Anoche volví a ver El lado oscuro del corazón, la película que Eliseo Subiela realizó como una especie de homenaje a Oliveiro Girondo. Casi como una adaptación libre y fotográfica de los poemas de este vanguardista.
Aunque en la película Eliseo también hace uso de varios versos de Benedetti y de Juan Gelmán, me resulta imposible despegar a El lado oscuro de Oliverio, casi como si uno no pudiera saberse sin el otro.
Muchas veces he leído a Girondo mientras viajo o cuando aprovecho días de lluvia o bajo la sombra de una tarde de sol, y siempre he tenido la misma sensación. En cada verso de sus imaginados poemas, las imágenes de El lado oscuro aparecen ante mí como un continuo e infinito deja vu en blanco y negro.
Han pasado muchos años desde 1992 pero recuerdo con detalles ínfimos el día que ví la película por primera vez. Mis hijos eran muy chicos y yo apenas una veinteañera, pero ese día comprendí que la poesía no es sólo patrimonio de las palabras.
Si nunca más volviste a verla, o si por tus pocos años nunca lo hiciste, háganle play. Y seguro les pasará como a mi. Ese día admirarán por siempre a este artista de la metáfora que sabe como nadie jugar con los sonidos y los claroscuros. Ese día aplaudirán de pie, desde el living de sus casas a Eliseo Subiela. Al maestro.
Hay tardes en que saldría a encontrarme. Buscaría a la vuelta de la esquina de la casa del abuelo, donde podía imaginar mis alas y me atrevía a volar, para caer después en planeos muy lentos sobre el jazmín de la tía Helena, en medio de las sonrisas de ambos. Era tan fácil despegar los pies del suelo…
Hay tardes en que saldría a encontrarme. Recorrería Vieytes hasta Pringles por esa veredita angosta de dos baldosas, que me servía de rayuela improvisada en las mañanas heladas de julio, camino a la escuela. “Cuidado negrita, te vas a ensuciar”, deslizaba mamá, mientras sujetaba mi mano con sus dedos blancos de frío. Las baldosas flojas hacían charquitos de barro y en líneas muy finitas se escapaban por entre el pasto hasta la cuneta.
Hay tardes en que saldría a encontrarme. Abriría la puerta del negocio del tío, prendería la luz con las llaves escondidas tras los estantes y volvería a mirar todo, una vez más. Los discos de vinilo colgados, con sus tapas maravillosas. Los equipos de música, los autostereos Kenia para magazines y el mostrador de madera detrás del cual dibujaba miradas reconocidas y escribía los primeros versos de amor.
Hay tardes en que saldría a encontrarme. Volvería a subir al auto de papá. Siempre enormes los autos de papá. Lo observaría otra vez al volante y aprendería nuevamente a manejar a los doce años en un Fairlane bordeaux con techo de vinilo negro. Y entonces no volvería a tener miedo, nunca.
Hay tardes en que saldría a encontrarme. Me sentaría otra vez en la falda de Rodolfito para que me hiciera caballito y me apuntara con el dedo, rozándome apenas la mejilla, tras lanzar una carcajada. Jugaría a las escondidas con mis hermanos y mis primos en la casa de Vito para sabernos otra vez todos juntos, sin todas las miserias, prejuicios, resquemores y ambiciones que nos imprime el crecer.
Hay tardes en que saldría a encontrarme con la abuela, con su aroma a perfume francés, con su té por la noche y el pijama al lado de la estufa para que estuviera calentito antes de ir a la cama. Hay ruido a la abuela Carmen aún en su habitación, hoy convertida en mi estudio de fotografía. El piso de madera se queja al pasar. Cric Cric. No son sus pasos.
Hay tardes en que saldría a encontrarme. Me buscaría en tus ojos. En la necesidad del primer amor, en las primeras caricias al atardecer, en las esperas en el banco de la estación hasta que la puerta se abriera dejándote salir. La despedida. El primer dolor.
Hay tardes en que saldría a encontrarme. Saberme la misma, reconocerme, reencontrar mis sueños perdidos en todas las calles. Llegar a la ruta y continuar sin cansarme. Despertar otra vez a mis hijos y verlos dormir con el dedo en la boca, con los rulos despeinados y el pie fuera de las sábanas. Tener por un segundo el poder de volver hacia atrás para ser más valiente y defender la vida que se me escapó por miedo, y verla llegar a casa.
Hay tardes en que saldría a encontrarme. Enfrentarme y decirme calmadamente, con los ojos llenos de lágrimas, que soy feliz. Que a pesar de todas las marcas que me adivino bajo la piel, y por esas que decidí marcar sobre la piel para no olvidarlas, a estos casi cuarenta y seis que estrenaré en unos días, mantengo intacta la porfía de vivir.
La mitología asegura que para que el Fénix renaciera de sus cenizas primero debía consumirse en una gran llama de fuego rojo. Algunas creencias decían que era el espíritu del sol, que muere por las noches y renace en la mañana. Otros, como el griego Herodoto, aseguraba que cada 500 años, el Fénix se consumía, y en su lugar aparecía un gusano que representaba la llegada de un nuevo pájaro de alas de fuego.
Lo cierto es que este animal fabuloso, con orígenes en los desiertos de Libia y Etiopía, a veces vive dentro de mí.
Ya lo dijo hace años mi querido Dr. Roberto Lede, cuando me aseguró entre sonrisas tras superar un momento difícil: “llevás el espíritu de un Fénix”. Y puede ser cierto. O no. Lo cierto es que a veces suceden cosas que nos hacen morir, que nos consumen en un fuego muy rojo, para luego salir fortalecido y casi invencible. De caernos y de levantarnos. Con las rodillas peladas y el corazón entre las manos, pero dispuestos a dar pelea.
Por eso, vuelvo al cambio. Externo, interno, profundo y superficial. Más allá y más acá. Con espacio para más cicatrices que volverán a sanarse. Porque la vida es una rayuela, y nunca volvemos al casillero de atrás, aunque tengamos la pierna cansada de hacer equilibrio.
Así que allá vamos. Es un primer paso. La primera casilla de esta rayuela, la número uno, la que me hace levantar un pie mientras sostengo entre mis dedos la piedra más brillante de mi colección.
Quizá sea mañana
cuando te atrevas
cuando te rebeles
cuando te decidas.
Quizá sea mañana
cuando abras tus alas
cuando mojes tus plumas
cuando dibujes un sobrevuelo.
Quiza sea mañana
que lances la carcajada
retenida
escondida
ahogada.
Quizá sea mañana.
Hoy no valió el riesgo
de ser feliz.
17 de junio de 2011 - Estación de General Villegas - Foto: celinafabregues
Cuando el convoy, a veces azul y otras gris, ya había partido del andén, las orillas de las vías zumbaban quejas de hierro.
¿Cuántas veces vieron llegar esos trenes que traían a caseríos casi perdidos, toda su lejanía de rostros añorados en sus entrañas? Su arribo lento a la estación hacía cosquillas en las manos de quienes esperaban.
Lo que hacía más largos los viajes era la llegada. La campana de bronce hacía sonar sus lados junto a la bocina del tren, que parecía turbarse al sentir la proximidad de un pueblo. El viajero, frenético por volver, se llenaba de una ansiedad melancólica, que lo aflojaba por un lado y lo enervaba por otro.
En vez de apresurarse y acortar las distancias, la locomotora, como una afilada tijera, se negaba al final de la aventura y espantaba piedras que estallaban entre los rieles. Y entonces, toda esa vorágine del viaje, se inmortalizaba en la lentitud del arribo.
Del primer vagón bajaba el guarda, como un vigilante de esta mole de fierros que parecía unida a una tierra plagada de pedregullos y ruidos de pasos apresurados.
Los que bajaban siempre traían noticias, pero también las necesitaban, porque no alcanzaban las pequeñas historias obtenidas en el trayecto, mientras las ventanillas mostraban el laconismo de la pampa. Había que escucharlas en tierra firme y acompañarlas de abrazos, para que dejaran de ser inestables.
Todos sabían que llegaba el tren. Cuando se escuchaba el sonido de la bocina, el pueblo se ponía en alerta.
El equipaje se acumulaba en la plataforma ante mirones nostálgicos de la descarga. Pesados bultos, sacos, bolsas, cajas. El tren se quitaba de encima el peso, que esperaba a sus dueños, distraídos en abrazos.
Pero hubo un momento, un día de un mes de hace muchos años, que las sirenas dejaron de sobresaltarlos. Y el tren no volvió. Maltratado y humillado, casi decidió suicidarse. Todos entraron en una zozobra de lejanías y aunque miraban el horizonte con recelo, intuían que la ausencia iba a ser muy larga, probablemente eterna.
El tren que volvía a volver, ya no iba a regresar. Ese que hacía nada había venido y había recorrido el camino millones de veces mientras a los poblados se les escapaba el tiempo, ya no volvería a volver.
Pese a la persistencia de los pueblos por sobrevivir, los galpones se fueron vaciando, los pastos empezaron a crecer y las estaciones quedaron solitarias, sin voces, sin ruidos, sin pasos de peregrinos cansados ni palabras de despedidas en lágrimas.
El tiempo, que descarga con su profundidad una potencia arrolladora y tan superior a los hombres, les borró su recuerdo en pasos de cien leguas de memoria. Silenciosamente fueron olvidando las carpetas de recordar, guardadas en las llamadas de las sirenas.
Ayer, después de todos esos años que pueden contar en el rostro de sus hijos ya casi adultos, el tren volvió a volver. Con la alegría del regreso esperado.
Sin miedo a despertar a los habitantes del lugar, como una provocación contagiosa de su necesidad del retorno. Todos corrieron apresurados a tomar ubicación en los andenes para aplaudir a su paso.
La máquina fue acercándose poco a poco y aunque las vías exhiben el fondo de los hierros gastados de tanto arrastrar ruedas pesadas, no hubo tregua para pensar y aparecieron de golpe todos los centenares de viajes que ya se les habían olvidado.
Hoy, con tanta tecnología, medios veloces y distancias acortadas y en la presunción de creer que pueden saber lo que va a pasar, el tren despierta del olvido para comprobar cómo se burla la vida de todas las aprensiones que pretenden ser dueñas del palpitar del mundo.
La estación vuelve a la vida. El tren volvió a volver y todos esos pueblos que parecían moribundos, volverán a contar el tiempo en despedidas y bienvenidas en el andén.
Martes, 5 de la tarde. Calor. Recorrer Costanera Norte me remonta a los paseos de infancia por Buenos Aires con papá. Los carritos. La porfía de los pescadores. La cercanía con Aeroparque y el sueño de volar en unos de esos tantos pájaros de metal que dejaban estelas en el cielo.
Esta vez es diferente. Tomás nos espera en la puerta. Joven, atento y con una grandísima sonrisa. Dejé mi cargamento (deformación profesional “por las dudas que haga falta”) y comenzamos a recorrer lentamente las catorce hectáreas del Parque de la Memoria.
Este Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado nos impregnó de una energía muy difícil de explicar. Es verdad, tal como está grabado en algún lado del parque, “la memoria tiene efectos actuales y determina la relación con el futuro”, a lo que yo me animo a agregar, que la memoria es lo único definitivo que nos salva de la impunidad. Cuando se recuerda, es imposible olvidar, aunque parezca sólo un juego de palabras.
Podría hacer una crónica del recorrido. Contarles cómo y qué significado tiene cada escultura, cada obra de arte, cada fotografía, pero prefiero transmitirles mis sensaciones para que cada uno vaya en busca de las propias.
A lo largo del camino nos cruzamos con el rostro de un padre perdido; con el vacío de la desaparición y la inmortalidad del pensamiento en cabezas enteras; con el significado de la privación de la libertad, y la aceptación de que la prisión es la apropiación de esa libertad.
En medio de ese mar dulce, terroso y turbio, la figura de un ser humano sobre el río, me cacheteó hasta soltarme en lágrimas. El movimiento del agua erosiona la playa de vergüenzas. El ruido de los aviones y la imagen imaginada de los vuelos de la muerte, me quiebran.
La muralla parece infinita. Antes y después de 1976 hay nombres. Muchos nombres. Tantos que podrían perfectamente ser la población total de una ciudad.
1977 Mario Bagger 25 años. Vivía cerca de casa, era rubio, estudiaba y tenía sueños. Su mamá aún lo espera, ahora ausente del mundo, pegada a la ventana. Y cuántos más. Adolescentes, mujeres embarazadas, familias completas. Los imagino unos sobre otros y la cantidad se me hace insoportable. Cómo no pensar en que detrás de cada nombre hay una historia truncada, que suma millones.
Esto es el terrorismo de Estado. Esto es lo que sucede cuando aquellos que deben velar por nosotros, nos matan. Por quejarse. Por decir. Por hacer. Por pensar. En ese país del no me acuerdo, estaba prohibido pensar. Nos sentamos a conversar para tratar de quitar un nudo que se me instaló en la garganta. Siento deseos de gritar, raro en mí. Gritar que no los perdono, que me resulta imposible tanta barbarie. Que la democracia les dio la posibilidad de ser juzgados por la justicia y a ninguno se lo condenó a pena de muerte. Esa es la diferencia. La gran diferencia.
La muralla de estelas de pórfido patagónico nos lleva hasta la rambla, sobre el río. Veo la fecha de la última desaparición. 9 de diciembre de 1983. Siento escalofríos bajo el calor de las siete y media de la tarde. Hemos pasado más de dos horas caminando por entre los ejes de la memoria. Miro por última vez hacia el río, antes de despedir a Tomás, nuestro guía. Pablo Míguez sigue ahí, quedó inmortalizado a los catorce años, cuando fue secuestrado. De pie sobre el agua, de cara al horizonte. Es una presencia a distancia que mantiene en pie esa verdad irreductible de que esa injusticia fue real y que forma parte de lo que somos.
Acabo de dar un paseo por la parte más triste de nuestra historia. El sonido del agua y el paso de los aviones golpean la insolencia de algunos olvidos. Cruzamos la calle. En la vereda de enfrente aún nos envuelve el silencio. El Parque de la Memoria es un espacio vivo, erigido en medio de una ciudad que pasa distraída y a toda velocidad por su puerta.
Esa mañana era gris, y como casi todas las mañanas, cuando todavía era de noche, mamá preparó el desayuno. Tostadas con miel y café con leche. De la taza salía una línea de vapor azucarado. Lo tomé sin dejar nada. Tomé dos tostadas chiquitas y salté de la silla, que todavía no me dejaba apoyar los pies en el pido.
Salimos tempranito, como siempre. Mamá era bibliotecaria y a mí me gustaba acompañarla a la escuela, aunque no era mi horario de colegio. Aunque me gustaba caminar esas cuadras, algo me inquietaba. Estaba nublado y hacía frío.
Las hojas de los árboles empezaban a ponerse amarillas y caían sobre la calle de tierra, todavía brillante de rocío. Mamá llevaba zapatos negros de taco y los míos tenían presillas y ajustaban a mi pie sobre las medias blancas.
Contaba las baldosas a saltitos. Una, dos, tres y vuelta a contar. Las baldosas rotas no se pisan. ¿Cuántas van? Vereda angosta de dos lozas. Como una rayuela. Y el cielo ¿dónde queda el cielo? Un charquito casi me trepa por la pierna. Cuidado negrita… te vas a ensuciar…
Mamá caminaba ligero, siempre apurada iba mamá. Por eso me asusté cuando se paró de golpe. Se quedó inmóvil. La ví y me pregunté por qué le brllaban tanto sus ojos verdes. El sonido de una radio salía de la casa de Betty, la modista. Pero no era música. Y no la ponía feliz. Chan chan chan chan… Los ojos de mamá se entristecieron más, y por eso le apreté fuerte la mano. ¿Hice algo mal?- pensé… Su cuerpo temblaba, había quedado paralizada en medio de la vereda, como si algo la hubiera pegada al suelo.
No llegaba a comprender qué sucedía. Un ruido horrible me hizo soltar el libro que llevaba en la mano. Cuentos para Verónica quedó abierto en medio del pasto mojado y yo me aferré al brazo de mamá.
¡¡¡Comunicado númeroooooooo….!!!!!…
35 años después, todavía no puedo olvidar esa mañana gris…
Siento que hemos perdido la forma de la cortesía por esta cosa de la inmediatez, de la urgencia por decir, del apuro por escribir algo que cumpla con todos los requisitos para sumar followers: debe ser provocador, divertido, irónico; como diría mi abuela debe ser un post “rimbombante”.
Decir es actuar en consecuencia de lo que somos. Todo es decir. Y cuando se lee lo que alguien más dice, no sólo son 140 caracteres de letras dispersas. En cada frase hay un modo, una intención, una inflexión en la voz que se trasluce en la escritura.
Quise decir, pero en realidad dije. Dije pero quise decir.
Y entonces, me vino a la memoria una conversación que mantuve hace un tiempo con Sergio Renán, y su particular visión de la utilización de la palabra. Busqué un mail y me atrevo a compartir con ustedes un extracto de esa conversación personal, porque creo que vale la pena.
Sergio Renán tras el acto de nombramiento como Ciudadano Ilustre de la ciudad de Buenos Aires
Respuesta de Sergio Renán, 19 de enero de 2010
“… Con respecto al comentario al que te referís y mas allá de la inevitable asociación que produce; no recuerdo las circunstancias en que fue hecho, pero entiendo haberme referido al común hábito de asociar cortesía y buenos modales con hipocresía táctica de los opresores. Obviamente, la historia está llena de casos de seres deleznables de impecable educación y por contraste, de rústicos de grandes valores.
El error está en la generalización y el no tener claro que la cortesía no es otra cosa que un código que los humanos hemos inventado para informar a nuestros semejantes que lo respetamos. También a sus opiniones diferentes a las nuestras. El idioma castellano dispone de las suficientes posibilidades de elección como para seleccionar entre las posibles, la palabra que exprese nuestro punto de vista de la manera mas respetuosa para el punto de vista y la identidad de nuestro interlocutor. Y, desde luego, agreguemos el tono y el volumen de voz con que las pronunciemos y los gestos con los que los acompañemos. Eso es todo. No hace falta usar grosería para ser sincero y honesto.
24 de diciiembre. 4.45 am. Anoche me dormí tan temprano que ya hace una hora deambulo por la casa. Sigue nublado y hace calor, mucho calor. Debería levantarme a cerrar la persiana. y tratar de volver a conciliar el sueño. Pero no puedo. Camino hasta la cocina y abro la heladera. Recurriré a un vaso de jugo de manzana bien frío para que me convenza de volver a la cama.
Guido duerme plácidamente en su habitación. El perro ronca a su lado. Hay paz en este cuarto. Me apoyo unos segundos contra el marco de la puerta y espero alguna respuesta a una pregunta que todavía no formulé. Bajo los ojos y cruzo el pasillo. Las sábanas blancas siguen destendidas, pero algo me dice que no debo volver a recostarme sobre ellas.
Hay silencio. Apenas un par de pájaros le coquetean al sol que empieza a trepar al cielo. Me digo que debo intentarlo y me dejo caer.
24 de diciembre. Cuando era chica amaba las navidades. La juguetería del tío abierta hasta la madrugada, todos los primos juntos, los regalos del abuelo, la alegría de mis hermanos…
El comedor de la abuela se vestía de navidad. Manteles de hilo blanco, copas de cristal rosado y vajilla de porcelana de Verbano. Los ventanales abiertos de par en par. El olor al césped del parque recién cortado. Había poco asfalto todavía en el pueblo, y era más fácil sentir el aroma a la noche.
La ropa nueva, los zapatos a estrenar, los paquetes de regalos, la emoción al abrirlos. Jugábamos a las escondidas en el resto de la casa a oscuras y me gustaba meterme debajo de la pila de carteras y abrigos innecesarios que se apilaban sobre la cama de la habitación de huéspedes.
El espejo filtraba los brillos de las guirnaldas de colores que prendían y apagaban en la sala y por momentos, me distraían. No podía escaparle a ese encanto. Luces intermitentes, hipnóticas, mágicas. Quizá por eso me descubrían.
No era navidad si los Picco llegaban temprano. Esperaba ansiosa a mis primos en la vereda, comiéndome las uñas. Hermes traía el mejor vino y daba cátedra. En cuestión de cepas, era el entendido.
Las cosas más ricas se exhibían esas noches. Cada familia traía platos especiales. Algunos, inolvidables, como los huevos kimbos de la tía Viole. Nunca más volví a probarlos. El cielo debe estar repleto de ellos, y las nubes deben llover almíbar.
Aquellas eran fiestas de vereda. Después de que los Bomberos hacían sonar la sirena a la medianoche, y tras los abrazos y chinchines de rigor, todos los vecinos salían con sus copas a brindar. La calle se poblaba de sonrisas nocturnas y grandes deseos. Ese era el momento esperado por todos nosotros. La hora en la que el tío Mario tiraba los cohetes. Estruendos de rompeportones y luces de cañitas voladoras que se elevaban por sobre nuestras cabezas. Los fósforos y el encendedor eran patrimonio de Mario, nadie más se acercaba al peligro.
Mientras tanto, cerca de la mesa, papá cantaba algún tango por lo bajito, comía todos los dulces posibles y tomaba lentamente su champagne. Y se reía. Y Rodolfito también se reía, aunque a él le interesaba mucho más el postre. La tía Helena y mamá eran las que más hablaban, pero se callaban cuando llegaba el turrón de Gijona.
Como cada encuentro, el escenario fue cambiando con los años a medida que crecíamos. Pero seguía siendo una fiesta., aunque de a poco algunos espacios fueron quedando vacíos. Primero la nonna, después el abuelo Rodolfo. Y la lista empezó a hacerse larga.
Después llegó la adolescencia trayendo amigos y salidas post brindis, algún novio de turno, y el arribo de madrugada a mi bunker en la casa del tío, un refugio que aún conservo.
No mucho tiempo después nacieron mis hijos y los hijos de mis hermanos y de mis primos. Faltaban más a la mesa, pero llegaban más. El árbol seguía siendo inmenso.
Y un día ya no me hizo feliz la navidad. Escondía verdades que me dolian en el cuerpo y en el alma. La mesa se achicó y comencé un rito que cumplí silenciosamente. Dos hijos. Tres regalos de navidad. Calladamente, durante mucho tiempo compartí esa noche con una ausencia presente en mí, sin que nadie lo notara. Sin que se dejara traslucir en mi infaltable alegría.
Tras 20 años de letargo un día me frené. Hasta acá. No más. Despedí a mi hija, dejé de apilar regalos sin abrir y me divorcié. No entendí el valor de la tristeza hasta que pude soltarla. Y entendí el valor de la alegría. Y entendí que no tienen sentido una sin la otra. Que ser feliz es vivir, que de eso se trata. Que ese es el tiempo que tenemos acá, mientras estamos como esto que somos.
24 de diciembre de 2010. Y las horas que no pasan en mi reloj de madrugada. Y esta cosa que siento en la garganta. Este año vuelven a faltar personas amadas a la mesa. Y me duele tanto que no sé si voy a poder brindar sin llorar. Cómo se hace para entender que “es la ley de la vida”. Cómo hago para no mirar las sillas vacías. Cómo hago para no extrañarlos, para no buscarlos por la casa. 6 am. Escribo ahora la carta a Papá Noel. Quiero un instante de esas sonrisas de regreso. Un solo instante. Pero ya lo sé, Papá Noel no existe. Nunca fue cierto.
La ventana abierta deja ver la lluvia que cae en cristales y acaricia los vidrios. La penumbra apenas me deja verte. Es una silueta, un recorte de luz en medio de la oscuridad.
Una línea de claridad se escurre de un auto que cruza la calle y atraviesa tus ojos. Son hermosos tus ojos. Siento que podés ver todo con ellos. Me adivinan. Saben cuando cierro los puños, cuando me muerdo los labios, cuando me sube el color a las mejillas. Siempre saben.
Y sé que ahora me ven. Aunque permanezca escondida, detrás de la ropa. Adivinan que tiemblo. Y me estremezco más.
Nos cruzamos en la esquina, mintiendo una casualidad. El viento, que anunciaba la tormenta, movía tu pelo. Ahí estabas, tal como lo imaginé. Seguro, fuerte. No sé que me acercó a vos. Miedo nocturno, relámpagos quebrados o truenos amenazantes. Me siento segura ahora. Sin decir nada, sin utilizar palabras. Los pasos suenan tras golpear los charcos que poco a poco se van formando entre las baldosas rotas de la vieja plaza. Las líneas de agua que corren apuradas por nada, hacen laberintos en el suelo y escapan hacia el borde del cordón de la vereda.
Una luz amarillenta se enciende y deja al descubierto la habitación donde vivís. Un solo mueble, una silla con ropa usada, el balcón hacia la calle, un viejo ventilador que da vueltas hacia un lado y hacia el otro, agita sus paletas cansadas.
Estás parado frente a mí. Las palabras mudas comienzan un duelo de silencios. Estamos frente a frente, uno del otro. Tus manos comienzan el viaje. Recorren mi revés, dibujan la columna, llegan hasta el hueco donde se quiebra la espalda y bajan por la ladera, hacia el final del camino. Mientras tanto, las yemas de mis dedos aprenden tu cuerpo. Los hombros, la línea de la frente, los ojos, la nuca.
La noche es cómplice de nuestros sentidos. Se siente aroma a piel hirviendo que de a poco se apaga. La marea deja la espuma fría sobre la arena y una brisa suave sopla en el aliento.
Me guardo el mejor espacio de tu geografía. Estás dormido. Apoyado en mi espalda, enredado entre mis piernas.
Es una mezcla de sensaciones. Apenas sensaciones. Sin preguntas, sin confesiones. Es una búsqueda. Intentamos saber si la piel sabe a mar o a río, o a monte, o a selva.
Creí que dormías… Una pequeñísima gota de tu sudor se escurre deslizándose por la línea de mi cuello. Y durante el viaje, cuando despierta la aureola de miel, toda tu anatomía se vuelve a mi lado.
Podrías seguir sin atreverte. Y seguir sin saber cómo se siente. Es una tentación dual. La de querer dejar y no dejar de querer. La de desaparecer antes y regresar después. La de irse, la de volver.
Volvamos a subir al cielo, provoquemos otro eclipse. Y si esta noche se agota de vernos, entonces sabremos que este amor, como muchos amores que nacen en la oscuridad, no sobrevive a la luz, ni sabe de eternidad.
No pretendo que mis letras lleguen a todos, pero si uno solo es capaz de sentir con este puñado de palabras que salen de mi alma, entonces ya está... Ese es el milagro. El laberinto de espejos donde esperamos encontrarnos alguna vez reflejados.
Bienvenidos a mi mundo...
Diseñadora Gráfica, Fotógrafa y Periodista. Me atrevo a la pintura; melómana incorregible, el tango, el blues, el jazz y los ritmos étnicos me conectan con quien soy y me encuentran cada vez que canto Sur o quizá Over the rainbow...
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