Algunas Fotos del Frente Sur Benjamin Zeledon

Algunas Fotos del Frente Sur Benjamin Zeledon, 16-10-2010	Frente Sur Benjamin ZeledonChilo...el tigrillo, Pedron, Poeta loco,
Frente Sur Benjamin ZeledonChilo…el tigrillo, Pedron, Poeta loco,

Laureano Mairena

Copañeros del Frente sur

Compañeros del Frente sur

 Hugo Spadafora, Jossy y Tigre
haroldo Horta Tricallotis en la celda donde paso sus ultimos dias hasta el Triunfo de la Rrvolucion

haroldo Horta Tricallotis en la celda donde paso sus ultimos dias hasta el Triunfo de la Revolucion

Leon de la Segovia y Haroldo Horta Ferito

Leon de la Segovia y Haroldo Horta Ferito

Frente sur 8
Nicaragua el pais que asombra al mundo

Nicaragua el pais que asombra al mundo

Los Muchachos.

La unica mujer panameña que combatio en la columna Jacinto Hernandez

La unica mujer panameña que combatio en la columna Jacinto Hernandez

Brazalete Rojo y Negro. de Pedro Barrios

Martes 8 de marzo 2005

Pedro Barrios: Con el brazalete rojinegro.- Parte uno

A la tropical Nicaragua, entrañable cielo de Sandino y Darío, zona de revolucionarios y poetas, fracción amada de la Patria Grande, el grupo de internacionalistas que integra Pedro llega (“una noche sin luna ni estrellas, casi un símbolo de la realidad de la tiranía)a la zona de combate.
Aún desde lo infinitamente pequeño –explica Pedro Barrios- es posible “meterle mano a la historia” y desde una actitud ética, la de jugarse junto a los desposeídos, dar el sentido más hermoso a la vida.
Junto a la descripción (breve, apenas en su esencia) de los hechos relatados surge, en toda su sinceridad, el militante que siente el imperativo de ofrecer su recuerdo, como homenaje a sus compañeros, especialmente a los que cayeron en combate.
Este es un testimonio del coraje y el riesgo que nacen de la convicción.

A la memoria De Nicola y de “Meme”

Cuando descendimos de la caja cerrada del camión no teníamos idea en dónde nos encontrábamos.

Era una noche sin luna ni estrellas. Lloviznaba. No veíamos absolutamente nada pero en unos minutos, nos convencimos de que habíamos llegado a nuestro objetivo, por el cañoneo constante que escuchábamos relativamente cerca. La certeza de que nos hallábamos en la Nicaragua que intentaba sacudirse el somocismo de encima, nos permitiría, al fin, dormir.

Desde muchísimas horas antes, estábamos en manos de aviadores y choferes que nos dejaban muchas dudas acerca de si trabajaban para la Revolución o para sus enemigos; si nos conducían junto a los compas sandinistas o a la muerte segura en manos de la Guardia Nacional Somocista; si íbamos hacia Nicaragua o a un país hostil. Cuando llegamos nadie habló una palabra. Con nuestras impecables camisas y pantalones de vestir nos acostamos al borde de un camino, usando nuestros bolsos de mano como almohada. El alivio de la tensión, provocada por la incertidumbre, hizo que al instante quedáramos dormidos.

Nuestro grupo estaba compuesto por quince uruguayos y unos treinta chilenos, salvadoreños, guatemaltecos y hondureños. Habíamos salido la tarde anterior de Panamá. Con nuestro arribo, los compatriotas pasaban del medio centenar, en el frente Sur. Por una decisión estrictamente personal, habíamos coincidido en la necesidad de aportar nuestro esfuerzo al pueblo nicaragüense, que ejercía el derecho a la insurrección contra la tiranía de Anastasio Somoza Debayle.

Despertamos al amanecer de un día nublado, de cantos de pájaros desconocidos para nosotros, de olores llamativos, rodeados de una vegetación intensamente verde. Desbordábamos de alegría, queríamos abrazar a todo el mundo. Cambiamos nuestras ropas civiles por el uniforme verdeolivo. Luego nos condujeron a un pequeño claro del monte, donde realizamos la formación. A la voz de ¡firmes!, siguió la presentación del jefe del frente y su recibimiento.

Algunos quedamos sorprendidos: “Soy Edén Pastora, comandante cero, jefe del Frente Sur Benjamín Zeledón…”.
Pastora era, por aquel entonces, uno de los comandantes de mayor prestigio del FSLN, por su antigüedad y por las exitosas acciones militares que había dirigido. Nosotros lo habíamos visto antes sólo en televisión, cuando la toma del Congreso Nacional de Nicaragua, acción que permitió la liberación de los miembros de la Dirección Nacional del FSLN que se encontraban presos. Después de darnos la bienvenida, anunció nuestros destinos: un pequeño número de compañeros iría a la defensa antiaérea; el resto se dividiría en dos, la mitad para cañones y los otros para morteros.

La suerte quiso que quedara del lado de quienes estaban destinados a los morteros, pero como me encontraba en mitad de la formación, di un paso hacia la izquierda y me quedé con el grupo de compañeros que iría a los cañones, arma que me gustaba más.

Sabíamos de antemano que los cañones eran de 75 milímetros sin retroceso, para acompañamiento de infantería y permitían por tanto ver al enemigo, así como los daños que producen sus proyectiles antitanques o antipersonales. Tenían la capacidad también, mediante tiro indirecto, de alcanzar blancos a siete kilómetros de distancia.

Luego de la pequeña ceremonia de recibimiento, nuestra batería pasó por la armería para recoger los cinco cañones que nos asignaron, así como las armas personales (FAL). El resto del día se pasó limpiando, engrasando y cerando las miras de los “75″, así como comprobando su funcionamiento.

Nuestra batería fue asignada en un primer momento a la reserva de la artillería, concentrada cerca de la localidad de Peñas Blancas, en la frontera con Costa Rica. Estábamos a unas decenas de metros de la carretera Panamericana y de unas construcciones a medio terminar, muy cerca de unos grandes árboles donde chillaban los monos y de un río donde chapoteaban los cocodrilos.

Lo primero que hicimos fue una especie de trinchera refugio, siguiendo el dicho: “La vida es un hueco; se nace por un hueco, se come por un hueco, se respira por un hueco (…seguía todo lo imaginable) y se conserva metiéndose en un hueco”.

Más adelante comprobaríamos cuánta razón había en esto. Esta excavación la fuimos mejorando día a día. La cubrimos con tirantes de madera y una gruesa capa de tierra, dejándole una entrada a cada extremo. Luego construimos un piso con tablas de encofrado sobre el refugio y posteriormente un techo con chapas.

Había que protegerse del fuego enemigo pero también de la lluvia que, si bien nos daba de beber, era como una mujer excesivamente posesiva. Siempre llovía. Era una lluvia persistente y tenaz, interminable como un mal matrimonio. La escasa actividad de los primeros días y el mal tiempo se prestaban para largas charlas, sobre todo entre los seis uruguayos de nuestra batería.

Teníamos en común el hecho de estar casados y con hijos pequeños que se encontraban muy lejos de nosotros. Habíamos tenido que abandonarlos, a pesar de que eran los únicos seres queridos que podíamos ver por nuestra condición de exiliados, pero habíamos dado este paso en forma muy meditada. Los motivos por los cuales alguien toma una decisión de este tipo, son diversos; pueden ir desde el aventurerismo hasta la más sesuda motivación teórico política; desde buscar la gloria (como decía el negro Pedro) o por solidaridad de clase; desde el amor al odio; desde la fe a la ideología. Algunos de estos elementos pesaban, en mayor o menor medida, en cada uno de nosotros. Pero también era necesaria cierta dosis de valentía personal, de vergüenza, de dignidad.

Participar en una insurrección es de algún modo meterle mano a la historia, sentirse protagonista de la época, infinitamente pequeño, pero protagonista al fin. Nuestra opción se convierte así, en uno de los tantísimos vectores de fuerza que actúan, a su vez, como componentes de la gran fuerza, la que mueve la historia en su incesante, vacilante y zigzagueante ascenso en espiral.

Ser un luchador político social es darle un sentido a la vida. Si bien no es el único válido, sí es uno de los más puros: tiene un profundo contenido humanista, ético y también estético. Significa vivir de una manera más intensa, más dignificante. Se cumple el ciclo vital sin quinar esfuerzos ni sentimientos, para elevar a los más desposeídos, a su condición de hombres.

Esto requiere una cuota de sacrificio que no todos soportan; algunos la soportan durante un tiempo, otros hasta la última hora, pero todos son imprescindibles a diferencia de lo dicho por Brecht. Algunos son asesinados, otros se corrompen y si bien no es lo mismo, siempre representan dolorosas bajas. En el primer caso matan al portador de una idea. Pero ésta se reencarna, multiplicándose sus partidarios.

En el caso de los corruptos o los traidores, el enemigo obtiene un objetivo: matar una idea contraria a sus intereses, aunque más no sea en alguno de sus portadores.

Esto explica, por qué muchos combatientes dan la vida para conservar una bandera de combate; para mantener con vida algo que tiene un profundo sentido político, ideológico, patriótico y moral; algo que es símbolo de las ideas por las cuales se está guerreando.

Por eso, si cae el que la lleva, (en nuestro caso siempre en el pecho debajo de la camisa) sobran brazos para rescatarla y conservarla a todo trance. En tiempos de paz, en la ceremonia de izarla o recogerla, si la bandera toca el piso por descuido de sus custodios, se la quema y se entierran sus cenizas. Son expresiones del respeto a las ideas por las que se lucha y sus mártires, no un formalismo mistificador.

Los combatientes revolucionarios asesinados, refuerzan la bandera; las ideas por las cuales dieron su vida. Los que se corrompen, los traidores, mancillan esa idea, esa bandera. Son dolorosas ambas bajas, pero los motivos del dolor son muy distintos. Existen revolucionarios que son destrozados en la tortura o quemados en la hoguera de la incomprensión o del dogmatismo. Pero muchos alcanzan a ver concretados sus esfuerzos: la revolución siempre paga.

En nuestro caso, la lucha armada que se desarrollaba, nos planteaba la posibilidad de la muerte como algo muy cercano, que podía ocurrir en cualquier momento en cualquier lugar de múltiples maneras. La verdad, es que esto no nos pasaba por la mente tratándose de uno mismo. La posibilidad de morir no alteraba la conducta combativa de la amplísima mayoría de los compas.

En lo que sí influía era en el compañerismo que se elevó notoriamente. Todos estábamos atentos a las necesidades de los demás, éramos más serviciales y afectuosos con los demás.

En cada gesto, en cada actitud se notaba una alta cuota de ternura y comprensión hacia el compañero.

La verdad es que nunca vi, hasta hoy, un destierro tan grande del egoísmo. Era como si tratáramos de hacerle más dulce la vida al prójimo que iba a morir ese día o al otro.

Así veíamos a un campo caminar, entre ida y vuelta, 6 0 7 kilómetros para llevarle cigarros a un paisano que no se los había pedido, pero que posiblemente no tuviese.

Uno hacía cosas por el puro placer de hacer el bien. ¡Y qué bien se siente uno entonces

Con el brazalete rojinegro: Parte dos.- EI Frente Sur había sido el último en nacer.

Por Pedro Barrios
Por entonces, las diversas tendencias del sobre FSLN, que eran prácticamente organizaciones distintas, estaban en proceso de unificación. Nuestro Frente fue concebido para contribuir a resolver militarmente un conflicto que políticamente ya estaba ganado.
Luego de avances y alguna retirada, el Frente se había consolidado en una gran extensión del istmo de Rivas, abarcando un territorio que iba del Lago de Nicaragua (o Cocibolca) hasta casi el Pacífico, a lo largo de la frontera con Costa Rica.

Por esta zona pasaba el proyectado canal de Nicaragua, que los norteamericanos habían ideado para unir el Atlántico con el Pacífico.

El eje de nuestro Frente era la carretera Panamericana, sobre la cual se encontraban los poblados de Peñas Blancas y Sapoa que, cuando llegamos, estaban en nuestro poder. Era una zona de grandes explotaciones ganaderas. La primera línea del frente no era continua, sino que se conformaba por los puntos estratégicos que se iban consolidando, casi siempre, en la cresta militar de las principales colinas.

Se trataba en una etapa de la guerra en la cual ésta pasaba de guerrilla a guerra regular, o de posiciones. Las fuerzas del FSLN en este frente eran las que contaban con mayor poder de fuego, por la cantidad y calidad del armamento. También era el frente que contaba con mayor participación internacional de combatientes y de recursos logísticos.

El enemigo, bajo las órdenes del comandante Bravo, había logrado concentrar gran parte de sus tropas y armas en esta zona. Su artillería participaba activamente en los combates y en el constante hostigamiento a que nos sometía. Contaban con cañones, obuses morteros y lanzacohetes múltiples, en gran número. La aviación dejaba caer diariamente sus bombas de 100, 250 y 500 libras sobre nuestras posiciones, a lo que se agregaban los ametrallamientos y lanzamientos de rockets.

Los helicópteros volaban a gran altura, quedaban en vuelo estático y arrojaban bombas de napalm o tanques de gasolina, de 200 litros, con mechas encendidas. La intensidad y diversidad de los bombardeos a que éramos sometidos, provocaban muchas bajas. Las heridas provocadas por estas armas tenían, además del daño físico, cierto impacto psicológico. El proceso de adaptación llevaba más o menos tiempo, según el compromiso político y, principalmente, el entrenamiento previo, los conocimientos y la práctica anterior.

Los compas de mi batería teníamos alguna experiencia anterior y un buen conocimiento de nuestras armas, pero era inevitable una etapa de adaptación que la pasamos rápidamente.
Por esos días aprendimos a dormir de una forma especial, siempre alertas a los ruidos que no eran los cotidianos.

Una noche me encontraba de guardia. Ya nos habíamos acostumbrado a las explosiones de un obús de 155 mm del enemigo que disparaba pausada pero constantemente, barriendo un área enorme.

Un hostigamiento casi sin sentido, pues ni siquiera perturbaba el sueño de los compas, al punto que fue bautizado con el nombre equivalente al Hiposaurio Dormilón, debido a que cuando comenzaba a disparar, nos íbamos a dormir. Uno de los proyectiles cayó a poco más de cien metros de donde nos encontrábamos. Nada extraordinario, todos roncaban. Pero el siguiente disparo cayó a unos cien metros antes de nuestra posición, y ahí sí me di vuelta, alarmado, para despertar a mis compañeros con el fin de que tomaran conciencia de la situación y entraran en el refugio.

¡Me llevé tremenda sorpresa al percatarme que yo era el único que estaba afuera del hueco!

En brevísimos segundos 16 combatientes que estaban dormidos se habían metido en un refugio por dos accesos de 50 x 50 cm; sin voz de alarma, sin decir una palabra. La explicación es que todos sabían lo que es “horquillar” en artillería: el próximo disparo del obús iba a caer sobre nosotros.

Al otro día observamos a un avión T 33 que ametrallaba la zona. El tableteo de nuestra defensa antiaérea era el sonido predominante. Se dirigía directamente hacia nosotros.

Respondimos organizando una cortina de fuego, con todos los fusiles en ráfaga, pero el avión pasó y se alejó sin daños visibles.

A partir de ese día la aviación enemiga nos visitaría casi diariamente y aprenderíamos, en la práctica, que las balas de sus ametralladoras van más rápido que el sonido; que no hay que esconderse cuando se escuchan sus estampidos cadenciosos porque las balas ya pasaron; que hay que estar atentos a las lucecitas intermitentes en sus alas, primera señal de que está disparando; que no hay que correr como un loco cuando desde los helicópteros nos arrojan tanques de 200 litros de napalm, porque siempre parece que nos van a caer encima, debido a la gran altura a que vuelan; que cuando se deja de escuchar el motor de los Push Pull es porque van a entrar en picado para arrojar sus cohetes aire tierra, y un montón de cosas más que dejan avergonzados a los guerrilleros bisoños frente a los más veteranos.

Aunque a la semana dos son veteranos o mártires. Tal era la intensidad de los combates.

De este primer encuentro con la aviación somocista sólo obtuvimos el primer regaño del jefe de la batería, que no se encontraba en el lugar de los hechos “por haber delatado la posición al enemigo”.

La segunda vez que nos amonestó fue por motivos ajenos a la táctica: por matar una vaca y tener un chancho atado al lado de nuestro refugio. Como buenos uruguayos el primer ser vivo que matamos en esa guerra fue una vaca, rápidamente cuereada entre el mosquerío, por un compa que tenía mucha práctica.

Cuando coloqué los dos cuartos traseros encima de un caballo para llevarlos a nuestra base, éste se espantó de tal manera por el olor a sangre, que casi se mata. Tenía una larga cuerda que se enredó en el tronco de un árbol, obligándolo a dar vueltas en círculo (más bien en espiral) hasta quedar con su cuello firmemente recostado a ese tronco.

Una vez solucionado el percance nos dimos un buen banquete. Cuando salíamos del lugar en que estábamos acantonados para ir a la cocina central, a la enfermería, a la armería, o simplemente a recorrer la zona, nos encontrábamos con uruguayos que combatían en otros sitios y nos contaban las acciones militares en las que participaban: “Entonces disparamos el cañón, dándole a la lancha que iba por el lago, hundiéndose en pocos segundos”.

“Se ve que el chigüin(1) estaba drogado, porque salía de la trinchera y nos puteaba de pie.

Entonces lo vi clarito en la mira telescópica y, púm. ¡Andá a putear a San Pedro!”.

Las historias que escuchábamos alimentaban nuestra envidia y el deseo de participar más activamente en los combates cotidianos.

Comenzamos a presionar a nuestro jefe de batería en ese sentido. Comprendíamos el papel de la reserva, pero ésta podía ser más activa. De las discusiones, a veces bastantes fuertes, surgió una idea táctica,llamada entre nosotros “el cañón fantasma”.

La cuestión consistía en aprovechar las características y propiedades combativas de nuestros cañones. Eran livianos, se podían mover a mano, resultaban fáciles de enmascarar, extremadamente precisos y con gran poder de destrucción.

Como nuestro Frente ya estaba prácticamente en una guerra de posiciones, existía entre nuestras líneas y las enemigas lo que se llama “tierra de nadie”, una especie de faja que tenía entre 100 metros y un kilómetro de ancho. Esta faja era explorada por nuestras patrullas detectando, muchas veces, objetivos detrás de las líneas enemigas que les era imposible destruir con los medios de fuego con que contaban.

Nosotros nos informábamos de estos blancos a través del S 2, luego nos adelantábamos a nuestras líneas con el cañón y tratábamos de destruirlos o neutralizarlos, retirándonos a retaguardia inmediatamente, Le llamábamos “el cañón fantasma”, pero en realidad eran varios y con distintos operadores.

Nuestros primeros días transcurrían entre estas discusiones y la limpieza hasta dos veces por día de las armas, debido a la intensa humedad del clima en aquella época del año, que paradójicamente los “nicas” le decían “invierno” aunque ya era verano.

(1) Con ese nombre se le llamaba a los guardias enemigos, debido a que era el mote del hijo de Somoza, Director de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI).

Viernes 25 marzo 2005

Con el brazalete rojinegro: Parte cuatro

Por Pedro Barrios.- Hubo días de gran tensión. En Costa Rica se encontraba una compañía de marines de los E.E.U.U y el parlamento de ese país discutía la autorización para que entraran en gran número.

En la foto: Galvarino Apablaza (Salvador) y Raúl Pellegrin (Rodrigo) Nicaragua 1979.-

Un ataque de estos muchachos es algo serio, y si es por la retaguardia peor. Pero la moral era muy alta, al punto de que algunos exaltados estaban deseando enfrentarse a los yanquis directamente.

Por esos días, también nos enteramos de que habían herido a cuatro uruguayos con esquirlas de mortero y no les provocó la muerte gracias al “cuerpo a tierra”. A uno de ellos, a quien llamaban “Campesino”, lo tomó aún antes de llegar al suelo, pero la esquirla sólo le levantó parte del cuero cabelludo. La sangre le cubría la cara, y junto con el golpe que recibió (”parecía que me dieron con un bloque en la cabeza…”) lo convencieron de que su herida era de una gravedad que no tenía.

Como había vivido muchos años en Centroamérica, gritaba: “¡Hay mamacita, me dieron en la cabeza!” Esto provocó muchas risas y servía para hacerle bromas diariamente.

También a Salvador se lo cargaba mucho, porque cuando ocurrió lo de la granada de mortero, se arrojó al suelo, pero otro compa lo había hecho un poco antes en forma perpendicular a él, de manera que cuando cayó en cruz sobre el otro, sus nalgas quedaron más arriba de su cuerpo.

Y allí mismo recibió, en su nalga generosa, el charnel (esquirla). Días después andaba mostrando el trozo de acero que le habían extraído los médicos, como si fuera una medalla; pero le decíamos que una herida en ese lugar no indicaba que fuera avanzando hacia el enemigo, sino todo lo contrario: “No te preocupes por justificarte, Salvador; huir no es cobardía, porque soldado que raja sirve para otra batalla “.

Casi todos los compatriotas heridos eran objeto de jarana y, tal vez debido a eso, a la posibilidad de joderlos, se expresaba la alegría de verlos vivos, de saberlos no tanto sanos como salvos.

Al “Sordo”, que le habían dado un tiro en la mano, le decían que había sido herido cuando levantaba una bandera blanca para rendirse. Al Teno, que una esquirla le había volado un codo del brazo cuando se encontraba en preparativos para cocinar, le decían que era un accidente culinario.

En general, siempre estábamos contentos y hacíamos lo imposible para encontrar a otros uruguayos, para intercambiar noticias, risas, abrazos y hablar de nuestros hijos. Hay que tener en cuenta que el exilio político, en el que vivíamos desde seis años antes, nos impedía un contacto directo con nuestros padres, hermanos y familiares.

Esto creaba una relación muy especial con nuestros hijos, criados sin abuelos, sin tíos. Eran las únicas personitas con vínculos sanguíneos con nosotros. A muchos nos pasaba que hacíamos cosas extremadamente arriesgadas sólo si pensábamos en ellos: “¿si no, que pensarán mis hijos?”, tal como si pudieran vernos o juzgarnos.

Este era un remedio mágico contra el valor que flaqueaba, contra el miedo paralizante. Durante los primeros días de nuestra estadía en el frente, conversando con otros paisanos y después de darle muchas vueltas a la cosa, nos dimos cuenta que habíamos olvidado por completo la imagen del rostro de nuestros gurises.

No recordábamos sus caritas. Era un fenómeno general, que le ocurría a casi todos los compatriotas, pero demoramos mucho en darnos cuenta, debido a la vergüenza de confesarlo. Por oscuras razones de seguridad no podíamos llevar con nosotros fotos de ningún tipo, lo que hacía mas inútil y angustiante el esfuerzo por reconstruir estas queridas imágenes.

Seguramente esto tiene que ver con la adaptación a la situación que vivíamos, porque cuando la guerra era ya algo cotidiano, se restablecía la capacidad de representación de esas caritas. Era un fenómeno pasajero.

La mayoría de las charlas entre uruguayos era sobre temas jocosos. Una vez Carlitos me contó lo siguiente. El era jefe de un cañón que se encontraba en la primera línea.

Tenía también una ametralladora pesada de 12,7 mm emplazada como antiaérea en la cresta de una colina, montada en su trípode de 1,50 m de altura, con su cañón vertical. Vista de lejos parecía una antena o un pararrayos.

Estaba enmascarada con ramas y hojas de la vegetación circundante. Carlitos estaba a unos 50 m. de la ametralladora, en el emplazamiento del cañón. Junto a él dormía tranquilamente Braulio, a pesar de la lluvia y el hostigamiento nocturno del obús, algunos morterazos y los disparos de un lanzacohetes múltiple.

Este plácido sueño duró hasta que, en medio de las explosiones de los disparos del enemigo, cae un rayo en la ametralladora. El trueno hizo despertar a Braulio de un salto exclamando:

Carlitos, ¿con qué están tirando estos hijos de puta? El interrogado empezó a reírse a mandíbula batiente, sin poder responderle, cuando el compa que custodiaba la ametralladora llegó corriendo, tropezó y cayó como una bolsa de papas dentro de la trinchera y dijo:

¡¡¡Carlitos, el rayo derritió la ametralladora!!!

Creo que ni la imaginación más fértil puede figurarse esta situación.

Carlitos se encaminó hacia la antiaérea para ver que ocurría, a las carcajadas, en medio del bombardeo, de la noche, de la lluvia.

Efectivamente, el rayo había caído en la ametralladora, pero lo que le hizo pensar al compa que la antiaérea se había derretido, eran las ramas del enmascaramiento quemadas, cuyas brasas daban la impresión de metal incandescente.

Al compa y a Braulio les tomó unos cuantos minutos sacarse de la cabeza que Carlitos no estaba loco, después de que paró de reírse.

Jueves 7 abril 2005
Con el brazalete rojinegro: Parte cinco

Por Pedro Barrios.
La vida y la muerte narrados sobriamente, casi con pudor, como se cuenta en el cumplimiento del deber, dan fe de un sentido de la vida, de una verdad honda y sencilla: “las pequeñas victorias son la madre de las grandes victorias”…

(En la foto: Delegación de combatientes internacionalistas chilenos de regreso en Nicaragua 25 años después. Al fondo, retrato de Carlos Fonseca Amador, fundador del FSLN.)

…En nuestras idas a la enfermería o en las escapadas para ver a otros compatriotas, veíamos siempre a un alemán que dibujaba, con pluma de ganso, a los combatientes que él elegía o a los que pedían ser retratados.

También presenciamos, y más de una vez participamos, de “picaditos” de fútbol que se armaban en un santiamén. El pitazo final, casi siempre lo daba algún avión o helicóptero de la Guardia.

En el Frente Sur había una brigada de asalto del FSLN, autodenominada “La Verónica”.

Eran todos españoles. Hasta hace poco pensaba que este poco usual nombre, sería en honor a la novia de alguno de ellos, hasta que me enteré que el nombre recordaba el lance arriesgado que realiza el torero frente al toro, en el que el lidiador espera la acometida del animal, de pie, con la capa abierta entre las dos manos.

Uno de estos “gallegos”, que andaba de sandalias en plena guerra, nos contó que a ellos no les gustaba usar fusiles, que todos iban armados con lanzacohetes.

Una vez, durante el asalto a una loma en posesión del enemigo, estaban disparando sus mortíferos proyectiles cohetes, cuando un chigüin comenzó a gritarles desde su trinchera, casi llorando de miedo:
¡No tiren con eso!, eso es para los tanques, así no se vale!

También se hace el ridículo en la guerra. Seguramente este soldadito, casi digno de compasión, era de los que ataban a los compitas que caían prisioneros con alambre de púas, para torturarlos, mutilarlos y luego degollarlos, como tuvimos oportunidad de ver.

Nuestro General Artigas, en una carta a Andresito, decía: “Mire que si, bien los militares deben hacerla guerra sin ofender los derechos de humanidad, la clemencia que empleen para quienes se oponen con las armas a nuestros anhelos de libertad, deben empezar recién desde el momento en que esas armas sean rendidas, y no antes”. En el combate hay que ser inflexibles; la clemencia es para los vencidos. Siempre respetamos estas normas”.

La posibilidad de morir en esta guerra era algo cierto, pero lo teníamos muy asumido y realmente no le dábamos mucha importancia, era algo previsible. Incluso, casi todos habíamos dejado a buen recaudo cartas a nuestras respectivas compañeras, donde nos despedíamos de ellas y de nuestros hijos en forma sencilla y en tono optimista. Estas cartas serían entregadas en caso de muerte del suscrito. Caer prisioneros no estaba en los cálculos.

Esto de la muerte en combate era muy distinto cuando se trataba de otros. Mi primer impacto fue cuando, cerca del cementerio de Sepan, vi transportar tres cadáveres de compas anónimos sobre una chapa que cargaba un autoelevador en sus uñas.

No sé si fue la forma irreverente de llevar a estos mártires como si fueran cosas, uno de ellos arrastrando su brazo por el suelo aún con el brazalete rojinegro, lo que me impresionó tanto. Cada vez que nos enterábamos de la caída de un conocido me lo imaginaba en ese montacargas, con sus ojos abiertos porque nadie había tenido tiempo de cerrarlos.

Cuando me informaron de la muerte de Pedro (Héctor Altesor) enseguida me vino a la mente el montacargas. Después me enteré que fue muy distinto su entierro.

A Pedro lo conocí en Panamá, en una casa de seguridad del FSLN, cuyos responsables eran dos lisiados de guerra. Estos compas eran un poco difíciles de tratar, tal vez por las secuelas psicológicas que tenían de la guerra. Pasábamos bastante hambre, no por falta de dinero sino porque decían que había que acostumbrarse a eso.

Una noche no podía dormir y me acerqué a la cocina, como zonceando, y me encontré con Pedro y otros compas que “casualmente” estaban allí juntando migas de pan. Nadie hablaba nada, pero todos pensábamos en lo mismo: comida. Este silencio lo rompió Pedro muy delicadamente:

¿Estos nicas son de poco comer, no?

La risa fue general y nos quedamos conversando largamente. Esa noche, un compatriota fue reprendido severamente por el responsable del local “por estar hurgando en la basura a ver si podía rescatar algo masticable”.

Luego de llegar a Nicaragua, dejé de ver a Pedro hasta el día de su muerte. Lo encontré cruzando un alambrado junto a su patrulla de exploración. Lo llamé, nos abrazamos. Lo único que me dijo (estaban saliendo a una misión) fue que la cosa estaba bravísima, todos los días salían ocho o diez compas en la patrulla y regresaban la mitad, que ya estaba cerca el triunfo pero en cualquier momento le tocaba a él.

Después nos enteramos de que su escuadra había chocado contra una patrulla de chigüines, a la cual confundieron con compas, pues tenían brazaletes como ellos y aparentemente conocían el santo y seña de ese día. Les dispararon a bocajarro, muriendo un chileno, dos nicas y Pedro.

De su entierro, Daniel nos cuenta:

Llegamos con Aparicio cuando sacaban los cuerpos del lugar donde los estuvieron velando con guardia de honor. Los ataúdes, eran cuatro cajas de cañones que seguramente la guardia había abandonado en la huida. Dos estaban cubiertos con la bandera nicaragüense y los otros dos con la bandera rojinegra del Frente Sandinista.

Con el fusil en un hombro y el ataúd en el otro, nos dispusimos a llevar hasta su sepultura a aquel compañero, a aquel hermano cuya pérdida nos conmovía hondamente. Con paso firme, con un nudo en la garganta, emprendimos la marcha. Detrás de quienes llevábamos a los caídos, marchaba un pelotón de combatientes sandinistas. Aquella mañana no molestaron los aviones, sólo un helicóptero desde muy alto dejó caer algunas bombas como por compromiso; cavamos con fuerza, con rabia.

Cincuenta fusiles ensordecieron a manera de postrer saludo esa mañana de julio.

Continura…………..

Domingo 24 abril 2005
Con el brazalete rojinegro: Parte seis

Pedro Barrios

Memoria Viva continua con el relato-testimonio de “Pedrito”

Todo lo que aquí se relata, remarca la hondura humana de estos militantes ante la muerte cotidiana. “…Incluso casi todos habíamos dejado a buen recaudo cartas a nuestras compañeras, donde nos despedíamos de ellas y de nuestros hijos en tono optimista…”

Un día; luego de cavar un nuevo refugio, nos ordenaron trasladarnos para montar una emboscada de aniquilación en el cañón de un arroyo.

Este corría entre dos farallones de unos quince a veinte metros de altura, coronados por unos árboles que formaban una bóveda por encima del cañón. La emboscada se montaría a los bordes del cañón.

Había llegado la información de que un contingente de guardias se había infiltrado por el arroyo con el fin de salir a nuestra retaguardia. Si bien habíamos llevado nuestro cañón, en el lugar decidimos actuar como infantería. Cuando terminamos de cavar nuestros respectivos pozos de tirador, nos ordenaron emplazar el cañón, apuntando casi verticalmente hacia abajo y un mortero a unos 150 metros.

Le planteamos al jefe de la emboscada que si el mortero disparaba, sus proyectiles estallarían al contacto con la copa de los árboles, sobre nuestras cabezas. También se dijo que las esquirlas de las balas de cañón iban a herir a nuestros propios combatientes.

No prestó oído a nuestro planteos y además pidió un voluntario para bajar hasta el arroyo y “taponear” la emboscada, es decir, impedir que el enemigo pudiera escapar de la trampa avanzando por la corriente de agua, para lo cual se coloca un combatiente (en este caso) que sostiene un combate frontal a nivel del arroyo encajonado.

Esto era una muerte segura, sin sentido, provocada posiblemente por nuestro propio fuego. Nadie se ofreció. Entonces comenzó a recorrer con su mirada nuestras caras, señalándonos con el dedo.

Cuando llegó a Zabaleta dijo: “tú”. La cara de incredulidad y sorpresa del designado, fue como si del dedo del jefe hubiese salido un disparo que le provocaría la muerte.

Disciplinadamente y en silencio se dejó atar por la cintura, para poder ser bajado hasta el río. Su rostro expresaba algo así como resignación frente a lo absurdo. Pero la disciplina es así, “la voz de mando es la encarnación del mandato de la patria”.

Pasamos toda la noche emboscados. Afortunadamente no ocurrió nada. Al amanecer subimos al compa, que tenía cara de resucitado. Nos contó que luego del descenso, al llegar al río se sentó en una roca, dejando su fusil recostado contra otra. Tomar otra actitud no le hubiera servido de nada.

Como debíamos permanecer en esa zona, pensamos pasarla lo mejor posible luego de días durmiendo mal y siempre mojados, descansando en el barro. Con Daniel, al cual me unía una gran amistad desde Uruguay, nos dimos a la tarea de preparar las condiciones para un buen descanso.

Como siempre, lo primero que hicimos, fue un buen pozo para usarlo en caso de ataque aéreo o artillero. Al lado hicimos un piso de madera y un techo para protegernos de la lluvia.

En un camión, atascado en la orilla del camino, encontramos algo que para nosotros era increíble: ¡un colchón de dos plazas!. Trasladamos el colchón hasta la pequeña construcción que habíamos preparado y decidimos darnos un baño previo al ansiado descanso en el río cercano.

Nos bañamos y bebimos bastante agua del río. Al salir del mismo vimos, a escasos metros aguas arriba, el cadáver de un guardia pudriéndose en la misma agua que acabábamos de beber.

Todos estos preparativos para descansar nos insumieron varias horas. Apenas nos acostamos y comenzábamos a conciliar el sueño, cuando un avión comenzó a lanzar rockets muy cerca de donde nos encontrábamos. Demasiado cerca. Terminamos metidos en el pozo refugio, de cuyo fondo manaba el agua. Como si todo conspirara para impedir que descansáramos, llegó la orden de aprontarnos para ir a otro lugar.

Más tarde, cuando estábamos a la espera en un punto de reunión, charlábamos con Nicola sobre si llegaríamos a tiempo para el supuesto desfile del triunfo. Porque la victoria nos la imaginábamos como un grandioso desfile militar, con un marco de gente impresionante.

Algo así como el desfile del ejército soviético con motivo del triunfo sobre el nazismo: con paso de ceremonia, arrojando los estandartes del enemigo al pie del mausoleo de Lenin.

No podíamos suponer que íbamos a llegar retrasados a la multitudinaria concentración que se realizó en la Plaza de la Revolución de Managua, ni que lo más emocionante sería el acto solemne y restringido, a algunas decenas de combatientes internacionalistas que se celebró muchos días después.

Un pequeño escenario, donde se sentaban los heridos en combate, tenía de telón de fondo, el retrato de cada uno de los mártires internacionalistas de esta gesta. Enfrente, un apretado cuadro de formación que gritaba al unísono “¡Presente!” al oír el nombre legal de cada uno de los caídos, según el mismo orden de sus fotos.

Recién ahí nos enteramos de que Pedro era Altesor (¿o al revés?). Pero esto lo vivimos muchos días después.

En aquel momento, nuestros pensamientos sobre la victoria, estaban relacionadas con el famoso desfile. Nicola era fanático de esta idea. Estábamos en eso cuando vimos venir a alguien sin la camisa del uniforme, con grandes rasguños, sin fusil y con una mueca de terror dibujada en el rostro.

Era el jefe de una compañía de infantería sandinista que defendía una colina. La guardia había atacado esa loma con aviación, artillería e infantería simultáneamente.

Aparentemente murieron todos los compas de esa unidad pero, extrañamente, su jefe se había salvado en condiciones más que dudosas: cerca de un centenar de combatientes habían muerto, y él, su jefe, aparecía desarmado y sin heridas de bala.

Fue sancionado. No le aplicaron la pena máxima porque no era nicaragüense. Nosotros tuvimos que custodiarlo durante un tiempo. Fue un episodio sumamente desagradable.

Uno se acostumbra al sufrimiento, al dolor, incluso a la muerte, pero jamás a la traición y la cobardía.

Continuará……………

Martes 17 mayo 2005
Con el brazalete rojinegro: Parte siete

Pedro Barrios
Estaba contemplado en esto la toma del poblado de La Virgen, pero no en un ataque frontal, sino rodearla y atacar desde el norte. A Zabaleta, que hacía excelentes dibujos y caricaturas en un rollo de papel higiénico, se le ocurrió hacer un dibujo en el que un guerrillero sandinista le hacía la venia a un cura, mientras le decía: “Perdónenos padre, pero a la Virgen le vamos a dar por atrás”.

En La Foto: Roberto Nordenflycht, “Aurelio”, destacado combatiente internacionalista en las filas del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua. En 1984 ingresa a Chile para incorporarse a las filas del FPMR. Con el tiempo asume como Jefe de las Unidades de Fuerzas Especiales del Frente y miembro de su Dirección Nacional. Cae en combate en una acción en las instalaciones militares del Aeródromo de Tobalaba, el 20 de Agosto de 1989. Tenía 33 años al morir, una hija María Gabriela, que en ese momento tenía 7 años y un hijo, Bastian, con su nueva compañera, que nace a los meses de su muerte

…Cierto día, me ordenaron recibir a tres compas recién llegados, para adiestrarlos en el uso del cañón.

Estaban completamente mojados, uno de ellos descalzo. Todos con ropa de civil, incluso uno con camisa y pantalón blanco, que se veía de kilómetros a la redonda.

Los ubiqué en aquel primer refugio que construimos al llegar al frente, que aún se hallaba en buenas condiciones. Les conseguí botas, uniformes y los dejé dormir toda la noche.

Al amanecer comenzamos la instrucción, que fue bastante rápida porque tenían un buen nivel cultural como para asimilar la técnica; uno de ellos era arquitecto.

A los dos o tres días nos trasladamos a un bañado para realizar disparos con tiro indirecto, a una distancia de 6 kilómetros.

Mis “alumnos” estaban un poco “agrandados”, se dirigían con autosuficiencia a otros combatientes con mucha experiencia, a pesar de que no habían disparado ninguna vez.

Una vez emplazado el cañón en el bañado, que tenía unos diez centímetros de agua debido a las lluvias, realizamos los preparativos para el tiro: nivelamos la pieza, orientamos la deriva por la brújula y le dimos el alza correspondiente por la tabla de tiro.

Pero a esa distancia el cañón queda elevado unos 30 grados y, como es muy bajo, las toberas de salida de gases de la deflagración que dan casi contra el suelo. No puede haber nadie detrás del cañón.

La onda expansiva puede provocar la muerte u horribles quemaduras a quienes se encuentren a menos de 30 metros detrás del cañón, y en ángulo de 60 grados, tomando a éste como vértice.

Todo esto los compas lo sabían teóricamente, pero no se imaginaban el estruendo que provocaba el disparo y el efecto del “rebufo” en la práctica.

Como teníamos “público” los compas estaban muy orgullosos. Ordené: ¡Fuego! Al tremendo estampido, le siguió algo así como una explosión del barro en la parte trasera del cañón, y por efecto de ambos los compas cayeron sentados, embadurnados de fango de pies a cabeza. Sólo se veían sus ojos.

Uno de ellos exclamó: “¡Que clase de cachimbazo, compita!”. Este primer disparo los trajo a tierra, en todo sentido.

Al otro día me llamó un oficial para preguntarme si estaba dispuesto a dar la vida en una misión arriesgada. Tenía ganas de preguntar ¿y hasta hoy qué hemos estado haciendo? También le hubiera hecho otras preguntas, incluso una que tuve a flor de labios: ¿y vos? Pero sólo contesté: “sí”.

Nos llevaron a un punto de concentración bastante remoto, donde ví a centenares de combatientes, entre ellos a varios uruguayos. Me destinaron al único cañón que llevaba la columna. Un cañón, dos morteros de 82 mm y un batallón de infantería.

Pasaron otra vez preguntando, individualmente, si realmente estábamos dispuestos a dar la vida en la misión. ¿Esto que será, pensé, un suicidio colectivo?

Me presentaron a mis compañeros de pieza el Pelado, el Gato, Mariano y Ricardo. Como disponíamos de tiempo, me arrimé a un montón de cajas de jugos de fruta en lata, que cada uno tomaba a su gusto, recosté mi FAL a unas cajas, y me senté a beber el jugo, mirando el paisaje que nos rodeaba.

Pasados unos minutos de contemplación, me incorporé para volver con mis camaradas. Pero mi fusil no estaba. No lo podía creer. Busqué desesperadamente pero nada. !Perder el fusil es como perder el honor, la vergüenza y el cojón bendito¡

Además sabía perfectamente que, antes de partir, nos haría formar y nos inspeccionarían de cabeza pies, incluso la limpieza de las armas. ¿Qué iba decir cuando me preguntaran por el fusil?

Evidentemente, mi arma estaba en otras manos, ¿pero a quién se le ocurre andar con dos fusiles, si además de ser antirreglamentario es un peso que nadie quiere cargar?

Es normal que uno trate de tirar todo lo superfluo con tal de aliviar la carga en algunos gramos.

Tomé otro fusil en idénticas circunstancias a la pérdida del mío. Rápidamente, le cambié la correa con la del fusil de Nicola y le hice unas marcas en la culata y el guardamanos.

En ese momento ordenaron formarse en fila. Eran como tres cuadras de combatientes. Comenzó la inspección y mi temor. Si sacaban a alguien de la fila para sancionarlo, tendría que confesar mi culpabilidad (frente a trescientos combatientes era peor que la muerte).

Felizmente no ocurrió nada. Seguro que varios fusiles cambiaron de mano, pero al final cada uno quedó con un “fierro”.

Sólo Nicola conocía mi secreto. En el momento de iniciar la marcha nos informaron del objetivo; una maniobra envolvente con el fin de cortarla retirada del enemigo, el cerco y la aniquilación de la agrupación de tropas somocistas.

En este momento comenzamos a percibir la victoria como algo muy cercano. Nos costaba aceptar que estábamos cerca del gran momento, de que no estábamos soñando. ¡Así que los chapus estaban por ganarle a los chigüines!

Emprendimos la marcha por terrenos muy accidentados, incluyendo una zona selvática (La Zopilotera). El traslado del cañón y sus municiones se hacía extremadamente difícil Dos compas arrastraban la cureña, y tres cargábamos, mediante cuerdas, el cañón propiamente dicho.

A este peso (noventa kilos) hay que sumarle el de los quince proyectiles, el del fusil de cada uno y el resto del equipo personal: cantimplora, 300 balas, cargadores, mochilas, comida, etc.
En mi caso además me correspondía cargar, como apuntador, con la caja metálica que contiene la mira de la pieza. Frecuentemente nos enterrábamos hasta la rodilla, en el barro.

Era difícil poder sacar el pie y a veces teníamos que desatarnos las botas, quitar el pie y luego sacar la bota del lodazal.

El aspecto que presentábamos era lastimoso, producto del agotamiento, las heridas y el estado de nuestra indumentaria. Nos detuvimos a pernoctar en medio de la lluvia y de una oscuridad tremenda.

Teníamos orden de no encender linternas ni hacer fuego. Al tanteo encontramos, junto a un bebedero de caballos, lo que parecía el tronco de un árbol al que le habían cortado la copa.

Decidimos colocar una lona por encima del tronco, a manera de carpa de circo, para guarecernos de la lluvia y descansar, aunque fuera en el barro pelado.

Mariano se paró junto al tronco para ayudar a deslizar la lona por encima de éste, pero al primer tirón que alguien le dio a un extremo de la lona, el supuesto árbol le cayó encima. En realidad se trataba de un tronco que alguien había recostado al bebedero de caballos.

Mariano se incorporó inculpando al Gato, le decía que lo había hecho por gusto, que era un hijo de puta, que le iba a reventar la cabeza, y no sé cuantas cosas más. Hablaba hacia donde pensaba que se encontraba el Gato, pero éste estaba a sus espaldas.

Tal era la oscuridad.

Esta “largada” de Mariano fue un primer síntoma de otro problema: en realidad no quería seguir peleando, estaba desmoralizado.

Con resignación, nos acostamos alrededor del bebedero e intentamos dormir. A mi me tocó la última guardia.

Desperté a los compas al amanecer y a las risas, porque cuando corrí la lona que los tapaba, descubrí que habíamos dormido sobre una cantidad enorme de bosta.

El aspecto que presentábamos ese día movió a otros compas, sobre todo a Nicola, a ayudarnos en nuestra tarea.

Nos consiguieron caballos para cargar los bultos más pesados y nos asignaron un compa nicaragüense de infantería para ayudarnos.

Mariano insistía en que era inútil seguir adelante, que debíamos regresar porque esto era una empresa irrealizable. Cada vez estaba más intratable y cada vez colaboraba menos.

La utilización de caballos nos alivió mucho la carga. Con Nicola y un compa salvadoreño construimos una “rastra”, utilizando una gran horqueta de un árbol, así como una pechera para el caballo.

El primer intento por utilizar este precario medio de transporte, terminó en una aparatosa caída por la ladera de un cerro. En la rodada me lastimé la espalda con el manipulador del cerrojo del FAL; pero persistimos.

Marchábamos junto a los compañeros morteristas y su cargamento, que era trasladado también a caballo. Uno de ellos llevaba dos mochilas atadas entre sí sobre su lomo. Iban cargadas de granadas de mortero de 82 mm.

Al cruzar por un lugar de grandes piedras chatas, se rompió el fondo de una de las mochilas y entonces vimos caer cinco proyectiles, uno tras otro, de punta contra esas piedras.

No dio tiempo a ninguna reacción. Nos quedamos petrificados mirando esos proyectiles, como esperando que detonaran.

Un compa recordó que si la espoleta no es activada por la inercia al salir el proyectil del mortero, ésta no inicia la explosión por más que se la golpee.

Lo sucedido era una prueba fehaciente de esa teoría.

Mariano no ayudaba en nada y caminaba con desgano. Si seguía era por el temor a quedarse solo. En una loma nos sentamos a descansar y conversar acerca de la operación que estaba en marcha.

Estaba contemplado en esto la toma del poblado de La Virgen, pero no en un ataque frontal, sino rodearla y atacar desde el norte.

A Zabaleta, que hacía excelentes dibujos y caricaturas en un rollo de papel higiénico, se le ocurrió hacer un dibujo en el que un guerrillero sandinista le hacía la venia a un cura, mientras le decía: “Perdónenos padre, pero a la Virgen le vamos a dar por atrás”.

Fue la caricatura más festejada; pero a los creyentes les pareció de mal gusto.

Continuará……………

Aqui quede…ssera mas otro dia

Lunes 6 junio 2005
Con el brazalete rojinegro: Parte ocho

Por Pedro Barrios.- Especial para Memoria Viva.

Una guerra de liberación nacional y social no es sólo la continuación de la política por otros medios; es la continuación del amor y del odio, de la esperanza y la desesperanza, de la paciencia y de la ira, de la belleza y la fealdad, de la solidaridad y el egoísmo por otros medios. Los móviles de un pueblo insurrecto no son siempre (o sólo) materiales

Esa noche llegamos a la posición de ataque. Nos encontrábamos a unos 500 metros del enemigo.

Nos ordenaron esperar el aviso para comenzar a disparar, que llegaría al amanecer. Pasamos la noche haciendo el emplazamiento del cañón y algunos pozos de tirador, bajo una fina llovizna. No podíamos encender las linternas ni hacer el menor ruido al cavar, lo que nos obliga a un mayor esfuerzo.

Mariano ni siquiera hablaba.

El Pelado nos contó, en voz baja, que una vez fueron tiroteados en la noche por el enemigo, que se había aproximado mucho. El se trasladó hasta un lugar que le pareció adecuado para responder el ataque, si éste se reanudaba.

La oscuridad no le permitía ver nada. Con sus codos y rodillas fue tratando de enterrarse en el barro para protegerse, sin dejar de apuntar hacia el enemigo.

Al amanecer encontró muy extraño el hecho de que, si bien el cielo ya estaba claro, enfrente de él estaba todo tan oscuro como si fuera de noche.

Se restregaba los ojos, pero nada. Luego de un rato bastante largo no podía creer que esta situación persistiese.

Al elevarse aún más el sol, se dio cuenta que a menos de un metro, delante suyo, había una enorme roca. De haber tenido que disparar su fusil, seguramente hubiera resultado herido por el rebote de los proyectiles en la roca.

Antes de las 6.a.m. colocamos el primer proyectil en la recámara del cañón. A eso de las 6.30 llegó un compa a informarnos:

Los guardias se retiraron durante la noche, abandonando sus posiciones en todo el frente. Dejaron todo el material de guerra que podía dificultarles su huida. Hay que dirigirse a la carretera Panamericana para trasladarnos a Managua.

Era un 19 de julio.

El primero en estar listo, y el que más nos apuraba, era Mariano.

Siempre que podíamos escuchábamos la radio. Casi siempre sintonizábamos una emisora somocista porque nos divertían mucho las mentiras que decían sus locutores, en un lenguaje tremendamente triunfalista y agresivo.

Agresividad y triunfalismo que crecían en la medida que el FSLN obtenía más y más victorias políticas, diplomáticas y militares. El día que se fue Somoza (y que salió el sol) decían: “Los perros sandinistas, que usan un trapo rojo y negro como bandera, tienen los días contados. Joven, incorpórate a la gloriosa Guardia Nacional y participa en la victoria”.

Era un intento, ridículo, de desacreditar al enemigo. Nos recordaba una revista de historietas soviética, que ponía en boca de un soldado nazi esta frase: “Fritz, huyamos como ratas porque ahí viene el glorioso Ejército Rojo”.

Ese día la misma emisora transmitía una canción sandinista, La Flor de Pino.

Con renovadas energías nos pusimos en camino. Le entregué la caja con la mira del cañón al compa de infantería que nos ayudaba.

Después de una marcha con algunos contra¬tiempos, llegamos a la Panamericana al atardecer. Una larga fila de camiones enormes nos esperaba para partir hacia Managua. El Pelado decidió revisar el armamento. La mira del cañón no estaba. Y un cañón sin mira es un arma casi inútil por la imposibilidad de hacer puntería.

No podíamos partir hacia la capital con un cañón inservible. El nica que la llevaba decía no acordarse dónde la dejó.

Tomé un caballo y, a galope tendido, desande el camino. Encontré la caja a unos 5 ó 6 quilómetros, en un lugar en que nos habíamos detenido para descansar. La recogí y emprendí el regreso con temor de que la caravana ya hubiera iniciado la marcha hacia la capital.

No me detuve ni una sola vez. Cuando faltaban tan sólo unos cientos de metros para llegar a la carretera, el potro cayó al suelo fulminado, reventado por el esfuerzo acumulado por varios días, la poca alimentación, y la loca carrera de ese día. Me dio mucha pena abandonarlo.

Algunos compas, entre ellos varios uruguayos, fueron designados para quedarse custodiando la frontera. Una tarea necesaria, pero que nadie quería realizar.

Al rato, subimos a un camión que previamente había sido cargado con cajas que contenían todo tipo de munición. La carga llegaba hasta el borde superior de la baranda, de unos 2 metros de altura. Se encendieron los motores de las decenas de camiones e iniciamos el camino a Managua.

Vadeamos un río, cuyo puente había sido volado, con la ayuda de un buldózer que tiraba del chasis de los camiones mediante una cadena. Vimos por última vez al camión blindado que había quedado en la cabecera del puente, como si fuera un monumento llamado ¡No Pasarán!

Los ocupantes deja cabina permanecían aún en ella, carbonizados por un cohete antitanque, en la misma posición en que los sorprendió la muerte. Esta era la última visión del frente, de la cual nos alejábamos vez más, como si la muerte y la destrucción hubieran quedado definitivamente atrás.

Una guerra de liberación nacional y social no es sólo la continuación de la política por otros medios; es la continuación del amor y del odio, de la esperanza y la desesperanza, de la paciencia y de la ira, de la belleza y la fealdad, de la solidaridad y el egoísmo por otros medios. Los móviles de un pueblo insurrecto no son siempre (o sólo) materiales.

El rescate de la dignidad nacional y social es una causal de primer orden. Cuando la rebeldía frente a la injusticia vence al temor, el imperialismo y las oligarquías tienen sus días contados.

Ir a Managua significaba el triunfo de la revo¬lución. Casi nadie miraba a los otros compas a los ojos, para no ver, y que los otros no vieran, las lágrimas que brotaban incontenibles. Esta especie de llanto se da, cuando uno tiene una alegría tan grande que lo desborda, lo aplasta, lo trasciende.

Es una emoción muy particular y contradictoria: una felicidad extrema junto a una enorme tristeza por aquellos que no están para vivirla. El sentimiento de la victoria, se iba abriendo paso poco a poco, entre la cautela que manteníamos debido a la incertidumbre sobre el futuro inmediato.

Luego de algunos disparos que nos hicieron desde una colina, el convoy siguió en marcha en plena oscuridad. El cansancio me estaba venciendo. Me acosté sobre la carga, me tapé con una lona para protegerme de la fina llovizna y al instante estuve dormido.

Me despertó una balacera como nunca había escuchado. No veía nada, sólo oía cientos de armas disparando cerca del camión, y desde éste 12 ó 15 FAL disparando en ráfagas largas. ¡Caímos en una emboscada!, pensé, a la vez que recordé que debajo de nosotros había miles de Kilos de explosivos. ¡Esto sí que es estar sentado en un barril de pólvora!

Cuando salí de abajo de la lona la luz me encandiló. Hacía meses que no veíamos la luz eléctrica de las casas y calles. Estábamos en Granada. La balacera era el festejo por nuestra llegada a la ciudad. Todo el mundo disparaba hacia el cielo, ininterrumpidamente. Edén Pastora recorría la caravana con un altavoz diciendo que termináramos con los disparos, pues las balas iban a caer sobre, la gente y podíamos provocar víctimas (?!).Nadie le hizo caso.

Bajamos de los camiones para abrazarnos con los habitantes de esa ciudad, que eran miles y miles.

Cuando se enteraban por nuestro acento de que éramos combatientes internacionalistas, nos pedían que les diéramos algo de recuerdo, cualquier cosa. Empezamos regalando la gorra, la cantimplora, el cinto; alguno regaló incluso la camisa. Por poco terminamos desnudos.

Muchos habitantes andaban con baldes de café repartiendo entre los combatientes.

Algunos fuimos a la casa de una anciana que no sabía nada de sus hijos hacía meses.

Nos preparó café y a cada momento nos preguntaba por ellos y nos mostraba fotos. Durante el último año rezaba tres veces al día, por la victoria de los sandinistas, nos dijo. Era, a su edad, lo único que podía hacer.

Continuará………..>

Lunes 13 junio 2005
Con el brazalete rojinegro: Parte nueve

Por Pedro Barrios.- especial para Memoria Viva

Aquí se encontraba el mítico “bunker” de Somoza, y la tristemente célebre Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI). También existía una unidad de blindados que, antes de su huida, los guardias trataron de destruir o inutilizar.

Creo que, después de pasar por Granada, la conciencia real del triunfo del FSLN se afianzó.
A partir de ese momento, ya las risas y las lágrimas brotaban cada vez más a menudo, sin motivos aparentes, como si se fueran acumulando internamente hasta que era imposible contenerlas.

Estábamos peleando en un país que no conocíamos, así que todo era novedad: las casas, las calles, los lagos, los volcanes, la gente…, y todo esto en una situación singularísima desde el punto de vista histórico social, un momento en que ocurren cosas irrepetibles, y de las cuales nosotros no éramos observadores sino protagonistas.

Era, sin exagerar, difícil creer que estábamos despiertos. Por eso casi no hablábamos entre nosotros, cada uno luchaba con sus sentimientos, emociones y pensamientos.

También recorrimos las calles de Masaya. Recuerdo un cartel al costado de un gran cráter: “Aquí cayó una bomba de 1000 libras, sobre una casa dónde vivía una familia con 6 hijos”. La caravana no se detuvo en su recorrido, así que la gente corría detrás de los camiones, saludando y pidiendo recuerdos.

Algunos a pie, descalzos, otros en bicicleta. Abrimos algunas cajas de municiones y comenzamos a arrojar balas de FAL, de ametralladoras .30″ y .50″ a dos manos, como si fueran papelitos y serpentinas.

Cuando entrábamos a Managua sucedió un hecho desgraciado. En una bajada le fallaron los frenos a un gran camión con semi – remolque, pasando por encima del jeep que llevaba a los compas de sanidad. Murieron dos médicos y quedaron heridos una enfermera y un médico uruguayo.

Estos compas, con gran abnegación y valentía curaban a los heridos en el propio frente de guerra, y ahora morían o eran heridos, cuando la guerra había terminado, por un injusto accidente. La muerte nunca se queda atrás. Lentamente reiniciamos la marcha para entrar a la capital.

Había dos caravanas que se movían en sentido contrario: la nuestra hacia el centro de la ciudad y la otra que se dirigía a las afueras, compuesta por gente en harapos, descalzos, cargando en carros chatas de rulemanes y bicicletas, todo lo que habían saqueado de las casas de los guardias y civiles comprometidos con el régimen que habían huido: heladeras, televisores, cocinas, muebles y todo lo que habían podido “recuperar”. Todos iban sonrientes.

Empezamos a comprender que se vivía un momento sin autoridad, sin leyes ni orden, una especie de vacío superestructural.

Al pasar por un barrio aristocrático, los jóvenes que vivían allí querían subirse a los camiones para entrar con nosotros a Managua.

Querían fotografiarse junto a las tropas victoriosas, algunos por un sentimiento genuino de alegría, y otros, seguramente, para tener una especie de salvoconducto en caso de que la revolución pudiera afectar sus intereses o los de su familia.

Había que bajarlos de los camiones más o menos diplomáticamente. Con las jóvenes era un poco más difícil, por motivos que cualquiera se imagina. Muchas estaban vestidas con blusas rojas y polleras negras.

El problema es que un guerrillero de una revolución triunfante se transforma en un “sex simbol”, aunque le falten la mitad de los dientes. La atracción que produce el vencedor supera a la que producen las feromonas del más parecido a Kevin Costner. Creo que nunca hubo un intercambio de genes tan grande entre clases sociales antagónicas como en esa época.

Recorrimos las calles de Managua y se repitieron escenas que ya habíamos vivido en Granada y Masaya. Nos llamó la atención la particular disposición urbanística, con un centro prácticamente yermo, las manzanas vacías, donde crecían la hierba y los arbustos.

Sólo quedaban en pie cimientos de casas y algún edificio semiderrumbado. Esto se debía al terremoto que había destruido gran parte de la ciudad.

Nuestro primer campamento se ubicó en el complejo militar de la loma de Tiscapa, donde nos dimos la primera ducha en varios meses.

Aquí se encontraba el mítico “bunker” de Somoza, y la tristemente célebre Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI). También existía una unidad de blindados que, antes de su huida, los guardias trataron de destruir o inutilizar.

Posteriormente, la mayoría de los tanques y tanquetas fueron reparados por compatriotas que, con gran dedicación e ingenio, los volvieron operativos.

Casi todos aprovecharon para curiosear las instalaciones, probarse chalecos antibalas, recorrer las casas de los oficiales, hurgar en los archivos de la inteligencia somocista y participar junto a las madres, en la búsqueda de sus hijos desaparecidos en las numerosas excavaciones secretas, túneles semiderrumbados de los cuales emergían respiraderos.

Por todos lados había compas escuchando por estos respiraderos, que se hundían en la tierra, tratando de captar algún signo de vida. Era dramático ver a estas madres buscando desesperadamente a sus hijos, con una esperanza que sabíamos no iba a ser satisfecha.

No había nadie con el valor suficiente para decirles que sus hijos habían sido asesinados por la guardia.

Continuará……>

Viernes 15 julio 2005
Con el Brazalete Rojinegro parte 10

Por Pedro Barrios; especial para Memoria Viva

Ese día ví a un compa uruguayo solo, sentado, cubriéndose la cabeza con las manos. Traté de consolarlo y pregunté el motivo de su estado de ánimo: era el hermano de Pedro. No lo había dicho hasta ese momento, por cuestiones de compartimentación. De todas formas no conocíamos el nombre legal de ninguno de los dos.

Ilustración realizada por el pintor alemán Dieter Masuhur, fueron hechos con pluma de ganso y tinta china sobre papel. Fueron donados por el artista al pueblo de Nicaragua. Ninguno de los dibujos fue firmado por el autor, sino por los retratados
A la linda ROXANA la habían capturado los guardias, la torturaron, la violaron, y andaba como sonámbula entre los compañeros que ocuparon El retiro.

En la loma de Tiscapa existía un gran arsenal de armas y municiones.

A muchos compas se les antojaba cambiar de arma, no por otra mejor, sino para tener algo diferente del resto de los combatientes.

Así, se dejaban los excelentes FAL de fabricación belga, para andar luciéndose con un Galil, un M 16, un CAL, una UZZI, una M 3, un Garand M 1, una carabina M 2, una Thompson, una MP 40, un SIG, etc., más una infinidad de armas cortas.

Estos compas andaban muy orondos con cualquier basura colgando del hombro.

El Cholo, para burlarse de ellos, le colocó una correa a una ametralladora de juguete, de esas que tienen un plástico rojo en los costados que se ilumina por las chispas que produce un mecanismo de fricción.

Se colgó la metralleta y empezó a pasearse entre los compas. Al rato estaba rodeado de varios curiosos, del grupo de los presumidos, que querían ver cómo disparaba esa arma nunca vista. La envidia se los comía.

Cuando efectuó los reclamados “disparos”, la concurrencia se dispersó, algunos avergonzados, otros, enojados y el resto a las risas.

Ese día ví a un compa uruguayo solo, sentado, cubriéndose la cabeza con las manos. Traté de consolarlo y pregunté el motivo de su estado de ánimo: era el hermano de Pedro. No lo había dicho hasta ese momento, por cuestiones de compartimentación.

De todas formas no conocíamos el nombre legal de ninguno de los dos.

Luego del llamado “Bunker de Somoza” pasamos por el Retiro, para trasladarnos después a la quinta de Zelaya, antiguo ministro de Somoza. La artillería comenzaba a organizarse como arma independiente.

Toda la quinta estaba rodeada de un alto muro de chapa, con alambres de púas encima, y algunas torretas de vigilancia.

Esta apariencia cuartelaria se transformaba cuando uno pasaba el portón. Existían varias construcciones en su interior: casas, piscinas, una iglesia capilla y una cabaña de cría de lanares de raza; todo rodeado de bellos jardines.

A nuestra batería le asignaron una casa donde la hija del dueño daba sus fiestas. Era bastante particular esta construcción. Para ingresar a ella había que pasar por un puentecito que cruzaba la piscina, rodeada de palmeras, iluminados por la noche desde su base. La casa estaba construida con paneles antisísmicos, de fibra de vidrio y material aislante.

Algunos de estos paneles tenían rótulos en aluminio donde decía que habían sido donadas por la ONU para los perjudicados por el terremoto; para los perjudicados de escasos recursos, obviamente.

Esto era un botón de muestra de la mezquindad y el latrocinio del régimen somocista.

En el interior de la casa no había muebles. Sólo almohadones azules, de igual color y material de la alfombra que recubría toda la casa, incluso el baño y la cocina. El aire acondicionado provenía de una caverna natural que había debajo de la casa, cuyo aire, muy frío, era enviado, mediante ductos, a todas las habitaciones por medio de un gran ventilador.

Por esta época comenzamos a patrullar la ciudad. Aún quedaban guardias armados que intentaban causar daño a la población, francotiradores ocasionales a los que se sumaba la acción de bandoleros y marginados que encontraban la ciudad sin controles y sumida en el caos.

Apenas comenzaba a organizarse una incipiente policía revolucionaria.

En estos patrullajes se nos presentaban diversos problemas, desde la ubicación de un puesto en la feria hasta perseguir a algún torturador que había sido reconocido por la víctima o sus familiares, amonestar a comerciantes que elevaban los precios desmesuradamente o atender accidentes de tráfico.

A menudo ocurría que miembros de la Guardia Nacional, en ropas de civil, nos paraban para entregarse, para que los metiéramos presos. Temían mucho ser reconocidos y que la gente los linchara.

Como teníamos más edad que el promedio de los combatientes nicas, les inspirábamos más confianza de que no serian ajusticiados en el acto. Causaba bastante repulsión ver a estos tipos arrodillados, llorando, pidiendo por su vida.

Estos guardias eran entrenados por instructores, la mayoría yanquis, que les enseñaban que el pueblo era el enemigo, fundamentalmente los jóvenes.

Por eso irrumpían en las casas de los barrios humildes y asesinaban, sin decir ni preguntar nada, a los más jóvenes de la familia, cuando no a todos sus integrantes.

Por eso bombardeaban indiscriminadamente a pueblos y barrios obreros de las ciudades, quemaban las casas y los sembrados de los campesinos pobres.

La Guardia se había convertido en un ejército invasor de su propio país, causándole decenas de miles de muertos al pueblo. Muchos de ellos andaban sembrando la muerte en camiones y jeeps pintados de verde, con unas calaveras con dos machetes cruzados, pintados en blanco y debajo una leyenda: ««Comandos Corvos»».

Estos asesinos pavoneaban su impunidad en estos vehículos que aterrorizaban sólo de verlos. Y ahora los veíamos temblando y pidiendo por favor que los protegiéramos de ese mismo pueblo que ellos masacraron.

Recuerdo el primer guardia que se nos entregó, pidiendo por su vida. Hablaba hasta por los codos. Veíamos y escuchábamos la expresión más lastimosa de la cobardía de un torturador, de un asesino de niños y mujeres.

Mientras más oíamos a este ser despreciable, pasaban por nuestra mente las imágenes de las atrocidades que eran cometidas, casi sin excepción, por estos monstruos de los Guardias.

Pensábamos en el viejo Marcos cuando veía con impotencia, a pocos metros de él, a su esposa y sus 4 hijos consumirse en el fuego, causado por un tanque de 200 litros de gasolina arrojados desde un helicóptero de la guardia.

¡Cuánta impotencia, cuánto dolor!

Pensábamos en Roxana, paseándose sonámbula entre los compas, mirando sin mirar: había caído prisionera, fue torturada y violada hasta lo indecible; pensábamos también en Pedro y los otros compas caídos.

Algo como un volcán iba surgiendo dentro de nosotros. El odio era como una ardiente lava que subía en una erupción incontenible. Pensábamos decirle: en nombre de las 50.000 víctimas de la guardia, te condenamos a ser fusilado aquí, en este momento.

Al que lea esto, le pregunto: ¿Qué hubiera hecho usted, si fuera el viejo Marcos? ¿Y si Roxana fuera su hija?

Como si alguien hubiera dado la orden, quitamos el seguro de los FAL, colocamos el selector de tiro en ráfaga y terminamos con la vida de uno de aquellos miserables. Pero no fue así.

esfuerzo para no perderla compostura, que se presentara en nuestra unidad militar para ser juzgado con todas las garantías.

Creo que hicimos lo correcto.

Pero no estoy seguro.

Continuará con la última parte del Brazalete rojinegro –>

Lunes 25 julio 2005
Con el Brazalete Rojinegro: Última parte

Por Pedro Barrios.- Especial para Memoria Viva.

Pedro Barrios escribió su testimonio, su prueba o la justificación de una conciencia y una actitud, que fue y es la de muchos hombres y mujeres, que demostraron ayer en tierras de Sandino que en cualquier lugar se puede y debe aportar a la lucha por un destino más justo para todos.

Pedro, un grupo de uruguayos, chilenos, guatemaltecos, salvadoreños, parten – desde el exilio- a luchar por sus propias tierras y el futuro, en otro suelo.

Aún desde lo infinitamente pequeño – explica Pedro- es posible “meterle mano a la historia” y desde una actitud ética, la de jugarse junto a los desposeídos, dar el sentido más hermoso a la vida. Allí, en la vecindad concreta de la muerte, cada uno valora actitudes (“los combatientes asesinados refuerzan la bandera” (..) “los traidores mancillan esta idea”). Y cada reflexión del militante, sometida a la posibilidad cierta de la muerte, gana en pureza y sinceridad.

Junto a la descripción (breve, apenas en su esencia) de los hechos relatados surge, en toda su sinceridad, el militante que siente el imperativo de ofrecer su recuerdo, como homenaje a los hermanos, especialmente a los que cayeron en la lucha.

MV.

La breve experiencia que nos tocó vivir es algo que se asimila de a poco.

La readaptación a otra forma de vida no estuvo exenta de dificultades, porque la guerra es una cosa que se mete dentro de uno.

La realidad de esta actividad humana, traducida y transpuesta a nuestro cerebro, engendra una lógica útil para el análisis, pero no siempre para la práctica de la vida cotidiana.

Uno continúa soñando, siempre en blanco y negro, con cosas ocurridas en esa época. Porque todo lo veíamos más claro: de un lado, nosotros; del otro, el enemigo. Es una visión en blanco y negro, altamente contrastada.

Pero la vida común tiene muchos matices. Y cuesta bastante re aprenderlos, sobre todo por el hecho de que detrás de esos matices se esconde, algunas veces, la hipocresía.

Los tiempos personales no coinciden con los históricos, y no se puede estar en dos lugares al mismo tiempo. Es una lástima, porque me hubiera gustado esculpir el David, o pintar a la Mona Lisa, o escribir Pedro Navaja, o filmar la Ultima Cena, o luchar junto al Ché.

Pero como nos tocó vivir en una época determinada, en un lugar determinado, lo único que hicimos fue cumplir con nuestro deber, como debe ser, sin pedir nada; como cuando uno da una mano a un amigo para levantar su casa: un esfuerzo desinteresado.

De la Revolución Sandinista se ha hablado mucho y seguramente se continuará hablando. Lo único innegable es el hecho de ser uno de los acontecimientos más importantes de los últimos años en la historia de América Latina.

Para algunos de nosotros constituyó la posibilidad de ejercer el internacionalismo proletario en su forma superior, el ser un combatiente internacionalista; de experimentar también ese sentimiento tan especial y tan difícil de describir como es el del triunfo de la revolución, de tomar el cielo por asalto, de vencer el pesimismo histórico que Llevamos con nosotros.

Para los que habían vivido la derrota de un proyecto revolucionario en Uruguay, la victoria tenía un doble sabor. Para los que vivimos la derrota primero en nuestro país y luego en Chile, la victoria era triplemente disfrutable: también era algo personal, ¿porqué no?

Hoy el mundo ha cambiado. Pero los objetivos que perseguíamos, cuando participamos en la gesta emancipadora del pueblo nicaragüense, siguen vigentes.

En la actual etapa neoliberal del imperialismo, se comienza a mostrar, cada vez más descaradamente, todo el egoísmo que encierra la propiedad privada de los medios de producción, así como la imposibilidad de resolver los problemas del hambre, la miseria, las enfermedades, el analfabetismo, hasta el equilibrio ecológico.

De una u otra manera, a la larga o a la corta, la humanidad va a desechar por obsoleto e injusto el actual sistema económico – social, como lo ha ido haciendo con otros a través de la historia. Entonces podremos decir: la soberbia, la avaricia, la explotación y todos los pecados capital (es)istas “ya fueron”.

Si bien no siempre querer es poder, para poder hay que querer.

Seguimos dispuestos a no dejarles a nuestros hijos un mundo en el que nosotros no desearíamos vivir.

- FIN -

EN EL XXXV ANIVERSARIO DE LA BRIGADA INTERNACIONAL VICTORIANO LORENZO DE PANAMÁ

Hoy estamos felizmente celebrando un aniversario mas de la Brigada Internacionalista Victoriano Lorenzo. Pero también conmemoramos aquellos que partieron a la inmortalidad entre ellos Hugo Spadafora ( Comandante Ramón), Víctor, Efraín Rojas ( Macho), Olmedo Alonso Álveo ( Coco), los caídos en La Florcita, Ostayos, El Naranjo, La Calera, Colina 155, Nueva Guinea, Rivas, Orosi y los que se han ido después por enfermedades. Desde la creación de la Brigada Internacionalista a finales de agosto, hasta su afiliación al Frente Sandinista, en Septiembre 28 de 1978. Fue  toda una trayectoria histórica que hicimos los hijos de Bolívar con la sangre efervescente de Victoriano Lorenzo. Esta es una celebración mas de la confirmación de nuestros derechos de ser libres y luchar por esa libertad donde quiera que se nos necesite. En esos días, se nos necesito en Nicaragua y fuimos a dar todo lo mejor del pueblo panameño.

Y asi, el dia 27 de septiembre del mismo año, se inicia la selección y preparación de esta brigada. Posterior a una misa que se llevo acabo en la Iglesia de Don Bosco, en la capital nacional, fuimos arengados en un estadio, sin ningún tipo de preámbulos, direcciones, solo la idea de ir a combatir en Nicaragua. Aquellos hombres que se sentaron en un momento a pensar en como ayudar al pueblo nicaragüense, Spadafora, Mitre, Torrijos y otros, fueron hombres llenos de humanidad y sintieron en sus pechos el dolor de un pueblo aguerrido y mal tratado por las hordas somocistas, que saqueaban, violaban y destruían a la juventud nicaragüense, por orden de un tirano aferrado a destruir el pais. Es asi como sobrevino la idea de crear una brigada de ayuda militar compuesta de ciudadanos panameños.

Ese 27 de septiembre, el Dr. Hugo Spadafora (qdp) junto al Dr. Jorge Aparicio, entrevistaron a todos los posibles candidatos que formarían la Brigada, sin importar raza, posición social, color o sexo. Se seleccionaron los primero en ir a la línea de combate. Entre esos elegidos estuvimos dos mujeres, Amelia ( Gerónima Mineros) y yo. En primera instancia la compañera Amelia fue escogida, pero posteriormente me llamaron a mi, junto con los otros compañeros, cuyos seudónimos eran: “El tigre”( José Murillo) “Caballo Loco”( Antonio Hagan) “Barbita”(Pedro pablo López) “Pele”( Alexis Noriel Martínez), “Ciego” ( Saint George), Geño ( Rogelio González) y jossy ( Aida Alemán). Fuimos divididos en tres grupos, los de vanguardia que fuimos los 7 primeros y la Brigada dividida en dos partes, los cuales fueron a tomar un entrenamiento intensivo y especial.

En la mañana del día 28 de Septiembre, luego de una larga espera, fuimos llamados abordar un avión que nos llevaría a “luchar o vencer”. Montamos en el avión sin tener idea a lo que nos enfrentaríamos y así llegamos a la base Santa Rosa o Base 1. Nos sorprendió, ver panameños en el Frente. Entre ellos estaban Coclé, Santa María, Vladimir, Águila y otros. Integrarnos a la vida diaria no fue difícil, fuimos bien acogidos por los compañeros Sandinistas, quienes a su vez no nos miraban como internacionalistas, sino como nicaragüenses, hermanos de lucha. Un mes después arriba la Brigada completa y entre ellos, Amelia. Entonces, nos acogimos al pensamiento de Victoriano Lorenzo “ La pelea es pelando” .

Pasaron nuestros hermanos panameños a ser parte de la historia de ese amado y aguerrido país, Nicaragua! La mayoría de compañeros nicaragüenses, preferían tener en sus filas a los panameños, que no le temían a nada y eran los grandes héroes. Pero toda felicidad tiene una tragedia pendiente. Nuestros primeros muertos, aquellos que tampoco dijeron que morían ( por una patria ajena) sino que murieron por ella. Lucharon hasta sus últimos suspiros dos de mis mas queridos compañeros Oso ( Oriel Sánchez Oribarra) y Davinchi ( José Moreno) fueron las primeras victimas y los primeros en dar la vida por una causa. Caen también en heroicos combates, otros mas entre ellos, el querido Cro.Diablo (Rubén Darío Salvatierra). A medida que la guerra fue entrando en su fin, nuestros heroicos hermanos luchaban hasta lo ultimo, dejando así, una cuota de sangre en las filas de la historia de Nicaragua. Y lucharon panameños en los Frentes oriental, occidental, norte y sur de Nicaragua. Aquellos que cayeron durante la guerra, fueron elegidos para que su sangre pintara la bandera roja y negra sandinista con todo el honor y la gloria que se merece. Otros se nos han ido poco a poco de diversas formas. Y ahora que ya la edad avanza en nosotros, en el juicio sano y el amor a un pueblo libre nos deja esa satisfacción de haber cumplido porque como bien dijo Simón Bolívar: “ La libertad del nuevo mundo, es la esperanza del universo.”

Pero no nos quedamos atrás las mujeres. Nos acogemos a la consigna “ no puede haber revolución, sin la participación de las mujeres” es de esta forma que mi estima querida compañera de lucha Amelia ( Gerónimo Mineros) y yo  (Aida ALeman), dimos nuestro grano de arena. Una dentro de la filas luchando hombro a hombro en la mas cruel batalla que perdiera el Frente Sandinista, sin dejar de ganar la guerra. La otra tuvo el deber de cuidar, curar, proteger y atender a los heridos, a los accidentados y a todos aquellos que buscaran en ella, ese amor y esa ternura que ella sabe dar.    Hago énfasis una vez mas en las palabras del General de Hombres Libres Augusto Cesar Sandino: “Los actos de heroísmo de las mujeres que colaboraron en el ejército, no sólo son muchísimos, sino que además las mayoría requieren largas historias para explicar los sacrificios que sufrieron y los peligros que enfrentaron por amor a la patria y todas, campesinas, maestras de escuelas, enfermeras, amas de casa y aún señoritas de sociedad, rindieron servicios sin los cuales nuestra guerra no habría sido posible”.    Allí también dimos una buena representación las mujeres panameñas y hoy día nos alegramos de poder estar con vida celebrando un aniversario mas y una confirmación mas de nuestras metas como Internacionalistas, como pueblo que desaprueba el abuso y los crímenes contra los pueblos. Por eso aun seguimos diciendo “Patria libre o Morir”!!

LA PARTICIPACION DE LA MUJER PANAMEÑA EN EL FRENTE SANDINISTA

Quiero iniciar esta nota con la mención de El General de Hombres libres  Augusto Cesar Sandino quien dijo: “Los actos de heroísmo de las mujeres que colaboraron en el ejército, no sólo son muchísimos, sino que además las mayoría requieren largas historias para explicar los sacrificios que sufrieron y los peligros que enfrentaron por amor a la patria y todas, campesinas, maestras de escuelas, enfermeras, amas de casa y aún señoritas de sociedad, rindieron servicios sin los cuales nuestra guerra no habría sido posible”.

Esto abren el camino sobre quienes un día compartimos las armas y las trincheras con muchos de los compañeros del FSLN. Cuando se dice la consigna No puede haber revolución sin la participación de las mujeres . Sabemos como mujeres que esto es cierto y levantamos el pecho mostrando nuestros corazones henchidos de patriotismo y de ideales.


Si, esa frase en toda su amplitud, muestra que las mujeres ocupamos desde el principio de las guerras un sito especial. En la mitología griega Palas Atenea la diosa de la guerra, de la sabiduría, de la estrategia, de las artes. También conocida en la mitología romana como Minerva diosa de la sabiduría, las artes, las técnicas de la guerra, además de la protectora de Roma y patrona de los artesanos. Pero, usted dirá, que estas solo son mitología. Entonces le doy otros ejemplos para conmemorar a las mujeres en la guerra, son las Amazonas, de cuya historia va de mito a verdad, cuando se representan a mujeres guerreras, cuyas mas notables reinas fueron  Pentesilea, y su hermana Hipólita, ambas participantes en la Guerra de Troya.

También en el siglo XX, aparecen las famosas milicianas de la guerra civil Española, entre las que podemos citar a Lina Odena, Rosario Sánchez “ la dinamitera”, la Vasca Casilda Méndez y muchas otras que a pesar del marcado divisionismo sexual, que las las sumia en trabajos en servicios de cocina, lavandería, correo, sanitarias etc. Se revelaron y tomaron las armas para lucharon por sus ideas. No lejos de esto, las Adelitas de Mexico, mujeres que se desempeñaron en muchas formas y que ayudaron a que la Revolucion Mejicana se diera lugar.


Y esas no son todas, hay muchas mas que no solo fueron mujeres, madres, hijas sino también guerreras que un dia tomaron las armas y lucharon por defender su país y su familia. Ya en épocas mas modernas, las compañeras de la guerrilla de la Sierra Maestra en Cuba,  las guerrilleras de El Salvador, Guatemala, Colombia, asi mismo las guerrilleras de Nicaragua.
En Centro America, tenemos muchas mujeres héroes, por ejemplo, Gladis Baez, Doris Tijerino, Dora Maria Tellez, Charlotte Baltodano, Monica Baltodano, Petrona Hernandez ( Amanda Aguilar) la niña Yelba Maria Antunez, Marta Conrado y como ellas muchas otras a quienes mencionar por su integración a las guerrillas o por su entrega por la liberación del país.



Pero dentro de todo esto, siempre hubo una mano amiga, una mano extranjera, las manos de otras mujeres que al igual que las ya mencionadas, tomaron las armas y ayudaron a defender la dignidad de otros países. Podemos llamarlas “guerreras aliadas” o “combatientes internacionalistas”, entre las que puedo mencionar a Tania (Tamara Bunke Binder)  nacida en argentina, su padre era de  Alemania comunista y su madre de origen Polaco. Ella participante junto a Ernesto “Che” Guevara en la guerrilla de Cuba y Bolivia hasta su desaparición. En Centro America, hubo compañeras de muchos otros lugares, entre estos Méjico, El Salvador, Panamá, Venezuela, Costa Rica, España y hasta de Alemania. Un Ejemplo remoto de esta participacion son Teresa Villatoro y sus hermanas Amelia y Alicia que durante la guerra antiimperialista de Sandino se hicieron pasar por prostitutas para rescatar armas y dárselas a los soldados de Sandino.

Pero todo este preámbulo tiene un solo punto y es reflejar la participación de la mujer panameña en la guerrilla del Frente Sandinista de Liberacion Nacional. Todo empezó con la idea del Dr. Hugo Spadafora, quien siendo Vice Ministro de Salud en Panama. Organizo una brigada de voluntarios que irían a formar parte del FSLN para ir a combate. ESta idea le pareció tentador a muchos o bien toda una gran aventura que compartir. Llegaron de muchas partes del país para formar parte de esa brigada. Pero cabe mencionar que en ningún momento se dijo que era solo para hombres. Y asi entre una y muchas manos que esperaban por la lista para firmar su nombre o quizás su sentencia, estábamos las mujeres. Para entonces yo habia comenzado a prestar ayuda en la Casa del Periodista, lugar donde se congregaban el Comité Panamenio de Solidaridad con Nicaragua ( ComPaSoliNi). cuando llegaron con las listas, salí rápidamente a poner mi nombre en la lista sin que mis padres lo supieran, porque de otro modo nunca hubiera participado. Habia escuchado que necesitaban voluntarios para combatir y para ayudar en los hospitales a los heridos y para otros menesteres. Me dije a mi misma que bien podía ir por un mes durante las vacaciones de la Universidad y prestar mi ayuda en alguno de los hospitales. Sabia que tenia que dejar atras la vida que tenia en mi país y era muy difícil, mas cuando era una buena vida. Dejar a los familiares, los estudios o quizás su vida amorosa, no era nada fácil para muchas y por eso eramos pocas, pero habíamos mujeres dispuestas.



En todo momento pende que iría ayudar por poco tiempo en un hospital, pero todo cambio tan rápidamente, que no supe en que momento pase de hacer clínica para participar en infantería y así me quede en el Frente cuanto pude. Pedí permiso a mi madre, que por verme débil pensó que jamas me iría y así deje atrás a mi padre, hice envejecer a mi madre, me aleje de mi comodidad, mis estudios y mi vida tranquila, por hacer todo lo contrario, a cambio de la libertad de un pueblo.


Y es asi como se inicia un corta, pero llena de vida trayectoria dentro del Frente sandinista. El 27 de Septiembre de 1978 se convoca a todos los que iban a participar en la brigada de voluntarios y nace la Brigada Victoriano Lorenzo. Vuelvo y repito, habían mujeres, no muchas pero las habían.   Pasamos la noche en Estadio Juan Demóstenes Arosemena, entrada la madrugada, se abrió paso entre la muchedumbre el Dr Hugo Spadafora junto al Dr Jorge Aparicio para escoger  los primeros en representarían al pueblo panameño las bases de entrenamiento del FSLN. Quería mencionar que no seriamos los primeros en el Frente, ya habían panameños en las bases de entrenamiento.
De toda la  personas que entrevistaron,escogieron a 7 primeros voluntarios y entre ellos fui seleccionada como la primera mujer panameña. Yo estaba muy asustada cuando fui abordada por el  Dr Spadafora . Cuando el comenzó hacer preguntas, trate en todo lo posible de responderlas con claridad y seriedad. A mi escasos 18 años siendo hija sobre protegida por mis padres, me sentía muy chiquilla entre tantos adultos y llena de temor, trate de responder a cada pregunta que me hicieron. Luego me dijo el Dr. Spadafora que esperara un momento que tenia que entrevista a otras panameñas.


Entonces me sentí mas tranquila por un lado porque sabia que habían otras mujeres y que no seria la única. Cerca de mi estaba una mujer morena, simpática y muy amistosa a quien abordaron con el mismo cuestionario. Horas después me confirmaron que había sido escogida para ser la primera mujer panameña en el Frente Sandinista. No volví a ver a la otra muchacha, pero supe  que fueron enviados a entrenamiento en una isla. Asi abordamos el avion que nos llevo al Frente Sur Benjamin Zeledon.



Un par de meses después, llego a Base1 en la Haciendo Santa Rosa, el contingente de Panameños, entre todos ellos, venia ella, la otra mujer cuyo nombre era Amelia, haciendo honor a nuestra poetisa panameña,Amelia Denis de Icaza. Ambas pasamos a formar fila entre las escuadras de los guerrilleros nicaragüenses y de otras nacionalidades del Frente Sur. Nos integramos a nuestras tareas asigandas por los comandantes de las bases, sin que existiera ningún tipo de divisionismo de clase, color o nacionalidad. Esta base estaba conformada por personas de todos los niveles sociales y de todo el pais. Amelia fue asignada a la escuadra medica, a la que anteriormente yo había pertenecido. Cabe destacar que ella era madre y había dejado a sus hijos en mano de su hermana y su abuela, porque se sintió movida igual que yo, por el sufrimiento del pueblo Nicaragüense. No le fue fácil, los extrañaba pero su aspecto humano era tan grande como su calidad de madre y por eso se vio movida a dejar todo, por el pueblo aguerrido de Nicaragua.
Yo ya estaba en escuadra de abastos y entrenándome duramente como cualquier otro combatiente de infantería.  Pasados algunos meses, fuimos distribuidos en las diferentes bases de combate. Amelia fue enviada lejos de mi, no la vi mas, sino mucho después. Y asi entre humo y metralla como dice la canción, nos hicimos la historia. Amelia por su lado le tocaron duros momentos y a mi, particularmente también me correspondió un sin numero de situaciones difíciles. Dentro de las posibilidades que teniamos nos integramos a nuestros deberes diarios y a la vida cotidiana de los Nicaraguenses.


Hubo momentos que me hacían pensar ,si valía la pena todo ese sacrificio o si era mejor retornar a casa, como ratoncito asustado y continuar con una linda vida, sin importarme por los demás. Pero yo escogí quedarme y ver el final si quedaba con vida o morir con orgullo de ser panameña y dejar mi cuota de sangre como hicieron muchos otros voluntarios panameños. Amelia al igual que yo, mantuvo ese amor que aprendimos rápidamente en la guerrilla.  Al temer por la vida de nuestros hermanos, a buscar la mejor forma de ayudarlos dentro de las pocas posibilidades que teníamos. Asi pase de base 10 con experiencia guerrillera a base 20 donde me correspondió ser parte de la Columna Jacinto Hernández, que fue masacrada por la Guardia Nacional. la razon fue obvia, en aquellos días la columna cayo en medio de un cerco de aniquilamiento, que nos hizo camino a la zona mas plana del zona, para exterminar la mayor cantidad de guerrilleros. Alli escasamente salimos con vida, unos cuantos, entre ellos yo, siendo una única mujer (de  tres que entramos) que esta con vida. Durante el trayecto en medio de combates o bombardeos tuve presente a cada uno de los que conformaban la columna.



Afuera esta Amelia trabajando por ayudar a los compañeros que salían y a los que pasaban a otros campamentos. Ya no había tiempo de descansar, no había tiempo de nada, solo de luchar y vencer habia estallado la insurreccion nacional. Y asi cumplimos hasta el final, dejando nuestra huella como mujeres internacionalistas en el Frente Sandinista. Una vez dado el triunfo de la Revolución, todos volvimos a nuestra patria sin olvidar aquellos que murieron, ni aquellos con los que compartimos parte de nuestras vidas.
Pero que pasa que la mujer internacionalista no esta en los anales de la historia del Frente Sandinista y menos la participación de dos mujeres panameñas que de un modo u otro dejaron todo por ir a prestar un servicio voluntario en algún hospital que terminaron combatiendo hombro a hombro con los camaradas Sandinistas.

En 33 años de terminada la Revolución Sandinista, no se ha dicho nada de mujeres internacionalistas, mucho menos de aquellas ya mencionadas que sirvieron a los hombres de Sandino en el rescate de los fusiles. Pero sabemos que algún dia la historia se encargara de mencionar a estas mujeres todas, de todas las nacionalidades que pasaron por el Frente Sandinista dejando una huella de honor.
Nosotros las panameñas, nos sentimos orgullosas de haber participado, luchado  y tener en nuestro pasado hermanos amigos que nos aceptaron en sus filas dejándonos  luchar hombro a hombro con ellos.

Hoy dia, nos sentimos llena de sentimientos puros al recordar a esos compañeros que dieron su vidas por la liberación de Nicaragua, contando entre ellos a nuestros hombres panameños que también murieron dejando asi una imborrable marca de lucha y amor en la historia del pueblo Nicaraguense.

Patria Libre o Morir…que viva el Internacionalismo Proletario..!!!

Jossy Aleman   Ottawa Agosto 18/2012

En el 33 Aniversario de la Brigada Victoriano Lorenzo

33 Aniversario de la Brigada

Victoriano Lorenzo de Panamá

“Para mi Comandante Ramoncito (Hugo Spadafora)”

POR JOSSY ALEMÁN. - 30/09/2011

Han pasado 33 años desde que un contingente de panameños, tomaron la justa decisión de apoyar la lucha que libraba el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua.  Un día de muchos del mes de Agosto de 1979, el Dr. Hugo Spadafora  Franco, con el apoyo y la participación del General de Brigadas  Omar Torrijos Herrera y de voluntarios panameños.  Le hicieron un llamado al pueblo panameño para formar  una brigada de voluntarios  que apoyara al FSLN en su ardua lucha contra la tiranía de Somoza.

El Dr. Hugo Spadafora, un hombre notable de gran trayectoria, participo en la lucha de Guinea Bissau como medico voluntario  en el frente de guerra  comandado por Amílcar Cabral.  Esto genero en él una sensibilidad por las luchas y la libertad de imprimió en la creación de la brigada que alzaría su brazo para luchar contra  la intervención y por la libertad de los pueblos.  Esta sensibilidad hizo que renunciara  a su posición de Vice Ministro de Salud. Fue incansable, uso el seudónimo Ramón, se movía de un lado al otro, vigilando por las necesidades de cada brigadista. Fue correo, consejero, médico, amigo, padre, hermano, combatiente, e internacionalista. De igual forma  atendía una   entrevista  o se sentaba debajo de un árbol a platicar con los combatientes.  Se aferro amorosamente a la lucha, dejando a un lado su posición  organizativa para tomar valientemente el fusil y luchar hombro a hombro con los brigadistas y con los combatientes nicaragüenses.

La brigada es un acto de fe en los más elevados principios de solidaridad entre los pueblos en la lucha contra la dominación extranjera y la opresión de los tiranos. Un acto de fe en la hermandad latinoamericana y en el ideal bolivariano…..Comandante Ramón (Hugo  Spadafora Franco)

El llamado no se hizo esperar, acudieron hombres de todas las edades, creencias y clases sociales Muchos preguntaban el día y la hora para estar preparados, pero emocionalmente  todos parecían estar listos a luchar o morir.  Como los describió el Dr. Spadafora :

“Brigada se conformo de panameñistas que para entonces, formaron parte de las guerrillas de Piedra Candela y Rio Sereno. Habían comunistas de las diferentes organizaciones y tendencias (Partido del Pueblo, Guaycucho, Fer29 y diferentes sindicatos) que mantenían en Panamá duras luchas entre ellas. También convencidos torrijistas identificados en el entonces proceso revolucionario, ex-guardias que combatieron a esos panameñistas de Rio Sereno. Liberales, socialistas, ateos, católicos, adventistas, budistas, gente del gobierno, obrero, empresarios, estudiantes, profesionales, negros, blancos, indios. Hombres y mujeres de las 9 provincias y de la comarca de San Blas. Un mosaico que reproduce fielmente las  composición  y conformación de nuestro pueblo, un pedazo de masa popular”.

Note que mucho de los ahí presentes eran ex militares de la guardia nacional de mi país.  Pero también había otro personaje importante entre nosotros. El Dr. Jorge Aparicio, distinguido politólogo, diplomático y ex ministro de relaciones exteriores de Panamá.   También  hombre sencillo, de gran humor, respetuoso, inteligente, combatiente y porque no decirlo, apuesto. Ellos junto a otros compañeros crearon  la Brigada Internacional Victoriano Lorenzo.

Yo era estudiante universitaria, estaba en la carrera de periodismo,  con apenas 18 años y toda una vida por vivir.  Algo  movía  mis ideales de estudiante y era  el hecho de conocer las dificultades que se vivían en ese país, esto me movió a sentir  la necesidad de ser parte de ese contingente de voluntarios.  Me inscribí con la idea de ir atender a los heridos en algún hospital, pero tenía la certeza que no me llamarían, que todo sería solo parte de mis locas ideas de siempre.  Como era periodo de exámenes semestrales me concentre en estudiar y pasar mis materias.

Recibí mi primera llamada y me sentí feliz, pude hablar con el Dr. Spadafora, que fue muy sencillo y claro en explicar lo que haríamos, me agrado mucho su plática y la confianza con la que me hablo. Sucesivamente me siguió contactando, hasta que mi madre fue quien tomo el teléfono. Ella no tenía idea  en lo que yo me estaba metiendo y se enojo mucho. Ese día yo estaba en el hospital, me llevaron desde la piscina con dolores abdominales y fiebre. Al llegar a casa, caí en mi primera emboscada, mis padres estaban muy enojados y exigían que dijera la verdad. No pude decirla, tenía que inventar algo, esta era la única forma de irme de casa. Le dije a mi mama que el Dr. Spadafora me andaba invitando a salir pero yo le había dicho que no y por eso el estaba muy enojado conmigo. Mi Mamá me creyó, pero no dejo de  insistir  que yo no iría a la guerra con él.

Se hizo un llamado por los medios de comunicación a los voluntarios que irían apoyar al FSLN, no me di cuenta de nada, estaba muy cerrada preparándome para mis semestrales,  que no me di cuenta de nada. Salí de la Universidad y al llegar a la altura de la exposición en  Calidonia, vi muchas personas y gran actividad. Curiosamente me acerque para indagar que ocurría y entre los que allí estaban, encontré al Dr. Aparicio y al Dr. Spadafora, que animadamente me preguntaron si aún quería ir con ellos.  Les dije que sí y pedí permiso para cambiar mi ropa, por algo más práctico.

Dos horas después, retorne al lugar y aún habían padres, mujeres, hijos etc. que clamaban a sus familiares y solicitaban con enojo o con lágrimas en los ojos, que no se fueran que los matarían.  Me sentí confundida ante tantas personas, pero tenía la decisión de irme al frente y ayudar en los hospitales, según yo tenía en mente.  Logré que mi madre me diera permiso,  aduciendo que  iría apoyar en los hospitales a los heridos, me pidió que fuera por un mes nada más, que ella inventaría  que decir a mi padre para que este no se enojara.  Estando entre el grupo, mi único, mi único miedo era mi padre, pero nunca llego por suerte.

Algo curioso ocurrió ese día, yo estaba con mi prima Deika y mientras charlábamos una ancianita se acerco a mí para preguntarme si iría a la guerra, yo le dije que iría en el grupo para un hospital. Ella me extendió un escapulario de San Juan Bosco y me santiguó, pidiéndome que al retornar le diera el escapulario que ella me esperaría. Desafortunadamente uno de mis compañeros murió con ese escapulario puesto, en Diciembre 28 de 1978. Jamás supe quien era ella, pero le doy gracias por sus oraciones.

Paseamos en autobús  de un lugar a otro, hasta que por fin nos establecimos en un Estadio. Allí después de varias horas, nos dividieron. Nuevamente, me entrevisto Hugo y me mando a sentarme en otro lado. Fuimos  elegidos  7 en total, iríamos a una base del FSLN, para ver si éramos bien aceptados.  Ellos eran José Murillo (El Tigre),  Antonio Hagan (Caballito Loco),  Saint George (Ciego),  Alexis Martínez (Pele), Rogelio González  (enfermero o Comandante Carabina), Pedro Pablo López (barbita) y yo, Aida Alemán (JOSSY). El resto de los que ahí se encontraban se quedaron en el país y fueron enviados a la isla de Coiba, donde recibieron entrenamiento táctico y de guerrilla. Para unirse a la lucha en el mes de Noviembre de 1978.

Los elegidos viajamos en la madrugada del 27 de septiembre de 1978, rumbo al aeropuerto, allí abordamos un avión Casa C-212-300 de la Fuerza Aérea,   con destino desconocido por nosotros. El vuelo fue bueno pero el aterrizaje fue difícil para quienes nunca habíamos montado en un avión.  Luego de las ganas de vomitar y mi pintoresco color verde, causado por el mareo, llegamos a una pista improvisada.  Nos recibieron muy alegre los compas, mi sorpresa era ver que esos guerrilleros no eran viejos  barbudos como los de la Sierra Madre. Todos eran tan jóvenes como yo, quizás más jóvenes, con la mirada limpia y brillante, con deseos de vivir pero con la meta de luchar o morir.

Nos llevaron a la base 1, donde nos abrieron las puertas, los brazos y el corazón.

Todos llegaron a vernos, a saludarnos, a mirarnos y hacernos sentir recibidos. Allí había otros panameños,  eso nos abrió mejores posibilidades para sentirnos como en casa, con todos los compañeros.

Para el 3 de octubre, con cantos alegres y salomas panameñas hicieron su entrada la Brigada Internacionalista Victoriano Lorenzo.  Con hombres y mujeres  con amor a la humanidad y movidos por una causa, dejando atrás nuestra vida por apoyar la lucha del pueblo nicaragüense.  Quizás no éramos todos ideológicamente preparados, pero hubo más que ideología, que organización política, hubo amor al pueblo de Nicaragua.

Hoy día, celebramos ese acontecimiento, un aniversario más, 33 años, muchos de los que conocí ese día,  murieron en la guerra, otros han muerto de soledad y vejez, nos fue difícil volver a la vida normal, pero volvimos a nuestro país con la frente en alto y el pecho henchido de amor por Nicaragua y por Latinoamérica. Quizás mi primera idea de ir a hospitales, no funciono y tuve el privilegio de estar en el frente de guerra y combatir hombro a hombro con los “compitas” del FSLN. Pero siempre he dicho “valió la pena”. Mis hermanos de la Brigada, todos son héroes de diferentes combates, guerreros inclaudicables, vencedores de la tiranía, seguidores de Bolívar y protectores de la paz.

Seguiremos celebrando este aniversario y muchos otros, hasta que un día nadie nos recuerde.

“… Honor y gloria a los héroes y mártires…”

JOSSY…..Miembro de la Brigada Victoriano Lorenzo.

Homenaje a Veronica y Susana

Martha Guadalupe Cruz Conrado "SUSANA"Yelba Maria Antunez " VERONICA"

HOMENAJE A VERONICA Y SUSANA

Por JOSSY (JOSSY A. Alemán)
Internacionalista Panameña,Brigada Victoriano Lorenzo.
Ottawa, Canadá, Mayo 20/2011

A Mis Queridas Compañeras:
Verónica (Yelba María Antúnez y Susana (Marta Conrado): Columna Jacinto Hernández

Ya han pasado 32 años y no sé si celebrar o quizás llorar, la gran falta que nos han hecho en todo este tiempo, a sus familiares y a nosotros sus hermanos de lucha. Ese tiempo que no se fue con ustedes, es el tiempo que nos ha costado olvidar ese pasado. Hemos tenido todo tipo de heridas, pero la más profunda es las que nos dejo, el vacio inmenso que aun suda sangre en carne viva al no tenerlas con nosotros.
Verónica, recuerdas cuando te presentaron en el campamento? Te mirabas tan frágil y palidita, pero tan real y llena de tantas ideas políticas que me asustabas. No podía imaginar que alguien como tú, tan menudita, manejaba con destreza las palabras políticas con tal convicción, como tú. Pero ahí estabas con la dignidad cada vez más henchida y llena de aliento. Luchabas por ese país tan tuyo, y te mirabas tan niña, que tu voz tierna se introdujo en nuestros corazones. Tu sabida frase “Dame vos” nos inquietaba y nos hacía flaquear hasta llegar a tu meta de hacernos compartir lo que querías, porque eras nuestra niña.
Esa cara juvenil llena de ilusiones, nunca pedio una fiesta de 15 años, ni un lápiz labial, ni un vestido de moda. Con tu traje verde olivo, tu fusil lleno de ilusiones al hombro te abriste sendas de historia.
Tu fiesta de Quinceañera fue en Nueva Guinea La música fueron los combates a los que fuimos juntas. Los regalo, fueron balas que entraron en tu corazón y el vals, no lo bailaste con tu padre, sino con los Comandante Ernesto y Rosendo. Juntos partieron a la tierra de los héroes, dejando una seña roja de sangre en la bandera roja y negra del Frente Sandinista.
Nuestro último encuentro fue muy triste. Me dijiste con mucha gallardía que te irías con los Comandantes. Lamento no haberme quedado a tu lado o no haberte forzado a irte conmigo, el enemigo egoísta desojo nuestra rosa.
Nunca olvide, cuando tú y yo, tuvimos una infructuosa pesca en el riachuelo, el cangrejito de mascota, las fogatas, tus lágrimas de coraje y tu silencio de perla; la pelea con los mosquitos, las montañas, el hambre y el calor. Que días aquellos, triste, difíciles y cansados pero valieron la pena.
Te convertiste en la niña del cuento de Dario. “Te voy a contar un cuento”, “las princesas primorosas se paren mucho a ti; cortan lirios, cortan rosas, cortan astros, son así…”
De ti, Susana, la mujer tallada en metal y madera fina. Fuiste mi más grande ejemplo en la lucha. Tu semblante fuerte y tu convicción política, me dio una amplia visión de cuan significante era la lucha para cada uno de nosotros. Te vi cargar armamento pesado, entrenarte como buen soldado, ser siempre incansable e indomable. Debajo de toda esa dureza de guerrera, había una madre que escondía un hijo, que habito en su corazón hasta el último día. El, tu hijo, del que pocos supimos, crecía en secreto escondido del enemigo, crecía en cada lágrima que no vimos en tus ojos y en cada gota de sudor por la libertad de tu pueblo. El creció en los gritos de dolor en tu cuerpo lastimado por cada momento de tortura, en tus venas sacrificadas y en tu último suspiro.

Susana, fuiste la Minerva de los Nicaraguenses, diosa de la guerra y la sabiduría. Tu acostumbrado silencio tan profundo como el océano y tan ligero como el viento, lleno de tu alma pura y dispuesta siempre a luchar. Empuñaste el fusil con valor y la mira, la dirigiste a ese enemigo, que te despojo del amor de tu hijo, de tu familia y de tu pueblo. Hiciste soñar tu metralla, con ira y con amor. Eras gigante entre los pequeños, fuerte entre los débiles, diestra entre los lentos y mujer entre hombres.
Fuiste Valkyria, poesía, música y alegría. Llegue a ver tus ojos llenos dolor, terror y amargura, iguales a los míos. Aun guardo el calor de tu mano atada a la mía, cuando nos íbamos, pero que lástima que te llevaron de mi lado! Aquellos ojos tuyos, llenos de lágrimas, aun los puedo ver en el ocaso, sabias que jamás volverías. Guardo esos gritos que me niego a oír de tu agonía. Ese sufrimiento que viviste y toda la saña que el enemigo marco en tu piel por cobardía. Aún me niego a creer que no estás, que te perdimos aquel día. Me niego a pensar que tu nombre quedo olvidado, tu sangre y tu dolor, ya no se pronuncia.
En todos estos años, te hemos recordado con el valor de una heroína, como bien merece. Sé que algunos te han olvidado, pero no importa, ellos son humanos. Nosotros tus hermanos, jamás olvidaremos tu lucha, tu amor, tu valor y tu sonrisa.

Y aprendí sus nombres reales, tu Verónica, la princesa del cuento de Darío, te llama Yelba María Antúnez y lo lucen con orgullo en tu querido Ocotal.   Susana, mi querida Diosa de la Guerra, llevaste el nombre de Marta Conrado como ave libertaria y mujer de guerra. Y viven en cada bandera Sandinista, roja por la sangre de ustedes derramaron y negra por el luto de no tenerlas con nosotros.
Viven en sombra de las montañas, en la frialdad de los ríos, en el silencio de la luna sobre las ciénagas de Nueva Guinea. Al lado de ustedes se escuchan las voces de los Comandantes Ernesto (Iván Montenegro Báez) Rosendo (Oscar Benavides Lanuza) Domingo (Adolfo García Barberena) los gritos de “ Patria Libre o Morir” de los muchachos. Aquellos que también abrieron en el camino hacia el sol de la libertad. Ellos cayeron y nosotros los seguimos.

Dios cuide de ustedes, aún no se terminan de secar las lágrimas de tu madre Verónica, ni el vacio en el corazón de tu hijo Susana. Pero en el mío, sigue ese amargo sabor de no tenerlas.
En este mes de Mayo, los recuerdo en las márgenes del Rio San Juan
y quisiera gritar sus nombre y escuchar sus voces diciendo “presente”.
Nos volveremos a ver, porque los héroes no mueren, viven en el corazón para siempre!!
Con todo amor…
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*Jossy Aleman, Frente Sur.

El Dia que Perdimos a Julito ( Pedro Jose Chamorro)

Pedro Jose Chamorro (Peche- Julito)
 Esta calientito el Rey?…Solo la azucar le falta.Bono triple fuertesimo,fuera de serie bien embonado.

El Dia que Perdimos a Julito(Peche)

 (Pedro Jose Chamorro)

Volvimos nuevamente a los operativos en febrero. Trece días después  que perdimos a Ferito, tuvimos un muy breve descanso, nos comenzamos a preparar todo para la siguiente misión. La nueva misión con sitia en minar un área donde la Guardia Nacional, solía acampar. Era una casita en la punta de un cerro a la que llamábamos “la casa de los huevos” (la llamaron así, porque encontraron gran cantidad de huevos, que desafortunadamente estaban podridos). Normalmente era esa visitada por la Guardia Nacional por lo cual se tomo la decisión de  minar el área para hacerle bajas al enemigo sin tener enfrentamientos directos. 
El 8 de febrero de 1979 nos trasladamos desde la base a un punto cerca del objetivo.    Nos explicaron detalladamente lo que teníamos que hacer y cuál era el resultado esperado. Nos repartimos los equipos,  cables, minas, detonadores, explosivos y mortero. Todo estaba calculado precisamente para ser bien ejecutado y retornar a la base sin bajas y sin demora.

 Durante el camino y me percate que los obuses de mortero que llevaba en mi mochila estaban colocados con el percutor hacia abajo, esto  pudo ser fatal para todos si en cualquier momento hubiera resbalado, me detuve por un momento y los acomode. Al continuar la marcha, me di cuenta que habían muchas cercas que cruzar, con alambrados con púas. Al ir pasando en una de ellas me corte el párpado del ojo derecho, el cual comenzó a sangrar. Me distraje buscando una curita para evitar que la sangre cayera en mi ojo me acerque a  Julito y le dije:

-“Julito, mira lo que me paso en el ojo,  tenes una curita o algo en tu mochila?”

-“ah Jossy no tengo, pero vos sos la primera baja del heroico operativo a “la casa de los huevos”  Comandante Jossy, presente, presente, activa y combatiente, patria libre o morir”

-‘Vos sos loco Julito”,    -repuse con mucho cariño, mientras sonreía.

Julito ( Pedro José Chamorro A.) un joven de muy buena familia y  educado, consciente de la necesidades de su pueblo se integro las filas del Frente Sandinista posterior a la muerte de su tío ( Pedro Joaquín Chamorro) y de padre ( Pedro José Chamorro) era un gran ejemplar de ser humano, de gran corazón, noble y de buen carácter. Muy cariñoso, amable y en fin todas las cualidades positivas habidas y por haber.  Tenía unos lindos ojos azules  o quizás verdes, siempre le cambiaban de color o tal vez era mi imaginación.  Su cabello rubio, largo de hebras muy finas y su rostro delgado, daba la impresión de ser un Cristo que muchos pintan. Julito amaba su país, a la gente pobre de su pueblo,  jamás discutía con los demás y era inseparable y gran amigo de Chilo. Muy  creativo y poseedor de una gran habilidad para cocinar. No sé porque razón ignoraba su participación política pero ha de haber sido buena, porque era muy apreciado por los comandantes. Buen conocedor de la historia del Frente Sandinista.

Entre lo que platicamos, nos apuramos para alcanzar la escuadra. El camino era tortuoso, largo y aburrido. Nada venia a mi mente, estaba caminando con la mente en blanco, no quería pensar en lo que pudiera o no pasar en esa misión. Realmente me importaba mucho que todo saliera bien y retornar a la base y ver cómo podía salir al pueblo para llamar a mis padres.

Para salir de la monotonía dialogábamos entre nosotros, haciendo el comercial del “Café Rey”  que escuchábamos en la radio. Julio lo decía del mismo modo que en la radio. 

Al llegar a la casa, algunos subimos  la colina hasta la casa y el resto se quedo abajo esperando como escuadra de contencion.  Cada uno tomo sus puestos,  en el flanco derecho  estaba  yo.  Pedrón ayudaba a Julito y  Chilo, en el  minando de la zona.  

Pudo haber trascurrido el tiempo, entre la llegada a la zona, el tomar la posición y Julito junto a chilo, preparando las minas. sin embargo fue como si el tiempo se detuviera o quizas que pasara tan lento para dar lugar a que ocurriera lo fatal. 

Sabia que abajo habian otros compas, si algo pasaba ellos serian lods primeros en responder, pero recuerdo estar distraída en ese momento,  viendo un conejito que pasaba cerca de mí, cuando escuche a Chilo  preguntarle susurarle a Julito. No supe que se decian entre ellos, pero entre tanto la escuche preguntarle:

-“Esta calientito el Rey?

 Julito estaba agazapado poniendo una  mina en su lugar, medio se incorporo para responde, sin dejar de prestar a tención a lo que hacía, cuando sentí como detonaba una de las minas.

 El estallido fue violento, que lo elevo por el aire. Esa accion ocurrio en fracciones de segundo, pude ver la trayectoria del cuerpo, senti la onda expansiva, grite de terror, corri a donde el estaba pero me gritaron que no me moviera. Corri a mirar a Chilo que estaba tirada en el suelo y luego se puso a llorar. Tantas cosas en tan corto  tiempo.

Una  mina egoista le arrebato toda una vida en segundos.   No sufrio porque murió  instantáneamente, su cuerpo quedo tendido en el suelo como si estuviera aturdido.  Todo paso tan lento y tan rápido ante mis ojos,  en un espacio dimensional de tiempo tan largo a la vez.

Me sentia golpeada por la onda expansiva, pero vi claramente lo que paso en ese monumental espacio de tiempo.  accion que quedo gravada en mi mente y que  aún  perdura  del mismo modo como ocurrió.

Apesar de sentirme un poco atontada ,con  dolor en el abdomen y los oídos.  Me levante de mí puesto y corri a verlos. No me explico como corrí hasta donde estaba Julito ya que su cuerpo quedo cerca de las minas. Recuerdo oir voces y me retorne a mi puesto, tome mi arma y corri colina abajo para decirle a los demas lo que habia pasado.

 Yo no estaba muy cor nsciente que el había muerto, Me costó reaccionar  y comprender que una mina hasta que vi que el estado en que había quedado su cuerpo.  Julito solo  tenía un tercio  de su cabeza, le faltaba el brazo izquierdo y tenía un gran agujero en el pecho, como si la mina le habia estallaso y que intencionalmente le habia arrancado el corazón. Ya  no había  nada dentro él, lo mejor se había ido, ese corazón henchido de amor por su querida Nicaragua.

 Emiliano, Gerardo y otros compañeros llegaron rápido para saber que habia pasado y buscar la forma de movilizar el cuerpo. En esos momentos era como si todo fuera mentira.

Corri de un lado a otro y  baje la colina, en dos ocasiones. La primera vez que baje, me preguntaron  que había pasado y les respondí que no sabía. La segunda vez que baje les dije que Julito estaba muerto y lo repetí muchas veces, debido al estado de shok en el que me encontraba. Tambien se que  me descontrole porque recuerdo haber recogido unos cables que enrolle en mi cuello antes de  bajar.  Todos subieron e idearon una forma de movilizar el curpo sin perder una sola parte de el. Asi fue como se ingeniaron y lo pusieron entre los fusiles cubierto por una colcha y algunas camisas. Mas adelante recojieron ramas y contruyeron y una camilla y asi fue como lo llevamos. Cortando camino para evitar un encuentro con la guardia. 

Hubo errores, como todo en la vida. Su error quizás fue tener  mucha confianza  con los explosivos. Quizas esto causara la explosion, quizas fueran objetos metalicos, no supe que paso. Solo conjeturamos sobre la posible causa.   Pensé  tantas posibilidades , pero realmene no puedo juzgarlo por que paso, pero puedo decir sinceramente nos dolió perderlo, porque Julio fue un gran militante.

Me tomo tiempo reaccionar a lo ocurrido. Comenzaba amanecer y no podíamos tomar el riesgo de ir por el camino de siempre y hubo la necesidad de cortar camino, el tiempo estaba en nuestra contra y pasamos toda la madrugada caminando,  llegamos  cerca de la base. Uno de los compañeros se había adelantado para avisar a Federico lo ocurrido. Todo se comenzó a mover desde la base e inmediatamente llego una camioneta para trasladar el cadáver a las vueltas y de ahí a la casa de la madre de Julito.

La despedida del cadáver de Julito, pese al cansancio, fue muy dura, se iba un gran compañero, hermano y amigo,  casi todos le preguntamos al cuerpo de forma muy suave:

-“Julito esta calientito el rey? Y nos imaginábamos oírle decir con una gran sonrisa

-“Solo el azúcar le falta!”,

Todos meditamos en que su muerte valió la pena. Ese accidente fue para dar a su país, la libertad, la educación  y  la paz.

 Fue muy cansado y muy triste lo que paso.  Me quise imaginar que la muerte era fácil, porque morir era salir de la guerra   y no volver más. Nada se perdía entre nosotros, había otros esperando el fusil para continuar la lucha. Julito se había ido , a donde se nos fue Julito?

 Despedirlo fue amargo y triste, esa mañana, comenzamos a sentir la falta de ese hermano y nos hicimos portadores de un tristeza infinita en el alma.  

Estábamos cansados cuando  retornamos al campamento, ya nos habían programado otro operativo. Tratamos de pedir  descanso, pero la realidad era que nosotros teníamos que luchar para lograr el triunfo de la Revolución, la cual no se podía detener y nosotros teníamos necesariamente, mantener cansado al enemigo. 

Es asi  como llegue a  entender a los compañeros del Frene Norte y  comprendí la lucha constante de nuestros hermanos del Frente Central, quienes jamás descansaban porque eso, les costaba la vida.  También Che Guevara y Fidel en Sierra Maestra;  Sandino y su ejército y qué decir de  Oscar Turcio, Carlos Fonseca Amador, ni ellos hubieran descansado. Era preponderante  derrotar a Somoza del poder, a pesar del cansancio. 

Federico nos ordeno limpiar los fusiles y prepararnos para la noche, iríamos a “Conventillo”  era  9 de febrero de 1979.

Marcos y Jossy

Marcos, el 14 y Antolin
Antolin y 3 del Comando Rigoberto Lopez Perez..Marcos, 14 y Hugo

Acercándose la navidad de 1978,  movimos la base  a otro lado, a una montaña cercana a la casa de los viejitos que colaboraban con nosotros. Allí llagaron nuevos compañeros, entre ellos Roberto, Bienvenido, Jorge, Fidel y uno al que llamamos de cariño el Garañon.  De las otras secciones de la base se unieron Pedrón, Mario, Tania y Chilo, ademas de los otroscomandantes que llegaron para planificar otros  operativos.

En esa ocacion me dijeron con tiempo que participaría econ ellos. Me senti feliz porque estaría en acción y no esperando como una vaso frágil o como cuidadora inútil.    Marcos llego a la base y no me había ido a saludar, me enoje y queje de su actitud con Dagoberto. Ya el  había notado que ciertamente cada visita de Marcos, era muy dura para mi, porque  no me hablaba y me aconsejo que no lo saludara,  que lo ignorara, porque eso lo haría sentir celoso. Aproveche su visita y me fui al río a tomar mi baño sin saludar a Marcos. Mientras me bañaba, aproveche para hacerle bromas a Dagoberto quien estaba espaldas cuidando de mi en el rio. Hice toda clase de relajo,  mojaba y me reía de sus chistes para que Marcos nos viera. Cuando termine mi baño, pase cerca de Marcos, quien me tomo bruscamente del brazo y me hablo,  no le respondí,  únicamente trate de soltarme y le dije:

-“ No me toques!, para que quieres hablarme ahora?, soltame y no me volvas a tocar, ni a buscar en tu vida! tu saludas a todos menos a mi, yo no existo”

-“ ¿que pasa, decime que tenes ahora? ¿Por que ya no me queres hablar,? No te comportes como una niñita, que es lo que quieres de mi?”

Le dije con tono muy orgulloso:

-“ Y me lo preguntas?, mejor no me hables, despídete de ellos,  es mas aquí termino todo, vete de mi vida para siempre. Yo tengo otro que si esta conmigo y se ocupa de mi”

Muy sorprendido me pidió con tono más suave que platicáramos a solas, yo le dije que tenia que esperar a que me peinara y me dijo que si.   Con calma y a la vez alegre,me fui a cambiar de uniforme y me peine, le comente a Dagoberto lo que paso  y me dijo que fuera  con el y le explicara como me sentía, que era el momento de hacerlo.  Cuando me dio la gana volví donde  Marcos,  salimos del área de la base cerca de la salida en un  potrero.  Alli  nos sentamos y me dio la razón de su actitud hacia mi, me pregunto si era cierto que yo tenia a otro compañero y si  ya habia dejado de quererlo,  fue muy bonito estar juntos, de pronto me dijo:

-“Sabes Jossy,  no me gustaria que mueras en combate y por eso no quiero que estés conmigo. Tampoco quiero que sufras si yo muero; pero si yo muriera  debes ser feliz porque morí por una causa. Buscas a otro compa que te cuide como yo y no me llores, porque no es digno de una revolucionaria llorar por los muertos. Si vos morís, yo te recordare para siempre por ser una Internacionalista revolucionaria y una buena compañera, porque yo se que eres buena y me gustas como eres, pero tengo que hacerte dura para que no sufras cuando yo falte”.

Le di las gracias por su comentario, mis ojos se llenaron de lagrimas, pero no dije mas nada, no había mucho que decir, mi garganta esta obstaculizada por las ganas de llorar.  Cuando pude decir algo, le comente que me hacia sentir mal porque todos en la base sabían que el no me saludaba y me dijo que no lo volvería hacer y que me ira a buscar para llevarme con el a donde estaba su asentado su grupo.  Nuevamente me pregunto si era cierto que yo tenia alguien y que si esa persona me quería realmente. Le explique que no era cierto eso, que mentí para que se enojara contra mi y me preguntara mas  y asi poder expresarme tal como lo hacíamos en ese momento,  ya que me dolía su fría forma de ser.

Marcos me dijo que el estaba seguro que eso no podia ser cierto,  que yo no lo traicionaría nunca y que estaba seguro de mis sentimientos. Aparte que los comandantes me estaban cuidando.

Me beso delicadamente como si no quisiera que el beso terminara  y se despidió de mi. Me obsequio un libro y una flor silvestre que tenia en la bolsa de su pantalón y me dijo que la había recogido pensando en mi. Volvió acercarse a mi  para quitarme una imagen de Don Bosco que colgaba de mi cuello y el reloj Seiko que le habían regalado.  No se porque extraña razón se iba feliz y yo tambien me sentía feliz,  porque me prometió llevarme con el  para estar juntos finalmente.  Abrió el portón, antes de salir  se volteo y me miro sonreído y con tanto amor,  me dijo desde el fondo de su corazón:

_”Sabes yo nunca te he dicho que te quiero, porque eso lo dice todo el mundo, yo no te puedo querer Jossy, ese es un sentimiento muy frio”

Me lleve las manos al corazón tristemente y le pregunte:

-“Entonces, quieres decir que  no me queres ? Nunca me quisiste verdad, por que me mentiste?”

Cuando mis lagrimas empezaron asomar a mis ojos el repuso claramente:

-“No! Jossy no, yo nunca te he querido, yo no te puedo querer a ti de ninguna forma. Lo que  yo siento es algo mejor, yo te amo y te voy amar siempre aunque este muerto te voy a seguir amando,  no olvides, yo te amo Jossy”

Esas lagrimas de tristeza se convirtieron en jubilo y con un suspiro en los labios le respondí:

-“Tontito,  yo también te amo y no me pienso morir y tampoco espero que tu mueras, solo que siempre tuve miedo decírtelo, creo que aun no era lo suficientemente mujer para decirte que te amo Marcos”.

-“ Mirá,  vengo en tres días, después del operativo que viene, para que nos quedemos junto, no te quiero perder, no mientras este vivo, te amo Jossy”

-“En serio vas a venir? Que chevere!  Te amo, Marcos, te amo, no lo olvides”

-“Si voy a venir por vos, para estar con vos para siempre, no quiero que estes sola y te sientas triste por mi culpa.”

No podía creer lo que había dicho,  en los meses que tenia de conocerlo, que me parecía un siglo, nunca me había dicho nada tierno y menos nada romántico.  Ese día precisamente, me dijo todo lo que yo quería escuchar, de corazón a corazón. Esas palabras parecían resonar una y otra vez en mi alma. Cuando se alejo que casi lo podía ver,  me grito con una gran sonriza en los labios y feliz, “Jossy yo te amo, pronto vendre por ti”.

Me fui muy contenta a comentarle a Dagoberto lo que el me había dicho, estaba tan feliz, desde ese dia  me comencé a preparar para cuando termináramos el operativo, estar a su lado y ser feliz con Marcos o quizás morir juntos. Fue el mejor dia de toda mi vida, saber que me amaba.

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