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Cuento de Navidad 2008

El “Capítulo 6″ está publicado en mi otro blog, Digitana, ya que esta vez participé como ilustradora y no como escritora. Los invito a que pasen y vean:

Capítulo 6: ¿Será una señal?

Aprovecho para contar que me divirtió mucho participar en este proyecto del cuento colectivo. Fue un lujo que el primer capítulo lo escribiera Gillespi y que lo ilustrara KLINKO. Para nosotros fue una sorpresa, ya que teníamos todo organizado y las instrucciones dadas de parte de los coordinadores de Clarín Blogs, pero no supimos hasta que entregó, que el escritor iba a ser él. A continuación, fuimos nueve parejas, escrit@r/ilustrad@r, o sea, dieciocho personas que nos comunicamos constantemente que la pasamos de maravilla. Bueno, todavía estamos en eso, porque mis compañeros están empezando a entregar recién hoy el capítulo 9, después el 10 y sus respectivas ilustraciones.

Allá en Digitana, están todos los enlaces.

Una carta antes de Diciembre



































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Una carta antes de Diciembre

por Axel von Foerster
(1998)

Los niños no me gustan. Especialmente los que están en esa etapa de caprichos y llantos. Son como pequeñas maldiciones traídas del infierno para gritar en el cine y arruinar las mejores partes de las películas a las que uno les puso toda su atención. ¿Y cuando vas al dentista? ¿O cuando estás por sacarte sangre? Tenés todos los nervios en una bolsa y estas criaturas te la rompen con sus gritos y corridas. Metiéndose debajo de tu asiento para que su calor infantil haga transpirar tus manos. Se te moja la autorización del seguro médico y se transforma durante la espera en un billete sucio, maloliente. Como esos billetes que te da el colectivero con las manos sacadas vaya uno a saber de dónde. La secretaria ni lo agarra. Lo deja caer sobre su escritorio y con sonrisa de plástico dice:

— Nosotros ya abonamos la semana pasada. ¿Por qué no pasa a fin de mes?

— No, señorita, ¡yo vengo por un análisis!

Los niños no me gustan. Tienen esa manera de mirarte a la cara que hace que uno no sepa si les cayó simpático o si nos pusieron la mira entre los ojos. Los que tienen hijos te dicen: “Cuando tengas uno vamos a ver si me decís lo mismo”. ¡Yo me siento realizado! Claro, si ellos supieran que Lucifer tiene tantas caras no dirían lo mismo. ¡Es un engaño! Pero nadie lo sabe. Los hijos no molestan a sus padres adrede. Están en el mundo para hacer la vida imposible a cuanto ser se les cruce por delante mientras no les den comer. Hombres, mujeres, otros niños, perros, gatos, hormigas… ¡a todos! Y encima hay una moda en el mundo pro-niñez para defenderlos y cuidarlos.

Los niños no me gustan. Mi mujer siempre me dice cuando llega diciembre: “¡Cambiá esa cara, Nicolás, así no podés ir a trabajar!” Qué quiere que haga, no es fácil. Conseguí este trabajo hace mucho tiempo. Yo vivía tranquilo en un lugar solitario, con nieve, bosques de coníferas, bellotas, avellanas. ¡Y tuvieron que engancharme a mi! ¡A mi edad!

Antes lo hacía sin problemas. Total… el trabajo era de noche, nadie me veía, contaba con la complicidad de los adultos de nuestra sociedad. (Adultos mentirosos por cierto). Ahora ya estoy viejo. Me agarran infraganti en todos lados. Las casas tienen salamandras o calefacción por radiadores. !!!Me cagaron!!! Ya no puedo usar ni las ventanas porque activo unos sofisticados y muy variados sistemas de seguridad. Y siempre están ahí. Esperándome. Con sus caras de diablos adultos que saben todo el mal que pueden causar.

Los viajes son otro tema. En su momento pensé que era la ocasión para conocer el mundo. Ya me lo sé de memoria. Salvo algunos países asiáticos y algunos desiertos, he visto todo. ¡Y gratis! Pero ya no pesa el alma aventurera que solía tener. Yo quería ser Simbad. Un aventurero. Un espía gigoló a las órdenes de las mujeres más sofisticadas del mundo. Ahora lo sé. Para que se te cumplan los sueños, tenés que estar lejos de los niños.

Pero ya estoy mas tranquilo. Tomé una decisión. Y ahora tengo tiempo para ir a pescar, o ir al shopping. Siempre me gustaron los shoppings, pero no para ir a trabajar. Odio trabajar en lugares donde puede haber niños. Son desagradables. ¡Me tienen harto! Así que la próxima Navidad, que los regalos se los compren los padres. Yo me mudo. No quiero cartas ni confesiones de mala conducta. Que los eduquen los padres. O no. Que los muden a una isla con frutas. Sin juguetes. Y que en la histeria del aburrimiento se maten entre ellos. Que me importa. Si al final, son los hombres y las mujeres los que hacen la historia.

San Nicolás, 31/07/1998

sep


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