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Ella, la tórtola. Capítulo X.

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Yo no sé si lo que nos fue sucediendo a carloparise y a mí tuvo algo que ver con la “Ley de los opuestos”*, pero se dio que mientras más disfrutaba yo de esa relación sin exigencias, él empezó a reclamar más compromiso. Al principio nos veíamos de vez en cuando. Salíamos poco porque lo que más nos gustaba era disfrutar de nuestra mutua compañía. Los dos teníamos nuestras actividades, tanto de trabajo como sociales, y las hacíamos cada uno por su lado. Es más, no nos indagábamos mucho y por mi lado, no era por crear ningún misterio, sino porque realmente no me interesaba. Habrá sido porque yo venía de ese matrimonio con un marido enfermizamente celoso y que culminó, como era de esperarse, con mi cabeza vencida por una corona de cuernos. Así que consciente o inconscientemente, no quería crear ningún vínculo que diera pie a que se repitiera esa historia. Además, carloparise, aparte de ser un artista, con toda la carga de vanidad que eso implica, era un “madurito interesante”. Y le encantaba hacérmelo notar. Mejor dicho, le encantaba hacerme notar que se hacía notar. Si él hubiera sabido lo que iba a desencadenar después, con esa actitud, probablemente no se habría empeñado tanto en mandarse la parte.Una de las primeras cosas que me contó en esa tesitura fue que estando en el FISM de Lisboa, durante un tour, una maga alemana, obviamente rubia, bonita y joven, le chupó el pito durante el trayecto en el Teleférico que bordea el Tajo. Y que todos los otros magos, con los que habían ido en grupo —aunque supongo que por la anécdota, no en la misma cabina— al ser obviamente informados después sobre los detalles de ese evento, lo felicitaron calurosa y envidiosamente. Hasta me mostró la foto: la rubia y su auto adornado con montones de flores con el que se presentaba cuando iba a trabajar a los cumpleaños infantiles. Mientras, según el email que me mandó desde allá, daba pasos pensando en mí. Jajaja… Y mientras… y esto era lo más triste, estaba con su mujer, o ex-mujer, o como quisiera llamarla o lo que fuera realmente. No recuerdo qué explicación me dio en ese momento ante mi pregunta sobre dónde estaba ella, la mujer, en el momento del famoso paseo. Lo que sí recuerdo es que en lugar de provocarme un “¡Ohhh!” de admiración, recibió un “Pero qué hijo de puta, qué falta de respeto”. Él recibió mi exclamación con un aire de desconcierto e inocencia: “¿Por qué? ¡Si ya estábamos separados!”.

Nunca estuve muy segura de que ese episodio fuera verdad, un poco porque al ir conociéndolo descubrí que tenía una cierta tendencia a inventar, agrandar, mentir porque sí. Casi tanto en la vida real como en su trabajo. En realidad, la mentira y el engaño son la esencia de su profesión. De sus dos profesiones, la magia y la publicidad. La que era, y la que había sido. Eso lo podía entender, porque yo misma en mi trabajo, mal que me pesara, me veía obligada a mentir y disimular. Y reconozco que hasta había aprendido a disfrutarlo, lo que hubiera sido para mí totalmente impensable y recriminable en mi juventud. Además, además… yo había estado en la Expo’98 y me había subido al Teleférico. El trayecto entre la Torre Vasco da Gama y el Oceanográfico, es de 1300m y había tardado en hacer el recorrido aproximadamente cinco o seis minutos. Bueno, si lo que contaba era verdad, habrá sido una fellatio de altura a alta velocidad. Allá él.

Como esa historia me la contó muy al principio sólo me causó gracia, si no tengo en cuenta el enojo, solidario con mi género, al ponerme en lugar de su ex. Después hubo algún que otro episodio, pero eran más que nada intentos de él para ponerme celosa a mí. Quizás, habrá pensado como yo, que era muy probable que lo nuestro no terminara en una larga relación, porque si no, es inentendible que se haya dedicado a sembrar con todo orgullo las semillitas de la desconfianza. Al poco tiempo de conocernos yo ya me había dado cuenta de que el hombre no podía evitar el tratar de seducir. A cualquiera. Y muchas veces lo lograba. También estaba el tema de las partenaires, que había varias. Obviamente bonitas, o por lo menos, llamativas una vez vestidas y maquilladas para la escena. Algunas eran jóvenes, otras muy jóvenes, y otras más maduritas. Y a mí me parecía bien. Era impensable que trabajara con una partenaire fea, ordinaria o que no estuviera en línea.

¿Por qué no me molestaba nada de eso? Porque conmigo era un encanto. Ir a su casa era como internarme en un spa. El “carloSparise”, lo llamaba yo. No sólo podía tomar sol en una reposera, flotar en la pileta, leer en una hamaca debajo de los árboles, mirar películas en el plasma —claro que a veces eran de magia, magia, magia— sino que él me atendía, me mimaba, me complacía, y me… bueno, no quiero rimar, pero hacíamos el amor de una manera que cubría y hasta sobrepasaba todas mis fantasías. ¡Descubrí cada utilidad para todos esos objetos que tenía en la sala de ensayos del entrepiso! Me partió por la mitad, me hizo flotar, me hizo volar. Juro que podría escribir un manual sobre los usos alternativos de los elementos mágicos.

Como a los tres meses de esa situación, que para mí, así como estaba iba sobre rieles, en medio de uno de esos momentos íntimos y tiernos me preguntó:

—¿Me amás?

—No.

¿Qué le iba a decir? Era la verdad. Y no me parecía necesario mentir. Además, la pregunta no creo que implicara que él me amara, sino quizás una cuestión de amor propio. Yo nunca fui de enamorarme a primera vista. Atracción, sí. Algo que no se puede explicar muy bien. Pero, ¿amar? Para mí, amar es otra cosa, es entregarse, es sentirse parte de un todo, es sentir ese lazo del que hablaba antes. Y yo, todavía no sentía eso. Sí, me sentía contenida, comprendida, escuchada, respetada y en cierta forma, malcriada. Cosa que mal no me venía. La sensación era bárbara. Y era muy consciente de que carloparise tenía esa rara cualidad de comprender sin que uno tuviera que explicar. Creo que comprendía también muy bien lo de amar o no amar. Pero necesitaba que le dijera que sí.

La pregunta se repitió varias veces más en los meses siguientes. Hasta que un día le dije que sí. Mentí. O creí que mentí. Ya habíamos empezado a compartir más cosas. Amigos. Mis hijos, de vez en cuando. Él, carloparise, no tenía. Decía que con su profesión, eso de andar de acá para allá, no le hubiera permitido ser un buen padre. Creo que en eso tenía razón. Yo pensaba, además, que con semejante vanidad, sobre todo, de más joven, le habría resultado muy difícil ocuparse de otro ser humano. Así que le había negado a sus mujeres, que habían sido varias, o por lo menos algunas si hablamos de larga duración, la posibilidad de la maternidad. Volviendo a lo de compartir, mis hijos varones, con la cuestión de que era mago, dejaron de lado cualquier objeción que podrían haber tenido ante el posible “novio de la madre” y se le abalanzaron con interés y admiración. Por lo menos, mientras les duró la novedad. Mi hija, fue más difícil. Por cualquier motivo buscaba la comparación con el padre. Pero yo no le llevaba el apunte. Tenía bien claro que si yo había sido respetuosa con sus decisiones, ella lo tenía que ser con las mías. Además, el comportamiento de su padre en los últimos tiempos había causado mucho dolor y desconcierto en todos nosotros.

Lo gracioso fue que para los dos del medio, la aparición de carloparise y el hecho de verme “ubicada” les suscitó una especie de alivio. Ante este comentario, cualquier podría suponer que hasta ese momento habían dejado de lado sus programas para hacerme compañía. Pues, no. Y yo, tampoco la pedía. De todas maneras, pasaba que de tanto en tanto me preguntaban, temiendo que la respuesta fuera negativa: “Y Carlo, ¿todo bien?”. Una vez, el más chico, se me sentó enfrente y muy serio me preguntó si yo salía con él por no estar sola, o porque realmente me importaba. A lo que le contesté con la verdad. Que sí me importaba. Y que me hacía sentir muy bien. Y le expliqué eso de sentirse entendido, comprendido. No podía extenderme en la diferencia con la actitud del padre, que cuando yo decía que me sentía mal, él se sentía peor. Si yo tenía náuseas por un embarazo, él también. Que si yo estaba triste por algo, él estaba destrozado. Por un lado, no querían escuchar ninguna palabra mía que tuviera que ver con alguna crítica hacia él, y además, porque no todo lo de su papá había sido malo. Yo lo había querido mucho, él me había querido a mí, y habíamos compartido muchas cosas. Quizás, la diferencia respecto a este punto en particular, lo de la compresión, no era tan importante, si una la comparara con otros aspectos y además, en otra etapa de la vida. También, tengo que aceptar, que yo era otra, con menos experiencia, y que en lugar de tratar de conciliar, de promover el diálogo, a una agresión o falta de atención respondía con la misma moneda. Y viceversa.

La cuestión, es que a partir de ese “Sí” que le “mentí” a carloparise, estuvimos más unidos. Seguimos viviendo cada uno en su casa y nos veíamos dos o tres veces por semana. Pero empezó a pedirme que lo acompañara en sus viajes, a los Congresos, o para alguna actuación. Y yo iba, si el trabajo me lo permitía. Al principio, temía embolarme. Pero aparte de que cada vez que íbamos a una ciudad nueva yo aprovechaba para hacer turismo, también me empezó a interesar cada vez más la magia. Ni yo misma lo podía creer. Ciertamente me provocaba un respeto enorme lo que él hacía y cómo lo hacía. Y vi también actuar a muchos otros. Lo acompañé a conferencias. Y aunque parecía que no me interesaba me picó el bichito de “Por qué, yo no”. Y empecé a prestar atención. A escuchar atentamente. A mirar videos. A leer todos los libros de su biblioteca. A escuchar conversaciones. A aprenderme de memoria las rutinas. A practicar yo sola delante del espejo. Él no se dio cuenta de que me lo tomaba tan en serio. A veces, le mostraba algún truco sencillito que había aprendido y él se reía con ternura, me daba una palmadita, y no me llevaba el apunte.

Yo había leído una vez, en una revista francesa, un artículo de varias páginas sobre la vida de Eva Perón. Me interesó en ese momento saber cómo la veían unos ojos europeos. A mí, Eva nunca me había caído bien. Y eso que en mi casa no se hablaba de política. Pero yo empecé el colegio primario en la época en que en todas las aulas, en todos los libros, por todos lados, estaban las fotos de Perón y Evita. Una imposición. Dos emperadores, cuando por otro lado me enseñaban sobre Belgrano, sobre Moreno, sobre los valientes de la Reconquista, sobre la lucha por la Independencia. Bueno, yo tenía una terrible confusión con el tema de los próceres, y creo que más allá de la historia que me enseñaban los admiraba más por lindos o por románticos. Pero en mi cabecita infantil, no terminaba de entender que le agradecieran tanto a Eva que hubiera regalado bicicletas o triciclos a todo un barrio, cuando no eran de ella, si no, de otros, de una empresa. Yo pensaba, “Qué fácil, regalar así”. Mi papá no opinaba nada, porque si hubiera tenido algo para decir en contra, si lo hacía, corría el riesgo de perder su trabajo. Yo escuchaba lo que le pasaba a otros, y aunque me daba un poco de vergüenza, entendía que era mejor mantenerse en silencio. A pesar de todo eso, cuando fui creciendo, me di cuenta de que aunque todas esas cosas que a mí me parecían tan mal, esa mujer había hecho también muchas cosas buenas. No sé todavía con qué intención, si era por deseo de poder, o verdaderamente por amor al prójimo. Pero lo que me había impactado de ese artículo en la revista, fue leer cómo hizo ella para instruirse, para aprender, para llegar a ser lo que fue. Porque convengamos que de instrucción, nada. Se dicen de ella muchas cosas, sobre todo sobre su moral antes de conocer al que después fue su marido, pero eso, obviamente no tiene importancia. Lo que me interesó mucho fue encontrar la punta de cómo hizo. Y claro, debe haber sido muy inteligente. Porque parece ser que aprendió poniendo la oreja. Escuchándolo hablar a él. Escuchando sus conversaciones con los otros. En sus reuniones. Por lo que terminó pareciéndome una genia, en ese sentido. Y me copié. Eso fue lo que hice yo, salvando las distancias, no sé la verdad si a favor mío o a favor de ella. Y tampoco por política. Si no, por el arte de la magia.

Pero, me lo guardé para mí. Cada día aprendía más. Adquiría más habilidad. Me gustaba sobre todo el tema del cambio de ropa. La magia de escenario. La idea del teatro lleno, de los aplausos. De mis partenaires, hombres. Mientras, así estábamos, carloparise y yo, se puede decir, que finalmente enamorados. Rodeados de magos, de partenaires mujeres, de admiradores y admiradoras. Incluso también de alguna que otra alumna o espectadora enamorada. Pero a mí no me importaba. Él era mío. O casi todo mío. Porque lo que no podía apartar de nuestra vida, de su atención desmedida, de su babosidad inaceptable, era la presencia insoportable, constante, inmiscuida, y odiosamente inquietante, de Ella, la tórtola.
Continuará…
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Así era carloparise hasta que la conoció a Laura…MADURITO INTERESANTE

Te alucina en cualquier bar,
se fija en ti de repente,
y tu picas de inmediato:
él parece diferente.

Es ese hombre que lee “El País”
que ha estado en tantos sitios,
que sabe de vinos todo,
que vive en su piso solo
y le ha dado por las plantas.

Que le encanta que le mimen,
que le halaguen, que lo quieran…
que te chupa marcha y vida
antes de que te des cuenta.

Él se limita a estar
sin esforzarse en tenerte,
sin luchar por conquistarte,
él se lo merece todo
porque ya viene de vuelta.

Es él,
elegantemente descuidado,
madurito interesante
con el corazón helado.

Hasta que un día ve que no puede contigo
y cuando menos lo esperas, se va.

Hace como siempre, no arriesga
y te parte por la mitad.

Y lo ves al mes siguiente
con su conquista correspondiente
y esas gafas Christian Dios
y esa postura de divo
de que todo se acabó.

Martirio/Kiko Veneno

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Ella, la tórtola. Capítulo I

Mi novio es mago. No, como Merlín o Harry Potter, sino como David Copperfield. Lo cual resulta bastante peculiar dado que esa rama del arte nunca me había interesado. Es más, cuando mi marido y mis hijos quedaban absortos frente al televisor ante las transformaciones, apariciones y desapariciones, o se entusiasmaban ante la actuación en vivo de magos y magas, yo, si la ocasión lo permitía, me iba con la música —o el libro— a otra parte.

Todo empezó por ese dejo de romanticismo que todavía me queda, y porque detesto, ¡detesto!, los malos entendidos y las historias sin terminar. Yo estaba separada desde hacía unos años y vivía con el “NO” en la boca. Muerta del susto. Y también, con mucha bronca hacia mi ex marido porque consideraba que al irse, entre otras muchas cosas, se había llevado también mi sexualidad. ¡Con qué derecho! Encima, el panorama lo veía negro y como venían las cosas, mi futuro se vislumbraba seco y célibe, y a eso, no me podía resignar.

Cada tanto me imaginaba que conocía a un hombre tal como me lo había pronosticado una adivina: bien plantado, un alma gemela, un amante creativo, un compañero considerado, un tipo divertido, un compañero de aventuras. Pero mi imaginación se paraba en seco cuando llegaba a la primera cita. ¿De qué iba a hablar? Y lo peor de lo peor, mi imaginación se requete congelaba cuando llegaba a la primera cama. Después de hacer el amor con el mismo hombre durante veinticinco años —y sí, yo fui una de esas chicas católicas— los pasos que me iban a conducir al amor liberado permanecían en una nebulosa inextricable.

A ver si me explico, yo vengo de una generación en la que todavía, de boca para afuera, la virginidad era una virtud totalmente deseable. Éramos mujeres atrevidas, de plataformas y minifaldas, de hot pants y rock’n roll, de Woodstock, Beatles y Serrat, de Almendra, la Menesunda, la Era de Acuario, de trabajo y universidad, de la V de la paz y el amor, de la píldora y del amor libre. Que no era tal. Porque en el momento de la verdad, cuando saltaba a la luz la verdad, muchas de esas chicas y mujeres terminaban con los mismos rótulos de siempre: “Puta”, “Regalada”. Yo pude presenciar como varias compañeras perdían sorpresivamente su trabajo porque la retobada historia de su “affaire” con alguno de los directivos de la empresa amenazaba con estropear la reputación de ÉL.

Después, mientras mis amigas y yo estábamos en la etapa de criar chicos, la camada que nos siguió se encontró con el intríngulis de que si no cogía era una boluda social. Aunque no tuviera ganas.

Y ahora, me pregunto si en esencia la cosa cambió. Lo que sí cambió es la cuestión del secreto. El otro día, en el transcurso de un asado, mis amigos hombres se quedaron pasmados —y aterrorizados— cuando una pendeja, amiga de la hija de uno de ellos, contaba con total desparpajo que “se garchaba ” a un tipo de la oficina, casado, y daba nombre, apellido y cargo sin ningún atisbo de discreción.

Pero, volviendo a mi mago. En mi caso, el dicho se cumplió al revés:

El que busca, no encuentra.

Y el que no busca, se lleva una sorpresa.

Un día recibo un email:

De: carloparise@hotmail.com Para: rosalafuente@yahoo.com. Yo no conocía al remitente, y mucho menos a la destinataria, pero como el texto era bastante poético y no parecía ser cadena, y por eso que dije antes de que no soporto las historias truncas, le escribí al tal carloparise para avisarle que su mensaje lo había recibido yo por equivocación. El asunto es que a los dos o tres días me escribió para agradecerme. A la semana me manda, a mí, un mensaje que sí parecía ser cadena, pero con ciertas frases sospechosamente marcadas en rojo.

Oia…

Y bueno. Le contesté.

Y así empezó un intercambio de emails. No escribíamos mucho sobre cuestiones personales, la verdad, no recuerdo muy bien sobre qué, alvo que en uno de los primeros mensajes él mencionó, como al pasar, que vivía solo. Y descubrimos que teníamos algo en común porque los dos nos dedicábamos a la publicidad. Yo no había puesto más que una leve expectativa en esa relación, pero sólo bastaba ver, de vez en cuando, su nombre en la bandeja de entrada para que a mí se me distendiera el día. No hablábamos de conocernos personalmente, ni de intercambiar teléfonos. Lo que sí intercambiamos fue unas fotos. Primero, él. Me mandó una muuuuuyyyy profesional, una foto de estudio, en la que se lo veía muy atractivo con sus bigotes canosos. Pensé que era un poquito vanidoso, pero bueh… por mi lado, yo me venía haciendo la zonza no por misteriosa sino porque no encontraba ninguna foto mía que me pareciera bien. Cuando finalmente él me reclamó una, y ya no me pude negar, me puse a buscar frenéticamente hasta que encontré ésa que me había sacado junto a una prima en un viaje el año anterior, y haciendo uso de mi dominio de Photoshop la borré a mi prima —para no distraer— y allá fue.

sep

Pasados unos tres meses de mail va, mail viene, me manda una invitación para una función teatral aclarando que él iba a estar arriba del escenario, no entre el público. Pero no aclaraba haciendo qué. Y yo, ¡JUSTO NO PODÍA IR! Se daba la casualidad de que ese día era mi cumpleaños y yo no podía —y no quería— desarmar el festejo con mi familia y amigos. Pero me picó el bichito. ¿Qué podía ser? Por el tono de su escritura no parecía ser ningún predicador, menos mal, así que supuse que sería un artista. Por la foto, bien podría haber sido un folklorista. Me rompía la cabeza pero no quería dar el brazo a torcer y preguntar. Hasta que pasados unos días me escribió para decirme que la semana siguiente se iba de viaje por un mes y me mandó su número de teléfono.

Turro. Me tiró la pelota.

Y yo la agarré.

Porque, ¿un mes?

Confieso que a esas alturas yo ya había pensado en la seria posibilidad de que este hombre fuera mi instrumento para dar el gran paso. El salto al otro lado. Y de golpe, se iba. Otro que me dejaba a solas con mi castidad. ¡Ah, no! ¡Era ahora o nunca! Igual, me pasé dos días levantando el tubo del teléfono y colgando sin atreverme a llamar. Hasta que el sábado junté coraje y marqué. Era un número de Pilar.
Continuará….

Capítulo II

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