CARTA DE AMOR SIN ENTREGAR
Allí donde los campos enredan sus raíces con el cielo; el aroma a madreselvas inunda el espíritu y es posible tocar lo intangible, allí, justo en esa dimensión luminosa, te hallé y me miraste.
Una ráfaga eléctrica me atravesó el corazón instalándose en mi centro.
Fui feliz.
Te había encontrado; habías vuelto después de siglos de espera amarga y sin sentido.
Caminamos.
Nuestros pies mojados se hundían entre los pastos desvanecidos de rocío y ascendía su frescura hasta las manos.
Era latente la primavera de mis días y me sentía capaz de empezar otra vez; de otra vez ser joven y vigorosa; de mirar a la vida con las intenciones que habían dormido su penumbra desdichada.
Hablamos y reímos.
Debo reconocer que, no bien te fuiste, a veces viví un poco, y ostenté la evidencia como un coleccionista. Algún trofeo rutilaba en las escarchas de mi nombre y emergía la que era en el engaño de un verbo flagelado; pero, si mi intemperie descansaba un instante en el pedestal de hierba de tus ojos, la realidad me gritaba que debía regresar, crucificada, a la oración unitaria de la casa.
Ahora estabas aquí de nuevo; y ellos también te observaban asombrados sin comprender el por qué de tu retorno. Ellos, los mismos árboles que se mecen en las brisas de siempre; los cascabeles del arroyo que silban estridentes, y el fulgurante ambiente que te había reconocido.
Te arrojabas a la noche en un viento de estrellas partidas en el agua, y sobre el filo de la última cresta, rescatabas mis palabras para mitigar tu desnudez silvestre.
No habías cambiado nada; el tiempo y el dolor no habían dejado marca en ti, pero mostrabas los hombros repletos de espuma, en el pelo caducaba la hora del crepúsculo y tenías las pupilas aceradas;… tan sedientas.
¿Sería un espejismo?
Te mostré un fino cofre de cristal donde yo había depositado nuestros nombres y aquellos ideales para nunca más…; para que se perdieran, para que se quemaran cuando te fuiste.
Abrimos el cofre tendidos en el sopor de aquella alfombra mórbida.
Algún recuerdo nos desvelaba de la piel para adentro, provocando la huella del camino primero; parecía que el río de la sangre recuperaba su cauce.
Surgía un estallido entre la desmemoria, y volvía su caudal a confluir en las tierras de nuestro mundo.
Nada ni nadie había podido contra nosotros; el amor se imponía sobre las cenizas, y, frente al impacto certero de tu vuelta, la hoguera que ardía dentro de la caja, grababa cada letra de nuestros nombres sobre la ausencia y el olvido.
No había esperado en vano.
Parecía un sueño…
De pronto todo se transformó.
Se desplegaron los postigos ruidosos de las ventanas de mi cautiverio.
Abrí los ojos.
Detrás de los cristales, la ciudad seguía su curso vertiginoso y nadie se detenía a observarme.
Trinaba un diluvio de noches sobre esa noche misma.
En mi piel aguijoneaba el tiempo maloliente; temblaban mis manos; un labrador de tinieblas araba mis atardeceres.
Pedí a un asistente que me alcanzara los anteojos, y advertí que aún tenía la caja de cristal sobre las rodillas.
No quise abrirla, sentía miedo; miré a mi alrededor; estaba sola y mi horizonte se acababa en la pared de enfrente, donde, tal vez, otro universo imperfecto, se cernía sobre las puertas deshojadas de otro anciano solitario.
Afuera se aceleraba el otoño pintando de plomo el cielo y coartando el vuelo de los pájaros.
El sol miraba la escena con ojos enrojecidos…
Pensé que tal vez fuera un sueño, y lo era.
Cuando apretaron el brazo donde debían colocar el suero sanador, el sillón aún se mecía conmigo.
Yo había muerto hacía mucho…
¡No tú!
Teresa Palazzo Conti.
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“Fui feliz.” que lindo sería si cada vez que lo somos lo pudísemos decir en voz alta, para escucharnos que nuestra vida no fue en vano y también fuimos felices en el abismo!
hermoso los que escribiste, mi voto y besitos!