Zamba del banderillero

Empapando su sombrero
Juntaba copos de cielo
En el campo algodonero.
Le pillaron los capullos
Y la espesura del monte

Es un malón que al galope
Se pierde en el horizonte.
Como bailando la zamba
Es su bandera un pañuelo,
Va seduciendo a la muerte,
Atroz danzarina en vuelo.
Va seduciendo a la muerte,
Fiera danzarina en vuelo.
Va camino del olvido
Por repetidos senderos,
Acopia penas su sangre,
Eco de tapes salteros.
Bajo un rocío de muerte
rechifla su cancionero,
arriero de oscura estela,
El chango banderillero.
Como bailando la zamba
Es su bandera un pañuelo,
Va seduciendo a la muerte,
Atroz danzarina en vuelo.
Va seduciendo a la muerte
Que lo cubre con su velo.
Nicomedes
Andá Nicomedes pelá esos quebrachos,
Tu padre no puede, ya ves cómo está,
Tosió mucho anoche, le duele la espalda,
Con fiebre tirita, ¿mamá qué será?
Y cosas del hacha, de ronzas y tumbas,
Rodeando madera, con viento o con sol,
Ya le hice unas friegas, con grasa de chiva,
Un pez de castilla y un poco de alcohol.
Le di quemadillo, con flores de sauco,
Y hojitas de malva, terciadas con sen,
Pero está lo mismo, se queja, delira,
Con esos quebrachos volteados recién.
Andá Nicomedes llamame en las tumbas,
Yo iré a palanquear, vos no te forcés,
Trabajá despacio,mirá siempre el hacha,
Golpeá con cuidao si vas de revés.
¿mamita y la escuela?, dejala muchacho,
Irás cuando vuelva tu padre a estar bien,
No ves que sin vale, no nos dan provista,
Esos que administran en el almacen.
Sobre las bombachas siniose la faja,
Calzó canillera, su boina caló,
Con la borla roja, golpenado la oreja,
Y al paso hacha al hombro, pal monte rumbió.
Y eran doce años , apenas cumplidos,
Que iban a enfrentarse, con la vida ansí,
Hijos de mi selva, músculos de acero,
Sufrida y valiente, raza guaraní.
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Excelente Claodio.
Esta noche lo leo y lo escucho y lo miro con la atención que se merece.
Me memoria está llamano a Miguel Hernandez:
El niño yuntero
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatifecho arado.
Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.
Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.
Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepurtura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.
Le veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
u declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.
¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.
Miguel Hernandez