LOS OJOS DE LA PIEDAD por El Zurdo

Un imaginativo escritor latinoamericano afirmó alguna vez que de tan solo dos Papas, se dijo que Dios los había visitado.
Esa crónica, una novela por entregas sobre las casi certezas del segundo de los casos, llevó a alguien nada vecino a la fe católica, a preguntarse por que paradoja la mayoría de los vicarios del Señor no fueron visitados.
En un reportaje disperso, a un dios pagano que predicó la felicidad pateando pelotas de fútbol, se lo escuchó decir insolencias sobre la institución del pontificado.
Estas declaraciones desataron una bizarra polémica referida a los privilegios del representante de Dios en la tierra.
Los medios, voraces procesadores de podredumbre, hicieron del rebote periodístico de ese exabrupto el carburante de su existencia. Las confirmaciones y las desmentidas edificaron un galimatías, que proyectó sus curvas de ventas.
Nunca, para desgracia del género humano, faltan aquellos que gustan injuriarse con las piedras que no les son lanzadas. El caso es que en un tribunal de un país absurdo, distante de aquella ciudad en la que reside el sumo pontífice; un quijotesco jurisconsulto decidió cortar la cabeza del gigante y planteó una acción penal, asumiendo en su piel la llaga por el improperio que no le fue dirigido.
Atribuyéndose el rol de representante del representante de Dios en la tierra, rompió lanzas contra el futbolístico dios idolatrado que a su místico criterio injurió al primordial tutor de la fe.
El expediente siguió las reglas procesales que indicaba el código de ese país y desde la sede del tribunal se libró un oficio requiriendo de los buenos oficios del Santo Padre, a efectos de notificarle que el devoto mandatario suplicaba tenerlo por parte para defender con el ahínco que la situación ameritaba, su honor maltrecho.
Sabido es que la jerarquía eclesiástica, distingue a sus funcionarios por su meticulosidad y apego al detalle.
Trascendió que meses después de acogido el oficio en el Estado Vaticano, fue respondido mediante una esquela con papel membreteado. La suscribía el secretario del asesor jurídico con estado sacerdotal preguntando si la frase “su honor maltrecho”, consignada en el oficio, refería al honor de Su Santidad, o al del inopinado representante. Y que respetuosamente suplicaba una aclaración a este punto, para poder dar una respuesta definitiva al requerimiento.
En el ridículo país en tanto las discusiones sobre el tema llevaron a antagonismos inusuales. Se formó una Liga de Defensores de la Sana Fe, otra de la Santa Fe, otra de la TV Fe y también la de Beneficiarios de la Palabra Blanca. Una empresa de jabones de lavar la ropa se apropió del rótulo de esta última para promocionar su producto lo que originó un nuevo litigio.
Del otro lado los acólitos del dios impío, coreaban su nombre en los estadios de fútbol. En cantos alusivos agradecieron su sinceridad y se acordaron sinceramente de la madre y de la hermana del abogado de Su Santidad.
El gobierno decidió posicionarse ante la tendencia que los acontecimientos tomaban. Temía que una bomba estallará en esa discrepancia entre culto y pasión deportiva, sendos pilares de la institucionalización.
Trató de echar paños fríos sobre las calenturientas molleras de los fundamentalistas de ambos bandos, ordenó al vocero del señor Presidente, que se leyera a los medios un comunicado de treinta carillas. Entre vistos y considerandos extractaba el memorándum un único concepto… “No hay que dar por el pito más de lo que el pito vale”.
Fue una grave pifia, el gobierno se malquistó sin sospecharlo con la Asociación de Árbitros, con la de los Médicos Sexólogos, con la Confederación Gay y con los Monotributistas del Pirulín de Caramelo.
Todos juntos marcharon encolumnados y con pancartas por el centro de la ciudad creando un caos, defendían desde cada óptica peculiar el grado que implicaba el pito en sus asociaciones.
El Tribunal entretanto sufrió presiones de todos los sectores, cada facción pretendía imponerse a las demás. Como era una instancia única conformada por tres jueces, dos de los cuales acopiaron entuertos al estar secretamente a favor de  uno de los bandos en pugna. Y siendo el presidente del mismo un añoso criminalista, caracterizado en el estilo Pilatos; se le solicitó al secretario de los magistrados un dictamen previo a la sentencia.
Al cabo el pobre Cristo sería en definitiva, el autor del verbo que en justicia firmaban los jueces en sus pronunciamientos.
Atribulado por las miles de causas que en trámite tenía, añadirle la providencia que nadie en ese foro se atrevió a tomar, fue para él una desconsideración. Sumado a ello que era católico practicante, y venenoso simpatizante de un club de fútbol asociado desde hacía más de un cuarto de siglo a la frustración y la desesperanza, decidió elevar un filoso argumento que liquidara el pleito.
El dictamen, luego transformado en sentencia, desestimó la causa con una frase que cerraba el decisorio “Cualquier injuria se diluye en el instante en que el prójimo es visto con los ojos de la piedad”.
Lo elaboró en seis días y al séptimo descansó.

Juan Alberto Tatá López


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, , Reportar este Comentario draclaudy dijo

Juan:

Riquisimo el cuento o narraciòn. En principio… Es real? Disculpà pero no tengo idea. Segundo la frase final que impresionante!!! Me quedò dando vueltas. Serà que se puede practicar la piedad.
Saludos Juan y buena semana :)