Posts etiquetados como ‘carta’

Ella, la tórtola. Capítulo II

Su voz me gustó. Y él también. Porque ese mismo día lo conocí. Me preguntó:

— ¿Te venís?

— ¿Cuándo?

— Ahora.

— Allá voy.

No iba a perder el tiempo haciéndome la remilgada. Después de todo, ya tenía todo preparado, por cualquier eventualidad. Esa semana me había hecho un service general. Y me corría el tiempo. En unos días se iba y no me podía arriesgar a que a la vuelta no se acordara de mí. Así que después de anotar las indicaciones para llegar a su casa, partí. Antes, la llamé a mi hermana Renata, le dicté los datos de la dirección de carloparise y el teléfono, y le dije que si no la llamaba en dos horas, no, en tres, no, mejor en cuatro horas, diera el alerta para que me fueran a buscar. A Teté, mi otra hermana, no le había contado nada porque desde hacía un tiempo andaba con unos aires insufribles y me iba a querer aconsejar. Igual, me tuve que bancar que Renata me gritara que estaba loca, que me iban a asesinar, que la zona de los countries estaba cada vez más peligrosa, que me lo decía por experiencia. Ja! Justo ella que era una viuda reciente gracias a un sospechoso acto de defensa propia.

Era un sábado de fines de junio, muy frío y un poco lluvioso, con unos hermosos nubarrones negros que prometían una de esas tormentas que me encantan para tirarme en la cama a leer. Bueno, antes, cuando estaba casada y mi marido no tenía que salir corriendo a ninguna parte —golf, no había si llovía— también me gustaban para pasar una tarde romántica. Lo de romántica es una manera de decir, obvio. Aunque también eran románticas. Pero hubo después un tiempo en que las tormentas me hacían llorar. También me hacían llorar las parejas de pajaritos, ver a dos viejitos tomados de la mano, ver a una pareja paseando abrazados, ver a una pareja feliz en una película, ver a una pareja infeliz en una película. Qué manera de llorar. Iba y venía llorando. Cuando tenía que trabajar, paraba, claro. Pero después seguía. Me hacía acordar a mí misma cuando era chica, cuando creía que llorar era parte de la vida cotidiana: ahora juego, ahora como, ahora duermo, ahora lloro, ahora me baño, ahora lloro otro poco. Y bueno, no podía para de llorar. Tampoco podía sacarme de la cabeza a mi querido esposo JUNTO A LA RETURRA ÉSA!!!! Y miren que traté. Hice de todo: yoga, meditación, la adivina, todos los libros de autoayuda que antes despreciaba, qué Marte, qué Venus, qué si amaba demasiado… Hice autotests, autoencuestas, terapia. Y lloré, lloré y lloré.

Pero ahora estaba camino a la liberación. Bueno, a completar la liberación, porque por suerte, después de tanto esfuerzo y gracias también a algunos eventos que contaré en alguna otra ocasión, había conseguido plumerearme ese amor. También estaba a mitad de camino hacia la casa de carloparise y cuando ya estaba por abandonar la ruta a Pilar para tomar la colectora, se largó un chaparrón. Más que un chaparrón, un diluvio. Fui siguiendo las indicaciones hasta que doblando a la derecha entré a una zona de quintas con eucaliptos altísimos, calles de tierra, huellas embarradas y casas que adivinaba en medio de los parques y detrás de la cortina de agua.

Él me había dicho que iba a encontrar su casa fácil porque al lado del portón de hierro, en el pilar, arriba del buzón, iba a ver dos damas morochas y dos pelirrojas. En fin, —cada cual con su locura— había pensado. Aunque, rogaba que a esas señoritas no las acompañaran desperdigados por ahí, ningún enano de jardín. Resultó que en el pilar, lo que había, era un gran azulejo con cuatro Damas: Pica, Trébol, Corazón y Diamante. Enanos no había, y Pinochos, tampoco. Pero sí alguna figura de piedra que asomaba entre las plantas. A través de las rejas pude ver un gran parque, lleno de árboles, distintos a los demás del barrio. Había dos o tres robles enormes, un ginkgo, dos liquidámbars, tilos, ceibos, gravileas, nogales. Y también, en el fondo, como a cien metros, se veían paltas, limoneros y otros que también parecían ser frutales.

Estacioné frente a las Damas, me bajé del auto tratando de cubrirme con el paraguas y de no enterrarme en la grava, y tiré de una cadena de aros de bronce que colgaba debajo de un carillón. Largó un sonido, unas notas que me erizaron los pelos de la nuca. Y también me asustó un poco que los eslabones, que estaban enganchados formando unas figuras geométricas, parecían haber cambiado de posición. Eso hizo que pegara media vuelta para salir corriendo cuando escuché el sonido de una cerradura, pasos corriendo sobre el camino de lajas, y una voz que decía: “No lo puedo creer, esto nunca me pasó, no lo puedo creer, vení, apurate que te vas a empapar”.
Continuará…

Siguiente: Capítulo III
Anterior: Capítulo I

  • Comentarios
  • Sin votos

IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog