Nunca es tarde para volver a nacer





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A veces, nos hacemos la idea de que todo es terriblemente difícil, que la propia situación por donde surcamos, está lejos de ser cambiada, de ser un ángel con dos alas. Y de pronto, la realidad se encarga de posicionarnos delante de un espejo e idearnos débiles, hartos de morir, cansados de andar con piedras sobre los pies, cansados de “estar solos”, cansados de aferrarnos a una ilusión con calzado pero sin pies, y daríamos un puñado de vida a cambio de una esperanza que mantenga la llama viva del amor, de las fuerzas.
A veces, duele que la lluvia caiga lenta y rápidamente sin contemplación ni piedad de nadie, ¿y dónde quedaron las viejas promesas?, ¿y qué fue de ese pasado colmado de rosas y sueños?, ¿y dónde estará esa bella mujer con la sonrisa más tierna de la cuidad, o ese poeta de la vida que hablaba del precioso amor y la paz?.. ¿Y qué fue de todo lo que dejamos atrás?
Salís a caminar por la calle – para ahuyentar los fantasmas que viven en tu particular claustrofobia – y ves esos niños vestidos con remera rota y las manos sucias (que, al fin y al cabo, son el reflejo de su alma) pisando el asfalto y la vereda y sujetando con sus pequeños dedos el sueño de un mundo diferente, el breve pero gigantesco deseo de que todo algún día cambie. Tras de ellos, un viejo mendigo se recuesta como por última vez y suspira con lentitud, esperando despertar y verse contento de sí mismo, sentirse orgulloso de besar a sus hijos y a su esposa, de tener en los ojos, el brillo que le ha servido de utopía para andar hasta el día de hoy.
Pero el mundo gira como escaseando de piedad, como un tonto ignorante que sólo piensa en sí mismo y nada mas. Y podría despedazarse y hacerse añicos a un metro de tus pies, que no estarás sorprendido, ya te pasó una factura inteligente de desdicha. No te sorprenderías, por fin todo acabaría y lo haría de una única vez.
Pero hay algo distinto en el sonido de las campanas y en el aleteo diligente de las palomas… Pero ya viste esta función. Ya miraste a la derecha y observaste a los negociantes. Pero ya escuchaste las mismas mentiras. Pero ya sabés que es lo que exactamente sucederá. Entonces, te detenés en la acera y ves a los mismos muertos morir nuevamente, a los mismos farsantes ponerse en bota de otros y jugar al azar, ya observaste a los sordos, a los ciegos, a los mudos y a los estúpidos por elección. Ya compraste la entrada para este circo romano muchas veces y dentro de tu cabeza alguien relata la cuenta regresiva: – “Uno… dos… tres… ¡Ideologías de ocasión!”.
Algo debió cambiar, algo debe cambiar, algo suena distinto… Y quizá, siempre fue así, pero se nos mantuvo ocupado en creer que era imposible, que las utopías son razones para caer sucesivamente. Y los jardines no están marchitos, y esos victimarios fueron víctimas, y el que hablaba con fe murió completo; y resulta que nada está perdido, que lo que no pudo ser, es nuestro mejor maestro. Y que el ahora, es el mejor espacio para vivir (y cuando digo vivir, que no cuente el tiempo ni la muerte), y el presente lo es todo, y el futuro… ¡Nos espera gozante y esplendoroso!
Nunca es tarde para volver a nacer. Nunca es tarde para abrazar nuestros sueños, esos que sobrevivieron a tiempos de guerra por sí solos. Nunca es tarde para retomar las tareas que dejamos dormir en la vereda. Nunca es tarde para buscar el objetivo más grande: ser feliz. Nunca es tarde para aprender. Nunca es tarde para amar sin excusas ni condiciones ni prejuicios. Nunca es tarde para arriesgar. Nunca es tarde para saber perdonar o perdonarnos. Nunca es tarde para darse una nueva oportunidad. Nunca es tarde para verse alado y orgulloso, para extender los brazos y atrapar luciérnagas. Pero sí es tarde para negar el ahora, pero sí será tarde cuando hayas dejado para mañana todo lo que podrías haber hecho hoy.


“Nunca es tarde para verse alado y orgulloso, para extender los brazos y atrapar luciérnagas.”
No, nunca es tarde… te lo digo yo que tengo algo más que 18. Un abrazo amigo, seguí creyendo en tus sueños: SIEMPRE