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Ella, la tórtola. Capítulo VIII.

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“Cada paso que doy, pienso en vos…”

Ése fue mi primer paso del retorno a la Ilusión. Así, con mayúsculas.
No solamente por lo que significó en un primer momento para la recuperación de mi autoestima, sino porque después, con el tiempo y de a poco, comencé a integrarme a ese mundo tan distinto, en el que lo imposible parece posible, lo invisible, visible, y lo visible desaparece. Un arte que provoca que los corazones más escépticos vuelvan a sorprenderse, a tomar contacto con la inocencia de la niñez, que nos transporta a lo maravilloso y también, que despierta nuestro deseo de creer sin necesidad de pruebas y nos envuelve en un halo de fantasía. Que nos permite percibir que es posible escapar. Tómese esto último como cada uno quiera. Pero yo pude comprobar que durante el tiempo en que el mago está mostrando su arte, TODO el público se deja atrapar. Habrá algunos que me dirán que no, que no les creen, y son los que se pasan el acto completo tratando de descifrar “cómo lo hace”, en lugar de disfrutar. Los que se regodean con anticipación esperando que el artista se equivoque. Que todo, o por lo menos algo, le salga mal. Que se le escapen las palomas, los conejos. Que corte en serio a una persona por la mitad. Que se asfixie, que se ahogue… También aprendí que esos escépticos son los que el mago más disfruta, a los que mejor engaña. Son la mejor carnada. Desde mi lugar de acompañante, y con el permiso implícito de la comunidad mágica, les puedo asegurar que la magia NO EXISTE. El mago hace trampa. Engaña con la complicidad del mismo público, que para eso va.

Lo que sí existe es la otra “magia”, si uno lo quiere llamar así. Es lo que se siente cuando nos damos cuenta de que estamos conectando con otra persona y es mejor aún, cuanto menos lo esperamos. Ese hilo invisible que parece desplegarse y forma un canal de comunicación a través de los sentidos, se da muy pocas veces, o no se da nunca. Yo tuve la suerte, el privilegio, de poder volver a tejer uno. No fue de un día para el otro. Fue un proceso distendido en el que el propósito inicial era solamente disfrutar de la buena compañía, de compartir cosas, de sentir la tibieza de una piel que combina perfectamente con la de uno, de comprobar que un abrazo puede envolver, también, como un manto de afecto y no solamente por sexo.

La historia continuó así: carloparise me llamó. El mismo día que volvió. Me dijo:

—Te quiero ver. Ya. Venite para casa. Yo estoy yendo para allá.

Así, escrito, suena a mandón. Pero el tono de su voz sólo transmitía un interés sincero en verme. Yo podría haber inventado alguna excusa, hacerme desear un poco, pero no tuve ganas. ¿Para qué? Si lo que quería era salir corriendo para Pilar. Confieso que mientras él estuvo en Portugal, yo, que con ese único encuentro de la tarde tormentosa había logrado romper la barrera que me había mantenido del lado de la indeseada castidad, salí con un tal Fernando que hasta ese momento había sido sólo un compañero circunstancial en la cancha de golf. Hacía tiempo que había notado que el hombre mostraba interés en mí. Era bastante atractivo y muy agradable. Y algo muy a su favor, uno de los pocos que cuando juega con una mujer no se empeña en comportarse como un profesor. Cuando no jugaba conmigo y en algún momento pasaba por el hoyo de al lado, si el juego lo permitía, se acercaba con un beso y un hola. Yo había fantaseado con él y habría hecho algo para darle pié, si hubiera sabido cómo. Después de carloparise, la verdad, no hice nada consciente para animarlo, pero debo haber estado rodeada de una nube de feromonas o habré cambiado de actitud sin darme cuenta porque de golpe me encontré cenando con él, tranquila y natural. Más tarde me encamé con él, también con toda naturalidad. Pero, ni fu, ni fa.

Tampoco había esperado que surgiera ninguna relación con carloparise más allá de la experiencia de ese sábado, aunque la habíamos pasado muy bien. Yo, seguro. Y creo que él también. Además, él me había dicho que viajaba no sólo con otros magos, sino también con su ex mujer que había querido sumarse a la partida para aprovechar la oportunidad de conocer Portugal con las ventajas económicas de viajar junto al grupo. Cuando me lo contó yo le dije que bien podía ser una posibilidad para que se reencontraran —cosa que suponía que ella quería o quizás, querían los dos— Así, que le había deseado suerte. Y lo hice con total sinceridad.

Después, había recibido ese mail con la frasesita de los pasos por lo que su llamado no me tomó por sorpresa. Es más, estaba segura de que en algún momento se iba a poner en contacto. Lo que no me esperaba, era que fuera el mismo día de su llegada así que eso fue un incentivo más para aceptar sin dudar el llamado de la magia, subirme al auto y salir para allá.

El reencuentro fue taaaaan agradable… No les voy a dar detalles, sólo les cuento que ese día no anduvimos en moto. Qué sé yo, no hizo falta. Yo sentí que estaba haciendo el amor, sin estar enamorada. Además, la casa estaba fría después de tanto tiempo de estar cerrada, así que mientras empezaba a actuar el fuego de las salamandras, nos quedamos en la cama. Pedimos pizza y la comimos ahí adentro mientras él me contaba del Congreso, de los premios, del mago éste, de la maga aquella. De magos, magos y más magos… y más magia…

Una cosa que había notado cuando llegué fue que el jaulón de las tórtolas estaba vacío. Los gatos no estaban. Y la tortuga hibernaba. Pero una de las palomas andaba suelta por la casa. Nos siguió revoloteando a nuestro alrededor al subir la escalera caracol, y en el dormitorio se quedó quietita, paradita sobre la percha valet, mirándonos, todo el tiempo. Entre un mordizcón de pizza y otro le pregunté:

—¿Qué pasó con las demás palomas y los gatos?

—Los dejé al cuidado de un amigo. Sólo me llevé ésta.

—Ésta ¿es Ella?” —lo pronuncié “ela”, como la llamaba él—.

—Sí, pobrecita.

—¿Por qué “pobrecita”?

—Porque se bancó todo el viaje metida en la jaula. Así que ahora la dejé un rato suelta para que se reponga. Se portó tan bien, no sabés. Es una princesa.

—Ahhh, ¿así que te la llevaste?

—Claro, cómo voy a viajar sin ella. Es mi preferida. A veces llevo varias. Pero a Ella, siempre. Si no, la extraño.

El comentario me irritó un poquito. ¡Extrañar a una tórtola! Me sonó un poco loco. Además, reconozco que también, me pinchó el celo. No, el de la calentura. Si no, no sé, como ganas de levantarme y enchufarle a la boluda ésa una cachetada. En lugar de eso, tratando de mantener mi voz en un tono normal y esforzándome para que sonara también un poquito afectuosa, le pregunté:

—¿Y por qué se llama Ella?

—¿Cómo? ¿No sabés quién es Ella? La novia de Mandrake.

—¿Ésa?, ¿no se llamaba Narda? ¿No eran Lothar y Narda?

—Ah, sí. En la tira original. Pero también la llamaban Ella. Me gusta más. Es tan femenino y delicado como ella.

En la habitación había empezado a sentirse un poco el calorcito. Pero el rojo que intuí me estaba subiendo a la cara no tenía nada que ver con eso. Respiré hondo y traté de controlarme. De pensar en otra cosa. Pero de golpe me vino a la cabeza que si no hubiera sido por el color del pelo y el bigote, carloparise se parecía bastante a Mandrake. Y también, recordé cual era la capacidad especial y distintiva de Mandrake. ¿No era que hipnotizaba? Giré la cabeza despacito para ver si veía algo raro en esos ojitos que me habían cautivado. Pero justo él estaba en ese momento tratando de barajar un pedazo de muzzarella que amenazaba con caérsele sobre el vello enrulado.

Continuará…

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Ella, la tórtola. Capítulo I

Mi novio es mago. No, como Merlín o Harry Potter, sino como David Copperfield. Lo cual resulta bastante peculiar dado que esa rama del arte nunca me había interesado. Es más, cuando mi marido y mis hijos quedaban absortos frente al televisor ante las transformaciones, apariciones y desapariciones, o se entusiasmaban ante la actuación en vivo de magos y magas, yo, si la ocasión lo permitía, me iba con la música —o el libro— a otra parte.

Todo empezó por ese dejo de romanticismo que todavía me queda, y porque detesto, ¡detesto!, los malos entendidos y las historias sin terminar. Yo estaba separada desde hacía unos años y vivía con el “NO” en la boca. Muerta del susto. Y también, con mucha bronca hacia mi ex marido porque consideraba que al irse, entre otras muchas cosas, se había llevado también mi sexualidad. ¡Con qué derecho! Encima, el panorama lo veía negro y como venían las cosas, mi futuro se vislumbraba seco y célibe, y a eso, no me podía resignar.

Cada tanto me imaginaba que conocía a un hombre tal como me lo había pronosticado una adivina: bien plantado, un alma gemela, un amante creativo, un compañero considerado, un tipo divertido, un compañero de aventuras. Pero mi imaginación se paraba en seco cuando llegaba a la primera cita. ¿De qué iba a hablar? Y lo peor de lo peor, mi imaginación se requete congelaba cuando llegaba a la primera cama. Después de hacer el amor con el mismo hombre durante veinticinco años —y sí, yo fui una de esas chicas católicas— los pasos que me iban a conducir al amor liberado permanecían en una nebulosa inextricable.

A ver si me explico, yo vengo de una generación en la que todavía, de boca para afuera, la virginidad era una virtud totalmente deseable. Éramos mujeres atrevidas, de plataformas y minifaldas, de hot pants y rock’n roll, de Woodstock, Beatles y Serrat, de Almendra, la Menesunda, la Era de Acuario, de trabajo y universidad, de la V de la paz y el amor, de la píldora y del amor libre. Que no era tal. Porque en el momento de la verdad, cuando saltaba a la luz la verdad, muchas de esas chicas y mujeres terminaban con los mismos rótulos de siempre: “Puta”, “Regalada”. Yo pude presenciar como varias compañeras perdían sorpresivamente su trabajo porque la retobada historia de su “affaire” con alguno de los directivos de la empresa amenazaba con estropear la reputación de ÉL.

Después, mientras mis amigas y yo estábamos en la etapa de criar chicos, la camada que nos siguió se encontró con el intríngulis de que si no cogía era una boluda social. Aunque no tuviera ganas.

Y ahora, me pregunto si en esencia la cosa cambió. Lo que sí cambió es la cuestión del secreto. El otro día, en el transcurso de un asado, mis amigos hombres se quedaron pasmados —y aterrorizados— cuando una pendeja, amiga de la hija de uno de ellos, contaba con total desparpajo que “se garchaba ” a un tipo de la oficina, casado, y daba nombre, apellido y cargo sin ningún atisbo de discreción.

Pero, volviendo a mi mago. En mi caso, el dicho se cumplió al revés:

El que busca, no encuentra.

Y el que no busca, se lleva una sorpresa.

Un día recibo un email:

De: carloparise@hotmail.com Para: rosalafuente@yahoo.com. Yo no conocía al remitente, y mucho menos a la destinataria, pero como el texto era bastante poético y no parecía ser cadena, y por eso que dije antes de que no soporto las historias truncas, le escribí al tal carloparise para avisarle que su mensaje lo había recibido yo por equivocación. El asunto es que a los dos o tres días me escribió para agradecerme. A la semana me manda, a mí, un mensaje que sí parecía ser cadena, pero con ciertas frases sospechosamente marcadas en rojo.

Oia…

Y bueno. Le contesté.

Y así empezó un intercambio de emails. No escribíamos mucho sobre cuestiones personales, la verdad, no recuerdo muy bien sobre qué, alvo que en uno de los primeros mensajes él mencionó, como al pasar, que vivía solo. Y descubrimos que teníamos algo en común porque los dos nos dedicábamos a la publicidad. Yo no había puesto más que una leve expectativa en esa relación, pero sólo bastaba ver, de vez en cuando, su nombre en la bandeja de entrada para que a mí se me distendiera el día. No hablábamos de conocernos personalmente, ni de intercambiar teléfonos. Lo que sí intercambiamos fue unas fotos. Primero, él. Me mandó una muuuuuyyyy profesional, una foto de estudio, en la que se lo veía muy atractivo con sus bigotes canosos. Pensé que era un poquito vanidoso, pero bueh… por mi lado, yo me venía haciendo la zonza no por misteriosa sino porque no encontraba ninguna foto mía que me pareciera bien. Cuando finalmente él me reclamó una, y ya no me pude negar, me puse a buscar frenéticamente hasta que encontré ésa que me había sacado junto a una prima en un viaje el año anterior, y haciendo uso de mi dominio de Photoshop la borré a mi prima —para no distraer— y allá fue.

sep

Pasados unos tres meses de mail va, mail viene, me manda una invitación para una función teatral aclarando que él iba a estar arriba del escenario, no entre el público. Pero no aclaraba haciendo qué. Y yo, ¡JUSTO NO PODÍA IR! Se daba la casualidad de que ese día era mi cumpleaños y yo no podía —y no quería— desarmar el festejo con mi familia y amigos. Pero me picó el bichito. ¿Qué podía ser? Por el tono de su escritura no parecía ser ningún predicador, menos mal, así que supuse que sería un artista. Por la foto, bien podría haber sido un folklorista. Me rompía la cabeza pero no quería dar el brazo a torcer y preguntar. Hasta que pasados unos días me escribió para decirme que la semana siguiente se iba de viaje por un mes y me mandó su número de teléfono.

Turro. Me tiró la pelota.

Y yo la agarré.

Porque, ¿un mes?

Confieso que a esas alturas yo ya había pensado en la seria posibilidad de que este hombre fuera mi instrumento para dar el gran paso. El salto al otro lado. Y de golpe, se iba. Otro que me dejaba a solas con mi castidad. ¡Ah, no! ¡Era ahora o nunca! Igual, me pasé dos días levantando el tubo del teléfono y colgando sin atreverme a llamar. Hasta que el sábado junté coraje y marqué. Era un número de Pilar.
Continuará….

Capítulo II

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