Posts etiquetados como ‘sexo’

Ian McEwan, y un impresionante relato sobre el amor y el sexo.

Novela en la que McEwan construye un delicadísimo, terrible mapa de una relación, del amor, del sexo, y también de una época, sus discursos y sus silencios.
Acabo de terminar de leer esta novela y me senté a escribir sobre ella antes de que se desvanezca el estado emocional en que me dejó. Pocas veces un libro me ha conmovido de tal manera, de principio a fin, ni me ha traído tal cantidad de pensamientos encontrados en casi cada párrafo. Recuerdos de historias ajenas, vislumbradas y sospechadas, confirmadas muy a mi pesar en algunos casos. “Muy a mi pesar”, porque uno generalmente no quiere saber esa parte de la historia de sus propios padres, de sus tíos, de los mayores que nos rodeaban cuando éramos niños, y jóvenes. Y por qué no, también de nosotros mismos, nuestros hermanos, nuestros amigos. La generación que se casaba en los ‘60, en los ‘70, con toda la desinformación, el misterio, la falta de comunicación y las culpas que las religiones, la moralina y los prejuicios de la época nos imponían.

La historia de Ian McEwan se centra en la noche de bodas de una pareja, en Julio de 1962. Y vuelve cada tanto hacia atrás, para revelarnos los hechos, los pensamientos y sentimientos de esos dos jóvenes durante el desarrollo de esa relación que en el transcurso de un año desde que se conocieron, derivó en noviazgo y casamiento. Florence es de clase media alta, hija de un exitoso hombre de negocios y una madre profesora universitaria, relacionada con reconocidos intelectuales de su época. En su casa se comían alimentos que Edward, el novio, no había visto ni probado en su vida: quesos franceses, yogurt, “un alimento delicioso que sólo conocía gracias a una novela de James Bond”, verduras como “berenjenas, pimientos verdes y rojos, calabacines”, baguettes y croissants —nombres que alguna vez confundía— y se tomaba Champagne. Edward, en cambio, pertenece a una familia que apenas se mantiene en la clase media baja, de padre maestro y una madre que vive en una nebulosa debido a un extraño accidente. Florence es violinista y Edward ha estudiado historia. Son jóvenes, son inocentes, ambos son vírgenes, y se aman verdaderamente. El noviazgo fue el típico del tira y afloja de esa época: el chico tiraba, y la chica casi nunca aflojaba. En la reseña de la contratapa del libro dice que esa fecha de casamiento, julio de 1962, fue un año justo después de que en Inglaterra se empezara a “follar” —es Editorial Anagrama—, cuando El amante de Lady Chatterley aún estaba prohibido y no había aparecido el primer LP de los Beatles.

Lo que sucede en esa noche de casamiento, entre estos jóvenes esposos en una época en la que hablar de problemas sexuales era imposible, es la materia con la que McEwan construye esta historia de una relación, con un tema de interés universal como es el amor y el sexo. La prosa de este escritor es tan espléndida que causa un gran placer leer cada una de sus frases y descubrir su profundo conocimiento del alma humana, tanto femenina como masculina. También, es excelente su retrato de una época, que en realidad, relativo al tema que trata, podría ser cualquiera. Logra transmitir de forma tan aguda y sutil los íntimos pensamientos de los personajes, los equívocos, lo que la gente no se atreve a decir, o de lo que dice al revés de lo que siente o piensa, que fue una experiencia muy especial y muy conmovedora leer este libro. A pesar de que, como dice el comentario de Jonathan Lethern, de The New York Times, en la contratapa del libro, “más que una novela de costumbres, es fundamentalmente una novela de horror”. Horror, no porque sucedan crímenes, violencias, o experiencias sobrenaturales. Horror, porque al ir siguiendo la trama, al internarnos en la intimidad de los personajes, no podemos más que sentir angustia y temor de que pierdan el camino que ellos, ambos, imaginan como un trayecto y una culminación feliz dado el amor que se tienen. Buscando una palabra para definir cuál es el sentimiento que sobresalía entre todos los que fui experimentando durante el transcurso de esta lectura, no encuentro otra mejor que “compasión”. Una profunda compasión por los dos personajes, y al usar esa palabra se puede decir que estoy plagiando al tal Lethem: “McEwan trata la situación con una compasión sin límites”.

El libro es corto, es duro, es profundo, y es genial. Lo recomiendo fervorosamente.

Al principio de esta nota, mencioné que una de las cosas que me conmovía más cuando leía, eran los recuerdos. Pensaba en nuestros padres. Habrá habido más avanzados, más liberales. He conocido personas muy mayores que puedo asegurar que supieron disfrutar del sexo. De todas maneras, en la generación de mis padres, eran muy pocos. No hace mucho, una anciana en un geriátrico, liberada de pudores debido a un derrame cerebral que la había dejado parapléjica, en un momento de esos en que recuperaba fugazmente la lucidez me contó que el marido algunas noches cuando se metía en la cama matrimonial le decía: “Date vuelta que te necesito”. Cuando escuché eso, lo que sentí fue espanto.

Nosotros, por lo menos, ya teníamos una idea mucho más clara de que el sexo podía ser una —o “la”— parte muy placentera en nuestra vida, la cuestión es que no sabíamos cómo practicarlo. Obvio que ya a cierta edad ya no creíamos más en las cigüeñas, pero nuestra sabiduría al respecto se limitaba casi en todos los casos a eso de “meter y sacar”. Nadie hablaba de “hacer el amor”. No se leía, no se veía en películas, y el tema era tabú. Era una materia que no se enseñaba en ninguna parte y sólo nos remitíamos a las historias de nuestros pares, otros chicos y chicas, y que muchas veces eran totales disparates, fabulaciones que aumentaban de boca en boca. Los más curiosos, y ya, generalmente, cuando nos poníamos de novios, tratábamos de experimentar algunas situaciones pero la mayoría de las veces terminábamos muertos del susto, o de risa. Por suerte, la voluntad la teníamos y a la larga se aprendía, se dejaban de lado los tabúes, el temor al pecado y se incorporaba a la vida de pareja, o a la vida a secas, como una de las partes más importantes de nuestra existencia. Pero lamento decir, me atrevo a afirmar, que muchos no lo lograron. Algunas mujeres, por resignación, porque nunca le tomaron el gusto, por vergüenza a que las consideraran frígidas, o por temor a que las consideraran “malas”. E, increíblemente, porque sus propios maridos se hacían los pudorosos con ellas, casadas tan jóvenes, les negaban sus derechos a la sexualidad haciéndoles creer que sólo hacían lo correcto, mientras ellos se iban a concretar sus más locas fantasías a otra parte. Y algunos hombres, por la exigencia de demostrar su hombría según parámetros que tenían que ver más con lo que se contaba o se inventaba entre los de su mismo sexo, por las enseñanzas de sus padres que muchas veces pensaban que bastaba con que los llevaran a iniciarse en brazos de alguna prostituta, porque nadie les enseñó que coger no es lo mismo que hacer el amor, y porque ninguna mujer se atrevió nunca a decirles que en realidad no sabían hacer ni una cosa ni la otra.

Desde que terminé de leer “Chesil Beach”, ayer al mediodía, me quedó la inquietud de averiguar si mi opinión, la de arriba, es acertada, o por lo menos, aproximada a la verdad. Ya sé que no en todos los casos pasaba lo mismo, pero ¿qué sucedía con la mayoría? Así que me puse a preguntar, a algunos hombres y a algunas mujeres, y por ahora no saqué nada en limpio. Los hombres, los de mi generación, sospecho que mienten un poquito —o mucho—. Parece ser que no tenían ningún problema, desde los trece o catorce años se acostaban con cuanta chica se les antojara, así fueran “buenas” o “malas”. Las novias nunca fueron remilgadas y siempre aflojaban. Rápido. ¡Vamoooosssss….! Y a las mujeres, no les gusta mucho hablar del tema, o se casaron vírgenes… Hay otras que ya sé desde hace mucho que la pasaban regio, sin trabas ni complicaciones, y creo que son las que tuvieron padres que se demostraban su amor sin prejuicios. Pero son las menos. Igual, fue una especie de encuesta de poco tiempo y con un muestreo de pocas personas. Y evidentemente, hasta ahora no me tropecé con las más apropiadas. Así que, me gustaría recibir opiniones, si son tan amables.

Y desde ya, gracias. Y si pueden, lean “Chesil Beach”, de Ian McEwan.
Editorial Anagrama. 184 páginas.


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog