DÍA DE MEMORIA – UN PENOSO EJERCICIO

Hoy 24 de marzo, día triste y gris, ha quedado establecido como un penoso ejercicio de la memoria. Doloroso y a la vez necesario, en la esperanza de que ciertos hechos luctuosos no se repitan jamás.

Muchos padres, madres, hijos y hermanos, lloran hoy la desaparición física de sus seres más queridos; secuestrados, torturados, asesinados, durante el último genocidio perpetrado en nuestro país. Genocidio que no fue el último ni el primero, pero sí el que más de cerca nos ha pegado; porque ocurrió aquí mismo, en nuestras narices. Por las calles, en las escuelas, en las comisarías, dentro de las mismas instituciones. Esas mismas instituciones que siempre tuvieron tan poco oído para escuchar las llamadas de auxilio; ni durante el Mundial, ni muchos años antes del Mundial. Ni después del Mundial.

Hoy, cancinamente, como quien se despereza, se comienza a revisar algo de lo pasado, entre papeles perdidos, extraviados o mojados. Mucha de la letra ya se ha borrado por el paso del tiempo y la humedad. Que no sólo afecta al papel y la tinta, sino también a la memoria de la gente.

Pero hay también otro genocidio mucho más terrible aún; que pasó allá lejos; que les pasó a otros. Que pareciera que ya pasó.

En memoria de todos los muertos que lucharon por su libertad. Los setenta millones de aborígenes que murieron en la conquista; los que lo sufrieron después de la conquista; los treinta mil desaparecidos del último proceso militar; y lo que queda de pueblos originarios, antes de morir de hambre, desnutrición y olvido.

Tintitaco Chanquía

LA MANO

Esa mano que ausculta la palabra

y la pone a secar cuando transpira

ha mostrado esta noche su macabra

vocación de maníaca agonía.

Mata la flor cuando la flor florece

decapita el calor de lo que vive

acalla la violencia de quien crece

apuntala la muerte y la prescribe.

Esa mano que ajusta la garganta

y que afloja y que aprieta con cuidado

la siento agazapada a mi costado

con tanta atrocidad y astucia tanta

que no se si es mi voz la que no canta

o es la mano que ahora se ha cerrado.

Pedro Nalda Querol. mayo/1980