Traición, por Jorge Artes

Traición, por Jorge Artees

Traición, por Jorge Artes

Leer un escrito de un amigo sabiendo que después se espera una opinión es a veces una tarea incómoda. En este caso no resultó así, por el contrario, fue un placer. Mejor dicho, una revelación.

Más allá del conflicto amoroso pasional que sugiere la contratapa del libro, me encontré desde las primeras líneas con una trama atrapante y un contenido sólido, coherente e ingenioso que revela no sólo un gran conocimiento del mundo empresarial y político, sino también una profundo sabiduría sobre las virtudes y miserias del ser humano. Sus personajes podrían vivir y actuar en cualquier país de los llamados “civilizados”. Ellos trabajan, aman, odian, conspiran y en algunos casos hacen el amor. En otros, tienen sexo de una manera tan real que quizá a más de un lector lo haga sentir un poco ignorante.

El estilo es impecable. La edición y el diseño muy cuidados y el arte de tapa, hermoso.

Lo recomiendo.

DEPRESIÓN. 22 maneras de imponerse a la tristeza.

Depresión

Copio este texto con el deseo de que ayude aunque sea un poquito a gente muy querida que se siente triste. Y de paso, a cualquiera que necesite recuperar la esperanza. Aclaro que sólo soy una lectora que encontró este libro interesante.

DEPRESIÓN

22 maneras de imponerse a la tristeza.

Extraído del libro “Guía médica de remedios caseros”, de los editores de “Prevention, Magazine Health Books”

Traducción de Sergio Fernández Everest.

La vida podría compararse con una montaña rusa. Hombre rico, hombre pobre, limosnero, ladrón, doctor, abogado, cacique: todo el mundo tiene altas y bajas. Incluso los más expertos en la materia a veces tienen dificultades para salir de ella.

No obstante, lo que saben por experiencia estos expertos en la depresión es que casi todos los casos de depresión pueden revertirse, incluso los más severos; y para los que no son tan graves (llámese tristeza, “no quiero levantarme de la cama” o desánimo), algunas técnicas muy sencillas pueden hacer maravillas.

Por tanto, si considera que está tocando fondo y se siente melancólico, como si la vida lo arrastrara hacia abajo, apartándolo de las alegrías, pruebe uno de estos métodos infalibles para hacer que su ánimo se eleve por los cielos.

Siéntese a disfrutar (o al menos tolerar) los baches.

Benjamin Franklin decía que nada en este mundo es seguro excepto la muerte y los impuestos; pero omitió algo: la tristeza.

“Percátese de que sentirse un poco mal no es una tragedia”, señala el doctor en educación William Knaus, psicólogo privado de Long Meadow, Massachusetts. El doctor y psicólogo Fred Strassburger, profesor de clínica de psiquiatría en la Escuela de Medicina en la Universidad George Washington, agrega: “Comprenda que los sentimientos de depresión son temporales; no se entristezca más por estar triste”.

Haga algo activo.

Quedarse en casa a limpiar los pisos es garantía segura de aumentar su depresión. Por tanto, este remedio casero significa alejarse de casa. No importa cuánto escoja usted hacer, mientras sea algo activo, indica el doctor Jonathan W. Stewart, psiquiatra investigador en el Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York en la ciudad de Nueva York. Salga a caminar, pasee en bicicleta, visite a un amigo, juegue un juego de mesa, lea un libro o póngase a espiar en la vida de otros; empero, cambiar de canal al televisor no es una actividad.

Busque en su memoria qué cosas divertidas puede hacer.

La mejor manera de iniciar una actividad es comenzar escribiendo una lista de las cosas que usted disfruta. Desde luego, el problema es que nada parece muy disfrutable cuando usted está deprimido. ¿Qué hacer? Enumere las actividades que solían gustarle, sugiere el doctor C. Eugene Walker, profesor de psicología y director de adiestramiento en psicología pediátrica en el Centro de Ciencias para la Salud en la Universidad de Oklahoma. Luego escoja una, y ¡practíquela!

Hable de ello.

“Siempre es útil compartir sus sentimientos con alguien”, aconseja la doctora Bonnie R. Strickland, profesora de psicología en la Universidad de Massachusetts en Amherst. “Encuentre amistades que se interesen por usted y platíqueles lo que le ocurre.”

De rienda suelta al llanto.

Si hablar de sus problemas lo hace llorar, adelante. “Llorar es un magnífico escape, sobre todo si sabe por qué llora”, comenta el doctor Robert Jaffe, terapeuta matrimonial y familiar en Sherman Oaks, California.

Siéntese a analizar la situación.

“Muchas veces, si usted puede localizar con precisión la fuente de su depresión, se sentirá mucho mejor”, observa el doctor Strassburger. “Una vez que comprenda el problema, puede comenzar a desentrañar qué necesita hacer al respecto”.

Pruebe una y otra vez, y luego déjelo por la paz.

“De niños y adolescentes nos forjamos una idea de lo que la vida ha de depararnos, y a veces nos aferramos a ella aun cuando la vida misma denuncie su irrealidad”, señala el doctor Arnold H. Gessel, psiquiatra privado en Broomall, Pennsylvania. Agrega que la búsqueda de metas irrealizables puede llevar a la depresión. Éste es el momento cuando sencillamente tiene que decir: “Hice lo mejor que pude”, y abandonar ese propósito.

Haga ejercicios.

Muchos estudios demuestran que el ejercicio puede ayudar a sobreponerse a la depresión. Si usted ya practica ejercicios regularmente y se encuentra en buenas condiciones físicas pero en malas condiciones mentales, pruebe “llegar hasta el agotamiento total”, sugiere el doctor Gessel. “Es una buena vía para descargar sus tensiones”. (1) (Ojo, con esto, digo yo, Ana Gambutti. Puede ser peligroso.)

Consiga una caja de lápices de cera. (o de colores, o de acuarelas, digo yo, Ana Gambutti.)

Una magnífica manera de expresar sus sentimientos es escribirlos, o mejor todavía, dibujarlos, recomienda la doctora Ellen McGrath, presidenta de la junta directiva de la National Task Force on Women and Depression de la American Psychological Association y profesora de la clínica en la Universidad de Nueva York. Si se sienta después de que algo lo altere y comienza a dibujar, le sorprenderá la introspección que adquiere acerca de sus emociones, señala. Use mucho color. Si escoge rojo, sugerirá que hay enojo; el negro, tristeza; y el gris, ansiedad.

Ajústese a los hechos, amigo.

“A veces, cuando comienza a probar sus suposiciones contra la realidad, tal vez descubra que las cosas no son como cree”, declara el doctor Knaus. Por ejemplo, si sospecha que su pareja lo engaña (lo que constituye una buena razón para deprimirse), ¡adelante!, ¡pregúntele! Tal vez usted esté equivocado. (Bueh, digo yo, Ana Gambutti, puede ser que no obtenga una respuesta satisfactoria por diferentes motivos).

Encuentre algo realmente aburrido que hacer.

Tal vez lo que necesite usted para salir de su depresión sea simplemente algo que le distraiga, alejar su atención de sus pesares. Para ello, “escoja algo terriblemente aburrido y hágalo”, sugiere el doctor Knaus, ¿Por ejemplo? Limpie los azulejos de su cuarto de baño con un cepillo de dientes. O estudie la misma hoja de un árbol una y otra vez, y otra vez… (Esto me aconsejaron hacerlo, hace mucho tiempo, como remedio para el insomnio. El terapeuta me había sugerido ordenar un placar, entre otras cosas. Nunca lo hice, me dio pereza, pero me curé del insomnio cuando me separé y no escuché más ronquidos. Digo yo, Ana Gambutti.)

Tómelo con calma.

La vida en el siglo XX puede ser muy turbulenta en ocasiones. Si sospecha que la raíz de su depresión es el exceso de labores, entonces tal vez necesite sencillamente relajarse, comenta la doctora Strickland. “Dese más tiempo para actividades como darse un baño caliente o masajes”. (Digo yo, Ana Gambutti, la vida en el siglo XXI y sobre todo después de un año de elecciones, de agresiones verbales y mediáticas, de desencuentros, nos provoca grandes inquietudes. Por lo menos a mí. ¿No sería hora de abandonar la pelea, de dejar de compartir, publicar ¡y contestar! cada nota, artículo o posteo que creemos injusto? Yo estoy haciendo el esfuerzo y la verdad es que me siento aliviada. No se trata de abandonar convicciones, sino de realmente, tomarlo con más calma.)

Evite tomar decisiones importantes.

“No puede confiar en su capacidad para hacer juicios cuando se encuentra deprimido”, indica el doctor en medicina Robert S. Brown, profesor de psiquiatría en la Escuela de Medicina en la Universidad de Virginia. El doctor Brown aconseja posponer las decisiones importantes de la vida hasta sentirse mejor, a menos que quiera correr el riesgo de tomar decisiones equivocadas, lo cual naturalmente sólo puede empeorar su estado.

Trate a los demás con respeto.

Al sentirse deprimido, notará que trata con brusquedad a las demás personas, advierte el doctor Knaus. No lo haga, advierte, pues podrían contestarle de la misma manera y esto es lo que menos necesita cuando se siente mal emocionalmente.

Aléjese de las tiendas.

Del mismo modo que tratar mal a otras personas puede tener un efecto contraproducente para su depresión, los excesos en las compras pueden tener el mismo efecto, previene el doctor Knaus. Es decir, aunque resulten muy divertidas, pueden tener un efecto contrario y abrumarlo cuando lleguen las cuentas.

Cierre el refrigerador.

La compulsión por comer también puede tener un efecto contraproducente, advierte el doctor Knaus. Si bien un exceso en el comer puede hacerlo sentirse mejor por el momento, quizá agregue deprimentes centímetros a su cintura. Si se tienta para hacerlo, salga de la casa para vencer el impulso.

AYUDE A OTROS A SUPERAR LA DEPRESIÓN

¿Qué hacer cuando alguien cercano a usted se deprime?

“Escuchar”, recomienda el doctor Robert Jaffe, terapeuta familiar. “Más que nada, su amigo necesita alguien que lo escuche.”

Si alguien por quien usted se interesa parece deprimido y no ha dicho nada al respecto, ¡adelante! Pregúntele: “¿Te sientes deprimido?”, sugiere el doctor Jaffe. Luego haga preguntas abiertas, como: “¿Cuándo comenzaste a sentirte así?” Ésta es una buena pregunta, señala el doctor Jaffe, porque al determinar cuándo comenzó la depresión se puede ayudar a descubrir el incidente o los incidentes que pudieron haberla iniciado.

El doctor Jaffe aconseja lo siguiente:

- Cuando su amigo se abra y comience a hablar sobre su depresión, haga su mejor esfuerzo por crear un ambiente seguro. No haga trivial la situación diciendo cosas como, “Oye, basta, no tienes razón para deprimirte!”.

- No ofrezca soluciones fáciles como “No hay problema, todo lo que necesitas es…” Mejor deje que la persona encuentre sus propias soluciones, y que recurra a usted sólo como caja de resonancia de sus ideas.

- Trate de convencer a la persona deprimida de que realice actividades físicas, como el ejercicio.

- Trate de mantener interesada a la persona en encontrar soluciones. “Recuerde -indica el doctor Jaffe- podría definirse a la depresión como una pérdida de interés en todas las cosas”.

ALERTA MÉDICA

CUÁNDO ES HORA DE BUSCAR AYUDA

Si se siente muy mal emocionalmente y la sensación persiste (incluso aunque haya intentado todo lo que conoce para superar este estado) puede ser hora de consultar a un profesional en salud mental.

Los expertos en el National Institute for Mental Health de Estados Unidos sugieren que todo el que experimente cuatro o más de los siguientes síntomas durante más de dos semanas debe buscar ayuda.

- Persistentes sensaciones de tristeza, ansiedad o “vacío”.

- Sensaciones de desesperanza o pesimismo.

- Sentimientos de culpa, falta de autoestima o desamparo.

- Pérdida de interés o placer en actividades ordinarias, entre ellas la sexual.

- Perturbaciones en los hábitos del sueño (insomnio, despertar temprano en la mañana o dormir en exceso).

- Perturbaciones en los hábitos alimenticios (cambios en el apetito y  pérdida o ganancia de peso).

- Pérdida de energía, fatiga y sensación de estar “aturdido”.

- Pensamientos o ideas de muerte o suicidio, o intentos de cometerlo.

- Inquietud e irritabilidad.

- Dificultad para concentrarse, recordar o tomar decisiones.

La Casa de la Calle Maple

La Casa de la Calle Maple

El abuelo Máximo se murió de risa. Es que el pobre, había perdido la costumbre  ­—decía la abuela—. Desde el accidente con el submarino se había puesto serio, serio. Sólo sonreía a veces cuando yo bajaba al sótano para acompañarlo mientras él inventaba. No entendía del todo lo que me explicaba, pero estoy segura de que era un buen inventor porque por ejemplo, el asunto de la calefacción humana, funcionó. Por lo menos, según dicen, mientras mi papá y mis tíos vivían ahí. Parece que cuando se empezaron a ir, la abuela  se cagaba de frío, con perdón de la palabra. Pero era mi papá el que le decía eso al abuelo y lo retaba. Le decía que no fuera cabeza dura, que pusiera lo del gas. O un aire frío-calor. Pero, no. No hacía caso.

Había otra manera para hacer funcionar la calefacción, pero no convenía mucho usarla porque aparte de encenderse el reactor, también se encendía la cara del abuelo y se iba a encerrar abajo. Furioso, me parecía a mí. Pero la abu decía que lo que estaba, era “abochornado”. Eso significa que tenía vergüenza, como me pasa a mí cuando tengo que saludar a alguien que no conozco. Y por otras cosas, también. Se ponía así cuando alguien hablaba de lo del accidente en su presencia. Yo sabía, porque había escuchado hablar a los grandes en mi casa y en las de mis tíos. También una vez en lo de Amandita Solesmestre —mi amiga del cole— la mamá me preguntó si mi abuelo era el Máximo Arandiburu que había hundido el submarino. Como me dio rabia, no le contesté, como cuando mamá dice que me hago la sorda. Pero además, cuando aprendí a leer, un día busqué mi nombre completo en Internet y apareció: “Noticias Insólitas. Blooper en la Armada. Submarino hundido por error humano”.  Y ahí estaba, el nombre de mi abuelo. Cuando fui un poco más grande y le enseñé a la abuela a usar la compu, le avisé que nunca, nunca, fuera a leer esa noticia. Al abuelo no hacía falta decirle porque odiaba la informática.

La nota ésa me la guardé en “Favoritos” porque cuando sea grande voy a ser periodista, o detective, o presidenta, todavía no estoy segura. Pero lo que sí, voy a sacarle “el bochorno” a mi abuelo. Y a mí misma, porque aunque me sale bastante bien, cuesta mucho hacerse la sorda cuando mis compañeros me molestan. Cada vez que la leo, estoy más segura, segurísima, de que la culpa la tuvo el avizor. No, el de la Vela Blanca, sino el del submarino. Que es como un vigía  —que es el que espía el mar por si vienen piratas o un Tsunami—, pero que en lugar de subirse a la casita de arriba del palo, se queda adentro y espía por un tubito. A ver si no tengo razón. La cosa fue así: tenían que entrar a la Base Naval de Mar del Plata para “amarrar” el barco, o sea, estacionarlo. Pero la rada  —otra palabra que me gusta— era muy angosta, había mucha corriente,  y aunque era de mañana, había una “densa” niebla, o sea que había mucha. En la zona ya habían ocurrido varios accidentes, así que mi abuelo estaba preocupado por apuntarle bien a la entrada. El marinero que estaba mirando por el “periscopio” —que vendría ser el tubito—, de pronto gritó:

—¡Humo por estribor!

Estribor, quiere decir a la derecha, eso lo sé porque a veces salimos a navegar con mi papá y mi mamá, pero en un barco que anda siempre por arriba del agua, y mucho, pero mucho más chico que el de mi abuelo. Y “Humo” quiere decir “humo”, para todo el mundo. Pero para mi abuelo, que era un navegante más viejo, “Humo por estribor” significaba “Vapor a la derecha”. Así que ordenó seguir el rumbo del humo pensando que el barco de adelante había encontrado el camino correcto. Pero fueron a parar sobre la arena de Playa Grande en la que había ochenta asadores que estaban tratando de ganar el premio del asado más grande del mundo para el libro Guinness de los Records, que es uno que todos los años reparte premios para cualquier cosa que sea más o mejor que las otras parecidas. Aunque no sirvan para nada.

Los asadores se habían juntado ahí para festejar la inauguración de la “Obra Pro Caddies” y juntar fondos para la escuelita que se iba a ocupar de enseñarles educación, catecismo y como estar más sanos a esos chicos que son los que cargan con las bolsas de golf de los señores que no tienen un carrito como el de mi papá. Parece que el único que se “abochornó” fue mi abuelo, porque la gente se puso loca de contenta creyendo que la aparición del submarino era una sorpresa inventada por los organizadores de la fiesta que trabajaban para el Intendente, que es el que manda más en una ciudad. Hasta se querían subir para salir a dar una vuelta y poder ver de una vez por todas, el fondo del mar. Pero por más que todos los ayudantes de los asadores y el público en general ayudaron a empujar, no hubo manera de devolver el Arautilius al mar —Arautilius era el nombre del submarino, por si no lo dije antes—. Trajeron dos tractores, caballos, bueyes, pero nada. La Prefectura  —que es la policía del mar— vino con unos remolcadores, pero dijeron que era muy peligroso tratar de tirar hacia la rompiente, así que dejaron el trabajo para alguien más y bajaron a la playa a comer choripán, tira, morcilla y todo lo demás.

Después de eso, a mi abuelo lo echaron del trabajo. Y sin pagarle nada. Así que aparte de la vergüenza, tenía que ponerse a hacer otra cosa porque en esa época las mujeres se quedaban en casa y la abuela no trabajaba más que limpiando la casa —tanto, que brillaba por todos lados—.  Y cuidando a los nietos, que somos mis primos y yo. Y aunque Lili había sido profesora de natación, de remo y de cocina en el Club Náutico Fraülein Guazú, cuando se casaron, el abuelo Máximo le prohibió seguir trabajando. Así que,  el único que traía plata era él y aunque  ella se ofreció a buscar trabajo, el abuelo se negó. Tampoco le quiso pedir ayuda a los hijos, aunque mi papá y los hermanos no le hacían caso y siempre le estaban llenando la heladera a la abuela. Pero mi abuelo sabía muchas cosas y enseguida hizo un poco de orden en el sótano y armó un taller de reparaciones para la gente del barrio y también, la fábrica de invenciones. Al sótano se entraba por una puerta de madera que estaba como oculta en el piso del comedor. A mí me encantaba tirar de la argollita para levantarla y descubrir la escalera de madera que bajaba al laboratorio de mi abuelo.

— ¡¿Qué laboratorio?!  —Decía papá—. Eso no es más que un depósito de chatarra. El viejo, desde que se retiró, se convirtió en cartonero.

Pero el abuelo no juntaba cartón. Salía a la calle con una vara larga —que vendría a ser un palo— que en la punta tenía un imán “muy poderoso”, decía él y cuando volvía a la casa, la vara se había convertido en una rama con una flor preciosa formada por tornillos, tuercas, bulones, monedas, chapitas, medallas, resortes, botones, hebillas, llaves, horquillas, de todo. A veces me llevaba con él y yo me pegaba cada susto cuando de golpe el imán atraía algo grande que venía volando y se pegaba a las otras cosas con un “clang”. Yo entendía lo que pasaba porque el abuelo me había contado lo que hacía el imán. Me habló de los polos magnéticos y me había enseñado a hacer unos dibujos —que me sorprendían por lo lindos que me salían— poniendo sobre un papel un poco de “limadura de hierro” —que es un polvito negro que queda después de limar hierro, que es un metal— y pasándole de cerca un imán de acá para allá.

Una cosa que hacía el abuelo Máximo cuando andaba con el submarino por todo el mundo, y que yo no estoy muy segura de si estaba bien o no —me parece que no—, era llevarse sin permiso  —que quiere decir como robar, por eso—  piedras, cacerolitas, huesitos de momias —que son gente muerta y re seca—. polvitos y otras cosas de cada ciudad de esas tan antiguas que ya no vive nadie y que a veces aparecen de sorpresa si a alguien se le ocurre hacer un pozo o plantar algo. De cada lugar al que llegaba, si podía esconderlo, traía algo. Una de esas cosas, un polvito amarillo que se llama óxido de uranio, usó también para lo de la calefacción en el Reactor de Fisión Nuclear, que no es lo mismo que Reactor de “Fusión” Nuclear —me explicó él— pero la verdad, no me acuerdo bien por qué.

Eso del accidente con el submarino pasó antes de que yo naciera, pero al abuelo Máximo le duraba la cara seria. “Cara de culo” —decía mamá—. Por eso, a la gente le daba un poco de miedo, mi abuelo. Pero a mí, no. Me daba lástima que estuviera triste. Así que, una vez que fui a jugar a la casa de Xiomara Pérez Harris, y vi que su abuelo ̶  ¡que vive con ellos!  ̶  se reía como loco mirando la televisión, pensé qué bueno que mi abuelo Máximo se riera así. Y le pregunté qué miraba porque yo no conocía ese programa y encima, no tenía colores. Todo en gris. Me dijo que eran “Los tres chiflados” mientras se agarraba la panzota y se despatarraba a las carcajadas en el sillón porque un viejo le pegaba en la cara a otro con una torta de crema.  A mí me pareció un poco tonto, pero si lo divertía tanto a ese abuelo, a lo mejor al mío también. Así que, tuve una idea fantástica: le pregunté al abuelo de Xiomara Pérez Harris en qué canal y a qué hora estaba ese programa y al día siguiente… ¡Chachá, cha cháaan! Le dije al abuelo Máximo que tenía una sorpresa, lo llevé de la mano y lo senté frente al televisor. Nunca me imaginé lo que iba a pasar, pero la abuela Lili, papá, mamá, y mi otra abuela, Renata, me aseguraron que había hecho muy bien porque en algún momento el abuelo se iba a morir, como se muere todo el mundo  —por suerte, yo, todavía no, falta muchísimo— y qué mejor que morirse de la risa.

La abuela Lili no lloró mucho, pero yo creo que eso era cuando yo estaba con ella. Seguro que cuando se quedaba sola no podía parar. Yo le miraba los ojos para ver si se le ponían rojos, como a mí. Pero no. Será porque yo lloraba a cada rato. Cuando era más chica, claro. Pero Lili los tenía preciosos, como siempre, como un cielo de día pero lleno de estrellas. Como los de mi papá, pero más lindos, todavía. La verdad es que la extraño mucho y a veces pienso si me hubiera gustado irme con ella. Tan feliz, se iba. “Al fin partimos”, gritaba asomada a la ventana del living. Fue un despegue perfecto, lo pude ver porque cuando el temblor se hizo muy fuerte me solté de su mano y salí corriendo para la calle, igual que habían hecho todos los demás. Y las vi subir. Me quedé llorando parada en la vereda de enfrente porque me hubiera gustado acompañarla. Pero no, si no iban también mi mamá y mi papá. Y menos mal, porque a la abuela Lili no la vimos más.

Le insistí tanto a mi papá para que me llevara al Tigre, a la calle Maple, porque estaba segura, segurisisisíma de que la casa y Lili estaban allá. Pero, no. Tal vez se perdió, porque mi abuela Lili es un poco despistada —como dice siempre mi papá—. Y la casa no tiene GPS, aunque su auto sí, pero ése no se lo llevó.

La policía dijo que todavía no habían podido identificar la causa de la explosión, y menos porque no quedó nada de nada. Pero yo vi la nube amarilla de la “propulsión” debajo de la casa  —que quiere decir que la empujaba para arriba—.  La misma que se hacía en chiquito en el reactor del abuelo. Ése que había fabricado con todo el metal que juntaba y que usaba para lo de la calefacción junto al polvito amarillo que había traído —sin permiso—   de Oklo, un lugar en el África.  África es un continente que está enfrente del nuestro y donde viven los leones, los pigmeos y las jirafas. Oklo —lo busqué en Wikipedia y en Google Earth—  es un lugar donde hace muchísimos años, tenían calefacción sin necesidad de estufas ni nada.

Los de la banda, que habían salido corriendo antes que yo, y los vecinos, que habían salido a espiar, afirmaban que se las chupó un OVNI. Así que ahora todas las noches anda gente ida y vuelta por la cuadra con largavistas, cámaras, máquinas que hacen sonidos, velas, linternas, fotos, panchos, facturas, helados… Uno tiene una App en el celu que repite todo el tiempo “itigoujoum, itigoujoum”.

Al principio yo le quise explicar a mi papá que la culpa la tuvo el abuelo Máximo,  aunque fuera sin querer. Pero papi me miraba con lástima —y los ojos bastante rojos—, me acariciaba la cabeza y me decía:

— Pero, no, Clarita, seguro que la abuela se olvidó de apagar la hornalla. O algo así. Mi mamá fue siempre bastante despistada.

Y dale con eso. Así que no insistí más. Lo que pasa es que cuando el abuelo se ponía a contar sobre sus viajes o a explicar sus inventos y teorías, mi papá y mi mamá ponían los ojos en blanco y no escuchaban nada. Pero yo, sí. Y Lili, también. Creo. Por lo menos, me sentaba a upa y las dos le prestábamos atención. Lili, con una sonrisa. Y yo, con la boca abierta. Una vez papá me dijo:

—Clari, no creas todo lo que cuenta el abuelo. Siempre inventó cosas, y ahora que está viejo, peor.

Pero él, qué sabe. No escuchaba. Además, Lili me dijo que cuando sus hijos eran chicos, el papá, mi abuelo, estaba siempre ocupado. O no estaba. Porque como ya lo dije, mi abuelo era marino, ¡submarinista! y se iba de viaje por muchos meses. Por trabajo, claro.

Lili decía que lo extrañaba un montón. A mí me parece que se amaban en serio. Con amor, amor. A él, cuando la miraba, le cambiaba la cara de malo por una un poco boba. Aunque yo los escuché a papá y a mamá decir que Lili le seguía teniendo un rencor  —lo que significa que algo de rabia, tenía—. Y eso era porque después del accidente el abuelo no podía ver ni oler el mar ni de lejos. Y tampoco los ríos. Menos que menos, los del Tigre, donde hay tanta agua. Pero Lili, había vivido en el agua. Aparte de las clases, competía en natación y en remo, salía a correr por el Paseo Victorica, hacía Yoga y Tai Chi Chuan en la punta del muelle del Puerto de Frutos, meditaba en la placita frente al Museo Naval  —ahí fue donde se conocieron— . Él era re lindo, aunque el pelo aplastado y el bigotito de las fotos, se ven un poco raros. Y ella, preciosa. Cada vez que miro sus fotos me la imagino vestida de Cenicienta, con el traje de fiesta. La cara, igualita. Bueno, sigo. Cuando se casaron, compraron la casa de la calle Maple  —que quiere decir “Arce”, que es un árbol muy lindo que en otoño se pone rojo, rojo—. La calle era cortita, y cortada, y estaba en medio de lo que Lili llamaba “La Isla”, porque estaba rodeada por tres ríos, el Tigre, el Luján y el Reconquista. La casa estaba al fondo de la cortada. En el frente tenía un pico, como un triángulo, con la ventana del altillo arriba de todo, y que fue lo que hizo que algunos que no creían en los OVNIS pensaran que despegaba un cohete, el día que se fueron.

Cuando el abuelo volvió de Mar del Plata, aquél día que terminó en el asado de Playa Grande, no quería ni entrar a la casa. Se ponía a temblar si pensaba que podía venir la Sudestada. Así que se quedó en un hotel en pleno Centro de Buenos Aires y le dijo a Lili que se tenían que mudar.  Sí, o sí. Lili, lloraba y lloraba. Finalmente, el abuelo la convenció prometiéndole que iba a comprar un terreno e iba a llevar la casa completa, parte por parte, pieza por pieza. Eso hizo, y se mudaron a Villa Ballester, donde había muchos alemanes, como ella. En realidad, Lili no se llamaba Lili, sino Elizabeth. Y no era alemana, sino rumana, pero como a mi bisabuela  —que vendría a ser la mamá de mi abuelo Máximo—  le costaba pronunciarlo, mi abuelo le cambió el nombre por Lili y así le quedó. Y como la mayoría de la gente no sabía qué era Rumania ni dónde quedaba, ella les dejó creer que era alemana. Y, chau. Villa Ballester tenía muchos jardines, y una linda plaza. Pero nada de agua. En realidad, agua sí. Había unas piletas de natación enormes, pero el abuelo no quería que se mostrara en malla ahí. Así que Lili se quedaba en la casa. Cuando murió el abuelo, ella quiso vender y volverse al río. Pero mi papá, mi mamá, los tíos y las tías, le dijeron que no le convenía, que iba a estar muy lejos de todos nosotros. Y entre ellos, les escuché decir que estaba chiflada. Así que se quedó. Y yo sé que se aburría muchísimo. Cocinaba. Fue a tomar un curso de Macramé, hizo Spinning, Zumba, Tango, Danza Española. Pero no había caso. Extrañaba.

Limpiaba sobre lo limpio. Barría la vereda, pasaba el trapo. Hasta que un día, empeñada en hacer brillar su casa, con el tacho de basura, la escoba, el escobillón, el cesto de la ropa, se puso a jugar. Sin querer, hizo no sé qué movimiento y le pareció que el sonido era divertido. Así que como estaba sola se puso a bailar y golpear con todas esas cosas y como le divirtió un montón, lo siguió haciendo todos los días. Cuando yo iba a bañarme, a cenar y a dormir a su casa, a la mañana siguiente las dos bailábamos por todos los cuartos haciendo sonar y repiquetear todo lo que encontrábamos. Lili, hasta se acordaba de lo que habíamos hecho el día anterior, así que inventó una manera de anotarlo, porque música, no sabía. Yo no les conté nada a mis papás, porque seguro que iban a pensar que estaba más loca, todavía, y capaz que no me iban a dejar ir más.

Un día, estábamos en ésa, bailando y haciendo sonar muebles, escobas y cubiertos, cuando sonó el timbre. Era un hombre vestido de rojo que preguntó quién estaba haciendo percusión.

—Nadie —dijo mi abuela con cara de nada.

Yo traté de imitársela, pero parece que no me salió porque el hombre me miró a mí y me dijo:

—Linda, ¿quién estaba haciendo percusión?

Como el de rojo era muy lindo, y parecía muy simpático, le contesté la verdad:

—Nosotras.

Se nos quedó mirando con la boca abierta, hasta que se dio vuelta y gritó:

—Muchachos, ¡increíble! ¡Vengan a escuchar esto!

Y de un camión rojo que estaba estacionado enfrente de la casa y que tenía pintadas unas palabras en amarillo que decían “Rataplunes de Fuego”, empezaron a bajar otros vestidos también con esos enteritos rojos y se metieron en la casa.

Lili parecía preocupada. Y yo estaba muerta del susto. Nos pidieron que hiciéramos lo del baile y las escobas, pero nos daba vergüenza. Además, yo estaba segura de que nos iban a asaltar, aunque capucha, no tenían. Después Lili me confesó que en un momento sospechó que los había mandado alguna de sus nueras para tener pruebas de que había que meterla en un loquero. Pero no, eran músicos de verdad. Cuando al final la convencieron a Lili y les mostramos cómo jugábamos, los hombres ésos se quedaron anonadados  —que quiere decir agradablemente sorprendidos—. Le preguntaron cómo hacía para lograr esa energía y la abu les contó que antes de empezar a bailar y repiquetear, pensaba muy fuerte en un deseo, en algo que le gustara mucho. Y ya estaba. Le salía solo. —A mí ya me lo había enseñado y yo casi siempre elegía lo de desabochornar al abuelo —.

Cuando escuchó eso, el director  —que vendría a ser el jefe de la banda—  les dijo a los otros músicos:

—Muchachos, ¡ése es el secreto! ¡Tanto que lo buscamos!: Hay que tener una intención, ¡un fuerte deseo que cree energía!

Después, cuando vieron las anotaciones de Lili, le dijeron directamente que era una genia. Que entre eso, y el sistema de señas para dirigir la banda que habían inventado ellos, íbamos a tener tanto éxito que los sponsors se iban a pelear por tenernos. Le pidieron que se uniera a ellos. Y a mí, también, porque iba a ser su mascota  —y además, porque bailo y canto muy bien—. A Lili le parecía loquísimo, pero al final, la convencieron. ¡Y ahí empezó la etapa más divertida de mi vida! Dos o tres veces por semana, yo me iba a bañar, a cenar y a dormir con Lili, pero en realidad, ensayábamos con la banda de percusionistas en el living enorme de la abuela.

En eso estábamos una noche cuando la casa empezó a moverse un poquito. Al principio, no me di cuenta de lo que era, pero cuando empezó a hacer demasiado calor, le dije a Lili:

—Abu, la calefacción.

—Qué, mi vida— me dijo mientras le daba al tacho de basura con todas sus ganas.

—Que la calefacción, parece que se encendió.

—Oh, no importa… después lo arreglamos.

Pero no nos dio el tiempo. El abuelo Máximo se habría sentido re orgulloso por su reactor. Respondió al calor humano maravillosamente. Pero se le fue un poco la mano. Así que no sé por qué, quizá por tanta transpiración, pero se encendió también la propulsión y ahí fue cuando la banda entera se escapó dejando en la casa todos los instrumentos. Como Lili seguía tan contenta y fue a asomarse a la ventana, yo primero me agarré fuerte de su mano y con la otra saludé también. Creía que ni por un invento de mi abuelo ni en la compañía de mi abuela, me podía pasar nada malo. Pero después pensé en mi papá y en mi mamá, y me puse a extrañarlos tan fuerte que la solté a Lili y salí corriendo.

Estuve pensando que quizá, cuando sea grande, voy a ser percusionista. O si no,  investigadora y científica. Investigadora, para encontrar a ese tonto del vigía y que confiese que la culpa del accidente la tuvo él. Y científica, para seguir con los inventos del abuelo porque estoy segura de que Lili está en alguna parte. El otro día, fue Nochebuena, y lo prometo  — porque no se debe jurar—  que las vi pasar.  Se lo dije a mi primo Juan Pedro y me contestó:

—Boluda, son globos de papel ¿no ves?

Estúpido. ¡Qué me importa! Yo sé que si estudio mucho, la voy a encontrar.


Esta historia está basada en varios hechos reales:

1) Lanzan en Estocolmo un Sistema de Calefacción Humana. http://actualidad.rt.com/ciencia_y_tecnica/medioambiente_espacio/issue_8481.html

2) Vestigios de reactores nuclearesde casi dos mil millones de años de antigüedad fueron encontrados en África durante los años 70.
http://observatorio.info/2005/02/oklo-antiguos-reactores-nucleares-africanos/

3) http://es.wikipedia.org/wiki/Reactor_nuclear

4) Accidentes marítimos:
http://www.histarmar.com.ar/AccidentesNavales/UnSalvMemorable.htm
En este caso, estuve buscando información sobre un hundimiento del que se hizo responsable a una persona que conocí hace unos años. Pero… cero información. Bochorno ocultado. Así que me vino muy bien éste de la Armada Norteamericana, ya que sobre pilotear submarinos, yo no sabía nada.

5) Un Domingo por la noche fui al Anfiteatro de Tigre a ver un show de “La Bomba del Tiempo” y… ¡Eureka! Ahí encontré el medio por el cual iba a poder generar un poderoso calor humano.

Por lo demás, todos los personajes y los hechos son ficticios.

b) El origen:


Un compañero de Blogs de la Gente, José Luis Bethancourt, me llamó a mediados de Enero pasado para invitarme a unirme al grupo “Piso Trece” y me envió el email de aquí abajo en el que me explica el origen de la historia que terminó siendo un desafío para muchos escritores. Me sentí muy halagada con la propuesta y aunque al principio me sentía un poco temerosa por tener que escribir “por encargo”, me alegra muchísimo haber aceptado  ya que disfrute de todo el proceso: gestión de la idea, investigación y escritura.


Si no tienen ganas de leer todo lo de abajo el asunto es así: Parece que un tal Mr. Burbick se prensentó ante un editor para pedirle que publicara su libro que contenía catorce cuentos con sus correspondientes catorce ilustraciones. Al editor le gustaron tanto las ilustraciones que le pidió que le trajera los cuentos, pero Mr. Burbick, aunque se fue saltando en una pata y se comprometió a volver al día siguiente con tutt’i le fiochi, desapareció y nunca más se supo de él. No sabemos si en realidad era tímido, un vago, un ladrón de propiedad intelectual, o si la historia es completamente falsa. De todas maneras, desde entonces, mucha gente se puso a escribir relatos sobre esas imágenes, incluyendo a Stephen King. Yo tuve el honor (o qué sé yo) de que me propusieran escribir la misma historia que él, mejor dicho, otra historia basada en la misma imagen y el mismo epígrafe. A raíz de la suya, hubo una película. De la mía, todavía no. :)

La invitación que recibí de José Luis y su explicación:


La idea básicamente es escribir un cuento inspirado en la imagen e incluir dentro del texto el epígrafe de la misma. La extensión y el tema es libre.

LA CASA DE LA CALLE MAPLE. (el epígrafe dice: “Fue un despegue perfecto”)

Chris Van Allsburg es un escritor e ilustrador estadounidense, nacido en 1949, que publicó el curioso libro “Los misterios del señor Burdick”. El volumen se halla compuesto sólo por 14 imagenes acompañadas de un título y una línea que sugiere una historia. Además un pequeño prologo a manera de historia en la que explica el apócrifo origen del libro.

Son muchos los escritores que han cedido frente a este libro y creado historias que expliquen el significado de las imágenes. Stephen King en su colección de relatos “Pesadillas y alucinaciones” incluye “El despegue de la casa de la calle Maple”, una de sus mejores historias, basado en la última de las laminas presentadas.

Como escritor amateur se me propuso participar en un juego literario usando una de las imágenes para crear una historia. Ha sido mi mayor desafío y lo he disfrutado muchísimo. Varios colegas ya han hecho su presentación en el juego y son maravillosas historias que recomiendo que lean.

http://historiasenelpiso-trece.blogspot.com/2011/11/bienvenidos.html es el blog que contiene estas historias y navegando en la columna que dice “Archivo del blog” podrán conocer estas historias.

Pero es importante que antes lean el contenido del prólogo del libro que servirá para abrir su apetito literario y vean porque es tan atrayente para quienes nos gustan escribir y que es el siguiente:

La primera vez que vi los dibujos de este libro fue hace un año, en la casa de un hombre llamado Peter Wenders. Aunque el señor Wenders ahora está jubilado, en otro tiempo trabajó para un editor de libros para niños, seleccionando las historias y las imágenes que luego se convertirían en libros.

Hace treinta años llegó un señor a la oficina de Peter Wenders presentándose con el nombre de Harris Burdick. El señor Burdick le contó que había escrito catorce cuentos y dibujado muchas ilustraciones para cada uno de ellos. Había llevado un solo dibujo de cada cuento para ver si a Wenders le gustaba su trabajo.

Peter Wenders quedó fascinado con las ilustraciones. Dijo a Burdick que le gustaría leer los cuentos lo antes posible. El artista quedó en llevárselos al día siguiente por la mañana y dejó los catorce dibujos con Wenders. Sin embargo, no regresó al día siguiente ni el día después de ese. Nunca más se volvió a oír de Harris Burdick. A lo largo de los años, Wenders trató de averiguar quién era Burdick y qué le había sucedido, pero no pudo descubrir nada. Hasta la fecha, Harris Burdick sigue siendo un misterio absoluto.

Su desaparición no es el único misterio que dejó. ¿Qué historias acompañaban estos dibujos? Hay algunas pistas. Burdick había escrito un título y un epígrafe para cada ilustración. Cuando le comenté a Wenders cuán difícil era mirar las imágenes y sus epígrafes sin imaginar un cuento, él sonrió y salió de la habitación. Regresó con una caja cubierta de polvo. Contenía docenas de historias, todas inspiradas por los dibujos de Burdick. Habían sido escritas hacía años por los hijos de Wenders y sus amigos.

Pasé el resto de la visita leyendo estas historias. Eran notables, algunas extravagantes, otras divertidas y algunas francamente espeluznantes. Con la esperanza de que otros niños sean nuevamente inspirados por los dibujos de Burdick, los reproducimos aquí por primera vez.

Chris Van Allsburg”

Mi Manifiesto para el 2011


//

Me manifiesto a favor, absoluta e indudablemente, a la exigencia de Santa:
Argentina pide BASTA
La tolerancia no aplica en algunos casos, pero aún así, la violencia no se justifica en ninguno. ¿Cómo hacer para salir del caos? ¿Cómo hacer para verlo y reconocer que existe? ¿Cómo hacer para arrancarnos la indiferencia? ¿Cómo hacer para dejar de pensar que lo malo les pasa sólo a los otros? ¿Cómo hacer para desechar la creencia de que “el Universo nos debe” aunque no hagamos ningún o poco esfuerzo? ¿Cómo hacer para no creer que somos más que otros y nos merecemos todo? ¿Cómo hacer para desterrar la idea de que no somos nadie y no nos merecemos nada? ¿Cómo hacer para no tentarnos con eso del “da igual, ya que estamos”? ¿Cómo hacer para dejar de suponer la vida de los otros?

Estoy convencida de que el primer paso y quizá, pueda afirmar que el “imprescindible”, es empezar por casa. En lo chiquito, en nuestra familia, en nuestros amigos, en nuestras relaciones. En abrir el diálogo, en abrir las orejas, en escuchar y lograr hacernos escuchar. En poner y ponernos límites basándonos en el respeto. Lo que podamos. Tratando de dar un paso, y otro más.

Por eso, en este comienzo de un nuevo año, voy a brindar. Sí, cómo no, y con alegría. Voy a brindar por los míos, por mis seres queridos y por los que lo fueron. Y voy a brindar por mi país, por mi PATRIA. Por poder recuperar el orgullo de decir “SOY ARGENTINA” y la confianza en la creencia de que vamos a lograrlo, aunque sea un poquito. Y voy a brindar por los afectos, porque ahí empieza todo. Y para celebrarlo, quiero compartir con ustedes este poema que para mí, línea por línea, es un manual de instrucciones para avanzar por la vida y una guía para educar a quienes nos siguen.Para ustedes, con mucho amor, cariño, respeto, abrazos, caricias y besos, según corresponda.

Ana Gambutti

ana@analatana.comana@digitana.com.ar

www.analatana.comwww.digitana.com.ar
Tigre, Buenos Aires, Argentina
Tel.: 4897-6422 – Cel.: 11-3378-1505

Un link a YouTube, donde está muy bien recitado:http://www.youtube.com/watch?v=P6EA03yPPKI

COMO HACERTE SABER…
Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno solo tiene que buscarlo y dárselo.Que nadie establece normas salvo la vida.
Que la vida sin ciertas normas pierde forma.
Que la forma no se pierde con abrirnos.
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente.
Que no está prohibido amar.
Que también se puede odiar.
Como hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida!…
Que el odio y el amor son afectos.
Que la agresión porque sí, hiere mucho.
Que las heridas se cierran.
Que las puertas no deben cerrarse.
Que la mayor puerta es el afecto.
Que los afectos nos definen.
Que definirse no es remar contra la corriente.
Que no cuanto mas fuerte se hace el trazo mas se dibuja.
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio.
Que negar palabras implica abrir distancias.
Que encontrarse es muy hermoso.
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida.
Que la vida parte del sexo.
Que el por qué de los niños tiene un porque.
Que querer saber de alguien no solo es curiosidad.
Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana.
Que nunca esta de más agradecer.
Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo.
Que nadie quiere estar solo.
Que para no estar solo hay que dar.
Que para dar debimos recibir antes.
Que para que nos den también hay que saber cómo pedir.
Que saber pedir no es regalarse.
Que regalarse es en definitiva no quererse.
Que para que nos quieran debemos mostrar quienes somos.
Que para que alguien sea hay que ayudarlo.
Que ayudar es poder alentar y apoyar.
Que adular no es ayudar.
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara.
Que las cosas cara a cara son honestas.
Que nadie es honesto porque no roba.
Que el que roba no es ladrón por placer.
Que cuando no hay placer en hacer las cosas, no se esta viviendo.
Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte.
Que se puede estar muerto en vida.
Que se siente con el cuerpo y la mente.
Que con los oídos se escucha.
Que cuesta ser sensible y no herirse.
Que herirse no es desangrarse.
Que para no ser heridos levantamos muros.
Que quien siembra muros no recoge nada.
Que casi todos somos albañiles de muros.
Que sería mucho mejor construir puentes.
Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve.
Que volver no implica retroceder.
Que retroceder puede ser también avanzar.
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol.
Como hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida!…

Mario Benedetti

Serias reflexiones infantiles (que nos hacen morir de risa).

Ojalá hubiera anotado todo todas las veces que me dije: “¡Esto tengo que guardarlo!”. La memoria no me falla sólo a mí. Hoy lo pude comprobar cuando empecé a llamar a amigos/as y parientes para que me ayudaran a refrescarla: “¿Te acordás del comentario que hizo tu hijo aquel día que estábamos en… y pasó tal cosa… y él… y que nos hizo matar de risa?” “Mmmm… síii, ¿cómo era?” De todas maneras, dejé picando la inquietud con una invitación para que en caso de que se les hiciera la luz, me llamaran, me escribieran, me contaran, me comentaran y aportaran a esta recopilación de pensamientos, reflexiones, conversaciones, conclusiones, confusiones, percepciones, interpretaciones, acciones, actitudes, disparates y genialidades con que cada tanto nos divierten esos locos bajitos, nuestros y ajenos. Los invito a ustedes también a que participen y dejen sus anécdotas. Les aclaro que la intención no es acumular comentarios, sino compartir la risa o la sonrisa espontánea que, por lo menos a mí, me provocan esas cosas de chicos con su inocencia y razonamiento todavía no condicionados.

Estos son algunas de las muestras que me fueron viniendo in mente, gráficas y en relatos. Espero poder aportar más. Los actores son hijos, sobrinos, hijos de amigos, nietos. Algunos ya son adultos, otros son niños ahora. El orden es por aparición espontánea:

• Axel. 1º Grado. Cuaderno de Catequesis.

Una madre, es una madre. Y punto.

• Gabriel. Tres años y un poco más, un poco menos .

  • ¡Pobre Gloria!

Habíamos ido a presenciar un acto escolar en la escuela de su hermano mayor. Empezó a sonar el Himno Nacional, todos nos paramos y como siempre, tratamos de entonarlo como podíamos. Cuando terminó el estribillo, Gabriel me tiró de la mano y cuando me agaché para escucharlo me preguntó: “Mamá, ¿de qué se murió Gloria?”

  • Súperman. Un amigo incondicional.

En las largas tardes de Club, los chicos desaparecían en el parque jugando a mil cosas, pero cada tanto aparecían a pedir “un marrón” para comprarse “algo” en el quiosco. Era tan común eso de: “Me comprás algo” que una empresa, no recuerdo cuál, había sacado una golosina con el nombre “Algo”. Mis hijos no eran la excepción con la cantinela, pero Gabriel tenía una variante porque sentía una especial predilección por los chicles. Al punto de que lo he encontrado masticando algunos ¡usados y descartados! que recogía del pasto. Puajjjj…

Una tarde vino por enésima vez a pedir un marrón. Ya había recibido muchos “NO” como respuesta y esta última vez le pregunté para qué quería la plata. Me contestó:

—Para jugar a Zúperman— (Era ceceoso)

—¿Y para qué quiere Súperman un marrón?

—Para comprarse chicles.

  • Ponciarello.

Gaby era fanático de la serie Chips. En realidad, más que nada de Ponciarello. Cuando cumplió dos años le regalamos un triciclo con forma de moto y estaba tan contento que por la mañana lo encontré en la cama durmiendo abrazado a él. También tenía un casco de plástico, un revolver y no sé qué más. Cuando me llamaba “¡Má!” y yo le contestaba “Qué, Ga” me retaba “No, decime Ponch”.

Un día escucho el “¡Má!” y cumpliendo con su pedido le contesté “Qué, Ponch”. Pero me dijo: “No, ahora decime Gaby que tengo que ir a hacer caca”.

• Guillermo. Tres años.

  • El mural.

Hacía poco que habíamos vuelto a pintar de blanco el cuarto de Guille para tapar la enorme y colorida cancha de tenis que él había dibujado en la pared. Por esa acción había despertado obviamente nuestro enojo y había recibido de ambos padres retos, diatribas, penitencias, amenazas, aunque él parecía temerle más al padre, si es que le temía a alguien. Una tarde entro en su cuarto y ¡qué veo! Otra cancha de tenis. Ahh… lo quería estrangular, zarandear, encerrar… Con lo que quiero, admiro y me divierto con ese chico ahora (hombre, bah) en esa etapa lograba despertar mis más asquerosos instintos maternos asesinos. Pasada la tormenta del primer momento, preparaba la cena mientras reflexionaba sobré qué hacer con él. Guille se había sentado con unos juguetes en el piso de la cocina y en un momento me dijo: “Má, no le digas vos a papá lo que hice. Yo le quiero contar”. “Bueno, está bien”.

Al rato, escuchamos la llave en la cerradura de la puerta de entrada y él salió corriendo para allá. Escuché que preguntaba: “Papá, ¿por qué a mí nadie me compra papel para dibujar?” Azorada, salí de la cocina para ver qué pasaba y los veo pasar, él llevándolo al padre a la rastra mientras le decía: “Vení, mirá lo que tuve que hacer”

• Gonni. Tres o cuatro años…

  • Temperatura.

Un grupo de amigas estábamos jugando a las cartas en el comedor del Club. Gonni, hijo de una de ellas, había pedido de tomar la leche y se había sentado solito y compuesto en una mesa al lado nuestro a esperarla. El mozo le trajo la chocolatada y un tostado de jamón y queso. En eso pregunta, apoyando la palma de una mano en su frente:

—Mamá, ¿yo tengo fiebre?

La madre tiró las cartas sobre la mesa y de un salto estaba encima de él toqueteándole la cabeza.

—¿Por quéee? ¿Qué te pasa?

—Es que hay olor a quemado…

• Fernando. Seis o siete años.

  • Incógnita puntual.

—Mami, ¿sobre la cabeza de quién cayó la bomba de Hiroshima?

(Fernando es hijo de otra amiga. Desde chiquito leía mucho e investigaba todo. Y hacía las preguntas más locas)

• Alicia. Segundo grado.

Cuaderno de clase. Frase del día:


—————————————————————————–

Bueno, hasta acá llegué hoy. Quizá, tenga más anécdotas de unos que de otros, pero la cuestión es que hay distintas personalidades de personas que provocan situaciones humorísticas. Algunos son personas de respuestas rápidas e ingeniosas que desde chiquitos me han hecho y me hacen desternillar de risa. Ellos mismos se ríen con muchas ganas. Hay otros que son inconscientes de que están provocando una situación graciosa y suelen tener la cabeza en las nubes, inmersos en su abstracción. Y suelen reírse de las gracias de los demás. Otros, que no están buscando hacer reír, pero las soluciones que encuentran para zafar de cualquier inconveniente pueden provocar por un lado un ataque de furia, pero por otro, la risa y el disimulado festejo, también.

Me encantaría que aportaran sus pequeñas historias. Si alguien no se anima, me las puede mandar por mail y las subo yo.

Gracias a todos y feliz día para todos sus niños.

“Vincent”. Para mis amig@s.

Esta canción es una de mis preferidas y en este video, acompañada por las imagenes de los cuadros, es una maravilla. La quiero compartir con mis amigos, reales y virtuales, y espero que les guste tanto como a mí.

Imagen de previsualización de YouTube

Vincent, Don McLean (original y traducción):

Starry, starry night.
Paint your palette blue and grey,
Look out on a summer’s day,
With eyes that know the darkness in my soul.
Shadows on the hills,
Sketch the trees and the daffodils,
Catch the breeze and the winter chills,
In colors on the snowy linen land.

Now I understand what you tried to say to me,
How you suffered for your sanity,
How you tried to set them free.
They would not listen, they did not know how.
Perhaps they’ll listen now.

Starry, starry night.
Flaming flowers that brightly blaze,
Swirling clouds in violet haze,
Reflect in Vincent’s eyes of china blue.
Colors changing hue, morning field of amber grain,
Weathered faces lined in pain,
Are soothed beneath the artist’s loving hand.

Now I understand what you tried to say to me,
How you suffered for your sanity,
How you tried to set them free.
They would not listen, they did not know how.
Perhaps they’ll listen now.

For they could not love you,
But still your love was true.
And when no hope was left in sight
On that starry, starry night,
You took your life, as lovers often do.
But I could have told you, Vincent,
This world was never meant for one
As beautiful as you.

Starry, starry night.
Portraits hung in empty halls,
Frameless head on nameless walls,
With eyes that watch the world and can’t forget.
Like the strangers that you’ve met,
The ragged men in the ragged clothes,
The silver thorn of bloody rose,
Lie crushed and broken on the virgin snow.

Now I think I know what you tried to say to me,
How you suffered for your sanity,
How you tried to set them free.
They would not listen, they’re not listening still.
Perhaps they never will…

Traducción:

Noche estrellada
Pinta de azul y gris tu paleta
Escruta un día de verano
Con ojos que conocen la oscuridad de mi alma.

Sombras en la colina
Esboza árboles y narcisos
Captura la fría brisa del invierno
En colores sobre la tierra de lino nevada

Noche estrellada
Luminosas flores de brillante resplandor
Torbellino de nubes en la niebla violácea
Se reflejan en los ojos de Vincent de porcelana azul
Los colores cambian de matiz
Campos matutinos de trigo ámbar
Rostros curtidos por el dolor
Aplacado por la tierna mano del artista
Ahora comprendo
Lo que tratabas de decirme
Y como sufriste por tu lucidez
Y como trataste de liberarles
No escucharon, no sabían como
Tal vez escuchen ahora.

Pero no sabían quererte
Aún así tu amor era sincero
Y cuando no te quedaba esperanza
En esa noche estrellada
Te quitaste la vida como suelen hacer los amantes

Yo podría haberte dicho, Vincent
Que este mundo no se hizo
Para alguien tan bello como tú
Como los extraños que conociste
El harapiento de andrajosa vestimenta
Espina de plata, una sanguinolenta rosa
Yace aplastada sobre la impoluta nieve
Creo que ahora sé
Lo que intentaste decirme
Como sufriste por tu lucidez
Y como intentabas liberarles
No te escucharon
Aún siguen sin escuchar
Y tal vez nunca lo hagan.

“Creo que ahora comprendo lo que intentabas decirme…”

Queridos amig@s, espero tener ahora y para siempre el corazón y la mente abiertos para comprender. Antes.

Gracias a tod@s.

Ana

Einstein, el Pucará y la pavota.

Ir al Índice de este blog –>

Para mi amiga Irene, ella sabe por qué.

Semana Santa, 1991.

Me pregunto si en esa época era feliz. No me acuerdo. Fueron tantos los períodos de alegría y plenitud y tantos también los de tristeza y amargura que con los años los límites entre unos y otros se fueron desdibujando. Mirando las fotos de ese fin de semana creo que puedo asegurar que tenía la sonrisa en los ojos, lo cual me provoca una sonrisa ahora. En realidad, cada vez que recuerdo ese viaje termino riéndome sola, otra vez de mí misma, pero con benévola auto simpatía ya que estoy convencida de que la responsable de lo que me sucedió fue la mismísima relatividad.

De lo que sí estoy segura es que durante ese viaje lo pasé muy bien. Fuimos a Salta y Jujuy por el fin de semana largo y nos dedicamos a recorrer los alrededores. Los dos detestábamos los tours organizados así que el primer día contratamos un taxi para ir a Cafayate, la cual fue una muy buena idea ya que el conductor resultó ser un espontáneo y excelente guía de turismo. Nos hubiéramos quedado de todas maneras con la boca abierta frente a esos paredones de roca roja pero ayudó mucho que el hombre supiera ponerle nombre a cada forma. También, en el trayecto de ida y vuelta a través de campos sembrados de tabaco y hojas secándose al sol, nos contó sobre su vida y vicisitudes como peón tabacalero. Mientras él hablaba, desde el asiento trasero yo miraba su reflejo en el espejo retrovisor y pensaba “pobre tipo, lo que le debe doler ese absceso”. Hasta le di un codazo a mi marido mientras hacía gestos con mis ojos y cejas y señalaba disimuladamente con mi mentón hacia la mejilla abultada del taxista. Recién me avivé de lo que era el “Acullico” cuando al segundo o tercer día de nuestra estadía caí en la cuenta de que, o gran parte de la población del Norte Argentino sufría infecciones en la boca, o algo raro estaba pasando. Raro también fue lo que pasó con los loros. En el camino de ida atropellamos, o mejor dicho, se estampó solo contra el parabrisas, un loro verde y grande de los muchos que rondaban las hojas de tabaco y quedó ahí, despachurrado sobre la ruta bajo el sol de la mañana. A la vuelta, ya con las luces del atardecer, cuando pasamos por el mismo lugar se nos vino encima una bandada que nos acompañó a los gritos furiosos sobrevolando el auto por varios kilómetros. El comentario del conductor fue digno del Mendieta: “Se están vengando”. Ésta no es la anécdota que quería contar, pero muestra en cierta forma el estado de inconsciente ignorancia sobre ciertos temas en el que me encontraba ‘todavía’ en esa época, y también, mi grado de despiste.

Al día siguiente nos fuimos a Jujuy tomando el camino de montaña cubierto por una selva más tupida que la que conocí hace poco en Costa Rica. Ahora, a la distancia, cuando pienso en lo que pasó, refuerzo mi tendencia a la auto indulgencia porque, no me digan, había estado el día anterior en una de las zonas más áridas del planeta bajo un sol rajante y un cielo tan limpio y tan azul que no sólo me hacían escocer los ojos, sino también doler el alma por el impacto de esos colores y esos espacios. Nunca podría habérmelos imaginado sin conocerlos personalmente. Y, de haberlos imaginado seguro que habría pensado que no me iban a gustar, tan pelados. El camino de la selva es un camino de montaña, de cornisa, con un techo verde por el que pasan apenas los rayos de luz. El paisaje ameritaba una fotografía, así que nos bajamos del auto para sacarlas. Esta vez habíamos alquilado un coche junto con una pareja de amigos que encontramos en Salta y con los que decidimos hacer el viaje a la Quebrada de Humahuaca. Mi marido y yo posamos para la foto, cariñosamente abrazados, pero esta vez mi sonrisa creo que se ve un poco forzada porque yo estaba pensando en los pumas que me habían contado que abundaban por ahí. Mientras esperaba el disparo de la cámara pregunté sobre algo que me había llamado la atención desde que la selva se había empezado a poner cada vez más espesa: “¿Qué serán esos enormes copos blancos que se ven por todos lados? Parece nevado…” La imagen ésa salió un poco movida porque en el momento del click yo había empezado a pegar el salto para zambullirme de cabeza en el auto ya que la respuesta de nuestro amigo fue: “Telas de arañas”. No, ésta tampoco es la anécdota, pero muestra también que yo no tengo toda la culpa por haberme portado después como una pavota. ¡Qué caramba! ¡Tanto estímulo visual! ¡Tantas emociones! Por un lado, el viaje y las bellezas naturales. Por otro, el fin de semana sin los chicos y el estado de ensoñación que me provocaba la renovación de la pasión y el romance.

Esa mañana nos habíamos levantado muy temprano. Era sábado y yo quería hacer una compra antes de partir para la excursión porque había descubierto que en un negocio, justo enfrente del hotel, en una esquina de la ciudad de Salta, vendían un moisés plegable que había estado buscando para regalarle a una prima que acababa de tener un bebé. Yo lo había usado en su momento y me había resultado muy útil, pero se ve que con los años en Buenos Aires no lo vendían más. Así que no quería desperdiciar la oportunidad y cuando terminé de desayunar me crucé para tratar de averiguar el horario del local. No había ningún cartelito, así que le pregunté a un señor de mameluco que estaba de espaldas a mí limpiado los vidrios:

— Buenos días, señor, ¿usted sabe a qué hora abren?

Silencio…

— Señor, buenos días, ¿me puede decir a qué hora abren?

Nada…

Ya bastante molesta y pensando en lo mal educado que había resultado el tipo, le pegué en el hombro unos golpecitos firmes e indignados con mi dedo medio curvado, al mismo tiempo que levantando la voz le decía:

— ¡Señor!

El hombre se dio vuelta sobresaltado y para mi terrible vergüenza, me hizo señas de que no escuchaba mientras pronunciaba:

— Is-cul-pe.

De más está decir que volví al hotel con la cola entre las patas y sintiéndome una pelotuda. Y así me subí al auto, totalmente abochornada.

Por suerte, ese sentimiento se me fue pasando a medida que avanzábamos porque el descubrimiento de Purmamarca, Uquia con su Via Crucis de tapices de pétalos de flores, Humahuaca, y todo el largo de la Quebrada en sí, no dejaban mucho lugar en mi capacidad de absorción de tanta hermosura. Ésta no es una crónica de viaje, aunque aprovecho para contar lo que recuerdo y recomendar a los que no conocen esa parte de nuestro país que vayan, vale la pena, mucho. Digo “lo que recuerdo” porque pasaron muchos años desde que hice este viaje y lamentablemente no tomé notas, ni siquiera en las fotografías, cosa rara. Así que puede ser que mi información no resulte muy exacta y la que no preciso, es porque no estoy segura. Por ejemplo, el número de algunas rutas. Tampoco estoy muy segura de que el pueblo en el que vi el maravilloso Vía Crucis haya sido Uquia. Buscando en Google Earth, creo que lo reconozcí. Más abajo les muestro fotos.

La visita al Pucará de Tilcara la dejamos para la vuelta. Nos bajamos del auto sobre el final de la tarde y recorrimos el lugar. Dentro del Museo arqueológico, aunque no es muy grande, nos fuimos separando cada uno en lo suyo. Yo estaba sola, bueno, sola de marido y amigos pero rodeada de turistas y mirando a través de un vidrio una recreación de una escena de vida de los tilcaras cuando me di cuenta de que había algo fundamental que no sabía y que ni siquiera me había preguntado. Así que para subsanar esa falencia me dirigí a un señor que estaba sentado detrás de una mesita cerca de la puerta de entrada del salón:

— Buenas tardes, señor. ¿Qué quiere decir “pucará”?

— Fuerte.

— Pucará. ¿Qué quiere decir?

¡Fuerte!

¡Pucaráaa! ¡Que qué quiere deciiir!

¡FUEEERTEEEEE!!

¡QUE QUÉEEE QUIERE DECIR…!!!!!

Me cortó la frase mi marido que apareció atropelladamente por la puerta con nuestros amigos pegados a sus talones:

— Negra, ¿qué pasa? ¿qué pasa? ¿por qué le gritás al señor?

— Es que es sordo…

¡Más sorda será su abuela, colifata!

……………………………………………………………………………………………..

Galería:

Cafayate:

De Salta a Jujuy:

Telarañas.


Uquia:

Via Crucis 1

Sí, los diseños están completamente hechos con pétalos de flores frescas.

El Pucará de Tilcara:

Vista desde el Norte

De Google Earth