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La Casa de la Calle Maple

La Casa de la Calle Maple

El abuelo Máximo se murió de risa. Es que el pobre, había perdido la costumbre  ­—decía la abuela—. Desde el accidente con el submarino se había puesto serio, serio. Sólo sonreía a veces cuando yo bajaba al sótano para acompañarlo mientras él inventaba. No entendía del todo lo que me explicaba, pero estoy segura de que era un buen inventor porque por ejemplo, el asunto de la calefacción humana, funcionó. Por lo menos, según dicen, mientras mi papá y mis tíos vivían ahí. Parece que cuando se empezaron a ir, la abuela  se cagaba de frío, con perdón de la palabra. Pero era mi papá el que le decía eso al abuelo y lo retaba. Le decía que no fuera cabeza dura, que pusiera lo del gas. O un aire frío-calor. Pero, no. No hacía caso.

Había otra manera para hacer funcionar la calefacción, pero no convenía mucho usarla porque aparte de encenderse el reactor, también se encendía la cara del abuelo y se iba a encerrar abajo. Furioso, me parecía a mí. Pero la abu decía que lo que estaba, era “abochornado”. Eso significa que tenía vergüenza, como me pasa a mí cuando tengo que saludar a alguien que no conozco. Y por otras cosas, también. Se ponía así cuando alguien hablaba de lo del accidente en su presencia. Yo sabía, porque había escuchado hablar a los grandes en mi casa y en las de mis tíos. También una vez en lo de Amandita Solesmestre —mi amiga del cole— la mamá me preguntó si mi abuelo era el Máximo Arandiburu que había hundido el submarino. Como me dio rabia, no le contesté, como cuando mamá dice que me hago la sorda. Pero además, cuando aprendí a leer, un día busqué mi nombre completo en Internet y apareció: “Noticias Insólitas. Blooper en la Armada. Submarino hundido por error humano”.  Y ahí estaba, el nombre de mi abuelo. Cuando fui un poco más grande y le enseñé a la abuela a usar la compu, le avisé que nunca, nunca, fuera a leer esa noticia. Al abuelo no hacía falta decirle porque odiaba la informática.

La nota ésa me la guardé en “Favoritos” porque cuando sea grande voy a ser periodista, o detective, o presidenta, todavía no estoy segura. Pero lo que sí, voy a sacarle “el bochorno” a mi abuelo. Y a mí misma, porque aunque me sale bastante bien, cuesta mucho hacerse la sorda cuando mis compañeros me molestan. Cada vez que la leo, estoy más segura, segurísima, de que la culpa la tuvo el avizor. No, el de la Vela Blanca, sino el del submarino. Que es como un vigía  —que es el que espía el mar por si vienen piratas o un Tsunami—, pero que en lugar de subirse a la casita de arriba del palo, se queda adentro y espía por un tubito. A ver si no tengo razón. La cosa fue así: tenían que entrar a la Base Naval de Mar del Plata para “amarrar” el barco, o sea, estacionarlo. Pero la rada  —otra palabra que me gusta— era muy angosta, había mucha corriente,  y aunque era de mañana, había una “densa” niebla, o sea que había mucha. En la zona ya habían ocurrido varios accidentes, así que mi abuelo estaba preocupado por apuntarle bien a la entrada. El marinero que estaba mirando por el “periscopio” —que vendría ser el tubito—, de pronto gritó:

—¡Humo por estribor!

Estribor, quiere decir a la derecha, eso lo sé porque a veces salimos a navegar con mi papá y mi mamá, pero en un barco que anda siempre por arriba del agua, y mucho, pero mucho más chico que el de mi abuelo. Y “Humo” quiere decir “humo”, para todo el mundo. Pero para mi abuelo, que era un navegante más viejo, “Humo por estribor” significaba “Vapor a la derecha”. Así que ordenó seguir el rumbo del humo pensando que el barco de adelante había encontrado el camino correcto. Pero fueron a parar sobre la arena de Playa Grande en la que había ochenta asadores que estaban tratando de ganar el premio del asado más grande del mundo para el libro Guinness de los Records, que es uno que todos los años reparte premios para cualquier cosa que sea más o mejor que las otras parecidas. Aunque no sirvan para nada.

Los asadores se habían juntado ahí para festejar la inauguración de la “Obra Pro Caddies” y juntar fondos para la escuelita que se iba a ocupar de enseñarles educación, catecismo y como estar más sanos a esos chicos que son los que cargan con las bolsas de golf de los señores que no tienen un carrito como el de mi papá. Parece que el único que se “abochornó” fue mi abuelo, porque la gente se puso loca de contenta creyendo que la aparición del submarino era una sorpresa inventada por los organizadores de la fiesta que trabajaban para el Intendente, que es el que manda más en una ciudad. Hasta se querían subir para salir a dar una vuelta y poder ver de una vez por todas, el fondo del mar. Pero por más que todos los ayudantes de los asadores y el público en general ayudaron a empujar, no hubo manera de devolver el Arautilius al mar —Arautilius era el nombre del submarino, por si no lo dije antes—. Trajeron dos tractores, caballos, bueyes, pero nada. La Prefectura  —que es la policía del mar— vino con unos remolcadores, pero dijeron que era muy peligroso tratar de tirar hacia la rompiente, así que dejaron el trabajo para alguien más y bajaron a la playa a comer choripán, tira, morcilla y todo lo demás.

Después de eso, a mi abuelo lo echaron del trabajo. Y sin pagarle nada. Así que aparte de la vergüenza, tenía que ponerse a hacer otra cosa porque en esa época las mujeres se quedaban en casa y la abuela no trabajaba más que limpiando la casa —tanto, que brillaba por todos lados—.  Y cuidando a los nietos, que somos mis primos y yo. Y aunque Lili había sido profesora de natación, de remo y de cocina en el Club Náutico Fraülein Guazú, cuando se casaron, el abuelo Máximo le prohibió seguir trabajando. Así que,  el único que traía plata era él y aunque  ella se ofreció a buscar trabajo, el abuelo se negó. Tampoco le quiso pedir ayuda a los hijos, aunque mi papá y los hermanos no le hacían caso y siempre le estaban llenando la heladera a la abuela. Pero mi abuelo sabía muchas cosas y enseguida hizo un poco de orden en el sótano y armó un taller de reparaciones para la gente del barrio y también, la fábrica de invenciones. Al sótano se entraba por una puerta de madera que estaba como oculta en el piso del comedor. A mí me encantaba tirar de la argollita para levantarla y descubrir la escalera de madera que bajaba al laboratorio de mi abuelo.

— ¡¿Qué laboratorio?!  —Decía papá—. Eso no es más que un depósito de chatarra. El viejo, desde que se retiró, se convirtió en cartonero.

Pero el abuelo no juntaba cartón. Salía a la calle con una vara larga —que vendría a ser un palo— que en la punta tenía un imán “muy poderoso”, decía él y cuando volvía a la casa, la vara se había convertido en una rama con una flor preciosa formada por tornillos, tuercas, bulones, monedas, chapitas, medallas, resortes, botones, hebillas, llaves, horquillas, de todo. A veces me llevaba con él y yo me pegaba cada susto cuando de golpe el imán atraía algo grande que venía volando y se pegaba a las otras cosas con un “clang”. Yo entendía lo que pasaba porque el abuelo me había contado lo que hacía el imán. Me habló de los polos magnéticos y me había enseñado a hacer unos dibujos —que me sorprendían por lo lindos que me salían— poniendo sobre un papel un poco de “limadura de hierro” —que es un polvito negro que queda después de limar hierro, que es un metal— y pasándole de cerca un imán de acá para allá.

Una cosa que hacía el abuelo Máximo cuando andaba con el submarino por todo el mundo, y que yo no estoy muy segura de si estaba bien o no —me parece que no—, era llevarse sin permiso  —que quiere decir como robar, por eso—  piedras, cacerolitas, huesitos de momias —que son gente muerta y re seca—. polvitos y otras cosas de cada ciudad de esas tan antiguas que ya no vive nadie y que a veces aparecen de sorpresa si a alguien se le ocurre hacer un pozo o plantar algo. De cada lugar al que llegaba, si podía esconderlo, traía algo. Una de esas cosas, un polvito amarillo que se llama óxido de uranio, usó también para lo de la calefacción en el Reactor de Fisión Nuclear, que no es lo mismo que Reactor de “Fusión” Nuclear —me explicó él— pero la verdad, no me acuerdo bien por qué.

Eso del accidente con el submarino pasó antes de que yo naciera, pero al abuelo Máximo le duraba la cara seria. “Cara de culo” —decía mamá—. Por eso, a la gente le daba un poco de miedo, mi abuelo. Pero a mí, no. Me daba lástima que estuviera triste. Así que, una vez que fui a jugar a la casa de Xiomara Pérez Harris, y vi que su abuelo ̶  ¡que vive con ellos!  ̶  se reía como loco mirando la televisión, pensé qué bueno que mi abuelo Máximo se riera así. Y le pregunté qué miraba porque yo no conocía ese programa y encima, no tenía colores. Todo en gris. Me dijo que eran “Los tres chiflados” mientras se agarraba la panzota y se despatarraba a las carcajadas en el sillón porque un viejo le pegaba en la cara a otro con una torta de crema.  A mí me pareció un poco tonto, pero si lo divertía tanto a ese abuelo, a lo mejor al mío también. Así que, tuve una idea fantástica: le pregunté al abuelo de Xiomara Pérez Harris en qué canal y a qué hora estaba ese programa y al día siguiente… ¡Chachá, cha cháaan! Le dije al abuelo Máximo que tenía una sorpresa, lo llevé de la mano y lo senté frente al televisor. Nunca me imaginé lo que iba a pasar, pero la abuela Lili, papá, mamá, y mi otra abuela, Renata, me aseguraron que había hecho muy bien porque en algún momento el abuelo se iba a morir, como se muere todo el mundo  —por suerte, yo, todavía no, falta muchísimo— y qué mejor que morirse de la risa.

La abuela Lili no lloró mucho, pero yo creo que eso era cuando yo estaba con ella. Seguro que cuando se quedaba sola no podía parar. Yo le miraba los ojos para ver si se le ponían rojos, como a mí. Pero no. Será porque yo lloraba a cada rato. Cuando era más chica, claro. Pero Lili los tenía preciosos, como siempre, como un cielo de día pero lleno de estrellas. Como los de mi papá, pero más lindos, todavía. La verdad es que la extraño mucho y a veces pienso si me hubiera gustado irme con ella. Tan feliz, se iba. “Al fin partimos”, gritaba asomada a la ventana del living. Fue un despegue perfecto, lo pude ver porque cuando el temblor se hizo muy fuerte me solté de su mano y salí corriendo para la calle, igual que habían hecho todos los demás. Y las vi subir. Me quedé llorando parada en la vereda de enfrente porque me hubiera gustado acompañarla. Pero no, si no iban también mi mamá y mi papá. Y menos mal, porque a la abuela Lili no la vimos más.

Le insistí tanto a mi papá para que me llevara al Tigre, a la calle Maple, porque estaba segura, segurisisisíma de que la casa y Lili estaban allá. Pero, no. Tal vez se perdió, porque mi abuela Lili es un poco despistada —como dice siempre mi papá—. Y la casa no tiene GPS, aunque su auto sí, pero ése no se lo llevó.

La policía dijo que todavía no habían podido identificar la causa de la explosión, y menos porque no quedó nada de nada. Pero yo vi la nube amarilla de la “propulsión” debajo de la casa  —que quiere decir que la empujaba para arriba—.  La misma que se hacía en chiquito en el reactor del abuelo. Ése que había fabricado con todo el metal que juntaba y que usaba para lo de la calefacción junto al polvito amarillo que había traído —sin permiso—   de Oklo, un lugar en el África.  África es un continente que está enfrente del nuestro y donde viven los leones, los pigmeos y las jirafas. Oklo —lo busqué en Wikipedia y en Google Earth—  es un lugar donde hace muchísimos años, tenían calefacción sin necesidad de estufas ni nada.

Los de la banda, que habían salido corriendo antes que yo, y los vecinos, que habían salido a espiar, afirmaban que se las chupó un OVNI. Así que ahora todas las noches anda gente ida y vuelta por la cuadra con largavistas, cámaras, máquinas que hacen sonidos, velas, linternas, fotos, panchos, facturas, helados… Uno tiene una App en el celu que repite todo el tiempo “itigoujoum, itigoujoum”.

Al principio yo le quise explicar a mi papá que la culpa la tuvo el abuelo Máximo,  aunque fuera sin querer. Pero papi me miraba con lástima —y los ojos bastante rojos—, me acariciaba la cabeza y me decía:

— Pero, no, Clarita, seguro que la abuela se olvidó de apagar la hornalla. O algo así. Mi mamá fue siempre bastante despistada.

Y dale con eso. Así que no insistí más. Lo que pasa es que cuando el abuelo se ponía a contar sobre sus viajes o a explicar sus inventos y teorías, mi papá y mi mamá ponían los ojos en blanco y no escuchaban nada. Pero yo, sí. Y Lili, también. Creo. Por lo menos, me sentaba a upa y las dos le prestábamos atención. Lili, con una sonrisa. Y yo, con la boca abierta. Una vez papá me dijo:

—Clari, no creas todo lo que cuenta el abuelo. Siempre inventó cosas, y ahora que está viejo, peor.

Pero él, qué sabe. No escuchaba. Además, Lili me dijo que cuando sus hijos eran chicos, el papá, mi abuelo, estaba siempre ocupado. O no estaba. Porque como ya lo dije, mi abuelo era marino, ¡submarinista! y se iba de viaje por muchos meses. Por trabajo, claro.

Lili decía que lo extrañaba un montón. A mí me parece que se amaban en serio. Con amor, amor. A él, cuando la miraba, le cambiaba la cara de malo por una un poco boba. Aunque yo los escuché a papá y a mamá decir que Lili le seguía teniendo un rencor  —lo que significa que algo de rabia, tenía—. Y eso era porque después del accidente el abuelo no podía ver ni oler el mar ni de lejos. Y tampoco los ríos. Menos que menos, los del Tigre, donde hay tanta agua. Pero Lili, había vivido en el agua. Aparte de las clases, competía en natación y en remo, salía a correr por el Paseo Victorica, hacía Yoga y Tai Chi Chuan en la punta del muelle del Puerto de Frutos, meditaba en la placita frente al Museo Naval  —ahí fue donde se conocieron— . Él era re lindo, aunque el pelo aplastado y el bigotito de las fotos, se ven un poco raros. Y ella, preciosa. Cada vez que miro sus fotos me la imagino vestida de Cenicienta, con el traje de fiesta. La cara, igualita. Bueno, sigo. Cuando se casaron, compraron la casa de la calle Maple  —que quiere decir “Arce”, que es un árbol muy lindo que en otoño se pone rojo, rojo—. La calle era cortita, y cortada, y estaba en medio de lo que Lili llamaba “La Isla”, porque estaba rodeada por tres ríos, el Tigre, el Luján y el Reconquista. La casa estaba al fondo de la cortada. En el frente tenía un pico, como un triángulo, con la ventana del altillo arriba de todo, y que fue lo que hizo que algunos que no creían en los OVNIS pensaran que despegaba un cohete, el día que se fueron.

Cuando el abuelo volvió de Mar del Plata, aquél día que terminó en el asado de Playa Grande, no quería ni entrar a la casa. Se ponía a temblar si pensaba que podía venir la Sudestada. Así que se quedó en un hotel en pleno Centro de Buenos Aires y le dijo a Lili que se tenían que mudar.  Sí, o sí. Lili, lloraba y lloraba. Finalmente, el abuelo la convenció prometiéndole que iba a comprar un terreno e iba a llevar la casa completa, parte por parte, pieza por pieza. Eso hizo, y se mudaron a Villa Ballester, donde había muchos alemanes, como ella. En realidad, Lili no se llamaba Lili, sino Elizabeth. Y no era alemana, sino rumana, pero como a mi bisabuela  —que vendría a ser la mamá de mi abuelo Máximo—  le costaba pronunciarlo, mi abuelo le cambió el nombre por Lili y así le quedó. Y como la mayoría de la gente no sabía qué era Rumania ni dónde quedaba, ella les dejó creer que era alemana. Y, chau. Villa Ballester tenía muchos jardines, y una linda plaza. Pero nada de agua. En realidad, agua sí. Había unas piletas de natación enormes, pero el abuelo no quería que se mostrara en malla ahí. Así que Lili se quedaba en la casa. Cuando murió el abuelo, ella quiso vender y volverse al río. Pero mi papá, mi mamá, los tíos y las tías, le dijeron que no le convenía, que iba a estar muy lejos de todos nosotros. Y entre ellos, les escuché decir que estaba chiflada. Así que se quedó. Y yo sé que se aburría muchísimo. Cocinaba. Fue a tomar un curso de Macramé, hizo Spinning, Zumba, Tango, Danza Española. Pero no había caso. Extrañaba.

Limpiaba sobre lo limpio. Barría la vereda, pasaba el trapo. Hasta que un día, empeñada en hacer brillar su casa, con el tacho de basura, la escoba, el escobillón, el cesto de la ropa, se puso a jugar. Sin querer, hizo no sé qué movimiento y le pareció que el sonido era divertido. Así que como estaba sola se puso a bailar y golpear con todas esas cosas y como le divirtió un montón, lo siguió haciendo todos los días. Cuando yo iba a bañarme, a cenar y a dormir a su casa, a la mañana siguiente las dos bailábamos por todos los cuartos haciendo sonar y repiquetear todo lo que encontrábamos. Lili, hasta se acordaba de lo que habíamos hecho el día anterior, así que inventó una manera de anotarlo, porque música, no sabía. Yo no les conté nada a mis papás, porque seguro que iban a pensar que estaba más loca, todavía, y capaz que no me iban a dejar ir más.

Un día, estábamos en ésa, bailando y haciendo sonar muebles, escobas y cubiertos, cuando sonó el timbre. Era un hombre vestido de rojo que preguntó quién estaba haciendo percusión.

—Nadie —dijo mi abuela con cara de nada.

Yo traté de imitársela, pero parece que no me salió porque el hombre me miró a mí y me dijo:

—Linda, ¿quién estaba haciendo percusión?

Como el de rojo era muy lindo, y parecía muy simpático, le contesté la verdad:

—Nosotras.

Se nos quedó mirando con la boca abierta, hasta que se dio vuelta y gritó:

—Muchachos, ¡increíble! ¡Vengan a escuchar esto!

Y de un camión rojo que estaba estacionado enfrente de la casa y que tenía pintadas unas palabras en amarillo que decían “Rataplunes de Fuego”, empezaron a bajar otros vestidos también con esos enteritos rojos y se metieron en la casa.

Lili parecía preocupada. Y yo estaba muerta del susto. Nos pidieron que hiciéramos lo del baile y las escobas, pero nos daba vergüenza. Además, yo estaba segura de que nos iban a asaltar, aunque capucha, no tenían. Después Lili me confesó que en un momento sospechó que los había mandado alguna de sus nueras para tener pruebas de que había que meterla en un loquero. Pero no, eran músicos de verdad. Cuando al final la convencieron a Lili y les mostramos cómo jugábamos, los hombres ésos se quedaron anonadados  —que quiere decir agradablemente sorprendidos—. Le preguntaron cómo hacía para lograr esa energía y la abu les contó que antes de empezar a bailar y repiquetear, pensaba muy fuerte en un deseo, en algo que le gustara mucho. Y ya estaba. Le salía solo. —A mí ya me lo había enseñado y yo casi siempre elegía lo de desabochornar al abuelo —.

Cuando escuchó eso, el director  —que vendría a ser el jefe de la banda—  les dijo a los otros músicos:

—Muchachos, ¡ése es el secreto! ¡Tanto que lo buscamos!: Hay que tener una intención, ¡un fuerte deseo que cree energía!

Después, cuando vieron las anotaciones de Lili, le dijeron directamente que era una genia. Que entre eso, y el sistema de señas para dirigir la banda que habían inventado ellos, íbamos a tener tanto éxito que los sponsors se iban a pelear por tenernos. Le pidieron que se uniera a ellos. Y a mí, también, porque iba a ser su mascota  —y además, porque bailo y canto muy bien—. A Lili le parecía loquísimo, pero al final, la convencieron. ¡Y ahí empezó la etapa más divertida de mi vida! Dos o tres veces por semana, yo me iba a bañar, a cenar y a dormir con Lili, pero en realidad, ensayábamos con la banda de percusionistas en el living enorme de la abuela.

En eso estábamos una noche cuando la casa empezó a moverse un poquito. Al principio, no me di cuenta de lo que era, pero cuando empezó a hacer demasiado calor, le dije a Lili:

—Abu, la calefacción.

—Qué, mi vida— me dijo mientras le daba al tacho de basura con todas sus ganas.

—Que la calefacción, parece que se encendió.

—Oh, no importa… después lo arreglamos.

Pero no nos dio el tiempo. El abuelo Máximo se habría sentido re orgulloso por su reactor. Respondió al calor humano maravillosamente. Pero se le fue un poco la mano. Así que no sé por qué, quizá por tanta transpiración, pero se encendió también la propulsión y ahí fue cuando la banda entera se escapó dejando en la casa todos los instrumentos. Como Lili seguía tan contenta y fue a asomarse a la ventana, yo primero me agarré fuerte de su mano y con la otra saludé también. Creía que ni por un invento de mi abuelo ni en la compañía de mi abuela, me podía pasar nada malo. Pero después pensé en mi papá y en mi mamá, y me puse a extrañarlos tan fuerte que la solté a Lili y salí corriendo.

Estuve pensando que quizá, cuando sea grande, voy a ser percusionista. O si no,  investigadora y científica. Investigadora, para encontrar a ese tonto del vigía y que confiese que la culpa del accidente la tuvo él. Y científica, para seguir con los inventos del abuelo porque estoy segura de que Lili está en alguna parte. El otro día, fue Nochebuena, y lo prometo  — porque no se debe jurar—  que las vi pasar.  Se lo dije a mi primo Juan Pedro y me contestó:

—Boluda, son globos de papel ¿no ves?

Estúpido. ¡Qué me importa! Yo sé que si estudio mucho, la voy a encontrar.


Esta historia está basada en varios hechos reales:

1) Lanzan en Estocolmo un Sistema de Calefacción Humana. http://actualidad.rt.com/ciencia_y_tecnica/medioambiente_espacio/issue_8481.html

2) Vestigios de reactores nuclearesde casi dos mil millones de años de antigüedad fueron encontrados en África durante los años 70.
http://observatorio.info/2005/02/oklo-antiguos-reactores-nucleares-africanos/

3) http://es.wikipedia.org/wiki/Reactor_nuclear

4) Accidentes marítimos:
http://www.histarmar.com.ar/AccidentesNavales/UnSalvMemorable.htm
En este caso, estuve buscando información sobre un hundimiento del que se hizo responsable a una persona que conocí hace unos años. Pero… cero información. Bochorno ocultado. Así que me vino muy bien éste de la Armada Norteamericana, ya que sobre pilotear submarinos, yo no sabía nada.

5) Un Domingo por la noche fui al Anfiteatro de Tigre a ver un show de “La Bomba del Tiempo” y… ¡Eureka! Ahí encontré el medio por el cual iba a poder generar un poderoso calor humano.

Por lo demás, todos los personajes y los hechos son ficticios.

b) El origen:


Un compañero de Blogs de la Gente, José Luis Bethancourt, me llamó a mediados de Enero pasado para invitarme a unirme al grupo “Piso Trece” y me envió el email de aquí abajo en el que me explica el origen de la historia que terminó siendo un desafío para muchos escritores. Me sentí muy halagada con la propuesta y aunque al principio me sentía un poco temerosa por tener que escribir “por encargo”, me alegra muchísimo haber aceptado  ya que disfrute de todo el proceso: gestión de la idea, investigación y escritura.


Si no tienen ganas de leer todo lo de abajo el asunto es así: Parece que un tal Mr. Burbick se prensentó ante un editor para pedirle que publicara su libro que contenía catorce cuentos con sus correspondientes catorce ilustraciones. Al editor le gustaron tanto las ilustraciones que le pidió que le trajera los cuentos, pero Mr. Burbick, aunque se fue saltando en una pata y se comprometió a volver al día siguiente con tutt’i le fiochi, desapareció y nunca más se supo de él. No sabemos si en realidad era tímido, un vago, un ladrón de propiedad intelectual, o si la historia es completamente falsa. De todas maneras, desde entonces, mucha gente se puso a escribir relatos sobre esas imágenes, incluyendo a Stephen King. Yo tuve el honor (o qué sé yo) de que me propusieran escribir la misma historia que él, mejor dicho, otra historia basada en la misma imagen y el mismo epígrafe. A raíz de la suya, hubo una película. De la mía, todavía no. :)

La invitación que recibí de José Luis y su explicación:


La idea básicamente es escribir un cuento inspirado en la imagen e incluir dentro del texto el epígrafe de la misma. La extensión y el tema es libre.

LA CASA DE LA CALLE MAPLE. (el epígrafe dice: “Fue un despegue perfecto”)

Chris Van Allsburg es un escritor e ilustrador estadounidense, nacido en 1949, que publicó el curioso libro “Los misterios del señor Burdick”. El volumen se halla compuesto sólo por 14 imagenes acompañadas de un título y una línea que sugiere una historia. Además un pequeño prologo a manera de historia en la que explica el apócrifo origen del libro.

Son muchos los escritores que han cedido frente a este libro y creado historias que expliquen el significado de las imágenes. Stephen King en su colección de relatos “Pesadillas y alucinaciones” incluye “El despegue de la casa de la calle Maple”, una de sus mejores historias, basado en la última de las laminas presentadas.

Como escritor amateur se me propuso participar en un juego literario usando una de las imágenes para crear una historia. Ha sido mi mayor desafío y lo he disfrutado muchísimo. Varios colegas ya han hecho su presentación en el juego y son maravillosas historias que recomiendo que lean.

http://historiasenelpiso-trece.blogspot.com/2011/11/bienvenidos.html es el blog que contiene estas historias y navegando en la columna que dice “Archivo del blog” podrán conocer estas historias.

Pero es importante que antes lean el contenido del prólogo del libro que servirá para abrir su apetito literario y vean porque es tan atrayente para quienes nos gustan escribir y que es el siguiente:

La primera vez que vi los dibujos de este libro fue hace un año, en la casa de un hombre llamado Peter Wenders. Aunque el señor Wenders ahora está jubilado, en otro tiempo trabajó para un editor de libros para niños, seleccionando las historias y las imágenes que luego se convertirían en libros.

Hace treinta años llegó un señor a la oficina de Peter Wenders presentándose con el nombre de Harris Burdick. El señor Burdick le contó que había escrito catorce cuentos y dibujado muchas ilustraciones para cada uno de ellos. Había llevado un solo dibujo de cada cuento para ver si a Wenders le gustaba su trabajo.

Peter Wenders quedó fascinado con las ilustraciones. Dijo a Burdick que le gustaría leer los cuentos lo antes posible. El artista quedó en llevárselos al día siguiente por la mañana y dejó los catorce dibujos con Wenders. Sin embargo, no regresó al día siguiente ni el día después de ese. Nunca más se volvió a oír de Harris Burdick. A lo largo de los años, Wenders trató de averiguar quién era Burdick y qué le había sucedido, pero no pudo descubrir nada. Hasta la fecha, Harris Burdick sigue siendo un misterio absoluto.

Su desaparición no es el único misterio que dejó. ¿Qué historias acompañaban estos dibujos? Hay algunas pistas. Burdick había escrito un título y un epígrafe para cada ilustración. Cuando le comenté a Wenders cuán difícil era mirar las imágenes y sus epígrafes sin imaginar un cuento, él sonrió y salió de la habitación. Regresó con una caja cubierta de polvo. Contenía docenas de historias, todas inspiradas por los dibujos de Burdick. Habían sido escritas hacía años por los hijos de Wenders y sus amigos.

Pasé el resto de la visita leyendo estas historias. Eran notables, algunas extravagantes, otras divertidas y algunas francamente espeluznantes. Con la esperanza de que otros niños sean nuevamente inspirados por los dibujos de Burdick, los reproducimos aquí por primera vez.

Chris Van Allsburg”

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Ella, la tórtola. Capítulo X.

Enlace al Índice completo de este Blog.

Yo no sé si lo que nos fue sucediendo a carloparise y a mí tuvo algo que ver con la “Ley de los opuestos”*, pero se dio que mientras más disfrutaba yo de esa relación sin exigencias, él empezó a reclamar más compromiso. Al principio nos veíamos de vez en cuando. Salíamos poco porque lo que más nos gustaba era disfrutar de nuestra mutua compañía. Los dos teníamos nuestras actividades, tanto de trabajo como sociales, y las hacíamos cada uno por su lado. Es más, no nos indagábamos mucho y por mi lado, no era por crear ningún misterio, sino porque realmente no me interesaba. Habrá sido porque yo venía de ese matrimonio con un marido enfermizamente celoso y que culminó, como era de esperarse, con mi cabeza vencida por una corona de cuernos. Así que consciente o inconscientemente, no quería crear ningún vínculo que diera pie a que se repitiera esa historia. Además, carloparise, aparte de ser un artista, con toda la carga de vanidad que eso implica, era un “madurito interesante”. Y le encantaba hacérmelo notar. Mejor dicho, le encantaba hacerme notar que se hacía notar. Si él hubiera sabido lo que iba a desencadenar después, con esa actitud, probablemente no se habría empeñado tanto en mandarse la parte.Una de las primeras cosas que me contó en esa tesitura fue que estando en el FISM de Lisboa, durante un tour, una maga alemana, obviamente rubia, bonita y joven, le chupó el pito durante el trayecto en el Teleférico que bordea el Tajo. Y que todos los otros magos, con los que habían ido en grupo —aunque supongo que por la anécdota, no en la misma cabina— al ser obviamente informados después sobre los detalles de ese evento, lo felicitaron calurosa y envidiosamente. Hasta me mostró la foto: la rubia y su auto adornado con montones de flores con el que se presentaba cuando iba a trabajar a los cumpleaños infantiles. Mientras, según el email que me mandó desde allá, daba pasos pensando en mí. Jajaja… Y mientras… y esto era lo más triste, estaba con su mujer, o ex-mujer, o como quisiera llamarla o lo que fuera realmente. No recuerdo qué explicación me dio en ese momento ante mi pregunta sobre dónde estaba ella, la mujer, en el momento del famoso paseo. Lo que sí recuerdo es que en lugar de provocarme un “¡Ohhh!” de admiración, recibió un “Pero qué hijo de puta, qué falta de respeto”. Él recibió mi exclamación con un aire de desconcierto e inocencia: “¿Por qué? ¡Si ya estábamos separados!”.

Nunca estuve muy segura de que ese episodio fuera verdad, un poco porque al ir conociéndolo descubrí que tenía una cierta tendencia a inventar, agrandar, mentir porque sí. Casi tanto en la vida real como en su trabajo. En realidad, la mentira y el engaño son la esencia de su profesión. De sus dos profesiones, la magia y la publicidad. La que era, y la que había sido. Eso lo podía entender, porque yo misma en mi trabajo, mal que me pesara, me veía obligada a mentir y disimular. Y reconozco que hasta había aprendido a disfrutarlo, lo que hubiera sido para mí totalmente impensable y recriminable en mi juventud. Además, además… yo había estado en la Expo’98 y me había subido al Teleférico. El trayecto entre la Torre Vasco da Gama y el Oceanográfico, es de 1300m y había tardado en hacer el recorrido aproximadamente cinco o seis minutos. Bueno, si lo que contaba era verdad, habrá sido una fellatio de altura a alta velocidad. Allá él.

Como esa historia me la contó muy al principio sólo me causó gracia, si no tengo en cuenta el enojo, solidario con mi género, al ponerme en lugar de su ex. Después hubo algún que otro episodio, pero eran más que nada intentos de él para ponerme celosa a mí. Quizás, habrá pensado como yo, que era muy probable que lo nuestro no terminara en una larga relación, porque si no, es inentendible que se haya dedicado a sembrar con todo orgullo las semillitas de la desconfianza. Al poco tiempo de conocernos yo ya me había dado cuenta de que el hombre no podía evitar el tratar de seducir. A cualquiera. Y muchas veces lo lograba. También estaba el tema de las partenaires, que había varias. Obviamente bonitas, o por lo menos, llamativas una vez vestidas y maquilladas para la escena. Algunas eran jóvenes, otras muy jóvenes, y otras más maduritas. Y a mí me parecía bien. Era impensable que trabajara con una partenaire fea, ordinaria o que no estuviera en línea.

¿Por qué no me molestaba nada de eso? Porque conmigo era un encanto. Ir a su casa era como internarme en un spa. El “carloSparise”, lo llamaba yo. No sólo podía tomar sol en una reposera, flotar en la pileta, leer en una hamaca debajo de los árboles, mirar películas en el plasma —claro que a veces eran de magia, magia, magia— sino que él me atendía, me mimaba, me complacía, y me… bueno, no quiero rimar, pero hacíamos el amor de una manera que cubría y hasta sobrepasaba todas mis fantasías. ¡Descubrí cada utilidad para todos esos objetos que tenía en la sala de ensayos del entrepiso! Me partió por la mitad, me hizo flotar, me hizo volar. Juro que podría escribir un manual sobre los usos alternativos de los elementos mágicos.

Como a los tres meses de esa situación, que para mí, así como estaba iba sobre rieles, en medio de uno de esos momentos íntimos y tiernos me preguntó:

—¿Me amás?

—No.

¿Qué le iba a decir? Era la verdad. Y no me parecía necesario mentir. Además, la pregunta no creo que implicara que él me amara, sino quizás una cuestión de amor propio. Yo nunca fui de enamorarme a primera vista. Atracción, sí. Algo que no se puede explicar muy bien. Pero, ¿amar? Para mí, amar es otra cosa, es entregarse, es sentirse parte de un todo, es sentir ese lazo del que hablaba antes. Y yo, todavía no sentía eso. Sí, me sentía contenida, comprendida, escuchada, respetada y en cierta forma, malcriada. Cosa que mal no me venía. La sensación era bárbara. Y era muy consciente de que carloparise tenía esa rara cualidad de comprender sin que uno tuviera que explicar. Creo que comprendía también muy bien lo de amar o no amar. Pero necesitaba que le dijera que sí.

La pregunta se repitió varias veces más en los meses siguientes. Hasta que un día le dije que sí. Mentí. O creí que mentí. Ya habíamos empezado a compartir más cosas. Amigos. Mis hijos, de vez en cuando. Él, carloparise, no tenía. Decía que con su profesión, eso de andar de acá para allá, no le hubiera permitido ser un buen padre. Creo que en eso tenía razón. Yo pensaba, además, que con semejante vanidad, sobre todo, de más joven, le habría resultado muy difícil ocuparse de otro ser humano. Así que le había negado a sus mujeres, que habían sido varias, o por lo menos algunas si hablamos de larga duración, la posibilidad de la maternidad. Volviendo a lo de compartir, mis hijos varones, con la cuestión de que era mago, dejaron de lado cualquier objeción que podrían haber tenido ante el posible “novio de la madre” y se le abalanzaron con interés y admiración. Por lo menos, mientras les duró la novedad. Mi hija, fue más difícil. Por cualquier motivo buscaba la comparación con el padre. Pero yo no le llevaba el apunte. Tenía bien claro que si yo había sido respetuosa con sus decisiones, ella lo tenía que ser con las mías. Además, el comportamiento de su padre en los últimos tiempos había causado mucho dolor y desconcierto en todos nosotros.

Lo gracioso fue que para los dos del medio, la aparición de carloparise y el hecho de verme “ubicada” les suscitó una especie de alivio. Ante este comentario, cualquier podría suponer que hasta ese momento habían dejado de lado sus programas para hacerme compañía. Pues, no. Y yo, tampoco la pedía. De todas maneras, pasaba que de tanto en tanto me preguntaban, temiendo que la respuesta fuera negativa: “Y Carlo, ¿todo bien?”. Una vez, el más chico, se me sentó enfrente y muy serio me preguntó si yo salía con él por no estar sola, o porque realmente me importaba. A lo que le contesté con la verdad. Que sí me importaba. Y que me hacía sentir muy bien. Y le expliqué eso de sentirse entendido, comprendido. No podía extenderme en la diferencia con la actitud del padre, que cuando yo decía que me sentía mal, él se sentía peor. Si yo tenía náuseas por un embarazo, él también. Que si yo estaba triste por algo, él estaba destrozado. Por un lado, no querían escuchar ninguna palabra mía que tuviera que ver con alguna crítica hacia él, y además, porque no todo lo de su papá había sido malo. Yo lo había querido mucho, él me había querido a mí, y habíamos compartido muchas cosas. Quizás, la diferencia respecto a este punto en particular, lo de la compresión, no era tan importante, si una la comparara con otros aspectos y además, en otra etapa de la vida. También, tengo que aceptar, que yo era otra, con menos experiencia, y que en lugar de tratar de conciliar, de promover el diálogo, a una agresión o falta de atención respondía con la misma moneda. Y viceversa.

La cuestión, es que a partir de ese “Sí” que le “mentí” a carloparise, estuvimos más unidos. Seguimos viviendo cada uno en su casa y nos veíamos dos o tres veces por semana. Pero empezó a pedirme que lo acompañara en sus viajes, a los Congresos, o para alguna actuación. Y yo iba, si el trabajo me lo permitía. Al principio, temía embolarme. Pero aparte de que cada vez que íbamos a una ciudad nueva yo aprovechaba para hacer turismo, también me empezó a interesar cada vez más la magia. Ni yo misma lo podía creer. Ciertamente me provocaba un respeto enorme lo que él hacía y cómo lo hacía. Y vi también actuar a muchos otros. Lo acompañé a conferencias. Y aunque parecía que no me interesaba me picó el bichito de “Por qué, yo no”. Y empecé a prestar atención. A escuchar atentamente. A mirar videos. A leer todos los libros de su biblioteca. A escuchar conversaciones. A aprenderme de memoria las rutinas. A practicar yo sola delante del espejo. Él no se dio cuenta de que me lo tomaba tan en serio. A veces, le mostraba algún truco sencillito que había aprendido y él se reía con ternura, me daba una palmadita, y no me llevaba el apunte.

Yo había leído una vez, en una revista francesa, un artículo de varias páginas sobre la vida de Eva Perón. Me interesó en ese momento saber cómo la veían unos ojos europeos. A mí, Eva nunca me había caído bien. Y eso que en mi casa no se hablaba de política. Pero yo empecé el colegio primario en la época en que en todas las aulas, en todos los libros, por todos lados, estaban las fotos de Perón y Evita. Una imposición. Dos emperadores, cuando por otro lado me enseñaban sobre Belgrano, sobre Moreno, sobre los valientes de la Reconquista, sobre la lucha por la Independencia. Bueno, yo tenía una terrible confusión con el tema de los próceres, y creo que más allá de la historia que me enseñaban los admiraba más por lindos o por románticos. Pero en mi cabecita infantil, no terminaba de entender que le agradecieran tanto a Eva que hubiera regalado bicicletas o triciclos a todo un barrio, cuando no eran de ella, si no, de otros, de una empresa. Yo pensaba, “Qué fácil, regalar así”. Mi papá no opinaba nada, porque si hubiera tenido algo para decir en contra, si lo hacía, corría el riesgo de perder su trabajo. Yo escuchaba lo que le pasaba a otros, y aunque me daba un poco de vergüenza, entendía que era mejor mantenerse en silencio. A pesar de todo eso, cuando fui creciendo, me di cuenta de que aunque todas esas cosas que a mí me parecían tan mal, esa mujer había hecho también muchas cosas buenas. No sé todavía con qué intención, si era por deseo de poder, o verdaderamente por amor al prójimo. Pero lo que me había impactado de ese artículo en la revista, fue leer cómo hizo ella para instruirse, para aprender, para llegar a ser lo que fue. Porque convengamos que de instrucción, nada. Se dicen de ella muchas cosas, sobre todo sobre su moral antes de conocer al que después fue su marido, pero eso, obviamente no tiene importancia. Lo que me interesó mucho fue encontrar la punta de cómo hizo. Y claro, debe haber sido muy inteligente. Porque parece ser que aprendió poniendo la oreja. Escuchándolo hablar a él. Escuchando sus conversaciones con los otros. En sus reuniones. Por lo que terminó pareciéndome una genia, en ese sentido. Y me copié. Eso fue lo que hice yo, salvando las distancias, no sé la verdad si a favor mío o a favor de ella. Y tampoco por política. Si no, por el arte de la magia.

Pero, me lo guardé para mí. Cada día aprendía más. Adquiría más habilidad. Me gustaba sobre todo el tema del cambio de ropa. La magia de escenario. La idea del teatro lleno, de los aplausos. De mis partenaires, hombres. Mientras, así estábamos, carloparise y yo, se puede decir, que finalmente enamorados. Rodeados de magos, de partenaires mujeres, de admiradores y admiradoras. Incluso también de alguna que otra alumna o espectadora enamorada. Pero a mí no me importaba. Él era mío. O casi todo mío. Porque lo que no podía apartar de nuestra vida, de su atención desmedida, de su babosidad inaceptable, era la presencia insoportable, constante, inmiscuida, y odiosamente inquietante, de Ella, la tórtola.
Continuará…
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Así era carloparise hasta que la conoció a Laura…MADURITO INTERESANTE

Te alucina en cualquier bar,
se fija en ti de repente,
y tu picas de inmediato:
él parece diferente.

Es ese hombre que lee “El País”
que ha estado en tantos sitios,
que sabe de vinos todo,
que vive en su piso solo
y le ha dado por las plantas.

Que le encanta que le mimen,
que le halaguen, que lo quieran…
que te chupa marcha y vida
antes de que te des cuenta.

Él se limita a estar
sin esforzarse en tenerte,
sin luchar por conquistarte,
él se lo merece todo
porque ya viene de vuelta.

Es él,
elegantemente descuidado,
madurito interesante
con el corazón helado.

Hasta que un día ve que no puede contigo
y cuando menos lo esperas, se va.

Hace como siempre, no arriesga
y te parte por la mitad.

Y lo ves al mes siguiente
con su conquista correspondiente
y esas gafas Christian Dios
y esa postura de divo
de que todo se acabó.

Martirio/Kiko Veneno

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Ella, la tórtola. Capítulo IX.

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Ella, la tórtola. Capítulo IX.
No vayan a creer que me entregué a la magia así como así. No. La había pasado tan mal, y me costó tanto volver a ser yo misma, que continué encontrándome con carloparise, pero con cautela y pie de plomo, sin pensar, ni desear, ni querer provocar una necesidad de ningún tipo de compromiso. Lo pasaba muy bien con él, me hacía sentir divina, pero el susto que había sentido al quedarme sin pareja, esa vergüenza estúpida por haber perdido un marido, el no saber dónde meterme, si ir o venir, si estar acá o allá, se había convertido en terror de perder mi recuperada libertad. Me identificaba con Martirio cuando cantaba:

Salgo y entro cuando quiero,
bailo al son que me va a mí…

Separada sin paga Nº 2

Cuando me quedé sin él se me vino el mundo abajo,
hice un curso de informática y hoy por fin tengo trabajo.
Me cuesta la misma vida llevar esto adelante
pero lo prefiero al muermazo de antes.

Hoy me siento como nueva, ya se me ha quitado todo el susto
y aunque duerma sola, para qué te voy a engañar,
me encuentro muy a gusto.

Lo perdido al río,
poderío al poder
y al que quiera saber
mentiritas a él.

Cuando me quedé sin él
se me vino el mundo abajo,
hice un curso de informática
y hoy por fin tengo trabajo.
Salgo y entro cuando quiero,
bailo al son que me va a mí,
aparqué por fin la víctima
y le dije adiós al guardacoches del sufrir.

Y ahora que he aprendido
pinturitas de guerra yo me pongo
y en la selva de la vida estoy
disfrutando en gordo.

Continuará…

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Capítulo VIII

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Ella, la tórtola. Capítulo VIII.

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“Cada paso que doy, pienso en vos…”

Ése fue mi primer paso del retorno a la Ilusión. Así, con mayúsculas.
No solamente por lo que significó en un primer momento para la recuperación de mi autoestima, sino porque después, con el tiempo y de a poco, comencé a integrarme a ese mundo tan distinto, en el que lo imposible parece posible, lo invisible, visible, y lo visible desaparece. Un arte que provoca que los corazones más escépticos vuelvan a sorprenderse, a tomar contacto con la inocencia de la niñez, que nos transporta a lo maravilloso y también, que despierta nuestro deseo de creer sin necesidad de pruebas y nos envuelve en un halo de fantasía. Que nos permite percibir que es posible escapar. Tómese esto último como cada uno quiera. Pero yo pude comprobar que durante el tiempo en que el mago está mostrando su arte, TODO el público se deja atrapar. Habrá algunos que me dirán que no, que no les creen, y son los que se pasan el acto completo tratando de descifrar “cómo lo hace”, en lugar de disfrutar. Los que se regodean con anticipación esperando que el artista se equivoque. Que todo, o por lo menos algo, le salga mal. Que se le escapen las palomas, los conejos. Que corte en serio a una persona por la mitad. Que se asfixie, que se ahogue… También aprendí que esos escépticos son los que el mago más disfruta, a los que mejor engaña. Son la mejor carnada. Desde mi lugar de acompañante, y con el permiso implícito de la comunidad mágica, les puedo asegurar que la magia NO EXISTE. El mago hace trampa. Engaña con la complicidad del mismo público, que para eso va.

Lo que sí existe es la otra “magia”, si uno lo quiere llamar así. Es lo que se siente cuando nos damos cuenta de que estamos conectando con otra persona y es mejor aún, cuanto menos lo esperamos. Ese hilo invisible que parece desplegarse y forma un canal de comunicación a través de los sentidos, se da muy pocas veces, o no se da nunca. Yo tuve la suerte, el privilegio, de poder volver a tejer uno. No fue de un día para el otro. Fue un proceso distendido en el que el propósito inicial era solamente disfrutar de la buena compañía, de compartir cosas, de sentir la tibieza de una piel que combina perfectamente con la de uno, de comprobar que un abrazo puede envolver, también, como un manto de afecto y no solamente por sexo.

La historia continuó así: carloparise me llamó. El mismo día que volvió. Me dijo:

—Te quiero ver. Ya. Venite para casa. Yo estoy yendo para allá.

Así, escrito, suena a mandón. Pero el tono de su voz sólo transmitía un interés sincero en verme. Yo podría haber inventado alguna excusa, hacerme desear un poco, pero no tuve ganas. ¿Para qué? Si lo que quería era salir corriendo para Pilar. Confieso que mientras él estuvo en Portugal, yo, que con ese único encuentro de la tarde tormentosa había logrado romper la barrera que me había mantenido del lado de la indeseada castidad, salí con un tal Fernando que hasta ese momento había sido sólo un compañero circunstancial en la cancha de golf. Hacía tiempo que había notado que el hombre mostraba interés en mí. Era bastante atractivo y muy agradable. Y algo muy a su favor, uno de los pocos que cuando juega con una mujer no se empeña en comportarse como un profesor. Cuando no jugaba conmigo y en algún momento pasaba por el hoyo de al lado, si el juego lo permitía, se acercaba con un beso y un hola. Yo había fantaseado con él y habría hecho algo para darle pié, si hubiera sabido cómo. Después de carloparise, la verdad, no hice nada consciente para animarlo, pero debo haber estado rodeada de una nube de feromonas o habré cambiado de actitud sin darme cuenta porque de golpe me encontré cenando con él, tranquila y natural. Más tarde me encamé con él, también con toda naturalidad. Pero, ni fu, ni fa.

Tampoco había esperado que surgiera ninguna relación con carloparise más allá de la experiencia de ese sábado, aunque la habíamos pasado muy bien. Yo, seguro. Y creo que él también. Además, él me había dicho que viajaba no sólo con otros magos, sino también con su ex mujer que había querido sumarse a la partida para aprovechar la oportunidad de conocer Portugal con las ventajas económicas de viajar junto al grupo. Cuando me lo contó yo le dije que bien podía ser una posibilidad para que se reencontraran —cosa que suponía que ella quería o quizás, querían los dos— Así, que le había deseado suerte. Y lo hice con total sinceridad.

Después, había recibido ese mail con la frasesita de los pasos por lo que su llamado no me tomó por sorpresa. Es más, estaba segura de que en algún momento se iba a poner en contacto. Lo que no me esperaba, era que fuera el mismo día de su llegada así que eso fue un incentivo más para aceptar sin dudar el llamado de la magia, subirme al auto y salir para allá.

El reencuentro fue taaaaan agradable… No les voy a dar detalles, sólo les cuento que ese día no anduvimos en moto. Qué sé yo, no hizo falta. Yo sentí que estaba haciendo el amor, sin estar enamorada. Además, la casa estaba fría después de tanto tiempo de estar cerrada, así que mientras empezaba a actuar el fuego de las salamandras, nos quedamos en la cama. Pedimos pizza y la comimos ahí adentro mientras él me contaba del Congreso, de los premios, del mago éste, de la maga aquella. De magos, magos y más magos… y más magia…

Una cosa que había notado cuando llegué fue que el jaulón de las tórtolas estaba vacío. Los gatos no estaban. Y la tortuga hibernaba. Pero una de las palomas andaba suelta por la casa. Nos siguió revoloteando a nuestro alrededor al subir la escalera caracol, y en el dormitorio se quedó quietita, paradita sobre la percha valet, mirándonos, todo el tiempo. Entre un mordizcón de pizza y otro le pregunté:

—¿Qué pasó con las demás palomas y los gatos?

—Los dejé al cuidado de un amigo. Sólo me llevé ésta.

—Ésta ¿es Ella?” —lo pronuncié “ela”, como la llamaba él—.

—Sí, pobrecita.

—¿Por qué “pobrecita”?

—Porque se bancó todo el viaje metida en la jaula. Así que ahora la dejé un rato suelta para que se reponga. Se portó tan bien, no sabés. Es una princesa.

—Ahhh, ¿así que te la llevaste?

—Claro, cómo voy a viajar sin ella. Es mi preferida. A veces llevo varias. Pero a Ella, siempre. Si no, la extraño.

El comentario me irritó un poquito. ¡Extrañar a una tórtola! Me sonó un poco loco. Además, reconozco que también, me pinchó el celo. No, el de la calentura. Si no, no sé, como ganas de levantarme y enchufarle a la boluda ésa una cachetada. En lugar de eso, tratando de mantener mi voz en un tono normal y esforzándome para que sonara también un poquito afectuosa, le pregunté:

—¿Y por qué se llama Ella?

—¿Cómo? ¿No sabés quién es Ella? La novia de Mandrake.

—¿Ésa?, ¿no se llamaba Narda? ¿No eran Lothar y Narda?

—Ah, sí. En la tira original. Pero también la llamaban Ella. Me gusta más. Es tan femenino y delicado como ella.

En la habitación había empezado a sentirse un poco el calorcito. Pero el rojo que intuí me estaba subiendo a la cara no tenía nada que ver con eso. Respiré hondo y traté de controlarme. De pensar en otra cosa. Pero de golpe me vino a la cabeza que si no hubiera sido por el color del pelo y el bigote, carloparise se parecía bastante a Mandrake. Y también, recordé cual era la capacidad especial y distintiva de Mandrake. ¿No era que hipnotizaba? Giré la cabeza despacito para ver si veía algo raro en esos ojitos que me habían cautivado. Pero justo él estaba en ese momento tratando de barajar un pedazo de muzzarella que amenazaba con caérsele sobre el vello enrulado.

Continuará…

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Ella, la tórtola. Capítulo VII.

Enlaces al inicio de esta historia, Capítulos 1 al 6, al pié de este post.
Magia por Sergio Vieira

¿Cómo sería un Congreso de Magia? Él me había contado que se iba a desarrollar en el Centro Cultural Belém, en Lisboa. Yo sabía que era muy grande y hermoso, y que había sido edificado sobre la costa del río Tajo. Trataba de imaginar el Congreso y como siempre, mi fantasía me hacía visualizar salones, pasillos, ascensores, corredores y jardines, con magos y magas que pasaban levitando y saludándose unos a otros. Ellos, sacándose la galera, ofreciendo un pañuelo, una flor. Ellas, muy hermosas, con vestidos etéreos que iban cambiando de color a medida que avanzaban. Los acompañaban bolas de colores que bailaban sensuales siguiendo a sus preferidos, estrellas que titilaban, velas que se encendían y se apagaban, las damas de corazón, piques, diamantes y tréboles que jugaban a la escondidas en bolsillos, algún escote, sobres, frutas y cajas. Y estaban los animales, desde tórtolas, papagayos, conejos y búhos, hasta perros, caballos, tigres y elefantes. Todos los magos, sus partenaires y sus ayudantes, andaban muy ajetreados. Corrían de una conferencia, a un taller, a una gala. Algunos aplaudían como locos cada vez que otro los sorprendía con una ilusión nueva, un efecto bien logrado. Otros, se morían de envidia y se reunían en secreto para recurrir a la otra magia, la oscura, y tratar de que el arte ajeno se convirtiera en fracasos.

No es que a este tema lo tuviera en la cabeza todo el tiempo, y como ya lo dije, tampoco me había interesado nunca la magia. Pero el encuentro con carloparise me había dejado una marca. Claro, sí. No había dudas de que me había dejado marcas porque después de esa tarde me descubrí algún que otro… digamos… moretón, moretoncito… de esos que cuando era adolescente siempre trataba de ocultar para evitar cargadas. Pero hablo de otra clase de marca. En la época en que lo conocí, yo ya había logrado alcanzar casi un estado de plenitud, de complacencia y hasta agradecimiento por el rumbo que había tomado mi vida. Todo parecía marchar bien, el trabajo, mis hijos, mis amigas, mi vida social. Me sentía libre después de muchos años y la sensación era que había reencontrado a la Laura que yo había imaginado que iba a ser, antes de tomar un camino que se fue dibujando ajeno a mi voluntad y de acuerdo a las circunstancias. No reniego de mi vida, porque al fin y al cabo todo es cuestión de decisiones y sus consecuencias. Y tampoco reniego de esas decisiones, porque tuve el privilegio de vivir un amor durante muchos años, de ser correspondida, y de haber formado una familia con unos hijos de los que, para qué lo voy a negar, sigo estando muy orgullosa. Igual, durante todos esos años cada tanto sentía una inquietud, una sensación de que algo no andaba bien, de que una parte de mí se había perdido en el trayecto, pero la espantaba de un manotazo mental y volvía a instalarme en el lugar que yo misma había elegido, ahora lo sé bien. Lo supe bien, lo comprendí, bastante antes de mi separación de Fran. Porque la verdad es que durante mucho tiempo había tenido un sentimiento de rencor subyacente hacia Fran. Un poquito, nomás, pero ahí estaba, porque él había sido el que insistió, insistió, insistió, e insistió, para que yo viviera de acuerdo a lo que él pensaba que era lo mejor para todos. Pero, la que se dejó llevar, la que se adaptó, fui yo. Así que durante los últimos años de mi matrimonio había decidido dejar de soñar con lo que no fue, y disfrutar de lo que tenía.

En eso estaba, cuando TODO SE FUE A LA MIERDA. Esa vida que parecía que iba como sobre rieles y cumpliendo las etapas previstas, de golpe se desmoronó. Fue un caos. Que duró bastante. Unos años. Hasta que de a poco, todo se fue reacomodando. Mi familia, que yo creía destruida, se armó de otra manera, y siguió siendo mi familia. Yo aprendí que no era esencial la presencia del otro para mi existencia y mis logros. Yo valía por mí misma, ya no era más “Fran y Laura”, una unidad. Era Laura, la verdadera Laura. Pero…

Ya también lo conté antes, había una cosa que me faltaba en esta nueva etapa y a la que no me animaba: el sexo. El sexo era algo que yo había dado por sentado. Fue algo presente constantemente en mi vida. Era algo que tanto Fran como yo disfrutábamos y alimentábamos. No decayó, ni se achanchó. Lo habíamos iniciado con poca experiencia pero con muchos deseos de aprender, y en el transcurso de toda nuestra vida en común, a pesar de las inevitables discusiones, los desacuerdos, los inconvenientes que tuvimos como cualquier otra pareja, en ese aspecto nunca perdimos el entusiasmo y nunca se convirtió en rutinario. Pero después del famoso “click”, después de esos años de idas y venidas, después de que le di la famosa patada en el culo final, zas, se abrió el agujero negro. Ahí fue cuando caí en la cuenta de que quizás, nunca más. Madre mía, qué horror. No sabía qué hacer, por dónde ni cómo empezar. Al principio caí en el lugar común del “No hay hombres”. Repito que yo no estaba buscando un novio, ni un marido, ni un amante permanente. Pero lo de “no hay hombres ni siquiera para coger”, era algo que ni yo misma me lo podía creer. Así que empecé a pensar que el problema lo tenía yo. En el sentido de “Seré una boluda”. Prejuicios y pecado, hacía años que me los había sacudido. Y les afirmaba a mis amigas, con total sinceridad, que nunca nadie me había invitado. Hasta que un día caí en la cuenta de que no había sido así. Yo tenía la puerta cerrada con un cartel de “NO” por anticipado. Y entonces me empecé a relajar. Dejé de pensar en eso, seguí trabajando, estudiando un posgrado, cenando una vez por semana con mis mejores amigas, yendo al gimnasio, divirtiéndome en mis clases de teatro, jugando al golf los fines de semana, yendo al cine, al teatro, a algún recital, compartiendo momentos con mis hijos y algún que otro con mis hermanas. También viajé un poco. Sola, algunas veces, lo que al principio me costó pero después aprendí a disfrutar. Y otras veces con amigas. Y lo estaba pasando bomba. Dejaba fluir, como dicen ahora.

Y después de unos meses de esa actitud, apareció el famoso email equivocado: De: carloparise@hotmail.com Para: rosalafuente@yahoo.com. No les conté que rosalafuente había sido su partenaire, que después devino ella misma en maga profesional. Y la cosa se dio como lo fui contando, de a poco, mail va, mail viene, hasta esa maravillosa tarde de tormenta, la de la capa roja, la moto, el vino, las nueces, y también, la entrometida de la tórtola.

No niego que cada tanto, entre medio de todas mis corridas, cuando iba y venía manejando, incluso, en mitad de una clase o una charla, me acordaba de él. Una noche muy fría, cuando volvía a casa después de una pizzas con mis compañeros —compañeritos— de facultad, de golpe sentí una terrible nostalgia por sus brazos. Añoré meterme en ese nidito y quedarme ahí, acurrucada. Habrá sido telepatía, brujería, magia, porque al día siguiente recibí un mail: De: carloparise@hotmail.com Para: lau.lauda@gmail.com. Ése sí que estaba dirigido especialmente a mí, y decía solamente:

“Cada paso que doy, pienso en vos”.

Continuará…Nota: La ilustración que aparece en este post pertenece al artista portugués Sejo Vieira

Capítulos anteriores de “Ella, la tórtola”, Capítulo VII .

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Capítulo III
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Capítulo VI

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Ella, la tórtola. Capítulo VI.

Cuando volvía a casa por la autopista, ya había parado de llover. La luz del atardecer era plateada, del mismo color que la sonrisa que se me había instalado en la cara y que no hubiera podido desalojar por más que lo intentara. No puedo decir que iba saltando en una pata porque estaba sentada, pero seguro que mi auto iba bailando en una, dos, tres y cuatro ruedas, pegaba saltos y piruetas, cada tanto un grand jeté y en mi cabeza sonaban a todo volumen teclados, cuerdas, vientos y timbales. Cuando tuve que frenar de golpe para no tragarme la barrera del peaje, el Stravisnsky en mi cabeza bajó el crescendo y pasó por un rato a un adagio porque me acordé de Renata. La llamé desde el celu rogando que no hubiera convocado ya a la policía y cuando me atendió, con su característico “Alooo”, un poco —pero no taaan— ansioso, le grité:

—¡Lo hice! ¡Lo hice! ¡Me acosté con el tipo!

—Ohhh… ¡¡¡¿y CÓMO te fue???!!! —Y no pudo evitar, como sin darle importancia:

—¿Y qué hicieron?

No podía creer que me estuviera preguntando detalles. Así que le contesté:

—Anduvimos en moto.

—¿Cómo? ¿Con este frío? ¿Con esa lluvia?— La voz se le fue desvaneciendo a medida que preguntaba. Si será estúpida…

—NO, ¡¡BOLUDAAAA!! En la silla del comedor…

—Ah…— No entendía. Dejé la explicación para otro momento y decidí llamarla a Teté. Ahora que la cosa ya estaba consumada ya no corría el riesgo de sufrir sus aires de experimentada y seguro, seguro, que ella nunca había andado en moto como yo.

Puse la música interna en un allegro con variaciones, a bajo volumen. Paré en el estacionamiento de una estación de servicio para evitar accidentes y además, porque quería darme el gusto de contarle parte de la historia sin interrupciones. Marqué su número. Por suerte estaba sola, dibujando unos planos, así que le dije que largara el Autocad y escuchara lo que tenía para contarle. Le hice un somero resumen de la historia desde el principio y me extendí un poco más en las experiencias de esa tarde, sobre todo en la impresión que me había causado él, su entorno y su profesión. Obvio, también, le conté el grand finale: el paseo en moto. No hizo falta explicarle nada.

—¡¡¡Guauuuu!!! ¡¡¡¡IMPRESIONANTE!!!! ¿Y seguías con la capa roja? ¿Y cómo fueron? ¿A toda velocidad?

—Nos envolvimos los dos en la capa roja. Yo iba adelante. Y no, nada de velocidad, él fue muy prudente, atento y minucioso. Igual, fue muy emocionante.

—¡Juaaa! ¡¡TE FELICITO!! Si no te molesta que te plagie, ya mismo anoto la receta. ¿Y quedaron en verse? ¿Decís que él se va de viaje?

—Sí. Se va a Portugal, a un Congreso. Y de vernos, qué sé yo. Ahora no pienso en eso. Además, me contó que ya tenía arreglado viajar acompañado. Creo que con una ex. Un poco raro, ¿no? Pero, no es asunto mío, si ni lo conozco. Bueno, bíblicamente sí… un poco— Y ahí las dos largamos la carcajada. —Me dijo que a la vuelta me llama, y si no lo hace, no importa. Cuando me acompañó hasta el auto le desee mucha suerte en el Congreso, en el amor (por si era verdad lo de la ex mujer), y cuando arranqué y miré por el retrovisor me pareció que tenía una expresión un poco desconcertada.

—También. Acababas de coger con él y le deseaste suerte con otra. Sos loca. Falta de experiencia.

Zás. Ya sabía que el golpe iba a llegar por algún lado. Le contesté un poco irritada:

—¡Qué tiene que ver la experiencia! Si yo no estaba buscando novio, ni marido, ni amante permanente. Él me había dicho de entrada que vivía solo. Por lo que vi en la casa, parece verdad, pero también me dijo que cada tanto sale con la ex mujer y lo entiendo perfectamente porque yo también durante bastante tiempo, y vos lo sabés porque más de una vez me dijiste que era una boludez, salía con Fran.

—Sí, tu marido tenía una pata acá y otra allá.

Grrr… pero era verdad. Esa situación me había tenido muy mal. Siempre esperando el retorno prometido. Teté tenía razón en que me comportaba como una boluda, pero creo que es algo que por más que uno razone, comprenda, entienda que debe cambiar, hacer un corte definitivo, hasta que el momento del click no llega solo, no se puede lograr. Por lo menos, eso me había pasado a mí. Y el click tardó bastante en venir. Lo detonó una tontería, después de tanto sufrimiento: Fran se había ido de vacaciones, y aunque obviamente él no me lo había dicho, yo sabía que estaba con otra. Y y quién era. Un día, recibí un email de él desde Brasil: “Estás todo el tiempo en mi mente”. Unos días después, un domingo al mediodía, yo volvía de jugar al tenis y encontré un paquete en el buzón de casa. Era una cajita con un par de aros y un sobre con una carta manuscrita donde decía que acababa de volver, que me había extrañado mucho, que se había dado cuenta de que me seguía amando con locura y que quería volver a casa. Parecerá loco, pero eso fue el click. Chau. C’est fini! Liberación.

Pero no quería que el pasado me estropeara el día. Le dije a Teté que la llamaba en otro momento, salí a la autopista otra vez y le ordené a mi orquesta privada una melodía suave para poder repasar placenteramente lo sucedido en la tarde. Él, carloparise, me había caído muy bien. El sexo, bueh, aparte del inconveniente del forro inexistente había sido bastante bueno, dentro de las limitaciones que esa falta suponía. Y aunque ya conté que yo no había tenido experiencias con múltiples compañeros me imaginaba que la primera vez con uno nuevo siempre podía ser muy mejorable. Y había habido creatividad. Lo de la moto fue verdad, después de que bajamos por la copa de vino y la acompañamos con una variedad de frutos secos condimentados con hierbas preparados por él. Además, les confieso que yo también siempre fui muy creativa. Y ese entrepiso con tantos objetos utilizables para el juego amoroso me había provocado un montón de ideas. Si carloparise no me llamaba a su regreso, no importaba, para mí ya se había abierto una puerta. Y si lo hacía, ya veríamos cómo venía la mano. Pero ya me estaba imaginando, por ejemplo, adentro de la caja de la mujer serruchada, pensaba en los juegos de luces, en las brillantinas, en los pañuelos de colores…

Lo único, lo ÚNICO que realmente me había molestado, un poco, nomás, pero sí, me había molestado, fue que cuando bajamos con la capa y antes de servir el vino, carlosparise fue a la jaula, la sacó a Ella, y la trajo con él acariciándola. Se la puso sobre el hombro, y ahí se quedó todo el tiempo. Mientras bebimos, comimos las nueces, almendras, castañas… Y TAMBIÉN durante el paseo en moto. Que fue maravilloso. Pero yo no podía dejar de sentir la mirada penetrante del bicho ése, blanco inmaculado, su “Princesa” —como la llamaba— clavada en mi espalda.

Continuará…

Capítulos anteriores de Ella, la tórtola, Capítulo VI
.
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V

Personajes relacionados:

Renata: Renata y los teros.
Teté: Maggie, la mojigata.

Enlaces al inicio de esta historia, Capítulos 1 al 5, al pié de este post.

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Estoy en el Paraiso, terrenal.

Pido disculpas a mis lectores (ajaja… no, no crean que estoy tan agrandada). Estoy de vacaciones, y de paso, visitando a dos amores. En otro momento posteo una foto, ahora estoy en un bar ocupando la unica computadora. Mi Notebook no quiere saber nada de adaptarse a este WiFi, asi que vere si puedo solucionarlo durante mi estadia aqui.

Playa, muchas olas, surfers, mucho calor, sol todo el tiempo, y mucho hacer nada. Es decir, caminar por la playa con mi perro que todavia no entiende nada. Se banco un viaje en avion, un trayecto por tierra, un viaje en Ferry, otro trayecto por tierra, y aca se encontro con las dos personas que mas quiere en el mundo. Pero se esta adaptando a que tiene competencia con otros canes, con las olas enormes en las que se metio por inconsciente y que despues vomito en un charco que parecia una laguna.

Ahora que ya hice sufiente fiaca, voy a tratar de retomar la historia de Laura y Ella.

Un saludos para todos!

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Ella, la tórtola. Capítulo V.

Para el momento en que me dijo: “Pongámonos cómodos” yo ya había logrado sacarme la botas y las había revoleado por ahí, sin mucha delicadeza. Había continuado con las medias, los pantalones y la remera, y estaba luchando con el ganchito de mi corpiño que justo en medio de esa circunstancia se vino a hacer el díscolo. Me sorprendió el comentario, por no decir que otra vez, si no hubiera sido por no estropear el clima, me habría muerto de la risa. Más, porque cuando me di vuelta para mirarlo estaba ahí parado, del otro lado de la cama, haciendo equilibrio en una pierna mientras trataba de sacarse los pantalones, y yo ya estaba más que cómoda. Más bien, totalmente en bolas. Claro, ¡el hombre estaría tan desconcertado! porque aunque mi visita bien predispuesta, y en medio de esa tormenta, no podía dejar lugar a dudas de que tenía un propósito obvio, hasta ese momento, en nuestra relación virtual yo le debía haber causado la impresión de que era una mina seria, y que llegar al sexo le iba a costar un poco de jugueteo, la oportunidad de demostrar sus dotes de seductor, o por lo menos, un pasito previo. Es que en realidad, SOY una mina seria. Ya les conté que fui una de esas chicas católicas. No sé si habrá sido por eso, que al fin y al cabo no es ni fue, en muchos casos, ninguna garantía de seriedad, pero anduve por la vida con un sello estampado en la frente y en el cerebro que decía “Prohibido mirar, desear, provocar o fantasear con un hombre que no sea mi novio, o mi marido”. Y yo, le hacía caso. Encima, mi marido era tan enfermizamente celoso que si por ejemplo, estábamos en el cine y en pantalla aparecía, digamos, George Clooney, él, en lugar de mirar la película me miraba atentamente a mí. Toda la película. Así que por esa actitud, que barrió con cualquier mala intención que yo hubiera podido tener, con el tiempo aprendí a poner mi mejor cara de nada con lo que logré evitar, por lo menos, algunas de tantas discusiones. Y realmente, no miraba ni tenía ganas de mirar a nadie. Y cuando me miraban a mí, que —modestamente— era bastante frecuente, yo era ciega, sorda y muda.

Pero bueno, siguiendo con carloparise y nuestro primer encuentro amoroso, la verdad es que yo misma no había esperado esa reacción. La mía. Esa mano en mi teta, un acto sencillito, actuó como un doble click e hizo que se abrieran todas las ventanas y los pop ups que se habían mantenido al acecho desde el fin de mi matrimonio y que ante ese puerto a la libertad hicieran una explosión desaforada, desparramándose por todo mi cuerpo y mi conciencia. Me sentí, no sé, Madonna. Tina Turner, la tramposa. Ya no me quedaba nada para revolear, quiero decir, de ropa, así que revoleé las piernas y volví a tirarme en la cama, pero esta vez, haciéndome la canchera. A todo esto, carloparise también se había liberado de su vestimenta y se tiró al lado mío. Todo iba fenómeno, yo no podía creer que me sintiera tan en confianza, como si no fuera un extraño. Nos recorrimos, nos acariciamos, nos exploramos, nos besamos, hasta que llegó el momento de la definición. De concretar del todo. Mi cofrecito de desapariciones estaba más que preparado. Y su varita mágica, también. Pero había algo que a pesar de mi euforia, de mi buena disposición, y para qué lo voy a negar, de mi total calentura, me venía molestando in mente como un moscardón. No veía que él hiciera ningún amague de abrir el cajón de la mesa de luz, de meter la mano debajo de la almohada, ni de levantarse para ir a buscar nada al botiquín del baño.

La abstinencia no tiene nada que ver con la desinformación, y yo tenía bien clarito que con los tiempos que corren, un forro es un objeto imprescindible para este tipo de encuentros. La cuestión, es que hacía tiempo que venía preguntándome cómo se plantearía el asunto llegada la ocasión. Con tanta publicidad, consejos, lecciones, advertencias, parecía algo sencillo de solicitar, mejor dicho, de exigir. No es que me haga la boluda, ni tampoco que nunca los hubiera usado. Allá en mi juventud, cuando gran parte de nosotras aprendía las cuestiones del sexo con su marido o con su novio (bueh…), la colocación y uso del adminículo era una experimentación de a dos. Pero después de tantos años de reemplazarlos por métodos muchísimo más agradables, y con el cambio en las relaciones, las costumbres y el lenguaje, yo tenía mis pruritos sobre la forma de encarar el tema. Mi gran duda era: ¿Cómo hacer la preguntita si no lo veía aparecer por ninguna parte?

Me animé. Justo a tiempo. Tenía al flaco encima y cuando estaba a punto de aflojar —yo— lo empujé para apartarlo un poco y le pregunté:

—¿Tenés preservativos?

Así nomás. Directa. Re cool. Por algo había estado practicando antes.

La expresión de sorpresa de carloparise confirmó la peor de mis sospechas: No tenía. Y yo nunca había llegado al punto de llevar uno en la cartera. Así que mi segundo empujón fue con más fuerza, me lo saqué de encima, y nos sentamos mirándonos con desconcierto. Yo no podía creer que habiendo llegado hasta ahí la cosa quedara trunca. Interruptus por omisión. Qué la parió, parecía una maldición de mi finadito. No podía creer que él no tuviera forros, y si no usaba, ya que yo no tenía idea de cómo era su vida sexual, de que no se hubiera abastecido de por lo menos uno, dada su invitación. Realmente debía haber pensado que esa primera vez no íbamos a llegar a tanto, o era más inconsciente que un adolescente. No sabía cómo disculparse y por su inmovilidad, pude darme cuenta de que si yo no tomaba la iniciativa para buscar una alternativa, él, por delicadeza no se iba a atrever, y esa tarde tan esperada iba a terminar en un fracaso. Así que la primera alternativa la busqué yo, él me siguió el juego y correspondió. Y así, y asá, la pasamos bomba. Fue erótico, fue divertido, fue natural, fue creativo. Fue fantástico, igual.

Después, nos quedamos charlando arrebujados debajo del plumón, contándonos cosas, conociéndonos un poco, hasta que me propuso bajar a tomar una copa de vino — la otra había quedado olvidada—. Se levantó, salió del cuarto, lo escuché abrir una puerta en el estudio de al lado, y volvió con la capa roja de raso, amplia y larga hasta los pies, con una de esas capuchas que usaban las mujeres de Los Tres Mosqueteros. Me pidió que me parara sobre la cama, me la puso, y me hizo girar para que me mirara en el espejo. Yo tenía la cara arrebolada, el pelo revuelto, los ojos brillantes. Me gusté. Mucho. Me ayudó a bajarme al piso. Se puso sus pantalones y otra vez, tomándome de la mano, me llevó hacia la escalera y bajamos así. Yo, desnuda y feliz debajo de la capa roja.

Continuará…

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Nota de la autora: Ante la pregunta de varios de mis lectores, tanto a través de los comentarios o en mi email personal, quiero aclarar que este cuento, Ella, la tórtola, en todos sus capítulos, como todos los otros post que publiqué bajo la categoría “Mis cuentos”, son ficción. Cualquier parecido de los personajes con personas reales, es mera coincidencia. Obviamente, como ya aclaré en otro post, todo lo que uno vuelca en la escritura no puede dejar de partir de experiencias propias y ajenas, pero también está agrandado, mejorado o empeorado según la fantasía del escritor y su libertad de crear y escribir lo que le da gana.

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Ella, la tórtola. Capítulo IV.

Me olvidé de la antipática de la gata cuando carloparise tiró de mi mano para llevarme hasta la mesada, y descolgando una de las copas que colgaban ahí mismo, cabeza abajo, me preguntó:

—¿Vino tinto? ¿Vino blanco?

—Vino blanco.

Yo no sé si vi visiones, lo que no vi fue la botella por ninguna parte, pero la copa que me puso en la mano estaba llena hasta la mitad de un chardonnay helado. No quise preguntar para no pasar por estúpida, porque estaba tan nerviosa que pensé que quizás había hecho una catarsis. Nunca me había pasado pero siempre hay una primera vez y encima, como todas mis expectativas estaban puestas en que esa tarde, sí o sí, fuera mi “primera vez en romper con la abstinencia”, no por el vino, se entiende, mi estado mental y mi comportamiento no eran los habituales. Descolgó otra copa, y cuando la acercó a la mía para el entrechoque, lo que contenía era vino tinto. No dijo “chin-chin” —menos mal— pero sí me miró a los ojos de tal forma que ahí me dije “Mah, sí. Por mí puede aparecer un Tetrabrik, una caña quemada, o un vaso de Nesquik”. Así que en un arranque de atrevimiento le pregunté:

—¿Qué hay arriba?

—Vení.

Subimos por la escalera caracol. Yo primera. Menos mal que me había ido en pantalones. O no. A esas alturas… Desde el descanso del entrepiso, a la izquierda, se entreveía el dormitorio. A la derecha, un gran salón, abierto. Tenía un amplio espacio libre en el centro, como los que se dejan en una fiesta cuando se hace lugar para bailar. En la pared del fondo, un espejo que la ocupaba de lado a lado y del piso al techo. En la divisoria con el dormitorio, un placard con dos puertas y una estantería en la que había cajoneras como las del consultorio de un dentista, y montones de libros, videos, CD’s y DVD’s. La luz del exterior, escasa en una tarde como ésa, entraba por las ventanas que había visto desde afuera y que estaban pegadas al techo. Aquí y allá había cajas de madera de distinto tamaño, sobre soportes. Una, era larga, angosta, y no muy alta. Como un ATAÚD, brrrr…. Apoyado al costado, un serrucho enorme. Del techo colgaban tachos de iluminación con gelatinas de colores y había también otros focos diseminados por ahí. En un primer momento pensé que era el estudio de un fotógrafo. O de un bailarín de flamenco —al flaco no le hubieran quedado mal las mangas amplias, la faja en la cintura y el pantalón bombilla—pero, ¿y las cajas?, ¿y todas esas cosas y cositas ordenadas minuciosamente? Me di vuelta y lo miré, con una pregunta muda.

—Bienvenida a mi mundo— me dijo. Y me dio una rosa. Que sacó de la nada. Yo todavía no caía, quizás porque no sabía mucho de magia, y confieso, que por muy interesante que fuera todo eso mi atención se había quedado pendiente del otro sector del piso. Por suerte sacó un DVD de un estante —Vení, te voy a mostrar una película para que veas lo que yo hago— y me llevó al dormitorio. Mientras insertaba el disco en el reproductor, se excusó:

—Vamos a tener que mirarlo acá, porque el televisor de abajo no funciona.— ¡Ja!

Yo, cara de nada. Pero en el pecho tenía un redoblante.

Silla, no había. Sillón, tampoco. Sólo la cama. Me senté en el borde del colchón y él:

—Pero no, vení acá que vas a estar más cómoda— Si no hubiera estado tan nerviosa, habría largado la carcajada. Parecía un guión de telenovela. Pero si quería continuar con eso, mejor me adaptaba y le seguía la corriente. Me tiré al lado de él, en medio de los almohadones, tiesa como una estaca, y me dispuse a mirar el video, que la verdad, me importaba un pito.

La película empezaba con una presentación animada, con una sucesión de fotos de él que aparecían y se desvanecían, y una voz en off que hablaba sobre hacer soñar, despertar fantasías, el arte de lo imposible, eventos sobrenaturales, ilusiones… —Justo lo que yo buscaba—, pensé. Siguió con la vista de un escenario oscuro y él bajo el foco de luz haciendo bailar, entrelazar y desentralazar a unos aros parecidos a los que había visto en el llamador de la entrada. Después, con el fondo de una música muy romántica —creo que era Belle nuit, o Nuit d’amour, de Offenbach— jugó con una bola roja que lo recorría —a él— de acá para allá, de arriba a abajo, por delante y por detrás. Eso me gustó, porque me imaginé que la bola era yo, y que esa cara de seductor que le ponía estaba dirigida a mí. Hizo algunas otras cosas, hasta que de adentro de una capa roja de raso apareció una morocha de unos veintipico de años, con un vestido muy etéreo —y bastante desabrigado— a la que con gran habilidad suspendió sobre un palo y dejó pedaleando en el aire. La aparición de la mina ésa había enfriado un poco mi predisposición, pero volvió a tomar temperatura cuando la mano de carloparise, que mientras tanto había ido pasando por mis hombros, se metió adentro de mi remera y empezó a acariciarme una teta.

Continuará…
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Ella, la tórtola. Capítulo III.

Mi primera impresión fue que venía suspendido por algún hilo invisible que lo sostenía por la nuca pero no pude fijarme mucho en los detalles, por un lado por el aguacero y por otro, porque de golpe me había asaltado la duda de estar en mi sano juicio. De todas maneras, no tuve tiempo de decidir si debía escaparme o no, ya que él ya había quitado el cerrojo y me sacó de la parálisis al tomarme por los hombros y arrastrarme pegada a su flanco hacia el interior de la casa.

Por lo poco que había podido percibir desde la verja de entrada y a través de las ramas que la ocultaban, la casa era una construcción de bloques de piedra gris, con una puerta negra, no muy alta pero ancha, algunas ventanitas mínimas salpicando la planta baja aquí y allá, y una hilera de ventanas de poca altura, pegadas al techo de lo que parecía ser un primer piso, y que ocupaban toda la fachada. Al aterrizar en el vestíbulo, me vi reflejada en un espejo alto y con un hermoso marco tallado y plateado que colgaba de una pared baja pintada de rojo oscuro y que enfrentaba la puerta de entrada ocultando la vista hacia el interior. En el espejo, junto a mí, estaba el flaco. Porque era —es— flaco. Y alto, bastante alto. Y tiene el pelo blanco. Y cejas negras, espesas. Un poco juntas. Con una curva en los extremos, como si fueran dos tildes enfrentados — ¡ja! qué diría mi amiga Julita, la psicóloga, por esta comparación —. Y un bigote blanco. Raro… Pero, más que en su aspecto, y aunque parezca mentira, a causa de mi imaginación desbocada en lo primero que pensé fue que por suerte, y para mi alivio, lo podía ver en el espejo. ¡Miren si estaría sugestionada!

Me sacó el paraguas de la mano, lo puso dentro de un cilindro que ya estaba lleno de cañas de pescar y mirándome a los ojos, me dijo:

— Dame tu abrigo, Laura.

¡Me llamó Laura! Bueh, mi nombre es Laura. Pero no sé, ¡me dio una cooosaaa! Además, me dijo eso mientras me miraba con esos ojitos. Porque no eran “ojos”, eran “ojitos”, cariñosos, vivos, pícaros, cálidos. Me compró, les juro que me compró. Me saqué el tapado sintiendo que me quitaba el manto, la capa, la corona y la estola. Me tomó de la mano, y me llevó con él del otro lado de la pared roja.

— ¡Ohhhhhhh!!!— Tenía enfrente una panorámica. Cinerama. Era un ambiente con una enorme pared de vidrio, de doble altura, a través de la cual, a pesar del empañado, se podía ver el jardín iluminado. Me solté de su mano y fui derecho hacia el vidrio. Zigzagueé mi mano sobre su superficie para despejar una ventanita en medio de la humedad y pude ver, a continuación de la casa, a la derecha, una pileta muy larga y rectangular con el agua rojo sangre iluminada y que terminaba en una pérgola también rectangular pero perpendicular a ella, y que llegaba hasta el cerco medianero. En la pérgola o como se llame, parecía haber una parrilla y un horno de barro, o por lo menos, eso me pareció teniendo en cuenta la escasa luz y la lluvia torrencial. El efecto entre el color del agua picada, las cortinas transparentes que luchaban por desanudarse de las columnas de la pérgola, y el gris oscuro de la tarde, se me representó como una escenografía de Pompeya sucumbiendo ante el agua, lluvia al fin. O por lo menos, mi fantasía loca me transportó hasta allá. Me sacó del ensueño su voz, que me cosquilleó la oreja izquierda diciéndome:

—Vení, que te sirvo algo para tomar.

Me tomó otra vez de la mano y me llevó a pasos lentos hacia la cocina que estaba a la vista, hacia la izquierda de la puerta de entrada, dividida del ambiente por una especie de caja de container, con ruedas altas, y rodeada por unas banquetas de acero con asientos transparentes de color naranja. Cerca de esa mesada reciclada había una mesa un poco más formal, muy grande, con tapa de vidrio y patas plateadas, con sillas de estilo creo que francés, no sé cuál, patinadas también de plateado y con tapizado gris, de pana. En el medio del living había un sillón larguísimo, con el mismo tapizado de las sillas y muchos almohadones de seda en distintos tonos de rojo y naranja, y una especie de kilim, o algo así, tirado a la sanfasón sobre uno de los brazos. A espaldas del sillón, una mesa de carpintero sobre la cual había una pecera, y en la pecera, dos tortugas. Me sorprendió ver que estaban como locas tratando de llamar la atención golpeando el vidrio con la cabeza y las patas. También había un gran jarrón de vidrio lleno hasta la mitad de damas firmadas. Y una especie de pedestal de trofeo en el que se lucía una talla, que parecía un pedazo de hueso de vaca. Al lado del sofá, un sillón con su apoya pies, los dos de color naranja. En el costado opuesto a la cocina y rodeando un tronco de arbol que desaparecía en el techo, había una escalera caracol de estructura de acero y escalones de vidrio que subía hasta un entrepiso que parecía ocupar todo el ancho de la casa y que balconeaba sobre el living. Más allá de la escalera había un jaulón, cromado, de varios pisos, compartimentado, enorme, con hamacas, recipientes para alimento, bañaderas, juguetes, y ocupado por varias palomas blancas. Una parecía tener un trato privilegiado porque estaba sola, en uno de los extremos de la jaula, y además de todos esos objetos típicos para alimentar y entretener a los pájaros, tenía ¡un espejo! Y el espejo tenía un marco dorado rodeado por lamparitas diminutas, como de linterna. Yo no podía salir de mi estupor y me quedé muda, señalándolo con el dedo. Así que carloparise detuvo la marcha y me dijo: “Ésa es Ella, —lo pronunció “Ela”— ya vas a intimar con ella y te vas a encariñar”. Yo no entendí muy bien, pero me distraje relojeando el resto del ambiente donde había bibliotecas, cuadros colgados o apoyados directamente en el piso o sobre los estantes, objetos que parecían recuerdos de viajes, lámparas de pie, spots y plantas. Y dos gatos. “Renata y Juanito”— me los presentó—. Tuve que contener la risa al pensar en mi hermana, con lo snob que era, cuando supiera que le habían puesto su nombre a una gata. Y ni siquiera era siamesa, una simple gata de tres colores, de esas que llaman “mariposa”. Juanito era gris perla y muy peludo. Enseguida vino a frotarse en mis piernas y se dejó alzar y rascar. Renata en cambio, miró para otro lado y me ignoró. “Empezamos mal”, pensé.

Continuará…

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