José María Cabrera con La Colifata, en Mar del Plata, 2001
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Músico extraordinario (guitarrista, pianista, bajista, baterista) que interpretó diversos géneros con calidad y creatividad, cantante, compositor, poeta, artista total. Buen amigo, ser humano sensible y solidario. Se fue temprano pero no se fue.
Ayer, viernes 17 de diciembre de 2010, concurrí al Cementerio de la Chacarita, por enésima vez, para intentar recuperar los restos físicos de José María (foto), mi hermano mayor, enterrados cerca del crematorio, para cremarlos y colocar sus cenizas en el nicho que contiene las de nuestra madre.
Al principio me negaron la posibilidad de la cremación por la carátula de “muerte dudosa” que encabezaba alguna carpeta judicial (José María fue encontrado en 2001 sin vida por el encargado del edificio que habitaba). Luego, se me informó reiteradamente que debía esperar a que llegara el turno del levantamiento de todos los restos de la sección correspondiente. -Vuelva dentro de tres o cuatro meses, se me informó displicentemente en varias oportunidades. Este año, no pude ir tan regularmente al cementerio por razones de salud. Cuando lo hice, el día de ayer, la única empleada que atendía al público me dijo que la sección había sido levantada en marzo o abril y que los restos, seguramente, habían sido alojados en el Osario General, llamado también “La cruz”. Ante la remota posibilidad de que estuvieran en algún depósito (-generalmente sólo van a depósito los que tienen jardincito), me orientó para que hablara con el encargado de la sección, el Sr. M., a fin de que me informara sobre el destino definitivo.
¿Por qué no me informaron por teléfono en su momento, como sé que hacían regularmente, para que me hiciera cargo de los restos de mi hermano?, pregunté a la empleada. La respuesta fue canallesca: -Porque Macri redujo el presupuesto del Cementerio y no hay plata para los gastos telefónicos. La impotencia me impidió protestar con la energía que la situación ameritaba. Fui a hablar con M., quien, sin ganas, casi molesto, luego de pasearme entre tumbas y tumbas, caminando diez metros delante de mí, haciendo cada tanto una señal para que lo siguiera, llegó a un modesto parador en el que un papel medio arrugado y muy desprolijo extraído de un cajón desvencijado, anunció que los restos de José María no estaban en el depósito, por lo cual, habían ido a parar al Osario General. Sólo tres cadáveres estaban esperando por sus familiares pues tenían un circulito encerrando el número de tumba en el viejo papel: los pertenecientes a personas cuyos familiares habían contratado servicios de un cuidador.
No es la primera vez que en una dependencia del gobierno de la Ciudad de Bs. As. un empleado nombrado por administraciones anteriores, tan corruptas y perversas como la macrista, justifica ante mí la pésima atención al público con argumentos que evidencian falta de presupuesto o mala administración central. Pero hay que ser canallas (no encuentro otra palabra) para poner la cuestión humanitaria tan por debajo de sus cuestiones laborales, políticas, sindicales o personales, por más razones para el enojo que les dé Macri, actual jefe de gobierno porteño.
José María Cabrera, músico de excepción y sensible poeta, orgulloso integrante del Frente de Artistas del Borda y La Colifata desde sus comienzos (mil gracias, Alberto Sava y Alfredo Olivera), está sin vida desde diciembre de 2001. Sus restos físicos no se encuentran cerca de los de su madre, como seguramente hubiera deseado en vida, sino en el Osario General. Creo que no protestaría mucho al respecto, pues siempre estuvo al lado de los más humildes y marginados (como la mayoría de los pacientes del Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda) y compartir una gran tumba popular no lo habría incomodado; seguramente, todo lo contrario. Su ideología y el gran nivel de resignación que tuvo que construir para sobrellevar su vida, tan llena de tremendos padeceres, lo habrían hecho sentir bien, sin lugar a dudas.
Esas especulaciones, sin embargo, no aplacan mi indignación. Los huesos son bien humanos; las burocracias, en todas sus manifestaciones, sólo deshechos de corrupción y miserias personales.
La tumba de mi hermano no tenía jardincito; sólo había una cruz con una vieja bufanda que algún loco amigo habría colocado para cuidarlo del frío, ese monstruo que castiga en las calles a tantos pobres y enfermos abandonados. Irónicamente, otro Cabrera fue enterrado en su lugar, en octubre de este año, como si el destino quisiera jugarse a favor de la justicia.
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Serge Loupien
Tomado de Liberación, Francia
Traducido por Manuel Talens. Publicado en CubaDebate y Argenpress

A pesar de sus inclinaciones místicas y de su larga relación con el Maharishi Maheshi Yogi, se decía de él que era el más razonable del lote, la estabilidad en persona, el elemento moderador de una banda de insensatos.
Y tales habladurías no estaban muy descaminadas. La prueba es que al día siguiente de la disolución de un grupo en el que uno de los miembros había asegurado que eran “más famosos que Jesucristo”, mientras que John Lennon se dedicaba a la revolución de dormitorio, que Paul McCartney se diluía en la estupidez desintoxicante y que Ringo Starr declaraba estar harto de hacer western de “a pie”, George Harrison puso orden en las docenas de melodías que no había podido grabar con los Beatles y compiló el material destinado a componer All Things Must Pass, un triple álbum cuya entusiasta acogida molestaría a sus antiguos compañeros, a empezar por un Lennon particularmente resentido y drogado hasta las cejas.
Ironías del destino
Sin embargo, a pesar de unas cuantas “harikrishnerías” ingenuas que enturbiaron su trayectoria, por encima de todo predominaba un pensamiento que preocupó siempre al benjamín de los Beatles: la impotencia de los seres humanos ante el paso del tiempo. “Llegará el día en que todos nosotros deberemos partir”, canta en Art of Dying, “y sor Mary no podrá hacer nada para que siga contigo, porque nada de lo que he hecho o tratado de hacer en esta vida puede compararse al arte de morir, ¿me crees?” Lo curioso es que dos años antes de su muerte faltó muy poco para que corriera la misma suerte que John Lennon, asesinado por Mark Chapman en Nueva York en 1980: el 29 diciembre de 1999 otro trastornado, Michael Abram, logró penetrar en la mansión de Harrison y estuvo a punto de apuñalarlo. Salvó su vida a causa de la reacción de su mujer, Olivia, que dejó sin sentido al agresor golpeándole la cabeza con una lámpara. El predominio del arte de morir sobre lo que hizo en vida había sido un deseo irrealizable. ¿Cabe imaginar que el hijo de un marino de Liverpool reciclado en chofer de autobús pudiese olvidar que había contribuido a revolucionar la música popular del siglo XX porque un día, en el autocar que lo llevaba a casa después de la escuela, conoció a otro adolescente regordete que llevaba una trompeta? “Yo tenía trece años”, escribiría más tarde George Harrison (nacido el 25 de febrero de 1943) en su autobiografía I, Me, Mine, “y Paul McCartney tenía casi catorce. Simpatizamos.”
El joven Harrison
A pesar de su corta edad -y por iniciativa de McCartney- George fue el nuevo elemento fundamental que se integró en el grupo The Quarrymen, que dirigía John Lennon, otro amigo de Paul. Lo hizo después de que George le hubiese mostrado a John que era capaz de tocar algunos acordes básicos y, a partir de entonces, los dos muchachos empezaron a entenderse como lobos de una misma camada y a pasar mucho tiempo juntos en las casas de uno y del otro. “La primera vez que fui a casa de George”, contaría después John Lennon, “tenía el pelo tan largo que se lo remojaba en el plato de sopa Campbell”. “La primera vez que John me invitó a su casa”, confesó por su parte George, “no le gusté a su tia Mimi, que me trató de teddy boy”. Ya desde el principio las funciones de cada cual en los Beatles parecían mal definidas y Harrison, a quien la gente se empeñó en considerar más tarde como el timido de la banda, era en realidad el rockero más auténtico de todos. Al principio de la beatlemanía, según las encuestas que se realizaban entre los fans, el más sexy fue él, justo por delante de Ringo Starr, el batería payaso. Además, al principio George compartía por igual las partes vocales con John y Paul y contribuyó al brillo de un grupo que, desde luego, no era como los demás. En las cintas piratas grabadas en clubes de mala muerte de Hamburgo se lo escucha cantar muchos clásicos del rock’n roll.
Pero, poco a poco, debido sobre todo a la influencia del productor George Martin, que consideraba su voz poco grave, se vio obligado a ceder el micro a sus compañeros y a contentarse con algunas migajas, entre ellas Do You Want to Know a Secret?, I’m Happy Just to Dance With You o la versión del Roll Over Beethoven de Chuck Berry. Le pasó lo mismo en lo relativo al repertorio: un poco acomplejado por la prolijidad de la pareja Lennon-McCartney, tuvo grandes dificultades para imponer sus propias composiciones y unicamente empezó a afirmarse en 1965 con If I Needed Someone y, sobre todo, con Taxman (una crítica feroz del fisco británico) que inicia el álbum Revolver.
A partir de entonces, George Harrison siguió componiendo poco, pero todas y cada una de sus canciones se convirtieron en grandes éxitos, desde Here Comes the Sun hasta Something (que luego grabaron Sinatra y Elvis), pasando por Old Brown Shoe, I Me Mine, For Me Blues, sin olvidar While My Guitar Gently Weeps, que fue el pretexto para un furioso entrelazado de guitarras con su amigo y alter ego Eric Clapton.
Decepciones
De todos los Beatles fue George Harrison el que mostró un espíritu más abierto: siempre dispuesto a dar un paso hacia los demás, siempre preocupado por multiplicar las investigaciones estilísticas. Desde el punto de vista humano eso dio lugar a las amistades indefectibles que mantuvo con Ravi Shankar, Bob Dylan y Eric Clapton. Desde el musical, a la entrada del sitar hindú en el mundo del pop, por medio de Norwegian Wood (Revolver, 1965), pero también de dos discos de experimentación pura: Wonderwall Music (1968) y Electronic Sounds (1969), que fue un álbum de fototecno.
No cabe la menor duda de que de los cuatro proletarios de Liverpool reunidos por el destino, fue Harrison el que menos tenía que perder en una disolución que parecía inminente. La prueba fue All Things Must Pass, comercializado en 1970, y su éxito mundial My Sweet Lord. Fue como si después de haber permanecido en la penumbra demasiado tiempo, derramase de un golpe toda su inspiración. Lo que siguió fue menos brillante, pero si desde el punto de vista estrictamente creativo el antiguo beatle fue encadenando decepciones, una tras otra, supo destacar en otros campos, tras fundar su propia compañía de discos, Dark Horse y, sobre todo, una productora cinematográfica, Handmade Films, que contribuyó a la financiación, con diversa fortuna, de La vida de Brian, de Terry Jones, Bandits Bandits, de Terry Gillian o de Shanghai Surprise, de Jim Gopddard, con Sean Penn y Maddonna. Fanático de la Fórmula 1, también se paseaba por los paddocks, pues no soportaba la inactividad y prefería pasar inadvertido en el anonimato de los Travelling Wilburys (1988) o ponerse en entrediccho en una gira (triunfal) en Japón en 1991. “Quien no se ocupa de nacer se ocupa de morir”, solía repetir.
El jueves 29 de noviembre de 2001 las metástasis cerebrales del cáncer de pulmón que padecía se lo llevaron definitivamente, veinte años después de la muerte del que fuese su líder en los tiempos de los Quarrymen, John Lennon.

En 2001, antes de que su cuerpo apareciera sin vida en su departamento de Saavedra, José María pensaba dedicar sus brindis de fin de año a George Harrison, fallecido también en 2001.
Un homenaje que no pudo ser.

Jesusito no estaba del lado de los jóvenes argentinos capaces
cuando era obligatorio el servicio militar patriota
en tiempos de mayoría de edad, donde excluían la chcolateada,
e iban los soldados a celdas de castigo, privándoles las visitas.
Todo el día era fajina irreversible bajo la quemadura de febo
y en hacinamiento de cuarteles, el rancho se olía por puré pasado.
Otros violadores, simulando actos de encubierto castigo legal
ordenaban y hacían ejecuciones a lanza o cuchillo, blancos carnales.
Pero las razones del gobierno daban oídos sordos al bife naval,
que era pedazo de carne fría con dos panes para el secuestrado,
yaciendo en colchoneta engrillado al piso de un sótano negro,
visitando la sala de tortura aislada con cartones de huevo;
cuando la inyección de pentotal dolía y adormecía para irse
a otro traslado, enceguecido paredón de cuarzo pleno del interrogatorio;
porque lo habían señalado, marcado en la calle para “cantarse”,
por los encapuchados que lo llevaron por hacer ir a cenizas a un preso político.
Luego hacía una deliberads matanza a fusil en el exceso represivo
y antes el vejamen incontrolable con culpables eximidos de responsabilidad.
N.N. que aún puedes escuchar. ENESENES que dejando el nombre
pasate revista como loco; la picana, el potro y las sillas
engrillaban el cuerpo, olvidándose de sus ideas detrás de
una cama de hospital, en un cuarto cercano y lleno de seres
…yacía dormido le, joven rostro abrumado de locura,
descontrol y sed de más revolución; tras las puertas de los otros
silbaba el álgido pasatiempo del dolor físico y …
como “audaces” máquinas de matar, olvidaban que eran “HOMBRES”
y olvidándose eran “BESTIAS”. Bestia demencial,
tu cerebro duerme en la memoria, no se vence la idea con …
la tortuosa maldad. Bajo el cielo estrellado las vidas paralelas
eran un abismo descomunal, escondrijos laberínticos, cápsulas
de cemento Fortabat; ¿cómo bancaste esto?, ¡qué soledad!
¡cuánta verdad!! SEGBA, otro aliado y con ellos además algunos laboratorios cercanos.
Adiós y hasta nunca o mejor dicho que …
tu nombre se lo devore el magna y con él hagamos
memoria ……………………………………….
¿Cadáveres? no volví a saber nada más de ellos.
José María Cabrera y Alejandra Elba Martínez
Hospital José T. Borda – Cap. Fed. – Argentina
Del libro “POEMAS Y RELATOS DE LA MEMORIA”
(1ª CONVOCATORIA NCIONAL PARA INCLUIR POEMAS Y RELATOS SOBRE DERECHOS HUMANOS 1997)
No se muere cuando termina la vida
morimos cuando nos pasa algo malo
cuando nos frustramos, cuando peleamos
cuando en nuestro cuerpo nos duele algo
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Es el encuentro con la muerte humana
y no porque ya somos cenizas de oro
Ser el mortal implica que nos va mal
Al fallecer no existimos nunca más
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por eso esa muerte no es la peor muerte.
Tenemos deseos de inmortalidad
pero todos nosotros moriremos
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en el Borda, en la calle, bajo el mal
que nuestra autodestrucción hará conocer.
actitudes en fuga por el vivir
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J.M.C. (10/2/1997). Lunes
El arte exquisito del dúo nació en 1967 bajo el ala de Gustavo “Cuchi” Leguizamón. Hicieron ocho discos, se separaron y volvieron a reunirse en 2005. En un año negro para el folclore, con Jiménez se apaga uno de los grupos más originales de la música argentina.
Marcelo Pavazza (para Diario Crítica)
24.11.2009
Como si a 2009 le faltara algo para confirmarse como un año fatídico para el folclore (fallecieron verdaderos referentes del género como Mercedes Sosa, Sixto Palavecino, Suma Paz, Eduardo Lagos y Horacio Castillo), murió en Salta Patricio Jiménez, integrante del genial Dúo Salteño junto a Néstor “Chacho” Echenique. El deceso de Jiménez se produjo a las 18.20 del domingo, en la clínica San Roque del barrio Tres Cerritos de la capital salteña, donde el artista, de 66 años, permanecía internado tras haber sufrido dos accidentes cerebrovasculares el 10 de octubre último. A propósito del fallecimiento del cantante, el gobierno de Salta decretó “duelo provincial” y ordenó que, en señal de respeto, las banderas nacional y provincial se izaran a media asta en todos los edificios públicos. El cantor, autor y compositor fue parte de uno de los grupos folclóricos más originales y valiosos de la historia de la música argentina, una formación que nació en 1967 bajo el ala de Gustavo “Cuchi” Leguizamón. El gran compositor y pianista, director musical del dúo en sus comienzos, hizo un aporte fundamental para que el Dúo Salteño se convirtiera en la expresión más acabada del refinamiento y la audacia al servicio de la música tradicional argentina. Sus arriesgadas armonías vocales, a bordo de los intrincados arreglos ideados por Leguizamón, le daban forma definitiva a un repertorio compuesto por lo más granado del folclore. El Dúo Salteño no cantaba cualquier cosa, ni de cualquier manera: en sus ocho álbumes resaltan las composiciones del propio Cuchi, Manuel J. Castilla, Ramón Sixto Ríos y Atahualpa Yupanqui, entre otros, zurcidas a un contrapunto vocal tan difícil de realizar que es difícil encontrarles parangón. Nacido en Salta capital el 13 de septiembre de 1943, Jiménez no sólo fue intérprete –además de militar en el Dúo Salteño, fue integrante del Quinteto Sombras, Los Cumpas y Los 4 de Salta– sino también compositor. A él le pertenecen las partituras musicales de “El tren de Alemania” –compuesta junto a Manuel J. Castilla– y “Sin ella vienen los días”, ambas parte del álbum Madurando sueños, editado en 1985. La tarea de Patricio y Chacho obtuvo reconocimientos como el de El dúo, que el año que viene iba a presentar un homenaje a Leguizamón, con motivo del décimo aniversario de su muerte, en el marco del Festival Nacional de Folclore de Cosquín, estuvo separado desde 1992 hasta 2005, cuando se volvieron a reunir. “Volvimos hace tres años pensando que iba a ser más fácil, y es lo mismo. O más difícil”, se quejaba Jiménez el año pasado en una charla que él y Echenique mantuvieron con Crítica de
Era del Dúo Salteño Tenía 66 años y estaba internado por un accidente cerebro vascular.
Por: Jesús Rodríguez, para Clarín.
Fuente: Salta. Corresponsal
En el Día de la Música, el 22 de noviembre de 2009, a los 66 años, murió Patricio Jiménez. El hombre de cabellos y barba blanca, que junto al “Chacho” Echenique, formó parte del inolvidable Dúo Salteño, a quien otro inolvidable como Gustavo “Cuchi” Leguizamón armonizó rompiendo el molde del canto tradicional, que no admitía disonancias vocales, allá por 1968.
Desde hace un mes, Patricio permanecía internado por un ACV (accidente cerebro vascular). Fue operado y su recuperación tuvo altos y bajos. Su corazón se detuvo el domingo al atardecer.
En setiembre, un pariente le regaló un celular: “Vení negro. Vos me vas a decir cómo funciona esto”, le dijo Patricio a este cronista, en un shopping de Salta. Ante tanta tecnología, no pude solucionar su problema. ¿Cómo están tus cosas?, le pregunté, y él se despachó: “muy jodidas”.
¿Te pasa algo?
¡No! Todo bien. Pero se nos cayeron muchas actuaciones como consecuencia de la Gripe A. Eso le causó al dúo una pérdida económica importante. Justo que estamos metiéndole fuerte, porque vamos a grabar un disco, después de muchos años.
El dúo, que no es otro que el Dúo Salteño, debutó en 1968. La anécdota cuenta que “El Machingo” (de los Hermanos Abalos) por entonces era Director de Cultura en Santiago del Estero. Y que para el 25 de mayo, quería tirar la casa por la ventana, con un festival que reuniera a los más afamados folcloristas argentinos.
“El Machingo” lo llamó por teléfono al “Cuchi” Leguizamón, y le preguntó si había algo nuevo en Salta como para traerlo al festival: “Tengo El Dueto (así lo llamaba el “Cuchi”) ensayando hace un año. ¡No sabés cómo andan estos changos!”, dijo el “Cuchi”. Arreglada la presentación, Patricio y el “Chacho”, se bautizaron Dúo Salteño, antes de viajar.
En 1969, el dúo fue Revelación en Cosquín. Luego, grabaron los LP Dúo Salteño I (1969), El Canto de Salta, con Cuchi Leguizamón (1971), Dúo Salteño II (1973) y Dúo Salteño III (1974). Dúo Salteño II se editó en Japón en 1974. Siguieron El canto de Salta (1983), Como quien entrega el alma (1984), Madurando sueños (1986), Vamos cambiando (1991), y las compilaciones Dúo Salteño 20 grandes éxitos (1994), y Dúo Salteño, la historia (2002).
En una entrevista con Clarín en 2005, antes de que el dúo volviera a los escenarios, el “Chacho” contó que en 1967 (por entonces él jugaba en Lanús, en Buenos Aires), fue con unos amigos a la Galería Kraft. Ahí, escuchó cantar a un solista y preguntó quién era. “Es Patricio Jiménez, el de los Cuatro de Salta”, dijo que le respondieron.
El “Chacho” se acercó entonces a Patricio y se presentó. “Improvisamos la zamba La pastorcita perdida, de Ariel Petroceli, y ahí comenzó todo”, recordó el “Chacho”. Ayer, a las 16, en un largo cortejo, Patricio, fue llevado al cementerio de la Divina Misericordia, donde recibió cristiana sepultura.
El dato
En 1990, la Unesco entregó al Dúo Salteño el premio “Tierra”, para el desarrollo cultural, y fueron nombrados “Socios de Honor” del organismo.

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