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Serias reflexiones infantiles (que nos hacen morir de risa).

Ojalá hubiera anotado todo todas las veces que me dije: “¡Esto tengo que guardarlo!”. La memoria no me falla sólo a mí. Hoy lo pude comprobar cuando empecé a llamar a amigos/as y parientes para que me ayudaran a refrescarla: “¿Te acordás del comentario que hizo tu hijo aquel día que estábamos en… y pasó tal cosa… y él… y que nos hizo matar de risa?” “Mmmm… síii, ¿cómo era?” De todas maneras, dejé picando la inquietud con una invitación para que en caso de que se les hiciera la luz, me llamaran, me escribieran, me contaran, me comentaran y aportaran a esta recopilación de pensamientos, reflexiones, conversaciones, conclusiones, confusiones, percepciones, interpretaciones, acciones, actitudes, disparates y genialidades con que cada tanto nos divierten esos locos bajitos, nuestros y ajenos. Los invito a ustedes también a que participen y dejen sus anécdotas. Les aclaro que la intención no es acumular comentarios, sino compartir la risa o la sonrisa espontánea que, por lo menos a mí, me provocan esas cosas de chicos con su inocencia y razonamiento todavía no condicionados.

Estos son algunas de las muestras que me fueron viniendo in mente, gráficas y en relatos. Espero poder aportar más. Los actores son hijos, sobrinos, hijos de amigos, nietos. Algunos ya son adultos, otros son niños ahora. El orden es por aparición espontánea:

• Axel. 1º Grado. Cuaderno de Catequesis.

Una madre, es una madre. Y punto.

• Gabriel. Tres años y un poco más, un poco menos .

  • ¡Pobre Gloria!

Habíamos ido a presenciar un acto escolar en la escuela de su hermano mayor. Empezó a sonar el Himno Nacional, todos nos paramos y como siempre, tratamos de entonarlo como podíamos. Cuando terminó el estribillo, Gabriel me tiró de la mano y cuando me agaché para escucharlo me preguntó: “Mamá, ¿de qué se murió Gloria?”

  • Súperman. Un amigo incondicional.

En las largas tardes de Club, los chicos desaparecían en el parque jugando a mil cosas, pero cada tanto aparecían a pedir “un marrón” para comprarse “algo” en el quiosco. Era tan común eso de: “Me comprás algo” que una empresa, no recuerdo cuál, había sacado una golosina con el nombre “Algo”. Mis hijos no eran la excepción con la cantinela, pero Gabriel tenía una variante porque sentía una especial predilección por los chicles. Al punto de que lo he encontrado masticando algunos ¡usados y descartados! que recogía del pasto. Puajjjj…

Una tarde vino por enésima vez a pedir un marrón. Ya había recibido muchos “NO” como respuesta y esta última vez le pregunté para qué quería la plata. Me contestó:

—Para jugar a Zúperman— (Era ceceoso)

—¿Y para qué quiere Súperman un marrón?

—Para comprarse chicles.

  • Ponciarello.

Gaby era fanático de la serie Chips. En realidad, más que nada de Ponciarello. Cuando cumplió dos años le regalamos un triciclo con forma de moto y estaba tan contento que por la mañana lo encontré en la cama durmiendo abrazado a él. También tenía un casco de plástico, un revolver y no sé qué más. Cuando me llamaba “¡Má!” y yo le contestaba “Qué, Ga” me retaba “No, decime Ponch”.

Un día escucho el “¡Má!” y cumpliendo con su pedido le contesté “Qué, Ponch”. Pero me dijo: “No, ahora decime Gaby que tengo que ir a hacer caca”.

• Guillermo. Tres años.

  • El mural.

Hacía poco que habíamos vuelto a pintar de blanco el cuarto de Guille para tapar la enorme y colorida cancha de tenis que él había dibujado en la pared. Por esa acción había despertado obviamente nuestro enojo y había recibido de ambos padres retos, diatribas, penitencias, amenazas, aunque él parecía temerle más al padre, si es que le temía a alguien. Una tarde entro en su cuarto y ¡qué veo! Otra cancha de tenis. Ahh… lo quería estrangular, zarandear, encerrar… Con lo que quiero, admiro y me divierto con ese chico ahora (hombre, bah) en esa etapa lograba despertar mis más asquerosos instintos maternos asesinos. Pasada la tormenta del primer momento, preparaba la cena mientras reflexionaba sobré qué hacer con él. Guille se había sentado con unos juguetes en el piso de la cocina y en un momento me dijo: “Má, no le digas vos a papá lo que hice. Yo le quiero contar”. “Bueno, está bien”.

Al rato, escuchamos la llave en la cerradura de la puerta de entrada y él salió corriendo para allá. Escuché que preguntaba: “Papá, ¿por qué a mí nadie me compra papel para dibujar?” Azorada, salí de la cocina para ver qué pasaba y los veo pasar, él llevándolo al padre a la rastra mientras le decía: “Vení, mirá lo que tuve que hacer”

• Gonni. Tres o cuatro años…

  • Temperatura.

Un grupo de amigas estábamos jugando a las cartas en el comedor del Club. Gonni, hijo de una de ellas, había pedido de tomar la leche y se había sentado solito y compuesto en una mesa al lado nuestro a esperarla. El mozo le trajo la chocolatada y un tostado de jamón y queso. En eso pregunta, apoyando la palma de una mano en su frente:

—Mamá, ¿yo tengo fiebre?

La madre tiró las cartas sobre la mesa y de un salto estaba encima de él toqueteándole la cabeza.

—¿Por quéee? ¿Qué te pasa?

—Es que hay olor a quemado…

• Fernando. Seis o siete años.

  • Incógnita puntual.

—Mami, ¿sobre la cabeza de quién cayó la bomba de Hiroshima?

(Fernando es hijo de otra amiga. Desde chiquito leía mucho e investigaba todo. Y hacía las preguntas más locas)

• Alicia. Segundo grado.

Cuaderno de clase. Frase del día:


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Bueno, hasta acá llegué hoy. Quizá, tenga más anécdotas de unos que de otros, pero la cuestión es que hay distintas personalidades de personas que provocan situaciones humorísticas. Algunos son personas de respuestas rápidas e ingeniosas que desde chiquitos me han hecho y me hacen desternillar de risa. Ellos mismos se ríen con muchas ganas. Hay otros que son inconscientes de que están provocando una situación graciosa y suelen tener la cabeza en las nubes, inmersos en su abstracción. Y suelen reírse de las gracias de los demás. Otros, que no están buscando hacer reír, pero las soluciones que encuentran para zafar de cualquier inconveniente pueden provocar por un lado un ataque de furia, pero por otro, la risa y el disimulado festejo, también.

Me encantaría que aportaran sus pequeñas historias. Si alguien no se anima, me las puede mandar por mail y las subo yo.

Gracias a todos y feliz día para todos sus niños.

Una carta antes de Diciembre



































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Una carta antes de Diciembre

por Axel von Foerster
(1998)

Los niños no me gustan. Especialmente los que están en esa etapa de caprichos y llantos. Son como pequeñas maldiciones traídas del infierno para gritar en el cine y arruinar las mejores partes de las películas a las que uno les puso toda su atención. ¿Y cuando vas al dentista? ¿O cuando estás por sacarte sangre? Tenés todos los nervios en una bolsa y estas criaturas te la rompen con sus gritos y corridas. Metiéndose debajo de tu asiento para que su calor infantil haga transpirar tus manos. Se te moja la autorización del seguro médico y se transforma durante la espera en un billete sucio, maloliente. Como esos billetes que te da el colectivero con las manos sacadas vaya uno a saber de dónde. La secretaria ni lo agarra. Lo deja caer sobre su escritorio y con sonrisa de plástico dice:

— Nosotros ya abonamos la semana pasada. ¿Por qué no pasa a fin de mes?

— No, señorita, ¡yo vengo por un análisis!

Los niños no me gustan. Tienen esa manera de mirarte a la cara que hace que uno no sepa si les cayó simpático o si nos pusieron la mira entre los ojos. Los que tienen hijos te dicen: “Cuando tengas uno vamos a ver si me decís lo mismo”. ¡Yo me siento realizado! Claro, si ellos supieran que Lucifer tiene tantas caras no dirían lo mismo. ¡Es un engaño! Pero nadie lo sabe. Los hijos no molestan a sus padres adrede. Están en el mundo para hacer la vida imposible a cuanto ser se les cruce por delante mientras no les den comer. Hombres, mujeres, otros niños, perros, gatos, hormigas… ¡a todos! Y encima hay una moda en el mundo pro-niñez para defenderlos y cuidarlos.

Los niños no me gustan. Mi mujer siempre me dice cuando llega diciembre: “¡Cambiá esa cara, Nicolás, así no podés ir a trabajar!” Qué quiere que haga, no es fácil. Conseguí este trabajo hace mucho tiempo. Yo vivía tranquilo en un lugar solitario, con nieve, bosques de coníferas, bellotas, avellanas. ¡Y tuvieron que engancharme a mi! ¡A mi edad!

Antes lo hacía sin problemas. Total… el trabajo era de noche, nadie me veía, contaba con la complicidad de los adultos de nuestra sociedad. (Adultos mentirosos por cierto). Ahora ya estoy viejo. Me agarran infraganti en todos lados. Las casas tienen salamandras o calefacción por radiadores. !!!Me cagaron!!! Ya no puedo usar ni las ventanas porque activo unos sofisticados y muy variados sistemas de seguridad. Y siempre están ahí. Esperándome. Con sus caras de diablos adultos que saben todo el mal que pueden causar.

Los viajes son otro tema. En su momento pensé que era la ocasión para conocer el mundo. Ya me lo sé de memoria. Salvo algunos países asiáticos y algunos desiertos, he visto todo. ¡Y gratis! Pero ya no pesa el alma aventurera que solía tener. Yo quería ser Simbad. Un aventurero. Un espía gigoló a las órdenes de las mujeres más sofisticadas del mundo. Ahora lo sé. Para que se te cumplan los sueños, tenés que estar lejos de los niños.

Pero ya estoy mas tranquilo. Tomé una decisión. Y ahora tengo tiempo para ir a pescar, o ir al shopping. Siempre me gustaron los shoppings, pero no para ir a trabajar. Odio trabajar en lugares donde puede haber niños. Son desagradables. ¡Me tienen harto! Así que la próxima Navidad, que los regalos se los compren los padres. Yo me mudo. No quiero cartas ni confesiones de mala conducta. Que los eduquen los padres. O no. Que los muden a una isla con frutas. Sin juguetes. Y que en la histeria del aburrimiento se maten entre ellos. Que me importa. Si al final, son los hombres y las mujeres los que hacen la historia.

San Nicolás, 31/07/1998

sep

NO a la pornografía infantil. Y ABSOLUTAMENTE NO al abuso de niños en sus entornos cercanos.

NO A LA PORNOGRAFÍA INFANTIL

Adhiero totalmente a la campaña contra la pornografía infantil.

Ojalá se pudiera hacer algo también contra el abuso que sufren muchísimos niños, de todas las clases sociales, por parte de personas cercanas: padres, padrastros, tíos, abuelos, hermanos, parientes varios, maestros, sacerdotes… Y por qué no: madres, tías… y toda la lista convertida al femenino. Personalmente opino que los casos son mucho más numerosos, frecuentes y comunes de lo que por la ceguera voluntaria de muchos, incluyendo a las propias familias, se quiere aceptar.

Este cuadro, me pone la piel de gallina:

La Familia - Paula Rego

Paula Rego, Lisboa (1935).

La Familia, 1988. Acrílico sobre papel montado en lienzo, 213,4 x 213,4
cm. Colección Saatchi, Londres.

Lo escaneé del libro “The Art Book”, Todo el arte de la A a la Z, de Editorial Planeta. Acompañando a la imagen figura el siguiente texto:

Una escena familiar aparentemente inocente es socavada por perturbadoras corrientes subterráneas cargadas de sexualidad. La acción principal se desarrolla entre el muchacho furioso y su decidida hermana, que transmite una incestuosa emoción sexual al apretar el cuerpo contra él, mientras ayuda a su confiada madre a desnudarlo. Este tema de rebelión y dominación, con todas sus connotaciones eróticas, es lo que da el toque de ambigüedad a la escena. El cuadro es un buen ejemplo del estilo con el que Rego ha adquirido fama internacional: sus obras, sencillas pero siniestras, se caracterizan por su monumentaliad y su dramatismo psicológico. Suelen describir las relaciones ambiguas entre hombres, mujeres y niños. Rego ha realizado también aguafuertes basados en su particular interpretación de canciones infantiles y de la obra de J. M. Barrie Peter Pan, en los que ilustra historias tradicionales con escenas más bien perturbadoras.

No todas las descripciones e interpretaciones de los autores de este libro, Adam Butler, Claire van Cleave y Susan Stirling, merecen mi respeto. Cuando se trata de arte abstracto, me resultan bastante disparatadas. O mejor dicho, suenan a sanata*. Pero la de este cuadro expresa exactamente lo que el mirarlo me produce a mí.

*Sanata: “Dicho o discurso intencionadamente extenso y desprovisto de sentido” y/o “Embuste, mentira”. Diccionario del habla de los Argentinos, La Nación.

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