Archivo para la categoría ‘Comentarios sobre libros’
Mayo 14, 2008 | Por analatana | Claves: cueto, gogliarda sapienza, jennings, mankell, michener, peter sellers, sapienza, sendero luminoso, woody allen | # Enlace permanente
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Estábamos intercambiando comentarios con Majofa sobre el amor a los libros y él me decía que le gusta mucho la novela histórica. Le estaba contestando todo esto de aquí abajo cuando me di cuenta de que estaba recomendando libros, que es lo que me propongo hacer también en este blog. Así que corté el comentario con un saludito y me vine a postear.
Hay muchos libros que no están calificados como “Novela histórica”, y sin embargo se puede aprender mucho de ellos. Por lo menos, son una punta para seguir investigando. Yo, personalmente, no creo mucho en la veracidad de las historias, porque siempre están escritas a través de una lente personal. Tampoco en las biografías ni autobiografías. Por el mismo motivo. Pero siempre se puede decodificar.
Hace años leí varias novelas de James Michener. Hawaii me gustó mucho porque cuenta la historia desde cómo se formaron las islas, cómo llegaron los primeros habitantes, en balsas junto con sus animales, desde la Isla de Pascua y otras del sur del Pacífico!!! Escapando de los brujos de las tribus (que siempre fueron los que dominaban a los demás metiendo miedo, a los dioses, claro), siguiendo las estrellas. Por supuesto que la mayoría no llegaba más allá de unas millas, y también, vaya uno a saber qué habrá de verdad en todo eso, ¿cómo se documentó? Mucha fantasía, obvio. Y después, el primer holandés que llegó dando la vuelta por el estrecho de Magallanes para estropearles la vida a los hawaianos originales. Las invasiones de chinos y japoneses, en fin, un libro gordo muy entretenido y con mucha información.
También me gustó mucho “Azteca”, de Gary Jennings. Aunque también encontré una incongruencia pero confieso que no investigué mucho: Ahí cuenta cómo los aztecas descubren ruinas de la civilización Maya, que ya había desaparecido. Y resulta que cuando estuve en la riviera Maya, todos los originales del lugar se presentan como mayas.
Y hay otro tipo de libros, que aunque no pretendan ser históricos, instruyen a su manera. Por ejemplo, una joya que leí hace poco es “El arte del placer”, de Gogliarda Sapienza. Como dice en la contratapa, es una novela erótica, histórica y política al mismo tiempo. Fantástica.
Me gusta mucho Mankell, escritor sueco que vive parte en África y parte en suecia. Sus novelas policiales son una adicción, y sus otras novelas una maravilla. Y leyéndolo, uno aprende mucho sobre Suecia y se da cuenta, por lo menos yo, de que esa gente no es muy distinta a nosotros.
Recién acabo de empezar “La hora azul”, de Alonso Cueto. Leí sólo unas páginas y ya me atrapó. Se basa en una historia real y según dice, está muy bien documentada sobre la guerra civil de Sendero Luminoso, en Perú.
También intercambiábamos ideas con Majofa sobre el sentimiento de posesividad hacia el libro y el comentario de gente que te dice “para qué los querés si ya los leíste”. Él me dice que leyó siete veces un libro de Marta Merkin. Yo no la conozco y prometo buscarla.
Eso de leer muchas veces el mismo libro, también me pasa. Eso es lo que no entienden los que no son amantes de la lectura. Lo mismo me sucede con algunas películas. “La decadencia del Imperio Americano” la vi más de diez veces. Y ni qué decir de algunas comedias, como las de Woody Allen, porque es un placer volver a escuchar los diálogos. O las de Peter Sellers: “La fiesta inolvidable”!! Una vez cuando mi hijo mayor tendría unos doce o trece años, la alquilé para verla juntos y de la risa se cayó de la cama. Otra que le recomendaba no hace muchos años (ahora que ya es papá) y no me llevaba el apunte, era “La cena de los tontos”. Un tiempo después me contó que la estaba mirando en video junto con un amigo y tuvieron que poner “pause” porque de la risa no la podían seguir.
El otro día estaba llenando un formulario en Blogger (que finalmente se borró, así que quedará para otra vez), y había que completar “Libros preferidos”, “Música preferida”, “Películas preferidas”. ¡Qué dilema! De lo único de lo que estoy bastante segura es lo que NO me gusta: la música tecno, el hip hop, cierta clase de blues de ése que parece tener tanto éxito en USA, con la cantante arriba del piano y lento… lento…, las películas truculentas al divino botón y sin una historia que valga la pena, y los libros de opinión de gente que no me interesa.
Si alguien tiene sugerencias sobre lectura, música o películas, serán bienvenidas!!

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Mayo 7, 2008 | Por analatana | Claves: ex libris | # Enlace permanente
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Muchas personas, apenas compran o reciben un libro, no importa cuál sea su valor material, le escriben su nombre como declaración de posesión. Si pensamos que difícilmente hagan lo mismo con cualquier otro bien, podríamos asegurar que las motivaciones para declarar la posesión de un libro van más allá del temor a perderlo. El lector amante sueña, sufre, se alegra, aprende, se enoja y hasta discute mentalmente con el escritor. Su deseo es apropiarse de sus conocimientos y de su experiencia y el instrumento de este rapport privilegiado y unidireccional es el libro. De ahí la marca: “Este libro es mío”. Ex Libris.
Esta expresión latina está formada por la preposición ex, que indica orígen o proveniencia, y del caso plural ablativo del sustantivo liber, es
decir libro, y significa “de los libros”.
La personalización del libro no siempre se limita a la simple escritura de un nombre en la primera página. Ya se habían encontrado marcas de posesión en las bibliotecas del antiguo Egipto, pero lo que se conoce como Ex Libris moderno fue visto por primera vez en Alemania en el siglo XV, en el monasterio Cartusiano de Buxheim, en Swabia. Desde entonces han transitado por innumerables modas, desde una simple tipografía con el nombre de la biblioteca y ocasionalmente enmarcada por un borde sencillo, hasta los más elaborados grabados en madera o cobre.
Así es entonces que desde el Renacimiento hasta nuestros días, grandes artistas de la talla de Alberto Durero, Rockwell Kent, Kate Greenaway y tantos otros, han recogido también el desafío de contribuir al diseño de Ex Libris. Un desafío porque aunque este pequeño objeto de papel parezca insignificante debe comunicar con la máxima síntesis no sólo quién es el propietario del libro, si no también cuáles son sus gustos y preferencias. Y además debe ser bello.
Un Ex Libris acrecienta aún más el placer por la posesión del libro.

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www.analatana.com/ExLibris.html
Muchas personas, apenas compran o reciben un libro, no importa cuál sea su valor material, le escriben su nombre como declaración de posesión. Si pensamos que difícilmente hagan lo mismo con cualquier otro bien, podríamos asegurar que las motivaciones para declarar la posesión de un libro van más allá del temor a perderlo. El lector amante sueña, sufre, se alegra, aprende, se enoja y hasta discute mentalmente con el escritor. Su deseo es apropiarse de sus conocimientos y de su experiencia y el instrumento de este rapport privilegiado y unidireccional es el libro. De ahí la marca: “Este libro es mío”. Ex Libris.
Esta expresión latina está formada por la preposición ex, que indica orígen o proveniencia, y del caso plural ablativo del sustantivo liber, es decir libro, y significa “de los libros”.
La personalización del libro no siempre se limita a la simple escritura de un nombre en la primera página. Ya se habían encontrado marcas de posesión en las bibliotecas del antiguo Egipto, pero lo que se conoce como Ex Libris moderno fue visto por primera vez en Alemania en el siglo XV, en el monasterio Cartusiano de Buxheim, en Swabia. Desde entonces han transitado por innumerables modas, desde una simple tipografía con el nombre de la biblioteca y ocasionalmente enmarcada por un borde sencillo, hasta los más elaborados grabados en madera o cobre.
Así es entonces que desde el Renacimiento hasta nuestros días, grandes artistas de la talla de Alberto Durero, Rockwell Kent, Kate Greenaway y tantos otros, han recogido también el desafío de contribuir al diseño de Ex Libris. Un desafío porque aunque este pequeño objeto de papel parezca insignificante debe comunicar con la máxima síntesis no sólo quién es el propietario del libro, si no también cuáles son sus gustos y preferencias. Y además debe ser bello.
Un Ex Libris acrecienta aún más el placer por la posesión del libro.



Puede obtener su Ex libris estándar o personalizado en:
Estudio Ana Gambutti
Marzo 25, 2008 | Por analatana | Claves: amor, anagrama, ian mcewan, sexo | # Enlace permanente
Novela en la que McEwan construye un delicadísimo, terrible mapa de una relación, del amor, del sexo, y también de una época, sus discursos y sus silencios.
Acabo de terminar de leer esta novela y me senté a escribir sobre ella antes de que se desvanezca el estado emocional en que me dejó. Pocas veces un libro me ha conmovido de tal manera, de principio a fin, ni me ha traído tal cantidad de pensamientos encontrados en casi cada párrafo. Recuerdos de historias ajenas, vislumbradas y sospechadas, confirmadas muy a mi pesar en algunos casos. “Muy a mi pesar”, porque uno generalmente no quiere saber esa parte de la historia de sus propios padres, de sus tíos, de los mayores que nos rodeaban cuando éramos niños, y jóvenes. Y por qué no, también de nosotros mismos, nuestros hermanos, nuestros amigos. La generación que se casaba en los ‘60, en los ‘70, con toda la desinformación, el misterio, la falta de comunicación y las culpas que las religiones, la moralina y los prejuicios de la época nos imponían.
La historia de Ian McEwan se centra en la noche de bodas de una pareja, en Julio de 1962. Y vuelve cada tanto hacia atrás, para revelarnos los hechos, los pensamientos y sentimientos de esos dos jóvenes durante el desarrollo de esa relación que en el transcurso de un año desde que se conocieron, derivó en noviazgo y casamiento. Florence es de clase media alta, hija de un exitoso hombre de negocios y una madre profesora universitaria, relacionada con reconocidos intelectuales de su época. En su casa se comían alimentos que Edward, el novio, no había visto ni probado en su vida: quesos franceses, yogurt, “un alimento delicioso que sólo conocía gracias a una novela de James Bond”, verduras como “berenjenas, pimientos verdes y rojos, calabacines”, baguettes y croissants —nombres que alguna vez confundía— y se tomaba Champagne. Edward, en cambio, pertenece a una familia que apenas se mantiene en la clase media baja, de padre maestro y una madre que vive en una nebulosa debido a un extraño accidente. Florence es violinista y Edward ha estudiado historia. Son jóvenes, son inocentes, ambos son vírgenes, y se aman verdaderamente. El noviazgo fue el típico del tira y afloja de esa época: el chico tiraba, y la chica casi nunca aflojaba. En la reseña de la contratapa del libro dice que esa fecha de casamiento, julio de 1962, fue un año justo después de que en Inglaterra se empezara a “follar” —es Editorial Anagrama—, cuando El amante de Lady Chatterley aún estaba prohibido y no había aparecido el primer LP de los Beatles.
Lo que sucede en esa noche de casamiento, entre estos jóvenes esposos en una época en la que hablar de problemas sexuales era imposible, es la materia con la que McEwan construye esta historia de una relación, con un tema de interés universal como es el amor y el sexo. La prosa de este escritor es tan espléndida que causa un gran placer leer cada una de sus frases y descubrir su profundo conocimiento del alma humana, tanto femenina como masculina. También, es excelente su retrato de una época, que en realidad, relativo al tema que trata, podría ser cualquiera. Logra transmitir de forma tan aguda y sutil los íntimos pensamientos de los personajes, los equívocos, lo que la gente no se atreve a decir, o de lo que dice al revés de lo que siente o piensa, que fue una experiencia muy especial y muy conmovedora leer este libro. A pesar de que, como dice el comentario de Jonathan Lethern, de The New York Times, en la contratapa del libro, “más que una novela de costumbres, es fundamentalmente una novela de horror”. Horror, no porque sucedan crímenes, violencias, o experiencias sobrenaturales. Horror, porque al ir siguiendo la trama, al internarnos en la intimidad de los personajes, no podemos más que sentir angustia y temor de que pierdan el camino que ellos, ambos, imaginan como un trayecto y una culminación feliz dado el amor que se tienen. Buscando una palabra para definir cuál es el sentimiento que sobresalía entre todos los que fui experimentando durante el transcurso de esta lectura, no encuentro otra mejor que “compasión”. Una profunda compasión por los dos personajes, y al usar esa palabra se puede decir que estoy plagiando al tal Lethem: “McEwan trata la situación con una compasión sin límites”.
El libro es corto, es duro, es profundo, y es genial. Lo recomiendo fervorosamente.
Al principio de esta nota, mencioné que una de las cosas que me conmovía más cuando leía, eran los recuerdos. Pensaba en nuestros padres. Habrá habido más avanzados, más liberales. He conocido personas muy mayores que puedo asegurar que supieron disfrutar del sexo. De todas maneras, en la generación de mis padres, eran muy pocos. No hace mucho, una anciana en un geriátrico, liberada de pudores debido a un derrame cerebral que la había dejado parapléjica, en un momento de esos en que recuperaba fugazmente la lucidez me contó que el marido algunas noches cuando se metía en la cama matrimonial le decía: “Date vuelta que te necesito”. Cuando escuché eso, lo que sentí fue espanto.
Nosotros, por lo menos, ya teníamos una idea mucho más clara de que el sexo podía ser una —o “la”— parte muy placentera en nuestra vida, la cuestión es que no sabíamos cómo practicarlo. Obvio que ya a cierta edad ya no creíamos más en las cigüeñas, pero nuestra sabiduría al respecto se limitaba casi en todos los casos a eso de “meter y sacar”. Nadie hablaba de “hacer el amor”. No se leía, no se veía en películas, y el tema era tabú. Era una materia que no se enseñaba en ninguna parte y sólo nos remitíamos a las historias de nuestros pares, otros chicos y chicas, y que muchas veces eran totales disparates, fabulaciones que aumentaban de boca en boca. Los más curiosos, y ya, generalmente, cuando nos poníamos de novios, tratábamos de experimentar algunas situaciones pero la mayoría de las veces terminábamos muertos del susto, o de risa. Por suerte, la voluntad la teníamos y a la larga se aprendía, se dejaban de lado los tabúes, el temor al pecado y se incorporaba a la vida de pareja, o a la vida a secas, como una de las partes más importantes de nuestra existencia. Pero lamento decir, me atrevo a afirmar, que muchos no lo lograron. Algunas mujeres, por resignación, porque nunca le tomaron el gusto, por vergüenza a que las consideraran frígidas, o por temor a que las consideraran “malas”. E, increíblemente, porque sus propios maridos se hacían los pudorosos con ellas, casadas tan jóvenes, les negaban sus derechos a la sexualidad haciéndoles creer que sólo hacían lo correcto, mientras ellos se iban a concretar sus más locas fantasías a otra parte. Y algunos hombres, por la exigencia de demostrar su hombría según parámetros que tenían que ver más con lo que se contaba o se inventaba entre los de su mismo sexo, por las enseñanzas de sus padres que muchas veces pensaban que bastaba con que los llevaran a iniciarse en brazos de alguna prostituta, porque nadie les enseñó que coger no es lo mismo que hacer el amor, y porque ninguna mujer se atrevió nunca a decirles que en realidad no sabían hacer ni una cosa ni la otra.
Desde que terminé de leer “Chesil Beach”, ayer al mediodía, me quedó la inquietud de averiguar si mi opinión, la de arriba, es acertada, o por lo menos, aproximada a la verdad. Ya sé que no en todos los casos pasaba lo mismo, pero ¿qué sucedía con la mayoría? Así que me puse a preguntar, a algunos hombres y a algunas mujeres, y por ahora no saqué nada en limpio. Los hombres, los de mi generación, sospecho que mienten un poquito —o mucho—. Parece ser que no tenían ningún problema, desde los trece o catorce años se acostaban con cuanta chica se les antojara, así fueran “buenas” o “malas”. Las novias nunca fueron remilgadas y siempre aflojaban. Rápido. ¡Vamoooosssss….! Y a las mujeres, no les gusta mucho hablar del tema, o se casaron vírgenes… Hay otras que ya sé desde hace mucho que la pasaban regio, sin trabas ni complicaciones, y creo que son las que tuvieron padres que se demostraban su amor sin prejuicios. Pero son las menos. Igual, fue una especie de encuesta de poco tiempo y con un muestreo de pocas personas. Y evidentemente, hasta ahora no me tropecé con las más apropiadas. Así que, me gustaría recibir opiniones, si son tan amables.
Y desde ya, gracias. Y si pueden, lean “Chesil Beach”, de Ian McEwan.
Editorial Anagrama. 184 páginas.
Marzo 11, 2008 | Por analatana | # Enlace permanente
¡Qué olvido! Yo tendré cabeza de novia
… Pero eso no justifica que me haya olvidado de mencionar que más allá de lo que escribí en el post anterior sobre cómo me inspiro, cómo escribo, la creación literaria y todo eso tan intelectual, el motivo más importante por el que estuve bastante distraída la semana pasada es éste:

Rafael
Un regalo que recibimos el jueves 6 de marzo.
Rafa es el hermano de:

Lara
Que el 28 de marzo va a cumplir dos años.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Y yo soy la orgullosa abuela!!!!!!!!!!!
Rafa todavía no lee, pero ya escucha música. Por ahora, más que nada Blues.
Lara sí lee. Mucho. (Bueh, ustedes me entienden). Y sabe todos los textos de memoria. También sabe muchas canciones. La que más le gusta es “La Catalina”, sobre todo la parte donde el marido la reta enojadísimo: “CALLA, CAAALLA, Catalina…”
El mejor CD para conseguir que se durmiera fue “Arroz con Leche”, no me acuerdo los datos y el original se lo llevó ella. Yo me quedé con una copia. Tiene Cucú, Cucú… La Farolera… y todas esas canciones que me cantaban a MÍ cuando era chica. Viene con un librito y creo recordar que el subtítulo es “Las canciones de la abuela”. Lo recomiendo, resultó ser un excelente somnífero. También le gustaba mucho Beatles para chicos.
Para cuando cumpla tres años le voy a comprar Paca, Poca y su gato Espantoso. La autora es Cristina Portorrico y el ilustrador, que es una maravilla: Poly Bernatene. Y también le voy a comprar la colección de La Bruja Berta, de Paul Korky y Thomas Valery, que también tiene unas ilustraciones fantásticas.
Bueno, y ahora, voy a volver a llevarle el apunte a Laura, que acaba de conocer a Ella y a Renata, la gata. Y sobre todo, a carlosparise. Y está bastante nerviosa porque aunque fue decidida a tirar la chancleta, todavía no se puede imaginar cómo, en qué momento, en qué rincón, con qué gestos, ni con qué palabras, la va a empezar a revolear.

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Febrero 15, 2008 | Por analatana | # Enlace permanente
Firmin, entrañable, peludo y feo, triste e inocente Firmin. Rata que tiene poco de rata. Rata culta y lectora, autodidacta, rata de librería debilucha, sobreviviente a la escasez de teta gracias a la literatura: Bueno para leer, bueno para comer.
Hijo de Flo, una rata borracha y parrandera, Firmin nace en el sótano de una librería de Boston y alcanza un insólito desarrollo mental gracias a las páginas que se vio forzado a masticar. Las describe: “la historia del mundo en cuatro partes, fragmentos de filosofía, psicoanálisis, lingüística, astronomía, astrología, cientos de ríos, canciones populares, la Biblia, el Corán, el Bhagavad Gita, el Libro de los muertos, la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, cientos de insectos, rótulos de calles, anuncios, Kant, Hegel, Swedenborg, iras cómicas, canciones infantiles, Londres y Salónica, Sodoma y Gomorra, la historia de la literatura, la historia de Irlanda, acusaciones de crímenes inenarrables, confesiones, desmentidos, miles de juegos de palabras, decenas de lenguas, recetas, chistes verdes, enfermedades, nacimientos, ejecuciones… Todo eso y mucho más me metí yo en el cuerpo.”
Un día, incursionando por las cañerías, descubre un agujero en el techo que algún humano había abierto para colocar una lámpara. A ésta la habían colocado bastante descentrada por lo que quedó “una rendija en forma de c de “confidencial” y que se convirtió en uno de sus sitios preferidos. “Era una ventana al mundo de los humanos, mi primera ventana. En ese sentido, venía a ser lo mismo que un libro: por ella podía asomarme a mundos que no eran míos. Le puse por nombre el Globo, porque así me sentía mirando hacia abajo, como si flotara sobre la habitación en la barquilla de un aeróstato.”
Así percibe el mundo de la librería y de sus clientes: “Cuando empecé a comprender mejor a las personas, caí en la cuenta de que ese increíble desorden era una de las cosas que la gente apreciaba en Libros Pembroke. No venían sólo a comprar un libro, soltar la pasta y darse el piro. Se quedaban un buen rato. Ellos lo llamaban mirar, pero más bien parecía que estaban excavando una mina. Me sorprendía que no trajesen palas. Cavaban en busca de tesoros con las manos desnudas, hundiendo a veces los brazos hasta las axilas, y cuando extraían alguna pepita literaria de algún montón de escoria, se sentían muchísimo más felices que si hubieran llegado y hubiesen comprado directamente el libro. En ese sentido, comprar en Pembroke era como leer: nunca sabe uno con qué va a encontrarse en la página siguiente —la estantería, el montón, la caja siguientes—, y eso constituía una parte importante del placer”
¿No es una maravilla esa descripción? Sam Savage es el autor. Nació en Carolina del Sur y es doctor en Filosofía por la Universidad de Yale. Firmin es su primera novela y fue editada por primera vez en el año 2006 por Coffe House Press con el título original de “Firmin: Adventures of a Metropolitan Lowlife”. La primera edición en español se hizo en octubre de 2007 por Editorial Seix Barral, España. La traducción, excelente, es de Ramón Buenaventura. Y las ilustraciones de tapa y del interior, deliciosas y de las que pongo una muestra acá, son de Fernando Krahn.
A mí me la recomendó mi librero preferido. Y parece ser que esta novela editada por una pequeña editorial de Minneapolis, no necesitó de ninguna gran campaña de marketing para tener cinco estrellas en Amazon.com y varios premios americanos. Fue difundida por medio de recomendaciones de lectores y libreros y se está convirtiendo en un símbolo del amor por la lectura.
Los siguientes son los comentarios de reconocidos escritores y que figuran en la contratapa del libro:
Rosa Montero:
Firmin ha sido un acontecimiento en mi vida de lectora, uno de esos raros encuentros con un personaje inolvidable. Original, chispeante y profundamente conmovedora, esta aguda fábula sobre la condición humana es un disparo al corazón.
Eduardo Mendoza:
Firmin no es un ratoncito humano, sino un ser humano en un cuerpo de rata. Esto lo hace áspero, patético, incómodo, sin la menor concesión al infantilismo y auténticamente poético.
Donna Leon:
Un libro escrito para lectores, es decir, para gente que siente pasión por los libros y para quienes los libros son tan reales como cualquier otra cosa de la vida. Más reales, quizá.
Rodrigo Fresán:
Uno de esos contados libros que parecen haber caído del cielo para sorprendernos y deslumbrarnos. Sombras de dostoievski y destellos de Vonnegut. Uno nunca volverá a mirar a una rata de igual modo luego de masticar y tragar esta pequeña gran novela.
Justo Navarro:
Una estupenda fábula sobre los poderes transformadores, prodigiosos, de la literatura, y sobre los efectos que produce el haber crecido devorando libros: sensibilidad, poder de observación, sentido del humor, inteligencia y humanidad. Es excelente.
Espero que la disfruten tanto como yo.

Febrero 4, 2008 | Por analatana | Claves: bizzio, cielo, era el cielo, goya, libro, novela, sergio bizzio, sergio vaschchuk, xxy | # Enlace permanente

“Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer. La escena me impactó con dosis iguales de incredulidad y de violencia, como si un niño acabara de golpearme con la fuerza de un gigante. Uno de los hombres, con el pantalón desabrochado, de pie frente a Diana, que estaba de rodillas, la sujetaba de la nuca con la misma mano en la que tenía un cuchillo, obligándola a hundir la cara en su entrepierna, mientras que el otro, desde atrás, inclinado sobre ella, le desprendía los botones del vestido.”
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“Siete años atrás, al día siguiente (recién entonces) me di cuenta de que era padre, un padre. Julián había tenido una complicación respiratoria y pasó varias horas en una incubadora. Le habían puesto una campana de vidrio en la cabeza, dejando los bracitos afuera para que no se arrancara las cánulas, y lloraba, lloraba sin sonido, lloraba y yo no podía oírlo, agitaba las manitos en el aire y no podía tocarlo… Durante los meses siguientes etuve particularmente atento a su respiración. Podía oírlo hasta dormido (cuando yo dormía). Tenía miedo de que se ahogara, que perdiera demasiado peso o que tuviera alguna enfermedad; cuando empezó a gatear tuve miedo de que pusiera un dedo en el enchufe, que se tragara un encendedor, que se metiera algo en el oído; cuando empezó a caminar temí que se golpeara con la punta de una mesa, que cayera del balcón, que se metiera en el lavarropas; cuando empezó a ir al colegio tuve miedo de que un extraño lo robara, que lo abusara el profesor de flauta… La lista era infinita. Un hijo es una industria de producir terror.”
Estos son dos fragmentos de esta novela de Sergio Bizzio. En otro párrafo, dice uno de sus personajes: “Vera es como una aspiradora con un radar hipersensible que detecta y succiona materiales de las procedencias más diversas y los articula en textos ágiles y milagrosamente compactos. Nunca hablábamos de literatura, pero ahí estaba ella haciéndola…” Eso es lo que hace Bizzio: literatura.
Es lo primero que leo de él y lo hice de un tirón. No sólo el argumento me atrapó, sino su lenguaje preciso, rico y sintético a la vez. Describe un mundo en el que cualquiera de nosotros podría vivir y personajes con los que en uno u otro momento nos podemos sentir identificados. Pasa del horror a la ternura, de la comprensión al desconcierto, del disparate a lo cotidiano, y nos deja con la impresión de que ese mundo es real, o posible. Al terminar este libro varias ideas me quedaron rondando. Quizás no eran nuevas, pero si no lo eran, las hizo reflotar.
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Tenía este texto preparado para postearlo apenas me confirmaran la aceptación para mi solicitud por este blog, y se dio que la recibí unas horas después de haber leído sobre el “Premio Goya” a la mejor película hispanoamericana. Yo no lo sabía, pero leo en Clarín que el argumento de “XXY” de Lucía Puenzo está basado en un cuento de Sergio Bizzio. ¡¡¡Felicitaciones!!!
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