21/05/2010 | Por Leandro | # Enlace permanente
El andén estaba inusualmente desierto esa noche y Serena no pudo evitar sentir escalofríos cuando se encontró sumida en un silencio casi sepulcral. Las luces fluorescentes se encendían y apagaban a intervalos de unos pocos segundos y emitían zumbidos que se mimetizaban con los de los insectos, que danzaban bajo los mortecinos haces amarillentos con que los tubos bañaban el suelo regado de papeles de golosinas y cajas de cigarrillos. La gélida brisa de mediados de junio llenaba cada centímetro de la avejentada estación de trenes, y sacudía sutilmente las ramas de los árboles que se balanceaban desnudas luego de que el paso del otoño les quitase hasta la última hoja, transformándolas en dedos de manos esqueléticas brotando de la tierra como las extremidades de un cadáver pujando por salir a la superficie. Serena se rodeó con ambos brazos y avanzó con la cabeza gacha mientras recorría cada rincón del andén con la mirada, como si temiese que algo o alguien pudiese estar acechándola desde algún rincón. Frente a ella se extendía una interminable pasarela de cemento que se sumergía en una densa oscuridad más allá de su campo de visión, como una infinita garganta que podría llegar a escupir espantosas criaturas… “Quita ya esas ideas de tu cabeza”, pensó al tiempo que una ráfaga de aire helado le agitaba la falda y le congelaba las piernas. Deslizó el brazo derecho y se sujeto la pollera mientras se sentaba en uno de los roídos bancos de madera que se hallaban cerca de la boletería, y que eran portadores de docenas de declaraciones de amor, odio y hasta insultos grabados como si se tratase de mensajes para la posteridad.
-Que perdida de tiempo- musitó observándolos y meneando la cabeza, mientras abría el bolso tímidamente y tomaba un pequeño espejo de su interior en el que además había un paquete de pañuelos de papel, maquillaje y dos preservativos.
Una repentina ráfaga de aire calido atravesó la estación de izquierda a derecha y revolvió los cabellos de Serena, que agradeció el momentáneo abrigo que aquella acción de la naturaleza le brindaba. El murmullo de las hojas secas arrastrándose por el suelo rompió la monotonía del profundo silencio que abrazaba la estación, y la aislaba de cualquier atisbo de vida que pudiese haber fuera de ella. “Esto es muy reconfortante” se dijo Serena al tiempo que cerraba los ojos y dejaba que aquel extraño y súbito calor le acariciase la piel, como las manos de un invisible amante ocasional que se le escurrían dentro del abrigo y la camisa. Pero entonces el frío volvió tan inesperadamente como había desaparecido, y rasgó con sus despiadadas garras de hielo el calido sueño en el que Serena se había sumido. La joven abrió los ojos y retornó a la realidad sintiéndose presa de un gélido y feroz manto de invierno, que caía sobre ella como una lluvia de imperceptibles estalactitas que le perforaban la piel. Miró su mano alzada frente a ella sosteniendo aún el espejo y, luego de obligarse a salir del trance en el que había estado, tomo el lápiz labial del bolso y comenzó a retocarse el maquillaje. “Eso ha sido raro”, pensó. Y no pudo evitar sentir un poco de temor cuando esa idea cruzo por su cabeza.
Media hora después Serena aun seguía esperando el tren. Se puso de pie y caminó en dirección a la boletería donde en una de las paredes se hallaba el horario de llegada y salida de los ferrocarriles. Buscó en la columna de los días sábado y leyó las pequeñas letras negras que indicaban que el tren debía pasar a las 20.15. Entonces miró su reloj y comprobó con desazón que eran las 20.25.
-¡Oh esto no puede estar pasando!- exclamó haciendo un gesto de fastidio- Alguien debería enseñarles puntualidad a estos tipos- dijo dejando caer los brazos y alzando la vista al cielo. Un suspiro cargado de resignación le brotó entre los labios, y luego caminó hacia el banco con la cabeza gacha y casi arrastrando los pies.
Una grotesca figura apareció a una decena de metros delante de ella. Llevaba un viejo mameluco color azul oscuro con el logo de la empresa de trenes impreso en el lado izquierdo del pecho, zapatos de trabajo negros y un sombrero de lana también de color negro. Medía cerca de dos metros y su cuello parecía un grueso tronco que apenas asomaba por encima de los hombros. Los enormes y fornidos brazos le colgaban pesadamente a los lados del torso, y las manos asomaban fuera de las mangas del mameluco exhibiendo ennegrecidas y largas uñas. Su rostro estaba casi completamente oculto en la oscuridad pero aun así era evidente que tenía la vista clavada en Serena.
-Acérquese- dijo el hombre con voz cavernosa.
Serena dio un respingo y abrazó la cartera. El corazón le dio un brusco vuelco dentro del pecho y una oleada de escalofríos le recorrió la espalda, como si un torrente de agua helada le hubiese penetrado entre la ropa. Sintió los latidos trepándole por la garganta como ardorosas arcadas y saliendo al exterior en forma de fantasmagóricas nubecillas, que ascendían delante de sus ojos como señales de auxilio enviadas por su sistema nervioso. Alzó la cabeza y divisó la desproporcionada figura del hombre que la observaba inmóvil desde la oscuridad, y que parecía ser un empleado de la empresa de trenes.
-Me ha dado un susto de muerte- exclamó Serena con la voz quebrada y temblorosa mientras se quitaba el flequillo de la frente con una mano tan blanca como la nieve, cuyas uñas pintadas de rojo resaltaban al igual que lo harían cinco gotas de sangre en un montículo de algodón.
-Acérquese he dicho- repitió el hombre que en esta oportunidad alzó su mano derecha e hizo un gesto moviendo el brazo hacia su torso, como invitándola a aproximarse.
-Mire si es por el boleto debo decirle que la ventanilla siempre esta cerrada a esta hora y…
-¡No ponga excusas estúpidas y acérquese!- gritó el hombre. Su voz parecía mas quebrada aun, como si hablase con algo atorado en la garganta.
Serena abrió los parpados de par en par, frunció el seño y dejo caer la mandíbula en un gesto de perplejidad. Los descontrolados latidos de su corazón generaban una presión sanguínea descomunal y podía sentir la fuerza del diástole y sístole en su cuello que había comenzado a hincharse. Se pasó levemente la lengua por los labios en un gesto nervioso y sintió una áspera resequedad que afloraba incluso por encima de la pegajosa textura del lápiz labial. Su boca intentó tragar saliva casi instintivamente, pero se encontró con una lengua ardiente como una babosa a la que le han arrojado sal. Pensó en escapar pero las piernas no le respondieron. Pensó en gritar pero parecía no recordar como hacerlo. Y entonces, perdida entre la desesperación y el miedo, lo único que pudo hacer fue echarse a llorar.
-Maldita perra idiota- gruñó el hombre apretando los puños.
-No haga esto, por favor…- murmuró Serena entre sollozos, y estiró las manos hacia el hombre como tratando de defenderse.
-Voy a pedírselo por ultima vez… ¡acérquese!- las palabras que salieron de entre las sombras estaban cargadas de un tono iracundo y sonaron como si las estuviese pronunciando entre dientes apretados.
El hombre comenzó a avanzar hacia Serena y su deforme rostro finalmente vio la luz. Una boca llena de amarillentos dientes rotos se destacaba por debajo de la enorme nariz que parecía la continuación de su prominente y sudorosa frente. Sus grandes orejas apenas asomaban debajo del grasiento cabello negro que le caía a los lados de la cabeza, y que le cubría la mitad de los gigantescos ojos negros carentes tanto de pestañas como de cejas, que asomaban entre los mechones como perlas negras flotando en un hediondo mar empetrolado. Serena empezó a retroceder casi inconcientemente pues no podía quitar la vista del gigantesco hombre que ahora se abalanzaba sobre ella. A medida que se este se acercaba una extraña ola de calor iba rodeándola y abrazándola pero esta vez no como los dedos de un amante sino como algo siniestro y descarnadamente aterrador. “Sus ojos”, pensó ella. Y pudo verlos asomar entre el asqueroso cabello y expresar un odio tan inexplicable como irracional. Destellaban furia y sed de sangre. Parecían poder lastimar por si mismos sin necesidad de que aquel monstruo moviese siquiera uno de sus pesados brazos. El calor se intensificaba cada vez más y se había convertido en una intensa brisa que golpeaba a Serena directo en el rostro. Bajo el anden las hojas secas susurraban nuevamente pero esta vez no fueron ellas quienes rompieron con el silencio sepulcral de la estación, sino el alarido inhumano que profirió el hombre del mameluco azul mientras saltaba sobre el cuerpo indefenso de la muchacha.
-Sus ojos…- musitó Serena cuando los vio pasar del negro opaco a un rojo fuego que parecía escupir llamaradas de una insana voracidad.
Era como si el tiempo se hubiese detenido. Bajo el andén el crepitar de las hojas retumbaba con intensidad mientras que fuera de la estación, los árboles en forma de manos esqueléticas se abalanzaban unos sobre otros en una batalla que esparcía incontables trozos de ramas, que eran arrastrados en el aire por aquella calurosa brisa que ya era casi un vendaval.
-Sus manos…- dijo la joven con sus temblorosos labios color escarlata, en el momento en que alargados y gruesos dedos como garras surgieron de debajo de las mangas del mameluco del hombre que estaba convirtiéndose en algo más.
Una intensa luz blanca cayó del cielo. El mundo se tiñó de una enceguecedora claridad y cada rincón del anden se transformó en un universo plateado que relucía en medio de aquella secuencia atemporal. Una infinita hilera de puntiagudos dientes amarillos creció desde las ensangrentadas encías de aquello que ahora ya no era un hombre. Aunque probablemente nunca lo había sido. Serena sintió el roce de los delgados y ásperos cabellos de la criatura, que se le clavaron en la piel como un diluvio cientos de espinas. Percibió su nauseabundo y calido aliento penetrándole en las fosas nasales y luego en los pulmones. Revolviéndole el estomago y provocándole una erupción de líquidos estomacales. Y entonces le llego una terrible e indescriptible oleada de dolor cuando eso, que ya era un animal, le entero los colmillos en el hombro. Primero desgarrando y luego arrancando.
-La luna- fue lo último que dijo cuando esta se alzo en su plenilunio, como una moneda de plata reinante entre las nubes de aquella noche de mediados de junio.
14/05/2010 | Por Leandro | # Enlace permanente
Franco levantó la cabeza y lo primero que vio fue un hilo de baba mezclada con sangre que unía su boca con el airbag del volante. Terribles punzadas de dolor le llegaban desde la cintura y le recorrían la columna hasta llegar a la base del cráneo, donde explotaban convirtiéndose en mareos y luego en nauseas. Tenía las piernas regadas de trozos de cristal y los brazos cortados en decenas de lugares diferentes, entonces dirigió la mirada al parabrisas y se dio cuenta de que este había estallado en cientos de filosas partículas que se habían desparramado por todo el interior de la camioneta. Se quitó el cinturón de seguridad e intento mover las piernas pensando que no le responderían. “Aquí es cuando te das cuenta que te has quedado hemipléjico amigo”, se dijo. Pero no solo pudo moverlas sino que también sintió el insoportable dolor de una fractura en el pie izquierdo, ascendiéndole por la pierna como si le hubiesen enterrado una aguja enorme desde el talón hasta la rodilla. Lanzó un alarido de dolor que retumbo dentro del habitáculo y probablemente también fuera de él, porque acto seguido una bandada de pájaros negros echo a volar desde un grupo de árboles cercanos emitiendo graznidos gorgojeantes. Los ojos se le llenaron de lágrimas y una nueva bocanada de saliva y sangre le chorreo por entre los dientes y fue a parar al pecho de la camisa. Tiró de la manija para abrir la puerta y, luego de emitir un chirrido metálico, esta se separo de la carrocería destartaladamente para finalmente terminar golpeando contra el asfalto.
La tenue luz del atardecer se cernía con sutileza sobre aquella carretera en cuyo horizonte se fundían el celeste, el rosa anaranjado y el violeta, como formando la ignota bandera de algún reino olvidado. Pequeñas y difusas estrellas habían comenzado a aparecer casi con timidez en el cielo, y parecían aguardar la llegada de la noche para encender el esplendor de su brillo. Y mientras la oscuridad ganaba terreno sobre la luz, que iba retrocediendo lentamente como si una vez más no pudiese asimilar la derrota de cada anochecer, Franco hizo el descubrimiento más horroroso de su vida. Tirados bajo su todo terreno y sobre descomunales mares de sangre se hallaban los cadáveres de un hombre y un niño. Sus extremidades asomaban por debajo de la puerta del conductor, y al abrirla y verlas cubiertas con restos de piel destrozada, carne desgarrada y huesos quebrados, Franco supo que había hecho algo terrible. No recordaba como ni cuando, pero el sentimiento de pánico que lo embargo en ese momento lo instó a escapar.
- Nadie tiene porque saberlo- masculló con voz temblorosa.
Pero no pudo resistir la tentación de mirar debajo de la camioneta y, a pesar del intenso dolor que le producía la fractura, se las arregló para inclinarse sobre el asfalto y espiar lo que de ante mano sabía que seria un cuadro espantoso. “Puede que estén vivos pero sin poder moverse y aguarden a ser encontrados”, pensó. Pero esa idea, que incluso mientras se creaba en su cabeza supo que era completamente improbable, fue solo un flash en su mente. Porque en cuanto sus manos y su mejilla tocaron el suelo bañado en combustible, humedad y sangre, se encontró con una escena mucho más espeluznante de lo que hubiese podido imaginar. El hombre estaba literalmente partido al medio, y sus viseras y columna asomaban por la parte inferior de la mitad superior de su cuerpo. Tenia el rostro destrozado como si alguien le hubiese restregado un puñado de cristales, ocasionándole millones de cortes que le habían arrancado casi la totalidad de la piel y la carne. Sus ojos habían estallado y un espeso liquido blanco caía de ellos por sobre las cuencas oculares, que ahora eran solamente hueso cubierto con algunos restos de músculo embebido en sangre. La imagen de un Terminator a medio destruir llego a la mente de Franco, porque el aspecto que tenia el cadáver era exactamente ese. “Solo que hueso en lugar de metal”, pensó fugazmente. El hediondo olor de carne putrefacta mezclada con gasolina comenzó a provocarle nauseas y empezó a ponerse de pie, pero entonces se encontró con el cuerpo del pequeño que aun sostenía la mano de quien Franco supuso era su padre. Estaba boca arriba y tenia la cabeza ladeada hacia un costado, de modo que Franco solo pudo ver la parte trasera de su cráneo (y agradeció que así fuese). Su cabellera era una masa de pelos empapados con sangre reseca, que conformaban pequeñas rastas que se le pegaban al cuello y se veían como sanguijuelas. Sus brazos estaban quebrados en decenas de lugares diferentes y se hallaban uno detrás de la espalda y el otro prácticamente enroscado alrededor del cuello. Varias de las quebraduras exponían el hueso astillado sobresaliendo de la carne, como si el pequeño hubiese sido apuñalado desde adentro con su propio esqueleto.
-Por Dios…- musitó Franco al tiempo que cerraba los ojos y hacia un gesto de repulsión con la boca.
Flexionó los codos como si estuviese haciendo ejercicio de brazos y alzo el torso. Luego trajo hacia el la pierna sana, dejó extendida la que tenia la quebradura y se impulsó tratando de no provocarse dolor. Pero fue inútil. Otra vez sintió la punzada ascendiéndole por la pierna hasta la cadera, en donde explotó despiadadamente y se extendió por la columna hasta la mitad del torso. Franco emitió un grito de dolor y como un acto reflejo se llevó la mano izquierda a la pierna dolorida, sosteniéndose solamente con el brazo derecho y su debilitada pierna derecha que había comenzado a temblarle. Entonces sucedió lo inevitable. Perdió el equilibrio y cayó de lleno sobre su costado izquierdo. El costado dolorido. El ramalazo fue tan intenso que sintió que iba a desmayarse sobre aquella cama de asfalto, sangre y combustible. Se colocó boca arriba casi instintivamente y un amasijo de vomito y saliva le ascendió por la garganta y salió expulsado por la boca, para luego caer en gruesas cascadas por las mejillas y el cuello. Sintió el cálido y espeso líquido corriéndole entre las orejas y casi pudo ver los trozos de pan del desayuno navegando por los lados de su cara, como si de pequeños barquitos perdidos en un océano nauseabundo se tratase.
-Tengo que irme ahora- susurro con voz casi inaudible.
Giró la cabeza procurando que el resto del vomito que le quedaba en la boca cayese directo al piso, y cuando sus ojos se encontraron nuevamente con la espantosa escena que se hallaba bajo la camioneta creyó ver que el cadáver del hombre le sonreía. Un impulso surgido del terror lo obligó a levantarse en tan solo un segundo, sin importar cuanto dolor experimentasen su pierna y su espalda. Profirió un escueto pero intenso grito que pareció colarse entre la vegetación y espantar otro grupo de pájaros que alzaron vuelo ocultos entre las sombras cada vez mas densas de la noche. “Me ha sonreído, esa cosa me ha sonreído”, se dijo mentalmente al tiempo que retrocedía utilizando los brazos como remos sobre el asfalto y dejando que sus piernas se arrastraran inertes delante de él.
-Esto no puede estar pasando- murmuró mientras hacía un visible esfuerzo por permanecer erguido. Una pequeña nubecilla blancuzca le brotó entre los labios temblorosos. Sobre su frente diminutas perlas de sudor destellaban con debilidad y luego se deslizaban por las sienes o la nariz trazando húmedos senderos que terminaban diluyéndose en el cuello de Franco.
El corazón le daba violentos tumbos y un ardor proveniente del pecho le ascendió por la garganta reseca. Mantuvo la vista fija en el vehículo como si esperase ver salir al hombre en cualquier momento, mirándolo con sus ojos destrozados y enseñándole una sonrisa repleta de escasos dientes ensangrentados. Pero lo único que salio de la camioneta fue una columna de humo que comenzó a brotar desde el motor y se elevo hacia el cielo nocturno como un denso fantasma grisáceo, que parecía danzar entre las titilantes estrellas para luego ser engullido por la infinita oscuridad. Franco la observó boquiabierto mientras trataba de tomar aire a bocanadas y de quitar de su mente la siniestra imagen de la sonrisa del cadáver, que se dibujaba delante de sus ojos como el rastro de una luz intensa que queda en la retina aun cuando se cierran los parpados.
-Eso no ha sucedido- musitó con la respiración todavía acelerada- no puede haber sucedido, nunca puede…
Algo se movió debajo del vehiculo. Un chirrido metálico surcó el aire y penetro en los nervios de Franco provocándole intensos escalofríos que le treparon la nuca como hormigas con patas de hielo. Sus ojos se abrieron como dos enormes bolas a punto caer al suelo y su cuerpo comenzó a temblar victima de exageradas convulsiones y del frío reinante. Sacudió desesperadamente las manos en el asfalto tratando de retroceder y pataleo haciendo caso omiso al terrible dolor que le llegaba desde el hueso fracturado.
-No… no… no…no… – repitió sin quitar la vista de la camioneta y meneando la cabeza en una negación que, muy en el fondo, sabia que era falsa.
El húmedo césped lo sorprendió extendiéndose debajo de sus palmas y acariciándolas con una áspera textura como de moqueta avejentada. El asfalto de la carretera había terminado y ahora daba lugar al comienzo de la zona boscosa, de cuyos árboles bajaban los susurros de las hojas acariciadas por la brisa. Franco continuo retrocediendo con la vista fija en su todo terreno y sin advertir que, detrás suyo y a muy pocos metros, una profunda depresión en el terreno estaba esperándolo tan paciente como despiadadamente. Cayó de espaldas rodando como una pesada roca y golpeando sus extremidades contra restos de viejos árboles quebrados que se le clavaban en la carne obligándolo a proferir desgarrados aullidos de dolor. En un momento del descenso su cabeza impactó contra algo tan duro como el acero y cientos de lucecillas bailotearon frente a sus ojos, mientras de fondo las siluetas de los arbustos iban pasando con rapidez y girando como una ruleta de ramas, hojas y yuyos. Finalmente la caída cesó cuando golpeó la espalda contra un enorme tronco que lo dejo sin aire y casi al borde del desmayo. Abría y cerraba la boca al igual que un pez fuera del agua que busca desesperadamente llenar su organismo de oxigeno. Tenía los ojos inyectados en sangre y cientos de cortes y contusiones le decoraban el cuerpo que, bajo un manto de millones de hojas y trozos de césped húmedo, palpitaba incesantemente casi al borde de un colapso general. Punzadas de insoportable dolor le llegaban de decenas de lugares distintos (manos, brazos, cuello, pecho, rodillas, cadera) pero principalmente de la pierna rota que parecía haber empeorado y mucho, puesto que aun en medio de la oscuridad podía ver un trozo de su tibia asomando como una puntiaguda estaca cerca de la rodilla. La oscuridad estaba cernida sobre el en todo sentido. Los árboles formaban un denso cielorraso natural que impedía la entrada de la escasa luz lunar, haciendo de aquel páramo un lugar tan macabro como inaccesible. Desde no muy lejos llegí el ulular de un búho que pareció querer aportar su cuota de terror al paisaje nocturno, pero que se convirtió en un ínfimo y risible detalle cuando Franco vio la silueta del niño recortándose delante de él. Su brazo derecho aun se hallaba enroscado alrededor del cuello como una serpiente constrictora, y del izquierdo se hallaba aferrada la mano del hombre (del padre del pequeño), que estaba siendo arrastrado por el niño dejando un sendero de sangre y tripas sobre el césped. Franco intento gritar pero una bocanada de sangre lo ahogó antes de que pudiese decir nada. El pequeño se acerco y llevó con el la mitad de su padre que lo seguía como si se tratase de una macabra mascota ataviada con su correa de paseo. Entonces sonrío e incluso en la densa oscuridad de aquel bosque, sus dientes amarillentos brillaron con demoníaca intensidad a los ojos de Franco que, sin poder siquiera hacer el más leve movimiento, estalló en un océano de lágrimas que le provocaron ardor al entrar en contacto con la piel lacerada.
Estábamos vivos debajo de su camioneta- masculló el padre del pequeño al tiempo que esbozaba una horrenda sonrisa plagada de grumos de sangre coagulada- esperábamos a ser encontrados…- continuo diciendo.
Y entonces con la mano que tenia libre aferro el trozo de tibia que asomaba de la pierna de Franco y tiró de él como si se tratase de una palanca. Un grito cargado del sufrimiento mas intenso que puede sufrir el ser humano resonó en cada centímetro del bosque, y el rostro de Franco se transformó en la imagen misma del terror. Enterró las uñas en el suelo y apretó los dientes con tal fuerza que un estallido de sangre le brotó de las encías y corrió por sus mejillas, para luego descenderle por el cuello hasta el césped emulando pequeños ríos colorados antes de diluirse con la humedad de la noche.
Nadie tiene porque saberlo- dijo el niño. Y mientras enterraba sus dientes en el cuerpo de Franco soltó una débil risita que fue secundada por un nuevo ulular del búho, que los observaba fríamente desde lo alto con sus gélidos ojos como perlas amarillentas.
30/03/2010 | Por Leandro | # Enlace permanente
Tony Cipriani era el hombre más respetado de Villa San Benito, y muchos lo consideraban casi un mafioso. A pesar de que jamás había estado en prisión la mayoría de los padres les prohibían a sus hijos que conversasen con él o su gente, y mucho menos que recibiesen dinero para golosinas o juguetes, lo cual consistía una de sus costumbres más habituales. Se pasaba las tardes en la puerta del viejo Café Messina junto a sus amigos (o su manada de asesinos, como solían decirles los integrantes de la respetable comunidad de vecinos católicos de la ciudad), conversando, jugando cartas o viendo los canales de deportes si es que había algún buen juego. A Tony le encantaba el fútbol y era seguidor, o “tifosi” como él prefería llamarse, del Napoli. Solía enredarse en interminables discusiones con algunos de sus hombres sobre si el mejor jugador había sido Diego Maradona o Gianfranco Zola. Pero nunca llegaban a un acuerdo y probablemente eso era lo que realmente disfrutaban de ellas. Los domingos se reunían en el restaurante de Don Carmelo a comer enormes platos de pasta, beber buen vino y escupir risotadas bonachonas ante cada broma. Se colgaban amplias servilletas de tela para no manchar con salsa boloñesa sus costosos trajes de seda, los cuales eran la principal fuente de cuestionamientos de aquellos que querían pintarlos como traficantes y criminales. “Ya no puedes vestir bien sin que piensen que has matado a tu madre”, acostumbraba decir Tony con el escaso acento italiano que le quedaba mientras se acomodaba el nudo de la corbata. Y eso lo incomodaba, pues se sentía observado. Había cometido algunos errores en el pasado, pero ya estaba fuera de esas cosas. “No más drogas ni armas”, juró la noche en que mataron a su hermano Vittorio después de un negocio fallido. En esa ocasión todo había salido mal y una balacera cayó sobre ellos como una lluvia torrencial de primavera, llevándose las vidas de varios de los muchachos y también la de Vittorio. “No te preocupes Tony, haría lo que sea por ti”, había dicho su hermano con la boca llena de sangre mientras peleaba con la muerte. Luego dejó caer los párpados pesadamente y Tony, abrazándolo como nunca antes, le dijo: “Créeme que lo sé, ya lo has hecho”.
Tony cumplió su juramento y se alejó de todo aquello que le había quitado a su hermano. Pero estaban cerrándole los caminos. Pensaba que el sacrificio de estar limpio no le brindaba los beneficios que hubiese esperado, porque seguían señalándolo ante cualquier robo o muerte que ocurriese en la ciudad. Y tenía que pasarse horas en la estación de policía demostrando que había estado en tal o cual lugar. “Daría lo que fuese por cerrarles la boca”, dijo entre dientes una noche al salir de la comisaría. Cuando se enojaba enarcaba los labios hacia abajo y su mirada se cargaba de soberbia, viéndose como el mafioso que no deseaba volver a ser. “Me gustaría ver que alguien les cosiera los putos labios”, susurró esa misma noche sumido en la oscuridad de su dormitorio. Media hora después se encontraba cruzando el umbral que separa la realidad de los sueños, y entre los haces de luz provenientes de la ventana que proyectaban figuras fantasmales en las paredes, creyó ver una espeluznante silueta moviéndose cerca de la puerta que pareció hablarle con la voz de Vittorio. “Trato hecho”, dijo. Y desapareció.
La mañana siguiente despertó bañado en sudor. Un nauseabundo hedor le llegaba desde la almohada impregnada en transpiración, y tuvo que levantarse mucho antes de lo que hubiese querido. Tenía los cabellos grasientos pegados en la frente y las orejas, y sus ojos estaban clausurados por lagañas resecas que apenas le permitían abrirlos. Un gusto horrible le llenaba la boca y pensó que si en ese momento hablaba con alguien probablemente lo desmayaría. “Ha sido una mala noche”, pensó. Y de inmediato vino a su mente el recuerdo del sueño en el que Vittorio le decía algo como “Trato hecho”, parado junto a la puerta en una pose que le resultó muy extraña. Se puso la bata con las iniciales en dorado del lado del corazón y caminó hacia el cuarto de baño, donde esperaba darse una ducha que lo despertase por completo y alejase los fantasmas de la pésima noche que había pasado. Recorrió el pasillo en el que las fotografías de sus padres, abuelos y demás familiares muertos lo observaban desde los marcos dorados que encerraban sus imágenes, y cuando llegó al final se encontró de frente con el retrato de su hermano Vittorio. El último difunto de la familia. Pasó a su lado casi sin mirarlo, pero a los pocos metros se detuvo con el corazón dándole violentos tumbos dentro del pecho.
-No es posible- murmuró.
Tony se preguntó si realmente había visto lo que creía, y la respuesta inmediata fue un rotundo “NO”. Pero no estaría seguro hasta que voltease para corroborarlo, y a pesar de que solo era cuestión de darse la vuelta y mirar la imagen, no le resultaba sencillo hacerlo. Algo dentro de él le decía que su primera impresión era acertada, que no intentara negar lo que sabía a ciencia cierta que vería en cuanto posase la mirada en la fotografía. Entonces comenzó a temblar. Un sudor helado le corrió por la espalda y pudo sentir la respiración entre cortada saliéndole por la boca en pequeños espasmos. “Esto es una locura”, pensó. Y se giró lentamente. Primero colocó un pie detrás del otro y luego hizo pivotear la cintura. Sentía el peso de la bata sobre los hombros y la transpiración chorreándole por entre los pectorales y la espalda. Se enjugó la costra de lágrimas resecas con la manga derecha de la bata y percibió pequeñas piedritas rodándole por las mejillas. “Han sido las lagañas”, se dijo mentalmente. “No podía ver con claridad, definitivamente han sido las lagañas”, continuó murmurando dentro de su cabeza. Pero entonces se encontró frente a la fotografía y el rostro se le puso pálido como la nieve.
-Vittorio… no… como es que… – murmuró con los labios temblándole como si estuviese desnudo en una habitación bajo cero.
En la fotografía el rostro de Vittorio ya no era el de una persona, sino más bien el de un cadáver putrefacto. Tenía los ojos blancos como perlas y su boca había sido cosida con un grueso hilo en tres puntos diferentes. La piel era de color gris claro en algunos sectores y negra en otros, y tenía rasgaduras en la zona del cuello y de los pómulos por donde podían verse parte del cráneo y carne en estado de descomposición. Sus cabellos conformaban gruesos mechones grasosos rebosantes de tierra y pequeños insectos que parecían reptar en dirección a las orejas, que colgaban hacia los costados a punto de desprenderse. Tony comenzó a retroceder sin quitar la vista de la foto. Tenía los ojos abiertos exageradamente y las cejas enarcadas como si dos hilos se las estuviesen sosteniendo desde arriba. Parecía una grotesca marioneta que caminaba hacia atrás con pasos torpes y vacilantes, mientras que la cabeza y los brazos permanecían inmóviles.
-¡Enrico!- Llamó sin quitar la vista de la imagen. Su acento italiano sonó mas vivo que nunca, y pareció decir Enriiiiico.
Esperaba ver llegar el gordo cuerpo sudoroso de Enrico subiendo las escaleras, con las axilas de la camisa impregnadas con aureolas de transpiración. Pensó que subiría bufando y respirando con dificultad mientras se abrochaba los botones del saco color mostaza que siempre llevaba con él. Pero no obtuvo respuesta. La casa parecía ser un desierto en el que lo único que se escuchaba era el monótono tic-tac del reloj del comedor. Entonces cayó en la cuenta de que algo muy extraño estaba sucediendo. Normalmente a esa hora los muchachos estaban despiertos y jugando cartas en la mesa de la cocina, o viendo algún partido de fútbol en el televisor del living. Pero esa mañana el silencio era sepulcral. Sacudió la cabeza como despertando de un hechizo y miró en dirección a la sala de estar, pero lo único que vio fueron las sillas desordenadas alrededor de le mesa repleta de botellas vacías y fichas de póquer. Estaba completamente solo y decidió que lo mejor sería salir de allí. Volvió al dormitorio y se vistió rápidamente con uno de los trajes que tomo al azar del armario, en el que más de dos docenas de brillantes sacos y camisas multicolores colgaban del perchero destellando con sus finos hilos de seda bajo la luz matinal. Mientras se dirigía a la salida terminó de hacerse el nudo de la corbata y luego se detuvo frente a un viejo armario, de donde extrajo un pequeño portafolios negro bañado en polvo. Lo colocó sobre la mesa y lo abrió cuidadosamente. Cientos de partículas de tierra se dispersaron en el aire y se volvieron visibles bajo los haces de luz solar, simulando diminutas constelaciones que danzaban alrededor de Tony. Dentro del maletín descansaba un brillante revolver plateado calibre 45, con pulcras cachas de madera que parecían jamás haber sido tocadas por manos humanas. Se lo guardó entre el cinturón y la espalda, y luego caminó hacia la puerta. Una horrible necesidad de volver a mirar la fotografía lo invadió y se detuvo a pocos pasos de la salida. Sintió un terrible ardor recorriéndole la garganta y descendiendo hacia el pecho. Gotas de sudor le brotaron de las sienes y la frente, otorgándole un brillo artificial como si fuese un personaje del museo de cera.
-Que idiotez- dijo mientras se levantaba la parte trasera del saco y posaba la mano derecha sobre la culata del revolver, como si un disparo certero a la imagen de su hermano pudiese acabar con todo aquello.
Se dio vuelta y miro nuevamente la foto. A pesar de que se encontraba a una docena de metros de ella pudo ver que nada había cambiado. La misma putrefacción, los mismos labios cosidos como con cuerdas de guitarra y los mismos ojos carentes de expresión observándolo desde el portarretratos. Tony apunto el arma hacia la fotografía. Tiro del martillo y se oyó un clic que retumbo en toda la casa. “¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó. “Esto es una maldita locura”, dijo dentro de su cabeza mientras hacia un gesto de negación con ella.
-¡Es una locura, una puta locura!- gritó a la habitación vacía. Delgados hilillos de baba la caían por las comisuras y en sus ojos el miedo emergía como el calor que brota del asfalto una tarde de enero.
Posó el dedo índice sobre el gatillo y aguardó sin saber realmente que esperaba que sucediese. Otra vez sintió la respiración espasmódica subiéndole desde los pulmones y escapando entrecortada por las fosas nasales. “Me estoy volviendo loco”, se dijo. Cerró los ojos con fuerza y dos gotas de sudor brotaron de los párpados cuando los presionó. La imagen de Vittorio se dibujo en su mente con tanta claridad que le pareció que todo el asunto de la foto era una pesadilla, y que la realidad estaba a punto de mostrarse en cualquier momento.
-Es un sueño- murmuró- solo un sueño…
No logró engañarse. Abrió los ojos y la pesadilla seguía ahí. Pero esta vez no solo la foto de su hermano estaba alterada, sino también las de todos sus familiares muertos. Todos tenían la boca cosida, los ojos blancos y la piel deshecha. Algunos de ellos eran prácticamente esqueletos carentes de restos de piel o carne, con unos pocos cabellos amarillentos colgándole sobre los costados donde alguna vez habían estado las orejas. En esos casos las costuras de la boca podían verse atravesando los huesos de los maxilares que habían sido perforados, e infinidad de grietas originadas en los hoyos se extendían hacia arriba por el cráneo.
Tony descargó un desgarrado grito de terror y cruzó la casa corriendo mientras seguía sosteniendo el revolver en su mano derecha. Abrió la puerta dándole una patada y esta se desprendió de las bisagras para luego caer de lado al suelo. Fuera el sol irradiaba su calor sobre las calles de una húmeda mañana en la que la vida parecía haberse tomado el día libre. El aire cálido estaba estancado y tanto sobre las paredes como en el suelo, había millones de ínfimas gotas de humedad oscureciendo los colores y concibiéndole un denso y pegajoso brillo a las cosas. Tony se detuvo al llegar a la vereda. Se inclinó hacia delante y apoyó las manos sobre las rodillas para tomar aire, pero lo único que ingresaba a sus pulmones eran bocanadas de una masa caliente que no le proporcionaban ningún alivio. “¿Qué es esto, qué me pasa?”, se preguntó mientras intentaba recomponerse.
-¿Qué es lo que quieres?- musitó al tiempo que echaba una mirada hacia la casa por sobre el hombro izquierdo- ¡¿QUÉ ES LO QUE QUIEREEEEEEEEEEEEEEEEES?!- exclamó mientras se incorporaba, desperdiciando el poco aire que había recuperado.
Algo lo tomo del hombro. Sintió los huesudos dedos de una mano enterrándosele en el pectoral y profirió un terrible grito de sufrimiento. Cayó de rodillas al suelo victima de la insoportable oleada de dolor que le recorrió el brazo y la mitad del torso, y automáticamente se llevó la mano al hombro para alejar lo que fuera que estuviese ocasionándole semejante daño. Pero no encontró nada. Solo tocó músculos y huesos de su propio cuerpo hundidos en las zonas en las que había sentido los esqueléticos dedos clavándosele despiadadamente. El dolor seguía allí y aquella mano fantasma pareció aumentar la presión sobre el hombro de Tony, que dejó escapar otro grito cargado de pánico mientras que de los ojos comenzaron a brotarle gruesas lagrimas.
Tony… hermano- le susurró una voz en el oído.
Los ojos de Tony se abrieron de par en par, y parecieron dos pelotas de golf a punto de caer y salir rodando por la calle. El dolor cesó inmediatamente, al parecer lo habían soltado, y se puso de pie con cierta torpeza y bastante dificultad sin quitarse la mano del hombro.
-¿Vittorio?- dijo con voz apagada mientras se incorporaba y giraba en dirección a la calle.
Y entonces vio el cuadro mas horroroso que jamás pudo siquiera haber soñado. De pie frente a él se encontraba el cadáver de su hermano, tal y como lo había visto en la fotografía. Los ojos como perlas, la carne en descomposición y la boca cosida, esta vez esbozando una sonrisa macabra. Vestía el traje negro de seda italiana que él mismo le había regalado poco antes de morir, y que le había pedido al vendedor del servicio fúnebre que le pusiera para el velatorio. La tela estaba opacada por la tierra y comida por los insectos. La camisa que alguna vez había sido blanca se había teñido de un color marrón claro, mientras que la corbata (o mejor dicho lo que quedaba de ella) descansaba sobre las solapas del saco con decenas de gusanos pululando sobre ella. Detrás de Vittorio y como un ejercito surgido del mismísimo infierno, se hallaba parte de la familia Cipriani en idéntico estado de putrefacción. Sus rostros estaban perdidos en la nada como esperando que algo bajase del cielo. Sus bocas cosidas abiertas entre los puntos de sutura, dejando ver dientes amarillentos y paladares negruzcos. Y todo su cuerpo convertido en diminutas cavernas habitadas por insectos reptantes, que se desplazaban con inusitada lentitud al tiempo que devoraban los tejidos cadavéricos. Pero más allá de ellos, detrás del horda de zombis italianos que dominaban la escena, se encontraba la población completa de Villa San Benito. Cientos de mujeres, niños y hombres atados de pies y manos, recostados en el suelo mientras los primos, tíos y demás familiares de Tony les cosían las bocas utilizando gruesos alambres como agujas, impidiendo que sus desgarrados gritos de dolor expresaran el sufrimiento que contenían. Algunos cuyas fauces ya habían sido cerradas por completo se encontraban sentados contra las paredes, escupiendo bocanadas de sangre que caían como pequeñas cataratas entre los hilos de las costuras. Tenían indescriptibles gestos de terror impregnados en el rostro, cuya pálida piel era la muestra fiel de que estaban sufriendo de manera atroz. Sus labios perforados y atravesados por gruesos hilos como sogas, se habían teñido de un color púrpura en algunos casos y violeta en otros. Y todos, pero absolutamente todos, eran victimas de temblores espasmódicos y convulsiones a causa del dolor.
-¿Qué… qué has hecho?- murmuró Tony sin poder abandonar su estado de shock. Los labios le temblaban y estaba pálido como muchas de las víctimas de su familia.
Teníamos un trato, ¿recuerdas?- respondió Vittorio sin mover la boca, pues las costuras se lo impedían. La voz parecía provenir de su cabeza y penetrar directamente en la de Tony.
-No… no, puedes hacer esto… no puedes…- dijo Tony al borde del desmayo.
Pero tu me lo pediste. Acaso no dijiste anoche “Me gustaría ver que alguien les cosiera los putos labios”. Pues el trabajo esta en marcha.
Tony no supo que decir. Estaba abrumado por la situación y sentía que en cualquier momento su cuerpo dejaría de obedecerlo y se desmoronaría.
¿Recuerdas lo que te dije la noche de mi muerte?
Lo recordaba, pero no quiso hablar.
Prometí que haría lo que fuese por ti, y eso es lo que estoy haciendo. Cumpliendo mi promesa.
-Pero esto… esto es una locura- dijo Tony recorriendo la escena con la mirada y señalándolo todo con ambos brazos en alto. Luego dejo caer el izquierdo y mantuvo en alto el derecho, en cuya mano sostenía el revolver.
Pues no me lo parece. ¿Querías que dejasen de hablar de ti?… bueno, ¿piensas que podrán hacerlo después de esto?- dijo Vittotio con una aterradora sonrisa de labios partidos, y luego escupió una carcajada burlona que retumbó dentro de la cabeza de su hermano- ¿Y que planeas hacer con eso, matarme?.- exclamó señalando el arma- Por si no te has dado cuenta ya estoy muerto idiota.
Tony pareció despertar. El color volvió a su piel y, mientras escrutaba aquel diabólico espectáculo, levanto el brazo derecho y apunto el revolver hacia Vittorio. Detrás del cadáver de quien había sido su hermano los otros cientos de despojos humanos continuaban enfrascados en su tarea de costura de labios. Gritos, quejidos y alaridos llegaban desde algún lugar y luego se acallaban o se convertían en débiles murmullos. Las filas de “cosidos” iban engrosándose con el correr del tiempo, y estos eran colocados contra una pared como si tuviesen que ser expuestos a la vista de Tony para que este los aprobara. La mayoría de las mujeres y niños perdían la conciencia a causa del intolerable sufrimiento pocos segundos después de que los atacaran, por lo que Tony sintió algo de alivio al pensar que probablemente morirían antes de despertar. En cambio los hombres permanecían conscientes y luchaban sacudiéndose e intentando desatarse, pero solo hasta que los gruesos alambres efectuaban las primeras perforaciones enviando estímulos sobrecargados de dolor al cerebro. Entonces sus cuerpos se tensaban y dejaban de resistirse. Sus ojos se ponían blancos y la sangre les chorreaba por las mejillas y el cuello para finalmente formar pequeños lagos escarlata en las calles. Y si bien no perdían la conciencia sus rostros mostraban facciones propias de la locura, como si intentasen abandonar voluntariamente el estado de cordura para evitar semejante condena.
Deberías agradecerme, solo estoy cumpliendo…- comenzó a decir Vittorio.
Un clic se interpuso en sus palabras, y luego el estruendo del revolver. Vittorio mostró una expresión aturdida en su putrefacto rostro y sus blancos ojos siguieron la caída del cuerpo de Tony, que golpeo contra el suelo emitiendo un sonido hueco cuando la cabeza reboto en el cordón de la vereda. El hoyo en el cráneo comenzó a despedir chorros de sangre que corrieron calle abajo, y se unieron a la que emanaba de la boca de un hombre enorme de saco color mostaza que estaba recibiendo la ultima perforación.
Haría lo que fuera por ti- murmuró Vittorio con la imborrable sonrisa surgiendo entre las suturas. Y luego caminó hacia el cuerpo de Tony, llevando en su huesuda mano un largo y grueso alambre oxidado.
23/03/2010 | Por Leandro | # Enlace permanente
Creía que haber aceptado ese trabajo había sido una buena idea, pero después de una semana entera de pasar las noches allí ya no pensaba lo mismo. El salario era bueno y hasta excesivo en comparación con el esfuerzo que demandaba el puesto, pues Leonardo pasaba más de la mitad del tiempo sentado en una cómoda silla, pero estar solo en medio de la noche dentro del “Parque Insectario Municipal” no era algo que pudiese considerarse agradable. Al menos el no lo creía así. Las luces de los exhibidores permanecían apagadas durante la noche y la mayoría de sus habitantes (seres que le resultaban repugnantes), aprovechaban esas horas para merodear entre las ramas y rocas que decoraban cada ambiente artificial. Como consecuencia la quietud se veía usurpada por incontables sonidos, siseos y chirridos que a Leonardo le provocaban escalofríos. A veces se encontraba en su escritorio leyendo historietas o viendo su televisor portátil, y de pronto era sorprendido por algún golpeteo en los cristales que lo hacia saltar de la silla con los cabellos de la nuca erizados. Encendía la linterna, posaba la mano derecha sobre la cachiporra y comenzaba a recorrer los pasillos con cautela, esperando que alguna de esas alimañas saltase sobre su cuello y le inyectase un veneno letal que lo paralizaría y luego lo mataría cortándole la respiración. Pero lejos de eso lo que generalmente encontraba era un par de escarabajos rinoceronte trenzados en combate, y golpeando ocasionalmente el cristal del expositor con sus amenazantes cornamentas dentadas. Entonces volvía a su puesto, se reclinaba en la silla, dejaba a un lado la linterna y el handy, y abría un paquete de frituras mientras mascullaba algún insulto hacia los “bichos de mierda”, como acostumbraba llamarlos.
Pero la noche anterior a que David Harrison (encargado del insectario) lo llamase a su oficina con el rostro irradiando furia, todo había sido distinto. Todo había sido mucho peor. Una de las arañas en cuyo exhibidor se leía “ATRAX ROBUSTUS”, había escapado inexplicablemente pues se suponía que, siendo una de las especies más peligrosas, su sector debía estar perfectamente asegurado. Pero no fue así y Leonardo la encontró caminando por el techo durante una de sus rondas de vigilancia. Su grotesco cuerpo era de un color marrón grisáceo rematado con cientos de diminutas manchas negras casi imperceptibles. Sus delgadas patas tenían el aspecto de frágiles ramas repletas de pelos blancuzcos, y se movían con increíble rapidez cada vez que la araña caminaba entre las luces del techo. Pero lo más llamativo eran los colmillos. Sobresalían de su cabeza como si fuesen un par de patas adicionales, y estaban cubiertos hasta la mitad con una especie de piel bellosa rojiza. Del medio hacia delante eran simples extensiones óseas delgadas y filosas, en cuyo extremo podían verse ínfimas y brillantes gotas de algo que Leonardo supuso era veneno. Cuando se acerco a la araña esta alzo sus patas delanteras dejando ver su cabeza y tres pares de ojos escarlata, como si tratase de advertirle que no se acercara o en todo caso que lo hiciese bajo su propia responsabilidad. “Tranquila amiga”, pensó Leonardo. Pero quien no estaba tranquilo era él. La frente había comenzado a llenársele de perladas gotas de sudor, y sentía el corazón saltándole alocadamente dentro del pecho.
-Solo, vuelve a casa…- murmuró Leonardo.
La araña permanecía impasible. Sus inexpresivos ojos brillaban bajo la escueta luz azulada de aquel pasillo, y transmitían una horrenda sensación que a Leonardo lo provoco nauseas. La atrax robustus avanzó unos centímetros y volvió a detenerse. Leonardo se llevó la mano al cinturón donde tenía la cachiporra y la extrajo de la funda. “No me obligues”, pensó al tiempo que rodeaba con fuerza la empuñadura y blandía levemente el bastón en el aire. Mantuvo la vista clavada en el insecto que por el momento parecía haber comprendido el mensaje, y solo se limitaba a hacer lentos movimientos con sus colmillos rozándolos entre sí.
-No te muevas por favor, no te muevas si quieres vivir- dijo Leonardo con su voz entrecortada por la respiración acelerada, y con el cuerpo bañado en sudor.
Pero la araña avanzó, y esta vez más rápidamente. Caminó con indescriptible velocidad y descendió por el cable de uno de los artefactos de luz que pendía del techo. Leonardo dio un instintivo salto hacia atrás y blandió la cachiporra con fuerza, golpeando no solo a la araña sino también el tubo de luz que inmediatamente estallo en pedazos. Se agacho y se cubrió la cabeza para evitar que los trozos de vidrio le cortaran el rostro, y mientras lo hacia pudo ver con el rabillo del ojo a la araña golpeando contra la pared, cayendo al suelo patas para arriba y sacudiéndose a causa del tremendo impacto que acababa de recibir. “No la mates, no la mates”, le dijo su cabeza. Leonardo alzó nuevamente el bastón. “Puedes considerarte despedido si haces lo que estas a punto de hacer”, escuchó decir a la voz que retumbaba en cada resquicio de su cráneo. Tenía la boca reseca y estaba sudando a mares. Respiró profundamente y clavó la vista en la araña que se debatía moribunda en el piso. Y luego… ¡blam!. La cachiporra descendió sobre el indefenso insecto haciendo estallar en pedazos la mitad de su cuerpo. “Estas despedido”, escuchó decir. Pero esta vez no era su voz, sino la del señor Harrison.
-Yo no se nada de arañas ni de insectos, solo traté de defenderme- dijo Leonardo. Estaba sentado en la oficina del encargado, con las manos apoyadas sobre las piernas y sosteniendo su gorra de empleado de seguridad.
La habitación era un pequeño cubículo de paredes revestidas en madera y con una única ventana a espaldas de la silla del señor Harrison, derramando su luz amarillenta sobre el escritorio bajo cuya cubierta de cristal descansaban media docena de dibujos con dedicatorias como “Para el mejor papá del mundo”. Cerca de la puerta se erguía un perchero de donde colgaba el abrigo del encargado, y en el cual Leonardo depositó el suyo antes de sentarse.
-No es necesario ser un erudito en el tema para saber que esa araña vale miles de dólares, y usted la destrozó sin necesidad. No tenía posibilidad de hacerle absolutamente nada, son completamente inofensivas en un medio ambiente como este.- Una vena comenzó a hincharse en el cuello del encargado.- Sabe bien que las sedamos una vez al día como medida de seguridad y que los efectos de su veneno son manipulados y reducidos químicamente en el laboratorio. Todo eso se le explicó durante los cursos a los que debería haber asistido antes de comenzar, pero evidentemente usted tenía la cabeza en otro lado en ese momento.- Exclamó el señor Harrison. Su pose era agresiva. Tenía los codos apoyados sobre el escritorio y los hombros inclinados hacia delante como si estuviese a punto de saltar sobre el empleado que lo escuchaba en silencio.
-Aun así tenía miedo. Estaba oscuro y esa cosa me miraba de una manera, no sé, extraña- Leonardo había desviado la vista y la tenía perdida en la pared detrás del señor Harrison, donde dentro de un cuadro había más de una docena de especies de insectos disecados.- Sé que hice mal, pero esa araña… esa maldita araña…
-Terminemos con esto- dijo el encargado visiblemente ofuscado mientras revolvía dentro de un cajón.
-Por favor señor Harrison no me despida, le prometo que lo que sucedió anoche no volverá a ocurrir jamás. Si lo desea puede descontar de mi salario el monto que pagó por la araña, creo que eso seria justo- La frente de Leonardo estaba bañada de gotas de sudor que parecían pequeñas perlas destellando bajo su cabello despeinado y grasiento.
-Usted no tiene la menor idea del precio de esa araña, así que por favor no empeore las cosas con estupideces. Si descontase ese dinero de su sueldo le aseguro que tendría que trabajar gratis durante un largo tiempo.
-Puedo pagarla, solo dígame cuanto- Leonardo se había puesto de pie al tiempo que hurgaba en sus bolsillos, con el rostro transformado era la imagen misma de la desesperación. Si bien el trabajo no le agradaba sabía que le costaría mucho conseguir otro, pues eso siempre era difícil para un hombre con antecedentes penales.
-Lo lamento, está despedido.- La voz del señor Harrison sonó áspera y lejana. Sus ojos eran como los de un soldado que acababa de matar a un adversario a sangre fría, y no solo no estaba apenado por ello sino que parecía disfrutarlo.- Le di una oportunidad cuando acepte que empezara trabajar aquí. Una que nadie mas quería darle, y usted lo sabe muy bien. Pero me ha defraudado de la peor manera y no pienso tolerar este tipo de cosas.
Leonardo agachó la cabeza y fijó la vista en sus manos. Tenía los dientes apretados y respiraba agitadamente tanto que, cada vez que exhalaba, el sonido del aire saliendo de sus fosas nasales retumbaba en toda la oficina. Murmuró algo muy por lo bajo, casi sin abrir la boca, mientras estrujaba con tal fuerza la gorra del uniforme entre las manos que en sus nudillos habían comenzado a aparecer aureolas blancas.
-Salga de mi oficina. En dos o tres días le llamaremos para que retire su liquidación final- dijo el señor Harrison mientras firmaba un papel que luego le extendió.- Presente esto en el departamento de administración antes de salir.
-Se arrepentirá- susurró Leonardo. Harrison lo había escuchado, pero ni siquiera lo miro.
-No me obligue a llamar a seguridad y salga…
-Le juro que se arrepentirá- repitió Leonardo. Alzo la cabeza, clavó su mirada en los ojos del encargado (que ahora se veía como un conejo acorralado) y aferró el bastón que llevaba colgado del cinturón. Sus ojos emanaban furia y cada una de sus facciones estaba cargada de odio.
-No hay nada que pueda hacer. Ahora salga de esta oficina o…- Harrison levanto el tubo del teléfono con una mano temblorosa y trago saliva con dificultad. Los labios le temblaron y un bulto se movió en su garganta.
Leonardo se puso de pié sin quitar la vista de los ojos del hombre que tenia en frente, como si pretendiese intimidarlo. Harrison meneo la cabeza en un gesto de incomprensión y luego bajo la mirada nerviosamente hacia los papeles que sostenía entre las manos.
-Esto no ha terminado- dijo Leonardo mientras caminaba hacia el perchero. Miro por encima de su hombro y vio que el encargado aun mantenía la vista baja. Finalmente se coloco de espaldas al escritorio cubriendo completamente la visión que Harrison podría tener del perchero y tomo su abrigo. Y en el mismo instante, casi imperceptiblemente, reviso los bolsillos del saco de quien ahora se había convertido en su ex-jefe.
La oficina de administración se encontraba en un primer piso sobre el local de venta de recuerdos y regalos del insectario, en el que decenas de personas revolvían estantes llenos de peluches, llaveros y adornos con forma de araña, caracol y otros bichos. Leonardo subió por las escaleras y descubrió que, a una decena de metros de la puerta con el cartel que decía DEPARTAMENTO ADMINISTRATIVO: SOLO PERSONAL AUTORIZADO, había otra en la que se leía ALMACEN DE SUMINISTROS: NO INGRESE SIN EL UNIFORME ADECUADO. “Ni se te ocurra”, se dijo a sí mismo. Pero a esa altura ya no escuchaba ni a su propia voz, y pasó la tarjeta magnética que había tomado del abrigo del señor Harrison por la cerradura del almacén. La puerta emitió un pitido y luego un “crack”, para finalmente abrirse dejando ver una pequeña hendija. Leonardo la empujó cuidadosamente. Un olor metálico le llegó desde el interior de aquel enorme cuarto completamente blanco, en cuyo interior se erguían docenas de góndolas repletas de frascos, cajas y contenedores plásticos. Bajo la intensa luz de laboratorio que resplandecía en cada centímetro del lugar, aquellos anaqueles parecían un ejercito de enormes robots salidos de un cómic japonés. El ulular de un purificador de aire bajaba desde el cielorraso en donde unas rejillas lo absorbían, procesaban y luego lo devolvían limpio a la habitación. Leonardo caminó entre las estanterías leyendo las etiquetas de los frascos sin saber que estaba buscando. Los envases se veían como delgadas municiones de cristal destellando con filosas estrellas de cinco puntas bajo los blancos haces que caían desde el techo.
-Podría vender algunas de estas cosas- masculló mientras estiraba la mano para llevarse un tubo en cuya etiqueta se leía: CENTRUROIDES NOXIUS.
Se lo guardó en el bolsillo y continuó caminando parsimoniosamente, como si pensase que no existía la posibilidad de ser descubierto. Tomo dos frascos mas de otras góndolas (con inscripciones tan lejanas a su comprensión como todas las restantes) y se dispuso a salir del almacén, pero al dar vuelta a la izquierda al final de un pasillo se paralizó. Intento decir algo pero las palabras se habían atorado en la garganta. El corazón le dio un vuelco dentro del pecho y en cuestión de segundos comenzó a latir como si Leonardo hubiese corrido durante horas sin parar.
-Esto… no es posible…- susurró. Los ojos inyectados en sangre le sobresalían exageradamente de las cuencas.
Sobre una pequeña mesa metálica, a pocos metros de él, se hallaba una especie de enorme pecera que ocupaba casi la totalidad del ancho de la habitación. Contenía cientos de piedras blancas y grises bañadas con una tierra amarillenta, entre las cuales asomaban plantas y pequeños arbustos como si fuese una maqueta del desierto de Mojave. Estaba perfectamente sellada y sobre uno de los ángulos había un aparato zumbante que a Leonardo le pareció un sistema aireador. “Eso lo aprendí en los cursos, imbécil”, se dijo pensando en Harrison. Pero ese pensamiento fue un flash en su cabeza congelada por el terror. Porque en medio de aquellas rocas, casi como si fuese parte de ellas, descansaba un enorme insecto que el no pudo identificar. Y si bien eso no implicaba que fuese algo de otro mundo, puesto que sus conocimientos en la materia eran más que escuetos, supo de inmediato que aquello no era algo que encontraría con facilidad en una enciclopedia de zoología. Era muy similar a un escorpión, pues sobre su espalda se alzaba una cola rematada en un aguijón, pero las patas (Leonardo pudo contar ocho) parecían ser las de una araña puesto que estaban repletas de diminutos cabellos delgados. Tenía el lomo cubierto de una coraza marrón oscura similar a la de los alacranes, y su cabeza estaba prácticamente oculta debajo de ella dejando ver solamente tres pares de horrendos ojos rojizos.
-ARACNOSCORPIDUS- Leyó Leonardo observando un pequeño cartel que estaba pegado muy cerca del aireador- Que es lo que han inventado estos hijos de pu…
No pudo terminar de hablar. El animal se levantó sobre las ocho patas en milésimas de segundo, y acto seguido extrajo otras dos extremidades terminadas en enormes pinzas que hasta ese momento había mantenido ocultas debajo del cuerpo. Leonardo dio un pequeño salto hacia atrás y un frió helado le corrió por la espalda. “Si esta cosa llegase a picarme de seguro terminaría mis días en la morgue hinchado como un globo”, pensó sintiendo una mezcla de nauseas y miedo. Desvió la mirada y pudo ver que en un estante cercano al habitáculo del aracnoscorpidus había una recipiente de plástico conteniendo una jeringa, un par de guantes, unas pinzas metálicas de gran tamaño, una especie de red tipo colador, y un frasco rotulado que decía DOSIS MÁXIMA 10 Mg. “Llévatelo”, dijo su propia voz. “Llévate al bicharraco ese”.
-Ni loco metería las manos ahí dentro- se respondió mientras observaba al enorme insecto, que permanecía de pie con sus amenazantes tenazas erguidas como si tratase de mostrar su poder al intruso.
“Solo su cadáver debe valer millones, imagínate vivo”, se dijo. En su mente pudo ver la escena en la que metía las menos dentro del exhibidor de cristal, para segundos después yacer tirado en el suelo en medio de una convulsión mientras esa cosa le caminaba por el pecho.
-Olvídalo si realmente quieres vivir algunos…
Una alarma comenzó sonar. Leonardo dio un respingo y miró en dirección a la puerta esperando ver a sus ex compañeros de seguridad entrando y blandiendo sus cachiporras. Pero aun no habían llegado y supuso que todavía le quedaba algo de tiempo hasta que viniesen por él. “Es ahora o nunca, decídete”, volvió a hablarle su propia voz. Leonardo clavó la mirada en los aterradores ojos del aracnoscorpidus. Comenzó a respirar agitadamente y en sus axilas comenzaron a formarse enormes círculos de sudor. Tenía los labios apretados y el seño fruncido, como si estuviese experimentando una especie de enojo hacia sí mismo por la indecisión y la cobardía. Cerró los puños y se balanceó levemente hacia delante, y luego nuevamente hacia atrás. Se veía como un niño al que han obligado a subir al trampolín en las clases de natación, y hallándose parado al borde del tablón intenta tomar ánimos para dar el salto. “El tiempo se acaba”, murmuró su cabeza. “Ese aracnoqueseyo es tu única garantía”, continuó. Apretó los dientes y cerró los ojos. Luego meneó la cabeza como tratando de negar una realidad que no quería afrontar. “Eres un cobarde”
-Basta…
“Un maldito y asqueroso cobarde”.
-Basta… – se dio un puñetazo en la cabeza.
“Y por eso has perdido tu trabajo”
-¡Bastaaaaaa!- gritó Leonardo.
“Entonces ya sabes lo que tienes que hacer”.
Abrió los ojos nuevamente, y sin pensarlo corrió hacia el exhibidor de cristal.
David Harrison apagó la computadora, luego las luces y camino hacia el perchero. La luna pareció aprovechar aquella oportunidad y bañó el escritorio con líneas de una mortecina luz azulada que penetraba a través de la persiana entornada. El encargado cerró la oficina y caminó por el pasillo de acceso a las escaleras al tiempo que metía las manos en los bolsillos. Se detuvo en seco.
-¿Se le ha perdido algo?- dijo una voz proveniente de la oscuridad. Una voz que a Harrison le hizo dar un vuelco en el estomago.
-Con que así fue como lo hiciste- respondió el encargado con un tono cargado de miedo- Deberías saber que afuera hay decenas de policías buscándote, pero supongo que esa es la razón por la que no te has ido aún.
-Eso a usted no le importa- masculló Leonardo saliendo de la oscuridad. En su mano derecha portaba una jeringa cargada de un viscoso líquido azul.
-¿Qué es lo que piensa hacer con eso?- preguntó Harrison retrocediendo unos pasos- No haga nada de lo que pueda arrepentirse.
Leonardo escupió una carcajada estertórea que lo obligó a sostenerse de la pared con la mano izquierda.
-Eso mismo es lo que debería haberse dicho a usted mismo antes de quitarme mi empleo- dijo recuperando la postura- Ahora acompáñeme a mi oficina por favor.
-Ni siquiera lo píen…
Leonardo dio dos enormes zancadas y tomó al encargado por el cuello rodeándolo con el brazo izquierdo, mientras que con la mano derecha posaba la aguja de la jeringa a pocos milímetros de la aorta.
-Usted sabe mejor que yo lo que puede hacer esta cosa azul, así que limítese a obedecer si quiere seguir con vida.
-Muy bien, muy bien- dijo Harrison con voz ahogada- haré lo que me pida.
Descendieron por la escalera y caminaron por la playa de estacionamiento en la que un cartel pedía NO ARROJAR BASURA AL SUELO. Luego ingresaron al insectario por la puerta de acceso para visitantes, en cuya entrada había un enorme backlight con fotografías de arañas, caracoles, escorpiones y otros insectos, en la que se leía BIENVENIDOS A UN GRAN MUNDO DE PEQUEÑOS ANIMALES. Cruzaron los molinetes en los que durante el día se le solicitaban los tickets a quienes visitaban el lugar, y se internaron en un oscuro pasillo repleto de carteles de publicidad, avisos de seguridad y advertencias como NO FUMAR y NO UTILIZAR FLASHES. Pasaron por la sección de insectos rastreros, luego por donde se hallaban los voladores (avispas, abejas, mariposas, etc.), y finalmente llegaron a una enorme arcada con luces azules sobre la que se podía leerse: ARÁCNIDOS.
-Hemos llegado- susurró Leonardo.
-No sé que es lo que intenta hacer, pero es evidente que se ha vuelto loco- respondió dificultosamente el señor Harrison, cuyo cuello aún se encontraba amenazado por la aguja de la jeringa.
-Solo intento cumplir con mi palabra- dijo Leonardo con una amplia sonrisa en el rostro- ¿Recuerda lo que le prometí esta tarde?.
-No tengo idea de que…
-Que se arrepentiría- le susurró Leonardo al oído.
Se detuvieron frente al exhibidor con el cartel ATRAX ROBUSTUS, donde una silla y varias cuerdas habían sido colocadas justo debajo del artefacto de luz destrozado.
-Póngase cómodo, todo esto ha sido preparado para usted- dijo Leonardo empujando al señor Harrison y obligándolo a sentarse. Una pequeña risa burlona brotó de sus labios.
-¿Cree que le tengo miedo?- preguntó el encargado procurando parecer tranquilo, pero visiblemente aterrado.
-¿A mí?. No, no creo que me tenga miedo. De echo no debería, soy incapaz de matar una persona.
-¿Qué se propone entonces con todo este circo?- dijo Harrison con cierto grado de valentía recuperada en la voz.
-Pues creo que fue usted quien me dijo que estas cosas- dijo señalando a las arañas- son completamente inofensivas en un medio como este. Lo que me propongo simplemente es averiguar si eso es verdad- continuo diciendo mientras ataba los pies y manos del encargado a la silla.
Harrison sintió que iba a desmayarse. La desesperación comenzó a adueñarse de su mente y su cuerpo en tan solo décimas de segundos.
-¡Suélteme loco de mierda!- gritó con los ojos desorbitados y exhibiendo los dientes, mientras Leonardo empujaba la silla para que la cabeza de Harrison quedase apoyada justo sobre el cristal del exhibidor.
-No tiene porque temer. Usted mismo dijo que manipulan sus venenos y les administran sedantes, ¿no es así?
Lo que hasta hacia segundos eran simples nervios se había convertido en un ataque llanto. El señor Harrison lloraba desconsoladamente y una catarata de lágrimas y mocos descendía por su cuello dibujando enormes aureolas en la camisa.
-Por… lo… que… más… quiera- dijo el encargado. Cada palabra era interrumpida por un espasmo en la respiración provocado por violentos accesos de llanto, pánico y angustia- suel…te… me… por… fa… vor…
Leonardo extrajo la cachiporra del cinturón y la hizo balancear en su mano derecha. Clavo la mirada en la cabeza del señor Harrison, tomo impulsó y alzó el bastón.
-No se haga ilusiones- dijo con una sonrisa demencial aun dominándole el rostro- no pienso golpearlo a usted.
El cristal del exhibidor estalló en cientos de pedazos, algunos de los cuales cayeron sobre la cabeza y hombros del encargado provocándole severos cortes. Aureolas coloradas comenzaron a crecer bajo su camisa, en tanto que desde su cabeza bajaban hilillos de sangre que le recorrían las mejillas y la nariz.
-¡Oh mire, aquí vienen nuestras invitadas!- exclamó Leonardo.
Dos arañas caminaban por entre los trozos de vidrio en dirección a la cabeza del señor Harrison. Una de ellas era idéntica a la que Leonardo había aplastado la noche anterior, pero la otra era mucho más grande. Su enorme cuerpo parecía un gigantesco numero ocho colmado de manchones negros, y sus colmillos empapados en veneno sobresalían por debajo de la cabeza y estaban cubiertos hasta la mitad de cientos de cabellos colorados. La más pequeña descendió por el torso del encargado hacia la cintura con inusitada rapidez, mientas que la otra permaneció estática junto a la oreja izquierda bañada en sangre.
-Por… favor…
-Creo que hablar no es una buena idea- dijo Leonardo- Según parece no les gusta mucho el sonido dela voz humana.
La araña pequeña continuo descendiendo y se detuvo al borde del cinturón, mientras que la grande había comenzado a trepar lentamente por la cabeza.
-¿Se está divirtiendo?- preguntó Leonardo.
El señor Harrison era presa de un ataque de nervios y llanto, pero hacia un esfuerzo enorme por permanecer inmóvil y no provocar a las arañas. Tenía los puños y los dientes apretados. Los labios se le habían teñido de violeta y temblaban como los de un niño esperando una golpiza de su padre.
-Le diré una cosa. Dejaremos estos jueguitos inútiles y pasaremos al plato principal- dijo Leonardo.
Camino por el pasillo y se hundió en la oscuridad. Las luces de los exhibidores brindaban a aquel lugar un aspecto tenebroso, y junto con los sollozos del señor Harrison hacían que pareciera una sala de torturas. Las arañas continuaban estáticas en sus lugares: junto al cinturón y sobre la cabeza. Ambas habían comenzado a efectuar movimientos con sus colmillos, algo similar al roce que se hace entre dos cuchillos con el fin de afilar uno de ellos. Cuando Leonardo regresó llevaba consigo una especie de carretilla metálica en la que había un enorme contenedor de plástico y unas pinzas metálicas.
-Muy bien, aquí estamos- dijo con una risa casi satánica
El señor Harrison alzo la vista y de inmediato supo lo que había dentro de aquel contendor. Entonces fue presa del terror más profundo que jamás había experimentado en su vida. Sus ojos se abrieron como dos bolas enormes que explotarían en pocos segundos. Y todo su cuerpo pareció ser victima de una descarga de miles de voltios, haciendo que la silla a la que se encontraba amarrado se viese como una silla eléctrica.
-¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO… NOOOOOOOOOOOOOOOOO… POR DIOS, NOOOOOOOOOOOOOO!!!
-Oh vamos, no tiene porque temerle- murmuró Leonardo mientras extraía al aracnoscorpidus de la caja, manipulando la pinza de metal con ambas manos- Yo también sentí algo de miedo en un principio, pero hemos llegado a ser grandes amigos… ¿no es cierto?- dijo acercándose el enorme bicho al rostro, cuyo tamaño hacia que la araña grande pareciese una diminuta hormiga.
El señor Harrison había comenzado a sacudirse con suma violencia, y las arañas efectuaron diversas picaduras en su vientre y cuello. Pero aun así continuo gritando y suplicando, sin reparar en que sus músculos habían empezado a hincharse y su piel se estaba tiñendo de un color gris pálido. Se hallaba completamente bañado un sudor, no solo por el profundo terror que lo invadía, sino también porque las picaduras habían provocado que la temperatura de su cuerpo se incrementase.
-NUUUUUUUUUUU NUUUUUUUUUUUUUU… – gritaba el encargado intentando decir NO. Pero sus labios se habían deformado y no lograba abrirlos completamente.
Leonardo se acerco. El aracnoscorpidus agitaba sus patas y tenazas intentando zaparse. Era la criatura más monstruosa que él había visto en su vida, pero la sed de venganza opacaba y anulaba el temor que recorría sus venas. Aproximo el animal a pocos centímetros del rostro ya sin forma del encargado. Los ojos color sangre del insecto parecieron fijarse en los del aterrado hombre, y empezó a sacudir sus extremidades rematadas en tenazas intentando aferrarse de la nariz que ahora parecía una espantosa bola de carne putrefacta.
-Terminemos con esto- dijo Leonardo con una siniestra sonrisa repleta de dientes amarillentos dominándole el rostro.
“No lo hagas”, murmuró su voz. “Ya ha tenido suficiente”, continuó. Pero Leonardo separó las manos y de inmediato las pinzas metálicas se abrieron. Los ojos del señor Harrison vieron caer al aracnoscorpidus sobre su falda, y recorrieron el trayecto como una escena en cámara lenta. Las arañas caminaron hacia el insecto mitad araña y mitad escorpión, y en segundos fueron victimas de dos coletazos cargados de un veneno letal.
-Le dije que se arrepentiría- dijo Leonardo. Y un segundo después el bestial insecto, cuyos colmillos se habían enterrado en el muslo del encargado, volvió a blandir su cola.
15/03/2010 | Por Leandro | # Enlace permanente
El motor del Fiat 600 de Laura emitió un extraño bramido seguido de un golpeteo metálico y finalmente se detuvo en medio de la carretera. La opaca y mortecina luz de la luna bañaba el césped de los campos que se extendían a su alrededor, como interminables alfombras azuladas sobre las cuales pequeños grupos de vacas mascaban incansablemente. Laura profirió un bufido de fastidio y dejó caer la cabeza sobre sus manos que descansaban en el volante.
-Lo único que me faltaba- masculló mientras a lo lejos un grillo insistía con su monótono canto.
Cri-cri…. cri-cri…
-¡Cierra la boca, estúpido!- gruñó Laura aún con la cabeza reposada en el volante. Luego descendió del auto.
El cielo era un interminable manto negro plagado de diminutas luces que se perdían mucho más allá de su vista, y ella las observaba con una mezcla de fascinación y resignación sentada sobre la capota del auto y apoyando la espalda en el parabrisas. Había intentado hacer funcionar el auto pero sus conocimientos sobre mecánica se limitaban a cargar combustible cuando el indicador así se lo solicitaba. Finalmente decidió que lo mejor sería llamar a una grúa y no empeorar las cosas, que era lo que probablemente sucedería si comenzaba a tocar los innumerables componentes del motor. “Debe esperar al menos dos horas, tenemos mucho trabajo esta noche”, había dicho la telefonista del servicio de grúas de la aseguradora. Y si bien no le hacía ninguna gracia tener que esperar, la realidad es que no tenía otra alternativa. No había visto pasar otros autos desde que quedara varada y supuso que la carretera debía estar abandonada o que tal vez se trataba de un camino poco utilizado. “Es la mejor carretera que encontrará”, resonaron en su cabeza las palabras del vendedor de la gasolinera.
-Una mierda- se quejó Laura meneando la cabeza, y emitió otro bufido que se perdió entre los cantos de los grillos que parecían querer recordarle que se encontraba completamente sola.
Cri-cri… cri-cri…
-Que no daría yo por tener un enorme frasco de veneno para rociarlo sobre ustedes, así se meterían su canto en…
Una luz apareció en el horizonte sobre la ruta. Laura se incorporó instantáneamente sobre la capota del auto haciéndola crujir bajo sus muslos. Abrió los ojos como si delante de ella hubiese descendido el mismísimo Jesucristo, en tanto que dentro de su pecho el corazón comenzó a saltarle alocadamente. Dio un salto y se paró delante de la parrilla del Fiat 600, agitando las manos en dirección a la luz que por el momento permanecía estática. Mantuvo la vista fija en ella esperando que poco a poco fuese acercándose y dejando ver el resto del vehículo, pero por el contrario fue menguando hasta convertirse en un leve destello y luego desaparecer.
-Esto no puede estar pasándome- dijo Laura meneando la cabeza y dejando caer los brazos contra las caderas.
Se quedó de pie varios minutos más intentando divisar algún movimiento lejano en la dirección en la que había aparecido la luz, pero la densa oscuridad solo le permitía ver unos pocos metros por delante de ella. Y ni siquiera contempló la posibilidad de encender los faros de su automóvil, pues si bien no era una erudita en mecánica sabia perfectamente que si se quedaba sin batería no habría forma de ponerlo en marcha cuando llegase el auxilio. Miro hacia los lados donde el profundo cielo nocturno se fundía con el horizonte en una delgada línea solo visible por las diminutas luces de algún lejano pueblo. Las vacas, cuyo pelaje blanco resaltaba en la oscuridad con deformes manchones irregulares, seguían sumidas en sus asuntos y conversando entre ellas con su monocorde dialecto. Laura se dejó caer sobre la trompa del auto y apoyó las manos sobre las rodillas. No tenía idea de cuanto tiempo había pasado desde que el Fiat 600 la dejara abandonada en aquella solitaria carretera, y mirar el reloj no le sirvió de nada porque al alzar la mano izquierda advirtió que había dejado de funcionar. “Reemplacé la pila hace solo una semana”, pensó sintiéndose cada vez mas abrumada por la situación. Y se recostó nuevamente sobre el parabrisas.
La sombra del auto proyectada delante de ella sobre el asfalto hizo que se sobresaltara. Sintió un calor intenso en la parte superior de la cabeza, como si alguien hubiese colocado una bolsa de agua caliente sobre ella. “La grúa”, pensó al tiempo que giraba sobre sus rodillas haciendo crujir una vez más el metal de la capota.
-¡Hey!- gritó mientras sacudía las manos e intentaba mantener el equilibrio. Una amplia sonrisa había aparecido en su rostro debajo de unos ojos llenos de un renovado brillo de felicidad.
La luz se encontraba bastante cerca de ella, pero sin embargo no se oía ningún motor. Y si bien Laura pensó en que eso era extraño, siguió sacudiendo los brazos y llamando la atención de lo que ella suponía era el servicio mecánico de emergencias de su compañía de seguros.
-Aquí amigo, apresúrese- exclamó. Y fue entonces cuando su rostro se desfiguró por completo.
La luz dejó de avanzar hacia ella y comenzó a ascender en el cielo. En tan solo un par de segundos trazó un ángulo de noventa grados colocándose justo sobre la cabeza de Laura, y bañándola con enceguecedores haces lumínicos que la obligaron a colocar las manos por delante de los ojos. Las piernas comenzaron a temblarle descontroladamente al igual que el resto del cuerpo que parecía ser victima de una convulsión, y sus ojos eran la más perfecta imagen del pánico a punto de convertirse en desesperación. Un zumbido proveniente de la luz penetró violentamente en su cabeza y oídos, y Laura empezó a sentirse mareada e incluso creyó que iba a vomitar, por lo que trató de llevarse las manos a la boca para contenerse. Pero entonces descubrió que no podía moverse. Su cuerpo parecía haberse convertido en una masa de nervios y músculos inútiles, como si aquella luz o tal vez el terror en el que se hallaba sumergida le estuviesen impidiendo utilizarlos. Sintió un cálido líquido deslizándose primero por las comisuras de la boca y luego por el labio inferior, el cuello y finalmente el pecho. El hedor que ascendió hasta sus fosas nasales, le indico que su estomago revolucionado había dejado escapar la cena. La luz se volvió mas intensa y el volumen del zumbido fue incrementándose hasta el punto de hacerle sentir que la cabeza iba a explotarle. A su alrededor el mundo se había transformado en una infinita cortina blanca y ardiente que avanzaba sobre ella a medida que aquel insoportable sonido aumentaba su intensidad. En un momento creyó sentir como sus rodillas se despegaban de la capota del automóvil, pero bajo esas circunstancias no estaba segura de poder dar crédito a nada. Su estomago chilló y algo dentro de el comenzó a dar vueltas. Miró hacia abajo (o lo que hasta hace unos instantes era “abajo”) y el auto había desaparecido, y en ese mismo instante un intenso calor le subió desde el pecho hacia la cabeza. El canto de un grillo le llego desde lejos, pero no estuvo segura de si lo había escuchado o tan solo era un eco en su mente.
Cri-cri… cri-cri…
“Te pisaría si pudiese”, pensó Laura. Y se desvaneció.
Algo la aferró de los tobillos, y cuando cayó al suelo se despertó. Todavía sentía el estomago revuelto y la cabeza emitía punzadas de un terrible dolor que le bajaba por la nuca y le recorría la columna. Estaba recostada boca arriba sobre algo muy frió que le pareció metal, sobre lo cual estaba siendo transportada hacia algún lugar. Podía sentir pasos a su alrededor e incluso, aún sin poder abrir completamente los ojos, logró divisar cuatro formas humanoides rodeándola mientras avanzaban por un pasillo escasamente iluminado. “Es el mejor camino que encontrará”, pensó sintiendo que volvería a desvanecerse. Forzó los párpados para mantenerlos abiertos e intentó llevarse las manos a los ojos para aclarárselos, pero descubrió que aún no podía moverlas. “Que no daría yo por tener un enorme frasco de veneno para rociarlo sobre ustedes”, susurró en su cabeza mirando a dos de las figuras que se hallaban a su izquierda.
-¡Cierra la boca, estúpida!- dijó uno de los humanoides dirigiéndole una mirada por encima del hombro con sus diminutos ojos negros como cucarachas. Su voz sonaba apagada y entrecortada, como si estuviese hablando con la boca llena de agua.
Continuaron avanzando durante un buen rato y finalmente se detuvieron en un salón mucho más iluminado. Laura ya podía ver con bastante claridad y logro apreciar con detalle las facciones de quienes la mantenían cautiva. Tenían delgados cuellos sobre los cuales se erguía una gran cabeza carente de pelo, y en la que resaltaban sus pequeños ojos completamente negros. Su nariz era una imperceptible elevación en mitad del rostro, y en donde debía haber estado la boca apenas podía verse una pequeña línea curvada hacia abajo. No pudo ver orejas a los costados de sus cráneos, y la piel era de un color beige claro manchada con minúsculos lunares marrones que se esparcían por toda la cabeza como hormigas. Uno de ellos se acercó a Laura mientras el resto merodeaba por la habitación.
-Tenemos mucho trabajo esta noche- dijó sin que su boca se moviese. Las palabras retumbaron dentro de la cabeza de Laura como si el humanoide le estuviera hablando al oído con un megáfono.
Llevaba puesta una especie de guardapolvo gris claro que le colgaba como una túnica, cubriendo todo su manchado cuerpo raquítico. Alzo una mano y la manga descendió por el huesudo brazo hacia el codo. Entre sus tres únicos dedos sostenía algo similar a un escalpelo, cuya hoja destelló bajo las incandescentes luces de lo que parecía ser un quirófano. “Esto no puede estar pasándome”, pensó Laura. Un sudor helado comenzó a descenderle por la frente. El humanoide se acercó a ella y con sus delgados dedos quitó la sabana que cubría el cuerpo desnudo de Laura. Cuando lo hizo ella sintió de inmediato el intenso frió que dominaba la habitación, y como su piel se contraía en busca de calor. El extraño ser la admiró lentamente sin expresión alguna en el rostro, y luego hizo un gesto tras el cual los otros tres se acercaron a ellos. Un segundo humanoide estiro su mano dejando ver una especie de linterna que emitía un pequeño láser violáceo. Lo paso por encima de Laura haciendo suaves movimientos y mirando cada tanto hacia un monitor en el que aparecían extraños símbolos.
-Cri- cri… cri-cri…- dijó dirigiendo la mirada hacia el que sostenía el escalpelo.
“Te pisaría si pudiese”, pensó Laura. Los cuatro humanoides clavaron sus ojos en ella al unísono. El que llevaba el escalpelo estiro el brazo sobre el pecho de Laura y posó la filosa herramienta entre sus senos. Ella pudo sentir como la hoja producía un leve corte y a continuación el calor de la sangre derramándose hacia los lados por sus costillas. Intento levantarse pero parecía estar amarrada por las muñecas y los tobillos a esa especie de camilla. Quiso gritar y percibió el leve movimiento del maxilar inferior intentando abrirse, pero lo único que salió de su boca fue una delgada nubecilla blancuzca que se desvaneció en pocos segundos. Temblaba no solo por el extremo frió que hacia allí dentro, sino también por el pánico que sentía correrle por las venas como un torrente de lava ardiente. Los insignificantes ojos del humanoide se posaron en los de Laura y acto seguido comenzó a deslizar el escalpelo en dirección al vientre. “Noooooooooo, noooooooooooooo”, gritó ella dentro de su cabeza. Podía percibir el corte expandiéndose verticalmente y la sangre brotando a borbotones. Otro de los humanoides se acerco con una herramienta similar a una pinza y se la tendió al que había efectuado la incisión. Este otro dejó a un lado el escalpelo con parcimonia y la tomó con sumo cuidado. “¿Qué van a hacer?”, preguntó Laura. Pero la pinza ya estaba a pocos centímetros de su pecho. Entonces cuando el inexpresivo ser comenzó a hacer fuerza con la herramienta, fue invadida por el dolor más espantoso e inenarrable que jamás en la vida había sentido. Pudo ver su tórax abriéndose y crujiendo delante de ella, y sus senos separándose como las puertas de un placard. Cerró los ojos con fuerza pero de inmediato otro humanoide se acercó, volvió a abrírselos con sus ásperos dedos y le colocó un armazón que le impedía volver a cerrarlos. El ardor que sintió fue casi instantáneo, pero prácticamente imperceptible frente al dolor atroz que le llegaba desde el pecho y la hacia sentir como si hubiese tragado un vaso de lava volcánica. “Voy a morir”, se dijo sintiéndose flotar en un sueño. Sus pensamientos eran como flashes invisibles que se colaban entre el dolor y escalaban hasta su mente para morir pocos segundos después. Una luz se poso sobre sus ojos arrastrada por otra de esas delgadas manos con tres dedos, y entonces a su alrededor todo volvió a ser una ardiente cortina blanca.
-¿Usted llamó al servicio de emergencias mecánicas?- le preguntó uno de los humanoides acercando su rostro al de ella de manera tal que Laura pudo ver al detalle sus deformes manchas marrones esparcidas por la piel. Parecían pulular por el cráneo como diminutos insectos que mutaban segundo a segundo, para finalmente desaparecer engullidos por la ardorosa luz.
Una mano la tomo por el hombro y la sacudió. Hizo fuerza para incorporarse esperando que su cuerpo aun se encontrase imposibilitado de moverse, y creyendo que vería su pecho abierto con sus órganos expuestos bajo la enceguecedora luz blanca. Pero nada de eso ocurrió. Bajo sus muslos la capota del Fiat 600 crujió una vez más. Delante de ella un hombre vestido con uniforme azul se encontraba de pie sosteniendo un sujetapapeles.
-¿Puede escucharme?- dijo el hombre.
Laura sacudió la cabeza sin comprender lo que estaba sucediendo, y miró en todas direcciones al tiempo que abría y cerraba los ojos como intentando despejarlos.
-¿Señorita se encuentra bien?
-Que… donde…- balbuceó Laura llevándose las manos a la cabeza.
-Soy del servicio de emergencias mecánicas. Según parece usted reporto un problema en su auto hace unas dos horas aproximadamente.
El corazón de Laura aun latía sin control. Ella comenzó a respirar dando bocanadas como si hubiese estado sumergida bajo el agua durante varios minutos. Miró a su alrededor con desesperación y luego hacia el cielo con los ojos asustados.
-Señorita si tuvo algún problema puedo llamar a la poli…
-No…- respondió Laura aún algo aturdida- todo está bien, solo deme un minuto.
Se miró el pecho y tanteó con las manos. No había cortes visibles ni manchas de sangre. El hombre del uniforme azul la miraba perplejo, como si pensase que estaba frente a una loca.
-Disculpe- dijo Laura, y luego de bajar del auto camino hacia la parte trasera y levanto la tapa del motor. El hombre le dirigió una mirada suspicaz y luego se alejó en dirección a su camioneta, que se encontraba detenida detrás de ellos tiñendo la noche con manchones anaranjados provenientes de las luces de la sirena.
-Voy por mis herramientas- dijo el mecánico. Laura no pudo evitar sentir algo de vergüenza.
Resulto que el auto de Laura tenía una válvula destrozada, y debieron remolcarlo hasta la zona de descanso mas cercana. El hombre del servicio de emergencias le ofreció viajar junto a él en la camioneta, pero ella prefirió recostarse en el asiento trasero de su Fiat 600. Durante el todo el trayecto mantuvo la vista fija en el infinito cielo nocturno colmado de luces inmóviles que brillaban al unísono. “Ha sido el sueño mas horrible que he tenido en mi vida”, pensó sin quitar la vista de las estrellas y mientras hurgaba en una caja de caramelos. Observo la luna dominante en medio de la negrura, como una estrella desproporcionadamente grande que parecía pretender devorarse el cielo por completo en algún momento de su existencia. Un grillo se poso sobre el cristal de la luneta del automóvil y le dedicó un canto.
Cri- cri… cri-cri…
-Eres de lo más insistente amigo- balbuceó Laura con la boca llena de trozos de caramelo y meneando la cabeza.
En le horizonte, camuflada entre las estrellas, una luz brillo con extraña intensidad y luego trazo un sorprendente e improbable ángulo de noventa grados. Inmediatamente después se perdió en el infinito.
08/03/2010 | Por Leandro | # Enlace permanente
El puño se movió tan rápido que no pudo verlo. Pensó que se había desplazado con la velocidad de un rayo porque segundos antes Javier lo tenia pegado a la cadera, y ahora se hallaba frente a su nariz haciéndola estallar contra el cráneo. “Como un rayo” pensó mientras caía al suelo sintiéndose cruzar un portal entre la realidad y aquel mundo que aparece cuando el cerebro intenta conservar la conciencia. Su visión se lleno de oscilantes puntos blancos como cometas, que dejaban estelas fantasmales tras de sí cada vez que Ana movía la cabeza. Un punzante dolor proveniente de la parte frontal de su rostro le recorría el cráneo hacia la nuca, como si le hubiesen colocado un sombrero repleto de agujas y estuviesen enterrándose lentamente en su cuero cabelludo. Durante varios minutos no supo donde estaba ni mucho menos que era lo que había sucedido. Pero entonces vio el rostro enfurecido de Javier, sus puños cerrados y el piso convertido en un reguero de sangre bajo sus brazos. “Otra vez” pensó mientras apoyaba las manos en el suelo y sentía la cálida y espesa textura de la sangre. “Me ha golpeado otra vez”, susurro en su mente al tiempo que los puntos blancos se unían delante de sus ojos y todo empezaba a dar vueltas. Luego se desmayo.
En el sueño ella era al menos veinte años más joven. Llevaba puesto un fino y largo vestido floreado que se convertía en suaves olas de seda a su alrededor cada vez que la brisa matinal lo acariciaba. Caminaba lentamente por un amplio parque repleto de árboles frutales que formaban una arcada sobre ella, y rodeada de centenares de rosas cuyos pétalos se desprendían y surcaban el aire como una lluvia escarlata de ensueño. Tenia el cabello suelto cayéndole sobre los hombros y cubriendo las tiras del florido vestido celeste, que se ajustaba al cuerpo marcando sus curvas exageradamente. Al llegar junto a un banco se sentó en él. Cerro los ojos y dejo que el viento -que ella denominaba “el idioma de los árboles”- le susurrase cosas al oído. “Bellaaaaa”, escucho casi al instante. Parecía como si alguien le hubiese hablado muy despacio posando los labios en su oreja, haciendo que en realidad sonase como beshaaaa. Ana sonrió, y pensó “soy bella”. Sintió nuevamente el movimiento del vestido rozándole la piel, acompañado de una oleada de aroma a rosas que inundo su respiración. “Suaveeee”, oyó segundos después. Dejo caer levemente la cabeza hacia atrás y recorrió su cuello con las manos. “Mi piel es muy suave”, pensó mientras lo hacia. Bajo sus palmas la piel se sentía como terciopelo entremezclándose con sus dedos. “Correeee”, murmuro el viento con suma claridad en tanto un chasquido resonaba detrás de ella, como si alguien hubiese pisado una rama. Ana abrió los ojos y sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Lo que antes era una hermosa postal de primavera se había convertido en un bosque reseco y abandonado. Los árboles carecían de hojas y sus frutos putrefactos se hallaban diseminados por el suelo, que ahora era una hedionda ciénaga inundada de barro, rocas y todo tipo de insectos ponzoñosos. Repentinamente el viento comenzó a intensificarse y paso de ser una cálida brisa a un helado vendaval de invierno. El cielo era una infinita alfombra gris oscura salpicada por los azotes de esporádicos relámpagos que, luego de centellear, trazaban grietas luminosas que eran precedidas de estruendosos truenos. Ana se puso de pie y miro hacia atrás. Los troncos avejentados de los árboles parecían haberse acercado unos a otros, y entrelazaban sus ramas tejiendo una especie de red que se balanceaba con las ráfagas de viento. “Mataaaa”, sintió decir en su oído. Un nuevo chasquido de ramas sonó a sus espaldas. Se giro y vio a Javier parado a pocos metros con los puños apretados y una expresión de odio que nunca antes había visto. Tenia el ceño exageradamente fruncido y exhibía los dientes como un perro rabioso a punto de atacar. Sus ojos eran dos bolas rojizas inyectadas en sangre, mientras que su piel era de un color gris muy parecido al del cielo y parecía tener rajaduras que se extendían cada vez que hacia una mueca.
-Eres una estúpida y siempre lo has sido, perra inútil- dijo Javier con una voz que fue casi un gruñido. Mientras hablaba trozos de piel reseca se desprendían junto a su boca y caían al suelo flotando como cenizas.
Ana lo miro invadida por el pánico. Comenzó a retroceder con pasos lentos y sin quitarle la vista de encima, esperando que en cualquier momento se abalanzase sobre ella.
-¿Dónde crees que vas?- pregunto Javier. Una sonrisa burlona había aparecido en su rostro- Cuando termine contigo no quedara ni polvo de tus huesos, eso puedo asegurártelo.
-Déjame en paz- dijo Ana mientras se abrazaba intentando protegerse del viento. A continuación el viento volvió a hablarle al oído. “Mataaaa”.
Un rayo bramo no muy lejos de allí haciendo temblar el suelo, y pocos metros de Ana cayo una rama reseca con la forma de una gran estaca puntiaguda. Ella la miró con el rabillo del ojo procurando no descuidar la atención de los movimientos de Javier, que aun permanecía estático en el mismo lugar apretando cada vez mas sus puños.
-No tienes a done ir- grito Javier abriendo los ojos de tal forma, que pareció transformarse en un enorme búho. Acto seguido estalló en una macabra risa estentórea, que dejo a la vista dos filas de interminables dientes amarillentos afilados como dagas.
-¡No pienso ir a ninguna parte imbécil!- exclamo Ana, y cuando termino de hablar no pudo creer lo que había salido de su boca.
La siniestra sonrisa de Javier se convirtió en un gesto propio de una bestia hambrienta. Hilos de sangre le brotaban de las negras encías y caían como pequeñas cataratas entre los dientes amarillos, para luego continuar por el labio inferior hasta la barbilla. Agacho la cabeza y alzo los hombros como imitando a un lobo que se apresta a saltar sobre su victima.
-Te arrepentirás de lo que has dicho- mascullo entre dientes y con la voz llena de rabia. Mientras hablaba la sangre que le brotaba por la boca hacia pequeñas burbujas que salpicaban diminutas gotas rojizas sobre su ropa.
-Haz que me arrepienta- replico Ana cada vez mas incrédula de lo que estaba siendo capaz de decir.
Un salto basto para que Javier estuviese encima de Ana. Surco el aire con increíble velocidad y en un segundo se encontró a tan solo centímetros de ella, que intento retroceder y tropezó cayendo de espaldas sobre el barro. Javier volvió a mostrarle su diabólica sonrisa. Ahora no solo había sangre en sus encías, sino también media docena de gusanos arrastrándose sobre ellas.
-¿Qué esperas?- dijo Ana devolviéndole la sonrisa y mientras tanteaba con su mano derecha en busca de la rama en forma de estaca.
Javier dio un grito que pareció retumbar en los árboles. Decenas de pájaros negros se elevaron hacia el cielo tormentoso emitiendo sonidos guturales al unísono. Entonces volvió a atacar. Ana alzó la estaca dirigiéndola justo al medio del pecho de Javier, que sumergido en su furia no pareció advertir la presencia de la improvisada lanza.
Despertó bañada en transpiración y con el rostro cubierto de sangre seca. Se sentó en el suelo e inmediatamente sintió una terrible punzada de dolor recorriéndole la cabeza. Tenues rayos de sol penetraban entre las cortinas dibujando líneas ondulantes en la pared. Se llevo una mano a la cara y descubrió que una costra se había formado sobre la nariz y parte del labio superior. Le dolían la espalda y la cadera, por lo que supuso que al desmayarse había golpeado contra algo al caer. “Tal vez una silla”, pensó. Intento ponerse de pie pero el dolor en la cadera era demasiado, entonces se giro en dirección a la mesa y vio una silla volcada justo detrás de ella. “Ha sido una silla”, pensó mientras la ponía sobre sus patas. Apoyo las palmas de las manos sobre el asiento e hizo fuerza para incorporarse, luego flexiono las doloridas rodillas y se paro junto a la mesa haciendo gestos de dolor cada vez que la cadera le recordaba que había sido maltratada. Aguardo varios minutos sentada sobre el borde de la mesa, tratando de recuperar el aliento y calmar los múltiples dolores que se habían adueñado de su cuerpo. Luego camino rengueando hacia el baño, sosteniéndose de las paredes para no ejercer fuerza sobre la cadera. Lo que vio en el espejo la horrorizo. Parecía como si un pulpo colorado estuviese tratando de devorarle el labio y la nariz, abarcando con sus tentáculos de sangre reseca la mitad del rostro de Ana. Tenia el labio superior partido en tres partes y los orificios de la nariz eran trozos de carne doblada hacia los lados, bajo los cuales continuaba descendiendo sangre fresca que era apenas retenida por la costra que se había formado allí. Ana pasó un buen rato lavándose y desinfectándose con alcohol. Poniéndose vendajes con crema cicatrizante y masajeándose las piernas y la cadera con productos analgésicos. Finalmente entro al dormitorio, se puso un fino camisón floreado con cierta dificultad, y cayo tendida sobre la cama dispuesta a dormir un buen rato. Cerro los ojos y dejo escapar un suspiro de alivio. Fuera una leve brisa mecía las copas de los árboles, que danzaban en el aire como verdes cabelleras de escuálidos bailarines de madera. Las sombras de la noche comenzaban a apagar las luces de la tarde, pero estas parecían resistirse trazando ribetes anaranjados en el cielo que se entremezclaban con el azul oscuro y las primeras estrellas que titilaban en el firmamento anunciando una inminente victoria del ocaso. Una ráfaga de viento penetró en la habitación agitando las cortinas. El camisón de Ana se sacudió formando olas sobre su cuerpo que le acariciaron la piel de forma casi erótica. “Bellaaaa”, dijo una voz en su oído. Abrió los ojos exaltada. Miro en dirección a la puerta esperando ver a Javier, pero no había nadie allí. La oscuridad iba ganando terreno con cada segundo que pasaba, y en el cielo nocturno había aparecido la luna como una moneda de plata irradiando su gélida luz. Desde el comedor llegó el sonido de la puerta abriéndose.
-Ana, ¿estas en casa?- dijo Javier. La frase sonó como “¿esssstassss eeen jjjasa?”. Estaba borracho.
Ana percibió de inmediato su estado de ebriedad y no respondió. Se llevo una mano a la boca reprimiendo un “si” que estuvo al borde de escapar de sus labios, casi como una respuesta programada de esas que escupen los muñecos de peluche cuando presionas su mano. No había tiempo para esconderse fuera de la habitación, porque él escucharía sus pasos. Recorrió todo el dormitorio con la vista y al ver la ventana decidió que, sin importar los tres metros que la separaban del suelo, saltaría a través de ella. Se puso de pie y se acerco lentamente procurando no hacer demasiado ruido y, cuando estuvo frente a la ventana miro hacia abajo. “Esto va a doler”, pensó. Poso su pie izquierdo en el marco de la ventana y las manos en los costados. “No pienses, hazlo sin vacilar”, se dijo. Detrás de ella los pasos de Javier se escuchaban mucho mas cerca.
-Contesta perra inútil- grito Javier, y a continuación se oyó un sonido de cristales rotos. “Ha lanzado su bebida contra la pared”, pensó Ana.
Miro nuevamente hacia abajo. El césped era una carpeta verde azulada bajo la mortecina luz de la luna, iluminado con manchones blancuzcos ovalados que las luces municipales dibujaban sobre él. A lo lejos en el horizonte una línea anaranjada conformaba el ultimo aliento de vida del agonizante día que se hundía bajo las sombras. “No pienses”, se dijo Ana. Cerro los ojos. Escucho nuevamente los pasos de Javier que ya se encontraba junto a la puerta del dormitorio.
-¡Ven mi amor!. Papi te dará una lección para que aprendas a no desaparecer como una puta perra- exclamo. Luego dejo escapar un eructo que pareció un trueno.
Ana subió la pierna derecha al marco de la ventana. Ahora se encontraba en cuclillas a punto de dar un salto que bien podía partirle la cadera, o tal vez solo la pierna o un tobillo. Recordó los días en la granja de sus abuelos, cuando solía trepar los árboles en busca de fruta fresca. El abuelo insistía con que no subiese demasiado alto, pero ella nunca le hacia caso. Se balanceaba sobre las ramas como un mono salvaje en busca de la cena para sus pequeños, sosteniéndose con pies y manos de los troncos mas sólidos. Una ráfaga de viendo la sacudió haciendo que se balanceara, y que casi cayera de espaldas al suelo de la habitación. Pero ella logró sostenerse con firmeza. Sus ojos aun estaban cerrados. Su boca reseca y su corazón latiendo con locura dentro del pecho. Un nuevo y mas intenso azote del viento la empujo, como si este pretendiese evitar que se lanzara hacia abajo. Su mano derecha se desprendió del marco de la ventana y perdió el equilibrio, cayendo hacia atrás a pocos metros de la cama.
-¿Qué demonios estas haciendo?- pregunto Javier parado junto a la puerta, al verla caer desde la ventana.
Una risita retumbo en el cuarto, y otra ráfaga de viento sacudió las cortinas. Ana se puso de pie sosteniéndose de la cama. Tenia el rostro cubierto por el cabello, pero podía verse una amplia sonrisa dibujada en su boca.
-¿De que te ríes imbécil?- grito Javier.
-El idioma de los árboles- dijo Ana mientras se quitaba el pelo del rostro.
-¿Pero que estupidez es esa?. Yo voy a enseñarte el idioma de mis puños.
“Suaveeee” se oyó decir a una voz que, si bien parecía susurrar, resonó en cada rincón del dormitorio. Ana soltó otra delicada risa y a continuación clavo sus ojos en los de Javier, que había comenzado a caminar hacia ella con los puños apretados y un gesto mezcla de rabia y locura invadiendo sus facciones.
-Pero… ¿qué?… ¿quién?…- dijo Javier y se detuvo en seco. Tenia la boca y los ojos abiertos exageradamente.
El rostro de Ana había rejuvenecido al menos veinte años, al igual que todo su cuerpo que ahora era el de una adolescente. El viento proveniente de la ventana que estaba justo detrás de ella empujaba su camisón floreado hacia delante y hacía ondular su cabello dándole una imagen aun mas joven. En su rostro se percibía plena felicidad.
-¿Quién ha dicho eso?- grito Javier mirando el techo. La rabia y la locura antes dibujadas en su rostro habían sido reemplazadas por el pánico y los nervios- ¿Qué esta sucediendo aquí?- dijo con los labios temblorosos y los ojos desencajados. Había retrocedido varios pasos y se hallaba apoyado de espaldas contra la pared junto a la puerta.
Ana permanecía en el mismo lugar y con esa expresión plena de felicidad tatuada en la cara. Su sonrisa era cada vez mas amplia -casi grotesca- y en sus ojos había comenzado a aparecer un atisbo de maldad.
-¡Perdóname Ana, te lo ruego!- exclamo Javier deslizándose contra la pared y cayendo de rodillas al piso. Tenia las manos juntas como formando un único puño, y la boca apoyada en ellas como si estuviese elevando una plegaria al dios de los borrachos golpeadores arrepentidos. El intenso viento le azotaba los escasos cabellos que quedaban en su cabeza, haciendo que se viese aun mas calvo de lo que ya estaba.
Ana dejó escapar una nueva risita que se prolongo hasta convertirse en una carcajada. Sus ojos continuaban posados sobre Javier.
-Correeee…- susurro Ana. Pero la voz que salió de su boca no fue la suya, sino la del viento. El idioma de los árboles.
-¿Qué?- balbuceo Javier. Estaba pálido y un liquido amarillento broto de sus pantalones formando un charco en el suelo.
Ana frunció el seño y en su rostro apareció una mirada demoníaca, en tanto que sus ojos se volvieron completamente blancos como perlas incrustadas en un rostro de marfil. Javier se puso de pie lentamente. En el centro de su pantalón a la altura del cierre, había un circulo oscuro justo por donde había escapado la orina. Estaba temblando descontroladamente y comenzó a caminar sin despegarse de la pared, como si pensase que esta lo protegería llegado el caso. Su mirada estaba fija en los siniestros ojos de Ana pero no porque así lo deseara, sino porque algo mas allá de su control le impedía desviar sus ojos de los de la joven que se hallaba de pié frente a él. Cuando se encontraba a unos pocos centímetros de la puerta sacudió la cabeza como despertando de un sueño –o una pesadilla- y giro violentamente en dirección a la salida. Finalmente echo a correr haciendo retumbar cada uno de sus pasos como si llevase pesados zapatos de plomo que destrozaban la madera del suelo bajo sus pies.
La noche era espesa y una bruma fantasmal flotaba en el aire dándole al jardín un lúgubre aspecto de cementerio. Alrededor de la luna se había formado un arco iris perfectamente visible que la hacia parecer un Júpiter plateado en medio de las estrellas, cuyo brillo era atenuado por las infinitas y diminutas gotas que dominaban la atmósfera. El viento había cesado por completo y eso llamo la atención de Javier en cuanto salió corriendo de la casa. Pero esa idea cruzó su cabeza casi como un flash, porque estaba demasiado ocupado en escapar como si lo persiguiese la mas terrible bestia asesina. En su semblante el pánico descontrolado hacia que sus ojos temerosos parecieran querer escapar de las cuencas oculares, en tanto que sus labios temblaban como si allí afuera la temperatura estuviese bajo cero. Cruzo el jardín delantero lo mas rápido que pudo, pensando que si lo hacia con suficiente velocidad esa “perra inútil” no podría hacerle nada. Pero se equivoco. Lo que vio al llegar al final del jardín lo dejo no solo sin aliento, sino también con la sangre helada corriéndole por la espalda. Tuvo que frenar de golpe y resbalo en el barro, cayendo sentado sobre el césped y dándose un golpe que le retumbo en toda la columna.
-Esto no puede ser- dijo con voz apagada, mientras pataleaba en el suelo intentando retroceder.
La casa estaba rodeada de árboles secos. Se hallaban a escasos centímetros uno de otro conformando una barrera impenetrable, sin dejar el mas mínimo espacio como para evitar que una persona pasase entre ellos. Era un cuadro escalofriante. Todos esos enormes árboles apostados junto a la casa, con sus ramas alzándose hacia la oscuridad como cornamentas. Parecían tener vida propia e incluso rostros y, en un momento dado, Javier creyó ver como uno de ellos mostraba una amplia sonrisa repleta de horribles dientes de madera por los que caminaban arañas, cucarachas y toda clase de insectos de un tamaño inusualmente grande.
-Es una bruja- dijo Javier- ¡una perra bruja!
Alzo la vista hacia la ventana del dormitorio y pudo ver a Ana de pie frente a ella observándolo fijamente. No logro divisar si sus ojos aun permanecían blancos, pero tampoco le interesaba averiguarlo.
-¡Maldita perra bruja!- le grito desde el suelo- ¡¿Crees que vas a asustarme con estos putos árboles de mierda!?. Pues no ¿me escuchas?, no me asustan en lo mas mini…
Algo le rodeo el tobillo. Javier desvió la mirada de inmediato en dirección al pie y entonces su desesperación fue completa. La rama de uno de los árboles estaba enroscada como una serpiente alrededor de su tobillo. La siguió con la vista y pudo ver que terminaba justo en la copa del árbol en el que había creído ver una diabólica sonrisa infestada de asquerosos insectos.
-No…- murmuro Javier- No… no… nooooooooooooooo!- exclamó en un grito cargado de terror.
La rama comenzó a contraerse y a arrastrarlo hacia el cerco de árboles. Javier clavó las uñas en el barro intentando evitar lo inevitable, y dejando surcos en la tierra como marcas de su macabro destino. Gritaba palabras inarticuladas cargadas del mas absoluto miedo, e intentaba zafarse sacudiendo las piernas y pateando la rama con el pie libre. Incluso logro balancearse hábilmente girando sobre la cintura para alcanzar la rama con sus manos y desenroscarla, pero en ese momento otra rama apareció como un látigo y envolvió sus muñecas sellando su final.
-Mataaaa…- dijo Ana nuevamente con esa voz que no era la suya, y que apenas pudo escucharse por sobre los gritos de Javier.
Fuera de la casa el viento comenzó a soplar con fuerza. La bruma se disipo y la luna quedo expuesta brillando como una descomunal moneda en medio del cielo nocturno. A su alrededor las estrellas recuperaron el brillo y parecieron titilar al unísono. Ana permaneció de pie frente a la ventana incluso después de que los árboles desaparecieran. Sus ojos habían vuelto a la normalidad y tenia la mirada perdida en el horizonte. Sus cabellos danzaban en el aire al compás del ulular del viento, que poco a poco iba decantando en una leve y cálida brisa. “Se ha ido” pensó, y una sonrisa apareció en su rostro. En sus retinas aun permanecía la imagen de Javier siendo engullido por la oscuridad bajo los árboles, rumbo a un destino que ella desconocía pero que seguramente había sido terrible. Al menos así lo deseaba.
-Se ha ido- dijo al tiempo que cerraba los ojos. Una ultima ráfaga de aire le sacudió el camisón.- “Como un rayoooo”...- susurro mientras se acariciaba el cuello. Bajo sus manos la piel aún seguía siendo terciopelo.
02/03/2010 | Por Leandro | # Enlace permanente
Joel estiró la mano y la posó suavemente sobre la de Lorena. Ella esbozó una sonrisa y sus finos labios se volvieron casi imperceptibles bajo las ruborizadas mejillas, mientras que sus ojos buscaban refugio en la cálida mirada del joven que se ocultaba levemente tras algunos cabellos grisáceos. La gélida luz nocturna penetraba por la ventana del comedor que se hallaba casi en penumbras, y en el que una única y antigua lámpara irradiaba una tenue luz amarillenta que añadía ribetes dorados a los contornos de sus rostros. Joel comenzó a acariciar la mano de Lorena ejerciendo suaves movimientos con sus dedos, y luego le regalo una amplia sonrisa con la que parecía querer infundirle tranquilidad. Ella dejo escapar una risita vergonzosa que le obligo a bajar la vista e hizo que su cabello se deslizara por su frente como una catarata de cordeles escarlata, que ella finalmente aparto con un vago movimiento tras el que reapareció su delicada sonrisa.
-La mano…- dijo una susurrante y aguda voz proveniente de la oscuridad.
Una figura se recortó delante de la ventana del living a pocos metros de donde se hallaban Lorena y Joel, exponiendo su contorno a contraluz de los haces lumínicos que penetraban como flechas y morían en las paredes dibujando manchas irregulares. Medía algo más de noventa centímetros y sus rizos revueltos parecían moverse voluntariamente cada vez que su cabeza se agitaba, formando minúsculas cornamentas que desaparecían en cuestión de segundos con el siguiente movimiento. Lorena dio un pequeño salto sobre la silla y se giró con el corazón rebotándole alocadamente dentro del pecho, al tiempo que Joel giraba violentamente la cabeza con los ojos clavados en la indómita figura.
-¿Mariano?- preguntó Lorena tratando de penetrar la oscuridad con la vista.
-No toques la mano de mamá- dijo la voz, esta vez teñida de una leve rabia. Desde la oscuridad brotaron dos ojos como perlas, que resplandecieron colmados de odio bajo las fruncidas cejas.
En el rostro de Joel los nervios fueron reemplazados por una tenue sonrisa, pero aun así retiro la mano que descansaba sobre la de Lorena.
-¿No deberías estar durmiendo?- exclamó Lorena al tiempo que se incorporaba y avanzaba en dirección a la pequeña figura que permanecía estática sin articular palabra.
-Ya hemos conversado este tema, pero parece que no has entendido lo que mamá te ha dicho al respecto- comentó Lorena estirando sus brazos en dirección al niño, que inmediatamente le lanzo una mirada rebosante de ira- ¿Mariano, que significa esa mirada?- dijo al tiempo que un frió helado le corrió por la espalda y frenándose unos centímetros antes de llegar junto a su hijo.
-Joel se va a casa…
-¡Joel no va a ninguna parte!- lo interrumpió Lorena intentando imponer su voz, pero sin poder ocultar los nervios que habían comenzado a convertirse en temor.
-Esta bien- dijo Joel con una voz casi inaudible que le resulto ajena- de todos modos ya es tarde y…
-No Joel, esto no es así- dijo Lorena sin desviar la vista de los ojos de Mariano- Ayer hablamos mucho acerca de este tema, y Mariano me prometió que cosas como esta no volverían a suceder. Así que más vale que tengas una buena explicación para esto, o que de lo contrario vuelvas a la cama- la voz de Lorena sonaba algo mas segura, pero todavía sentía que algo extraño estaba pasando con su hijo.
Mariano desvió la mirada al suelo. Sus manos se juntaron a la altura de la cintura y comenzó a juguetear con los dedos como estuviese contándolos. Un débil sollozo surgió del pequeño y algunas lágrimas se estrellaron contra el piso junto a sus pies, creando oscuros manchones circulares en el suelo de madera.
-Creo que ya entendió el asunto, ¿no es así Mariano?.- comentó Joel en tono conciliador, pero el niño no respondió.
-Mariano… te han hecho una pregunta- inquirió Lorena con cierta severidad- ¿hemos terminado con esto o deberé castigarte?.
Lo que hasta el momento era un sollozo se convirtió en risa. Primero comenzó como algo insignificante que incluso hizo sonreír a Lorena y Joel, pero luego derivo en carcajadas descontroladas que Mariano escupía al tiempo que mantenía la vista atenta al conteo de sus dedos.
-¡Mariano!- gritó Lorena tomándolo con fuerza del brazo. Las carcajadas cesaron de inmediato, y el pequeño dejo de mover los dedos. Giro lentamente la cabeza en dirección a su madre mientras ella sostenía su codo elevado en el aire. El niño le dirigió una mirada furtiva que parecía provenir de alguien más, como si en ese momento no fuese el mismo quien estaba al mando de sus funciones. La observó de reojo con las cejas enarcadas y el seño fruncido, esbozando una siniestra sonrisa carente de sentimientos que dejó a la vista solo sus dientes superiores.
-Mariano… que… que es lo que…- intentó decir Lorena, pero no logró terminar de hablar. Sentía como si repentinamente toda su sangre se hubiese convertido en hielo. Pudo ver los bellos de sus brazos erizándose y sintió como los de su cabeza reaccionaban de igual manera. Un ardor insoportable le azoto los ojos cuyos párpados le era imposible cerrar, en tanto la saliva que tragaba parecía haberse transformado cientos de astillas de cristal corriéndole por la garganta. Abrió la boca y vio como de ella brotaba una nubecilla blanquecina que desapareció tras elevarse sobre su cabeza.
-Había una vez un bru, un brujito en Gulubuuuuuuu… que a toda la población, embrujaba sin ton ni sooooon – comenzó a cantar Mariano sin borrar de sus labios la horrenda sonrisa.
Lorena intento soltar el brazo del pequeño, pero le fue imposible abrir la mano. Había empezado a temblar sin control y no podía mover ni un solo músculo de su cuerpo.
-Pero un día llego el doctooooooooor
-¡¿Mariano?!- gritó Joel.
-Manejando el cuatrimotooooooooooor– el niño continuaba con la vista clavada en los ojos de su madre que ahora estaba completamente pálida y con la piel que recubre las cuencas oculares de un color violáceo oscuro.
-Mariano suelta a tu madre, ¿me escuchas?- insistió Joel poniéndose de pie pero sin acercarse. Detrás de el la silla cayó al suelo emitiendo un sonido hueco que retumbo en toda la casa.
-¿Y saben lo que pasoooooooooooooo?
Joel caminó hacia el pequeño Mariano lentamente, observando como los ojos del niño se mantenían fijos en los de Lorena que parecía estar presa de un encanto. El comedor estaba inundado de un gélido aire que flotaba como pequeñas partículas de bruma, y a través del cual podía distinguirse un aura blancuzca en torno de Mariano.
-¿Y saben lo que pasooooooooooo?- ahora la canción sonaba con la voz del pequeño, pero este no movía los labios. Su sonrisa se había ensanchado al punto de adquirir un tamaño casi deforme y si bien había retirado el brazo de entre las manos de su madre, ella continuaba en la misma posición como si aun estuviese sosteniéndolo. El rostro de la mujer contenía una expresión ausente, casi moribunda. Sus manos eran racimos de huesos recubiertos de piel violácea y el resto de su cuerpo un blanco e inmóvil manto de carne a temperatura bajo cero.
-La vaca de Gulubu no podía decir ni muuuuuuuuuu, el brujito la embrujooooo y la vaca enmudeciooooooo.
Joel intentó llamar al niño, pero no logró abrir la boca. Sus labios parecían sellados y su mandíbula inmóvil. Abrió los ojos como si hubiese visto al mismísimo demonio, mientras con el correr de los segundos su piel iba adquiriendo la misma tonalidad blancuzca que la de Lorena. Pudo ver como lentamente sus uñas se desprendían de los dedos y caían al suelo, de la misma forma en que su larga cabellera gris caía como una ducha de pequeñas mechas plateadas destellantes. Una sensación de calor le indico que débiles chorros de sangre habían comenzado a descender desde su nariz, trazando surcos colorados en la mandíbula para luego depositarse en su camisa amarilla.
-Todas las brujerías del brujito de Gulubuuuuuuuuuuuuuu, se curaron con la vacuuuuuuuuuuu, con la vacuna luna lunaaaaa luuuuuuuuuuuuuuu.
Los ojos de Joel cayeron al suelo. Su boca finalmente se abrió pero ningún sonido salió de ella, solo los dientes desprendidos de las encías que bajaban por la sangre como niños lanzándose por un tobogán. La piel del joven se derritió como cera caliente y cayó por entre sus huesos estáticos para terminar acumulándose en el suelo, mientras un mar de sangre chorreaba sobre ella como una catarata rojiza bajo el resplandor dorado de la única y antigua lámpara de la cocina. En el dormitorio Mariano continuaba cantando su canción, pero ya era casi un murmullo en medio de la noche. Porque a su lado sobre la cama, sumido en el sueño mas profundo, descansaba el cuerpo de Lorena.
11/02/2010 | Por Leandro | # Enlace permanente
Nelson estaba seguro de haber conectado los cables correctamente, pero aun así el sistema no funcionaba. La pantalla insistía en fastidiarlo con la leyenda “SIN CONEXIÓN”, y el desgarbado joven tuvo que volver a revisar una vez más cada soldadura y cada circuito dentro de la máquina.
-Esta cosa va a volverme loco- masculló con los labios apretados- pero la haré funcionar como sea, aunque tenga que empezar de cero- dijo al tiempo que revolvía una maraña de cables multicolores, y mientras se acomodaba los inmensos anteojos cuyos cristales exageradamente gruesos denotaban la pobre visión del muchacho.
El “laboratorio celestial” (como Nelson lo llamaba) era una pequeña habitación con paredes que, si bien en algún tiempo habían sido blancas, hoy exhibían un color grisáceo oscuro salpicado con cientos de manchones negros y marrones a causa de la humedad. Las vigas de madera putrefacta que sostenían el techo estaban infestadas de arañas y otros insectos, que pululaban de un lado a otro frenándose cada tanto como si observasen el trabajo de aquel joven inventor. Media docena de pequeñas ventanas ubicadas a pocos centímetros del techo consistían la única ventilación del hediondo sótano, pero no porque se encontrasen abiertas sino porque la mayoría sus cristales se hallaban destrozados. Y en el centro de la habitación, sobre un avejentado bloque de cemento, se hallaba la “máquina anti dios” en la que Nelson trabajaba desde hacia varios meses. Era un cilindro plateado de unos dos metros de alto en cuyo centro, bajo media docena de botones azules y rojos, una pantalla negra inscribía leyendas en color verde oscuro. Sobre el cilindro principal se alzaba uno más pequeño y sobre este otros dos más pequeños uno que el otro, dando la impresión de que se trataba de una antena telescópica de automóvil. Nelson conectó dos cables rojos y presionó uno de los botones azules. “Conecta por favor”, pensó. Pero la pantalla le devolvió nuevamente la misma frase: “SIN CONEXIÓN”
La puerta emitió un leve rechinido cuando Don Joaquín ingresó al sótano-laboratorio, portando una amplia sonrisa en el rostro. Nelson no advirtió la presencia de su abuelo hasta que este comenzó a descender por la escalera, que crujía bajo sus pies como si estuviese a punto de venirse abajo.
-¿Qué no habíamos hablado de una contraseña?- preguntó Nelson dirigiendo la mirada a su abuelo, colocando los brazos en jarra y en tanto se quitaba los anteojos con evidente fastidio.
-Nelson, soy el único que conoce este lugar…
-Eso no importa abuelo este trabajo es ultra secreto, y no puedo permitir que ninguna persona sin autorización sepa que estoy trabajando en el.
-Pero yo estoy autorizado, ¿no es así?- dijo Don Joaquín guiñando su ojo izquierdo.
-No hasta que salgas y digas la contraseña.
-Pero no seas…
-Es la política de este laboratorio- gruño Nelson con el ceño fruncido- y deberás aceptarla si es que quieres estar aquí.
El abuelo lo miró con cierta molestia plasmada en el rostro, pero finalmente dio media vuelta y salió del sótano. Segundos después golpeo a puerta tres veces, dejo un espacio y finalmente volvió a golpearla tres veces más.
-Diga la contraseña- gritó Nelson.
-Apocanipse- exclamó Don Joaquín desde el otro lado.
-¡Incorrecta!- gruñó Nelson revoleando los ojos con impaciencia, como si hubiese estado esperando que su abuelo equivocara la palabra.
-Apocolipso- dijo el anciano.
-Entra de una maldita vez abuelo, ¡¿tanto te cuesta recordar la palabra Apocalipsis?!
-De todas maneras eso no importa, ya sabías que era yo.
-Lo sabía, lo hiciste a propósito…
Don Joaquín le enseñó una amplia sonrisa plagada de huecos en los que mucho tiempo atrás había habido dientes, y luego comenzó a descender lentamente por la escalera aferrándose del pasa manos y apoyándose en el bastón que llevaba en la mano derecha.
-¿Aun sigues con la idea de matar a Dios?- murmuró al tiempo que en su rostro se dibujaba un gesto de dolor cada vez que posaba la pierna derecha sobre un escalón.
- No es solo una idea abuelo, es casi una realidad- dijo Nelson que seguía concentrado en la maraña de cables que escapaban de la máquina, dándole el aspecto de un enorme calamar metálico.
-¿Has pensado en lo que podrías causar, en caso que esa cosa funcione?
-Si, pero no me interesa.
-Hay vidas en juego Nelson- gruñó el abuelo. Su semblante se había endurecido, y sus palabras ya no eran simples comentarios al pasar, sino que se habían convertido en críticas.
- Cuando nos accidentamos también hubo vidas en juego- exclamó el joven clavando la mirada en los ojos del anciano- y por si no te has dado cuenta la mía fue la única que tu Dios pudo salvar, y no por mucho margen.
-Se el dolor que…
-¡Tu no sabes nada!- Nelson arrojo el destornillador contra el suelo, y luego de dar un giro en el aire este fue a parar justo sobre los pies de Don Joaquín- Fui yo el que estuvo casi media hora muerto, y el que tuvo que soportar todas esas operaciones, tratamientos y pura mierda- una lágrima comenzó a brotar del ojo derecho de Nelson, pero este la detuvo con el dorso de su mano. Luego dio media vuelta, tomó un par de pinzas y volvió a concentrarse en el cableado.
-Dime, ¿crees que funcionará?- murmuró el anciano. En sus ojos podía leerse que ya no intentaría discutir con el joven ni disuadirlo de seguir con su trabajo. Su semblante ahora exhibía un gesto de tranquilidad, pero también de resignación.
-No lo creo, lo se. Durante esos minutos que estuve fuera de este mundo pude sentir su energía, pude estar cerca de él y conocer la esencia de su existencia. He visto que es un ser tan grande como débil, y su poder tan infinito como inútil en ciertos aspectos. El jamás intervendría en el libre albedrío de los humanos, por eso nos deja ser y hacer lo que queramos. Y es justamente eso lo que me da la ventaja, porque si bien seguramente Dios conozca a la perfección cada detalle de mi trabajo, no hay nada que pueda hacer para evitar su propio fin porque yo elijo hacer esto. Yo he decidido con mi libertad y mi libre albedrío llevar adelante estas acciones, e impedirlo sería algo que iría en contra de todos sus principios. Hoy después de años de trabajo y estudio, he logrado entender cada uno de esos detalles, traducirlos y descifrarlos para contrarrestarlos. Y créeme abuelo, en algunas horas mas Dios no será más que un recuerdo.
Don Joaquín dio algunas vueltas por el laboratorio mirando aquí y allá las extrañas herramientas que Nelson tenía desparramadas por todos los rincones. Su andar era acompañado por un repetitivo toc- toc que el bastón emitía con cada paso que daba. Al llegar junto a una estantería de madera encontró una foto de Nelson junto a sus padres y su hermana, en la que los cuatro brindaban con sendas copas de sidra alzándolas en dirección a la cámara.
-Sabes, cuando tu madre murió creí que yo también lo haría- dijo el anciano mientras observaba la fotografía- La abuela me dejo hace ya muchos años, y cuando se fue también sentí que no lograría seguir sin ella. Pero la vida me ha demostrado que cuando nuestros seres amados son llamados por Dios para que lo acompañen, nosotros debemos aceptarlo y saber que en ningún otro lugar serán tan felices como allí arriba. Porque en su paraíso no hay guerras, hambre ni dolor. No hay asesinatos, robos ni violencia. Solo paz, felicidad y tranquilidad. Y puedes estar seguro de que tanto tu madre como tu padre y Laura, están ahora esperándote para cuando Dios decida llamarte a acompañarlos.
-“Para cuando Dios” decida, así es como funciona- dijo Nelson sin desviar la atención de su máquina- él decide y nosotros simplemente aceptamos- continuó mientras colocaba y atornillaba una tapa metálica que cubría los cables- Aceptamos sufrir sin tener la más mínima oportunidad de opinar ni expresarle nuestros deseos de que las personas sigan aquí con nosotros- una serie de luces azules se encendieron sobre la pantalla, en la que comenzó a titilar un minúsculo cursor verde- Pues eso se ha terminado abuelo, el ya no decide más- en el monitor de la máquina apareció la palabra “CONECTADO”, y a su izquierda un botón rojo cubierto por una tapa de acrílico transparente comenzó a emitir un zumbido.
-Nelson piénsalo bien, por favor- exclamo el anciano extendiendo su brazo hacia el joven, como si con ese simple gesto pretendiese detenerlo.
-No tengo nada que pensar abuelo- dijo el muchacho al tiempo que levantaba el acrílico. Luego alzó la vista hacia el techo y esbozo una enorme sonrisa- ¡Esto es el libre albedrío!- gritó entre carcajadas cada vez mas resonantes. Y presiono el botón.
El brillo del láser aun permanecía en sus retinas, y Nelson no lograba conciliar el sueño. El cielo negro de la tarde emitía bramidos tras los cuales decenas de rayos golpeaban el suelo, haciendo vibrar cada centímetro y derribando los restos de algunos edificios que aun quedaban en pie. Nubes grises y violáceas se desplazaban a gran velocidad hacia el hueco en forma de remolino abierto en el lugar del impacto, desde el que bajaban destellos luminosos que recortaban las figuras de deformes criaturas voladoras provenientes de alguna extraña dimensión, o tal vez del mismísimo infierno. Nelson se acurrucó debajo de lo que hasta hacia un par de horas había sido su laboratorio. Cerró los ojos una vez más y pudo ver el rayo alzándose hacia el infinito. Incluso su mente logro recrear el ensordecedor zumbido y las devastadoras vibraciones que emanaban de la máquina luego de que el joven la pusiera en funcionamiento. Una leve sonrisa apareció en el rostro de Nelson. “Libre albedrío”, pensó. Y abrió los ojos nuevamente para disfrutar del éxito de su experimento.
Ni siquiera ver el cadáver bañado en sangre de su abuelo le afectó. Fue tal la emoción por haber alcanzado su objetivo que ni se inmutó cuando el anciano fue aplastado por dos enormes vigas de madera y decenas de trozos de mampostería. Nelson gritaba y bailoteaba junto a su “maquina anti dios”, destornillándose de risa al ver el enorme agujero negro abriéndose en el cielo. “Ahí tienes todo poderoso, no soy digno de que entres en mi casa pero un disparo de esta cosa bastara para destruirte”, exclamó a voz en cuello y volvió a estallar en una carcajada sin control. Más tarde la tierra se partiría en pedazos, y el cielo se oscurecería y bombardearía las ciudades con infinitas descargas eléctricas. Los feroces vientos arrastrarían pueblos enteros terminando con las vidas de sus habitantes, al tiempo que bajo el océano maremotos jamás vistos se tragarían especies enteras. Incendios sin control azotando al mundo en su totalidad, inundaciones, terremotos… muertes y más muertes.
El sonido de un movimiento lo hizo volver en si. Se puso de pie de espaldas a la máquina, que aun seguía funcionando. El láser brotaba de la boca del cañón como una inmensa serpiente escalando hacia el cielo putrefacto y agonizante, en tanto Nelson procuraba protegerlo para que nadie intentase detenerlo.
-Aléjese de aquí me entendió, o verá de lo que soy capaz- gritó el joven hacia la oscuridad reinante.
Abrazaba el bloque de cemento sobre el cual se encontraba la máquina, como quien abraza a un ser querido a punto de morir. Miraba nerviosamente en todas direcciones con los ojos inyectados en sangre y el rostro poseído por la locura. Un chasquido resonó muy cerca, y el muchacho comenzó a inquietarse aun más.
-Estoy armado- dijo sin sonar muy convincente- y no dudaré en usar el arma si continúa acercándose- exclamó en tanto se secaba las gotas de sudor que habían comenzado a correrle por la frente.
Una deforme figura se movió a pocos metros, y a Nelson se le paralizo el corazón. Se aferró a la máquina con todas sus fuerzas y comenzó a girar pivoteando alrededor de ella. Arrastraba los pies con pesadez y lentitud, intentando colocarse del lado opuesto del que había visto moverse la criatura. Se inclinó levemente y tomo un trozo de mampostería, que encerró en un puño obligándose a sentirse un poco mas seguro ahora que tenía esa improvisada defensa entre sus dedos.
-¡Es mi última advertencia, aléjese de esta zona!- gritó intentando impostar una voz gruesa, pero escupiendo finalmente su aflautado tono adolescente.
-Con que esta es la máquina- dijo una siniestra voz que brotó desde la oscuridad. Segundos después el contorno de algo parecido a un enorme murciélago se detuvo a pocos metros de Nelson, procurando permanecer entre penumbras y exhibiendo dos descomunales alas similares a las de un dragón.
Nelson sintió que iba a desmayarse. Las piernas le temblaban sin control y su estomago era un revoltijo a punto de rebalsarle por la boca.
-Es increíble que un simple humano haya logrado lo que yo no pude en millones de años, pero eso no tiene importancia ya- dijo la criatura acercándose un poco más al joven, y dejando ver dos ojos amarillentos rematados en el centro por una pequeña bola colorada.
Nelson alzó la vista hacia su artefacto que seguía bombardeando el cielo con el gigantesco haz de luz. La pantalla continuaba avisando que los sistemas estaban conectados, y las luces azules resplandecían en la oscuridad como ojos de insectos prehistóricos que vigilaban los movimientos del muchacho. Bajó el monitor el botón rojo que había iniciado la hecatombe parecía reinar en aquel diabólico artefacto de muerte, desafiando a Nelson con volver a pulsarlo para detener una destrucción universal inminente. Nelson estiró su temblorosa mano en dirección al interruptor en el cual el mismo había escrito “MÁQUINA ANTI DIOS”.
-No te atrevas a tocarlo humano asqueroso- bramó desde las sombras el mefistofélico humanoide. Sus ojos se abrieron como enormes bolas de fuego de las que emanaba un resplandor amarillento, y acto seguido se agazapo como si pretendiese saltar sobre el joven que intentaba detener el holocausto que había creado.
Nelson cerró los ojos con fuerza y dos lágrimas corrieron por su enmugrecido rostro dibujando ondulantes surcos color piel. Flexionó el codo, cerro el puño y luego lo dejo caer sobre el interruptor de encendido.
-Ayúdame Dios- susurró ahogado en un llanto casi espasmódico. Pero mientras se rendía en esa desesperada suplica sintió que su ruego no sería escuchado. Que el final del todo cuanto había en el universo era inminente porque… ¿acaso Dios no estaba muerto ya?.
25/01/2010 | Por Leandro | # Enlace permanente
Alan Clayton supo desde muy pequeño que había algo anormal en él, pero jamás logro animarse a hablar de ello con nadie. Cada vez que se miraba al espejo o pasaba frente a una marquesina, su mente le susurraba extraños mensajes que no pudo comprender sino hasta que fue lo suficientemente mayor. Y lo suficientemente tarde. Solía despertar en medio de la noche alarmado por movimientos sospechosos fuera de la casa junto a su ventana, y pasaba horas con la vista clavada en ella aguardando poder ver algo aterrador acechándolo desde la oscuridad. Pero la noche parecía ser aliada de aquellas cosas que nunca pudo descubrir, y que aun así el sabia que estaban allí. Observándolo. Esperando…
Una mañana de verano mientras las nubes pintaban el cielo con naranjas y azules empastados por el sol, Alan despertó acuciado por terribles dolores de cabeza. Tenia la sensación de que los ojos iban a saltarle de las cuencas en cualquier momento, y que instantes después su cráneo explotaría regando la cama con sangre y trozos de materia gris. Ni siquiera podía abrir los ojos sin que la luz le provocase un insoportable ardor, en tanto que su piel parecía haber sido regada con brasas incandescentes que calcinaban cada milímetro de su cuerpo. Salto de la cama y se recostó en el suelo rodando una y otra vez sobre si mismo, como si pensase que un fuego sin control estaba consumiéndolo completamente. Se tomo la cabeza con ambas manos deseando que amainase el padecimiento, y grito con desesperación esperando que sus padres llegasen para ayudarle. Pero eso no sucedió. Nadie llego en su ayuda sencillamente porque nada estaba sucediéndole, así como tampoco hubo sonido alguno que saliera de su boca. El dolor y la sensación de ardor tanto en los ojos como en el cuerpo desaparecieron en cuestión de segundos. Alan se incorporo, se sentó en la cama y recorrió con la mirada cada centímetro de su piel. No había quemaduras, ni siquiera pelos chamuscados. La intensa jaqueca era historia, y podía ver con normalidad.
-Dios mío, ¿qué esta sucediéndome?- dijo con angustia mientras agachaba la cabeza y se llevaba las manos a la frente.
-Sube…- susurro una voz casi femenina que salió de la boca del joven, pero sin que este tuviese intenciones siquiera de mover los labios.
Aterrado se llevo las manos a la boca, y abrió los ojos como si hubiese visto al mismísimo Satanás. El corazón le latía a incontables revoluciones dentro del pecho, dando estruendosos golpes que retumbaban en los pulmones y ascendían velozmente por el cuello hacia la boca. Trago saliva dificultosamente y con la sensación de que el espeso liquido contenía millones de minúsculas tachuelas que se le clavaban en la garganta. Las manos le temblaban mientras las mantenía sobre sus labios resecos, y un sudor helado comenzaba a bajarle por la espalda. “Ha sido solo mi imaginación”, pensó tratando de auto convencerse. “Si, eso es… mi imaginación”, volvió a decirse mentalmente al tiempo que intentaba calmar tanto su miedo como las descontroladas reacciones de su cuerpo. “Solo mi imaginación… solo mi imaginación… nada mas”. Los latidos se calmaban. La lengua comenzaba a producir saliva nuevamente, y sus manos le daban tregua a los temblores.
-Así es, mi imaginación… no hay dudas… solo mi imaginación- afirmo con voz entrecortada dejando caer las manos sobre sus piernas.
El reloj marcaba las siete de la mañana pero el calor hacia parecer que el sol de mediodía arreciaba la casa, convirtiéndola en un hervidero difícil de soportar. Alan cruzo tambaleante el pasillo en dirección al baño, sosteniéndose de las paredes y tratando de no tropezar con nada. Enormes gotas de sudor dibujaban manchones casi transparentes en el pijama del joven, cuya frente había sido invadida por brillantes partículas de transpiración que se deslizaban velozmente por la nariz para luego efectuar una caída libre hacia el suelo. Una vez dentro del baño, y tras recorrer con asombrosa lentitud los escasos cuatro metros del corredor, Alan se quito la ropa y se metió en la ducha. Abrió el grifo del agua caliente y la dejo caer sobre su cuerpo, esperando sentir pronto el ardor en la espalda y acompañarlo con la consecuente reacción de alejarse violentamente emitiendo un “ouch”. Pero eso nunca ocurrió. Infinitas nubes de vapor se elevaban invadiendo por completo el cuarto, y convirtiéndolo en un blanquecino y húmedo mundo de azulejos azules. Sin embargo Alan permanecía impasible bajo la lluvia de agua caliente (casi a punto de hervor), incluso llegándola a sentir fría y revisando la llave derecha de la canilla con sospechas de que estuviese abierta.
-Esto no puede ser- dijo con cierto fastidio y en tanto cerraba y abría ambas llaves.
Dejo pasar varios minutos con ambos grifos cerrados y luego se decidió por abrir solo el que deba paso al agua fría. La lluvia cayó sobre él como un manto de hielo a temperatura bajo cero, y Alan dio repentino un salto hacia atrás emitiendo un gruñido mezcla de dolor y sorpresa. Cuando intento alcanzar nuevamente la llave para cerrarla (casi con desesperación) vio como la sangre corría por su brazo derecho entreverándose con el agua, y dibujando un morboso camino ondulante rojizo en medio de la bañera. Sus ojos se abrieron de par en par como dos gigantescas bolas de billar, y de inmediato su corazón comenzó a acelerarse nuevamente. Los dolores de cabeza se instalaron otra vez partiendo desde su lóbulo frontal, y sus extremidades empezaron a experimentar temblores una vez más.
-Esto no puede estar pasándome…- murmuro al tiempo que escrutaba con sus brazos con un pánico creciente subiéndole desde el pecho.
Se alejo de la ducha sin mirar otra cosa que sus brazos. Los labios le temblaban como a un niño que no puede contener sus deseos de echarse a llorar. Movía la cabeza en gesto de negación y debajo de sus ojos habían comenzado a dibujarse amplias ojeras violáceas. Continuo retrocediendo con lentitud hasta chocar contra la pared, y luego se sentó en un pequeño cordón donde se hallaban los frascos de shampoo que fueron a parar al piso. A su derecha (fuera de la ducha) un espejo reflejaba su imagen con poca claridad a causa del vapor, pero con el correr de los segundos fue haciéndose mas y más nítida. Alan lo miro de reojo obligándose a no prestarle atención, pero había algo en su propia imagen que lo aterraba. Algo que aun no podía distinguir con claridad, pero que cuando el espejo estuvo casi completamente seco pudo ver nítidamente. Las gotas de agua helada le habían provocado enormes agujeros en el cuerpo, y de ellos la sangre brotaba a borbotones decorando la cerámica blanca del piso con manchones colorados cada vez más grandes. Alan se coloco de frente al espejo y camino hacia él con dificultad a causa de los temblores en sus piernas. Miro con asco las enormes ojeras en sus párpados inferiores, y comprobó con terror la aparición de dos grandes bultos en su espalda.
-¡Nooooooooo… nooooooooooo… por Dios!- grito con un gesto desfigurado en su rostro, y haciendo un esfuerzo enorme para no volverse loco- ¿¡Qué es esto Dios mío, que me esta sucediendo!?- exclamo tras explotar en un ataque de llanto.
-Sube- dijo a continuación esbozando una demoníaca sonrisa ajena, mientras clavaba la vista en el reflejo de sus propios ojos- Ya es tiempo…
-Noooooooooooooo… noooooooooooooooooo- exclamo, y se cubrió la boca con desesperación.
-Ya es tiempo, y nada puedes hacer para evitarlo- dijo con una aguda voz quebrada, que resonó entre los dientes y dedos que trataban de obstruir las palabras.
La ducha se abrió voluntariamente explotando en una descontrolada catarata de agua caliente, y en pocos segundos el baño volvió a llenarse de vapor. Alan continuo mirándose al espejo apreciando lo que ahora solo era una deforme figura en el cristal empañado. Lentamente el agua comenzó a inundar el piso, formando ríos de un color rojo verdoso que caía por los desagües y escapaba por debajo de la puerta. La visibilidad era casi nula. La humedad había invadido cada centímetro del cuarto, salpicándolo con millones de gotas que se esparcían por las paredes e incluso el techo. En el espejo la figura de Alan era cada vez más difusa, pero aun así el chico no podía quitarle la vista de encima.
-Hey, ya es tiempo- murmuro Alan, con otra de esas sonrisas burlonas y enfermizas pintada en el rostro. Pero esta vez no hubo respuesta, ni tampoco ataques de nervios o llanto.
Algo se movió detrás del chico y a pesar del vapor pudo saber con certeza de que se trataba cuando lo vio reflejado en el espejo. Un insoportable dolor de espalda le recorrió la columna subiendo hasta la nuca y explotando en la cabeza. Alan se encorvo y emitió un desgarrado grito de dolor procurando no distraer sus ojos del reflejo. Sentía la piel de la espalda tirante, como si le hubiesen colocado dos ganchos y una grúa estuviese tirando de ellos. El sufrimiento lo hizo caer de rodillas, y tuvo que sostenerse apoyando las manos en el cristal. El mar de sangre y agua bajo sus piernas estallo en millares de gotas rojizas que dibujaron senderos móviles en el cuerpo de Alan. El baño entero era una escena maquiavélica y morbosa sumergida no solo en agua, sino también en la confusión y dolor de quien ahora podía sentir como todo estaba calmándose lentamente. Por eso volvió a levantar la cabeza. Por eso pudo mirarse nuevamente a si mismo y comprobar que había cambiado radicalmente. Y horrorosamente.
-Sube…- dijo Alan mirando hacia el techo, con una voz que fue casi un rugido- El momento llego…- Y se echo a volar.
21/09/2009 | Por Leandro | # Enlace permanente
La brisa matutina acariciaba las cortinas como todas las mañanas, meciéndolas como banderas que representaban la llegada de un nuevo día. El canto de los gorriones penetraba en los oídos de Liz que aún era prisionera del sueño, y remoloneaba en la cama con los ojos entreabiertos para vigilar el avance de las agujas del despertador. Pequeños destellos de luz solar iluminaban algunos rincones de la habitación haciendo que todo pareciese un sueño, y sumiéndola más en ese mundo intermedio donde la realidad se mezcla con la ficción. Donde se ven e incluso se sienten cosas que no existen en verdad… o tal vez sí.
Una terrible oleada de dolor le llegó desde el estómago, obligándola a ponerse en posición fetal. Emitió un quejido al tiempo que se rodeaba con los brazos, y pudo ver como de su boca brotaban centenares de pequeñas gotas rojizas. “¿Qué me pasa?”, pensó asustada. Levantó lentamente la cabeza de la almohada sintiéndose aturdida por el intenso dolor que acababa de sorprenderla, y se pasó una mano por el rostro intentando despertar por completo su mente y despejar sus ojos. “Cálmate, tal vez fue solo un sueño”, se dijo mientras removía algunas lagañas de sus ojos. Pero lo que vio cuando finalmente se sintió despierta, le hizo comprobar que, lejos de haber sido un sueño, aquel dolor y la sangre eran completamente reales. Su cama era un mar de sangre bajo las sabanas, y todo su cuerpo estaba bañado en ella. Durante los primeros segundos no pudo reaccionar y se limitó a mirarse y observar su cama enrojecida, pero finalmente dio un salto desesperado y abandonó el lecho mientras su garganta se desgarraba en un grito cargado de pánico.
-¡No Dios mío!- dijo mientras sus ojos incrédulos observaban la cama, y el corazón le latía sin control dentro del pecho.
Nuevamente la atacó el dolor, esta vez desde el pecho, obligándola a arrodillarse. Hizo una arcada y se llevó una mano a la boca pensando que vomitaría, pero en lugar de comida o ácidos estomacales lo que salió fue una nueva bocanada de sangre. Esta vez más abundante y negruzca.
-¡No… nooo… nooooooooooooooo…!- gritó dejándose caer de espaldas en el piso, y echándose a llorar mitad por el dolor y mitad por el miedo. Entonces descubrió algo que hasta el momento había permanecido oculto a su vista, y que le helo la sangre.
“LA ENVIDIA PUEDE COMERTE POR DENTRO”, rezaba la frase escrita con sangre en el techo de la habitación.
Liz la leyó y comenzó a temblar. Se llevó nuevamente una mano a la boca, pero esta vez para ahogar un grito de terror. Trató de incorporarse pero las piernas le temblaban al igual que el resto del cuerpo, por lo que tuvo que sostenerse de una mesa de luz para ponerse de pie.
-La envidia te come… – susurró una voz dentro de su cabeza.
-¡Bastaaaaaaaaaaaaa!- gritó Liz llevándose las manos a los oídos, y estallando en un llanto descontrolado producto de la infinita pavura que la invadía.
Abrió la puerta del cuarto de un golpe y, sin abrir los ojos, se echó a correr por el largo pasillo que comunicaba los dormitorios con el resto de la casa. Cada paso era una huella ensangrentada dibujándose en el suelo, pero también una forma fútil de intentar escapar de lo ineludible. Liz respiraba agitadamente mientras corría y de las comisuras de su boca brotaban pequeños hilillos de sangre que, con el correr de los segundos, fueron convirtiéndose en cataratas rojizas bañando su cuello. Otro ataque de dolor golpeó su cuerpo, esta vez descendiendo desde la cabeza. La mujer cayó al suelo y rodó varios metros hasta toparse con una baranda, que evitó su caída hacia la planta baja. Quedó tendida boca arriba presionándose las sienes con ambas manos, y sintiendo que alguna especie de criatura estaba mordisqueándole los órganos. Gritó y gritó sin cesar bañando el suelo del pasillo con sangre, que caía hacia la planta baja por la escalera como una morbosa catarata rojiza.
-Ya basta por favor…- gimió casi sin fuerzas.
-Te devora… – resonó la voz en toda la casa.
Liz se puso de pie sosteniéndose de la baranda, y asomó la cabeza mirando hacia abajo apoyando el pecho en el pasa manos.
“LA ENVIDIA ESTÁ COMIÉNDOTE POR DENTRO”. Decía la frase escrita en el piso de la planta baja.
-No… no es cierto…- dijo Liz.
-Si lo es… y ya le queda poco por devorar- dijo la voz dentro de su cabeza.
Los pies de Liz resbalaron en su propia sangre haciéndole perder el equilibrio. Intentó aferrarse a la baranda pero sus manos estaban también bañadas en sangre. La parte baja de su columna golpeó contra el pasa manos y luego cayó al vacío, para terminar sobre una pequeña mesa de living que se destrozó al recibir el impacto del cuerpo. Liz pudo sentir los latidos de su corazón aletargándose con cada segundo. Pudo ver la frase “LA ENVIDIA TE HA DEVORADO”, escrita con sangre en el techo de la casa. Pero nada de eso aceleró ni hizo más dolorosa su muerte, sino todo lo contrario. Agonizó durante horas sobre los restos de la pequeña mesa, revolcándose en su padecimiento y llegando a ver algo que antes no había descubierto. Algo que la aterrorizó más que la propia muerte, o incluso que aquella fantasmagórica voz en su cabeza. En una pared junto a ella había colgado un espejo, y en él vio como lentamente trozos de su cuerpo iban desapareciendo. Parecía estar siendo engullida por alguien… o algo…
-Lo ves… la envidia puede comerte, y está haciéndolo…- dijo la voz, que sonó diabólicamente feliz.
Liz cerró los ojos. Una lagrima bajó desde sus ojos y dibujó un surco color piel entre la sangre. Recordó que de niña muchas veces sus padres le habían dicho que la envidia era algo detestable, que hasta podía engullirla desde adentro si así lo quería. Pero jamás pensó que esas palabras podían volverse tan dolorosamente reales. Un insoportable dolor le corrió por la espalda. Se arqueo hacia arriba encorvando la columna, apretando los puños y haciendo crujir los dientes que se partieron como si fuesen de plástico. Cada segundo era una lluvia de agujas clavándose en su cuerpo, como si millones de hormigas carnívoras estuviesen haciéndose un festín con ella. “Tal vez sean mis últimos minutos de envidia”, pensó. “De vida”, se corrigió de inmediato. Y justo cuando todo a su alrededor comenzaba a desvanecerse, compendió que en esa confusión estaba resumida toda su existencia.