Soy parte de tus recuerdos

Tuve una sensación:
Creí que eras la chica que tocaba el piano
Y que yo entraba con el sombrero y las armas en la cartuchera
Que vos dejabas todo, y mirabas mi entrar de bandido
Y luego de robar esa fonda de alguna provincia argentina
Te ibas conmigo, en mi caballo, en busca del destino.

Tuve una sensación:
Creí que eras la japonesa que curaba mis heridas
Y que yo, el guerrero samurái recio, se entregaba desnuedo
Junto al lago, a tu pañuelo de agua fría
Y que luego nos íbamos lejos de las espadas
Por algún paisaje que nos excitara.

Tuve una sensación:
Creí que eras la magdalena besando mis pies
Y que yo ensangrentado, bajaba de la cruz y mandaba al diablo a Dios
Y ya no salvaba más al mundo que nunca tuvo salvación
Y nos íbamos por ahí, lejos del imperio romano
A pecar, a no dejar de pecar nunca.

Sólo fueron sensaciones
Y un corto tiempo
Ya me eliminaste de tu vida
Nunca fui tu héroe
Soy parte de tu pasado que no existe
Soy todas tus mentiras
El rincón oscuro al que echas tierra en tu memoria
Del que nunca quieres hablar
Sólo soy uno más al que irás tapando
Como si nunca hubieras dormido en mi cama
O cepillado tus dientes en mi baño
Sólo soy uno más al que irás enterrando
Pero cuando pase la tormenta
Cuando el charco esté calmo
Y estés por ahí con otros cuerpos, sin amor
El viento vuelve, todo lo empuja
Y ahí estaré, en tu memoria
No se puede engañar a la memoria
Soy parte de tus recuerdos.

Por Malacara

http://www.facebook.com/marceliguori?v=info#!/profile.php?ref=profile&id=100000535659652

Escritura automática de Rubén Darío

Muerte espantosa, ensañamiento, hemorragia

Llanto, sufrimiento, desesperación

En un tiroteo, desperdicio de plomo

Al alba, sabor del alma

Nacimiento, alegría

Una canción

Expresión del alma

Cielo estrellado

El mar es la tranquilidad

La droga un remedio del alma

El mantecol, alivia las penas

Sol, estrella y daga caliente

Luna, cuerpo celeste.

Cosas dormidas

No sé si despierten
las cosas dormidas.

Una mesa que tiemble si cargan su lomo.
Un poste de luz, con miedo a tropezar.

Y los caminos
esquivando los autos
Y las cucharas
flotando en la sopa

Que tal el obelisco con vértigo,
los almanaques con amnesia,
libros tartamudos,
y los molinos de viento
girando en cuartos cerrados.

Quizás despierten las cosas dormidas
y una piedra se estire
para tirar una gomera.
Y los alambrados de los campos
como redes gigantes
pesquen ovejas.

Que hay si las guitarras tienen vergüenza.
Si las palabras se agarran de los labios
para no salir
o escriben de papel sus letras.

Que tal si los juguetes dejan de jugar a la escondida
con los niños descalzos.

Qué pasa si las balas tienen pánico.

Y las banderas, en un globo gigante,
se llevan volando todos los imperios.

No sé si despierten
las cosas dormidas.

Por Carlos A. Caposio Octubre 2005

Ya somos grandes (Tercer concurso de cuentos cortos)

Foto: “Candy Cigarette” de Sally Mann

Ya somos grandes, mirá a Joaquín lo alto que está con esos zancos. Ya no somos pequeños.

¿No vieron esas guerras que pasan a la vuelta de la esquina? Que no vengan con ideas raras, con que no podemos ver dibujitos o estar mucho tiempo en la computadora. ¿Qué se piensan?

Crecimos mientras mamá y papá iban al trabajo. Ella siempre vestidita de enfermera y él con sus medallas y esa boina calada. Laura era más chiquita, pero se enojaba y ponía los brazos en jarra como ahora.

Vení Joaquín no te vayas. Dale, vení que te vas a caer de ahí arriba. Es mucha altura para vos. Le voy a decir a mamá, si vuelve, aunque vos me delates y le cuentes que le fumé sus cigarros. Con papá ya perdí las esperanzas, ese sí que no vuelve.

Ya somos grandes. Que ruido horrible. Odio cuando explotan esas cosas. Ahí creo que ella tampoco vuelve más. Que se va con papá. A veces tengo miedo, Joaquín y Laura son más chicos, pero enseguida caigo que ya somos grandes. ¿A qué edad se crece?

 Vamos chicos que oscurece. Vamos adentro. Si no llega mamá cocino yo. Eso sí que es difícil. Espero que vuelva ¿Por qué tirarán esas bombas?

No entiendo por qué prohíben ver esas películas que muestran lo mismo que pasa acá a la vuelta.

Dale Joaquín, bajate de ahí.

Vamos Laura corré. Corré conmigo.

Vengan. Ven, allá a lo lejos…

 Vamos. Allá a lo lejos vuelve mamá.

 

Por Carlos A. Caposio.

 

 

¿Escuchás, Mirta?


Inspirado en esta foto, escribí el siguiente relato (por Malacara)
Gracias al ratón por la fotografía y el premio en el concurso.
Gracias Manu, también.
http://blogsdelagente.com/manuelabal/2009/10/21/el-queso-oro-los-ganadores-del-1-premio-1ero-y-2do

Con lo que te gustaba el cine, si estos chicos con sus cámaras, supieran. Pero que les voy a explicar, ahora vienen a filmarme de su tallercito. Piensan que estoy loco ¿Vale la pena que hable de nuestro aniversario? Si sólo me mueven un poco para acá, otro tanto para allá y arman una historia que se inventan.

Se ríen de mí Mirta, eso no está bien, si no te hubiera gustado tanto el cine a estos los mandaba al diablo. Dicen que es un documental sobre la esquizofrenia, o alguna de esas enfermedades de la mente. Para mí sólo es una pantalla. Espero que esta noche puedas verme. Hay luna llena. Desde allá, desde el otro lado ¿Salgo tan ridículo? Decime Mirta, hace años que no me hablás, decime si estoy tan errado, si podés escucharme ¿O será verdad que estoy loco? Que no soy un enamorado y que cuando alguien muere todo se apaga como un televisor que se quema.

Estos pibes me tuvieron dos horas con sus ángulos, las luces, el maquillaje, el vestido este desarreglado que les pedí, que les rogué que trajeran. Nunca entenderán porqué exigí un vestido de novia. Por qué, les dije que no usaría otra ropa. Soy loco sí, les afirmé.

Hay luna llena Mirta, hoy me verás desde el otro brillo, cincuenta años de casados, bien sabemos, no se cumplen todos los días. Un beso fuerte Mirta, te sigo debiendo nuestra luna de miel.


Trabajo infantil III (Por Malacara)

…Si tomamos un tren en Retiro y llegamos a Tigre, el paisaje cambia. Hay más árboles, ríos, canales, casas elevadas y lanchas. Hay turistas que van a ver la casa de Sarmiento y paseos en catamarán. Pero si nos alejamos un poco, también encontramos en el Delta a los pescadores que no pudieron leer Tom Sawyer, a los pequeños con cañas mojarreras y el infaltable mangazo “me regala el pescado, don”. Tienen hambre y no precisamente de saber.

El tango es muy porteño, de conventillos, de los chicos lustra botas. Aunque con muy diferentes costumbres, la sociedad se extiende más allá de las luces de Capital y Buenos Aires, y el trabajo infantil, también.

Pasando las autopistas, las fábricas linderas y los pequeños pueblos, están nuestras provincias. Allí el trabajo de los niños es más frecuente aunque por lo general, mucho más apegado a la familia.

Si llegamos a San Salvador de Jujuy y vamos hasta Humahuaca o Purmamarca, además del cerro de siete colores, la quebrada y el salar, tenemos a los guías más inocentes que nos llevan de travesía por un par de monedas. A esos pequeños exploradores que no tienen miedo, y que a veces, se animan a pelearnos el precio.

En La Quiaca, a 3700 metros de altura es muy fácil apunarse, puede que las piernas no respondan, que cueste respirar, que haya agitaciones en el cuerpo, mareos y vómitos. Los nativos venden hojas de coca para contrarrestar el malestar que por cierto “son efectivas”, se pueden conseguir en las despensas, en los kioscos y caminando por la calle. Sí, un poco transpirados, con el polvo colorado pegado en la ropa, están los niños con una bolsa de hojas verdes en cada mano para hacernos el favor. Los mismos que piden un extra si querés una foto con ellos de recuerdo.

Si bien en el interior del país la familia es más arraigada, lo que es muy común es el trabajo forzoso, los niños cargan bolsas pesadas en las plantaciones, trabajan horas de más, les pagan menos y se exponen a diferentes pesticidas. Según un estudio citado por la OIT, en áreas rurales hay más muertes infantiles causadas por los pesticidas que por todas las enfermedades juntas que son propias de la infancia.

No nos olvidemos de lo más nefasto: la explotación sexual con fines comerciales, la pornografía y el turismo sexual. En el centro de Tucumán si le preguntás a un mozo “piola” donde conseguir sexo pago, te podés llevar una sorpresa: “Mujeres, hombres o algún changuito”.

En las fronteras es común el tráfico de drogas y qué es mejor que la inocencia para pasar un par de bultos.

¿Qué pasa por nuestras mentes para usar de camello a estos niños?

Porque, aunque nunca mandaríamos a un chico a contrabandear, sabemos que pasa, no lo denunciamos, vivimos con eso, somos parte de eso, lo aceptamos, nos desligamos y nos olvidamos.

Trabajo infantil II

…En Plaza Once venden flores de tulipán, llaveros, tarjetas y estampitas. “Mi sueño es tener una familia y que a mis hijos no le falte nada”, sueña Federico, apoyado en un semáforo.

¿Podrá Federico?

“Mejor distribución de los ingresos”, “acortar la brecha entre ricos y pobres”, “mayor seguridad social”, “no más hambre para el pueblo” y “una mejor educación para nuestros hijos”. Quizás algún día estas frases dejen de ser sólo el eslogan de las campañas políticas.

¿Por qué pagamos antes las deudas monetarias que las sociales? Claro, dicen que es la única forma para que desde afuera dejen gobernar. O será que creamos pobres para poder hacer clientelismo político. “Qué sé yo”, tiembla la vos del Polaco. Pero si ni siquiera les informamos a los padres como prevenirse cuando no quieren tener más hijos.

No sólo “las tardecitas tienen ese… “ Las madrugadas en las terminales también tienen ese toque porteño, en Aeroparque, vemos las cabecitas tiradas hacia atrás, miran un cielo oscuro pintado de luces de pájaros gigantes y sueñan con volar. Pero en cuanto nos ven, como ardillas astutas, vienen corriendo para poder llevar nuestro equipaje.

¿Cómo puede faltarles la educación a nuestros hijos?

El inconveniente no es que trabajen sino que lo hagan a tan temprana edad, el problema es que resignen el estudio, que es la base de cualquier sociedad, de cualquier cultura.

Quizás sea porque a sus padres les pasó lo mismo, porque tampoco tuvieron esa pequeña y gigante posibilidad de ir a la escuela, o porque tuvieron que abandonarla para poder llenar sus entrañas. Tal vez, la lucha por comer, deje ese sabor amargo de no poder compartir cosas con las personas de su edad, de ir quedando al margen, al lado, al borde de un sistema que parece patearlos fuera del tablero.

En Constitución ya podemos encontrar graduados, profesionales, impecables abridores de puertas de taxis, con esa perfección de palma de la mano que brilla con la luna, la boca cerrada y unos ojos fríos que calientan el alma.

¿Por qué trabajan nuestros chicos?…

Ensayo Periodístico (continúa) Por Malacara


Desencuentro

“Estoy sólo, muy sólo. Eso que hay muchas mujeres que quieren estar conmigo. Pero no las elijo, algo siempre me lleva por otro camino, y cuando creo ir por el corredor acertado, e imagino que ella espera en la habitación de la prosperidad, saz, se va, o meto la pata, o simplemente ella dice: `hay muchos hombres que quieren estar conmigo´ y luego le pasa lo mismo que a mí, equivoca el corredor y se siente sola, muy sola”, Malacara.

Ecuación de las parejas

Cuanto más se recibe

menos se da,

falta de equilibrio.

Deriva en una especulación porcentual

de dividir el tiempo que doy

para multiplicar las ganas de verme.

Control al cuadrado

igual a mentiras por dos.

Deseos, caricias y besos con decimales

es un amor a la izquierda.

Dominante y dominado

cincuenta por ciento

ambas partes responsables.

Más menos mimos

menos más abrazos,

contención,

una mano en la mejilla

la otra en la cintura

por dos bocas opuestas,

sí sólo sí,

lenguas enredadas.

Dos enteros en una cama tiende a infinito

al igual que en el suelo, la mesada o la montaña.

Un corazón mayor a la razón

equivale a una mente irracional,

problemas a la décima potencia,

pero la pasión, también tiende a infinito

al pequeño punto de reconciliación

sí sólo sí,

lenguas enredadas.

Inversamente proporcional a la rutina

de amores periódicos y “perfectos”.

Que deriva en:

menos sexo, más trabajo,

por fin de semana de suegras

dividido cuentas por pagar

igual a, “hay que tener un hijo”.

Pero a mayor ganas de uno

menos coraje del otro,

se tiende a elevar la inseguridad del opuesto

más pequeñas discusiones

se suprime la apuesta al futuro

igual a vivir el presente.

Mano en la mejilla,

otra en la cintura

sí sólo sí,

lenguas enredadas.

Se entiende de esta ecuación:

Que el amor siempre es desigual

resultante, de desiguales formas de expresarlo,

que las pequeñas peleas son fuego a la décima potencia

pero periódicas, saturan la memoria del procesador

Que la raíz cuadrada del amor

es igual a la pasión al cuadrado

dividido menos discusiones

por más reconciliaciones.

Conclusión:

La relatividad de las cosas. Todo es relativo.

El amor tiende a infinito

buscar periódica y constantemente,

sí sólo sí, lenguas enredadas.

http://www.artecomunicarte.com/ArtistaDatosPAD2_L.php?Arp=714

Carlos A. Caposio (Julio de 2006)

Cabellos de Angel

 

Salió de la habitación y caminó por la galería de la vieja casa, pasó por el cuarto del hermano, el de los padres, cruzó la cocina y salió al jardín con la caja de zapatillas en la mano.

 En la parrilla estaba el kerosén junto a las herramientas del asado. Roció todos los recuerdos, no sin antes darle el último vistazo y contener las últimas lágrimas.

 El fuego creció, se elevó y jugó ante sus ojos, Malena enredaba su dedo en el pantalón de algodón que usa para dormir mientras observaba como se quemaban los pequeños títeres que él le hacía, los dibujos, las fotos, las cartas.

 Estaba sola, los padres habían ido a ver un partido de quinta división donde jugaba su hermano. Se sentó a contemplar como todo se extinguía, serena, con su pelo de cabellos de ángeles quieto, con el mirar nostálgico en la memoria.

Ya estaba cruzada de piernas junto a las últimas brasas que aún hacían llamas, cuando el clima empezó a cambiar.

El viento primero jugó con el limonero, y con el tendedero que giraba en círculos con la ropa colgada, rápidamente alcanzó su melena rubia y las hojas en el piso que caían del árbol del vecino. Después, el aire húmedo se encontró con la chapa del lavadero que la asusta los días de tormenta y, por último, con las pocas chispas y cenizas, con el resto de recuerdos que se esparcían por el jardín ante los ojos de una Malena inmutada.

Así voló su primer amor. Su único amor.

Así lo recordó varios años después, en el aeropuerto, la noche en que su familia se iba a España porque por medio de un contrato millonario su hermano se iba a jugar en la primera de un club importante. Esa noche, en que su cabeza traía inevitablemente las imágenes de la vieja casa chorizo.

La mañana y el sol la llevaron al barrio de la infancia, al almacén de José que ya no estaba, a Marta barriendo la vereda y hablando con todos los que pasaban a su lado, y a su casa, que ahora estaba a medio demoler y en poco tiempo sería un lujoso edificio.

Antes de correr las chapas para colarse en la obra, o de romper el candado o de simplemente pasar como un fantasma a través de la fachada, paró en el quiosco de Molinari a leer los títulos del diario, su hermano ya era una estrella. Estaba en todas las fotos y en algunas hasta salían sus padres. Malena recorrió la casa en la que habitaban la humedad y algunos gatos y se quedó dormida en el rincón de las penitencias, donde la mandaban las veces que golpeaba a su hermano o rompía alguna cosa. Sobre ella, se acurrucaron los gatos después de girar a su alrededor, desconfiados.

Quince pisos tuvo el edificio explotado por algún inversor; piscina, cocheras, gimnasio, salón de fiestas, lavadero, todo lo que dicen que hace falta para ser feliz.

A ella le gustaba el último departamento, al frente, que miraba al este y permitía ver el río. Aunque ya estaba vendido, ahí se quedó, con un músico que tocaba el saxofón y tenía un contestador de teléfono que le llamaba la atención, él miraba siempre los partidos de su hermano.

Al principio estaba cómoda pero pronto dejó de vivir con él. No la entendía, aunque era un hombre sensible, no captaba las sensaciones que ella insistía en trasmitirle. Era en vano intentar rozarle las mejillas con la nariz cuando estaba de mal humor o tararearle alguna melodía cuando componía. No la registraba. No la sentía.

Malena buscó la forma de hacerle entender que la historia no era como contaba su hermano en las entrevistas. Que estaba equivocado. Pero el músico también creía que ella era una cobarde y que se había querido ir junto a los recuerdos del primer amor.

-No es así- repetía -No es lo que pasó.

Todo era una pesadilla para ella, era como estar eternamente en el purgatorio, y él, que no podía siquiera componer una canción para demostrarlo.

En el segundo piso vivía una chica que había perdido a la madre en un accidente, el padre las había abandonado cuando ella era una criatura, estaba siempre muy sensible casi al borde de la depresión. Entonces Malena decidió parar con ella. Era callada, estudiaba pintura y tenía el departamento lleno de telas.

 Ella no miraba fútbol, por eso Malena iba todos los lunes a ver el deportivo al quiosco de Molinari.

La chica progresó en su vocación. Primero comenzó a vender los cuadros en una feria y en pocos años abrió su propia galería. Después, quizás de tanto cruzarse en el ascensor, o por compartir los gustos artísticos, se puso de novia con el músico del último piso. A Malena no le importó, ya habíamos dicho que su primer amor fue su único amor, encima tenía todo el departamento para ella sola.

Con el tiempo, la novia del músico sólo bajaba al segundo piso para pintar.

Un atardecer, la chica pintaba una casa. Una vieja casa chorizo. Malena se acurrucó atenta en el sillón observando la mezcla de pintura en la paleta, las caricias del pincel en la tela, el verde jaspeado del jardín, el fuego intenso en el centro, la adolescente de larga cabellera rubia.

Sonó el timbre. Era el músico. La chica le mostró el cuadro que no sentía terminado.

- ¿Qué ves? – dijo ella.

- Un cuadro de una adolescente calentándose con el

fuego, en un bosque; no perdón, en un jardín.

- Sí, pero qué más. Hay algo que falta. Siento angustia.

- ¿Tiene que ver con la historia de la hermana de Migliotti?.- Exclamó, él.

- ¿Quién es Migliotti?

- El jugador de fútbol, es un fenómeno.

- ¿Y qué tiene que ver con este cuadro? –preguntó la

chica. Mientras sacó la tela del atril y la movió atravesando el cuerpo diáfano de Malena.

- Me contó la chusma de Marta que los Migliotti vivían

acá, en una casa que tiraron abajo para hacer este edificio. La otra vez contaron la historia del pibe en la televisión. La hermana estaba loca.

- No sabía nada – contestó la chica – pero, insisto,

¿qué tiene que ver con el cuadro.

- No sé, nada en realidad – le dijo el músico serio –

pero al parecer la piba se prendió fuego en el jardín, se suicidó.

- No inventes, dejá de mentir, me querés asustar, le dijo ella empujándolo.

- Siii, debe ser el espíritu de la pobrecita – ironizó

el músico. – Dale, si vos sabías – agregó, desconfiado.

 - No sabía nada, te lo juro – aseguró la chica mientras guardaba el monedero en la cartera – y no jodas con esas cosas ¿qué sabés? ¿qué sabemos?

- Es verdad ¿qué sabemos? Pero dale, vamos que ya empieza y llegamos

tarde.

 Se fueron.

Malena, furiosa por el error del músico, se quedo

adherida en el sillón, contemplando el reloj, el círculo invisible que deja la sombra del pasado. Aunque aprendió que el tiempo pasaba más lento cuando lo controlaba, no podía evitarlo. Siempre miraba la hora, sin sentido. Sin sentido, como la historia, como la historia contada por una sola persona, sin otros que puedan reafirmarlo, en ese sin sentido donde todo se transforma en ficción.

A la vuelta del teatro el músico la despidió en la

puerta. Parecían discutir. La chica lloraba y le repetía que él no entendía. Que había algo más. Que la tela le pedía seguir pintando que el cuadro no estaba terminado.

Entró y acomodó la ropa desordenada, encendió el equipo de música, descorchó un vino y se paró frente al cuadro a beberlo.

Después tomó la paleta, y con el rojo ladrillo agregó una parrilla en el fondo de la casa. Pintaba abstraída de todo, no escuchaba ni las canciones de fondo ni el ruido que hacía con el viento el cartel de venta del tercer piso.

Las gotas de lluvia ya rebotaban contra el vidrio del living cuando en verde y amarillo moteó un limonero, después coloreó un tender con ropa y agregó nubarrones grises que tiñó de negro.

Con la copa en la mano izquierda bebió salpicando el piso, mientras que el pincel en la otra mano, giraba y giraba como un dedo que juega en un pantalón de algodón.

La chica agregó unos círculos en blanco que parecían tormenta, viento, y siguió girando y girando el pincel.

Por último dibujó un tarro al costado del fuego, un tarro de kerosén caído, como volado por el viento, al lado de la chica de cabellos de ángel.

 

Por Malacara

 

 


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