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Mónica, ésa, la secretaria.

Mi jefe, el doctor en economía Ricardo Gramm, generalmente tiene muy buen carácter. La verdad es que es un encanto. Muy simpático. Hace bromas hasta con los porteros y el personal de limpieza, sobre todo de fútbol. Eso no quita que sea muy exigente, no por nada pudo salvar y convertir en un éxito esta empresa que su propio padre estuvo a punto de fundir. Pero hay mañanas en que viene muy malhumorado. Cuando sucede eso, los empleados siempre aprovechan para divertirse a espaldas de él intercambiando bromas del tipo: “¡Este, hace mucho que no le ve la cara a Dios!” o “¡Parece que anoche tampoco pudo mojarla!”, y otros comentarios mucho más groseros que prefiero no repetir. A mí me da pena, ¡pobre hombre!. Pena y rabia, porque la mujer, es una vieja bruja. Fea no es, pero tiene como cuarenta o más y las pocas veces que la vi, cuando lo ha venido a buscar, tenía una cara de amarga que nada que ver con él. Es elegante, eso sí. ¡También con lo que gasta en tarjetas de crédito!. Yo lo sé porque veo los resúmenes. Vive como una reina. El doctor Gramm me comentó una vez que ella es arquitecta, pero que yo sepa no trabaja. Dios da pan al que no tiene dientes. El marido es tan atento. Yo escucho que la llama varias veces por día y si no la encuentra anda preguntando a dónde fue y a qué hora vuelve.

Yo, al doc trato de hacerle la vida más fácil, por lo menos en el trabajo. Apenas llega me ocupo personalmente de que esté cómodo: le sirvo un jugo y el café como sé que le gusta. No es que sea mi obligación, porque yo no soy una simple secretaria ejecutiva. Soy su asistenta, su mano derecha. Podría mandar a alguna de las otras chicas para que lo atienda, pero no. Prefiero hacerlo yo y de paso le pregunto por sus cosas. Las regatas, por ejemplo. Corre regatas de veleros y dice que en la casa no lo escuchan cuando les cuenta. Que a nadie le importa nada de lo que hace. A mí por el contrario, lo que hace me parece fascinante y me encanta cuando se posesiona y me cuenta las regatas del fin de semana mientras imita con la palma de la mano las ceñidas y derivadas de los barcos en el agua. Me explica sobre mástiles, botavaras y trabuchadas; barlovento y sotavento; velas mayores y foques. Le confesé que para mí sería como un cuento de hadas subirme a un barquito de esos. Algunas tardes, cuando ya dimos por terminado el día de trabajo me siento frente a su escritorio y le pido que me cuente alguna de sus anécdotas de juventud, cuando iba a correr regatas de barquitos chiquitos al exterior. También de su época de estudiante. A veces repite alguna pero yo no le digo nada porque me encanta escucharlo hablar. ¡Pobre hombre! Con una vida tan interesante y no tener con quien hablar. Dice que cuando él y la mujer eran jóvenes era distinto, pero que ahora a ella no le interesa más lo que él hace. Medio como que se le escapó que en realidad a ella lo único que le interesa es vivir bien. Algo insinuó sobre que ella es muy distante y que se puso cada vez más fría. La verdad es que con esa cara de culo que tiene no debe haber sido nunca muy cariñosa. ¡Pobre doctor! Él, al contrario, debe ser muy apasionado. Tiene una mirada muy dulce y muy intensa. Se le van los ojos mirándome los pechos. Yo hago como que no me doy cuenta porque la verdad, la verdad, lo hace con respeto. A veces me dice que qué linda que estoy, o que soy muy simpática y lo que más me gusta, que soy muy inteligente. Menos mal que estoy yo para solucionarle los problemas. En realidad, cuando habla de los problemas en su casa se refiere solamente a la mujer, porque a los hijos (tres, dos varones y una chica) los adora. Es muy buen padre. ¡Qué más en lugar de mi ex, con lo negado que era para generar dinero y el poco entusiasmo para tener hijos! Por un lado mejor que no los tuve, porque mi marido hubiera sido un padre pésimo. Lo que me preocupa un poco es que ya tengo veintinueve años y sigo sin hijos, pero bueno, para tenerlos mal prefiero no tenerlos.

Ricardo, el doc, también me escucha a mí. Cada vez nos hacemos más confidencias. Me animé a ir contándole mis cosas y se apena mucho por mí, dice que no me merezco que los hombres me hayan tratado tan mal. Que eso me pasa por ser tan buena y tan derecha. El otro día cuando se nos hizo tarde con la charla yo le recordé que llamara a su mujer. Porque yo sé lo que una se preocupa cuando espera al marido que se atrasa. El me dijo: “Ves, ahí tenés, vos sos una mina bárbara, pensás en los demás”. También tenemos muchas cosas en común. Por ejemplo, una vez le confesé que había consultado a una adivina. Me daba vergüenza contarle porque pensaba que a él, un hombre tan importante, eso le iba a parecer una pavada. ¡Pero no! Resulta que él también se hace tirar las cartas. Yo le decía que en realidad lo hago por diversión, que uno no puede creer todo lo que le dicen. Por ejemplo, esa vez la bruja me había asegurado que iba a encontrar el amor de mi vida en un hombre mayor que yo, un tipo bien plantado, no un pelele como mi marido. Que ese hombre estaba ahí, me estaba rondando y yo no me daba cuenta. Nos reímos porque con todo lo que trabajo al único hombre que veo últimamente es a él. El bromeó: “Ay Mónica, ¡qué suerte va a tener ese hombre!, ¡si yo no estuviera casado!”. Ricardo sabe, porque yo le conté, que desde que me separé no salí con nadie. Siempre me dice: “Vos sos toda una señora”.

Ahora, en lugar de charlar en la oficina empezamos a encontrarnos en alguna confitería. Yo se lo sugerí porque siempre hay un mal pensado y no sea cosa que él termine teniendo problemas con Teté (la mujer) por culpa de unas charlas inocentes. Ya bastantes conflictos tienen. El pobre doc me confesó con los ojos húmedos que hace tiempo que hacen el amor a duras penas una vez por mes. Y siempre ella “como de favor”. ¡No la entiendo! ¡Con lo buen mozo que es! Yo le aconsejé que hicieran terapia de pareja porque se notaba que él estaba muy enamorado. El me dijo que antes sí, pero que ahora tiene miedo de sentir que se cansó. ¡Pobre dulce! A veces me imagino cómo sería yo como mujer de él: lo mimaría, lo cuidaría, saldríamos a navegar, seguro que no lo descuidaría como la bruja de Teté. Ni me abusaría como ella con los gastos, porque yo sí sé lo que a él le cuesta ganar el dinero.

Los fines de semana obvio que no nos vemos, pero yo empecé a dejarle mensajes en el teléfono celular. Para darle ánimos. A la casa no lo llamo. Bueno, alguna vez, pero si atiende ella o alguno de los hijos corto. No quiero que tenga problemas por mí. El dice que nunca fue mujeriego y le creo, por lo menos a la oficina no lo llaman mujeres como a otros. El otro día para agradecerme que me preocupe tanto por él me trajo flores. Estaba muy deprimido y me confesó que más de una vez piensa en separarse, que no aguanta más. Dice que para él el sexo es muy importante y que no puede seguir así. Le digo que lo entiendo porque para mí eso es lo más importante en la pareja, pero que haga un esfuerzo, que hable con Teté, que la comprenda. A lo mejor ella tiene algún trauma de la niñez. Yo en cambio en eso sí que no tengo problemas. Ahora bueno, estoy en abstinencia, porque yo soy una mina respetable y no tengo pareja, pero en mi matrimonio la que no estaba conforme, sobre todo con lo sexual, era yo. Mi ex es muy pintón, pero no es muy considerado al hacer el amor. ¡Qué maravilloso sería tener a alguien que se preocupe por mí! ¡Que haga emerger mi verdadera naturaleza! Algún hombre maduro y no un chiquilín. Le reconocí a Ricardo que nunca en mi vida había conocido un hombre como él. Que ojalá que Teté se dé cuenta a tiempo de lo que tiene al lado.

Ricardo dice que últimamente es él el que no tiene ganas de hacer el amor con la mujer. Me confesó que sueña conmigo, dormido y despierto. Que a ella no la puede tocar, que le produce un rechazo. Le dije que me hace sentir muy mal, que no quiero ser la causa de que tenga problemas en su casa. El dice que yo no soy la causa sino el detonante, que ellos ya venían muy mal y que conmigo se siente muy bien. Que sueña con poseerme, en cuerpo y alma. Me descolocó. La verdad es que me descolocó. Nunca me imaginé que íbamos a llegar a esto. Para mí nuestra relación era una hermosa amistad. Y ahora, ahora, le tuve que confesar que yo también pienso en él de otra manera pero que no quiero ser la mala de la película, que no quiero causarle tristeza a esa pobre mujer. Le confesé que lo miro y me derrito, que le miro la boca y las manos y me estremezco.

Se volvió loco. Ahí nomás en la oficina, con la puerta sin llave, me apretó por la cola contra él y me besó. Me desabrochó la blusa y sacó mi pecho izquierdo de la taza del corpiño. Decía: “¡Ayy, no! ¡qué tetas! ¡qué tetas! ¡qué pezones!. Dame esa boca, dame esa lengua. Ayy, dejame que te bese toda”.

Menos mal que yo fui más fuerte que él y me llamé a la cordura. Le recordé que yo soy una señora y él un hombre casado. Por supuesto que no pienso en otra cosa más que en entregarme a él. Le pedí que pensara un poquito en mí también. Yo soy una mujer sola, con una vida difícil y que tengo que cuidar mi reputación. Le hice recapacitar sobre las habladurías de oficina y más con una mina como yo, que él bien sabe que despierto envidias. El sabe que los demás no se bancan que una mujer sea linda, independiente y encima inteligente, y están siempre al acecho para desprestigiarla. Además, yo no puedo. Mi conciencia no me deja meterme con un casado. Ya sé que él sufre, yo también, pero lo mejor es que trate de salvar su matrimonio, todavía está a tiempo. Yo, yo tengo que resignarme y aceptar que tuve mala suerte otra vez. ¡Enamorarme de un casado! ¡Ayy Ricardo! ¡Mi Ricky! ¡Cuanto te quiero! Le pido: “Dejame, dejame, abandoname, cortá con esto vos, que yo no tengo fuerzas”.

Ricky quiere que hagamos el amor por lo menos una vez. Dice que no podemos pasar por la vida sin guardar aunque sea ese recuerdo para nosotros. ¡Como un tesoro! Y poder seguir adelante cada uno con su vida. Le dije que no, que no sé. Que bueno, que lo voy a pensar. En la oficina siento su mirada sobre mí todo el tiempo. ¡Ayy, mi amor! ¡Qué no daría por tenerte conmigo para siempre! A veces pienso: “¿por qué no?”. Si la boluda de la mujer no lo sabe retener, ¡que se joda! No es mi responsabilidad.

Al final le dije que sí: “Sí. Sí. Sí, mi amor. Está bien”. Y fuimos a un hotel. ¡Pobre mi querido! Estaba tan nervioso como yo. Me preguntó varias veces si yo estaba bien, que cómo me había ido, si estaba contenta. Quería saber si había cumplido con mis expectativas. Lo tranquilicé. Le dije que entre un uno y un diez, ¡un diez! Que jamás, jamás, un hombre me había hecho sentir tan mujer. Que es maravilloso. El dijo que nunca se había sentido tan bien, que no me quería perder.

Yo tampoco. Y ya no me puedo resistir y nos seguimos viendo. Empezamos a ir al hotel cada vez que podemos. A veces en el horario del almuerzo y los jueves cuando la mujer cree que está en la cena con amigos. Lo mejor es cuando tiene que visitar a los clientes del interior y le dice a la mujer que vuelve un día más tarde y podemos pasar toda la noche juntos.

De vez en cuando lo noto preocupado. El dice que se siente culpable, por mí y por ella, porque es un hombre honesto. Ya va a encontrar el momento de poder hablar con Teté. Es comprensible, odia lastimarla. Después de todo fue su mujer por más de veinte años. Y lo peor para él es tener que enfrentar a los hijos. No quiere que piensen que es una porquería. Yo le digo que está bien, que lo entiendo, que sé que me quiere a mí y que ya vamos a tener muchos años por delante para ser muy felices. De todas maneras, para mí, ella no se merece tanta consideración. Hasta la adivina, la que me tira las cartas, me dijo que ella es una mala mujer. Que hasta se animó a mandarle a hacer un trabajo al marido. Dice la adivina que Teté quiere que Ricardo se muera para poder quedarse con toda la plata. Yo al principio no sabía si contarle a Ricky o no, pero al final decidí que sí, porque si soy derecha, soy derecha, y me tenía que arriesgar. Porque lo que salió en la tirada es muy serio y es más, Ricardo últimamente se siente muy mal, “creer o reventar”. El me dijo que no podía ser, que su mujer nunca creyó en adivinas y que jamás fue a una. “ Bueno, mejor — le dije yo — pero, mi amor, yo no lo podía dejar pasar”.

Los fines de semana son difíciles. Para mí, porque paso mucho tiempo sola, pero para Ricky también, porque no está acostumbrado a mentir. Está muy desmejorado. Dice que Teté le preguntó si le pasaba algo, si había otra. El se amarga y me dice: “Ahora se viene a preocupar”. Pero no se animó a decirle que sí, le dijo que no, que estaba loca, que lo que pasaba era que se sentía muy mal, que estaba muy confundido. Por ser tan bueno está sufriendo tanto. A veces no me puedo contener y lo llamo al celular o a la casa. Le digo cuanto lo extraño y que lo quiero mucho. El disimula y me trata de usted. Yo, lo único, lo único que le pido, es que me explique bien dónde estoy parada. ¿Se va a separar? No importa cuando, pero ¿sí? o ¿no?

Al final, la ruptura de su matrimonio se desencadenó sin querer, por un accidente. Habíamos pasado la noche juntos y no sé cómo el diablo metió la cola y el cuello de su camisa quedó manchado con mi nuevo labial. Increíble, como de película. Ni Ricardo ni yo nos dimos cuenta y para colmo fue la mucama de su casa la que lo descubrió. ¡Pobre Teté! ¡Qué papelón! La pelea fue terrible. Él instintivamente negó todo, pero ella no le creyó. Más bien, ¡con esa prueba! Pero al final, para Ricky fue la liberación porque él, de bueno que es, capaz que nunca se hubiera decidido a irse de la casa. Se fue a dormir a un hotel. Yo le ofrecí venir a mi departamento pero él prefirió que no, hasta que se calmaran los ánimos. Yo le decía que era una tontería, si ahora iba a estar conmigo que la otra lo supiera lo antes posible. Hubiéramos evitado todos los problemas del principio, porque la boluda, cuando se dio cuenta de que lo había perdido quiso recomponer su matrimonio y propuso ella la terapia de pareja. La pobre mujer no quería aceptar su nueva realidad. Quería seguir siendo la “Señora de “. Menos mal que ahí estaba yo para apuntalarlo al pobre Ricky, porque ella, con esa actitud, en realidad lo estaba matando con la culpa.

Ahora estamos casados, Ricardo y yo. Tenemos a Jessica, de un año. A él no le entusiasmaba mucho la idea de empezar con bebés de nuevo, pero al final comprendió, como siempre. Una mujer tiene que cumplir con su reloj biológico. Pero es un divino, me acompaña mucho, con decir que dejó de correr regatas para compartir más tiempo conmigo y con la nena. Yo tuve que dejar de trabajar, la nena y la casa nueva, tan grande, me ocupan demasiado tiempo. Ya le prometí a Ricky que apenas Jessica crezca un poco lo voy a volver a acompañar a navegar. El pobre cree que no voy porque me aburre, igual que las salidas con sus amigos. “No es así —, le digo. — Mi amor, vas a ver como pronto todo vuelve a ser como antes”.

Incluyendo el sexo. Dice mi psicóloga (tuve que empezar a ir porque la verdad, con lo sensible que soy, se me estaba haciendo difícil ocupar con firmeza el lugar de segunda esposa), bueno, dice mi psicóloga que la mayoría de los hombres se sienten desplazados cuando llega un bebé. Y que, con el asunto de amamantar, la depresión post-parto, dirigir la casa y aprender a ser madre, a una, la libido, se le aplaca.

Y los hijos. Los de él. Cada vez que venían invadían todo. Nos quitaban intimidad. Ricky está triste porque ahora los ve poco. Yo le digo que ya se les va a pasar. Cuando aprendan. Que la vida no es todo caprichos. El sabe que yo hice todo lo posible para que se sintieran cómodos. Si hasta les destiné un cuarto para ellos, con televisor y todo. No es fácil el rol de madrastra. Y más cuando es una la que tiene que poner los límites. Esas pobres criaturas estaban mal acostumbradas. Discos y guitarras, ¡qué música espantosa! Ropa de deportes. El teléfono. La heladera, ¡las gaseosas! Y las sobremesas: ¡fútbol, rugby, náutica! Y Belén, “la hijita”. Por algo es hija de su madre. Dieciséis años y siempre pidiendo más ropa para bolichear. Le expliqué a Ricardo que no quería ese mal ejemplo para Jessica, que me tenía que poner firme. Y además que no les iba a venir mal ocuparse un poco de sus cosas. Por eso, cuando vinieron esas dos semanas a la playa con nosotros, les aclaré bien de entrada: “La mucama, trabaja para mí, para Jessica y para Ricardo. Ustedes ya son grandes y quiero que ordenen y limpien su cuarto, solitos. La ropa que no tengan ganas de lavarse ustedes mismos, se la llevan a su madre. Se hacen el desayuno y nada de pedir el té o comidas fuera de hora”.

Y si no aprenden, bueno, Ricardo ya se va a dar cuenta de que los tres son unos interesados. Ya va a ver la diferencia, con Jessica, la luz de sus ojos. Que es tan cariñosa, tan chiquita y tan compradora. A veces, padre e hija se pierden en su mundo. Yo los miro desde afuera y me enternezco. Aunque me dejen sola.


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