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Para los EEUU, sin su ayuda los ingleses habrían caído en Malvinas

Así lo confesó el ex secretario de Marina norteamericano, Jhon F. Lehman. Afirmó que sin el apoyo bélico de su país, el Reino Unido se hubiera visto obligado a replegar la Task Force del Atlántico Sur. Aún hay dudas sobre la verdadera cantidad de bajas inglesas durante el conflicto de 1982

Para los EEUU, sin su ayuda los ingleses habrían caído en Malvinas

En diciembre de 1988, el ex secretario de Marina de los Estados Unidos, John F. Lehman, hizo pública la ayuda política y militar brindada por los norteamericanos a Gran Bretaña durante la Guerra de Malvinas, sin la cual el Reino Unido se hubiera visto obligado a replegar la Task Force del Atlántico Sur, de acuerdo con la conclusión de expertos militares.

La confesión del ex funcionario de Ronald Reagan fue realizada en Londres, donde blanqueó el respaldo militar a los británicos, que aunque fuera conocido por los combatientes argentinos, dejaba de ser una versión para convertirse en un hecho incontrastable.

A 29 años del conflicto, la guerra del Atlántico Sur aún sorprende cuando se revisan las causas políticas, las acciones bélicas, las alianzas militares y las rupturas de pactos internacionales y, por supuesto, los actos de valentía protagonizadas por lo que estuvieron en el teatro de operaciones.

Los británicos ganaron la guerra, pero a un costo de material y de vidas como no lo sufrían desde el final de la II Guerra Mundial. Después de Malvinas, los ingleses no intervinieron en otra contienda que les haya costado tanto.

Pese a los errores de conducción militar de los generales-dictadores que decidieron ir a la guerra, las tropas argentinas infligieron a los británicos la mayor pérdida de barcos y de aviones y aún hoy hay dudas acerca de las bajas que reconocen los ingleses: 255 muertos y 777 heridos.

La escuadra naval de la corona británica tuvo 24 naves que recibieron los proyectiles argentinos. Siete naves fueron hundidas, cinco resultaron fuera de combate y otras doce quedaron con averías de consideración.

La nave insignia, el portaviones Hermes, donde estaba el puesto de comando del jefe de la Task Force, el almirante Sandy Woodward, fue tocado y el segundo de los portaviones, el Invincible, quedó fuera de combate, no prestó más servicio en lo que era, en 1982, una de las tres flotas navales más poderosas del planeta.

Hay versiones militares argentinas que sostienen que no fueron 24 las naves hundidas, averiadas de los ingleses, sino que, en realidad, sumaron 32.

Una de las naves que los militares argentinos afirman haber tocado fue un buque auxiliar de apoyo clase Tide (RFA Tipedol), que fue entregado por el dictador chileno Augusto Pinochet a la Royal Navy hasta el final del conflicto.

La Task Force perdió entre derribados y averiados por fallas o accidentes 46 aviones y otro número importante de helicópteros.

Según fuentes militares argentinas, intervinientes en el conflicto, los británicos llevaron hasta el teatro de operaciones 171 aviones y helicópteros.

El período más encarnizado de la guerra ocurrió entre el 21 de mayo de 1982 y las jornadas posteriores, batalla que se extendió hasta el 25 de mayo.

El almirante Woodward anotaba en la bitácora de mando a las 9.30 del 21 de mayo. “Si los argentinos van a pelear, hoy es la mejor oportunidad que tienen. Ya veremos”.

La intuición del almirante inglés se cumpliría, los argentinos dieron batalla porque ese día, la flota británica se había estacionado en la bahía San Carlos para desembarcar las tropas que debían caminar hasta Puerto Argentino.

El combate aéreo-marítimo fue tan feroz que los británicos quedaron grogui, según lo reconoce Woodward en su libro de memorias “Los cien días“, de editorial Sudamericana, pero los argentinos se desangraron en la ofensiva, perdieron la mayor cantidad de pilotos y de aviones, y no consiguieron impedir que los soldados ingleses desembarcaran.

Woodward dice con todas las letras que los argentinos podrían haber ganado la guerra ese día: “los argentinos podrían haberla ganado también“.

Antes de sufrir en carne propia la profesionalidad de los pilotos y la valentía de los demás soldados argentinos en la tundra malvinera, los EEUU ya habían enviado misiles sidewinder aire-aire para derribar los aviones de los sudamericanos.

Esa tecnología bélica norteamericana fue decisiva a la hora de establecer la diferencia con la que portaban las naves argentinas.

Entre el 21 y el 25 de mayo, las tropas argentinas perdieron 27 aviones, que equivale a casi el 50 por ciento de los derribos durante el conflicto.

Nos quedamos sin resto”, fue la dolorosa confesión de un alto jefe militar de la Fuerza Aérea a Télam, al describir el corte de la ofensiva argentina sobre la flota inglesa.

A casi tres décadas de la guerra aún hay secretos militares por revelar.

Por eso, una vez terminado el conflicto, el gobierno británico dispuso un acta de secreto militar hasta el 14 de junio de 2072.

Recién a 90 años de la Guerra de Malvinas se producirá la desclasificación militar y los investigadores podrán conocer, con prueba documental, la historia completa del conflicto.

A 29 años de la Guerra de Malvinas



“Volvería a combatir en las mismas condiciones”, afirmó el comodoro Rinke

03/04/2011 | 07:34 El veterano participó del hundimiento de la fragata inglesa Coventry, el 25 de mayo de 1982, al mando de un caza A4. “Los compatientes estábamos al margen de la coyuntura política”, aclaró.
El explorador no admite los marcos flotantes o no está configurado actualmente para mostrarlos.
A 29 años de la Guerra de Malvinas, el comodoro Carlos Rinke dialogó con Cadena 3 para repasar aquellos históricos acontecimientos con el foco puesto sobre el valor de los combatientes argentinos.

“Volvería a combatir en las mismas condiciones. Las Fuerzas Armadas estaban en su pico máximo de entrenamiento, valores y operatividad. Teníamos fuerzas bien compactas. Tomamos el desafío y lo hicimos. Hoy, el mundo ha cambiado mucho. Todos queremos la paz. Y quisiéramos que esto se arreglara diplomáticamente en los foros correspondientes”, sostuvo el piloto.

“Hay que separar la coyuntura política con las verdades históricas. La guerra la estábamos visualizando todos los argentinos, para recuperar lo nuestro. Fue la oportunidad de ese momento. Hubo muchos eventos que condicionaron las cosas. Pero los combatientes estábamos al margen de eso”, añadió el veterano.

Rinke agregó: “A medida que pasan los años, uno toma conciencia que estuvo en un enorme acontecimiento de defensa de la Patria. Fue increíble haber volado un caza a 800 kilómetros por hora a ras del agua mientras nos tiraban con toda la artillería”.

Rinke recuerda con particular emoción el ataque que protagonizó el 25 de mayo de 1982 contra la fragata Broadsword y el destructor Coventry, que terminó hundido.

“El 25 de mayo atacamos dos fragatas en mar abierto, al norte de Malvinas. Incursionamos desde tierra en vuelo rasante. Nos encontramos solos ante las fragatas que disparaban. En ese momento, el comodoro Pablo Carballo gritó ‘Viva la Patria’, y yo lo acompañé con el pensamiento para no perder concentración”, relató.

“No nos pegaron por una cuestión del destino y porque se trabó el mecanismo de los radares. Después se cruzaron entre ellos y pudimos atacar a la Broadsword. Otros dos aviones nuestros que venían detrás, con Velaszco y Barrionuevo, le pegaron a la Coventry, que se terminó hundiendo. Tuvieron 20 bajas y varios heridos. Y nosotros pudimos volver ilesos”, completó.

Por último, Rinke contó: “No volvimos a Malvinas. Nunca las pisé. Siempre volamos desde Río Gallegos. Nunca tuve el gusto de pisar la turba malvinera”.

Fuente:

http://www.lv3.com.ar/contenido/2011/04/03/73597.asp

Carta de Julio Cao



Cao nació en Ramos Mejía el 18 de enero de 1961, en 1981 cumplió el servicio militar en el Regimiento de Infantería Motorizada III “General Belgrano” de Tablada, y al concluirlo retornó a su labor en la escuela 32, de Laferrere, que hoy lleva su nombre. El docente partió al frente de batalla en forma voluntaria el 12 de abril de 1982 y su destino fue Puerto Argentino. Su muerte se produjo el 10 de junio del 1982, en acciones de guerra. El siguiente es el texto de la carta fechada en Puerto Rivero, el 29 de abril de 1982, y que fue leída ayer durante el acto central por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, en Río Gallegos:

“A mis queridos amigos queridos alumnos de 3° D: No hemos tenido tiempo para despedirnos y esto me tuvo preocupado muchas noches aquí en las Malvinas, donde me encuentro cumpliendo mi deber de soldado: defender nuestra bandera. Espero que ustedes no se preocupen mucho por mí, porque muy pronto vamos a estar juntos nuevamente y vamos a cerrar los ojos y nos vamos a subir a nuestro inmenso cóndor, y le vamos a decir que nos lleve a todos al “país de los cuentos”, que como uds. saben queda muy cerca de Las Malvinas. Y ahora como el maestro conoce muy bien Las Islas Malvinas no nos vamos a perder. Chicos quiero que sepan que a la noche cuando me acuesto, cierro los ojos y veo cada una de sus caritas pequeñas riéndose y jugando; cuando me duermo sueño que estoy con Uds. Quiero que se pongan muy contentos y que estudien mucho por que su maestro es un soldado que los quiere y los extraña. Ahora solo le pido a Dios volver pronto con ustedes. Muchos cariños de su maestro que nunca se olvida de uds. Señora además desearía hacer llegar mi recuerdo y saludos a todo el personal: a la Sra. Silvana, al Sr. Galo, Cristina, Nora Mercedes, Bárbara, Isabel y a todos los docentes de mi turno y de la escuela. A la Sra. Alicia quisiera que sepa que extraño mucho su mate de las 13 hs, y espero pronto volverlo a saborear ya que aquí el desayuno es una especie de mate cocido mezclado con cal de albañil y hasta un poco de cemento, nada de azúcar. Habiéndole distraído demasiado su atención pero sintiéndonos por un instante con uds. Me decido a concluir estas líneas con la esperanza de encontrarme a la brevedad con uds. Afectuosamente. Julio”, concluye la misiva.

Frases para la Historia………

“La culpa de todo esto la tiene Perón”.
(Margareth Thatcher, a sus colaboradores, el 02/04
de 1982. Citado en: Revista Doctrina para el
Movimiento Nacional, 22, mayo de 1990, p. 31).

“Este hecho militar tiene el respaldo de todo el
país. Es una reivindicación
histórica que tiene el asentimiento y la
unanimidad de los argentinos”.
(Raúl Alfonsín, con motivo de la
recuperación. Citado en: Armando Alonso
Piñeiro: Historia de la Guerra de
Malvinas, Ed. Planeta, Buenos Aires, 1992, p.45).

“Las Fuerzas Armadas se hicieron eco del clamor
popular y siguieron los lineamientos del reclamo:
recuperar las islas e izar el pabellón
celeste y blanco”. (Carlos Saúl Menem, en
las mismas circunstancias. Ibid., p. 45).

- Haig: “El conocimiento que yo tengo es que la flota no está avanzando.”
- Costa Méndez:¿ “No está avanzando?”
- Haig: No está avanzando y no tiene intenciones de avanzar.”
(Diálogo telefónico del 14/04/82 a las 13:50 entre el
canciller argentino Costa Méndez y el secretario de Estado
norteamericano Alexander Haig. Ibid., p. 51)

Ya no será sólo Gran Bretaña; EEUU la
respaldará, y junto con la OTAN presionará e
inevitablemente el gobierno militar argentino va a caer.
Esté usted seguro”.
(Haig a Costa Méndez, a fines de abril de 1982. Citado
en: Cardoso, Kirschbaum y Van Der Kooy; Malvinas, la trama
secreta. Ed. Planeta, Buenos Aires, 1992, p. 244)

“Sus hombres del Departamento de Estado son simples aficionados
británicos disfrazados de norteamericanos”.
(Jeanne Kirkpatrick, embajadora de EEUU en la ONU, dirigiéndose
al secretario de Estado, Alexander Haig. Piñeiro, op. cit.,
p. 55).

“Esto es la escalada hacia la pelea final, que en mi opinión
será un paseo. (Contraalmirante John Woodward,
comandante en jefe de la Fuerza de Tareas británica,
ante periodistas luego de tomar las Georgias de abril.
Arthur Gavshon y Desmond Rice: El hundimiento del
Belgrano, Ed. Emecé, Buenos Aires, 1984, p. 203).

“La Marina pensó que nosotros somos británicos
y ellos [los argentinos] unos atrasados, y que esta diferencia
sería suficiente. Así nos lo dijo el almirante
[John Woodward] por la televisión… y así
fue como hundieron al

Sheffield…”
(Teniente David Tinker, muerto en el HMS Glamorgan el 12/06/82,
en carta póstuma a su padre. Citado en: Revista Por
Malvinas. Una generación que sigue la lucha, n° 27, p. 4).

 

“¿Quién estaba ganando en ese momento?
[semana posterior al desembarco en San Carlos, momento en
que la flota sufrió graves daños] Nosotros
seguro que no.”
(Contraalmirante John Woodward en sus memorias: One
Hundred Days).

“¡Francamente, a los Argentinos les hubiera bastado
un soplido para hacernos caer!” (Contraalmirante Woodward,
citado en: Nigel West: La guerra secreta por las Malvinas,
Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1997)

“John Nott quería una Armada pequeña.
¡Por Dios, la tendrá!”
(Teniente coronel Herbert Jones, jefe del II
Batallón de Paracaidistas británico,
aludiendo a las graves pérdidas navales
de la Fuerza de Tareas, muy pocos días antes
de caer en Pradera del Ganso.
Piñeiro, op. cit., p. 241).

“No cabe duda de que los hombres que se nos opusieron
eran soldados tenaces y competentes y muchos han muerto en
su puesto. Hemos perdido muchísimos hombres.”
(General Anthony Wilson, comandante de la V Brigada de
Infantería británica, 14/06/82.
Ibid., p. 230).

“No obstante, pese al éxito obtenido, el avance
hacia Puerto Argentino no ha sido fácil.
Cada ataque nuestro tropieza con tropas argentinas
bien armadas y atrincheradas. En algunos casos,
nuestros soldados tenían que permanecer clavados
en el suelo debido a los morteros y a las balas disparadas
por tiradores de élite enemigos”.
(General de división Jeremy Moore, comandante
en jefe de todas las fuerzas terrestres británicas
en Malvinas. Ibid, p. 198).

Y la última, que nos dice que por ahora estamos en el barro…
(la palabra desmalvinización es pura casualidad)
“A la Argentina hay que revolcarla en el barro de la
humillación”.(Winston Churchill -nieto- en
el Parlamento, 21/06/82. Ibid., p. 225).

“Cuando se cuenta con el respaldo de un derecho
tan indiscutible y tan universalmente reconocido
como es el de la Argentina sobre las Malvinas,
todo acto tendiente a ejercerlo en su plenitud
no sólo está justificado, sino
que es imperativo”. (Ing. Álvaro Alsogaray,
Abril de 1982. Ibid., p.46).

“Hay que demostrarle al mundo que esto no es una
acción unilateral de las Fuerzas Armadas,
sino que es del pueblo todo”. (Carlos Contín,
entonces presidente del Comité Nacional de
la Unión Cívica Radical.
Ibid., p. 46)

“[La recuperación de Malvinas] …era encarar
un acto heroico e histórico, capaz de reivindicar
a las Fuerzas Armadas” (Rodolfo Terragno, misma época
Ibid., p.46).

“El movimiento obrero argentino, representado por la CGT,
acompañará este hecho histórico
declarando el día 2 de abril como de Júbilo
Nacional” (Comunicado de la CGT. Ibid., p. 46)

“No estoy seguro de ganar ninguna batalla, pero tenemos que
detenerlos [a los argentinos] antes de que cunda el ejemplo
entre otros gobiernos”. (John Nott, ministro de Defensa de
Gran Bretaña, ante la partida de la Fuerza de Tareas.
Ibid., p. 56).

“La Argentina tiene las espaldas bien cubiertas”
(Dictador chileno Augusto Pinochet)

“He estudiado todos los debates y todos los documentos y para
mí está muy claro que ustedes tienen razón
y que si se pudiera lograr la adjudicación de algún
cuerpo imparcial no cabe la menor duda de que éste
apoyaría la tesis argentina”. (Alexander Haig, 17/04/82,
ante el canciller argentino Costa Méndez.
Piñeiro, op. cit., p. 55).

Pensamientos sobre la guerra

La guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido.
Friedrich Wilhelm Nietzsche

En las amarguras desearéis la dulzura, y en la guerra, la paz.
Santa Catalina de Siena

Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos.
Bob Marley

¿Puede haber algo más ridículo que la pretensión de que un hombre tenga derecho a matarme porque habita al otro lado del agua y su príncipe tiene una querella con el mío aunque yo no la tenga con él?
Blaise Pascal

Cuando los tambores hablan, las leyes callan.
Marco Tulio Cicerón

Inteligencia militar son dos términos contradictorios.
Groucho Marx

Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba, en la guerra son los padres quienes llevan a los hijos a la tumba.
Herodoto

La humanidad tiene que establecer un final para la guerra. Si no, ésta establecerá un fin para la humanidad.
John Filzgerald Kennedy

Mientras la guerra sea considerada como mala, conservará su fascinación. Cuando sea tenida por vulgar, cesará su popularidad.
Oscar Wilde

Cuando dos elefantes se pelean es la hierba la que sufre.
George Murrel

Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas
e invocar solemnemente a Dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo.
Voltaire

Jamás hubo una guerra buena o una paz mala.
Benjamín Franklin

La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa.
Erasmo de Rotterdam

Lo que sudes en la paz no lo sangrarás en la guerra.
Anónimo

Si queremos acabar con los conflictos interétnicos, debemos invertir menos en guerras e invertir más en la cultura de la paz.
Federico Mayor Zaragoza

No hay camino para la paz, la paz es el camino.
Gandhi

Actividad de la Curz Roja Internacional – CICR

Edmond Corthésy

Falklands / Malvinas conflicto: la acción del CICR a los prisioneros de guerra
Cuando la Argentina y el Reino Unido fueron a la guerra sobre las Islas Malvinas / Falkland en 1982, Edmond Corthésy fue jefe de la delegación regional del CICR en Buenos Aires. Desde tierra firme, dirigió todas las actividades que la organización llevó a cabo en relación con el conflicto. En la siguiente entrevista, recuerda algunas de esas actividades, en especial del CICR esfuerzos para ayudar a los prisioneros de guerra.

¿Cuál fue el foco de la acción del CICR durante el conflicto del Atlántico Sur?
Nuestra actividad principal era visitar a los prisioneros de guerra, en tierra como en mar.
Tuvimos acceso a todos los prisioneros detenidos en Port Stanley Puerto Argentino /, incluyendo oficiales de alto rango, como el comandante en jefe de las fuerzas armadas argentinas en las Malvinas / Falkland 1 . También visitó y registró unos 500 agentes se encuentran a bordo de un transbordador, el St Edmund, donde uno de nuestros delegados permanecieron hasta el último preso fue liberado en julio de 1982.
Además, el CICR se desplazaron varias veces a un piloto británico capturados en combate, que habían sido trasladados a tierra firme y se encontraba detenido en una base aérea en el noreste de Argentina, cerca de La Rioja. El piloto fue trasladado más tarde a Montevideo, Uruguay, bajo los auspicios del CICR, y entregado a las autoridades británicas 2 .
Durante nuestras visitas, registramos los prisioneros, anotando sus datos personales. Por supuesto que también se controla su estado de salud y sus condiciones de detención desde el punto de vista humanitario.
Durante las Falkland / Malvinas conflicto, el CICR:
• visitó y registró 11.692 prisioneros de guerra;
• entregado 800 mensajes de Cruz Roja;
• llevado a cabo actividades preventivas en el continente y en las islas;
• envió un equipo de 11 expatriados, entre ellos tres médicos, que trabajaron juntos con los empleados locales en Buenos Aires y delegados en Ginebra.
• El 18 de marzo de 1991, unos 10 años después de la guerra había terminado, 358 familiares de soldados caídos argentinos visitaron las tumbas de sus seres queridos en el Falkands Malvinas /, bajo los auspicios del CICR.
• Hoy en día, el CICR sigue tema de los prisioneros de guerra-los certificados para los veteranos que buscan el reconocimiento de sus derechos de pensión.

¿Participó usted en alguna de esas operaciones a ti mismo?
Sí, al final del conflicto, cuando más de 4.000 prisioneros de guerra llegaron a Puerto Madryn, Patagonia Argentina, a bordo de un buque británico. Volé a Madryn desde Buenos Aires a fines de junio, con un helicóptero proporcionado por las fuerzas armadas argentinas. A bordo de la nave, hablé con dos oficiales británicos y soldados argentinos. Tuvimos que completar el proceso de registro como los prisioneros comenzaron a desembarcar, ya que, por diversas razones, no habíamos sido capaces de reunir todos los detalles necesarios en las Islas Malvinas / Falkland …
El papel del CICR en esas situaciones es el de intermediario neutral. En la Argentina, que facilitó los contactos entre las partes en el conflicto y organiza la entrega de los prisioneros de guerra para el gobierno argentino. Virtud de los Convenios de Ginebra de 1949, todas las partes en un conflicto – en este caso Argentina y el Reino Unido – deben liberar a sus prisioneros sin demora una vez las hostilidades activas se han acabado.

¿Qué otras actividades hizo la conducta del CICR en relación con el conflicto?
El día en que estallaron las hostilidades, el CICR envió una nota a las partes para recordarles sus obligaciones, en virtud de los cuatro Convenios de Ginebra de 1949, durante los conflictos armados internacionales.
La delegación en Buenos Aires se mantuvo en contacto permanente con el Ministerio argentino de Asuntos Exteriores y el Estado Mayor Conjunto de las fuerzas armadas argentinas con el fin de hacer frente a cualquier problema humanitario que se plantean en relación con el conflicto, como el acceso a la zona de conflicto, la notificación e identificación de los barcos hospitales y el intercambio de prisioneros de guerra y heridos. En cuanto a la sede del CICR, mantuvo relaciones estrechas con la misión permanente del Reino Unido en Ginebra y los distintos ministerios interesados en Londres.
Desde el comienzo del conflicto, los dos países demostraron su compromiso internacional humanitario y su voluntad de cumplir con sus disposiciones.
Por ejemplo, ambas partes invitó al CICR a visitar a los seis barcos hospitales que estaban activos durante el conflicto, lo que nos permite asegurarnos de que cada uno era claramente identificables en conformidad con las disposiciones del II Convenio de Ginebra.
El conflicto en el Atlántico Sur fue la primera vez que el Segundo Convenio de Ginebra, relativo a los conflictos en el mar, se puso en práctica. En la solicitud directa de las autoridades argentinas, yo personalmente visitó el buque Bahía Paraíso, en el puerto de Buenos Aires antes de su salida de la zona de conflicto.
Los delegados del CICR llegó a la primera Falkland / Malvinas a bordo de un buque hospital británico el 10 de junio. Tenían la intención de establecer antes de la Patagonia, pero que, lamentablemente, resultó imposible debido a diversos problemas relacionados con el conflicto.
Una de las razones por las que quería ir a las islas era el de facilitar la creación de una zona neutral, tal como se define en los Convenios de Ginebra. Un perímetro se estableció alrededor de la iglesia en Port Stanley / Puerto Argentino donde los civiles que encontramos la seguridad en caso de que estallaron los combates en la capital. Este no fue el caso, afortunadamente, y la guerra terminó pronto.
Los delegados del CICR se desempeñó como intermediarios neutrales entre la Argentina y el Reino Unido durante las negociaciones sobre el establecimiento de la zona. Las dos partes llegaron a un acuerdo por escrito, de conformidad con los convenios, algo raro en la historia del derecho internacional humanitario.

Notas:
1.El denominación de “Falkland / Malvinas” se corresponde con la política del CICR: siempre que sea un territorio en disputa se da diferentes nombres a las partes afectadas, el CICR usa esos nombres juntos, en orden alfabético francés, en lugar de elegir uno de ellos, que no viene de su competencia.

2. Un número de soldados británicos y civiles que habían sido capturados por las fuerzas armadas argentinas al comienzo del conflicto en el Atlántico Sur fueron entregados a las autoridades británicas en Montevideo. Aunque el CICR se vio preocupado por la suerte de los prisioneros de guerra desde el comienzo del conflicto, no tomó parte en las operaciones de repatriación.

En 1991 las familias de los soldados argentinos que murieron en la batalla pudieron visitar las tumbas de sus seres queridos, por primera vez.

CRIMEN DE GUERRA BRITÁNICO

El combatiente asesinado por un paracaidista inglés

El homicidio se conoció en 1992, pero hasta ahora ni la justicia argentina ni la británica tomaron cartas en el asunto. Nuevos datos cierran hoy el círculo sobre la muerte a sangre fría de un soldado argentino en Malvinas. 

En el Centro de Ex Combatientes de La Plata (CECIM), veintiocho años después de Malvinas, acaban de cerrar el círculo del único crimen de guerra reconocido por Gran Bretaña. Tienen la certeza, después de una trabajosa y larga investigación, de que ese chico morocho y flaquito, que corona una pila de cadáveres en una foto aparecida en Londres en 1990, era uno de los 36 soldados del Regimiento 7 de La Plata que combatieron en Malvinas y nunca regresaron.

Ese soldado fue fusilado con un tiro en la cabeza cuando ya había terminado la batalla de Monte Longdon; un asesinato que vio la luz en 1992, ejecutado sin piedad y a sangre fría por el paracaidista Gary Sturge. Ese crimen nunca tuvo condena. Pero la certeza tendrá consecuencias: se transformará pronto en una denuncia ante los tribunales de Río Grande. Y todo indica que terminará en un tribunal internacional.

Javier García, colaborador del centro que agrupa a 450 soldados ex conscriptos en la capital bonaerense, tiene 40 años y no fue a la guerra del Atlántico Sur. Pero se tomó un trabajo que nadie, en tanto tiempo, se había tomado. Le llevó 12 meses. Y no le resultó fácil. “Preguntar por un chico muerto es bastante incómodo”, dice. El primer paso fue recuperar la imagen revelada en los 90 en el Reino Unido: una montaña de cuerpos. Arriba, la de un soldado al que se le llega a ver el rostro (detrás de ellos, tres ingleses retratándose con su trofeo posterior a la batalla). El segundo paso fue comparar esa foto con el cuadro que cuelga en la sala principal del CECIM. Ahí están los 36 chicos del Regimiento 7 de La Plata que no volvieron de la guerra. García, remisero de profesión, archivista temático de Malvinas, empujado por una fuerza que no sabe de dónde le vino, juntó testimonios, papeles, fotos, encontró a testigos y cruzó datos, y un día se dio cuenta de que había tachado todos los retratos de los soldados, menos uno.

Mario Volpe, miembro de la comisión del centro, suma más argumentos: hay un testimonio de un cabo argentino –al que en su momento nadie le prestó la atención que merecía– y un trabajo de laboratorio de un organismo oficial que corroboran que la imagen del soldado rematado a sangre fría es, con una exactitud mayor al 90%, el mismo que quedó liberado de la tachadura durante la pesquisa de Javier García. Ésos son los datos más potentes de la denuncia que llegará, en primera instancia, a la justicia argentina en menos de 60 días. Aunque, por diversas razones, todavía no es posible divulgar el nombre de la víctima.

En el libro Al filo de la navaja (la historia no oficial de la Guerra de Malvinas), publicado en 2006, Hugh Bicheno, un historiador revisionista norteamericano de padres británicos, que trabajó para los servicios de inteligencia del Reino Unido, repasa la historia del fusilamiento. “Cuando la compañía A trasladaba a los enemigos muertos con ayuda de algunos prisioneros a una fosa común en la ladera norte de la colina, Sturge se apareció con un argentino herido, al que el sargento mayor Munro le había disparado en la pierna poco antes. ‘¿Qué hago con éste?’, preguntó Sturge. ‘Póngalo con los otros’, replicó Munro, y Sturge le pegó un tiro en la cabeza con una automática calibre 45 que había encontrado en el puesto de mando de Carrizo Salvadores. Los altos mandos de la compañía de apoyo estaban cerca y corrieron a desarmarlo. Cuando Mason le preguntó por qué lo había hecho, Sturge balbuceó que el soldado era un francotirador, por lo que es probable que su mente extenuada lo haya considerado una manera de vengar las muertes de Hope y Jenkins en Wing Forward. Cuando el primer libro de Bramley propagó la noticia, la ‘máquina rojo castaño’ (referencia a la boina utilizada por el regimiento de paracaidistas) cerró filas; la fatua investigación policial que excavó la fosa común y luego fue a la Argentina en busca de testigos llegó a la conclusión de que no había posibilidades de procesarlo con éxito. No las hubo desde un principio: cualquier abogado competente hubiera logrado que sobreseyeran a Sturge por responsabilidad disminuida. La verdadera pregunta es qué fue lo que disminuyó su responsabilidad, y la respuesta a esa pregunta es omniabarcadora”.

Las investigaciones del historiador militar y ex oficial de inteligencia Adrian Weale –autor de Muchacho de ojos verdes, publicado en 1996– y de Vincent Bramley, uno de los diez testigos del crimen –autor de Excursión al Infierno, que salió en 1992– ya habían relatado los hechos hasta el punto de reconstruir que el soldado del Regimiento 7 de La Plata, al darse cuenta de las intenciones de Sturge, buscando conmoverlo, agarró con su mano la cruz que colgaba de su cuello. Los dos expertos, sin embargo, suponían, equivocadamente, que el acribillado en la mañana del 12 de junio de 1982 bajo un cielo limpio y soleado pertenecía a la compañía C del Regimiento 7 de La Plata. Sus libros consiguieron, de todos modos, sacudir a la opinión pública de Gran Bretaña.

De Sturge se sabe que después de su arrebato fue llevado al comando donde estaban los altos oficiales. Se dice oficialmente que no volvió a participar de ninguna operación bélica. Y que, en Puerto Argentino, fue sometido a un proceso militar, aunque no se supo si recibió alguna penalización. Fue promovido dos veces antes de retirarse en 1994. Y ese mismo año la investigación oficial británica lo libró de responsabilidades.

En la foto que está pegada sobre una cartulina, enmarcada en un cuadro, en el local del Centro de Ex Combatientes de La Plata, al soldado asesinado a quemarropa por Sturge se lo ve serio, apagado pero con los ojos bien abiertos. Del pequeño retrato surge, además, un último dato: el uniforme le quedaba grande.

La feroz batalla de Monte Longdon

La batalla del Monte Longdon fue la más feroz de la guerra de las Malvinas. Dejó 29 bajas, 50 heridos y 121 prisioneros del lado argentino; y 23 muertes más 47 heridos del lado británico. A las ocho de la noche del 11 de junio, los ingleses infiltraron hombres del Regimiento de Paracaidistas cerca de las posiciones del Regimiento 7 de La Plata. A las 12 de la noche empezaron los ataques con fuerzas de artillería. A las 6 de la mañana, los argentinos recibieron la orden de replegarse hacia Wireless Ridge. Monte Longdon fue escenario de crímenes de guerra. El libro Green Eyed Boys, de Adrian Weale y Christian Jennings, denuncia que tres soldados heridos fueron rematados durante el combate. El cabo José Carrizo contó que aquella madrugada sintió que le pusieron la boca de un fusil en la espalda. Levantó los brazos en señal de rendición y un inglés le hizo un gesto con la mano como de que le iban a cortar el cuello. Luego de una corta ráfaga de ametralladora que le arrancó parte de la masa encefálica y un ojo, lo dieron por muerto y lo abandonaron.Soldado Argentino

El país / Edición Impresa – 2/04/2010

Helicopteros en Malvinas

 

2da. Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros

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  Estuvo presente durante toda la campaña con tan sólo tres helicópteros “Sea King”. El 28 de mayo embarcan dos de sus unidades en el Portaaviones ARA “25 de Mayo”, mientras la restante lo hace en el Rompehielos ARA “Almirante Irizar”.

Participa decisivamente en la reconquista y ocupación del irredento suelo patrio, aterrizando uno de sus aparatos en suelo malvinense el mismo 2 de abril a las 07:34 hs. para desembarcar una sección de Infantería de Marina en refuerzo del personal que mantenía el control de la zona,  convirtiéndose en la primera aeronave argentina que se posa en las islas luego de su recuperación.

En los días subsiguientes realiza traslados de personal y carga, en general en condiciones de visibilidad y viento fuera de los parámetros de seguridad debido al mal tiempo reinante en la zona, incluyendo las operaciones de toma de las localidades de Pradera del Ganso y Bahía Zorro, desembarcando allí secciones del Regimiento de Infantería 25 y del Ejército Argentino. 

A partir del 17 de abril, dos helicópteros y sus dotaciones se incorporan a la fuerza de tareas 79., que operaba en el Mar Argentino. Se efectúan así desde el portaaviones tareas de exploración antisubmarina, traslado de personal y estación de rescate. 

Durante las tensas horas del 30 de abril, 1 y 2 de mayo, los Sea King embarcados permanecen casi constantemente en el aire operando en conjunto con los Tracker de la Escuadrilla Aeronaval Antisubmarina, ya que reinaba a bordo un gran sentido de urgencia y una gran disposición hacia la atención a la amenaza submarina.

El 15 de mayo desembarcan del Portaaviones y pasan a operar desde aeródromos costeros con las mismas tareas previamente citadas, salvo que esta vez se les agrega la función de reconocimiento de las costas propias para impedir la infiltración de comandos enemigos.

Alcanzado el 28 de mayo, la Escuadrilla recibe nuevas órdenes, y el 30 de ese mes sus helicópteros se despliegan hacia Río Grande, teniendo como objetivo el traslado hacia el continente de un oficial y nueve suboficiales de la Isla Borbón, al Norte de la Gran Malvina. La misión era sumamente riesgosa, ya que los Harrier ingleses tenían el dominio total del espacio aéreo sobre las Islas. El rescate, a producirse muy cerca de las líneas enemigas (Puerto San Carlos), se concretaría en condiciones de gran vulnerabilidad dada la carencia de sensores y armamento, y gran indiscreción por el tamaño y ruido de los motores de los aparatos. Debido a la distancia a ser recorrida, los dos helicópteros que despegan llevan a bordo tambores de combustible que serian bombeados a mano por los mecánicos durante el vuelo, incrementando en 152 millas náuticas su alcance teórico máximo.

En estas circunstancias, la misión comienza el 1 de junio a las 14:32, despegando dos Sea King y quedando un tercero apostado en Río Gallegos para un eventual rescate en el mar. El vuelo de ida consume mas de tres horas, siendo efectuado a muy baja altura bajo un frió extremo. Aterrizados a las 17:30 hs, recuperan a un piloto de Mentor y a nueve mecánicos que habían quedado allí luego de que fueran destruidos sus aviones.

Para las 18:15 hs. se emprende el regreso, efectuado esta vez de noche utilizando anteojos de visión nocturna y sin la ventaja del navegador, ya que había quedado sin servició luego del aterrizaje en la Isla. Ambos helicópteros vuelan en silencio radial total, pero manteniendo contacto visual hasta que dejan atrás las Islas para aterrizar en Río Grande a las 21:55 hs.

Luego de esta hazaña las aeronaves desplegadas regresan a la Base Aeronaval Comandante Espora y comienzan a prepararse para embarcar en el Rompehielos ARA “Almirante Irizar”, adaptado como buque hospital. Así, dos Sea King en configuración Sanitaria y de Rescate se incorporan al buque en proximidades del Faro Segundo Barranca, durante su navegación a Malvinas.

Acaecida la rendición del 14 de junio, los helicópteros retornan a suelo malvinense, esta vez con la triste misión de replegar tropas y heridos. En los laterales del fuselaje se pintaron las insignias de la Cruz Roja, para identificar su tarea como ambulancia. En esta condición, se vuelan 40 hs. operando ocasionalmente desde la cubierta de un buque británico, obteniendo esta vez el triste honor de ser las últimas aeronaves en pisar el perdido suelo malvinense.

A pesar de las riesgosas actividades llevadas a cabo por esta Escuadrilla, no se han tenido que lamentar bajas en su personal ni material. 

Su badera de Guerra fue condecorada por

 

“Operaciones de Combate”.

Fuente: www.institutoaeronaval.org

La Historia del Submarino “San Luis”

A continuacion la Impresionante historia de un submarino argentino en Malvinas.

Narra la historia, los combates y ataques del Submarino “San Luis” y su tripulación durante la Guerra de Malvinas. Desesperante… que feo que debe ser un submarino dios…

ALEJANDRO MAEGLI
Testigo fundamental de una batalla submarina

* Quién es: durante la Guerra de las Malvinas fue jefe de comunicaciones del submarino San Luis. Hoy es contralmirante y director ejecutivo de la Dirección General del Material Naval. Tiene tres hijos: Alejandro, María Leonor y María Inés.

* Qué le pasó: el San Luis intentó pelear con torpedos que no funcionaban, y fue perseguido y atacado por la Royal Navy. El San Luis era comandado por un ídolo de Maegli, el capitán Fernando Azcueta.

Maegli y el Submarino “San Luis”

A las siete y media de la mañana, Alejandro Maegli estaba a punto de entregar la guardia y meterse en la cama cuando de pronto el sonarista del submarino le dijo una frase que lo dejó helado: “Señor, tengo un rumor hidrofónico”.

El teniente de fragata pegó un respingo queriendo creer que el operador se había equivocado.

A veces las ballenas o el krill producen “rumores biológicos” y pueden confundir al más experimentado de los técnicos del sonar. Pero el ruido venía del Noreste y sus características se iban confirmando con el correr de los minutos. Maegli era jefe de comunicaciones y tenía la obligación de despertar al comandante. Lo hizo: “Despiértelos a todos, uno por uno, y colóquelos en sus puestos de combate”, le ordenó el capitán.

A Maegli se le puso la piel de gallina. En ese momento sólo podía sospechar lo que iba a ocurrir. Pero no podía saber con certeza que comenzaría la primera batalla submarina del Atlántico Sur, que venían hacia ellos helicópteros ingleses a ras del mar, seguidos de cerca por los buques de la Royal Navy, y que los esperaban veintitrés horas de miedo, suspenso, persecución y explosiones.

Era el 1° de mayo de 1982 y el submarino ARA San Luis tendría su bautismo de fuego en la Guerra de las Malvinas.

Maegli es hoy contralmirante y director del Area Material Naval, y tiene a su cargo la difícil decisión de reparar o sacar de servicio para siempre a esa nave llena de fantasmas que espera en silencio, roja por la pintura antióxido, en una dársena del puerto de Buenos Aires. ¿Cómo resolver con la cabeza un asunto del corazón?

Alejandro encontró su vocación en Mar del Plata a los cuatro años, durante una visita escolar. Un submarino reposaba en silencio, pero traía consigo ecos de aventuras, y Alejandro se metió luego en la Escuela Naval con el único propósito de surcar bajo el agua los mares del mundo. Hizo una experiencia en un buque barreminas. “Para ser oficial barreminas no hay que ser loco, pero te ayuda bastante”, dice el refrán. Y después sirvió en un buque de apoyo. Finalmente, ingresó en la Escuela de Submarinos, que es muy exigente, y aprendió de memoria, uno por uno, los múltiples mecanismos internos de esa nave.

La primera vez que entró en el San Luis todo se le venía encima. Parecía realmente un lugar de confinamiento. El submarino es un cilindro que mide 50 metros desde el timón a la proa, 11 metros desde la quilla hasta el tope de la vela y 5 metros con veinte centímetros de lado a lado: ése es el diámetro de un caño donde deben vivir, trabajar, dormir y recrearse treinta y cinco hombres durante semanas y, a veces, meses de misión submarina. Travesía en la que se habla en voz baja, se come poco “porque la navegación te quita el hambre”, y donde luego de la vibrante marcha en superficie y las maniobras de inmersión sobreviene una extraña serenidad espacial.

El submarino había sido comprado a Alemania en los años setenta, había llegado desarmado a la Argentina y había sido montado pieza por pieza en Buenos Aires. Pero para la época de Malvinas presentaba algunos problemas: no podía desarrollar velocidades de inmersión superiores a los 14 nudos y uno de los cuatro motores diesel que permiten cargar las baterías a través de un snorkel no funcionaba. Así y todo, Maegli no estaba tan preocupado por estas limitaciones como por su mujer, que estaba a punto de dar a luz. En marzo de 1982, ese padre primerizo, que apenas tenía 27 años, tuvo que zarpar en misión de adiestramiento y subirse por las paredes del submarino esperando la buena nueva. Estaban haciendo ejercicios con tres corbetas cuando llegó la noticia de que había nacido su hija María Inés. Los festejos a bordo fueron discretos, pero afectuosos.

A mediados de mes llegó otra orden: debían suspender los simulacros y retornar a Mar del Plata. Un amigo se lo encontró en tierra. Partía al día siguiente en el submarino Santa Fe. “Flaco -le dijo a Maegli en un susurro-me voy a Malvinas.” Alejandro sospechaba que algo grande se avecinaba, pero no tenía tiempo de meditar demasiado: corrió a ver a su mujer y a conocer a su hija, y los acontecimientos del 2 de abril lo sorprendieron como a casi todos nosotros. Sintió entonces una íntima contradicción: alegría patriótica mezclada con angustia y extrañeza. Hacía pocos meses había confraternizado con los oficiales del submarino inglés HMS Endurance, que había hecho escala en Mar del Plata. El Endurance atacaría luego, con torpedos y el apoyo de helicópteros, al submarino Santa Fe.

Recibieron la orden de alistarse contra reloj y hacerse a la mar el 11 de abril. Salieron de noche, con órdenes secretas. Cuando abrieron el sobre descubrieron, tragando saliva y con los ojos bien abiertos, que debían patrullar el “Area Enriqueta”, frente a Puerto Deseado. La luna brillaba en la dársena: navegaron hasta la altura de cabo Corrientes y se sumergieron. Maegli preparó las cartas de navegación y leyó la consigna: “Autorizado uso de armas en defensa”. No podían atacar a nadie, porque las negociaciones diplomáticas no se habían agotado. Pero ese despacho lo obligó a procesar psicológicamente el hecho de que por primera vez no se trataba de un entrenamiento: era la guerra.

Pasaron varios días haciendo recorridos y subiendo el snorkel media hora para obtener energía y oxígeno: ésos eran los momentos de mayor vulnerabilidad de la nave. Luego todo fue esperar y madurar la idea del combate. Salvo, claro está, cuando sucedió lo imprevisto: una avería en la computadora de control de tiro. Llevaban a bordo 10 torpedos alemanes y 14 estadounidenses. Pero sin esa computadora, la única alternativa era lanzarlos de manera manual. Trataron de repararla, pero no tenían a bordo los elementos con qué hacerlo, y el 27 de abril recibieron otro mensaje: “Destacarse y ocupar «Area María». Todo contacto es enemigo”.

Eso significaba que debían desplazarse a una zona cercana a la isla Soledad y que allí no había buques argentinos. Cualquier “rumor hidrofónico” tenía entonces que ser, forzosamente, una nave inglesa, y la orden era dispararle, sin dudar.

El 1° de mayo Maegli juntó a todo su equipo de informaciones de combate. Se sentaron alrededor de una mesa minúscula y él descubrió que le temblaban las piernas y que no podía levantar la cara. Cuando la levantó vio que sus camaradas estaban en idéntica actitud de pánico. Vadeó como pudo ese pantano y comenzó la reunión de análisis. Luego se colocó los auriculares: el blanco venía hacia ellos y el comandante ordenaba preparar tubos de torpedos y movimientos submarinos para encontrar la mejor posición de tiro. En un momento, el sonarista oyó explosiones y hélices de helicópteros. Se aproximaban tres helicópteros antisubmarinos con los sonares desplegados y largando cargas de profundidad a ciegas. A medida que analizaban los sonidos y señales se daban cuenta de que los Sea King avanzaban abriéndoles camino franco y seguro a varios buques británicos de guerra. Cuando estaban a 9000 yardas, Maegli le dijo a su capitán: “Señor, datos de blanco ajustados”. El comandante gritó: “¡Fuego!” Y el torpedo salió disparado con trepidaciones y ruidos escalofriantes. Llevaba consigo un cable de guía a través del cual se podía teledirigir su dirección. Pero a los pocos minutos un oficial informó que el cable se había cortado. El torpedo seguía ahora corriendo, aunque de manera autónoma, y estaba programado para ir ascendiendo con el objeto de asegurar el impacto. El problema es que, al hacerlo, se hacía visible. En cinco minutos absolutamente todos los buques ingleses desaparecieron del sonar, y el torpedo se perdió en la nada.

No era difícil para los helicopteristas ingleses ver el trazado del disparo y calcular la posición del San Luis. A Maegli se le secó la boca. Pasarían de cazadores a presas en segundos; los ingleses, a gran velocidad; los argentinos, en cámara lenta.

El capitán ordenó evasión a toda máquina y el sonarista dijo: “Splash de torpedo en el agua”. Les habían disparado y ya se sentían los sonidos de alta frecuencia que el proyectil inglés emitía al acercarse. “Máxima profundidad”, ordenó el comandante. Y a continuación mandó lanzar falsos blancos. Se usaban señuelos, pastillas gigantes que en contacto con el agua hacían burbujas y confundían con sus ecos apócrifos. Los llamaban “Alka Seltzer”. Después de expulsar los dos señuelos, el sonarista informó de algo que galvanizó a todos: “Torpedo cerca de la popa”. Maegli pensó: “Cagamos, nos está persiguiendo, nos va a reventar”. El sonarista agregó: “Torpedo en la popa”.

Diez segundos y un año después, el operador dijo, con su voz metálica: “Torpedo pasó a la otra banda”. Una alegría silenciosa, un cierto alivio recorrió el cilindro: el torpedo inglés había pasado de largo y se perdía en el mar. Se habían salvado por un pelo.

En ese instante mismo comenzó el hostigamiento. Los Sea King se acercaron lanzando sus cargas y sacudiendo el océano. Tiraban todavía sin tener la posición exacta del San Luis, que bajaba y bajaba. Pescaban con bombas a unos quinientos metros del mentón del teniente Maegli. El submarino fue reduciendo su velocidad y se asentó con un golpe en el fondo de arena. Cada veinte minutos los helicópteros llegaban y soltaban sus explosivos, reemplazándose los unos a los otros en la tarea durante horas y horas. Las ondas expansivas no llegaban y entonces el máximo problema era el oxígeno. Sin poder sacar el snorkel, el dióxido de carbono subía y el peligro aumentaba. El comandante ordenó que la tripulación abandonara sus puestos de combate y se metiera en la cama: había que gastar lo menos posible. Meterse en la cama y dormir en un submarino que está en el fondo del mar y al que le siguen disparando debe ser una de las experiencias más inquietantes de la vida. A pesar de ella, Maegli pensó: “El problema no es el miedo sino cómo controlarlo”, y se quedó dormido.

Veintitrés horas después del primer “rumor hidrofónico”, el sonarista anunció que el área estaba despejada. El San Luis emergió a plano de periscopio, sacó el snorkel y la antena, y recibió la triste información de que habían hundido al Santa Fe en las Georgias. El teniente pensó en su amigo y en los oficiales del Endurance, y luego no pensó más que en hacerse fuerte y seguir haciendo su trabajo. “Ya teníamos callosidades en el alma, ya éramos diferentes”, dice hoy, al recordar aquel bautismo de fuego.

Cinco días más tarde, en un teatro de operaciones infestado de naves enemigas, los sensores acústicos volvieron a detectar “ruido hidrofónico”. “Posible submarino”, dictaminó el operador. Y el comandante ordenó de nuevo que todos ocuparan sus puestos de combate y que el San Luis avanzara hacia el blanco, que tenía un extraño comportamiento zigzagueante. “Blanco alfa muy cerca”, dijo el operador. Estaba a unos 1500 metros. Dispararon un torpedo antisubmarino de recorrido corto y escucharon una detonación tremenda. Pero nunca pudieron determinar a qué le habían pegado.

En la madrugada del 11 de mayo, Maegli estaba nuevamente de guardia cuando el sonar detectó una fragata misilística que venía del Este, y al rato otra del Norte. Todos estaban en sus puestos. Y allí, provisionalmente en pausa de combate, les sirvieron un memorable arroz con tomate que los submarinistas comieron con los músculos en tensión, como si fuera lo último que probarían antes de morir. Luego comprendieron que los dos buques británicos convergían sobre el estrecho de San Carlos y el capitán ordenó atacar el blanco más cercano a la costa. “¡Fuego!”, volvió a gritar, a una distancia de 5200 yardas. Tardó tres minutos en cortar cable. Pero todos los tripulantes acompañaban mentalmente la corrida del torpedo. Hasta que, de repente, Maegli escuchó un clanc. Un alarmante ruido de chapa. El sonarista informó que los blancos huían a toda máquina. El proyectil había pegado en el casco, pero no había explotado. El proyectil, una vez más, no estaba en buenas condiciones. Los dos buques ingleses venían de hundir con artillería al ARA Islas de los Estado, un barco argentino que transportaba municiones y combustible de avión. Habían muerto más de veinte hombres en ese naufragio.

Cuando el capitán comunicó al Comando de Operaciones Navales las fallas del torpedo y les recordó las dificultades en el sistema de tiro, recibió una directiva terminante: volver a casa. Regresaban a Puerto Belgrano de noche y en silencio: no habían logrado hundir ningún buque y aunque habían provocado, tal como confesaron luego los ingleses, una verdadera psicosis en el mar y habían logrado retardar con su amenaza submarina el desembarco en las islas, llevaban un regusto amargo. “La prevención, el desgaste de energía y el temor que genera un submarino es terrible”, me explica el contralmirante Maegli; se nota que aquella amargura no se le ha borrado de la boca.

Atracaron en secreto en la base naval y comenzaron a realistar el San Luis, metiéndolo a dique. El teniente llegó estresado, barbudo y con la misma ropa con que había salido de Mar del Plata a su departamento de casado, y durante una semana no respondió preguntas ni salió de la cocina de dos por dos: sólo se sentía seguro en lugares reducidos.

Nunca el San Luis pudo volver al teatro de operaciones. Trajeron a dos expertos para repararlo, pero tardaron cuarenta días y eso dejó al submarino y a su tripulación fuera de la guerra. El 14 de junio los tapó la tristeza. Maegli siguió prestando servicio en el San Luis, y en 1983 lograron que los técnicos alemanes revisaran los mecanismos, explicaran las razones de los desperfectos en sus torpedos y en el sistema de tiro que habían fabricado, y pudieran hacerse las modificaciones necesarias.

Alejandro siguió una larga carrera de perfeccionamiento profesional. Fue comandante del ARA Salta -gemelo del San Luis-, director de la Escuela de Submarinos y agregado de Defensa en Canadá. Un amigo de Ottawa le regaló un libro donde figuraban las grandes batallas submarinas de la historia. Un historiador británico, especializado en el tema, narraba las dramáticas aventuras de un submarino argentino que había escapado de milagro al acecho de la Royal Navy: el San Luis. Maegli no quiso leerlo así como no quiere visitar el submarino rojo que duerme en un astillero de la Costanera Sur a la espera de ser convertido en un museo o regresar al mar. “Es viejo, pero no es anticuado -lo defiende el director de Material Naval de la Armada argentina-. Si me preguntás qué quiero te respondo algo muy simple: sólo un buen final.”

Volvió al astillero para hacerse unas fotografías. Pero lo hizo a regañadientes. Las ánimas vestían de rojo. Costó hacerlo subir al puente del San Luis. Maegli finalmente subió y recordó en un pestañeo el momento exacto en el que se abrió la escotilla y salió a la luz después de 37 días sumergidos en el Atlántico Sur sin ver el océano ni el cielo ni el sol. Maegli asomó su cara agotada de 1982 y respiró profundamente. Lo sorprendió en ese momento el olor puro del mar. El imborrable olor de la vida.

Hundimiento del Crucero General Belgrano

El 2 de Mayo a las 17 se hundió y se llevó consigo la vida de 323 argentinos. Dicen que el buque esperó que se completara el abandono y cuando las 9.000 toneladas de agua que lo inundaron en menos de una hora lo tumbó definitivamente, giró con suavidad hacia las profundidades sin afectar ninguna de las balsas que lo rodeaban.

El Belgrano

El crucero “Belgrano” fue botado el 12 de marzo de 1938 en los Estados Unidos, con el nombre de “Phoenix”, en homenaje a la

ciudad homónima, capital del Estado de Arizona. En 1950 fue adquirido junto a otra unidad gemela, el crucero A.R

.A. “9 de julio”, por el estado argentino. El 12 de abril de 1951 se realizó en la Base Naval de Filadelfia, la afirmación del pabellón, pasando a llamarse “17 de octubre”.

Finalmente ambos cruceros arribaron a aguas argentinas el 5 de diciembre de 1951, conformando la fuerza de los cruceros. El 24 de octubre de 1952, en el puerto de Buenos Aires, recibió en donación su bandera de guerra, del entonces Ministerio de Aeronáutica.

Este pabellón lo acompañó en los cuarenta y dos años de servicio que le dio a la Armada Argentina. Hoy este pabellón se encuentra junto a su casco en la profundas y gélidas aguas del Atlántico Sur.

En septiembre de 1955, cambio su nombre por el de “Crucero Belgrano”, nombre ligado a la tradición naval. En 1969 fue designado buque insignia de la Flota de Mar, desde entonces cumplió funciones de búsqueda y salvamento; como buque logístico y transporte de tropas, entre otras. Por sus cubiertas navegaron más de diez mil hombres de la Armada.

Malvinas, su participación y desenlace

Desencadenados los hechos del 2 de abril de 1982, zarpó el 16 de ese mes hacia el sur con rumbo a la Isla del os Estados con la misión de defender la línea de costa de un eventual desembarco inglés. Además debía vigilar los accesos australes al teatro de operaciones Malvinas e interceptar unidades que intentaran acceder.

El 22 de abril con el fin de mantener su reserva de combustible y efectuar un reabastecimiento logístico atracó en Ushuaia, su ultimo puerto. Zarpó al amanecer del día 24 rumbo al norte de la Isla de los Estados donde se reunió con los destructores ARA “Piedrabuena” y Bouchard”; el aviso ARA “Gurruchaga” y el petrolero YPF “Puerto Rosales”.

El 2 de mayo lo sorprendió navegando al sur del banco Burwood. A las 5.30 el crucero recibió la orden de poner rumbo hacia el oeste. A las 16.01 de ese día un torpedo hizo impacto en su casco y un segundo torpedo arrancó prácticamente 15 metros de su proa. Inmediatamente comenzó su inclinación hacia babor, cesó su fuerza motriz y se apagaron sus luces.

Su escora comenzó a ser más pronunciada, en tanto que su tripulación se agrupó en cubierta.

En varias oportunidades los tripulantes bajaban a cubiertas inferiores para prestar ayuda, por lo cual nadie pasible de ser socorrido quedó sin asistencia. A las 16.20 su comandante dio la orden de abandono.

Por ese momento el crucero tenía ya una inclinación de más de 20 grados y comenzaba a hundirse. Su hundimiento se produjo definitivamente a las 17 horas. Casi un día después las unidades de rescate encontraron las balsas salvavidas. De los náufragos 770 salvaron su vida mientras que 323 tripulantes ofrendaron su vida, convirtiéndose en héroes nacionales al cumplir el juramento de dar la vida por nuestra Patria.

El lugar de hundimiento del Crucero ARA General Belgrado fue declarado por el Congreso Nacional en 2001 como lugar histórico nacional y tumba de guerra.

La nobleza del buque

El 2 de mayo de 1982, el buque de la Armada Argentina General Belgrano se hundía en el Altlántico Sur, cuando participaba de la guerra de Malvinas.

Después del impacto de torpedos de las tropas inglesas, los heridos fueron transbordados a las balsas en delicada maniobra mientras las escalas, redes, cabos de cáñamo o saltar sobre el techo reforzado, fueron variantes usadas para llegar a las balsas por quienes conservaban sus energías.

Algunas embarcaciones pegadas al casco por estribor encontraron que el viento les dificultaba despegarse y otras fueron arrastradas hacia la proa destruida; una de ellas terminó pinchándose con las astillas de acero y los ocupantes debieron lanzarse al agua para llegar a otras balsas.

En ese intento cada uno perdió más del 50% de la capacidad motora y la ayuda debió multiplicarse para izarlos a bordo casi inanimados.

El movimiento provocado por las olas hizo imposible mantener amarradas entre sí a las balsas y debieron cortarse rápidamente las sogas que las unían por grupos, a fin de evitar que se rompieran los flotadores. Esa misma marejada impidió la visión y comunicación entre las balsas. Algunas quedaron sobrecargadas con treinta personas y otras subocupadas con no más de tres.

La popa sumergida y la gran escora anunciaban una vuelta campana del buque que podría formar un vacío y arrastrar al fondo del mar las balsas más cercanas. Ese riesgo aumentaba minuto a minuto. Gruesos chorros de vapor escapaban por las aberturas y muchos escucharon explosiones, posiblemente por el contacto del hierro caliente con los 0º C de temperatura del agua de mar.

Cuando ya nada quedaba por hacer a bordo, ni por los hombres ni por el buque, el comandante se arrojó al agua. Previo a ello lo hizo un suboficial, que permaneció con el comandante hasta el último momento. Ambos nadaron hasta un grupo de balsas, que los aguardaban con el riesgo de ser absorbidas por el gran vacío que produciría el crucero al hundirse.

La escora de 60º preanunciaba el hundimiento. Un denso humo blanco saliendo del interior aumentó el dramático momento que se avecinaba. El rápido avance del anochecer y la disminución de visibilidad ayudaban a ocultar el fin de un gran buque. Ya nadie fuera de las balsas quedaba con vida. Las preocupaciones y problemas comenzaron a estar confinados dentro de cada pequeño recinto. La evolución de los heridos graves pasaba a convertirse en un desafío para quienes compartirían las horas futuras.

El día 2 de Mayo a las 17 horas fue el instante de su hundimiento, momento en que también estuvo presente la nobleza en la vida de este gran buque. Respetando una vez más la vida de sus hombres, esperó que se completara el abandono y cuando las 9.000 tonelad

as de agua que lo inundaron en poco menos de una hora lo tumbaron definitivamente, giró con suavidad hacia las profundidades sin afectar ninguna de las balsas que lo rodeaban.

El recuerdo y reconocimiento permanente

En 1982, en ocasión del conflicto por las Malvinas Argentinas, su tripulación, que contaba con 1093 hombres de los cuales 323 pasaron a la gloria eterna aquel 2 de mayo, estaba constituida por hijos de todas las provincias argentinas, los que son recordados con orgullo por alumnos de innumerables escuelas bautizadas con su nombre o algunos de los héroes que ofrendaron su vida, dando nombre propio a la gesta que ya forma parte de la historia argentina.

Además de bautizar a escuelas y plazas argentinas con el nombre del buque, hay otros reconocimientos que se destacan, como las condecoraciones otorgadas:

La Nación Argentina al Muerto en Combate a los 323 Héroes otorgada post-mortem y fueron recibidas por sus seres queridos.

La Nación Argentina al herido en combate recibidas por los 18 heridos de gravedad.

Honor al valor en Combate al Crucero ARA General Belgrano.

Al esfuerzo y la abnegación a cada tripulante de la dotación