá, un alfonsinista acérrimo y recordé su alegría en la democracia.

El conductor nos pidió perdón varias veces porque no habíamos podido desarrollar nuestros temas como si hablar de cualquier otra cosa hubiera sido posible en una noche donde los oyentes se volcaron masivamente a hacer catarsis por mail y por teléfono.

Terminó el programa. Uno de nosotros dijo que funcionamos como una pyme familiar que se reacomodó en 5 minutos a merced de lo dictaba la actualidad y me gustó mucho su mirada. Fue un programa intenso, rico desde la información y bueno desde el compromiso profesional. Me subí al auto a las 12.30 y le dije a mi marido – Tengo un pico de excitación periodística. No sabés lo que acaba de pasar ahí adentro -.

Creo que anoche vivimos algo de lo que vamos a hablar en mucho tiempo. Conocí al equipo de una manera diferente, superadora. Me siento muy afortunada de poder formar parte de algo así.

Hacia rutas salvajes II

Desde que empezó esto, cada vez que se ven procuran vivirla como si fuera la última. Porque en cualquier momento es la última, entonces no hay que reservar nada para el próximo encuentro. No dejan un centímetro de sus cuerpos sin recorrer, sin oler, sin disfrutar. Gozan recibiendo cada caricia pero más todavía dándola. Porque de eso se trata.

Laura carga energías y se va riendo. Y el buen humor le dura horas largas, casi tantas como el temblor que le queda en las piernas de moverse tanto arriba de semejante mole. Juan El Pequeño desconecta rápido, el muy hijo de puta es encantador y con eso le alcanza para llegar al final del día sin hacer mucho trabajo. Le bastan dos frases, entre inteligentes y desalmadas, para convencer a cualquier cliente y venderle todo el humo del mundo junto.

Laura está flasheada con la montaña. Se quiere ir a vivir allá. Salta de la cama y se empieza a vestir con la naturalidad de alguien que acaba de terminar una visita a la depiladora y le comparte a su amigo las ganas de irse de una vez. Juan El Pequeño apenas la escucha y le escanea el cuerpo y dice – Que lindo lomito que tenés – mientras le acaricia la mejilla. Ella sigue con su monólogo pero se regocija en el piropo. Quien no.

Juan El Pequeño le ofrece una seca que a Laura la tienta pero que rechaza en pos de su compostura. En 15 minutos va a estar detrás del mostrador de la farmacia donde trabaja hace 10 años. Le gusta el laburo, la gente, poder dar algunos jabones gratis por día a las decenas de chicos que piden, disfruta del consejo de que remedio si, de que remedio no.

Laura camina hacia el baño horrible de Juan, se mira en el espejo, se peina, se lava la cara como intentando sacarse dos horas de sexo de encima. No, no de sacarse sino de esconderlas. Él no filtra lo que le pasa por la cabeza y dice guarangadas que a Laura le divierten porque las dice él, pero son una reverenda catarata de guarangadas.

Se echan una mirada de amigos. Se agradecen el momento. Y se despiden sin saber si es hasta dentro de 6 días o hasta siempre. Es que en realidad no importa.

Laura viaja en bondi. Tiene 10 pesos en la billetera hasta el viernes. Piensa en cómo dividirlos y calcula dos paquetes de puchos y dos barritas de cereal. Canta para adentro Manu Chao, asoma su cabeza por la ventanilla roñosa del bondi y no necesita nada más para declararse Libre.

Juan El Pequeño viaja en taxi y propinea siempre. Boludea con su teléfono inteligente, le juega una pulseada a un par de fantasmas y se la gana. Se alegra de la amistad que tiene con Laura y apunta un par de frases graciosas de ella y se vuelca de lleno a la charla evangelizadora PRO con el tachero modelo Radio 10.