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Ojos verde golf

Estábamos el canoso y yo arriba, en el tee de salida del hoyo uno cuando la vi llegar. Venía apurada arrastrando su carrito con una mano mientras con la otra nos hacía señas para indicarnos que iba a salir con nosotros. Cuando llegó a la altura de las bochas coloradas frenó en seco y empezó a abrir y cerrar todos los cierres de su bolsa de palos. Sacó pelotitas, tees y lápiz y acomodó todo en su lugar. Sacó una visera y se la puso. Se apartó un poco y miró el resultado. Le faltaba algo. Hurgó otra vez dentro del bolsillo grande del costado y sacó una toallita. Nos miró con cara de pedir disculpas mientras iba a paso rápido hasta el tacho del agua. Mojó el trapo, lo estrujó, volvió al lado de su carro, lo colgó, se calzó el guante, agarró una pelotita, un tee y el driver y en dos saltos y sin molestarse en dar toda la vuelta para usar los escalones vino hacia nosotros con la mano extendida y una sonrisa. Dijo:

— Ay, qué apurón. No me dieron tiempo a hacer ni un swing de práctica. Hola, soy Mariana.

Eso es lo que tiene este campo municipal. Te forman una línea con cualquiera. Primero, el starter me presentó al canoso. Me dijo: “Gordo, vas a salir acá con Inchausti”. El tipo era pintón. Flaco. Handicap trece. En su bolsa, el último modelo de maderas de titanio. Mientras esperábamos nuestro turno hicimos un poco de práctica. Buen swing. Bueno, yo, modestamente y a pesar de mi circunferencia tampoco le pego mal, aunque parezca abulonado al piso. Hace como dos años que me mantengo en nueve. El pelado Quiroga, al que a veces consulto para corregir alguna cosita acá y allá dice que soy un misterio. Es verdad que es bastante bruto el pobre, por eso no me ofendo cuando me dice: “Gordo, con ese cuerpo que parece un trompo parece mentira que no salgas vos también girando atrás de la pelota”. También con los muchachos del driving me tengo que bancar los chistes de rigor, que no me la veo, que no me la alcanzo, que seguro que hace años que no le veo la cara a Dios. Yo soy un gordo con sentido del humor. Les contesto que están equivocados, que seguro que yo se la veo más que ellos. Aunque más no sea porque siempre estoy obligado a mirar para arriba. Y además, con estos raros ojos verdes que Dios me dio, difícil que alguna mujer le dé importancia a algunos kilos de más.

Ese día, estábamos esperando que los tipos de la línea de adelante hubieran despejado el fairway para poder salir nosotros cuando la exclamación: “Madre mía, qué mina”, del canoso Inchausti hizo que me diera vuelta y la viera. No sé que tiene ella, ni siquiera es muy joven, ni tampoco demasiado linda, pero mientras se aprestaba para la salida como ya dije, un poco atolondrada, no había tipo que anduviera cerca que no le sacara los ojos de encima.

El canoso se esponjó pero a mí, el alma se me cayó a los pies. Por supuesto, recurrí instantáneamente a mi vena graciosa y le dije: “Sabrás disculpar, pero como ya sabés éste es un juego machista y los hombres siempre salimos primero”. Ella me contestó: “No te preocupes, es una ventaja que tenemos las mujeres que podemos reírnos primero de ustedes cuando juegan mal”, y se puso a practicar, por lo que pude ver, con unos swines bastante desordenados.

Empezó Inchausti con un tiro perfecto con slice que hizo que su pelota pegara la curva necesaria para evitar los árboles del codo de ese par cuatro y que quedara a unas setenta yardas del hoyo. Mi turno. Le di con todo y se me fue la mano. Me pasé y no estaba muy seguro de no haberme ido al agua. Sale ella. Zafó porque su pelota quedó apenas pasando los árboles, pero bien ubicada para el segundo tiro. Para ser mujer el tiro fue bastante bueno. Los dos la alentamos: “¡Bien hecho!”. El canoso agregó: “Te salvaste porque te salió desviada, porque estabas apuntando mal, a los árboles”.

— ¡Ah, ¿sí?! — Buscó su carrito y empezó a caminar hacia su pelotita. Inchausti, ni lerdo ni perezoso se le puso a la par y empezó: “¿Siempre jugás acá?; ¿Dónde practicas?”; … y no escuché más pero mientras me abría hacia mi posición vi que él continuaba hablando, seguramente con una sarta de ingeniosidades como las anteriores. Y bueh, el canoso tenía pinta y ella no parecía disgustada. Y tengo que reconocer que el tipo se animó, porque con una mina como esa, no cualquiera. Yo, aunque hubiera sido alto y flaco como él, no sé si me hubiera arriesgado. Es más, cuando yo mismo era joven y flaco, feo no era, pero igual me costaba tirarme con las mujeres. Y eso que tenía a favor mis ojos, que es verdad que son raros. Verdes, pero tirando a amarillos, a limón, con una circunferencia más oscura en el borde del iris. Todavía hoy mis ojos siguen llamando la atención, pero ahora ya estoy acostumbrado a que la mayoría de la gente que recién me conoce pase enseguida la vista de mi cara a mi cuerpo con un cierto estupor. Es extraño, mis ochenta kilos de más se me fueron depositando desde los hombros en aumento hacia la cintura y después de ahí disminuyendo hacia los pies. Es así que todavía tengo la cara flaca y sigo calzando un cuarenta. No tengo base, por eso me cuesta tanto desplazarme.

Mariana, sin embargo, cuando se presentó me clavó una mirada que me hizo sentír algo, una corriente, no sé como explicarlo, una conexión. Me pareció, … me pareció, que me miraba como a un hombre. Pero no — me dije — . Gordo, no sueñes. No boludees. La mina no es para vos.

Mientras ella preparaba su segundo tiro, Incháusti se le había plantado a unos dos metros y la miraba con los brazos cruzados. Ella le pegó bien pero un poco desviado. Vi que cuando se acercaban al green él le venía hablando haciendo ademanes de swing. Terminamos ese par cuatro el canoso con par, yo con boggie y ella que había ido a parar debajo de un arbusto terminó levantando la pelota. Los dos le dijimos: “pero no, seguí practicá, si total no estamos en torneo”. Y ella que no, que no quería molestar.

En el hoyo dos, sale Incháusti y se va al agua, a una lagunita que hay ahí nomás, cerca de la salida, a un costado del fairway. Salgo yo, mi pelota pasó por arriba del alambrado de la derecha y fue a parar a la calle. Los dos volvimos a tirar, esta vez bien. Sale Mariana, buen tiro. Pega el segundo, la pelota salió disparada pero no muy bien. Esta vez estaba yo cerca de ella así que le indiqué: “No te desplaces, quedate firme en el lugar”. Todos hicimos doble boggie.

En el hoyo tres, el canoso y yo salimos bien pero Mariana se quedó un
poco corta. Incháusti le dijo: “Le sacaste la cabeza”. Cuando iba a pegar el segundo tiro nos paramos los dos delate de ella. Incháusti insistió: “Acordate de la cabeza”. Y yo, ya que estaba, le recordé: “Y tratá de no desplazarte”. Ella hizo un swing de práctica y cuando preparó su stance para pegar el tiro el canoso le dice: “Lo que él te quiere decir …”

— Muchachos, ¡por favor!

Nos quedamos petrificados.

— Miren. Por qué no hacen así, si tienen tantas ganas de dar indicaciones, vos decile a él como debería hacer para no irse al agua, y vos explicale a él como tendría que hacer para no ir a parar a la calle, y a mí me dejan en paz.

Incháusti, que es bastante blanco se puso rojo, tomate. Balbuceó:

— Tenés razón. Perdoná. Calmate, calmate.

— Es que me están volviendo loca. Me ponen nerviosa.

— Está bien. Está bien. Calmate.

Yo me sentí un pelotudo. Sí, señor. Un repelotudo. Le pedí perdón y me fui atrás de mi caddy balanceándome con la cola entre las patas.

Terminamos el hoyo en silencio. Seguimos así por un rato. Cuando Mariana pasó una laguna con un golpe de drive impecable, los dos exclamamos: “Muy bien, pero muy bien”.

— Gracias, gracias. Son muy amables. — Y nos sonrió burlona.

De ahí en más la cosa se distendió. Una o dos veces me pareció que ella me miraba con atención, pero me dije a mi mismo que me estaba dejando llevar por la fantasía para tener con qué hacerme el bocho más tarde. Incháusti, cautelosamente, había vuelto a las andadas. Después de que ante su pregunta: “Y tu marido, ¿también juega?” ella contestó que no tenía marido se envalentonó y cada vez que el juego lo permitía le buscaba conversación. Eso hizo que se desconcentrara un poco del juego, o habrá sido que se esforzó demasiado, la cosa es que no se lució.

Cuando llegamos al hoyo nueve nos dirigíamos al bar cuando Mariana sorpresivamente dijo que dejaba ahí, que se tenía que ir. Incháusti no se la esperaba. Supongo que habría contado con los nueve hoyos siguientes para terminar de levantársela.

— Pero no, por qué. No seguirás enojada.

— No, para nada. Es verdad que me tengo que ir, no pensaba jugar más de nueve hoyos.

Nos dio un beso en la mejilla a cada uno y pegaba la vuelta para irse
cuando el canoso la siguió unos pasos y escuché que le decía:

— ¿No querés que nos juntemos otra vez para jugar, o a tomar un café?

— Sí, cómo no. Vengo mucho por acá, así que seguramente nos vamos a encontrar.

Me miró a mí, que estaba más alejado y me dijo: “Nos vemos”. Y se fue.

Más tarde, cuando estaba cargando los palos en el baúl del auto se me acercó el starter. Me dice: “Gordo, la señora Mariana me dijo que se olvidó de darte el número de esa empresa que le pediste. Te lo dejó acá.” Y me alargó un pañuelo de papel. Me lo metí en el bolsillo y me fui a casa. Al desdoblarlo, debajo del número vi que decía: “Llamame”.

Llevé el papel ése encima varios días. No sé, me hacía sentir más ágil. De vez en cuando lo sacaba, lo miraba y lo volvía a guardar. Por momentos pensaba que un milagro era posible. Después recapacitaba y me decía: “Seguro que le di lástima”. A veces levantaba el tubo y me quedaba con él en la mano hasta que se acababa el sonido del tono. Hasta que me animé. Una noche marqué y esperé. Atendió una voz de mujer.

— Hola.

…..

— Hola, quién habla.

— Perdón. Equivocado.

Pero que hago. Qué soy yo, ¿carne de cañón? La hija de puta, la morbosa. Cómo fui tan estúpido. Seguro que en este momento debe estar encamada con el canoso y se deben estar riendo del “pobre gordo”. Deben estar apostando: “Llamó – No llamó”. Pero minga que se van a enterar. Andá que te laven las tetas, boluda. Qué te crees, que no tengo dignidad. Seguro que es más puta que las gallinas, que se la pasaron por todo el campo de golf. Pero a mí no me vas a joder, yo tengo bien clarito qué clase de mujer sos.

RENATA y los teros

El día en que Renata mató, sin querer, a su marido, acababa de pegar, también sin querer, el mejor tiro en toda su historia de golfista. Había salido del hoyo 14 con un tiro bastante mediocre y su pelotita había quedado al borde de una de las lagunitas. Carlos Mauricio había pegado un golpe impecable que había dejado la suya en medio del fairway, a 250 yardas del tee de salida. Andaba pavoneándose, impaciente, mientras ella arrastraba su carrito hacia la orilla y tanteaba el suelo, cautelosa, tratando de afirmarse para poder sacar la pelota con un golpe y no tener que anotarse otro tiro de multa. Fue en ese momento que la atacaron los teros. Con el primer vuelo rasante no se dio cuenta. Estaba acostumbrada a jugar acompañada por teros, patos, bichos-feos, cardenales, cotorras, lechuzas, sapos, ranas, caracoles, algún que otro zorro, liebres, y en algún club más exclusivo, hasta pavos reales. Tampoco le llamó la atención el barullo que metían, pero la segunda vez que pasaron raspándole la cabeza, se dio cuenta de que eran gritos de guerra y en el apuro, pegó un palazo con la madera 3 que hizo que su pelotita saliera volando como nunca, pasara entre medio de los bunkers de la entrada del green y se deslizara impecablemente hacia el objetivo, donde se metió, provocando que Carlos Mauricio se diera vuelta a mirarla con la boca más redonda que el hoyo mismo. Renata no tuvo tiempo, en ese momento, de disfrutar de su hazaña, porque el ataque de los teros se había vuelto más feroz. Levantaban vuelo y bajaban en picada formando ochos en el aire. Ella empezó a revolear la madera 3 desesperadamente, mientras trataba de alejarse gritando: ¡”Fuera, bicho! ¡Fuera, bicho!”. Su marido, que todavía no se reponía de la sorpresa, de golpe se dio cuenta de lo que pasaba y corrió a ayudarla. Bueno, de esto último no estaba muy segura porque después, repasando la escena, le pareció recordar que, en realidad, él salió corriendo detrás del carrito con los palos de ella que se estaba deslizando hacia el agua. Renata no sabe muy bien cómo, porque giraba medio a ciegas, tratando de esconder la cara, pero el caso es que el extremo del palo, donde brillaba, grande y dura, la cabeza de titanio, fue a dar justo en la sien de Carlos Mauricio, que se desplomó y fue a parar al agua, detrás del carro. Renata gritaba: “ ¡¡Socooorro!! ¡¡Socooorro!! ¡¡Ayyuuuda!! “, mientras corría de acá para allá, todavía tratando de defenderse de los pájaros.

Recién en ese momento, un peón de mantenimiento que había estado tirado debajo de un árbol mirando todo, se acercó, se metió caminando en el agua y arrastró a Carlos Mauricio afuera mientras le decía: “¡Pero doña! ¿¡No vio que les pisó el nido a los pobres pájaros!?.

Por suerte la ceremonia había salido muy bien. Fue una bendición, dentro de todo, que la muerte de su marido hubiera ocurrido de mañana. Era la primera vez, en tantos años, que le estaba agradecida por haber insistido en que se levantaran tan temprano. Otra bendición fue que los cuatro jugadores de la línea de atrás, que estaban esperando para salir del mismo hoyo, apoyaran la declaración del peón. Ellos fueron los que corrieron a Carlos Mauricio (que apestaba con el olor del agua estancada) fuera del alcance de los teros y los que se encargaron de pedir a la administración del country que llamaran a un médico con urgencia. Por suerte, porque ella se había quedado parada ahí, a varios metros, con la mirada fija en la banderita con el 14 colorado que ondeaba al viento.

Los pocos socios que había en el bar del club-house corrieron a sostenerla cuando llegaron con el cuerpo. “Está shockeada — decían — . No es para menos”. Ella, la verdad es que estaba como en un ensueño. Veía, una y otra vez, la curva fantástica que había hecho en el aire, su pelotita. Cuando le sugirieron que tendría que llamar lo antes posible a sus hijos, recién entonces volvió a la realidad. ¡Dios mío! ¡Ojalá le dieran tiempo de prepararse como correspondía para el entierro!.

Enrique e Inesita, sus hijos, llegaron junto con su yerno. Intercambiaron abrazos e Inés soltó alguna lagrimita. Cuando la ambulancia se llevó a Carlos Mauricio a la comisaría (“muerte en espacio público”) y mientras esperaban el momento de ir a hacer las declaraciones y retirar el cuerpo, se sentaron los cuatro a deliberar sobre lo que convenía hacer. Obvio que necesitaban una bóveda. Y en Recoleta. Un González Gamboa no podía ir a un nicho cualquiera. Por lo menos, para la ceremonia. Había que avisar a todo el mundo. Inesita y ella necesitaban ropa. Velorio, descartado. Por empezar, no tenían donde, ya que el departamento no estaba en condiciones. El único ambiente que habían podido mantener decorado como para recibir, era la salita y era muy chica. Un salón velatorio como la gente, muy caro, y los otros, la verdad, ¡eran tan deprimentes!. Además, ni pensar en quedarse levantadas toda la noche. ¡Que horror serían las ojeras y la piel deslucida al día siguiente!

Hicieron una lista para ver a quién le podían pedir prestada la bóveda. Bueno, una listita. Eran dos: la hermana de Carlos Mauricio, Emilia, a la que le había tocado, a su pesar, la de los González Gamboa en la pelea sucesoria y la tía Bijou, la hermana de la madre. A Emilia mejor no preguntarle, porque ella había querido siempre la chacra en Zárate y nunca le perdonó a Carlos Mauricio que le endilgara la bóveda en su lugar, y encima completa. Por lo tanto, Enrique partió hacia lo de Bijou. Convenía darle la noticia personalmente y encontrar el momento justo para hacerle el pedido.

Al marido de Inés le encargaron que se ocupara de los trámites para el sepelio (y de paso pagaba él el anticipo, ya que era el único que tenía plata) y ella y su hija se iban a poner en contacto lo antes posible con Walter Kazán, el couturier, por lo de la ropa.

La tía Bijou dijo que sí, pero sólo por un día o dos, porque quedaba un sólo lugar y era para ella.

Lo de la ropa fue bastante fácil: Un tailleur de lanita negro, semientallado y muy elegante, para ella y una pollera larga con un sweater de seda, negros, lánguidos y más décontractés, para Inesita. Le explicaron a Walter lo del seguro y le prometieron que apenas ella cobrara le iba a saldar también algún pesito que quedaba pendiente.

Ahora estaba sentada a una mesita de la confitería La Biela, en la vereda, bajo la sombra del enorme gomero. En otras mesas estaban sentados sus hijos y sus nietos. Todos recibían condolencias. Había venido mucha gente, por eso fue lindísima la caminata a través de la plaza, desde el cementerio. A Enrique se le había ocurrido la idea de recibir ahí y convidar a los amigos y conocidos con una copa. Habían pasado un mal momento cuando le pidieron la llave de la bóveda a la tía Bijou y la vieja no la pudo encontrar, por más que revisó su cartera. Menos mal que Enrique se llevó a Emilia a un costado, y no sabía cómo, con qué la habría amenazado (por algo se parecía al padre), la convenció. Mientras Emilia mandaba a buscar la llave de la de los González Gamboa, ellos recorrían la distancia entre una bóveda y otra desplazando a Carlos Mauricio sobre una especie de camilla con rueditas. Estaba segura de que habían podido disimular. Todos pensaron que querían alargar la despedida.

Había algo que le había estado rondando en la cabeza desde el día anterior y no había podido determinar qué era. Con motivo de los preparativos no tuvo un minuto de tiempo, ni siquiera para detenerse a pensar. Ahora, los comentarios salpicados de los amigos, aquí y allá, como: “¡Qué carácter, este Carlos Mauricio! ¡Qué exigencia! ¡Qué exquisito perfeccionista!” se le fueron incorporando al inconsciente y todo empezó a aflorar.

Se acordó de los regalos caros que él compraba para sus amigos y conocidos. De cuando ponía el grito en el cielo si ella le dejaba el vueltito del viático a la mucama. De los restaurantes cinco estrellas, donde le gustaba hacerse ver comiendo exquisiteces con champagne y vinos importados, mientras que ella tenía que escaparse del administrador del consorcio que le reclamaba las expensas atrasadas. Volvió a escuchar los “¡Cállese Renata, no diga boludeces!”, delante de sus hijos y sus nietos.

Lo recordó en calzoncillos, parado delante del espejo del dormitorio matrimonial, entrando el vientre y sacando pecho, estirándose sobre sus talones, y diciéndole, mientras se esforzaba en ocultar su cada vez más visible cuero cabelludo con sus cada vez más escasos pelos: “¿Qué me dice Renata? La verdad es que no estoy nada mal”. Y se recordó a sí misma, como una tonta, alimentándole el ego: “Está re-atractivo, la madurez le sienta bien, parece mucho más joven que la mayoría de sus amigos”.

Sintió otra vez sobre ella la mirada de él, cuando no tenía más remedio que desvestirse o vestirse en su presencia, y el casi inevitable comentario: “¿Me parece a mí, señora, o engordó usted otra vez un poquito?”.

Pensó en los sorteos que hacían antes de empezar a jugar al golf. Si le tocaba con ella, la mayoría de las veces se las arreglaba para cambiar y ubicarla en otra línea. Si no lo lograba, entonces salían juntos y empezaban las indicaciones: “Párese más al pie izquierdo. Más al pie derecho. Estire más el brazo. Renata, hágame caso, gire los hombros, impulse con las caderas, no sea caprichosa. No le saque la vista, le digo. Apunte mejor, querida. ¡Pero noo! ¿Qué palo va a usar para ese approach? No ve que usted no piensa. No juegue al tun-tun. Ponga ganas. Camine más rápido, no ve que los de atrás esperan”.

Y lo peor, finalizado el juego, las comidas, cuando se reunían todos en el bar. Ahí empezaban los comentarios en voz alta. Se jactaba de sus golpes, desvalorizaba los de los demás. También, haciendo cuenta de que ella no escuchaba, se jactaba de sus amoríos. De cómo, a veces había desaparecido hasta por dos o tres días y ella siempre lo recibía sin chistar.

La peor venganza que se le había ocurrido había sido imaginarlo viejo y maltrecho. Ella lo llevaba al club, lo arropaba en su silla de ruedas, atrás de una ventana desde la que se viera bien el campo de golf, y se iba a jugar los dieciocho hoyos, diciéndole: ¡Adiós! … ¡Adiós! …”

Pero aquí, rodeada de toda esta gente, tenía que hacer un esfuerzo para contener esa sonrisa que le bailaba en la boca. Recién ahora se acababa de dar cuenta. Muchas veces había querido darle el palo por la cabeza. Hacía mucho, pero mucho tiempo, que lo estaba queriendo matar.


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