Atardecer

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No hay frontera en el cielo. El espacio se extiende infinitamente en continuas bandadas de pájaros que migran.

La brisa pasa tímidamente entre nubes y roza sentidos perdidos entre brumas atardecidas.

Nada parece cierto. No hay realidad que sostenga la maravilla del oxígeno y el viento.

Árboles en fila a los costados de la ruta en perfecta sinfonía de hojas, observan vigilantes el paso de los viajeros. Cáscaras de semillas corren entre los sembrados y escapan hasta golpear contra la velocidad del vehículo en movimiento. Música del campo abierto.

El sol cae en telones rojos y naranjas. El horizonte espera sigiloso a la noche, en puntas de cielo.

El hacedor de palabras

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Locutor, periodista, hombre de la radio y la televisión. Todo eso, pero también más. Un vecino de Villegas. Un personaje de Buenos Aires, un hombre del mundo.

Antonio es un hablador, una voz cálida repleta de matices que nos identifica, nos sostiene y nos define.

Toñito, Tony, Antonito, Tonito, Tono, Flaco, Lungo o Peladilla. Maestro de locutores. Partenaire de Borges, Tita, el Polaco, Don Ata o Diego Maradona.

Antonio tuvo el don de navegar los extremos. Saltó de la propaladora del pueblo a los micrófonos de Radio Rivadavia. Las discusiones por los exabruptos del Contra y la búsqueda permanente de su aureola, como él llama a eso especial que hay en cada ser humano.

En su biblioteca conviven incunables, fotografías, cartas, retratos, carátulas, portadas y recortes de revistas, que se mezclan con el perfume de las magnolias de la casa de Doña María, que invadían la sala mientras Hartmann y Beethoven aparecían entre sus dedos y las teclas del piano. Y casi como en un descuido mentiroso, las ligó a Proust, porque sabe que un aroma, un color o un sabor pueden despertar infinitas metáforas.

Según Antonio, el hombre se explica sociológicamente por el barrio, por quiénes fueron sus padres. Se explica genéticamente por dónde viene y cómo es su raza, como los caballos de carrera. “Yo me puedo explicar a mí mismo, explicándome Villegas. El chacarero que hay en mí ha evitado que cayera en algunas trampas de la farándula y de la gran ciudad”, reconoció alguna vez íntimamente.

El hombre detrás del micrófono tiene la habilidad única de unir en un mismo relato, la emoción del recuerdo de Amadeo Carrizo entrando con la Copa de las Naciones  al estudio de Sábados Continuados, con la forma que Ricardo Güiraldes utiliza para describir el momento en el que entra al boliche Don Segundo Sombra.

Apasionado por el fútbol, pasó por la Tribuna Caliente para hablar de Menotti, del mundial, de Maradona, de Distéfano o de San Filippo, y ocupó cientos de veces una mesa en el club, para hablar del Eclipse del 42, el Atlético del 32 o el Sportivo del Pibe Lus.

La riqueza de Antonio abarca el nacimiento arrabalero del tango, desde las primeras composiciones hasta La cumparsita, desde las guitarras robadas al flamenco hasta el bandoneón de Arolas, desde la maestría poética de Homero hasta la magia extraordinaria de Troilo y Piazzola.

Antonio fue amigo de la persona, no del mito, de Pichuco antes que de Troilo, del Polaco antes que de Goyeneche. Muchos lo admiran por su carrera, otros lo recuerdan como presentador de aquellos bailes de carnaval con orquestas populares y otros como el pibe de 22 años que salió de Villegas con la convicción de que no basta con querer, sino que hay que trabajar duro en lo que se quiere. Mover la pieza correcta, estudiar la jugada, resistirle con el peón a Fischer o provocar un jaque mate sobre el tablero del barrio.

Azul y amarillo, combinados y en franjas. Los guisos en invierno, y chorizos a la parrilla en cualquier momento. Las camisas, los pañuelos, la boina de Vigo y los pijamas. Y el verano por los caminos de tierra de la Pampa, adonde trajo sus autos importados a contaminarse de su paisaje.

La voz de Antonio, desde la luz del día o la profundidad de la noche, seguirá hablando, porque ya ha trascendido su propio sonido. Recibimos de legado parte de sus recuerdos que nos llevan hasta la laguna del parque, para cazar ranas con cañas de pescar inventadas con hilos y trapitos rojos. Antonio está, como Funes el memorioso, no sólo en cada hoja de cada árbol de cada monte, sino en ustedes, en nosotros, en todos.

LAS SEÑALES

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Dicen que la vida tiene cosas que no pueden explicarse y aunque intentemos encontrarle la vuelta, no hay caso. Es mejor así, no hay que racionalizar todo. La vida tiene mediavueltas, como el resto de las cosas, como nosotros mismos. Y en una de esas mediavueltas en que a veces, nos sentimos perdidos, aparecen señales.

A veces son señales nítidas, como esculpidas en memoria y otras veces son tan tenues que si vamos por ahí distraídos, se nos pasan por alto.

Estamos tan acostumbrados a ver con los ojos abiertos, que nos olvidamos de lo que pueden lograr las sensaciones. Puras sensaciones. De esas que se generan en un trazo, en una nota, o en un par de letras que en ocasiones ni siquiera logran formar una palabra.

Pero están. Y nos esperan para que no nos perdamos en esas mediavueltas que damos todo el tiempo. Tampoco importa demasiado encontrar una explicación, pero lo verdaderamente importante es que esas señales no nos sorprendan sin una piedrita en el bolsillo.

Ya sé, dirás por qué una piedrita. Una cualquiera. Puede ser blanca, rojiza, verdosa, azulada o negra. Todo empezó cuando era muy chica y me costaba dormir de noche. Tenía pesadillas y me daba miedo cerrar los ojos. Me había acostumbrado a dormir con la luz del pasillo prendida porque la oscuridad me atemorizaba.

Un dia, mi papá, que era un tipo especial, me regaló una piedrita. Chiquita, común, de esas que hay miles en la calle. Pero me la puso en la mano y me dijo: “Las piedras son mágicas. Tienen poderes especiales. Y quitan miedos. Porque dentro de cada piedra está guardada tu luz y entonces ya no importa si hay oscuridad. Cuando la luz se apague esta noche, vas a ver brillar la piedrita como un foco encendido. Y vas a sentir que ya no tenés miedo”.

No sé si fue la piedrita o las “pastillitas para no soñar” que me daba mamá, un placebo engañoso de sacarina, pero esa fue la última noche que tuve miedo. Desde ese momento y por el resto de mi vida, cada vez que me siento triste o me asaltan esos miedos que tenemos los grandes (que suelen ser peores que los que teníamos de chicos) entonces, me aferro a mi piedrita, porque ella guarda la luz de mi corazón cuando se me apaga.

A lo mejor, hoy te hace falta una piedrita. Buscá una, una cualquiera y quizás descubras como yo, cuando crecí, que esa misma piedrita tenía otro cometido que mi papá no pudo decirme a mis 6 años. Esa piedrita te permite llegar al cielo. Y volver tantas veces quieras.

Que sea una excusa

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Sí, que este último día del año sea una excusa para abrazar a los que nunca te animás, para besar a los que sienten vergüenza porque ya son grandes, para llamar por teléfono a quienes extrañás, para recordar con amor a los que ya no están, para corretear detrás de una bengala como si fueras un chico, para tomar esas copitas de más que nunca te permitís, para olvidar malos recuerdos, para comer turrón de Jijona, para esperar la madrugada despierto y para respirar profundamente, llenando los pulmones de aire fresco aunque haga calor. Y exhalar despacito, dejando que el corazón repique acelerado y el alma descanse.

Que sea una excusa para lo que tengas ganas de hacer, de decir, de pensar. Que sea una excusa para sentirte absolutamente feliz de estar vivo.

Feliz año nuevo para todos. Y no olviden desear con toda el alma.

Celina
31 de diciembre de 2013

Qué es el amor

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Qué es el amor. El amor es una sensación tan abstracta que a veces nos atraviesa profundamente sin que nos permita notar su presencia. Pasa por nosotros invisible, impalpable, silencioso.
Hasta que un día, el aire nos provoca un escalofrío, un espacio helado que delata un vacío que no se ve.
Ese es el amor distraído, el que no se espera, se cansa y pasa de largo.


Pero hay amores universales, amores que no se mudan, amores que no cambian, amores que no se vencen. Amores que permanecen más allá de la vida, amores inmortales que se quedan entre recuerdos, bajo las letras escritas en papeles amarillos, entre los eslabones de una cadenita oxidada o impregnado en un trozo de tela con antiguos aromas a pieles añoradas.


Qué es el amor. Eso es el amor.
Lo que queda cuando todo lo demás ya no está.


Postal de un atardecer

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Comienza el viaje. Apenas andados un par de kilómetros, el día empezó a desaparecer. Cada tarde una obra de arte se crea en lo más alto, delante de nuestros ojos. Todos los colores, acompañan los sonidos del aire. No hay frontera en el cielo. El espacio se extiende infinitamente en continuas bandadas de pájaros que migran.

La brisa pasa tímidamente entre nubes y roza sentidos perdidos entre brumas atardecidas. Nada parece cierto. No hay realidad que sostenga la maravilla del oxígeno y el viento.

Árboles en fila a los costados de la ruta en perfecta sinfonía de hojas, observan vigilantes el paso de los viajeros. Cáscaras de semillas corren entre los sembrados y escapan hasta golpear contra la velocidad del vehículo en movimiento. Música del campo abierto.

El sol cae en telones rojos y naranjas. El horizonte espera sigiloso a la noche, en puntas de cielo.

In Roma. 4861

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Lo hizo con insolencia, con displicencia. Un cronopio mezcló las letras de una carta que dormía, desde hacía años, en un rincón oscuro del cajón de un viejo escritorio.

El tiempo había ido acumulando en su interior,  varios sobres de remitentes desconocidos, un broche oxidado, una pluma reseca, un frasco de tinta negra que nunca llegó a usarse, un trozo de lacre, un sello de bronce con dos iniciales olvidadas, una cinta amarillenta y un boleto capicúa.

Leo, releo, repaso con la punta de los dedos las líneas que aún se dejan ver y trato de descifrar los anagramas, pero no encuentro recuerdos.

In Roma, comienza la carta. Los números que podrían determinar la fecha también fueron mareados por el mismo cronopio que intenta cuidarme de algunos espacios ocultos de mi memoria.

4891. Separo la cifra. Combino los números. No encuentro una lógica en ninguna de mis vidas.

Las letras corren sobre el papel amarillento, varias veces plegado y escrito con tinta azul. ¿Quién se esconde detrás de las palabras? ¿Quién habrá dibujado alguna vez la a, la de, la ele? ¿Por qué escribía, para quién?

El día ha oscurecido el cielo tras la ventana y la noche se asoma despacio, cubriendo en sombras el principio de la carta.

La luz de la lámpara titila de a ratos y me distrae. Son segundos perdidos que se escapan de la medida del tiempo. Instantes que quedan atrapados entre la luz y la oscuridad, como en mi memoria. In Roma. 4861. Y no hay un solo indicio entre mis felicidades.

La luz se apaga. La noche cae. Renuncio al recuerdo. Cierro el cajón. Me despojo al fin de esa carta.

Ensayo palabras

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Ensayo palabras. Garabateo un par. La inspiración se acaba de congelar en este día gris del invierno.

La ventana me deja ver una calle reconocida, que aprendí de memoria durante toda mi vida.  Mi enorme escritorio ocupa la mitad de esta habitación que solía ser el comedor de la casa de mis abuelos. Acá solía tomar la leche con tostadas sentada en la cabecera de la mesa, mientras el abuelo le echaba agua caliente al radiador del auto, que sufría las heladas de julio.

A mi derecha, el hueco de la escalera hacia el segundo piso, la casa de los tíos Helena y Mario. En este lugar pasé gran parte de mi infancia y de mi adolescencia. Y más aún. Aquí también estuve con mis hijos cuando volví a Villegas y volví, después de algunos años, a instalar mi estudio.

Por este lugar pasaron también mis amigos. Los de antes, los de ahora, los de siempre. Los que se animaron a seguir mis locuras creativas y los que se pararon firmes, a frenar alguna tontería.

Me cuesta seguir. No quiero ser reiterativa. He contado infinidad de veces anécdotas graciosas, reveladoras y emotivas que involucran a las personas que quiero. Hoy quiero escribir algo diferente, algo que intente decir lo que realmente me pasa cuando me refiero a esas personas que revolotean alrededor a lo largo de los años. Esos que me dibujaron alas, o me ayudaron a batirlas cuando creí haberlas perdido. Esos que se enojaron ante la estupidez o se entristecieron ante el error. Esos que pudieron ver más allá de lo visible para perdonarme.

Mis amigos tienen nombre. En la lista hay amigos con casi todas las letras. Con cada uno de ellos hay un recuerdo guardado en algún papelito. En mis papelitos de memoria. Hay papeles amarillos, arrugados, desprolijos, pintados, planchados, perfumados.

Uno de los papeles tiene un dibujo. La caricatura de una mujer con un micrófono en la mano firmada por Miguel. El otro papel tiene una frase. A la vida hay que darle color.  Así cantaba Carla moviendo los brazos frente a toda la clase. Para ellos habrá un abrazo de cielo.

Mis amigos completan esa parte de mí que jamás se vence, y sale a bailar a la calle descalza una noche de lluvia.

Ensayo la última palabra. Amistad. Sonó bien.

1461 días sin vos

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Hace cuatro años a esta hora, habías bajado para preguntarme qué le gustaría a Nicolás que le regalaras para el cumpleaños. Y me relataste con detalle toda tu conversación con él.

Subiste la escalera corriendo, como siempre, y como siempre también, olvidaste la billetera sobre mi escritorio.
Tac, tac, tac, tac sonaron por centésima vez los pasos sobre los escalones de granito negro. Tu cara sonriente en el vidrio de la ventana del frente y tus señas de eterna distraída.

En la casa de arriba, había olor a verduras hervidas. Es que mañana comeríamos pastas y esta noche, el tío Mario tenía que cenar livianito.
Todo estaba igual que siempre. El invierno no le hacía cosquillas a tu insolente salida en bicicleta para hacer los mandados, y mañana era día de cobro de tu jubilación, por lo que el recorrido iba a ser largo, hasta pagar todas las cuentas del mes.

Me dejaste una caja de té de frambuesa (que sabías me gustaba) y un caramelo de leche que te habían dado de vuelto.
El tío Mario estaba arriba, pegado a la estufa, riéndose con algún programa de televisión, hasta que se hiciera la hora de ir a la cama a escuchar buena música en la radio.

Hace 4 años, en un día igual al de hoy, la casa de arriba estaba llena de sonidos, de olores, de vida.

Mañana no voy a hablar de vos, porque mañana no quiero recordarte. No quiero pensar en el golpe sordo que me hizo correr por las escaleras, del grito del tío Mario y vos, tendida en el suelo. Respirame -te pedí- respirame de nuevo. No me dejes sola, no te vayas por esa boca de tormenta que ya me quitó tantos atardeceres. Sístole de la diástole. Pero tu nuca irresucitable no respondió, no quitó las culebras malditas que treparon hasta vos.

Hace 4 años estabas acá. Estaban acá. Llenándolo todo. Ocupando nuestras vidas. Viviendo. Dándonos felicidad.

4 años. 1461 días sin vos. Tía. La tía Helena. Mi tía. Un poco también mi mamá. La que siempre estuvo, la que nunca faltó. La que se fue sin molestar, sin avisar.

Llegué tarde otra vez y me cuesta perdonármelo.
1461 días sin vos. Ya no estás.


Eliseo Subiela, el artista de la metáfora

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Anoche volví a ver El lado oscuro del corazón, la película que Eliseo Subiela realizó como una especie de homenaje a Oliveiro Girondo. Casi como una adaptación libre y fotográfica de los poemas de este vanguardista.

Aunque en la película Eliseo también hace uso de varios versos de Benedetti y de Juan Gelmán, me resulta imposible despegar a El lado oscuro de Oliverio, casi como si uno no pudiera saberse sin el otro.

Muchas veces he leído a Girondo mientras viajo o cuando aprovecho días de lluvia o bajo la sombra de una tarde de sol, y siempre he tenido la misma sensación. En cada verso de sus imaginados poemas, las imágenes de El lado oscuro aparecen ante mí como un continuo e infinito deja vu en blanco y negro.

Han pasado muchos años desde 1992 pero recuerdo con detalles ínfimos el día que ví la película por primera vez. Mis hijos eran muy chicos y yo apenas una veinteañera, pero ese día comprendí que la poesía no es sólo patrimonio de las palabras.

Si nunca más volviste a verla, o si por tus pocos años nunca lo hiciste, háganle play. Y seguro les pasará como a mi. Ese día admirarán por siempre a este artista de la metáfora que sabe como nadie jugar con los sonidos y los claroscuros. Ese día aplaudirán de pie, desde el living de sus casas a Eliseo Subiela. Al maestro.